Atrás

 

 

 

HISTORIAS DE CORSARIOS VASCOS.

 

Texto escaneado de la obra “Historias de Corsarios vascos; entre comercio y piratería”, de José Antonio Azpiazu. Año 2004; Ediciones TTARTTALO S.L.. Portuetxe kalea, 88 bis. 20018 Donostia

 

 

Damos en primer lugar el índice de la obra, y luego su capítulo 19.

 

ÍNDICE

1. La imagen de los corsarios....................................................................................................   07

2.  Lo que se ha escrito sobre el corso vasco......................................................................          13

3.  Corsarios vascos en la Edad Media..................................................................................       17

4.  El escenario vasco .............................................................................................................                21

5. La incertidumbre que gobierna el mar...........................................................................           26

6. El Bidasoa, un escenario apropiado................................................................................          32

7. Trampas, amagos y artimañas del corso.......................................................................           36

8. Todos contra todos: La ley del más fuerte....................................................................           42

9.  Novelesco episodio de enfrentamiento entre franceses..........................................                50

10.  Rozando las fronteras de la piratería...............................................................................          56

11.  Las sutiles fronteras entre política, corso y negocios.............................................                   65

12.  Miserias del corso y desastres del mar...........................................................................          72

13.  La participación de la mujer.................................................................................................     88

14.  Corsarios y guerra con Francia (1550-1560)..............................................................             98

15.  Terranova y el corso vasco....................................................................................................  105

16.  El corso en torno a 1588 .....................................................................................................     119

17.  El conflicto entre Gipuzkoay Bizkaia: Corso versus comercio.........................                        130

18. Un período conflictivo en torno a la invasión de Hondarribia (1638)............ 144

19. Los protagonistas del corso en el siglo XVII: Arssu, Zuzuarregui, Beróiz...  153

20.  Hondarribia, una comunidad abocada al corso........................................................                163

 

Los protagonistas del corso en el siglo XVII: Arssu, Zuzuarregui, Beróiz

 

El corso vasco del siglo XVI ofrece un cariz donde predomina el interés en la defensa de los intereses comerciales y pesqueros. En los años cincuenta, durante la guerra con Francia, fue el cuestionamiento sobre la presencia de los guipuzcoanos en Terranova lo que provocó la contundente respuesta de éstos, que no estaban dispuestos a ceder los derechos sobre las pesquerías en beneficio de sus vecinos de Iparralde.

Más tarde, la guerra contra Inglaterra tuvo también como principal motivación la voluntad de frenar los constantes ataques de los corsarios ingleses a las posesiones ultramarinas y a los puertos que sustentaban el tráfico con las colonias, donde el interés de las provincias vascas de Hegoalde era comprensible.

Por otra parte, los constantes embargos de navíos, provocados por una Monarquía incapaz de organizar una armada permanente, invitaban a la deserción y a la protesta continua, o bien a la acomodación, a constituirse ellos mismos en su propia defensa, resignados a refugiarse en la organización de una armada paralela. La crisis iniciada a fines del siglo XVI y la dinámica de enfrentamientos con las potencias europeas desanimaba al comercio y a las pesquerías, que se habían convertido en una actividad de alto riesgo.

La situación del siglo XVII provoca un cambio de actitud en relación al corso en algunas poblaciones marítimas vascas, sobre todo en las más implicadas en la defensa de la frontera. Donostia y, sobre todo, Hondarribia, resultan marcadas por una serie de factores que inclinan la actividad corsaria hacia una actitud que se identifica más con un sistema de vida que con la defensa de intereses mercantiles. El caso es que se dieron serios motivos para este cambio de actitud, que parece buscar la supervivencia en la dedicación al corso.

Si Felipe II buscaba ampliar la población de Hondarribia para promocionar una defensa basada en lo posible en la capacidad de sus propios habitantes, los hechos vinieron a demostrar que, a pesar de la heroica defensa de sus vecinos, el puesto fronterizo requería un apoyo estratégico con una guarnición capaz y una defensa promocionada por las instituciones pertinentes, sobre todos las vinculadas a la Monarquía, principal interesada en la defensa fronteriza. Pero la lección de 1638 no sirvió para nada, pues la desidia de la administración dejó a los vecinos en un estado de indefensión que provocó un incremento del instinto de defensa.

