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ALFONSO XIII de Borbón

 

visto por personajes de ficción de Don Pío Baroja, en “Los Visionarios”. Editorial Carro Raggio, 1974.

 

Capítulo II. El rey bajo la máscara

 

—¿Qué le parece a usted, doctor, de estos acontecimientos que han ocurrido desde que no nos hemos visto? —preguntó el marqués—. ¿Qué opina usted de la caída de la Monarquía y del triunfo de la República?

—¡Qué quiere usted que me parezcan! Estos acontecimientos están perfectamente legitimados. Es un proceso morboso que no tenía otra salida. No había otra solución. La Monarquía agonizaba. El rey ha sido muy torpe y no ha podido prolongar la agonía del viejo régimen. No ha tenido un momento de clarividencia para comprender su país y su época.

—¿Cree usted? —preguntó el marqués cariacontecido.

—Me parece evidente.

—¿Así que usted sospechaba esto?

—Yo no creí que llegaría tan pronto, la verdad. Suponía que tardaría algunos meses, quizá dos o tres años...

—¿Pero usted lo esperaba?         .

—Lo esperaba todo el mundo.

—Pero ¿por qué?

 —Era un hecho previsto, anunciado.      

—No lo comprendo.

 —En biología, querido marqués, lo que no evoluciona, lo que no tiene movimientos de dentro a fuera y de fuera a dentro, lo que no tiene lo que llaman los físicos osmosis y endósmosis, se seca, degenera y, a lo último, muere. Es lo que ha pasado con la Monarquía. Se notaba que se aislaba del ambiente, que se consumía, que se apagaba ¿Cuándo? ¿En qué momento daría las últimas boqueadas? Esto, naturalmente, no se podía saber.

—Yo, la verdad, no lo sospechaba.

—Hay que legitimar la altura social por algo. A la Monarquía le ha pasado como a la aristocracia: no se legitimaba socialmente por nada. No sabían dar normas de humanidad ni siquiera de elegancia. El monarca y el aristócrata cobraban sus rentas, las gastaban o las guardaban y no daban nada en espíritu o en gracia o en formas a la colectividad. Se van... pues buen viaje.

—¿ Es que usted cree mejor la República que la Monarquía como forma de gobierno? —preguntó el marqués.

—Yo no. Como organización conservadora y burguesa, la Monarquía me parece mejor. Es una construcción en forma de pirámide, por tramos, por pisos, y sirve para el fondo trepador y ansioso de la sociedad. El contratista, el político, el militar, el abogado, el usurero tienen más porvenir en una Monarquía que en una República. Siempre habrá trepadores, es natural. Al trepador monárquico le sustituirá el trepador republicano o el socialista, pero la hiedra -preferirá la pared de la torre a la del cobertizo o a la del corral.

—Entonces    sigamos    con    nuestra    pirámide —dijo el marqués en broma.

—Sí; pero esa construcción piramidal necesita estar sabiamente sostenida y organizada.

—Y aquí cree usted que no lo estaba —insinuó el marqués.

—Eso creo. En el fondo, para mí, como médico y como hombre curioso de la vida, la forma más amena de gobierno sería Luis XV o la Regencia de Orleáns.

—Para mí también —dijo Roberto.

—Una clase de gobierno que, aunque se basara en la corrupción natural humana, respetara sobre todo el carácter de los hombres y la libertad.

—Eso es —añadió el joven—, y que dejara hacer; laissez faire, laissez passer.

—Algo de despotismo ilustrado... y poco celo, porque el exceso de celo es lo que perturba los gobiernos nuevos.

—Estoy completamente de acuerdo con usted —exclamó Roberto.

—Yo no creo que el rey sea lo que dicen los periódicos ahora que es, ni tan intrigante, ni tan traidor —indicó el duque con cierta timidez cautelosa—. Antes se le elogiaba demasiado quizá.

—Y ahora se le denigra demasiado —repuso la marquesa.

—Con lo cual no averiguaremos nunca cómo es de verdad —dijo el marqués.

—¡ Eso es   tan   difícil!   —indicó  el  médico—. Siempre hay una parte oscura en las personas, aun en las que parecen más diáfanas, casi imposible de aprehender. Muchas veces nos encontramos, cuando leemos biografías de hombres célebres por su talento, por su energía o por sus crímenes, que el político implacable, el general terrible y carnicero, el jefe de policía terrorista era un hombre tímido que criaba canarios, jugaba en su casa con los gatos, acariciaba a los niños y lloraba cuando oía a un pastorcillo tocar la flauta en medio del campo. ¿Eran su violencia y su crueldad una táctica? ¿Se trastornaron sus instintos en la acción? No lo sabemos.

