![]()
|
![]() |
|
Con la finalidad de proteger a los peregrinos que acudían a visitar el Santo Sepulcro, nueve de los caballeros que permanecieron con Godofredo de Bouillon tras la partida de los cruzados, se asociaron dando lugar al germen de los que más tarde sería la Orden de los Templarios. Hugo de Payns, fue el primero que tuvo dicha idea. En 1118 hicieron su profesión en manos del patriarca de Jerusalén. La Orden, en sus comienzos, era tan pobre que Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer cabalgaban en el mismo caballo. Por eso el blasón de la orden muestra a ambos caballeros montados en un mismo corcel. El rey Balduino se encargó de la alimentación de estos fundadores y les cedió una parte de su palacio, que estaba pegado al llamado Templo de Salomón; y el abad y los canónigos les dieron un patio adyacente para levantar sus dependencias, de donde tomaron el nombre de Templarios
Años más tarde y para la difusión de la Orden era necesario tener una constitución y San Bernardo, fue quien redactó la regla de los Templarios, que vino a sustituir las tradiciones orales de sus fundadores. Según la regla de los Templarios el caballero ha de rezar las horas canónicas o, en caso de impedimento, un cierto número de Padrenuestros. Su alimentación es sencilla; la mesa, común y acompañada de lectura espiritual. El vestido de un solo color; los caballeros llevan un manto blanco, los de servicio un vestido negro No pueden llevar cabellera. Todo caballero, sólo puede tener tres caballos y un sirviente; Al maestre se le ha de obedecer puntualmente y con prontitud. Los caballeros no pueden procurarse lo necesario, sino que deben pedirlo al maestre o al procurador, los regalos que se reciben son para el uso común. Está prohibida la caza, excepto la de leones. Está prohibido el trato con mujeres. Las faltas graves traen por castigo la separación del trato con los hermanos, la impenitencia pertinaz, la expulsión de la Orden.
El gran maestre Hugo de Payns, recorrió Francia, Inglaterra y España, y en todas partes halló protección y seguidores. En 1129 volvió a Oriente llevando 300 caballeros de las más nobles familias de Occidente y numerosos escuderos. Se añadió a la primitiva causa de la Orden la conservación de los Santos Lugares y la lucha contra los infieles. Eugenio III otorgó privilegios y gracias a los que favorecían con limosnas a los Templarios. Adrián IV les concedió, la inmunidad de impuestos y contribuciones. Alejandro III, concedió a los Templarios que todos sus bienes gozasen perpetuamente de la protección de la Silla Apostólica. Urbano III hizo depender de la Santa Sede las iglesias que la Orden edificara en tierras arrebatadas a los infieles. Honorio III elevó a caso reservado papal la agresión a un Templario.
Gracias al apoyo de la Sede Apostólica, la Orden fue creciendo no sólo en el número de miembros, sino también en posesiones. El número total de los Templarios hacia la mitad del siglo XIII llegó a 20.000 y sus rentas anuales a 40.000.000 de francos. Este crecimiento exigía un cambio en su constitución para dotarla de mejor organización. El núcleo de la Orden lo constituían los caballeros, procedentes de noble linaje y a ellos les estaban reservados los más altos cargos. Su vestido era un manto blanco con una cruz roja ochavada. La segunda clase era la de los hermanos sirvientes que se dividían en dos secciones: la de los escuderos y la de los sirvientes en oficios domésticos. Los escuderos formaban cuerpo de ejército en las batallas. Los hermanos sirvientes se encargaban de trabajos industriales y de labores domésticas, vestían un hábito oscuro con la cruz roja. La admisión en la Orden se hacía en Capítulo y siguiendo cierto ceremonial consistiendo en una serie de preguntas a las cuales había de responder satisfactoriamente el candidato. La vida cotidiana de los Templarios estaba repartida en ocupaciones de una orden monacal y de caballería. Tenían que levantarse por la noche para asistir a Maitines, y durante el día al toque de campana, acudir a la iglesia para asistir al rezo de las Horas Canónicas y para oír la Santa Misa. Después del rezo de Sexta se ocupaban de trabajos de su profesión, y después de Maitines y Completas tenía que atender al cuidado de su caballo y de su armadura. La comida era común, comenzaba y acababa con rezos, e iba acompañada de lectura. El que estaba al frente de toda la Orden tomaba de Gran Maestro. Le incumbía la inspección del tesoro, nombrar los caballeros que habían de ser admitidos a Consejo, su potestad estaba limitada por la del Capitulo general o por el convento de Jerusalén. El supremo poder residía en el Capítulo general, y se componía del convento de Jerusalén y de los maestres y hermanos más distinguidos de cada provincia. Sólo raras veces se reunía el Capítulo general. De hecho tenía más importancia el convento. Las provincias tenían también su Capítulo y su convento. Estos Capítulos se celebraban con mucha solemnidad y discreción, en ellos se trataba de confesión de culpas, imposición de penas y disciplina. Las infracciones menores eran castigadas con disciplina, ayuno, comer en el suelo, etc.; y las faltas graves llevaban consigo la pérdida del manto y la expulsión de la Orden.
