HACIA EL MILENIO DE LA IGUALDAD Y LA CIUDADANIA DE LAS MUJERES

 

Revista Herria 2000 Eliza, Diciembre de 1999

Autora: Eva Martínez Hdez

        Cuando pienso en el tercer milenio se abren ante mí, mil nuevos años llenos de esperanza y de posibilidades. Pero las dudas se mantienen, ¿tendrán que pasar mil años más para que las mujeres vivamos en igualdad de condiciones que los hombres? ¿cuántas generaciones seguirán sufriendo la discriminación simplemente por su sexo? ¿cuántos meses, años o siglos tendrán que pasar para que las mujeres dejemos de ser las más pobres, las que más sufrimos más violencia, las que soportamos solas el trabajo no remunerado...?

        Es difícil hablar en términos de milenios. Cuando pienso en los avances de las mujeres y en todo lo que aún nos queda por conseguir, preferiría que habláramos de siglos, de décadas, de años o por qué no, de meses. Preferiría pensar que con el nuevo año -¡qué más da de que siglo o de qué milenio!- las mujeres conseguiremos por fin el reconocimiento de nuestra ciudadanía y lograremos espacios de presencia y de visibilidad.

        No es fácil resumir lo que ha ocurrido hasta ahora, en más de dos mil años, pero a nadie se le escapa que la lucha de las mujeres ha sido ardua y tenaz sobre todo en este último siglo. Hemos conseguido el acceso a la educación, al empleo e incluso poder participar en las instituciones: poder votar y, en menor medida, ser votadas. Hemos conseguido que las leyes de la mayoría de los países digan que tenemos los mismos derechos en casi todo. Hemos conseguido la igualdad formal casi sin límites aunque eso no nos ha garantizado la igualdad real.

        A las puertas de un nuevo milenio, la política sigue siendo un espacio prohibido para las mujeres. Nuestros temas y nuestros intereses siguen ocupando puestos inferiores en las listas de prioridades de los gobiernos. Mientras tanto, las mujeres seguimos manteniendo un conflicto con el concepto poder, y es que nos hemos empeñado en ver la parte negativa de la palabra, y hemos creído que poder es autoritarismo, es guerra, es opresión y es violencia. Es hora de rescatar una visión positiva del poder, del poder hacer cosas, del poder ser presencia y no ausencia en las decisiones que afectan nuestras vidas. Y es que con el paso del tiempo, se ha olvidado que la política es también y sobre todo, la gestión de la vida cotidiana. Nuestro esfuerzo y nuestro gran reto debe ser precisamente dar valor político a esa cotidianedad.

        Poco a poco, las mujeres hemos empezado a entrar, aunque sea de costadillo, en el ámbito de lo público. Con nuestras restricciones, y todavía en "perfecta" desigualdad, somos ya representantes elegidas en instituciones políticas, ocupamos puestos - los menos- en las ejecutivas de los partidos, desempeñamos cargos de responsabilidad política - preferiblemente en materias poco controvertidas, por si acaso- y somos muy activas en las bases de las ONG’s, los partidos, los sindicatos... Todo ello sin romper el techo de cristal, sin molestar mucho, para que parezca que estamos pero no se nos note, para que opinemos pero no propongamos cambios bruscos, para que nos adoptemos al sistema que ya existe y la rueda siga girando. Las mujeres hemos empezado a pisar terreno público pero los hombres aún no se han abierto paso hacia lo doméstico, hacia lo mal llamado privado. Al pasar los años, los siglos y los milenios, las actividades relacionadas con el cuidado de las personas siguen siendo desempeñadas mayoritaria y gratuitamente por las mujeres.

        No se puede negar que haya habido avances, muchos hombres han aprendido ya a conjugar en la práctica el verbo "ayudar", aunque la gran mayoría no ha comprendido que se trata principalmente de "compartir". Este aspecto que parece tan trivial es esencial para la vida de las personas, es un trabajo anónimo e insustituible que realizan todas las mujeres, incluso aquellas que la contabilidad nacional llama inactivas. Y mientras tanto, mientras las mujeres somos reinas y señoras en lo doméstico, tenemos grandes dificultades para disfrutar de lo privado y se nos hace casi imposible rendir al cien por cien en lo público. Y a pesar de todo lo hacemos, las mujeres somos dobles - e incluso triples- militantes toda la vida, y el tiempo, ese recurso de importancia tan vital, lo tenemos prohibido, mal distribuido o por lo menos segmentado en función de nuestro sexo.

