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LOS IRLANDESES DE BIZKAIA.

 

Texto copiado de “Los irlandeses de Bizkaia. Los chiguiris. Siglo XVIII”, de Amaia Bilbao.

 

El éxodo irlandés hacia Bizkaia.

 

Desde los años centrales del siglo XVII y a lo largo del siglo XVIII llegaron a Bizkaia, y a numerosos lugares del continente europeo, contingentes de emigrantes irlandeses. En la raíz de este éxodo se encontraba la situación vivida por la mayoría de la población católica de la isla que había visto limitados no sólo sus derechos religiosos sino también políticos así como restringidas sus posibilidades de progreso económico por parte del poder inglés y protestante.

 

Las primeras leyes restrictivas de la libertad de culto y de los derechos civiles de los católicos irlandeses fueron promulgadas por Enrique VIII (1509-1547) e Isabel I (1558-1603).

 

En 1649 comenzaron las campañas de Cromwell en Irlanda. La durísima represión a la que éste sometió a la población católica motivó el inicio del gran éxodo hacia el continente. De las medidas tomadas, la que tuvo mayor trascendencia fue la masiva expropiación que llevó a cabo: grandes extensiones de tierras pasaron de manos católicas a manos de protestantes ingleses que se convirtieron en su mayoría en propietarios absentistas.

 

Esta política represiva y discriminatoria continuó durante el posterior reinado de Carlos II (1660-1685).

 

En 1685 tuvo lugar un acontecimiento que abrió grandes esperanzas para los católicos: el acceso al trono de un monarca de este credo, Jacobo II Estuardo. Efectivamente este monarca suspendió todas las leyes discriminatorias que pesaban sobre los católicos y éstos recuperaron sus plenos derechos.

 

Sin embargo, la población protestante consideró estas medidas como una amenaza y organizó su propia resistencia, ofreciendo la corona al protestante Guillermo de Orange en 1688. Se inició así una guerra civil que se prolongó hasta 1692, al fin de la cual, Jacobo II, vencido, se refugió en Francia.

 

Evidentemente, los irlandeses católicos se habían vinculado desde el inicio del conflicto a la causa estuardista, garantía del respeto a todos sus derechos. Tras la derrota, esta vinculación política y religiosa a un tiempo originó una nueva salida masiva de población irlandesa hacia las costas continentales. Este es el llamado éxodo jacobita, la marcha de una aristocracia que se exiliaba junto a su soberano. Dos importantes tentativas de restaurar en el trono a la dinastía Estuardo tuvieron lugar en 1715 y 1745, ambas fracasaron y ocasionaron nuevas oleadas de destierros.

 

La política discriminatoria contra los católicos se reanudó tan pronto como Guillermo de Orange consiguió la corona. Comenzó entonces la redacción de un nuevo Código Penal para los católicos que perdían nuevamente los derechos políticos y civiles. Sólo en 1793 obtuvieron los católicos algunos derechos.

 

En resumen, quienes profesaban el catolicismo permanecieron durante este largo periodo de tiempo en una posición que permite calificarlos como ciudadanos de segunda categoría. Además, la población católica vivió todas estas limitaciones en una Irlanda cuya economía estaba en gran medida sometida a los intereses de Inglaterra. La riqueza agrícola se encontraba en manos de propietarios absentistas ingleses y las posibilidades de desarrollo del comercio y las manufacturas se hallaban legalmente restringidas. Sus habitantes sufrieron especialmente la debilidad de la estructura económica de la isla en momentos difíciles, como fueron los años de hambre de 1726-29 y 1740-41.

 

Fue esta situación la que se convirtió en razón permanente del éxodo irlandés hacia el continente en esta época. A ella, circunstancialmente, se sumaron otras motivaciones como la costumbre de las clases señoriales irlandesas de ir a servir a los ejércitos de España y Francia o a educarse a conventos católicos continentales o la más específica motivación política y dinástica que animó la marcha de los jacobitas.

 

Dos han sido fundamentalmente las consecuencias de este éxodo irlandés. La primera, la pérdida constante de población que sufrió la isla; la segunda, el nacimiento de la diáspora irlandesa.

