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DON HONORIO MAURA GAMAZO (citado en MAURA, apartado I, nº 4.3).

1: Honorio: el hombre.

2: Honorio: el escritor.

3: Obras de teatro y filmografía.

1: Honorio: el hombre.

Sobre Honorio Maura escribe así Juan Ignacio Luca de Tena en “Mis amigos muertos”, edición de 1972.

Una cosa es el prestigio personal y otra muy distinta las razones que lo motivan. Don Antonio Maura y Montaner, el gran patriarca de su familia, varias veces Presidente del Consejo de Ministros en el reinado de Don Alfonso XIII, Director de la Real Academia Española, gran jefe del partido conservador durante muchos años e ídolo de muchedumbres exaltadas, hasta el punto de formar un partido político que se llamó maurista, gozaba de merecido prestigio por sus grandes dotes de estadista, de literato y de orador elocuente, pero, a mi juicio, inferior al que se le adjudicaba. No fue, según mi concepto, posiblemente equivocado, el primer político de su época. Esta categoría preeminente la reservo yo para don José Canalejas, cuyo asesinato en 1912 constituyó un hecho capaz de modificar la Historia.

Don Antonio Maura tenía cinco hijos varones: Gabriel, después duque de Maura; Antonio, que vivió muchos años en la Argentina; Honorio, mi amigo fraternal; Miguel, flamante primer ministro de la Gobernación de la República, y José María, asesinado en Bilbao poco antes de la última guerra civil.

Honorio, mi mejor amigo de los cinco y uno de los más grandes de mi vida, era, sin embargo, diez o doce años mayor que yo. Hasta 1920, en que estrenó su primera comedia, aparentaba ser nada más que un «play-boy», muy cotizado en los salones aristocráticos madrileños, de mucho éxito con las mujeres, ingeniosísimo, muy superior de fondo que de forma, y amigo íntimo del Rey, a quien divertía mucho su compañía. Tengo para mí que de todos los Mauras, incluyendo al padre, Honorio era el más monárquico y leal a la Real Persona. Mientras su padre gobernaba, Gabriel, el mayor de los hermanos, escribía tratados de historia, ingresaba en las academias, salía diputado, se lucía en el Parlamento, y Miguel daba conferencias en el Ateneo, siendo entonces uno de los más eficaces puntales del partido maurista, Honorio se divertía en sociedad y cazaba con el Monarca. Así hasta 1920. Un día de ese invierno, Gregorio Martínez Sierra, empresario y director del Teatro Eslava, donde figuraba en el cartel una comedia mía -mi segunda comedia, titulada El dilema-, me dijo ilusionado que Honorio le había leído una obra magnífica y que la iba a estrenar después de la mía. Se titulaba El buen amor. Yo asistí, invitado por el autor, a la lectura a la Compañía y le auguré el extraordinario éxito de público que en efecto obtuvo. Pero la crítica en los periódicos de izquierda fue negativa. No en balde se apellidaba Maura el novel autor. Y, entre todos, Enrique de Mesa, el cronista de teatros más duro de Madrid, le hizo una injusta pero magnífica crítica en verso, por la cuaderna vía, de la que cuerdo algunas estrofas:

Allá en el siglo doce, has de saber, lector,

que un honrado arcipreste, hombre demoledor,

escribió un admirable «Libro del Buen Amor»;

por su ingenio merece de los siglos loor.

Y hoy, en el siglo veinte, un señorito bien,

hombre de «jim», de tango, de bureo y de tren,

de este amor quiere hablarnos. Con nosotros estén

la Madre, El Padre, el hijo de la Gloriosa. Amén.

De la comedia vana fue eje y heroína

la simpática Bárcena, la sin par Catalina,

ha un tiempo voz de plata, voz fresca y cristalina,

que hoy, al halago dócil, por efluvios camina.

Y para esto la Empresa dio campanas al vuelo

y quitó de la escena la comedia del duelo (la mía),

y ensayó con premura, con cuidado y con celo.

De sus muchos pecados que la perdone el Cielo.

