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La Güestia.

Escribe Albino Suárez.

En la selva de la noche, según la gente me cuenta, pasa, vistiendo de negro, la procesión de la Huestia...

 

Llevan un rum-rum de pasos

y otro rum-rum de cadenas

y capuchones cubriendo

pardamente las cabezas...

 

Llevan, según los romances, negras letanías negras, que entremezclan con los sones y los golpes de las piedras.

 

Pasa la Huestia;. el poblado cierra ventanas y puertas y hasta tapa los oídos para no saber que llegan...

 

En las casas, de rodillas, rezan las gentes, qué rezan, que la Huestia son las almas que en los infiernos se encuentran...

 

—Mortales, desde este instante y hasta el final que se tenga, si el alma no sube al cielo, ha de vagar por la tierra, como nosotros vagamos…

 

Los habitantes del pueblo llenos de pánico, rezan y con la cruz en las manos y el alma en vilo, se acuestan aterrados, suponiendo que si tornara la Huestia con ella y a los infiernos para siempre les tuvieran...

 

La Huestia, Santa Compaña, desfila en la noche negra con un rum-rum tenebrosos y otro rum-rum de sentencias, e incrustándose en el aire a golpes de luto, deja en los caminos señales del imperio que detenta...

 

Al otro día, el camino

está plagado de huellas,

y lamparones perdidos

y trozos de sebo y vela,

que, mientras iban de paso,

les caían en las piedras.

 

La Huestia pasa de noche con letanías protervas dejando desde los siglos el espanto y la tragedia.

 

¡Ay, pero la Huestia existe todavía, que están cerca los horrores cometidos tras los hechos de la guerra...

 

Mortales, la Huestia pasa; va camino de la iglesia... Cerrad, cerrad los portones, las ventanas y las puertas...

 

¡y en el quicio dejad fija

para siempre la conciencia...!

 

Albino SUAREZ. Director de Alto Nalón – Temas de Asturias.

 

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¿ESTO ES LA GUESTIA?

Por Albino Suárez.

 

Aurelio de Llano Roza de Ampu­dia, en el libro «Del Folclore Asturia­no» contaba —cuenta— una de esas leyendas en que, entre encantamien­tos, apariciones y almas en pena, la Güestia andaba por la vida.

Y cuenta que, en Teverga, un mo­zo que iba a cortejar se topó con la Güestia, por lo que se apresuró a cobi­jarse en el hueco de un viejo castaño rugoso, de los que ahora ya no quedan siquiera, cuando, a la vez que la Gües­tía iba diciendo su letanía avisadora de «andar de día / que la noche es mía», vio asombrado que la Güestia no era cosa del otro mundo, sino de éste...

—«Calla! Aquel que va delante es el cura de la parroquia, y el que toca la campana ye un vecino de San Salvador... ¡Coño! Y los del sabanón blancu son de Carrea, y aquéllos son también conocidos... ¿Pero esto ye la Güestia? ¿Esto ye la Güestia que tanto atemori­za a los vecinos...?»

Salió el mozo de su escondite y arrancando un bárganu de una sebe cercana, arremetió contra aquella Güestia, deshaciéndola a barganazu limpiu, mientras que cada uno de los que la componían corrían como alma que lleva el diablo, o alma en pena..

 

Contra falacias, se ve que cunden los barganazos, y el valor de los rapazos contra el cuento de la fe...

 

No dejó nada de pie el de Teverga aquel día cuando oyó lo que decía la Güestia, que allí pasaba fúnebremente y dejaba su tremenda letanía...

 

¡que él a golpes magullaba y él a golpes deshacía...!

Albino Suárez.

 

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VIAJANDO EN LOS CINCUENTA... ¡HABÍA DOS VENTA DE BAÑOS!

Por A. Castejón.