 

Así, desde mediados del siglo XVII y en el transcurso de la centuria posterior, miembros de esta diáspora se establecieron, principalmente, en Francia, España, Portugal, Países Bajos, Austria, Italia, Prusia, Rusia. y países escandinavos. Una dedicación esencial de los irlandeses establecidos en el continente fue la comercial. Eso explica que los puertos mercantiles europeos constituyeran para ellos destinos privilegiados: a lo largo de las costas atlánticas continentales se sucedían los asentamientos de la diáspora irlandesa. Su propia dispersión constituyó un elemento ventajoso, que sería sabiamente utilizado en el desarrollo de su labor comercial.

 

Dentro de la amplia red de establecimientos de la diáspora irlandesa encontramos, pues, a Bizkaia. Si durante este tiempo hubo una constante emigración irlandesa hacia el Señorío fue debido a las atractivas condiciones que ofrecía: fácil de alcanzar por mar, se presentaba a los ojos de estos emigrantes como tierra que proporcionaba al mismo tiempo refugio e interesantes oportunidades económicas.

 

No fue éste un destino nuevo para los irlandeses. Las relaciones entre ambas tierras habían sido amplias. De sus intercambios comerciales tenemos testimonio desde el siglo XVI; desde esta misma centuria, comerciantes irlandeses se hallaban presentes en el dinámico puerto bilbaíno. Paralelamente a estos contactos mercantiles, se habían establecido lazos de otros tipos entre la isla y el Señorío. Así, algunas noticias nos descubren la existencia de relaciones amistosas entre miembros de sus respectivos cleros.

 

Bizkaia, como lugar de asilo se inscribía en el más amplio marco de la corona española. Los exiliados que se dirigían hacia estos territorios lo hacían al amparo de una monarquía que, además de católica, era rival económica y política de Inglaterra. Desde el inicio del conflicto religioso en Irlanda, la corona española había apoyado a la comunidad católica brindando su ayuda en una doble dirección. Por una parte, envió su auxilio a los insurrectos de este credo; por otra, recibió de buen grado a los exiliados irlandeses, presentando sus territorios como lugar de refugio para quienes huían de la persecución protestante". Así, los irlandeses se vieron legalmente equiparados a los naturales a la hora de obtener empleos, tanto en el ámbito político como militar al tiempo que su actividad comercial era protegida.

 

Fue precisamente la amplitud de oportunidades económicas y muy particularmente comerciales, que Bizkaia ofrecía, uno de los mayores incentivos para asentarse en esta tierra. Su estratégica situación entre el Atlántico y el interior peninsular la colocaba en una posición inmejorable para la actividad comercial. Bilbao era en esta época un señalado punto de cruce cuyos negocios se desarrollaban en dos direcciones: una correspondía al tráfico marítimo que enlazaba con los más destacados puertos atlánticos, la otra se dirigía hacia el interior a través de las vías que comunicaban con Castilla.

 

La provincia foral contaba además con una ventaja importante de la que se beneficiaron todos los comerciantes y hombres de negocios afincados en su territorio: la libertad fiscal. El sistema fiscal vizcaíno favorecía tanto el comercio internacional como la actividad industrial de esta tierra, suponiendo un aliciente más para el asentamiento.

 

Al principio llegó una élite.

 

La afluencia de población irlandesa hacia el Señorío no fue un fenómeno uniforme ni en cuanto al ritmo que mantuvo ni en cuanto al tipo o al origen social de los inmigrantes que movilizó.

 

En líneas generales, puede afirmarse que, después de una inmigración numéricamente limitada desarrollada en la segunda mitad del siglo XVII, fue durante la primera mitad del setecientos cuando se observó la mayor afluencia de irlandeses al Señorío, teniendo lugar las mayores concentraciones en los periodos 1720-40 y 1750-60.

A partir de los años sesenta del s. XVIII la tendencia cambió: el número de irlandeses que se establecieron en Bizkaia descendió de forma marcada. La disminución se agudizó progresivamente y después de 1780, sin llegar a desaparecer, la afluencia de población irlandesa se mantuvo a niveles muy bajos.

 

Si el nivel de las llegadas no fue constante, tampoco fue unitario el flujo de población desde Irlanda al Señorío. En su seno se aprecian dos movimientos perfectamente individualizables que, aun llegando a superponerse en un determinado momento, eran diferentes en cuanto a su cronología y a la extracción social de sus integrantes.