En los once años que mediaron desde aquel estreno hasta la proclamación de la República, Honorio se dedicó casi exclusivamente al teatro, escribió quince o veinte comedias, logró resonantes triunfos, entre los que me place destacar, por la importancia que tuvo, el de Julieta compra un hijo, que estrenaron Josefina Díaz y Santiago Artigas en el Reina Victoria. Creo sinceramente que si aquel joven autor no se hubiese llamado Maura, y sin la categoría política que ostentaba su padre, Honorio sería hoy considerado como uno de los primeros co­mediógrafos de este siglo. Su privilegiada pluma alternaba por entonces el trabajo de sus comedias con el de sus admirables artículos de ABC, donde consiguió alcanzar una popularidad excepcional -en aquellos tiempos de Azorín, Gómez Carrillo y Manuel Bueno- para su firma y muchas veces sin ella, porque también escribía editoriales que solamente él y yo, director del periódico, sabíamos que eran suyos.

Nos unió en la vida el Teatro, el Periodismo y la Política, a la que se dedicó de lleno poco antes de proclamarse la República, sintiéndole de acicate quizá (y sin quizá) la actitud antimonárquica de su hermano Miguel, adoptada por éste después de la caída de la Dictadura. Durante unos años, los más duros de la República, Honorio Maura y yo fuimos inseparables, hasta en nuestros tratos con el Rey desterrado. Fue mi principal colaborador en la fundación del famoso Círculo Monárquico, y conmigo y los hermanos Miralles sufrió la primera acometida brutal de la República, a pesar de su fraternal parentesco con el ministro de la Gobernación. En el Parlamento que se constituyó después del triunfo electoral de noviembre de 1933, sus rasgos de humor eran proverbiales. La tarde de su primera reunión, hablaron para asuntos de trámite todos los jefes de minoría: Calvo Sotelo, Goicoechea, Ventosa ... Cuando se levantó el diputado tradicionalista Conde de Rodezno, Pérez Madrigal exclamó: «Otro republicano.» A lo que Honorio contestó rápido: «Los que ha votado el pueblo, señor Pérez Madrigal». Y la mayoría le dio una ovación imponente.

A mí me quitaron el pasaporte cuando me procesaron en mayo de 1931, y no volví a obtener otro hasta dos años después. Por entonces, casi todos los monárquicos éramos ya juanistas, pero conservando el gran respeto que siempre nos había inspirado la excelsa y calumniada figura de Don Alfonso XIII. Yo no había vuelto a ver al Rey desde los primeros días de la República, y a fines de junio de 1934, Honorio y yo fuimos juntos a París, donde el exiliado Monarca se hallaba, para presentarle nuestros respetos y darle yo las gracias por las atenciones que había tenido conmigo durante mis tribulaciones políticas.

El Conde de Gamazo, primo hermano de Honorio e íntimo amigo de Gil Robles, nos dijo que éste deseaba hablar con nosotros antes de nuestro viaje, y nos invitó a comer a los tres en el Nuevo Club. El jefe de la CEDA no era todavía ministro, pero ya estaba considerado corno el árbitro de le política, después de su triunfo electoral. Nos pidió en la cena que le dijéramos al Rey de su parte que la única forma restaurar la Monarquía en España sería su abdicación en la persona de su hijo Don Juan. Honorio y yo, que pensábamos lo mismo, le prometimos cumplir el encargo. Cuando llegamos a París, Su Majestad nos citó en el Hotel Meurice a primera hora de la tarde, recibiéndonos en su dormitorio con gesto e mal humor. Apenas se encaró con nosotros, sacó del bolsillo un periódico y, poniéndolo ante mis ojos, me dijo: «¿Me quieres explicar qué es esto?» El periódico aquel era un número de La Época, fechado el 24 de junio último, festividad de San Juan Bautista, y en él se publicaban varios artículos exaltando a quien ya era, desde la renuncia de sus hermanos mayores, Príncipe de Asturias. Firmaban las crónicas Calvo Sotelo, Goicoechea, Sainz Rodríguez, Vallellano, José Ignacio Escobar, entonces Marqués de las Marismas, el propio Honorio Maura y algunos otros, que es decir la Plana Mayor de la Causa. A la pregunta que el Rey me hacía, contesté respetuoso: «Señor: yo soy director de ABC, no de La Época». Entonces se dirigió a Honorio: «y tú, ¿qué me dices?» Y Honorio, con su habitual buen humor, le respondió jovial: «Señor, yo, ni de ABC ni de La Época». El Monarca se enfadó bastante y nos despidió al poco rato, pero aquella noche nos invitó a cenar en su salón del Hotel Meurice, donde le encontramos ya con su cordialidad y cortesía habituales. Asistían, además de nosotros, a la comida, el Duque de Miranda, el embajador Quiñones de León y José Calvo Sotelo. Después del café, Su Majestad se encerró en un saloncito contiguo con Honorio, Calvo Sotelo y conmigo. Allí, la conversación transcurrió tranquila, con la mayor serenidad por parte de Don Alfonso, que nos escuchó respetuoso, y yo me atreví a darle el encarguito de Gil Robles, lo que, por cierto, le extrañó muchísimo, pues no eran las noticias que él tenía respecto a la actitud del jefe católico sobre la sucesión de la Corona. Calvo Sotelo estuvo elocuentísimo, pero no logró convencerle, entonces.

