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Don  Miguel de Cervantes.

Noticias de sus padres y hermanos

Tomadas de la obra de Don Manuel Fernández Alvarez.

Ver también genealogía en Cervantes, en esta web.

En Genealogías Hispanas, apellido Cervantes, dábamos noticias relativas a los ascendientes del Manco de Lepanto, tomadas de la obra publicada en el año 1905 por Don Ernesto de Vilches y Marín. En sus últimos apartados se decía allí:

 

XIII.- Rodrigo de Cervantes, que casó con Leonor de Cortina; nació en 1540 y murió en 1578. Padre de

1.- Luisa, Carmelita Descalza.

2.- Rodrigo, soldado en Lepanto, Túnez, Portugal y alférez en Flandes.

3.- Andrea, que casó tres veces: primero con Nicolás de Ovando; segunda con Sanetes Ambrosi, y tercera con Alvaro de Mendaño; y que tuvo por hija del primero a

3.1.- Costanza de Ovando, que murió soltera en Madrid en 1624.

 

Nota: Muy distinta es la opinión de otros historiadores sobre los hermanos de Miguel de Cervantes.  Aquí venimos exponiendo lo publicado en el año 1905 por D. Ernesto de Vilches y Marín. En los cien años que pasaron hasta hoy, se conocieron hechos que entonces –creo- eran ignorados. Sobre este tema de los hermanos de Don Miguel tratamos brevemente en la sección Monografías de esta web, en “Cervantes_sus_hermanos”.

 

Vamos a exponer ahora algo de lo que sobre Don Miguel y su familia nos ofrece Don Manuel Fernández Álvarez en su magnífica biografía sobre aquél, publicada en el año 2005 con ocasión del cuarto centenario:

  

Juan de Cervantes, abuelo paterno de Miguel. Era Licenciado; en 1553 vivía en Córdoba, “y no en mala situación económica”. Muere en 1556, “y a poco, su esposa”.

Rodrigo de Cervantes, padre de Miguel, cirujano-barbero. Había entonces cirujanos-físicos, que poseían título universitario, y cirujanos-barberos, sin tal licenciatura, aunque poseedores de algún estudio; dos categorías muy distantes entre sí. La barbería era tradicionalmente lugar propicio a las tertulias, tales como la que en El Quijote nos presenta Cervantes, quizás recordando a la de su padre, en casa de  “…maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo…”, quien, como todos los de su oficio era  “guitarrista y coplero”.

Rodrigo falleció el día 13-V-1585, sobreviviéndole su esposa Doña Leonor de Cortinas (ya vemos que eran erradas las fechas de nacimiento y muerte que para ésta nos ofrecía Don Ernesto de Vilches y Marí), de linaje conocido del lugar de Arganda, hija de Elvira de Cortinas, que le dejó en herencia una viña en tal lugar. Estos fueron los hijos de Rodrigo y Leonor:

Andrés, que falleció de niño.

Andrea, madre de Constanza, nacida ésta en 1565. Andrea vivió y murió soltera; no casó ni tres veces ni una, contradiciendo las noticias ofrecidas arriba.  

Luisa Belén, monja.

Miguel, bautizado en la Iglesia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares el día 9-X-1547. Casó con Catalina de Salazar Palacios, hija de Fernando Salazar y Catalina Palacios. Tuvo una hija natural, fuera de matrimonio, de nombre Isabel, nacida en 1584.

Rodrigo, nacido en 1550.

Magdalena, nacida en 1552.

Juan, nacido hacia 1555.

 

Hacia 1551 salen Rodrigo y los suyos de Alcalá hacia Valladolid, villa que entonces era la Corte de la Monarquía. Pronto comienzan las penurias: en 1550, 1552 y 1553 sufre cárcel Rodrigo; cárcel por deudas, lo que le mueve a elevar sus protestas, pues él blasonaba de hidalgo, y conforme a las leyes del Reino no podía encarcelarse por deudas a los de tal condición.

En 1553, huyendo de tanta desventura, dejan Valladolid y se encaminan a Córdoba. Allí, en Córdoba, gracias quizá a la influencia de su abuelo Juan Cervantes, ingresó Miguel –con 7 u 8 años-  en el Colegio de los Jesuitas, de los que guardó grato recuerdo por… “(el) amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud”.

Muere el padre, Juan, en 1556, y la familia, perdida la protección paterna, parte Rodrigo con su familia hacia Cabra, donde vivía uno de sus hermanos. Allí, en Cabra, viviría Miguel de 1558 a 1563, años en que pasaría de muchacho a adolescente.