 

Desde mediados del seiscientos y a lo largo de todo el siglo XVIII contingentes de exiliados irlandeses de elevada extracción social fueron asentándose en Bizkaia. Sus llegadas siguieron el movimiento general de la emigración que ha sido descrito anteriormente; constituyeron un goteo constante, incrementado en cada uno de los periodos en que la presión sobre la población católica se hacía más fuerte en Irlanda. Así, destacan los años 1650-60 y 1690-1700 (la década siguiente a las duras campañas de Cromwell en la isla) y 1690-1700 correspondiendo a la oleada de destierros posteriores a la derrota de Jacobo II. En el siglo XVIII tuvo lugar un importante máximo, entre los años 1720 y 1740 que sin duda estuvo relacionado con el endurecimiento de la situación en Irlanda tras el fracaso de la insurrección jacobita de 1715.

 

Una parte importante de este contingente la componían miembros del clero que expoleados por los repetidos decretos de expulsión dictados en Irlanda, se dirigieron a los conventos e iglesias del Señorío en busca de refugio. Así llegaron a Bizkaia principalmente frailes dominicos, pero también agustinos, franciscanos, carmelitas, jesuitas y algunos clérigos seculares.

 

Sin embargo, la mayor parte de esta migración de élite la componían laicos; eran en su mayoría miembros de los linajes que en los momentos en que las leyes lo habían permitido habían constituido la clase dirigente católica. Procedían muchos de ellos de familias que durante generaciones habían ocupado puestos destacados en el comercio en los principales puertos de la isla, como los Madam, Power, Geraldin, Browne, Morgan o Grant. Algunos habían sido además grandes propietarios de tierras como los mismos Geraldin y Browne o como los Killy Kelly que habían poseído en el Condado de Galbia "su mayorazgo y habitación”; Linch propietarios de "un mayorazgo muy considerable"; Macarthy, dueños de "bienes y haciendas considerables" o Walcot, cuyas posesiones "daban de renta 500 libras al año". En aquellas ocasiones en que los cargos políticos habían estado abiertos a la población católica estas familias habían accedido a ellos confirmando con el liderazgo político su relevancia social.

 

Sus testimonios mencionan, de forma expresa y constante, que su salida fue motivada por la represión sufrida. Si en 1680, Tomás Roseter o Patricio Furlong referían que habían abandonado Irlanda por "mantenerse en dicha Nuestra Santa Fe y ebadirse de las persecuciones", en los años centrales del setecientos, Edmundo Linch manifestaba que "desde que se introdujo la herejía en dicho reino (Inglaterra) y en el de Yrlanda han sido perseguidos por sus secuaces todos los que constantes han profesado la ley católica en dicho reino". Todos coinciden en situar el inicio de los grandes males de la población católica irlandesa, precisamente, en el tiempo de Cromwell. Así, hasta fines del siglo XVIII, al evocar las razones de su huída, reiteraron fórmulas tan significativas como "el tirano Cromwell", "Oliver Cromwell acavó de tiranizar dicho reyno" o "Cromwell el azote de los católicos".

Junto al recuerdo de la represión generalizada a que fue sometida la población católica, estos exiliados mantuvieron viva la memoria de las desposesiones de cargos y tierras sufridas por sus familias. La gran expropiación de mediados del siglo XVII constituyó un duro golpe para los patrimonios de muchos de ellos; por esto, aún más de un siglo después, no había podido ser olvidada. Así, Tomás Malaghlin en 1756 evocaba la confiscación de los dominios y dignidades de su familia en época de Cromwell. Similar testimonio ofrecían Miguel O'Reilly en 1774 o Diego Fitzgibon, quien en fecha tan tardía como 1798, hacía mención expresa a la persecución padecida por su familia.

 

Aunque es difícil distinguir dentro de este conjunto de exiliados a aquellos que merecen realmente la calificación de jacobitas -es decir, aquellos cuyo exilio estaba directamente vinculado a la fidelidad al Rey Jacobo II y a su hijo- algunos elementos indudablemente definibles como tales y otros en alguna medida relacionados con esta causa pueden identificarse entre quienes se asentaron en Bizkaia. Su afluencia al Señorío se concentró en las primeras décadas del XVIII. En buena parte de los casos, Bizkaia no fue su destino inicial sino que se asentaron primero en la corte francesa de Jacobo II en Saint-Germain-en-Laye; allí estuvieron, por ejemplo, Edmundo Shee, Raimundo Everardo o Diego Egan. Shee y Everardo no llegaron a Bilbao sino tras una segunda estancia en Saint-Malo, otro de los refugios jacobitas más destacado. De estos primeros tiempos del exilio conservaron estrechas relaciones entre sí, así como con jacobitas asentados en estas ciudades o dispersados más tarde, como ellos mismos, hacia otros lugares del continente.

