"LA MIRADA BIBLBAÍNA DE JUAN CARLOS EGUILLOR ETA BILBO"

Edición de la Diputación Foral de Bizkaia. Editado en 2012 como homenaje al ilustrador Juan Carlos Eguillor, con numerosas imágenes de éste.

Coordinación: Alex Oviedo González y Montserrat Petralanda.

Índice:

Seve Calleja: Marrazten zuen olerkaria. Un poeta que dibujaba.

Bernardo Atxaga: Marrazkilari baten heriotza. Muerte de un dibujante.

Borja Cobeaga: Bilbon pasatu nuen aste hura. Mi semana en Bilbao.

Carmen Eguillor: Mi hermano Juan Carlos.

Luis Gasca: Dalidatik Massielara. De Dalida a Massiela.

Elena Santonja: Juan Carlos Eguillorri gutuna. Carta a Juan Carlos Eguillor.

Jubi Bustamante: Laranja Saria: Premio Naranja.

Jaime de Armiñán. Izarretarako bidaia. De viaje a las estrellas.

Sol Fuertes: A, Egui, Egui, nolakoa zaren¡ ¡Ah, Egui, Egui, cómo eres!

Lolo Rico: Betiereko Jeinua. El genio de siempre jamás.

Amaya Uranga: Gutuna Juan Carlosi. Carta a Juan Carlos.

 

Transcribiré seguidamente los primeros párrafos del artículo de Seve Calleja: Un poeta que dibujaba.

Se decía de Alberti que era un pintor con las palabras. Y de Juan Carlos Eguillor, que era un poeta que dibujaba. Lo decía su amigo Bernardo Atxaga el pasado 23 de febrero, en el homenaje que la revista Zurgai le rendía en la Biblioteca Bidebarrieta. Considerado por muchos un artista inclasificable y rebelde a los cánones -y no solo a los artísticos, y por eso irritante unas veces pero entrañable en las distancias cortas-, a Eguillor se le ha tratado de encuadrar inútilmente definiéndolo como genio heterodoxo, creativo disperso, humorista frente al caos y el dogma, antropólogo urbano, tan mordaz como dulce, tan celebrado como incomprendido...

Es verdad que, desde sus empeños creativos, ha trabajado con las más variadas técnicas y soportes: el cartel, la pintura, el collage, el grabado, el vídeo, la ilustración, la animación o el cómic, sobre todo el cómic. Y que, a la hora de fijarlo a un lugar, ya lo veis, era un donostiarra con vocación bilbaina que vivió los últimos años en Madrid, desubicado igualmente en el tiempo, como precursor apegado, en buena parte de sus creaciones, a un Bilbao que ya casi no existe. Y que, amigo de todos, vivió solo: (“Vacío existencial de los domingos por la tarde. Melancolía. Crisis existenciales», leemos en uno de sus cuadernos de trabajo).

En todo caso, este bilbaino nacido accidentalmente en Donostia y con su domicilio fijado en el Madrid de Malasaña es, a lo largo de su trayectoria artística, un icono de la ciudad metalúrgica -así la veía él y no sin nostalgia y así la plasmó en su libro de Los Bilbao soñados- antes de que pasara del hierro al titanio. Desembarco del acorazado Guggenheim, se titula uno de sus collages, en que se ve a un aldeano del más puro estilo Arrue dando la bienvenida entre la sorpresa y la desconfianza a nuestro emblemático museo, motivo recurrente de sus obras de últimas hornadas. Y era y es sobre todo, a juzgar por el modo con que se le menciona, un recuerdo entrañable en el ánimo de quienes lo quisieron y trataron. Generoso hasta el límite, puede verse su impronta tanto en la fachada de una pastelería, como en las baldosas de la pared de una sidrería o un restaurante, en un cartel de fiestas o en los pasos de danza ante una cámara de la televisión, previamente aprendidos frente el espejo de su vestidor. Y en tantos otros muros de la memoria pública y privada… …

 

Y en tantos otros muros de la memoria pública y privada: ha ilustrado el periódico Bilbao, la revista Zurgai, el primer número de Gvero, el homenaje al Lorca de Poeta en Nueva York, portadas de discos de Oskorri, de Ruper Ordorika o La Orquesta Mondragón, los carteles que anunciaban el Zinebi y la Aste Nagusia, que inauguraba la fiestas populares de agosto como hoy las conocemos... Las personas como él, de generosas, no saben decir no. O ni se lo plantean seguramente.