Cuando triunfó el Frente Popular en las elecciones de 1936, Honorio volvió a salir diputado, no recuerdo por qué circunscripción. Los meses que precedieron a la guerra fueron terribles. Los comunistas preparaban su revolución; la lucha en las calles entre marxistas y falangistas era cada vez más violenta; el Gobierno, rebasado, incapaz de imponer su autoridad ante los innumerables desmanes, y daba manotazos arbitrarios a diestro y siniestro; Calvo Sotelo, Gil Robles y el mismo Honorio, en un plano político más modesto, denunciaban a diario en el Parlamento, con un valor asombroso, cuantas atrocidades estaban sucediendo en España. La furia de las izquierdas contra ellos era tan repugnante que llegó a culminar en el asesinato de Calvo Sotelo. José Antonio fue encarcelado con toda la Junta Política de la Falange. Los militares comenzaban a agitarse.

Por entonces, publicó ABC un artículo contra el ministro Indalecio Prieto, que éste consideró injurioso, querellándose contra mí. Como Honorio era diputado y, por su investidura, no se le podía procesar sin autorización de las Cortes, se me ofreció para decir que el artículo en litigio era suyo, y así lo convinimos en principio. Pero, cuando llegamos al juicio de conciliación, me pareció una cobardía rehuir mi responsabilidad de director del periódico, y al preguntarme el juez quién escribió el artículo, le contesté que yo. Jiménez Asúa, que era el abogado de Prieto, dijo entonces que, ante mi manifestación, no tenia nada que añadir. El juez dio por terminado el acto, bajó del estrado y se puso a charlar amigablemente con Jimé­nez Asúa, conmigo y con mi abogado, que era el inolvidable Colom Cardany, asesinado tres meses después, en los primeros días de la guerra. Nos ofreció el magistrado unos cigarrillos, y en un momento de distracción de los demás, me dijo al oído: «Escápese usted, que le tengo que meter en la cárcel». A la mañana siguiente, huí, de polizón, en un aeroplano de línea francés y me instalé en Biarritz, donde ya tenía mi familia. Muchas veces he pensado qué hubiera sido de mí si el 18 de Julio me sorprende en una cárcel, como a José Antonio, a Honorio Maura y a tantos otros. Al juez aquel debo seguramente la vida, y Dios me concedió la satisfacción de poder pagar mi deuda cuando tres años después, en abril de 1939, fue él a pedirme protección, ya en Madrid.

Honorio iba a visitarme a Biarritz con mucha frecuencia. La conspiración militar tomaba cuerpo, se perfilaba ya en detalles tácticos y estratégicos, y yo empecé a conspirar por primera vez en mi vida. Ya no era «prematuro» el Movimiento, como le dije a Sanjurjo en el verano de 1932, teniendo el honor de coincidir en la misma opinión con el general Franco. En Biarritz fui enlace de Mola, que dirigía la conspiración en Pamplona, donde era Gobernador Militar, y desde la playa francesa o desplazándome de ella, tuve ocasión de prestar bastantes servicios, algunos importantes.