Esta inevitable reacción es la que invita a pensar que Donostia, además de Hondarribia, optó durante décadas por el negocio bélico, mientras otras poblaciones más alejadas de la frontera se decantaban por las actividades tradicionales. Quizá sea ésta la única explicación viable a la agria confrontación que se produjo entre los vecinos del Bidasoa y los vecinos del Ibaizabal, Hondarribia y Donostia por una parte, y los habitantes de Bilbao y Portugalete por otra.

En Hondarribia, el cambio de tendencia hacia un predominio del corso sobre el comercio no contenta a todo el mundo. Se trata de una opción discutible. Esta actitud provoca, por ejemplo, la añoranza de una vecina, quien echa de menos la época en que en su villa florecían los tratos con el Sur. El testamento de Tomasa de Abadía, viuda de Esteban de Ambulodi, retrata en 1650, con una nostálgica mirada retrospectiva, una época que echa de menos: "Digo y declaro que puede haber quarenta y ocho años poco más o menos que en esta dicha villa solía haber veinte y siete o veinte y ocho pinazas poco más o menos en las cuales solía tratar y tener de ordinario cargazones... y habiendo vuelto todas las dichas pinazas con salvamento de tornaviaje a esta dicha villa... cargados de higos y vinos y otras mercaderías"321.

Un rastreo documental que va de los años treinta a los ochenta del siglo XVII, avala sin lugar a dudas el hecho de que Hondarribia, en particular, organizó su vida en torno al corso. Las familias más importantes forman una tupida red logística y de intereses en las que prácticamente se involucra toda la población. La desilusión por la política real llevó al cambio, al que se apuntan las familias más significativas de la comunidad. Los apellidos más cualificados de la villa adoptan claramente la bandera del corso y organizan en torno a sí y sus familias la cruzada por la autodefensa, que se convierte en un estilo de vida. Resulta significativo que varios de los más importantes armadores y capitanes del corso fueron alcaldes de Hondarribia. Esta tendencia cabe interpretarla como una manifiesta implicación de particulares, familias e instituciones en el nuevo fenómeno.

Por lo menos a lo largo de medio siglo, el ambiente corsista se hace omnipresente en la sociedad de esta villa. Armadores, fiadores para conseguir y garantizar la patente, capitanes, cabos y marineros, todos ellos completan un amplísimo abanico que agrupa los más diversos sectores de la vida social y económica que implica, en la práctica, a toda la comunidad. Sus actividades económicas se traducen y manifiestan en términos de expediciones, almonedas de barcos apresados y de mercaderías capturadas. Ningún sector social se sentía ajeno a este proyecto, del mismo modo que, en el asedio de Conde el verano del 1638, nadie escurrió el bulto en la heroica defensa de la villa, con título de ciudad a partir de entonces. Tras aquella acometida, y la manifiesta desidia de las autoridades de Madrid para acudir a su restauración y fortificación, la población civil no vio otra alternativa que asumir la tarea de la autodefensa como algo ineludible. La continua zozobra y las actividades defensivas infunden a la villa un carácter de fortaleza en perpetuo peligro. El corso, en una palabra, consigue marcar el sino de la comunidad.

El trabajo de Otero Lana me ahorra elaborar una presentación del marco general de estas actividades, y me da libertad para abordar aspectos poco estudiados y que pretenden dibujar, a través de algunas familias especialmente significativas, la trayectoria del corso. Otros apellidos irán apareciendo en un segundo plano, un poco de comparsas de los grandes, como telón de fondo de una representación en la que todos los vecinos estaban involucrados.

Aunque el relanzamiento del corso oficial se da en los inicios de la década de 1620, pasaremos de puntillas por los primeros años para dibujar, desde finales la década de 1630, los eventos que perfilan el gran corso, protagonizado por las más importantes familias de la villa. El año 1638 marca la tendencia hacia la exasperación y el compromiso total de la comunidad con la causa corsaria, aunque anteriormente no faltaban motivos para actuar a la defensiva.