No es nada extraño, pues, que entre los mil aplausos que han merecido sus abundantes, diversas -y dispersas, siendo de un ser tan generoso- obras, despunten galardones como el Premio Nacional de Guiones de Cine para la Infancia (1975), el Lazarillo de Ilustración (1983), el Monte Veritá de Locarno, Suiza (1982) o el homenaje que le rendía más recientemente el Salón del Cómic de Getxo (2009). Ni que a tan solo un año de su fallecimiento en marzo de 2011, un premio de poesía visual lleve hoy su nombre, y broten exposiciones como ésta o como la que la precedía en las salas del Koldo Mitxelena donostiarra. Y que muchos de sus amigos más cercanos quieran mostrar su admiración y afecto, testimoniados por entre las estampas que del autor nos brinda en este libro-catálogo.

Un ojeada al conjunto de su obra

Juan Carlos Eguillor nació el 15 de agosto de 1947 en Donostia-San Sebastián (por la casualidad del veraneo), pero se crio y vivió en Bilbao. Esta aparente bipolaridad de procedencia y las rivalidades localistas entre las dos ciudades, tema de tantas tertulias y mofas, le encendieron la idea de elaborar un libro, Historia de dos ciudades, que no cobró forma, pero que muestra su gusto irreprimible por los juegos de lenguaje, la intertextualidad o el cruce entre idiomas en sus creaciones.

Tras abandonar los estudios de Derecho, inició los de Periodismo, que enseguida abandonó también para dedicarse a lo que más le gustaba, que era dibujar. «Soy un hombre de imágenes y todo lo que tenga relación con estas me va. Quisiera ir a Madrid a seguir estudiando o a lo que sea, en busca de un ambiente en el que pueda trabajar en todas estas cosas y encontrar eso que los muletillas llaman una oportunidad», escribía en una carta del 68, es decir, a sus 21 años, a su amigo Luis Gasca.

En 1968 comienza a publicar semanalmente en El Correo Español-El Pueblo Vasco sus historietas de la locuela "Mari-Aguirre" como protagonista instalada en un Bilbao hoy irreconocible, sucio y entrañable, en el que contrastaba con la inflexible y rígida Miss Martiartu. Era el modo en que el autor retrataba su entorno bilbaino, mitad aldeano y mitad mercantil: un Bilbao gris y lluvioso -mi mater metalúrgica gustaba llamarlo él- de criadas, tenderas y bancarias con las que se topaba cada día y cuyos gestos y maneras copiaba de calles y cafés. Casi a la par, aparecía en la revista Nuevo Fotogramas otra de sus heroínas pop, Tartarela.

Entre noviembre de 1969 y abril de 1970, en la revista Mundo Joven surgen semanalmente "Las Aventuras de Sandalia Upon-Avon", una historia del mundo musical en que van asomando muchos de los cantantes del momento, junto a su mentor José María Íñigo. Entre mayo y julio de ese año, se publica en las páginas de esa misma revista "Qué camp era mi madre", que se definía como un cómic en horrid-vissiooon. El pop-art sesentero dejó marcada huella en sus caricaturas, sobre todo en su Mari-Aguirre, la heroína que más despunta entre aquella colmena de Tartarelas, Maras de Amaranta o Tundras de Tatunbra. Los paseos de la rubia snob por el Bilbao del autor le permiten mofarse del provincianismo y la pacatería ambientales. Y, poco a poco, con el desgaste de la censura franquista, su lápiz fue afilándose más con personajes como Txangurro Marx (que aparecía en la tiras de corte político del diario Egin de fines de los 70), o con su Miss Martiartu, del PNV de toda la vida, contrapunto de su alocada Mari Aguirre, como antes apuntábamos.

