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ETIMOLOGIA DE LOS APELLIDOS VASCOS

 

Me acerqué a la sede bilbaína de la Academia de la Lengua Vasca, donde me atendió muy amablemente una señora que me dio prolija explicación sobre el tema planteado. De tan larga y lúcida exposición yo poco saqué en limpio, pues no entendí, por falta de conocimientos base, más que un poquito: Que es muy complicado el tema de la etimología de apellidos vascos; que éstos son topónimos que aluden a alguna circunstancia de la casa solar; que los apellidos vascos se mantienen tal cual eran hace mil años, pero al tiempo el idioma hablado fue cambiando; que ningún estudioso serio del tema se atreve a dar con rotundidad significados a los apellidos; y que, en opinión de la señorita exponente y de la Academia, la mejor obra sobre el tema es la de Luis Michelena, “Apellidos Vascos”; y que éste no se atrevió a dar “probables” significados más que de sólo unos cuatrocientos apellidos.

Y entonces opté por fotocopiar la explicación que el mencionado Luis Michelena da sobre el tema, escaneándola luego.

 

Va... Ya habla Koldo Mitxelena:

 

Espero se me excusarán unas consideraciones preliminares, aca­so demasiado prolijas, al frente de esta obrita. Aunque hasta cierto punto me consuela la consideración de que al escribirla me muevo dentro de las más puras tradiciones vascas, pues el furor etimológico ha sido siempre una señalada característica nuestra —por más que no sea, ni mucho menos, exclusiva—, no deja de causarme cierto apuro la idea de llegar a merecer el título de «etimologista» que un buen amigo mío aplica a los expertos del ramo en otro libro de esta colección. Lo relativo a esta ciencia o arte, o como quiera llamarse, va asociado en la memoria común a una serie de chas­carrillos, algunos muy graciosos y no siempre faltos de exactitud, que le confieren un carácter poco envidiable de entretenimiento temerariamente aventurado, gobernado por los caprichos de la más pura arbitrariedad, y con sus ribetes de disparatado. Intento, pues, en lo posible justificarme de antemano y quiero, como decimos por aquí, «blanquear mi cabeza» exponiendo el carácter estrictamente limitado de mi tentativa y los fundamentos teóricos en que la he basado.

Está muy lejos de ser ésta «la» obra sobre los apellidos vascos, análoga a las que se han dedicado a los apellidos de otros países.

Nos faltan los estudios históricos previos y el autor, simple aspirante a lingüista, no podía soñar en emprenderlos. Los criterios lingüís­ticos son por necesidad excesivamente abstractos y formalistas: no pueden llevarnos, en este terreno, mucho más allá que a darnos la <etimología> de un apellido, concepto que más abajo trato de pre­cisar. Aun con esta limitación, el trabajo, dentro de mis fuerzas, no puede aspirar a ser relativamente completo. Tengo que insistir desde el principio en que los hechos oscuros o radicalmente inexplicados son muy abundantes en la toponimia y antroponimia vascas y aquí no puedo hacer más que señalarlos en algunos casos.

Añádase a esto que la labor de recogida del material, indispen­sable para cualquier estudio de conjunto, no se ha realizado toda­vía más que fragmentariamente y que yo no he podido realizarla adecuadamente, por causas más o menos justificadas, con lo que se han aumentado mis limitaciones naturales y profesionales.

A pesar de ello y puesto que me decido a publicarla, debo pen­sar que esta obra puede tener alguna utilidad. Efectivamente, pese a todas mis dudas, lo creo así. Un intento de diccionario etimo­lógico de los apellidos vascos, aun tan incompleto como el pre­sente, podrá servir a otros, aunque no sea más que para modifi­carlo, corregirlo y completarlo, del mismo modo que yo he utilizado obras anteriores, a veces sólo para no aceptar sus ideas. Entre ellas señalo aquí por su gran importancia el Tratado Etimológico de los Apellidos Euskéricos de S. de Arana, desgraciadamente in­completo, que me parece altamente recomendable por la amplitud de sus puntos de vista, la importancia que concede a los nombres de persona en la interpretación de los apellidos y el reconocimiento de elementos de origen extraño en su formación, entre otras razones. Mis puntos de desacuerdo con él se fundan generalmente en motivos de orden fonético.

No niego que, corno sistematización, tendrá un aspecto muy personal. Esto me parece inevitable y es en muchos casos comple­tamente involuntario. Aunque tenga una viva adhesión a ciertas interpretaciones personales, no muy abundantes, puedo asegurar que en muchísimos casos me hubiera sentido muy satisfecho de apoyar mi conciencia vacilante en autoridades anteriores.