En 1563 pasan a Sevilla, donde viven tres años, hasta que…

”De pronto –copiamos ya al pie de la letra-, Rodrigo de Cervantes decide alzar el vuelo y plantarse en Madrid.

¿Qué fue lo que le empujó a salir de Sevilla? No tenemos ninguna prueba precisa, pero una declaración muy posterior de su hija doña Andrea, con motivo de un proceso —el llamado proceso de Ezpeleta— que en 1605 envuelve a la familia, nos da una pista bastante fiable.

Por lo tanto, es preciso adelantar algo que luego hemos de tratar más a fondo, para comprender lo que está ocurriendo hacia 1566. Sin entrar en detalles, solo recogiendo lo que ahora nos interesa para aclarar la conducta de Rodrigo de Cervantes, esto es lo que nos depara el proceso de Ezpeleta puesto en marcha cuarenta años después. Doña Andrea, que entonces rondaba ya los sesenta años, declara ante el juez, pero no en libertad, sino cuando ha sido llevada a la cárcel. Y al ser inquirida por su identidad, contesta lo siguiente:

... que era viuda, que fue de Sante Ambrosio, florentín, y que antes fue desposada y concertada con Nicolás de Ovando...

Evidentemente, estamos ante una incongruencia, bien porque a doña Andrea le fallara la memoria, tras tantos años, bien porque los nervios al verse presa y al hacer su declaración en la cárcel le hicieran desbaratar, o bien por error del escribano, ya que si no lo que estaba declarando es que había sido bígama.

Pero aun así la pista es importante, porque nos da luz sobre el motivo de la precipitada marcha de los Cervantes a Madrid. En 1566 sabemos que doña Andrea había dado a luz a una niña, Constanza, y que por ello Rodrigo de Cervantes se encuentra con el problema de salvar el honor familiar. Si no quiere acudir al sistema usual de la época, de obligar a su hija a que abandonara a la recién nacida y la dejara a su suerte, Rodrigo de Cervantes tiene que inventar algo.

Todo esto es importante en relación con Miguel de Cervantes, porque no cabe duda de que en aquellas horas difíciles el padre consultó con su hijo sobre qué determinación se debía tomar. Tengamos en cuenta que para entonces Miguel de Cervantes tenía diecinueve años y, por lo tanto, no era un adolescente atolondrado e irreflexivo.

¿Y qué se les ocurre a los Cervantes, al padre y al hijo y seguramente a todo el capítulo familiar? Por supuesto, desechar la idea de abandonar a la recién nacida.

Eso obligaba a inventar una historia: doña Andrea era una joven respetable, viuda ya de ese tal Sante Ambrosio, florentino (quien evidentemente no había de negarlo desde su tumba), y que después había concertado y llevado a cabo sus desposorios con Nicolás de Ovando, con el cual había tenido aquella hija.

Era una historia que difícilmente se sostenía en Sevilla, en el ambiente del barrio en el que vivían los Cervantes; y que, en cambio, resultaba mucho más fácil de mantener lejos de allí, en ese Madrid que se había convertido en Corte de la nación y en el refugio de muchos desamparados.

Y no olvidemos ese detalle: la familia de Cervantes entraba en la Corte –en 1566- con un secreto que convenía guardar muy mucho para evitar la deshonra; esto es, que doña Andrea era una madre soltera a la que había que hacer pasar por esposa legítima de un tal Nicolás de Ovando, que había quedado en Sevilla.

Andrea tuvo luego otro amante: el gentilhombre Giovanni Francesco Locadelo, quien también le hizo un buen donativo (1568): 300 escudos de oro, ropas y enseres caseros.

Ahora estamos ya en 1604, y en Valladolid, donde…

“Por primera vez, Cervantes ha reunido a todos los suyos bajo el mismo techo familiar. Eso supone estar rodeado de mujeres, pues no tiene ni hijos, ni sobrinos varones, y sus dos hermanos, Juan y Rodrigo, ya han muerto; Rodrigo —volveremos a recordarlo—, siendo la estampa viva de lo que Cervantes había pretendido ser: alférez de los tercios viejos, y muriendo como tal en la batalla de las Dunas de 1600.

De modo que Cervantes sólo puede reunir en su hogar, que presidiría desde entonces y que ya no abandonaría, a cinco mujeres. Ahí está doña Catalina de Salazar y Palacios, su esposa, a la que lleva un montón de años, y que es relativamente joven, pues ronda los treinta y nueve. Ahí están sus dos hermanas solteras, Andrea y Magdalena; falta, claro, la hermana profesa, Luisa que seguía como monja carmelita en Alcalá de Henares.