Sus primeras incursiones en el ámbito de las ediciones para el público juvenil son las que se editan en 1973 con Libros Sonoros Pala: Mendruguete y Cuatronombres, y Susana la de la sopa, que llevaban portadas de Iván Zulueta.

Entre 1975 Y 1977 publicó con Komikia su serie en euskera Krisket eta Potolo, que distribuían algunos diarios vascos, y colaboró con revistas de ámbito nacional como Triunfo, Hermano Lobo, Diario 16 y Fotogramas.  

Será en 1979 cuando surja el fanzine Euskadi Sioux, eL terror de lo cotidiano, que con apenas siete números se constituye en uno de los hitos de la transgresión que impregna toda su obra y la de otros de sus fundadores: Koipe, Euskal Musikal es, por ejemplo una parodia del musical Grease.

Cerca está Bernardo Atxaga, muchos de cuyos álbumes y libros destinados a niños llevan su impronta gráfica y dan testimonio de una prolongada amistad y sintonía entre ambos creadores desde el inicio de los 80: Nikolasaren abenturak, Ramuntxo detective o Chuck Aranberri dentista baten etxean son algunos de ellos.

En 1981 ilustra para Lumen El castillo de las tres murallas, de Carmen Martín Gaite, y en diciembre de ese mismo año comienza a publicarse el semanario infantil "Pequeño País", en cuya segunda entrega se incorpora Eguillor dibujando sus portadas con recortables de cantantes del momento, y, algunos números después, con los "Cuentos de la Abuelita". El primero de ellos se llamó "Dorito y su abuelita"; el segundo, "Abuelita", y con el tercero se fijó el nombre definitivo, que de vez en cuando variaba a gusto del propio Eguillor.

En 1982 ilustra la serie de diez cuentos Dola, Dola Tiralabola, de Lolo Rico, basados en el programa de radio que dirigía la genial creadora de La Bola de Cristal. Apenas unos años antes, Eguillor le había diseñado la portada de Los amigos de Dola, un LP que contenía las canciones de la emisión radiofónica. Luego editarán juntos el libro Ramón Ge Te.

Son seguramente estos de la década de los 80 los años más fructíferos y creativos de Juan Carlos, que ilustra para la colección juvenil de Espasa Calpe abundantes títulos propios y ajenos: Agenda para todos los días (1982), un dietario con canciones y adivinanzas, y algunos acontecimientos históricos; El escarabajo y la lluvia (1984), La ciudad de la lluvia (1984), obra esta de su propia creación seleccionada en el año 2000 como una de las cien mejores de la literatura infantil española del siglo XX; Doneval y Favila, de Graham Dunstan Martin, y El joven Rey y otros cuentos, de Oscar Wilde. Más tarde aparecerán sus dibujos en abundantes libros y álbumes infantiles: La mancha de leche, de Lluisa Llagostera (Anaya, 1988), Una lata en un callejón, de Jorge Bogaerts (Edelvives, 1988), Mermelada de anchoas, de Carmen Santonja (Espasa, 1989) y Patxi Errementaria, de Sagrario Aranoz y Joxan Ormazabal (Elkar, 1998).

Colabora también con Carmen Santonja ilustrando varios de sus cuentos: La malvada Infantita y otros cuentos (1986), La sirena de la fábrica (1987), Mermelada de anchoas (1989), y uno de sus trabajos más recientes, el libro-disco de 2001 La boutique Fantastique, de Respighni y Rossini. Además, como era una de las componentes de Vainica Doble, a quienes Eguillor había retratado en Las Aventuras de Sandalia Upon-Avon, ésta le encargó que le realizase la portada de su disco Navidad (2001).