PRELUDIO A “LA GUESTIA”

Caminando hacia un monte cual­quiera, en fecha no lejana, recordaba la triste historia que sigue; verídica; sin ápice de modificación alguna...:

Yo debía tener 17 a 18 años. Re­gresaba de Bilbao a Oviedo, por vaca­ciones. En aquellos años —¿1955 ?— el autobús Gijón-Bilbao tardaba unas ca­torce horas en realizar el trayecto (de 8 a 20, más el retraso), al igual que el tren de vía estrecha FEVE, por lo que yo optaba, en ocasiones, por hacer el viaje por Renfe, dando gran vuelta por Venta de Baños y León, con dos transbordos.

El viaje a que me refiero debía ser —no lo aseguro— el primero que hacía yo de esta forma.

Era noche oscura. Íbamos en va­gón de tercera, charlando animada­mente los 8 ó 10 que llenábamos el departamento... En la conversación salió a relucir mi destino, y cómo debía transbordar en Venta de Baños.

Es el caso que llegamos a una es­tación indeterminada, y me dijo de pron­to y con acento de prisas un aldeano de la compaña : “Eh, Usted,  que ya es­tamos en Venta... Bájese rápido!”

Me despedí apresurada y afable­mente de todos, y, con pesada maleta en manos, me apeé. Era largo, largo el tren... y difícil la bajada, pues íbamos en vagón de cola y yo hube de tomar pie entre raíles, sin apenas luz, y con suelo encharcado; llovía a mares.

Así quedé en Venta de Baños; se veí­a su estación allá, a lo lejos; el tren arran­có casi sin darme tiempo a abrir el pa­raguas y comenzar a caminar, y la co­sa empezó a resultar extraña, pues no se veía gente. Según se acercaba a mi una lejana luz que cual imán me atraía, iba empezando a pensar que... iba a ser cierto lo que un sorprendido «fac­tor» de Renfe me dijo al llegar a desti­no...

-¡Pero si esto no es Venta de Na­da..., sino un apeadero casi sin nom­bre!

Siendo yo entonces joven y con apariencia de buena persona, me aten­dió con solicitud el empleado único de la por mi descubierta «Nueva» Venta de Baños. Allí pasé con él unas horas hasta que el buen hombre me anunció el próximo paso con parada de un mer­cancías, que llevaba destino Venta de Baños «La Vieja». Llegado el tal tren, me ayudó a meter mi persona y bártu­los en una de aquella especie de gari­tas que entonces llevaba cada vagón de mercancías...

Así dejé Venta de Baños «La Nue­va» y así hice mi triunfal entrada en Venta de Baños «la Vieja», para sorpresa de una pareja de «civiles», que, amables y malpensados al tiempo, me hicieron darles detalles muy concretos de mi aventura.

Llegué a Oviedo muchas horas más tarde de lo previsto, y encontré a los padres asustados, pues con 17-18 años yo, aún no les inspiraba confian­za, y el tren en que había anunciado mi viaje había pasado por la vetusta ciu­dad horas antes.

Les di la explicación que se me ocurrió, que no recuerdo cuál fue, pero ni a ellos ni a nadie conté jamás la ver­dad. A nadie en cerca de cincuenta años, hasta que hoy me decido a na­rrarlo.

Y lo narro porque hoy, peñas arriba por el bilbaíno Pagasarri, me  parece haber encontrado explicación correcta a lo ocurrido...

Y es que empiezo a creer en que no es tan sólo leyenda lo de la «Gües­tía»...

La Santa Compaña es la procesión de ánimas que por las noches anda por esos caminos de Dios... Y que en Asturias, cuando está formado por muchas y en formas distin­tas (perros, estorninos, guruxos, esper­teyos, cuélebres, etc. etc.; e incluso al­gunas en su forma natural de perso­nas) recibe el nombre de La Güestia.

Está la Güestia, pues, formada por un grupo numeroso de difuntos... que deambulan por los campos en las no­ches oscuras, y de la que mejor es ale­jarse.

Cuenta Luís María S. que hubo en Cangas de Onís un tal Pedro Gómez, el típico matón de romería, sastre de profesión, que vivió a mediados del si­glo pasado, y que un malhadado día, chuleán­dose, afirmó que a gusto recibiría él una paliza de la mismísima Güestia, cuya existencia negaba.