—Ya ve usted; yo creo que la característica de Alfonso XIII ha sido la timidez —dijo el marqués, que tenía un aire de perro azotado.

—Sí, quizá —replicó el doctor—. Parece que se dice algo muy definitivo calificando a un hombre de tímido, pero es posible que se diga muy poco. La timidez puede proceder de una debilidad de la voluntad o de una inhibición fuerte.

—El resultado en la práctica será igual —añadió el duque.

—Pero el mecanismo para el psicólogo será muy diferente —repuso el doctor.

—Tiene que haber muchas clases de timidez —dijo el marqués.

—Evidente. Suetonio habla de la timidez de Claudio, de Calígula y de Nerón; los historiadores franceses, de la timidez de Luis XV y de los revolucionarios del 93. ¿Es que se puede ser osado, cruel, violento, sanguinario, cínico, libertino y al mismo tiempo tímido?

—Yo creo que no —dijo el duque—. Son conceptos que se contradicen.

—Pues yo creo que sí —replicó  el marqués.

—Lo cual hace pensar que no sabemos con exactitud lo que es la timidez, porque si no necesariamente estaríamos de acuerdo —concluyó el médico.

—Ya ve usted. Yo soy un hombre tímido, casi lo que llaman un abúlico —dijo el marqués—; todavía las decisiones violentas soy capaz de tomarlas; pero el resolverme a hacer las cosas pequeñas me cuesta un gran trabajo. Usted me pone en un conflicto grave y busco la manera de resolverlo; pero no me diga usted, cuando voy a salir por una puerta, que es mejor salir por otra, porque entonces me quedo perplejo. Yo no he podido poner en claro la confusión de mi cabeza, la contradicción de mis ideas, ni armonizar mis instintos. Hay gente que cree en la lógica, y va como haciendo un mapa para su uso particular y cuadriculándolo. De su cuadrícula salen sus reglas para la vida. Yo no sé hacer esto.

—No es fácil —dijo el doctor— más que para el hombre muy normal, muy equilibrado y de pocas complicaciones psicológicas.

—La timidez..., la irresolución... es algo horrible —afirmó el marqués—. Yo preferiría ser un impulsivo, un inconsciente.

—Hay tipos —y el médico contempló las llamas— en que los impulsos son tan fuertes y la resolución hacia fuera tan inmediata, que no dan tiempo a que les aparezcan los escrúpulos ni las razones en contra de la acción de cualquier índole que sea. El hombre así no vacila, no piensa en las consecuencias, no hay para él más que una acción simplista que realizar.

—Eso tiene que ser magnífico. Todo antes de la irresolución —añadió el marqués.

—Puede haber mucha clase de irresoluciones. La irresolución de saber lo que se tiene que hacer y no hacerlo por pereza; la de no saber lo que hacer; la de tener un espíritu turbio y oscuro. Alguna de estas irresoluciones era la del rey.

—Yo le he visto al rey capaz de resolverse ante un peligro inmediato —observó el duque.

—Sí, pero incapaz de meditar algo serenamente y de realizarlo —replicó el doctor—. La gente egoísta y un poco apática tiene a veces reservas de decisión y de energía. Cuando el mal está hecho, cuando la suerte ha sido echada, el hombre vacilante se manifiesta a veces con vigor y con brusquedad. Lo que decía el marqués: esa brusquedad terca le evita el volver a pensar la cuestión, el examinarla de nuevo en su espíritu, cosa para él de las más desagradables; le evita también el consultar con otro. Esto le pasaba al rey, según dicen los que le han conocido mucho.

—Sí, es cierto. Don Alfonso era hombre que no consultaba con nadie —dijo el duque.

—Hombre que no oía, incapaz de modificar el pensamiento propio por la objeción de otro. Es lo que les pasa también a nuestros políticos.

—¿Y no cree usted, doctor, que esto podía ser porque le habían engañado muchas veces? —preguntó el duque.

—¡Engañar!   ¿Quién  le  había  engañado?- y el médico se irguió—. Era más bien él el que tenía la especialidad de engañar.

—A mí quizá me pueda la simpatía —dijo el duque—; yo pienso que el rey tenía rasgos románticos. Uno de los empleados encontró en su pupitre, momentos después de marcharse, unos versos que había escrito a una señora conocida suya a quien llamaba su pitonisa.

—Pero  ¡qué versos!   —exclamó Roberto.

—¿Malos?

—Malísimos.

—Ya se sabe. Ahora todo lo que ha hecho el rey es malo —dijo el marqués.

—Se le critica por todo —añadió el duque—. Y sin embargo, a mí me parece que es natural y lógico que el pueblo tenga afecto por su rey.