 

Como el resto de los jacobitas, aquellos que se asentaron en Bizkaia mantuvieron viva durante mucho tiempo la fidelidad a la causa estuardista y tras la muerte de Jacobo II, las lealtades pasaron a su hijo, Jacobo III, que sufría como ellos mismos el exilio. A pesar de los años de destierro, la esperanza permanecía y se constata un rechazo a la renuncia. Bien claras son a este respecto las palabras de Arturo Linch quien en 1727 se refería al último Estuardo como “serenísimo príncipe Jacobo III rey legítimo de la Gran Bretaña y dicho reyno de Yrlanda».

 

Algunos de los establecidos en el Señorío habían vivido la dispersión de su propia familia en este éxodo jacobita. Este hecho les proporcionaba la posibilidad de contar con una red de parientes repartidos en diversos ámbitos de ocupación y lugares del continente. Los altos puestos alcanzados por algunos de sus familiares les permitirían gozar de contactos privilegiados. Este fue el caso de Miguel Archer pariente de Patricio Laules, embajador del rey de España en Inglaterra y virrey d Mallorca. Otros se hallaban emparentados con militares que hicieron carrera en los ejércitos de España y Francia. Los ejemplos son numerosos: Edmundo Linch contaba con familiares en los ejércitos de estos dos países, Juan Moriarty era pariente del Capitán de Guardias Españolas Tomás Laules y Miguel O'Reilly pertenecía a una importante familia de militares que se encontraba dispersa al servicio de los Reyes de Francia y de España.

 

Es interesante subrayar que, una vez instalados en el Señorío, los miembros de esta élite consiguieron conservar su alto rango social en numerosas ocasiones, tal como sucedió a nivel europeo. La oferta militar fue aprovechada por algunos de los que, al menos temporalmente, se asentaron en este territorio. Raimundo Everardo fue durante muchos años médico asalariado de la Villa de Bilbao. Pero la parte más sustancial de los componentes de la élite encontró acomodo en el comercio; algunos llegaron a disfrutar de posiciones relevantes como los Shee, Power, Archer, Laules, Moroni, Joyce, Browne, Linch o Killi Kelly. Desde este ámbito muchos fueron atraídos por actividades industriales.

 

Fueron los miembros de esta élite que triunfaba en el comercio y se interesaba por la labor industrial quienes impulsaron el desarrollo de la otra corriente migratoria que desde Irlanda fluía hacia Bizkaia, la de los artesanos.

 

Después llegaron los artesanos.

 

La inmigración de artesanos irlandeses constituía una corriente muy homogénea en lo referente a la extracción socio-económica de sus miembros y a su motivación.

 

Se trataba de una mano de obra modesta que venía a Bizkaia impulsada por razones económicas. Aunque aparecían también representados otros oficios, eran los curtidores quienes formaban mayoritariamente este grupo y le dotaban de una identidad profesional específica. Nos encontramos, pues, ante una inmigración de artesanos especializados, que traían técnicas novedosas y cuya instalación en Bizkaia se produjo al abrigo de una oferta de trabajo que la propia élite había creado.

 

Es posible que los primeros curtidores llegaran al Señorío en los últimos años del siglo XVII; pero a diferencia de los miembros de la élite, su presencia sólo se documenta de forma cierta en el siglo XVIII. Correspondiendo a razones diferentes, el movimiento de sus llegadas seguía un ritmo distinto al de la élite: mínima en las dos primeras décadas del setecientos, la afluencia de curtidores comenzó a crecer en los años 1720-30 al compás del aumento de la oferta de trabajo; fueron las décadas de 1730-40 y 1750-60 las que conocieron el mayor número de llegadas de estos artesanos. A partir de entonces, los aportes empezaron a escasear, hasta prácticamente desaparecer después de 1770.

 

 

Entre el rechazo y la aceptación.