De esas dos hermanas, Andrea tiene ya en 1604 sesenta años; por lo tanto, y dadas las condiciones de la época, podemos considerarla en los umbrales de la senectud. Es la mayor, pues lleva tres años al mismo Miguel. Y tiene otra condición: es madre de una hija, Constanza, nacida en 1565, y que vive con ella. Y también está la otra hermana soltera de Miguel, de nombre Magdalena, que había nacido en 1552, y que ya era, según las esperanzas de vida de la época, una mujer, si no anciana, sí entrada en años, pues ha pasado ya del medio siglo. Por lo tanto, y como la sobrina de Miguel, esa Constanza o doña Constanza, como ella se titulaba, era de la generación de su mujer doña Catalina, la única verdaderamente joven de aquel haz femenino de la familia de Miguel de Cervantes, que él ha llevado consigo para residir en Valladolid, es su hija natural, Isabel, que, habiendo nacido en 1584, tiene tan sólo veinte años.

Es importante detallar todo esto porque un suceso inesperado, en el que pronto fijaremos nuestra atención, puso en el ojo del huracán de la opinión pública vallisoletana a la familia congregada por Cervantes.

Y se empezó a hablar de «las Cervantas» con tono dudoso.

¿Es preciso recordar los lances amorosos de doña Andrea, los que probablemente habían sido la causa de la pendencia juvenil de Cervantes con Antonio de Sigura y su posterior fuga a Italia? Unas aventuras amorosas de doña Andrea bien secundadas, como hemos podido comprobar, por su herma doña Magdalena.

De hecho, ambas mantendrían nuevas relaciones con otros pretendientes. En cuanto a doña Andrea, vemos que seis años después, viviendo ya en Madrid, las tiene, en este caso con un personaje que seguro que pertenece a la nobleza: don Alonso Pacheco Portocarrero, hijo de aquel don Pedro Portocarrero dejado por don Juan de Austria al mando de La Goleta, que un año después, el 25 de agosto de 1574, rendía la plaza a la flota turca mandada por Euldj Alí; revés muy mal tomado por la España de la época, juzgando con severidad a Portocarrero, al que, curiosamente, defendería Cervantes, como hemos visto en El Quijote (…)

¿Será oportuno que volvamos a recordar aquel texto cervantino? Píenso que sí, porque de pronto se nos enciende esta sospecha: ¿no estaría Cervantes condicionado por el hecho de que hacia esas fechas su hermana doña Andrea estaba en relaciones amorosas con un hijo de ese soldado puesto al frente  La Goleta?

(…) En todo caso, don Alonso Pacheco Portocarrero, el hijo primogénito de aquel destacado soldado, se había comprometido seriamente con doña Andrea en 1571, el mismo año de la batalla de Lepanto; nada menos que reconocía ante escribano —por lo tanto, de forma solemne— que le debía 500 ducados; esto es, puesto en nuestra moneda actual, con las reservas a que obliga la diferencia grande de las respectivas situaciones económicas, en torno a los cuatro millones y medio de pesetas, que puestas en euros rondaría la cifra de los 25.000. Como se ve, por lo tanto, una cantidad importante. Y la pregunta es inevitable: ¿en qué concepto, o por qué motivo, debía aquel joven de la nobleza tanto dinero a doña Andrea? ¿No estaremos ante una compensación por faltar a su promesa matrimonial? Una promesa matrimonial que había permitido a don Alonso llevar a la cama a doña Andrea y que, al no cumplirla, le obligaría a tal compensación económica.

Tocamos un aspecto singular de aquella sociedad: el problema de la honra. Algo que yo estudié con particular cuidado en mi libro sobre la olvidada historia de la mujer española en el Renacimiento. El honor familiar descansaba en la fidelidad de la mujer casada y en la virginidad de la mujer soltera. La afrenta de que el marido fuera engañado se consideraba tan fuerte, que la justicia le autorizaba a tomársela por su mano, actuando si le placía como verdugo, pues la pena de las adúlteras era la de muerte.

Era una ley cruel que se ponía en marcha con gran frecuencia, como si por el terror se tratara de poner coto a esa deshonra: la afrenta de la mujer infiel.

De igual modo, resultaba harto afrentoso el que la mujer soltera, que vivía en el seno familiar, tuviera un desliz amoroso, y a consecuencia de ello surgiera la ingrata sorpresa: el hijo no deseado, el hijo ilegítimo; esto es, la deshonra de aquella familia. De ahí una consecuencia verdaderamente penosa: que los abuelos maternos trataran de salvar las apariencias. ¿De qué manera? Abandonando al recién nacido a su suerte, arrojándolo del hogar familiar.

Y eso cuanto antes, sin esperar más tiempo. Era una operación que tenía que hacerse a escondidas y, por supuesto, en la primera noche después del parto.