A medida que fue aumentando la Orden en número y en potencia, fue también aumentando el número de sus detractores y enemigos. Algunos crímenes cometidos por algún Templario fueron atribuidos sin razón a toda la Orden. Se ha querido hacerla responsable del asesinato del mensajero de paz del príncipe de los Asesinos. Pero no ha podido probarse que Gualterio, el asesino del mensajero, obrara de acuerdo con sus hermanos.
Los grandes privilegios que disfrutó la orden del Temple excitaron pronto la envidia
de otros, la forma que fue tomando el formulario de los castigos indica que se debieron de
introducir algunos elementos que distaban mucho del espíritu primitivo de la Orden. La
pérdida de San Juan de Acre en 1291 contribuyó a desacreditar esta Orden. Llegó a ser
menos estimada que la orden de los Hospitalarios, Tal pérdida de estima originó la idea de fusionar ambas órdenes. Este proyecto,
tomado en cuenta por Gregorio X, por Nicolás IV y Bonifacio VIII no llegó a realizarse.
De nuevo fue estudiado por Clemente V. Jacobo de Molay, gran maestre del Temple se oponía
a las intenciones de Felipe el Hermoso que recomendó a Clemente V la unión de las dos
Ordenes militares, bajo el mando de uno de sus hijos. |
Ninguna Orden en toda la cristiandad era más rica que la del Temple. La Orden disfrutaba una renta anual de 50.000.000 de francos, poseía en sus haciendas unas 9.000 casas, de las que más de 1.000 estaban en Francia; Felipe IV les debía grandes sumas. En Tierra Santa los Templarios eran la gendarmería de la cristiandad; en Occidente eran lo que son ahora los banqueros: los reyes les pedían adelantos sobre el rendimiento de los tributos, los ricos a aseguraban su dinero. Los Templarios extendían cartas de crédito en Occidente, que eran pagadas as en su castillos en Oriente. Los Templarios dependiendo de su superior, exentos casi de la jurisdicción pontificia, constituían una fuerza social que podía convertirse en un formidable peligro. El poder del dinero, la autoridad de la espada y el respeto de la cruz les daban un respeto general. Felipe el Hermoso temió que la Orden formara en Francia una república caballeresca, comenzó a aborrecer a la Orden del Temple cuando se puso de parte del Papa Bonifacio VIII contra la corona francesa, y en la lucha de Nápoles, la Orden estaba al lado de Aragón, contra Francia. Pero las codicias de Felipe el Hermoso acabaron de dar a la persecución un carácter de venganza y crueldad. Las primeras acusaciones contra los Templarios surgieron en la época del cónclave de Perusa (1304-05), en la región de Agen. Las recogió, Esquiu de Floyrano, y acudió a la corte del rey de Francia, en donde le prestaron oídos. Un Templario despedido y un ciudadano se conocieron en la cárcel como criminales condenados a muerte y se habían de procurar su propio indulto acusando a los Templarios con una larga lista de horribles abominaciones; el rey admitió estas confesiones, hizo prender a algunos Templarios para investigar la verdad y procuró que entraran algunos individuos en la Orden como espías. El papa Clemente V conoció estas acusaciones antes de su coronación (1305), y después en Poitiers y no les concedió importancia. El 6 de junio de 1306 el Papa requirió al gran maestre que viniera a verle para tomar consejo acerca de una nueva cruzada, Jacobo de Molay, fue con los grandes oficiales y el tesoro de la Orden, entraron en París a principios de 1307. Felipe les recibió con alegría y les tomó prestada una gran suma que necesitaba para dotar a su hija Isabel. Entonces fue cuando el rey de Francia urgió al Papa que entablara una pesquisa contra la Orden. Clemente V no dio crédito a las acusaciones; luego pidió al rey pruebas de ellas. Jacobo Molay pidió al Papa que mandara hacer una investigación, para que se demostrara la falsedad de las