        Si tuviera que escribir mi carta al Olentzero para el nuevo milenio, pediría tiempo para las mujeres. Tiempo para que puedan acceder al mundo de lo público sin restricciones, sin prisas, sin límites; tiempo también para reproducir y para cuidar -¿por qué no?-, pero sobre todo tiempo para nosotras mismas, para que desde nuestra autonomía y desde nuestra libertad podamos disfrutar y elegir nuestras opciones sin sacrificios extremos, sin arrepentimientos absurdos.

        Para que la vida de las mujeres mejore, es imprescindible una redistribución equitativa del tiempo. Si tuviera que pedir un deseo a los hombres para el nuevo milenio, les pediría corresponsabilidad. Les pediría que compartieran con las mujeres ese mundo de la reproducción y del cuidado, lleno de magia y de encanto. Les pediría que compartieran espacios con nosotras, para que juntos y desde nuestras diferencias podamos construir en igualdad.

        La discriminación que sufrimos las mujeres es un fenómeno universal. Probablemente sea más sencillo ser mujer en Suecia que aquí, o aquí que en Latinoamérica. Pero desgraciadamente, las mujeres de Suecia, Latinoamérica y Euskal Herria seguimos teniendo demasiadas cosas que solucionar. En las puertas del año 2000, y en cualquier país del mundo, las mujeres seguimos siendo las más pobres, las que tenemos peores sueldos, las que sufrimos más el paro, las que tenemos más miedo, las que vivimos más violencia...

        También en Euskal Herria las mujeres vivimos en condiciones de desigualdad. En un contexto en el que se denuncia casi a diario la violencia y se firman manifiestos y se exigen posiciones, siguen olvidándose de la violencia que se ejerce día a día contra las mujeres. Se habla de terrorismo, pero nadie parece acordarse del terror que sufren muchas mujeres en sus propios hogares. Más aún, con el alto el fuego de ETA y ante la inminencia de un proceso de paz para Euskal Herria, abundan las declaraciones en relación al cese de la violencia como si los hombres maltratadores también estuvieran en tregua y se habla de una paz en la que no parecen estar incluidas las mujeres.

        A las puertas de un nuevo milenio, cuando se habla abiertamente de construcción nacional, sigue sin haber voluntad política para que las mujeres participemos en igualdad de condiciones en el proceso. No se puede construir en el consenso sin incluir y negociar también nuestros intereses y nuestras necesidades. Se nombra una y otra vez el derecho de autodeterminación de los pueblos, pero se olvida que éste pasa inevitablemente por el derecho de autodeterminación de las mujeres.

        No podemos esperar con ingenuidad que un marco político nuevo nos dé la solución. No podemos pretender que por arte de magia las mujeres de Euskal Herria consigamos el reconocimiento de nuestra ciudadanía. Debemos participar en el proceso como sujetos de pleno derecho; sólo así podremos crear una nación en la que nuestros intereses también sean prioritarios. Si avanzamos hacia un nuevo milenio y una nueva Euskal Herria, deberíamos avanzar también hacia nuevas formas de construir. Para que ni lo público ni lo privado sean monopolios asignados en función del sexo, para que las mujeres seamos también gestoras de los intereses de la ciudadanía, para que la política sea inclusión y sea paridad, para que las mujeres tengamos voz y se nos oiga.

        En la Euskal Herria del tercer milenio las mujeres tendremos aún muchos derechos que reivindicar: el derecho a no ser las más pobres, el derecho a no tener miedos, el derecho a decidir sobre nuestros propios cuerpos, el derecho a no sufrir más violencia, el derecho a gestionar los asuntos públicos, el derecho a que nuestros intereses también se gestionen, el derecho a gritar y a patalear cuando algo no nos gusta, el derecho a ser escuchadas...

        Este mundo se ha construido también con las mujeres. Dejémoslas, dejémonos, construir en igualdad, nuestra energía es también necesaria.

 

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