La familia Alchacoa marca el ritmo que propicia la arrancada del gran corso. En 1630, Martín Sanz de Alchacoa se queja de los daños recibidos por el corso y propone que "quería armar por su quenta un navio", para lo que menciona las ordenanzas de 1621 y 1623322. Ese mismo año se pone de acuerdo con Domingo de Aresti, vecino de Redondela, Galicia, para que éste salga al corso "y para el efecto haya de buscar y armar los navios, barcos y demás bajeles que le parezcan más a propósito323. Otro Alchacoa, probablemente pariente del anterior, cae preso de los turcos en 1637, en su viaje de Donostia a Cádiz. Su mujer, Catalina Echeverría, pide licencia para un préstamo de 200 ducados destinados a rescatarlo de su cautiverio de Argel324. Esta circunstancia actúa de motivo añadido para que, tras su liberación, optara por participar en el corso junto con el capitán Pedro González, tal como se acredita en su testamento el año 1646, fecha en la que Alchacoa era alcalde de Hondarribia325.

El apellido Arssu es de los más significativos del mundo corsario. Thomás de Arssu, por ejemplo, cubre con su sola presencia cuarenta años de la época más característica del corso hondarribitarra, que se constituye en punto de referencia de este período tan significativo. Este personaje se convierte en el hilo conductor en torno al cual se puede perfilar el devenir de las actividades corsarias del conjunto de la comunidad. No hay actividad relacionada con el corso que se hurte a su trayectoria. Él por sí solo cubre las facetas de capitán, armador, fiador, comprador de presas en almoneda, y ya en su madurez, actúa de representante de los capitanes presos en Bilbao en el contencioso entre corsarios y mercaderes, y en su última época, probablemente en concepto de premio a sus servicios, ostenta el cargo de alcalde de la ciudad.

Sus grandes socios en las armazones son Miguel de Zuzuarregui, otra de las columnas básicas de la actividad corsaria de mediados del siglo XVII, y el donostiarra Antonio de Beróiz, quien interviene en armazones conjuntas con los dos anteriores. Arssu, Zuzuarregui y Beróiz forman la tripleta más dinámica y poderosa en la organización de las expediciones, y a su alrededor se mueve un amplio abanico de agentes, algunos más influyentes y decisivos que otros.

En 1639, Thomás de Arssu sale de expedición con el Nuestra Señora de Guadalupe, y lo hace acompañado de Lázaro de Marte, que viaja con la galizabra Nuestra Señora del Carmen, y de Luis de Zuzuarregui, que ha obtenido la patente para actuar legalmente con el San Pedro. En la ocasión figura como fiador el suegro de Arssu, Juan Ochoa de Alcayaga, función que cumplirá, a favor de su yerno, también durante los años 1643 y 1645. En la salida del 1639 consigue una presa de 18 toneladas que vende en almoneda a un vecino de Orio. También capturó un bajel de dos cubiertas cargado de sal, que vendió asimismo en almoneda, y se comprometió a vender otro bajel a un vecino de Donostia326. Por lo visto, las salidas fueron fructíferas, a lo que no podía ser ajeno el potencial empleado en las armazones.

En la década de 1640 continúa la actividad exitosa de Arssu con el San Jo-seph, con el que consigue capturar varias presas. A la vez, actúa de fiador de Cristóbal de Eguíluz, de cuyas fianzas se hace cargo cuando sale con Nuestra Señora del Buen Socorro. Sabemos que vende al capitán Antonio de Beróiz la mitad de una nao de 60 toneladas, el San Pedro, apresada en Dunquerque, y que el propio Arssu compra El Ángel San Gabriel, de 120 toneladas. A este navio le añade otro puente y lo quiere enviar a Noruega "donde hay pesquería de ballenas", claro índice de que el corso no cerraba la puerta a otros negocios327. Todavía el año 1654, Arssu sale de expedición, en compañía del capitán Pedro González, actuando como fiador Antonio de Beróiz, con la fragata Nuestra Señora del Rosario, y en 1656 interviene como armador del San Antonio, yendo ese mismo año de capitán en el San Joseph, con el que consigue una presa de 100 toneladas. El año 1657, Arssu comparte con Beróiz la armazón del San Antonio el Mayor y participa también en la armazón del Nuestra Señora del Rosario328. Toda una trayectoria corsis-ta en la que sin duda faltan muchas piezas, pero que se basta para ilustrar la decidida dedicación que las grandes familias de la ciudad prestaron a la causa.