Es de estos años Los Bilbao soñados de Eguillor, que se edita a manera de catálogo de su exposición en la Biblioteca Municipal de Bidebarrieta (Ayuntamiento de Bilbao, 2000).

En medio, siguen asomando nuevas aportaciones a los relatos de editores y amigos: los cerditos alados Los Potolos, para El Pequeño País (1988), Operación Yogur, para Anaya infantil (1997), Txakur berde baten istoriaa (Historia de un perro verde), obra de quien redacta estas líneas, para la editorial Azkorri, cuya versión castellana verá la luz en 2012 en el número de la revista poética Zurgai que le rendía homenaje.

Son guiones propios los de películas y cortometrajes como: El amor del Capitán Brando (1974), Al fin solos pero... (1975) o Soy un Tutti Fruti, que él mismo dirigió en 1976.

La animación por ordenador y el videoarte han sido dos de los nuevos y postreros espacios de experimentación en los que Juan Carlos ha trabajado: Bilbao la Muerte (1982) y Menina, obra exhibida en el Reina Sofía dentro de la exposición Procesos (1986) a su regreso del Pratt Institute de Nueva York, donde adquirió nuevas técnicas de videoarte. Otra lo era la escenografía, al servicio de la Orquesta Mondragón, para cuyo programa Viaje con nosotros confeccionó cabeceras, guiones y decorados. De esta estrecha colaboración con Javier Gurruchaga nacían, por ejemplo, La última cena del 88 y El huevo de Colón (1992).

 

Por entre las bambalinas de su obra

Ordenado y disperso a la par -por abundar en los contrastes con que se le etiqueta-, Juan Carlos Eguillor ha dejado infinidad de obras inconclusas como sueños heridos, así como cuidados cuadernos de bitácora de muchos de esos sueños. Son cuadernos de artista o de campo en los que iba plasmando sus ideas, inmediatas unas veces y muy meditadas otras. Tener acceso a ellos es poder abrir su particular caja de Pandora y encontrar piezas sueltas de su creatividad, esbozos de ternura, de humor, de acidez o de melancolía antes de verse publicados, así como abundantes garabatos de su estado de ánimo frente a cada proyecto. Tres son los que escogemos y de los que iremos aquí deshilvanando hebras por entender que cada uno desvela una parte esencial de su ética y su estética.

Max-Bilbao, su alter ego-

Max Bilbao, donde guarda bocetos y retazos de una de sus más íntimas creaciones, es seguramente uno de los más elocuentes para saber del propio autor. «¿Quién es Max-Bilbao?» -comienza diciendo en sus primeras líneas-o «Por ahora, ni puta idea». Luego da pie a sus habituales paradojas en forma de aforismos: «Nada es como lo irreal y lo irreal es nada», y a sus continuos empujones: «¿Será realmente un proyecto inútil? Quizás. Cierra los ojos y hazlo». Y así comienzan sus continuas meditaciones sobre el país a base de locuciones inglesas y bocetos. (The EuskaL Sundance Factory junto a la silueta del que será Max, un hombre de sombrero a lo Pessoa y sin piernas. ¿Quién es Max Bilbao?, se pregunta una y otra vez, mientras asoman definiciones inconexas, propias y ajenas: "El sueño de la razón produce monstruos", citando a Valle Inclán. ¡A ver si Max coincide con el héroe derrotado Max Estrella de Luces de Bohemia!). «Quisiera, si pudiera encontrar la metáfora, Max-Bilbao como metáfora de múltiples metáforas», nos devela. Antes hemos leído: «Max Bilbao ignora que es el demiurgo de la ciudad». Y pasa a elucubrar con el Bilbao virtual hecho de arqueología industrial a base de muros y chimeneas de ladrillo rojo. «Un Bilbao en ruinas, al que Max vuelve, habitado por los maniquíes de Armani, que salen del Guggenheim para habitar la Ciudad dormida». (Ahora se entenderá mejor la sorpresa del aldeano ante el collage La aparición del Acorazado Guggenheim, al que aludíamos al principio.