inculpaciones y así lo hizo. La orden de arresto de los Templarios se realizó el mismo día en toda Francia (13 de Octubre de 1307); Jacobo Molay fue encarcelado la noche de este día 13 en el mismo Castillo del Temple y con él 138 caballeros, al par que fueron embargados todos los tesoros y papeles. El rey hizo publicar los crímenes horribles y pecados contra la Naturaleza de que se les acusaba: Les acusaba de que al entrar en la Orden renegaban de Cristo, de la Virgen y de todos los santos; Cristo no era verdadero Dios, sino un falso profeta que había sufrido la muerte por sus pecados, y que por esto el Templario debía escupir la cruz, pisotearla. Se decía que el candidato y el que le recibía debían tratarse deshonestamente, la sodomía, era pecado el omitirla. Los que al ser recibidos no se querían someter a estas prácticas eran decapitados o encarcelados. El candidato había de jurar enriquecer a la Orden por todos los medios. Un Templario no podía confesarse sino con un sacerdote de la Orden. En lugar del verdadero Dios adoraban al demonio en las reuniones del Capítulo; también adoraban un ídolo de forma de cabeza humana con una gran barba, llamado Bafomet. Los procesos verbales no hacen mención de torturas, pero declaraciones posteriores de los acusados inducen a creer que sí existieron y que fueron atroces. Santiago Saci declaró más adelante haber visto morir a 24 de sus hermanos durante el interrogatorio. Jacobo de Molay, reconoció haber renegado de Jesucristo y haber escupido a la cruz. La mayoría había de retractarse más adelante de tales confesiones. Estos interrogatorios de Octubre y Noviembre de 1307 tuvieron una repercusión formidable, y a pesar de todo lo que se ha llegado a decir en su descargo, lo cierto es que la fama de la Orden jamás ha llegado a rehabilitarse por completo Clemente V mostraba una actitud indecisa, envió mensajeros al rey, recordándole que los Templarios estaban sujetos a la Santa Sede, y que el rey no tenía derecho de apoderarse de sus personas ni de sus bienes. Felipe, viendo descubierto su plan, simuló someterse, prometió entregar a los mandatarios del Papa las personas de los Templarios, pero arrancó del tímido Clemente V la Bula Pastoralis praeeminentae, en la cual ordenaba a todos los príncipes que prendieran a los Templarios y embargaran sus bienes. A fines de 1307 o a principios de 1308, Clemente V modificó su actitud, pues recibió informes de cómo habían procedido los agentes del rey. Jacobo de Molay y Hugo de Pairaud, retractaron sus confesiones y el gran maestre aconsejó también a los otros prisioneros que hicieran lo mismo. El Papa comenzó a dudar del valor de las pruebas que le habían sido presentadas y reservó a la Santa Sede el fallar en el asunto. El rey mandó que comparecieran delante del Papa Templarios elegidos, y que renovaron sus confesiones. En la primera quincena de julio el acuerdo con el Papa fue concluido: Clemente V decidió que los procesos contra las personas del Temple serían continuados en cada diócesis por el obispo, dos canónigos, dos dominicos y dos franciscanos, y se podría llamar también a los inquisidores. La administración de los bienes de la Orden fue mixta, y confiada a curadores, nombrados mitad por el rey y mitad por los obispos. El Papa en su Bula Regnans in coelis, había de resolver definitivamente la suerte de la orden del Temple: la hacienda de los Templarios se debía emplear para la Tierra Santa, pero el dinero contante se debía entregar para su guarda al rey de Francia. El Papa reservó a su tribunal el fallo acerca de los grandes dignatarios del Temple, que hacía siete años se hallaban detenidos en el cárcel de París. Una comisión de cardenales y obispos adictos al rey los condenó a cárcel perpetua. Dos de los condenados, escucharon en silencio la sentencia; pero Chamey y Molay