 

LA ETIMOLOGIA

Ya he indicado que la finalidad fundamental de este trabajo es la etimología de los apellidos, pero no estará de más explicar que es­te término no tiene más que un valor relativo. Una etimología cientí­fica no puede hacer otra cosa que establecer la relación entre las for­mas actuales —o conocidas en un determinado período— y otras más antiguas, atestiguadas o simplemente supuestas, de las palabras con­sideradas, y se ha de tener siempre en cuenta que estas formas más antiguas no tienen nada de «original» o de «primitivo», sino en sentido figurado. Quiere decirse únicamente que más arriba de ellas no podemos —o no nos interesa— proseguir nuestra investigación. La etimología de Castilla, p. ej., queda suficientemente establecida para un investigador de la toponimia española con derivar este nombre del lat. castella, plural, o, a lo sumo, con hacer constar que, dentro del latín, castellum es un diminutivo de castrum, sin que le interese seguir más allá el origen de las formas latinas. En el caso de los topónimos vascos —y por lo tanto de los apellidos—, se trata en general de determinar los elementos que entran en su composición. Sí estos elementos pueden ser identificados con elementos léxicos o gramaticales conocidos de la lengua vasca o de otras que han estado en contacto con ella -o bien con nombres propios ates­tiguados en esa zona-, la finalidad que aquí se persigue queda suficientemente conseguida.

Pero tratándose de nombres propios hay una dificultad especial: un topónimo o un antropónimo no «significan», estrictamente hablando, nada: designan simplemente un determinado lugar o una determinada persona. Y esto supone una diferencia esencial para la seguridad de cualquier consideración etimológica. Como escribía Meillet, “las explicaciones de los nombres propios... tienen poco valor. La fuerza probativa de una etimología proviene de que no se puede considerar fortuito el hecho de que un mismo sentido se exprese en dos o más lenguas por sonidos idénticos o susceptibles de ser retrotraídos a una identidad anterior; toda la fuerza de la prue­ba desaparece desde el momento en que el sentido que se atribuye al nombre propio es arbitrario. No se pueden pues interpretar los nombres propios más que cuando su explicación es evidente”. Esta dificultad se acrece todavía cuando, como en nuestro caso con los apellidos, ni siquiera podemos contar con el control relativo de la descripción del lugar al cual ha sido aplicado el nombre. El ape­llido ha perdido desde hace tiempo el contacto con la casa o pobla­ción que en muchos casos le he prestado el nombre, y no persegui­mos ya más que la sombra de una sombra.

Esto no quiere decir que no haya ninguna posibilidad de inter­pretación. Es cierto que desde las etimologías absolutamente con­vincentes, que no son tan numerosas como uno desearía, hasta las completamente reprobables, hay grados de duda que varían de manera infinitesimal en uno y otro sentido: esto debe ser muy bien tenido en cuenta al consultar este trabajo, pues una enumeración completa de mis inseguridades resultaría cansadísima y no dispongo de un vocabulario suficientemente rico para matizar sus grados. Pero hay algo que queda bastante claro: los rasgos generales, el sistema, de los apellidos vascos y dentro del sistema cobra fuerza la interpretación de los hechos aislados.

Volviendo a los detalles, dejando a un lado los criterios semánticos que no son en general más que vagas ideas acerca de la plausibilidad o verosimilitud de cada interpretación, es claro que quedamos reducidos a criterios puramente formales, que en nuestro caso son menos seguros porque carecemos de documentación sufi­cientemente antigua. Así las interpretaciones son muchas veces ambiguas por necesidad. ¿Cómo vamos a decidir ante un ARTA- si se trata de ARTE “encina”, ARTE “espacio intermedio” o ARTE “maíz”, antes “mijo”, si la forma de composición de estas voces es la misma?

 

Bases de sistematización

 

Quiero advertir, ante todo, que trato de ayudarme en lo posible del latín, y de las lenguas románicas vecinas. Y esto no por seguir, como alguien puede pensar, «la moda», ni para resolver así có­modamente problemas que de otro modo resultarían difíciles de so­lucionar, sino porque creo que hay que admitir la influencia románica en los apellidos incluso en casos en que no hay rastros de la misma palabra en el vocabulario vasco. Ante el apellido AMORENA, pongo por caso, podrá uno vacilar en reconocer la palabra española AMO, pero si a continuación fija su atención en el ap. AMIGORENA le será difícil negarse a aceptar como componente el esp. amigo. Y. si se reco­noce que el uno significa algo así como «la (casa) de(l) amigo», no se estará muy lejos de admitir que el otro es «la de(l) amo». No creo que los préstamos constituyan ningún desdoro para una lengua, sino una señal de intercambio y en definitiva de civilización, pero, aunque lo creyera, no podría negarme honradamente a aceptar los hechos.