«Max-Bilbao no lucha contra la realidad, es un personaje que ha tirado la toalla», leemos. Y un poco más abajo, hay una silueta escuálida junto a la que se lee: «Max-Bilbao el día en que se dio cuenta de que estaba despareciendo». Y lanza una llamada a Bartleby de Neville ... Hasta que brota el eje argumental:

«¿Cómo puede empezar la historia? Como siempre. Max-Bilbao descubre que está desapareciendo o se esconde en su caja, lo que le permitirá hacer un viaje a través de la Euskadi virtual. Entre los personajes, Profesor Lertxundi, Miss Martiartu, Nekane Miren ... Como en todas la historias. Max-Bilbao va en busca de algo. ¿La ínsula Batasuna? ¿La Euskadi Ideal e Independiente? ¿Hacerlo desde un punto de vista bilbaino? Max-Bilbao se refugia en un Bilbao inexistente. Max Bilbao quisiera ser feliz. En realidad podría ser un personaje que mira hacia otro lado, que no se entera, que no quiere enterarse.»

De pronto aparece el índice de las entregas, tachonadas de gastronomía, de alusiones políticas, de deporte rural, de sueños de Max-Bilbao enfrentándose al Monstruo (el Conflicto) y de bromas tan suyas: «Seven Bat!, la bebida de Euskadi», en que se confunden los idiomas.

Las frecuentes alusiones a la literatura muestran a un autor que se documenta continuamente, que viaja por los libros como por los países –quien sepa de él conoce su afán por los viajes exóticos, su densa biblioteca y su colección de curiosos objetos.

En fin, que tras Max-Bilbao se esconde el propio Juan Carlos, peripatético por el Bilbao Virtual que adivina en sus paseos nocturnos, esquivando fantasmas, acaso los de sus propios personajes, que saltarines van de una serie de dibujos a otra. Por ejemplo, los Potolos ya se anuncian en el cuaderno de Max, como igualmente se anticipa su proyecto de la serie de Ángeles de Euskadi. Es precisamente en la última página de este cuaderno donde encontramos la buscada constatación de que Max es Juan Carlos: «He vuelto de París transformado en Max-Bilbao» .

 

A. veces se detiene cansado, en su paseo y en su obra. Como si se sintiera bloqueado, se azuza a sí con improperios: «Empieza de una puta vez". Otras, se esconde debajo del paraguas -un elemento más que recurrente de su obra-. “Desaparecer para vivir, la frase que definiría a Max-Bilbao”. La que, intuimos, nos lo hacía parecer a él a veces tan esquivo.

Ángeles de Euskadi, contra la confrontación y el fanatismo

La idea de este segundo cuaderno de bitácora de Juan Carlos se atisba ya, como decíamos, en el de Max-Bilbao. La imagen de país que aquí nos deja ver es probablemente la más oscura creación que conocemos. “Quizás así pudiera dibujar todo el dolor de este desgraciado país”, leemos al abrirlo. «¿Cómo coño hacer el libro?», vuelve a plantearse también esta vez. «Qué tipo de humor se podría hacer ahora? Brutal, directo, como una patada en el estómago», leemos a vuelta de hoja.

Se advierte que por esas fechas ultima el encargo de la Pastelería Arrese en su centenario y, entre bocetos de bombones y escaparatismo, asoma otra de sus hondonadas: «La batalla de cada día, en la que te sabes derrotado de antemano. ¡Dibuja, dibuja. dibuja!»

Es la primera vez que encontramos una fecha, 1 de abril y mención a un lugar: «En los acantilados de Dover», bajo la que leemos:

«Calais: un coñazo peor que Santurce. Había demasiada gente para una revelación frente al mar.