Honorio se había instalado con su familia en Zarauz, con mucha oposición por mi parte, que conocía fechas y detalles. El 16 de julio le llamé por teléfono, instándole para que viniese a verme al día siguiente, pues «necesitaba hablar con él de asuntos urgentísimos». Se me negó, alegando que le había caducado el permiso de su automóvil. Yo insistí, proponiéndole que dejara su coche en el lado español del puente internacional, que lo cruzase a pie y que yo le esperaría en territorio francés. Le pedí, además, que trajera un poco de equipaje, para pasar unos días conmigo. Entonces se echó a reír, con aquellas carcajadas francas y joviales que eran su característica:

-Desde que empecé a oír tu voz -me dijo-, estoy comprendiendo para qué me has llamado. Ni mañana ni pasado puedo ir a verte -añadió-, pero estate tranquilo, porque no pasa ni por ahora pasará nada. Desde el otro lado de la frontera estáis viendo visiones. Voy a colgar el teléfono, porque sé que tienes pocos francos y esta conferencia te va a arruinar. Adiós, un abrazo.

Y el 18 de julio, mientras las radios del mundo entero daban las primeras noticias de la sublevación militar en Marruecos y en la Península, los nacionalistas vascos le detuvieron en Zarauz. Primero lo condujeron a la cárcel de San Sebastián, donde pasó varias semanas. Al cabo de ellas, un grupo de extremistas lo condujo hacia la frontera con otros presos, entre los que figuraban el ilustre ex ministro monárquico don Leopoldo Matas, el político tradicionalista don Joaquín Beunza y mi cuñado Ramón Brunet. En plena carretera los hicieron bajar del camión,diciéndoles que los iban a fusilar. Honorio les pidió una tregua de un cuarto de hora para que rezaran el Rosario antes de morir. Se la concedieron. Y cuando ya estaban terminando el Rosario, llegó una partida de nacionalistas vascos que los salvó, conduciéndolos, en el mismo camión, al fuerte de Guadalupe en Fuenterrabía, donde quedaron presos a la vista de Francia, la tierra de la liberación, “la tierra prometida”. Los presos, desde la altura de Guadalupe, veían jugar a los niños en la playa de Hendaya. Entretanto, las tropas nacionales avanzaban por tierras de Navarra, hacia Irún. Ya se oía, lejano, el tronar de los cañones. Un día de primeros de septiembre, recibí en Biarritz una postal sin sello, que no sé cómo lograron hacérmela llegar y que decía únicamente: «Hasta muy pronto, abrazos, Honorio, Ramón». El día 3 vieron con emoción la bandera roja y gualda en la cima de San Marcial. Aquella noche se dieron cuenta de que sus guardianes habían huido, dejándolos solos en el fuerte. Alguien propuso que bajaran a Irún, donde ya se oían los tiros de fusil, pero Honorio se opuso: «Para que nos cacen en el camino, detrás de los árboles. No, tened paciencia. Dentro de dos horas estarán aquí los requetés». Y no bajaron. Y lo que llegó una hora después fue una partida de la FAI, que fusiló a Honorio, a Leopoldo Matas y a Beunza. Mi cuñado Ramón Brunet, salvado milagrosamente, me contó cuanto antecede, con los ojos arrasados de lágrimas, dos días después, en el imponente entierro verificado en Pamplona.

La última frase de Honorio fue espectacular, de auténtico autor dramático. Cuando sólo le quedaban unos segundos de vida y ya los fusiles de sus asesinos le apuntaban, exclamó: -Soy un barco que se hunde cuando está entrando en el puerto.

He copiado este texto de la obra de Don Juan Ignacio Luca de Tena “Mis amigos muertos”, edición de 1972.

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2: Honorio como autor teatral y escritor.

Párrafos extractados de la obra de Fernando Díaz-Plaja “La saga de los Maura”.