protestaron, reprochándose a sí mismos el haber hecho falsas confesiones de culpabilidad y traicionado a una Orden ciertamente santa. Llegó pronto el rumor a oídos del rey de Francia deliberó con sus consejeros, mandó quemar, a los dos Templarios en una misma hoguera. Molay desde la pira emplazó al Papa y al rey ante el juicio de Dios dentro del término de año. El Papa murió el 20 de Abril de 1314; el rey desde la muerte de Molay, padeció una enfermedad cuyo origen nadie pudo averiguar, y murió el 29 de Noviembre de 1314. Las comisiones pontificales de investigación tienen mucha importancia para el estudio de la culpabilidad de la Orden. La de París, tiene más interés que las otras puesto que oyó un gran número de testigos, y los hubo que, como Molay, rehusaron declarar algo y esperar a poder hablar más adelante en presencia del Papa. Otros más firmes tomaron parte en la defensa del Temple. Nueve prisioneros presentaron a la Comisión una Memoria, que constituye un brillante testimonio contra los procedimientos seguidos. Gracias a este nuevo estado de ánimo de los defensores de la Orden llegaron a 546. Todo hacía concebir esperanzas para la Orden, cuando un suceso provocado por la intervención de Felipe, hizo retroceder las cosas. El 11 de Mayo se reunió un Concilio provincial en Sens; 45 Templarios fueron llevados a su presencia, los cuales revocaron sus confesiones como arrancadas por la violencia. Entonces se les dijo: «Vosotros confesasteis que erais herejes, y por la confesión y la penitencia habéis sido recibidos de nuevo en el seno de la Iglesia. Si ahora lo retractáis, la Iglesia no os considera como reconciliados, sino como relapsos en la herejía, y como tales debéis ser quemados». El 12 de Mayo de 1310 se les condujo al suplicio. La ejecución de estos Templarios infundió el pánico en los restantes que defendían a la Orden, muy pocos Templarios se atrevieron a constituirse en defensor de la Orden. La Comisión dio por terminados sus trabajos el 5 de Junio de 1311. Se habían hecho también inquisiciones sobre la orden del Temple en los otros países y se empleó a veces el tormento; pero en ninguna parte se cometieron los horrores que en Francia. Con mayor justicia fueron tratados en Portugal y en Alemania. El 16 de Octubre se 1311 se abrió el Concilio de Viena, el cual debía deliberar sobre la reconquista de Tierra Santa, sobre la reforma de la Iglesia y sobre el proceso de los Templarios. Casi todos los miembros del Concilio declararon que no se podía condenar a la Orden sin haber oído públicamente su defensa. Felipe el Hermoso probó de nuevo de hacer presión sobre la voluntad del Papa. Pedía la supresión del Temple y que sus bienes sean adjudicados a otra Orden. Puesto que el rey de Francia estaba empeñado en la supresión de la Orden, y el Concilio pedía que se le concediesen defensores, venía a hacerse imposible un proceso en regla. La solución que parecía más aceptable era la de suprimir la Orden. La decisión se hizo pública el 3 de Abril de 1312. Los motivos fueron que la Orden aparecía públicamente desacreditada, era ya inútil después de la pérdida de los Santos Lugares, el alistamiento de nuevos miembros de la misma resultaba en adelante imposible, y, para evitar que no fueran disipados los bienes de la Orden el Papa adjudicó a los Sanjuanistas los bienes del Temple. Así terminó la orden del Temple, después de doscientos años de existencia. Felipe afirmó que había entregado a los Templarios, para que la guardaran, una suma de 200.000 libras, y con esto se apoderó el rey del tesoro depositado en el Temple. Las posesiones las entregó a los Sanjuanistas pero hizo tales cuentas por las costas del proceso, por la sustentación de los presos, por las ejecuciones, la administración de los bienes, que los mismos Sanjuanistas quedaron adeudados. |
|