Arssu participa de modo activo, incluso exponiéndose a la ira de los mercaderes bilbaínos, en el conflictivo año 1658 del que anteriormente se ha hablado. Con motivo del apresamiento de los capitanes corsarios en Bilbao, se reúnen todas las autoridades de Hondarribia para tratar del asunto. Zuzuarregui es en aquellos momentos jurado de la ciudad, el capitán Echauz y Arssu pertenecen a la Hermandad marinera de San Pedro. El último es comisionado para intermediar en el conflicto, pero la situación se volvió tan tensa que tuvo que optar por escapar, al saber que las autoridades vizcaínas habían dado orden de apresarle329.

El año 1659, Arssu es alcalde de Hondarribia, puesto que también ocupa en el año 1661, a la vez que participa en la armazón del San Joseph y del Santa Ana, en colaboración con Beróiz y los capitanes Ambulodi y Zuzuarregui

En la década de 1660 parecen reabrirse los frentes más acordes con las actividades tradicionales. Arssu y Beróiz, socios al fin y al cabo en cualquier negocio, se interesan conjuntamente por los negocios con las Indias y por las expediciones balleneras, quizá porque las circunstancias les permitían retornar a sus orígenes mercantiles. Por lo visto, la paz firmada con Inglaterra el año 1662 daba un respiro incluso a los que ya llevaban una larga carrera corsaria, lo que por otra parte no obsta para que, al mismo tiempo, negocien la venta de presas inglesas conquistadas durante la guerra, presas que en este caso quedan acreditadas como legales331. La vena mercantil abierta con la tregua gozó de menguadas perspectivas, a tenor de lo que ocurrió en 1666, año en el que somos testigos de una renovada coalición corsista entre personajes ya clásicos en ese mundo: Arssu, Beróiz y el entonces alcalde de Hondarribia, Zuzuarregui. Dueños y armadores del San Joseph, envían esta fragata de corso a la costa de Portugal, cuya costa se abre como nuevo horizonte de conflictos332.

El año 1668 se perfila como el del relevo generacional. Aparece en escena Juan, hijo de Thomás de Arssu. De Juan de Arssu tenemos noticias de que participó en acciones corsarias por Maracaibo. Algunas actuaciones del hijo descubren los sinsabores producidos por la escasa gratitud del Monarca a una familia adornada por múltiples servicios a la Corona. La recapitulación de una vida en buena medida dedicada al servicio de defensa de la costa, consigue una recompensa muy deficiente. Padre e hijo, que reciben la denominación de armadores, se quejan de que se les debe mucho dinero en concepto de servicios prestados. Juan viaja a Madrid "a negocios que se le ofrecen en sus reales y supremos consejos, y porque yo me he empleado en diferentes ocasiones en servicio de Su Magestad personalmente, sino también previniendo fragatas y navios de guerra a sueldo, de que se me deben cantidades considerables por la Hacienda Real, como es público y notorio".

Para entonces, Thomás de Arssu ya ha cumplido los sesenta años, una edad muy avanzada para aquella época, aunque todavía le quedan arrestos para mantenerse en la brecha durante otra década, cuidadosamente empleada para iniciar a sus hijos en los gajes del oficio. Pero esto no implica el abandono de las anteriores actividades, pues todavía no delega la iniciativa ni el patrimonio en manos de sus sucesores. En 1670 actúa conjuntamente con sus viejos socios Beróiz y Zuzuarregui, a los que se une en la armazón María de Ibarra, también ella de familia de corsarios333.