Instalado de nuevo en Madrid... Honorio recapacita sobre cuál va a ser su destino: aunque es licenciado en Derecho no le atrae el bufete, y aún menos el que ha sido triunfante campo de acción para su padre y los hermanos Gabriel y Miguel: la política. Lo que a él le gusta es hablar con la gente y observarla, y de pronto decide sacar de esa habilidad suya la ganancia que necesita para mantener su tren de vida. Escribirá para el teatro.

Estupor en la familia. Tanto el padre como los hermanos manejan la pluma con soltura en la redacción de informes jurídicos, en la preparación de discursos políticos o en los estudios históricos, aun cuando ninguno de ellos, aparte del tío Gabriel en Palma, ha escrito jamás temas puramente literarios y tampoco en los antepasados existen aficiones de ese tipo. La reacción primera es que se trata de una nueva «locura» de Honorio que le pasará como tantas otras.

No le pasó y con asombro de propios y extraños empezó a estrenar con buen pie y grandes éxitos. Como es costumbre en esos casos, surgió la acusación de que a ello le ayudaba eficazmente el apellido ilustre que llevaba, pero quien conoce el mundo teatral, sabe que eso sólo es cierto en el primero de los pasos que debe dar un aspirante a dramaturgo. Llamarse Maura no hay duda que le abría las puertas de los camerinos y auspiciaba la lectura de sus obras, pero justamente ahí terminaba su influencia. Porque si la obra no gustaba al responsable de la compañía no había nombre que valiera el dinero y tiempo necesarios para montar una nueva obra.

Y si el primer actor no se deja arrastrar por el sonido de un nombre preclaro, mucho menos lo hace el público. En ese aspecto, el teatro es el más sincero y limpio de los géneros literarios. Un autor de novelas puede comprar por intermediarios la edición entera de su obra y circular el rumor de que ha sido un éxito, pero no hay forma de que el público llene una sala si la obra no le interesa, por famoso que sea el nombre de quien creó la obra. A sus expensas lo sabrá años más tarde don Manuel Azaña quien, en la cúspide de su fama política, pudo contemplar semivacía la sala donde se representaba su La corona.

Honorio Maura entró en el palco escénico con buen pie y además de la mano de los más ilustres actores del tiempo. Su primera obra editada y titulada Corazón de mujer fue estrenada por Catalina Bárcena, Milagros Leal (madre de Amparo Soler Leal) y Manuel Collado en 1923. En El buen camino aparecieron Rafael Rivelles y María Fernando Ladrón de Guevara. Ocurrió en 1926, igual que La noche loca, que presentaban Eloísa Muro y Manuel Collado. En la titulada Su mano derecha intervino Ernesto Vilches. La muralla del oro fue interpretada por Josefina Díaz de Artiges. Y Eloísa Muro y Pepe Isbert con Cuento de hadas cerraron un triunfal 1928.

Me lo daba el corazón es de 1930 y fue llevado al palco escénico por la famosa pareja cómica de Loreto Prado y Enrique Chicote.

En 1931, el mismo año de la proclamación de la República, presencia el estreno de La condesita y su bailarín con Milagros Leal de nuevo, su marido Salvador Soler-Mari, Antonio Riquelme y Elvira Noriega.

¿Cómo era el teatro de Honorio Maura? Muy del estilo que se llamaba entonces de «alta comedia», que alternaba con otro género, ya un poco pasado de moda, y que era el drama rural. Nuestro Honorio no iba por ese sendero. Los personajes de sus obras son habituales de los grandes salones, de los campos de tenis y de los de golf; muchos llevan título y se expresan con suave distinción y a menudo con suave ironía. Era el mundo que él frecuentaba y parece evidente que las frases que usa debieron ser pronunciadas alguna vez en esos medios elegantes.

Honorio gusta de satirizar esos tipos, aun cuando lo hace con guante blanco, mientras descarga todo su sarcasmo contra el burgués que en esos tiempos, después de la guerra del Catorce y merced a los beneficios obtenidos gracias a ella, intenta entrar en las familias de gran linaje utilizando como ariete unos millones que, como se decía entonces, sirven para dorar de nuevo los enmohecidos y tristes blasones.