 

El enraizamiento en la tierra de una población fundamentalmente rural y la llamada "hidalguía universal" son dos elementos que marcaron con fuerza la sociedad y la mentalidad vizcaínas de la época Moderna; determinaban no sólo el concepto que este colectivo tenía de sí mismo, sino también el modo en que contemplaba a los demás. Así, a los ojos del vizcaíno, como tal: noble y de limpia sangre e íntimamente vinculado a una casa, el extranjero era un individuo desarraigado del cual no se conocía el origen social ni familiar y que debía cumplir una serie de requisitos con respecto a estos temas para residir en Bizkaia.

 

La desconfianza que éste, como sujeto anónimo, suscitaba se manifestaba de formas diversas -ser extranjero podía dificultar, por ejemplo, la salida de la cárcel bajo fianza- y podía derivar auténtico temor. De este modo, varios testigos vizcaínos refirieron en un pleito celebrado en 1731 que “el susto y temor de berse colgado de un arbol (...) los pies arriba y la cabeza abajo (…) entre personas de extraña nazion (…) era bastante a resultarle calentura y aun morirse de susto". Frecuentemente, el extranjero era presentado como un elemento ajeno que en su actividad se servía de estrategias por las que los vizcaínos "se dejaban engañar", que aprovechaba su establecimiento en el Señorío para enriquecerse y que una vez “logrado el util de crecidos caudales se retiran con ellos a los lugares y reynos de su naturaleza", perjudicando, así, al Señorío y a la Corona. Era esta, en realidad, una recriminación repetida contra minorías extranjeras en la Europa de la época.

Dentro del conjunto de la población extranjera asentada en Bizkaia, el irlandés era reconocido como un colectivo diferenciado. No sólo se hallaba en uso entre sus contemporáneos vizcaínos la apelación de “chiguiris” para designarlos, sino que la legislación del Señorío los llamaba así y los contemplaba como un grupo que originaba una problemática propia.

Aunque el vizcaíno percibiera la especificidad de esta comunidad, su origen foráneo levantó las mismas desconfianzas y, en ocasiones, les hizo sufrir el mismo rechazo por parte de algunos de sus convecinos vizcaínos. Un análisis de las ofensas e increpaciones que habitantes del Señorío dirigieron a miembros de la comunidad irlandesa con ocasión de los conflictos que, por distintos motivos, tuvieron con ellos, nos ilustra sobre esta actitud: afirmaciones como que “eran dichos Diego Morfil y querellante (Guillermo Magra) Yrlandeses y no se podía sufrir ni tenerlos y que los abia de matar y urtar lo que podia", que varios testigos aseguraron haber oído decir a Pedro Yscoa, vecino de Mungia o la frase “tu vete a tu tierra", dirigida por un vecino de Abando al curtidor Juan Flen, hablan por sí mismas.

Resulta interesante señalar también que el término “judío” fue utilizado para increpar a los irlandeses aquí afincados, siendo aquel junto al “moro”, por su condición de “raza impura”, el colectivo extranjero más repudiado en la mentalidad vizcaína de la época; incluso tenía prohibida su residencia en el Señorío. Sin embargo, era en el terreno de las relaciones personales en el que el irlandés, o el extranjero en general, dejaba de ser anónimo para descubrirse como individuo concreto; entonces, los estereotipos perdían fuerza y no faltan testimonios acerca de la buena consideración de que miembros del grupo irlandés disfrutaron entre sus vecinos vizcaínos.

Para protegerse de la competencia económica de los extranjeros y salvaguardar los privilegios nacidos de la universal hidalguía vizcaína, tal vez guiado también por razones menos racionales, el Gobierno Foral fue promulgando una serie de medidas legislativas. Estas se orientaron en tres direcciones: las referentes al avecindamiento en el Señorío, a la participación en las instituciones de gobierno y al desarrollo de una actividad laboral. Los irlandeses que vinieron a establecerse a Bizkaia encontraron en dicha legislación un primer límite  a su plena participación wn la vida local… …

 

 

He copiado este texto de la obra “Los irlandeses de Bizkaia. Los chiguiris. Siglo XVIII”, de Amaia Bilbao.

 

Antonio Castejón.

maruri2004@euskalnet.net

www.euskalnet.net/laviana

 

 

 

 

 

 

 

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