Un episodio sucedido en 1672 destila cierto sabor a venganza de los bilbaínos, contrariados con el potente corso hondarribitarra que entorpecía sus negocios. Thomás de Arssu había vendido al capitán Juan de Lizardi la nao Santa María, de fábrica inglesa, rebautizada como El Ángel. Esta nao de 100 toneladas fue enviada a Terranova y, tras varios viajes, una fragata de Pechelingue, de la que se sospechaba actuaba en connivencia con los bilbaínos, la apresó y llevó a Bilbao bajo la acusación de que parte de la tripulación la formaban marineros de Iparralde, hecho harto conocido y tolerado334. Este tipo de episodios ayuda a comprender lo enmarañado de la situación que se vivía. Las pesquerías y el comercio se mezclaban con el corso y la confusión generada por estas diferentes opciones con frecuencia envenenaban las relaciones entre las comunidades vecinas, a pesar de que se necesitaban mutuamente.

El año 1673 se nos ofrece un testimonio conmovedor recordando una prolongada colaboración en el corso entre Thomás de Arssu y Antonio Beróiz. Este último había fallecido, y Arssu dice que "ambos armábamos el corso... estos treinta años". En el declive de su vida, el viejo corsario muestra la intención de arreglar cuentas con los que le suministraban materiales para sus armazones. Así vemos cómo el mismo año de 1673 se nombra a Juan Bernart, de oficio cordelero, con quien mantiene un encuentro "en la cordelería que está en la feligresía del lugar de Leco", y a quien confiesa deber 2.221 reales en concepto de materiales para navios y fragatas, cuya cordelería había contribuido a mantener335.

Muerto su amigo Antonio Beróiz, y en el ocaso de su vida, vislumbrando un final no lejano, el destino se muestra cruel y se dispone a cobrar a los viejos héroes lo que los avalares del corso les habían perdonado. El año 1675 Tomás de Arssu es declarado heredero forzoso de su hijo Juan, fallecido pocas fechas antes. Esta dolorosa circunstancia no parece desanimarle, puesto que le vemos ejerciendo de alcalde al año siguiente337. Pero las desgracias se ceban en el poderoso armador. El año 1680 muere ab intestato, en México, el otro hijo, Thomás, "el menor". El infortunio se cierne sobre la familia, pero esto no obsta para que Thomás de Arssu se erija en una gran figura, prototipo de toda una época que sintetiza, en sus cuarenta años de vida marinera, el convulso devenir de la ciudad de Honda-rribia en las décadas centrales del siglo XVII.

La trayectoria del segundo protagonista de nuestra terna, Miguel de Zuzuarregui, no le va mucho a la zaga. Éste desarrolla su actividad corsaria durante las tres primeras décadas de la segunda mitad del siglo XVII. En 1647 ya lo tenemos dispuesto para salir a corsear a la costa francesa como capitán del Nuestra Señora del Buen Suceso338, aunque es a partir de 1652 cuando su participación se aprecia como más continuada. Interviene en el ataque a Burdeos, de donde se traen cinco presas, y el Monarca tiene la oportunidad de mostrar su liberalidad, pues declina cobrar el quinto de beneficio que le corresponde de las presas339.

Entre los años 1654 y 1658 se dispara la presencia de noticias sobre Zuzua-rregui, quien actúa con el San Antonio, uniéndose a los capitanes Martin de Londres, éste con El Rosario, y Domingo de Guillen, que contribuye con el Sevilla, siendo estos dos de la parte donostiarra de Pasaia. Entre los tres apresan el barco San Agustín, de Hamburgo, que es declarado buena presa y que aportaba barras de plata, parte de las cuales pasan a poder de los corsarios340. Con Zuzuarregui actúan también los capitanes Melchor Fernández, Agustín y Juan Echeverría, poniendo entre ellos parte del capital de la expedición y colaborando activamente en las salidas.

Ciertamente, los barcos destinados al corso en modo alguno eran grandes. El que construyen el año 1654 entre Zuzuarregui, Echeverría y Fernández, el San Agustín, sólo tiene 30 toneladas, y lo fabrican expresamente "para que corsease", cuando los que iban a Terranova rara vez bajaban de las 100 toneladas341. Este cascarón debía ir bien tripulado y bien pertrechado de armas, únicas ventajas que avalaban un favorable enfrentamiento contra otras embarcaciones, habitual-mente mayores. El San Agustín sale a corsear, por ejemplo, a principios del 1656, tras pedir la correspondiente licencia al capitán general barón de Vateville342. En esta salida, Zuzuarregui actúa también como armador, además de figurar como copropietario del barco.