La burguesía ... ¡de eso no hablemos! con los tés, los dancings y los jazz de los grandes hoteles nos han dejado en pañales en eso de dar escándalos y, además, como no tienen costumbre de esas cosas lo hacen todo con mucha menos discreción. Con mucho más ruido, como para que la gente se entere bien ¿sabes? Necesitan exhibir el lío”.

Habla la aristócrata Elena, de Corazón de mujer, a su amiga Flora, que ya se ha casado con un nuevo rico que continuamente le recuerda su plebeyez y el dinero con que la regala. «Gracias a él la casa de los Madrigal no se ha hundido para siempre», recuerda a su hija el Marqués tronado.

El mismo contraste, pero realizado con más finura, aparece en la que quizá sea la mejor obra de Honorio Mama: Cuento de hadas, estrenada en 1929. Un «Anuro Salazar, millonario y plebeyo», como reza la acotación, compra de forma correcta, sin engañar ni engañarse, su entrada en una familia ducal y arruinada. La frialdad y dureza con que ha aceptado el trato Diana, la hija sacrificada, va desvaneciéndose a lo largo de los tres actos gracias a la persistencia amable del parvenu. El final feliz indica al público que en algunos casos también los finos por dentro pueden alcanzar el «status» o meta de los finos por fuera.

La categoría teatral de Honorio Maura es difícil de valorar hoy, cuando la «alta comedia» que fue su especialidad está muy lejana de nuestros gustos. Hay que reconocerle, sin embargo, su gran facilidad para el diálogo y para la descripción de personajes, que muchas veces tienen rasgos que recuerdan a Benavente, que no fue un mal maestro.

Esta etapa teatral de Honorio Maura termina en 1931, al mismo tiempo que el régimen que servía de fondo a sus situaciones. Cuando tras la caída de la Monarquía, Honorio vuelve a estrenar, su obra tendrá un énfasis político que antes no tenía su lenguaje, una dureza antes desconocida. En las comedias anteriores la gente comentaba: «Ese personaje puede ser Fulano ... » Ahora se traduce inmediatamente: «Ése es Fulano.»

(…) Naturalmente, si el teatro tiene que ser el reflejo de una sociedad, Honorio Maura está en sus glorias describiendo la que ha forjado la República. En su obra anterior, como vimos, él insistía en el personaje del burgués enriquecido que quiere entrar en la alta sociedad.

Ahora, el tipo característico tiene, para el autor, más «carne» porque el salto social es mucho más audaz. La República ha permitido las aspiraciones jerárquicas a gente mucho más baja desde el punto de vista económico y Honorio Maura se complace con satirizar cruelmente a esos atrevidos .

(…) Como se ve, Honorio ya no escribe para entretener y sí para manifestar sus ideas de la forma más clara posible, la teatral. Y su público burgués, que también ha cambiado y está mucho más politizado, no acude a ver sus obras para deleitarse con la ironía de la conversación sino para aplaudir comentando «¿Has visto cómo se mete con ellos?».

(…) Para la defensa de sus ideales, Honorio Maura podía usar el vehículo indirecto del teatro que hemos visto y el directo del artículo o el discurso en el Congreso de los diputados.

Los textos de esos trabajos fueron reunidos poco después y resulta interesante la confesión inicial de cómo surgió la voluntad de hacerlos. Mientras Gabriel y Miguel habían colaborado eficazmente con su padre en el mundo político, Honorio confiesa que se divertía a ambos lados del mar. Sólo al llegar el nuevo régimen se consideró obligado a atacar a los nuevos jefes desde la prensa y desde su escaño.

Esa transformación, esa catarsis, constituye el prólogo de su libro Con, de, en, por, sin, sobre, tras el sentido común. Reflexiones de un aprendiz de político (Madrid 1933). Las primeras líneas marcan la autoconfesión antes señalada: él no era político ni quería serlo, pero los acontecimientos del catorce de abril y de los días diez y once de mayo con las quemas de conventos, le impulsarán a salir a la palestra pública. En el mismo prólogo tiene que contestar una pregunta que se le hace continuamente de forma tácita o precisa. ¿Y su hermano Miguel? Ya vimos a ese personaje de la República recordar la pelea verbal y casi física que mantuvo con Honorio cuando éste intentaba llevarle al campo monárquico, en el que habían crecido juntos. Ahora le toca a Honorio describir, sin mencionarle, a su cercano en la sangre y lejano en las ideas.