Y el elemento extraño en la onomástica vasca no se limita a la influencia románica o latina. Nuestra relación con el mundo comenzó bastante antes de los comienzos de la influencia romana y es natural pensar que esta relación tuvo su reflejo lingüístico. En esto discrepo de la opinión expresada alguna vez por el Dr. Gá­rate, autor de muy valiosos trabajos en este terreno. Admitiendo, como es inevitable, la existencia de voces vascas que se han ido perdiendo en el transcurso de los tiempos y cuyo sentido por tanto nos resulta imposible de fijar actualmente, quedan aún muchos nombres propios que no se pueden explicar y que tienen resonancias con los de otros pueblos. Lo que es más importante, quedan desi­nencias y grupos enteros de nombres formados con ellas a los que no es posible dar, a lo que se me alcanza, una interpretación vasca con visos de verosimilitud. Desde luego, estoy de acuerdo en que cualquier nombre puede recibir interpretación vasca —o de cual­quier lengua— con tal de que se aplique el grado adecuado de vio­lencia. Pero, aunque la violencia sea de suma utilidad para mu­chísimas cosas e incluso para la conquista del Reino de los Cielos, no creo demasiado en sus posibilidades de aprovechamiento lingüís­tico.

Refiriéndome a un caso concreto, citado por el mismo Gárate, yo no confiaría demasiado en la corrección de su etimología de Durango. La posibilidad de que Durango continúe un antiguo Pa­durango es eso, una posibilidad, y naturalmente no incurriré en la temeridad de intentar probar que no es posible. Pero, si ha caído una sílaba inicial, ¿qué nos garantiza que haya sido pa- y no pe­- o ti- o ku-? Si se me objetara la relación establecida por Schu­chardt entre el grecolat. hystrix y el vasc. triku, podría responder que en este caso hay un eslabón decisivo que falta en el otro: la conexión entre el sentido “puerco espín” y el sentido “erizo”. Mientras que nada nos asegura de que en el nombre de la villa vizcaína haya la menor alusión a la llanura en que está enclavada, como no la hay en el de Rentería a su situación encajonada en un valle o en el de San Sebastián a que esté situada en la costa. Queda además, entre otros, el hecho de que falta todo motivo para dar a la terminación -ango, que aparece también en otros topónimos, cual­quier sentido concreto y la circunstancia no despreciable de la forma Turanko, atestiguada en un documento del año 1053.

Tratándose de una disciplina histórica como la nuestra, parece inútil encarecer la importancia de las formas antiguas consignadas en documentos o inscripciones y, sin embargo, no siempre se han tenido suficientemente en cuenta en nuestros estudios y no sólo por quienes se dedican a trabajos toponímicos. Aunque su testimonio no siempre sea inapelable —hay la posibilidad de errores de trans­cripción o copia—, tienen frente a cualquier etimología meramente supuesta el valor de un hecho frente a una hipótesis. Es inútil hacer suposiciones ingeniosas para explicar, p. ej. Goizueta cuando un documento de la segunda mitad del siglo XII nos da la forma Goi­zuuieta; de la misma manera, Echarri queda perfectamente explicado por la forma atestiguada Echauerri. En los apellidos se nos han conservado muchas veces como variantes las formas más antiguas y más completas: Arrataguibel / Arratibel, Arribillaga / Arrillaga, Otaegui / Otegui, etc.

Esto supone naturalmente en la mente del intérprete ciertas ideas acerca de la evolución que los sonidos han experimentado en la lengua o, lo que es lo mismo, en cuanto al sentido de los cambios. Aquí entra la cuestión de las variantes. Es sabido que en vasco, como en cualquier lengua que tenga alguna división dia­lectal, hay distintos nombres en distintas zonas para designar los mismos objetos. Pero aquí nos interesan únicamente aquellas formas que, a pesar de su aspecto más o menos divergente, son, repitiendo las palabras ya citadas de Meillet, «susceptibles de ser retrotraídas a una identidad anterior», a través de evoluciones fonéticas dis­tintas, como los nombres de la «oreja»: be(h)arri, begarri, belarri. Tratándose de formas atestiguadas en la lengua actual o en los textos la cuestión es menos insegura: las principales discrepancias surgen cuando se trata de restablecer la forma primitiva que ex­plique las diversas variantes. Pero a veces hay que admitir, por necesidades teóricas, variantes no documentadas y aquí todo de­pende de la idea que cada uno se hace de la evolución fonética de Ia lengua.