Mardi, 2 avril 2002

Estoy en Boulogne. Me siento un tanto triste y solo, pero, en el fondo, a gusto, consciente.»

Max-Bilbao reaparece ocasionalmente -o acaso esté omnipresente en cada trazo- tanto en este cuaderno como en el de los Patatas. Es como la voz en off de su proceso creativo, que va dando respuestas y ánimos. Su manera de afrontar su trabajo, sin duda.

Los Potolos, ternura a caudales

«La tierra está malita

Por accidente cae por el agujero de ozono.

Un día, sin saber por qué,

Empiezan a llover cerditos por todas partes.

Nadie sabe cómo fue

O cuál fuera la razón

Cayeron más de un millón

Sobre la tierra cansada

Por el norte,

Por el sur,

Desde Islandia

A Singapur,

por desiertos y ciudades

¿Y cuál era su misión?

(un sabio lo descubrió)

Su misión, una locura

dar un poco de ternura,

dar un beso,

solo eso

Ten cuidado, que el día menos pensado,

un cerdito,

escondido en un impreso,

te dé un beso.»

 

Ésa es la sinopsis argumental del tercero de estos cuadernos. Entre diseminados bocetos y textos en verso, asoma el enfado del autor por los parones que sufre el proyecto con los titubeos ante el posible formato: (interactivo, cómic, on line…) «¿Qué pasa cuando tienes demasiadas ideas? Reducirlas».

Se trata de montar un concierto universal. «Los cerditos pueden ser cerditos Zen, o potolos bolivianos que viven entre las personas, andando por la calle, cuidando enfermos, contando cuentos. Para más adelante. Tarde o temprano lo haré. ¿Y si lo cuento como si fuera un libro dentro de un libro?...» Estas hebras sueltas, espigadas entre las páginas, delatan a un autor aferrado a una idea que no quiere dejar:

«Ponerme jodidamente a ello. Empezar a meter todo en el ordenador va a ser la única manera de hacerlo. Lo voy a hacer. Tengo que hacerlo. Las veinticuatro pages. Te atrapa el juego. No te suelta.

Quiero hacer reír. Aunque más bien es un libro para sonreír. Tierna, melancólicamente, sí.»

Entre líneas de un proyecto de apariencia tan niña, asoma la lección filosófica:

«En la era del vacío, ¿cómo encontrar una vida con sentido. "El que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo (Nietzsche)". Míralo, por difícil que sean las circunstancias, el hombre tiene la libertad (difícil) de elegir su actitud ante la vida. Ser feliz o desgraciado. Las dificultades no son obstáculos, sino oportunidades para poder crecer más allá de uno mismo. Salir, tener nuevas metas. Energía. Salud.» Que parecen empujones a la imagen omnipresente de su Max Bilbao.

La exposición que de su obra ha ofrecido el Koldo Mitxelena de Donostia-San Sebastián durante el otoño-invierno de 2011-2012 y la que da pie a esta de la Biblioteca de la Diputación Foral de Bizkaia son dos de las muestras del afecto y la admiración que Juan Carlos Eguillor ha provocado en cuantos tenía cerca, aun a pesar de lo suelto y libre que, en apariencia al menos, siempre se nos mostraba.

Junto a la selección de estampas de su vasta producción, asoma el testimonio -sentido algunas veces por la cercanía de su muerte, pero casi siempre entrañable y rotundo- de algunos de los seres más cercanos: el de su hermana Carmen, el de su sobrino Borja Cobeaga, o el de amigos como Bernardo Atxaga, Lolo Rico, Sol Fuertes, Jubi Bustamante, Amaya Uranga, Elena Santonja, Jaime de Armiñán o Luis Gasca, que añaden más viveza y calor si cabe a los del propio Juan Carlos Eguillor.

Bilbao, marzo de 2012, en el primer aniversario de su muerte. Seve Calleja.

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 Antonio Castejón.

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