Es un tema que estudié con cierta profundidad, tras haber encontrado una fuente reveladora en el Archivo Municipal de Salamanca: la documentación sobre los niños expósitos atendidos por la cofradía de San José M.

Ahora bien, tanto en un caso como en otro, tanto en la ofensa de la casada infiel como en el desliz de la madre soltera, a ciertos niveles sociales también había otra solución, y era la de la compensación económica. La documentación nos habla, en ese sentido, del llamado «perdón de cuernos», por el cual el marido agraviado perdonaba la ofensa. ¿Recibía a cambio una compensación económica? Cabe suponerlo (…)

A buen seguro que en otros perdones de cuernos andaría por medio la compensación económica. Al menos, eso es lo que se puede comprobar con frecuencia en los casos del engaño a mujeres solteras, a las que se les daba promesas de matrimonio para conseguir la relación amorosa.

Veremos que ese es el caso de «las Cervantas». Pero no sería el único. En el ambiente social estaba que el hombre que así actuaba, al menos si pertenecía a un cierto nivel social, estaba obligado a compensar de algún modo a la que había sido su amante. Y puesto que no se casaba, esa compensación no podía ser otra más que la económica (…)

Pues algo similar nos encontramos con las dos hermanas de Miguel de Cervantes, tanto con doña Andrea como con doña Magdalena. Ya hemos visto los quinientos ducados que don Alonso Pacheco Portocarrero declara que debía a doña Andrea en 1571.

Que doña Andrea anduviera en tales tratos con don Alonso Pacheco Portocarrero, cuando no era ninguna chiquilla (en 1571 había cumplido ya los veintisiete años) y cuando ya conocía bien de verdad lo que podían suponer las promesas de los cortejadores de turno (como lo probaba el nacimiento de su hija doña Constanza), nos da la prueba de que no quiere renunciar, al menos, a esa compensación económica.

¡Y asombroso! Aquel don Alonso se había mostrado tan aficionado a “las Cervantes” que, después de cortejar a doña Andrea, hará lo propio doña Magdalena. De modo que en 1575, cuando ésta tenía veintitrés, el dicho don Alonso también se obliga y se declara deudor de ella y por la misma cantidad que a su hermana: 500 ducados. Y el documento en que lo reconoce indica el motivo de la deuda (…)

Pasarían los años. Doña Andrea se haría mayor, y sería Magdalena la que cogería la antorcha de aquellas relaciones sospechosas. La documentación habla, primero, de un don Fernando de Ludeña, que debía a doña Magdalena 300 ducados:

... siendo mozo soltero...

¿No es bien significativa esa referencia a la soltería de Ludeña? Pues un soltero era el que podía hacer promesa de matrimonio y ser creído. Es más, apremiado años más tarde por doña Magdalena, cuando ya se había casado, Ludeña se comprometería nada menos que a sufragar la alimentación de doña Magdalena; eso sí, en secreto, de que poco le serviría a la hermana menor de Cervantes:

... a solas me dixo que me prometía mientras él viviese, de darme todos mis alimentos...

No sería el último. Al menos, doña Magdalena mantendría después relaciones amorosas con un personaje de la Corte, vinculado al séquito de la reina Ana de Austria y miembro de la mediana nobleza, pues era el titular de la Casa de Vicuña. Se llamaba este cortesano don Juan Pérez de Alcega, bien visto en la Corte de Felipe II, pues pasaría después al servicio de las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela.

Con todos estos antecedentes, se puede comprender que las hermanas de Cervantes tuviesen pronto mala fama, en una época en la que la virginidad de la mujer soltera tanto se valoraba. Tanto más que la existencia de doña Constanza parecía probar algo entonces considerado infamante: que doña Andrea era una madre soltera.

En todo caso, Miguel de Cervantes se mostraría siempre muy unido a sus hermanas, importándole poco las habladurías que suscitaban sus comportamientos amorosos. Prueba de ello es que decidiera que su hija Isabel, cuando quedó huérfana, fuera recogida en el taller familiar de doña Magdalena.

Y, por supuesto, la prueba definitiva la daría Cervantes al decidirse a reunir a toda la familia, yéndose a vivir con su mujer, doña Catalina; su hija, Isabel; sus dos hermanas, doña Andrea y doña Magdalena, y su sobrina, doña Constanza, a Valladolid en aquel año de 1604 en el que podía llevar a la Corte su gran regalo: la primera parte de El Quijote.

 

Quizás otro día sigamos recogiendo textos sobre Cervantes de esta magnífica, extraordinaria biografía escrita por Don Manuel Fernández Álvarez.

 

Por la transcripción: Antonio Castejón.

 

 

 

 

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