Estoy pensando sobre todo en los trabajos que ha publicado últimamente un autor tan respetado como apreciado: D. Isaac Ló­pez Mendizabal. En ellos, presentados con gran acopio de datos, encuentro dos cosas que me llaman principalmente la atención: una teoría acerca de los elementos que entran en la composición de los topónimos vascos y un método para reconocer variantes y reducir por tanto unos topónimos a otros. Y, aunque aquí me interesa especialmente el segundo aspecto, no estará de más dedicar algunas palabras, dada la gran autoridad del polígrafo tolosano, a su teoría general.

Esta puede resumirse, según creo, en las siguientes palabras:

Los radicales de los topónimos vascos son, en elevadísima propor­ción, nombres de plantas, y muy especialmente de plantas pequeñas. A su entender, se han visto equivocadamente antropónimos, nom­bres dc núcleos de población o de edificios, etc., en muchos nom­bres vascos, cuando en realidad se trataba de fitónimos, p. ej., el brezo o el yezgo: «Y asi Irizar no es “pueblo viejo”, ni Iriberri “pueblo nuevo”, ni Olabe significa “bajo la ferrería”, ni Loyola es «ferrería de barro», ni Etxarte significa «entre casas», ni Zal­dibi puede traducirse “dos caballos” como figuran en su escudo» (Eusko-Jakintza, y. pág. 87). No creo que estas ideas, y menos en la forma radical en que las aplica su autor, alcancen muchos se­guidores. No se ve por qué el mundo ambiente hubo de estar limi­tado para los vascos, en contraposición a lo que sucede en todos los demás pueblos, al reino vegetal, teniendo en cuenta que en otros órdenes de la vida no hay indicios de esa fitofilia exacerbada que se nos supone. No se ve, p. ej., por qué al lado de los incontables Villanueva, Villeneuve, Newton, Neustadt, Novgorod, Neá polis, etc., que ha habido y hay por el mundo, no se nos pudo ocurrir bautizar alguna población nuestra con el nombre de Iriberri o Uribarri. De esta manera se reducen además a unos limites ridículamente exiguos las posibilidades de explicación, cosa nada aconsejable cuando todas las posibilidades, explotadas hasta el máximo, dejan tantas lagunas. Y, lo que es más importante aquí por cuanto se relaciona con el segundo aspecto de sus ideas, a medida que se van dismi­nuyendo las posibilidades de explicación, se aumentan hasta ex­tremos indecibles —y, a mi entender, arbitrarios— las variantes de una misma base. Sería fácil mostrar que por esta vía no se puede llegar más que a resultados absurdos, y completamente innecesa­rios, porque para el ¿con.sensus omniutn? Arbelaitz y Arbeletxe seguirán siendo dos cosas distintas que sólo tienen una parte en co­mún, como Zabalburu y Zabalbeaskoa. Tampoco creo que se deba aceptar el uso que se hace, y no sólo por él, de las llamadas “letras protéticas”. Hay ciertamente mucho que aclarar en cuanto a las consonantes iniciales vascas, pero eso sólo nos autoriza a hacer un uso muy restringido de ese tipo de variantes, excepto cuando están atestiguadas en la lengua o conste documentalmente su equivalen­cia, como en el caso de lpuzcoa / Guipúzcoa. Ante Alzaga, Bat zaga, Malzaga lo natural es pensar en tres bases distintas, mientras no haya indicios vehementes en contrario, pues de otra forma tendría­mos que pensar también que Cosa, Osa, Rosa, y Sosa son el mis­mo apellido.

 

 

Qué entendemos aquí por apellidos vascos

 

Todos tenemos una idea bastante clara de lo que queremos decir al hablar de apellidos vascos, y aquí no vamos a usar esa desig­nación en un sentido muy apartado de su acepción corriente. Tratamos, simplemente, de precisarla en lo posible.

Aunque una obra suficientemente amplia tendría que ocuparse también de ellos por el hecho de ser o haber sido relativamente abundantes entre nosotros, no nos ocupamos de aquellos apellidos en cuya explicación, en cuanto a su origen o transformaciones, no tiene nada que hacer el vasco, como Portugal, Toledo (también hay.... ....

 

Por el escaneado, Antonio Castejón.

maruri2004@euskalnet.net

www.euskalnet.net/laviana

 

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