Previamente, a finales del 1655, había salido también a corsear, y en la organización de la expedición se aprecia el reparto de obligaciones y puestos entre los implicados, única manera para funcionar correctamente. Zuzuarregui figura esta vez como fiador, y Agustín de Echeverría como capitán, de modo que entre pocas personas cargaban las diversas responsabilidades inherentes a la salida a corso343. Debía ser la única manera para rentabilizar este negocio: pocos medios y mucha osadía, única razón que permite entender casos como el siguiente, donde Zuzuarregui y Gabriel de Goicoechea figuran como armadores, Antonio Echauz como capitán, y deciden salir de corso a las costas de Francia y de Portugal con el Nuestra Señora de Monserrate, de sólo 12 toneladas, en realidad, una chalupa grande. El año 1658 el San Agustín sigue en la brecha, y Zuzuarregul aparece otra vez de armador, junto con Fernández, con la intención de que "corra las costas de Francia", para lo que exhibe el permiso del barón de Vateville345.

Zuzuarregui, como el resto de interesados en el corso, no era ciertamente una hermanita de la caridad ni un benefactor desinteresado. Concientes de la superioridad que les daba su cargo y posición en las expediciones, sin duda procuraban aprovecharse de la situación y sabemos que abusaban de su poderío, en detrimento de las víctimas atacadas e incluso en prejuicio de los propios marineros que tripulaban en sus barcos. En 1663, Zuzuarregui y Ambulodi reconocen que existen cuentas pendientes sobre presas y mercaderías capturadas durante la guerra con Inglaterra346, y en 1664 hay quejas de sus propios marineros de haber sido engañados en la cuentas de los beneficios de las presas hechas por el San Joseph durante el año 1658; concretamente se les acusa de haber dejado fuera del reparto a "soldados, marineros y hombres pobres, de poca inteligencia".

Zuzuarregui es alcalde de Hondarribia en 1666, pero esto no es obstáculo para, junto con Arssu y Beróiz, armar la fragata San Joseph y enviarla a corsear a la costa portuguesa. Tras varios años más de actividad corsaria, los tiempos cambian o se atempera el carácter aventurero. Cambian también las relaciones con los vecinos. En 1679, vecinos de Labort construyen para Zuzuarregui un patache que parece destinado a ser utilizado para fines comerciales348. De hecho, observamos que en 1581 está interesado en negocios vinculados al hierro, e incluso compra instrumental de fragua, probablemente para ponerla en alquiler349. Para completar este corto retrato, un documento de 1682 nos retrotrae al año 1663, y en él se hace referencia a la participación de Zuzuarregui en la escuadra de Miguel de Oquendo. Ésta, que salió de Pasaia camino de Cádiz, quedó desbaratada, y sólo se salvó, según este testimonio, el San Joseph al mando de Zuzuarregui. Éste, de vuelta a casa, apresó un barco francés, que se declaró buena presa y se vendió en pública almoneda350. Genio y figura: no podía ser menos, a pesar de las adversas circunstancias.

Antonio Beróiz es el tercer componente del trío de armadores de corso que sobresale, por sus decisivas actuaciones conjuntas, en el siglo XVII. La familia de los Beróiz, procedente de Nafarroa y afincada en Donostia, fue una de las más activas en la exportación de lana a Flandes en el siglo XVI. Pero ya en esa época, miembros de esta familia donostiarra habían padecido la acción del corso. En 1572, Miguel de Beróiz, padre de Antonio, tuvo que viajar a La Rochela para "tratar del rescate de una nao que los luteranos corsarios me han tomado e robado yendo a los estados de Flandes cargada de lanas". La familia, por tanto, en modo alguno era ajena a la triste realidad de los ataques a barcos mercantes por parte de los denominados "corsarios piratas luteranos"351.

