MI VOTO
Egin, 1 de Marzo de 1996.
Autora: Eva Martínez Hdez.
Dentro de poco, será el gran día, aquel que me distingue como ciudadana democrática, aquel en el que hago uso del derecho -quizá incluso del deber- de elegir para que luego elijan por mí, de decidir quienes quiero que decidan, de confiar para que puedan abusar de mi confianza. Por eso, porque me tomo muy en serio esta oportunidad cuatrianual que se me ofrece, he repasado con cierta esperanza las ofertas electorales. Con desilusión e incluso con desesperanza, he descubierto las mismas caras, las mismas siglas e incluso las mismas promesas. Me he reencontrado con un inmovilismo que me asusta y que ni siquiera se disfraza de novedoso.
Los partidos crecen y se acomodan, las líneas ideológicas ya no se distinguen, las campañas son monótonas y los mítines aburridos. Hay cada vez menos sitio para iniciativas pequeñas, para propuestas diferentes, para alterar prioridades. Más aún, parece que sólo los partidos políticos -y principalmente los grandes- son capaces de gestionar con cierto éxito nuestros intereses. Son ellos los que constantemente nos bombardean con invitaciones democráticas a la participación. ¡Que nadie se engañe!, esa participación que nos predican es un concepto pasivo y limitado, un minuto concreto y un tanto mágico en que consentimos que algunos de esos grandes monstruos ideológicos -una vez más legitimados- se conviertan en nuestros representantes. Nadie parece recordar que la democracia no es sólo ese momento ante las urnas, que la democracia es participación pero, sobre todo, es pluralismo.
Por eso, si alguna vez un grupo de ciudadanas y/o ciudadanos deciden participar, pero de otra manera, y se atreven a representar unos intereses más concretos o unas problemáticas que se escapan al imperio de las grandes siglas; si se definen como alternativa y se constituyen como agrupación electoral, todo el sistema se cuestionará su existencia. Tendrán que convencer al electorado, que por definición desconfía ante lo desconocido; tendrán que superar el boicot de los medios de comunicación; y aún peor, tendrán que sobrevivir a esa Ley Electoral fabricada por los partidos y para los partidos que discrimina con descaro toda alternativa que amenace el status quo de las siglas establecidas.
Con desilusión descubro, una vez más, que la vida política está canalizada en esas grandes familias "ideológicas" que hace mucho que no entiendo. Que los valores cambian, pero los eslóganes siguen siendo los mismos. Que nadie quiere representarme, sino usurpar ese poder soberano que me han hecho creer que tengo. Que mi voto, como el tuyo, está limitado, canalizado, encajonado y aburrido. Que mi voto está viciado desde el principio, que no tiene alternativas, que no es libre, y no puede aspirar a ser democrático.