Un temperamento vehemente y rebelde, una obcecación fomentada por las circunstancias que le rodearon, una falta de aplomo político, propio, si no de los pocos años, de una juventud tenaz, llevarán a una persona para mí muy querida al campo republicano y le hicieron tomar parte muy activa en la revolución y en el cambio de régimen”.

Continúa Honorio recordando el malestar que sentía al escuchar las continuas alusiones al innombrable y la decisión que tuvo de utilizar el apellido que creía mancillado para reivindicar la causa monárquica.

La ideología de Honorio Maura puede espigarse sin esfuerzo de las páginas del libro que comentamos. Por ejemplo, en un artículo titulado proféticamente «El caudillo» y publicado en ABC, el diecisiete de febre­ro de 1932.

Las derechas españolas andan desde hace unos meses buscando un caudillo, como Diógenes buscaba un hombre ... El hombre vendrá ... cuando suene su hora aparecerá ... ante todo el caudillo será joven. Es ésta una condición esencial... hay que buscar entre los menores de cuarenta años ... no puede ser un hombre de posición, porque el dinero rehuye la lucha. Es acomodaticio ... ha de tener ambición. De gloria o de dinero. Es igual... la gloria es el dinero con que paga la historia a los hombres que la hacen. Sin ambición no se llega a ninguna parte”.

Párrafos extractados de la obra de Fernando Díaz-Plaja “La saga de los Maura”.

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3: Obras de teatro y filmografía.

Obras de Honorio Maura (tomado de Wikipedia).

Corazón de mujer. 1924. Estrenada en el Teatro Eslava.

Como la hiedra al tronco. 1924. Estrenada en el teatro Cómico con Carmen Díaz.

Susana tiene un secreto, en colaboración con Gregorio Martínez Sierra, 8 de enero de 1926, estrenada en el teatro Eslava.

El buen camino. 1926. estrenada en el teatro reina Victoria de San Sebastián, por la compañía Ladrón de Guevara-Rivelles.

Julieta compra un hijo, en colaboración con Gregorio Martínez Sierra, 1926. Estrenada en el teatro Reina Victoria con Josefina Artigas.

Cuento de hadas. 1928. Estrenada en el teatro Infanta Isabel.

La muralla de oro. 1928. Estrenada en el teatro Reina Victoria de Madrid con Josefina Artigas y Manuel Dicenta.

Raquel.1928 Estrenada en el teatro Larra de Madrid.

Mary la insoportable, en colaboración con Gregorio Martínez Sierra. 1929. Estrenada en el teatro de la Comedia.

¡Me lo daba el corazón! 1930. Estrenada en el teatro Cómico.

La condesita y su bailarín. 1930 en el teatro de la comedia de Madrid.

La noche loca. Estrenada el 4 de marzo de 1931. Teatro Infanta Isabel, con Eloísa Muro y Manuel Collado.

El príncipe que todo lo aprendió en la vida. Estrenada el 21 de abril de 1931, en el teatro Victoria, con Antonio Vico y Carmen Carbonell.

Eva indecisa, estrenada el 5 de enero de 1932 en el teatro Beatriz, con Hortensia Gelabert.

El balcón de la felicidad. 1932. Estrenada en el teatro Fontalba. Primera actriz; Carmen Díaz.

Hay que ser modernos. 1935. Estrenada en el teatro Maravillas con María Brú y José Isbert.

Filmografía

Un caballero de frac. 1931 Roger Capellani, Paramount Pictures.

Susana tiene un secreto. 1934 Benito Perojo. Orphea Films.

Julieta compra un hijo. 1935 Louis King producida por la Paramount Pictures.

Ella, él y sus millones. 1944 Juan de Orduña, producida por Cifesa.

Los maridos no cenan en casa. 1956 Jeronimo Mihura.


Antonio Castejón.
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