El año 1634 encontramos a otro Miguel de Beróiz como armador de un bajel que consigue una presa. En la expedición tomó parte otro donostiarra, Miguel Carlos, quien pide se le haga llegar los beneficios del reparto "porque no puedo cobrar por ahora por estar otra vez de partida para corso"352. No es el único caso en el que los corsarios se ven obligados a delegar sus asuntos de tierra firme, como es el caso del reparto de los beneficios producto de las presas, en manos de familiares o representantes porque tenían que colaborar en las nuevas salidas.

La colaboración con conocidos armadores de Hondarribia proviene de la década de 1640, pero se afianza en la de 1650. El año 1657 colabora con Arssu, ambos como armadores, en el San Antonio el Mayor, navio que estaba a punto de salir de corso353. En 1659 lo observamos perfectamente integrado en el grupo de los principales comprometidos en el corso, en el que entraban viejos conocidos como Arssu, que era alcalde de Hondarribia, Zuzuarregui, y también Ambulodi. Es probable que su posición social e institucional permitiera arreglos ventajosos respecto a presas no legales. Esto ocurrió con el San Pedro, de Tomás de Adresen, barco "mal apresado", pero al que se sugiere acceder a un arreglo con las autoridades, acuerdo del que salen beneficiados Beróiz y Arssu.

Tras una incursión en las expediciones balleneras con sus habituales socios, participa también en incursiones corsarias hacia las costas de Portugal. El año 1670 aparece de nuevo vinculado al corso, y es en 1673 cuando figura en la anteriormente citada confesión sobre la amplia colaboración durante treinta años con Arssu, fecha en la que ya se le da por fallecido. Ese mismo año se busca curador para el hijo Antonio, menor de catorce años, quien tiene también otros hermanos menores. En la ocasión se dice también que Lorenza de Usandibaraza, esposa de Beróiz, también había fallecido355. Siete años después, Mariana de Berrotarán, viuda del capitán Antonio de Miranda, colaborador de Beróiz, dice que éste se obligó, en 1672, poco antes de morir, a pagarle 4.110 reales de plata, suma de la que los herederos sólo le habían pagado parte.

Arssu y Zuzuarregui, ambos de Hondarribia, forman, junto con el donostiarra Beróiz, la plataforma ideal desde donde se nos permite apreciar la implicación de las grandes familias de la zona fronteriza en el proyecto corsista. Resulta difícil dilucidar si estos hombres daban preferencia al corso en detrimento del comercio o las pesquerías, quizá animados por las perspectivas de ganancias rápidas y fáciles.

Los casos de estos personajes concretos, vista su trayectoria, más cabe interpretarlos como victimas de una situación de confrontación que ellos no buscaron. Es difícil catalogarlos como buscadores de fortuna, o como aventureros ávidos de negocios turbios, dispuestos a la violencia gratuita, la venganza y la obtención de presas indiscriminadas. Todos estos elementos mencionados cabían, en distintas dosis, en las actividades corsarias, pero su presencia queda atemperada por datos que avalan una interpretación más equilibrada que sitúa a los corsarios vascos en una tesitura que los aleja de una visión negativa y contraria a las tradicionales ocupaciones de los marineros vascos.

En primer lugar, hay constancia, como hemos observado, de que en cuanto se abre un período de tregua, el dinamismo antes dirigido al corso se vuelca espontáneamente hacia las pesquerías, el comercio y los servicios. En segundo lugar, las tres familias de los poderosos corsistas sufrieron muertes y ruina económica. Y, por último, el Monarca, cuyos intereses tanto se favorecen, se muestra desagradecido, tras protagonizar grandes servicios a los que dedicaron no sólo la vida y la fortuna, sino incluso el honor, sentimiento tan presente en aquella época entre los subditos como deficientemente correspondido por reyes tan poco agradecidos como escasamente obsequiosos con nuestros protagonistas.

Esta tendencia funesta y negativa se manifestará todavía con mayor displicencia de las autoridades en los casos que trataremos de inmediato, aquellos en los que intervienen corsarios más directamente implicados en la lucha, aunque social y económicamente menos importantes que los anteriores, y cuyas familias sufrieron en sus carnes los tristes avalares del corso.

 

 

Fuente: la susodicha.

Antonio Castejón <maruri2004@euskalnet.net>

 

 

 

 

Arriba