Se fue de noche a la vera de la Iglesia, por donde se sabía andaba aquélla en días de calor; iba armado de robusta garrota y se apostó tras un nogal, a espe­rar.

Pronto comenzaron a aparecer las ánimas, reuniéndose, cuál es su cos­tumbre, en la anteiglesia. Y se pusieron a cantar... Pero en lugar de los latinajos de sus reglamentarias tonadas, canta­ban en castellano. Se colocaron las áni­mas en filas bien formadas, de dos en fondo, y se dirigieron hacia el nogal tras el que —ya muy escamado— estaba el sastre. E iban cantando:

“¡Sal! ¡Sal!

Antes, cuando éramos vivos,

Comíamos de estos figos;

Y ahora que somos muertos,

Andamos por estos huertos.

¡Sal! ¡Sal!

¡No hay dónde la mayar!

¡N’el culo de Pedro Gómez

que ta tras aquel nogal!”

 

No dio tiempo a reaccionar al sas­tre. Le echaron mano los difuntos; le die­ron tal solfa de palos y le mayaron tanta sal n’el culo, que tuvo para el resto del año sin sentarse ni echar un remiendo. (Extractado de libro de autor cuyo nombre no recuerdo).

Los viejos de los años cincuenta contaban que “pela orilla  del ríu que diben y que sentíase así como un ensame abeyes. Y entós, al qu’atopaben da­bany una vela na mano ena oscuridá. Y que resulta que cuando venía pa casa lo que traía na mano era un güesu”.

La Güestia tenía su himno oficial, que era ese que tantas veces oí yo en mi niñez, cuando sugería a padres o hermanos salir de noche a cualquier lado. Me decían entonces que “de no­che, en casa", porque había unos fan­tasmones que recorrían les calles de Oviedo gritando... “¡Andái de día, que la noche es mía!”.

Pues éste es el salmodio más co­mún de la Güestia.

Yo recuerdo, de cuando era un chavalín, que se daban en Oviedo mu­chos casos de bromistas que salían de noche por les calles, cubiertos total­mente con sábanas, y dando tal salmo­dia para asustar a los nocherniegos.

En Galicia llaman Santa Compaña a la Güestia, aunque realmente el “Santa” no es muy usado, y dicen a secas “la Compaña”; también le dan otros nombres, entre ellos el de Esta­dea. ¿Por qué? Habría que preguntá­rselo a ellos. Y voy ahora a transcribi­r una historieta tomada de fuente ga­llega sobre la Compaña. En gallego va (parece un gallego difícil; será de alguna zona perdida de su geografía; pero se entiende fácilmente):

He de advertir antes que va pla­gada de palabras malsonantes. Si no os agrada oírlas, no leáis lo que ya os narro:

“Unha noite viña prá casa e de re­pente encontreime que non me movía de sitio aínda que andaba e andaba, e non me movía de onde estaba e volvía a andar e non me movia.

Entonces, con malas pulgas por­que eu son muy bo pero cando me quentan teño mui malas pulgas, dixen eu

—iMe cago na puta nai de quen me fai esto e me cago neles! E de re­pente sinto dous zumbidos nas orellas como si me pegaran dúas hostias. Me­tin a man á pistola, porque tiña unha moi boa da guerra, pensei sí serían dú­as bruxas que me agarraran e empecei a disparar e as balas non salían por moito que Ile daba á gatillo. Estuve alí un tempo —a gorra caíaseme e notaba os pelos de punta— cunha man na go­rra e outra na pistola hasta que pasou un tempo e puden andar e chequei á miña nai que me pasara e non puden abri-la boca e gun prá cama. E outru día dixenllo á miña nai e dixo ela:

—¡E qué non viva mais si esto non é verdá!”’

Vale. Esto resulta gracioso por las malas palabras que suelta el gallego del pistolón de la guerra.

Hablando de gallegos, cuando yo era chaval -y cuando ya no lo era- se utilizaba en Oviedo el término “gallego” como insulto, que significaba cobarde, “echáo p´atrás”, tacaño,  etc. No sé si sigue siendo así en el año 2000

 

 

 

 

 

 

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