—Antes sí lo era —contestó el doctor—. Ahora no lo es. ¡Qué se va a hacer! Cada tiempo tiene sus dogmas. Hoy no se acepta un rey o un emperador más que si es hombre de talento o afortunado para su pueblo.

—Pero no todo el mundo es talentudo y hombre de éxito.

—Cierto;  tampoco todo el mundo es rey.

—¿Y usted cree que el rey era un hombre apasionado? —preguntó la marquesa.

—No. Don Alfonso era hombre frío, indiferente a la reina, indiferente también con relación a las demás mujeres. Algunos devaneos pasajeros, que en su posición de sultán eran facilísimos y nada más. El rey tenía los gustos y las inclinaciones de un señorito de la burguesía. Anduvo con una cupletista tonta, insignificante, que en Cuba, según dicen, estuvo liada hasta con los negros; se enredó con una cómica vulgar. Era, y perdonen ustedes que les diga, esencialmente un cursi. ¿Se puede convertir un palacio en una casa tan ramplona como aquélla, si no tiene uno un fondo de vulgaridad y de plebeyez? Porque allí hasta se comía mal —añadió el médico, que sin duda era un gourmand.

—Ah, sí. Detestablemente —repuso la marquesa—. El pobre Juanito Pío me decía una vez en un castellano chapurrado de italiano: «Sempre polo, sempre polo en questo palazzo.»

—¿Qué quería decir con polo? —preguntó el duque.

—Pollo.  .

—¡Ah, ya!

—No se puede hacer nada más chabacano ni más pobre con tantos medios —agregó el médico—. ¡Qué habitaciones interiores en el palacio! ¡Qué alcobas! ¡Qué cuarto de baño! Ni el señor Custodio, de Madrid, enriquecido en los pellejos o en los ultramarinos; ni el señor Puchol, de Barcelona, del ramo de géneros de punto, arreglan su casa de campo de una manera más cursi.

—¿Qué quiere usted? No sabían más —dijo el marqués.

—¡ Qué miseria! Tenerlo todo y no poder hacer nada. No conseguir ni siquiera tener un amigo verdadero, porque no lo tenía.

—Es verdad.

—Las dificultades nuestro rey las resolvía encerrándose en su cuarto y paseándose allí horas y horas con el cigarro en la boca.

—El, sin duda, creía así pensar mejor el pro y el contra de las cosas —replicó el duque.

—Era un error suyo.

—A mí no me parece mal el hombre reconcentrado —dijo Roberto

—A mí tampoco —repuso el médico—. La mayoría de los hombres se reconcentran y a veces se subliman por los instintos no satisfechos. El erotismo, el orgullo, el deseo de poder y de gloria concentrados y no saciados saltan como el agua en una presa o refluyen hacia su origen, y el enamoradizo se convierte en un místico o en un poeta, y el soberbio, en un explorador o en un hombre de ciencia. Pero ¿en qué puede convertirse un egoísta vulgar a quien la vida le da con abundancia no lo que pide, sino más de lo que pide? No se puede convertir más que en una momia, en una rama seca y hueca, que parece que puede tener algo dentro, pero que, en realidad, no tiene nada.

—Le  encuentro   a   usted  muy   severo,   doctor —dijo tristemente el duque.

—No, yo busco determinar el caso. El hacer un   diagnóstico,  si  no   certero,  aproximado.   En el rey no ha habido, ni hay, vida interior;   únicamente   gestos   pegadizos,  frases   superficiales, nada. Todo le estaba permitido, todo era lícito para él;  nadie le contradecía, todo lo que hacía era   perfecto.   No  ha  afrontado  ningún   peligro deliberadamente. Si se ha encontrado con algún peligro por su alta posición no ha ido a él, le ha salido al paso como al que le cae un rayo.

—Creo que es usted un poco injusto.

—Creo que no. El rey no ha tenido nunca una decisión valiente; pero él se cree valiente. Se ha hecho su máscara a fuerza de petulancia y de jactancia. Cree que si fuera militar sería un héroe, cuando es egoísta y rastrero. Cree que su padre era un gran capitán, cuando era un señorito insignificante. En una interviú que celebró el rey con un periodista inglés días antes del cambio de gobierno le dijo que España era monárquica y católica y que no habría revolución. «¿Y si la hubiera?» —le preguntó el periodista. «Si la hubiera, yo me pondría al frente de mi ejército y derramaría por las instituciones hasta la última gota de sangre.»

—Sí;  esas son baladronadas de mal gusto.

—El rey dijo, y muchos le oyeron, esta frase: «Si pierdo el reino, lo perderé en la calle»; y cuando ve el peligro inminente echa a correr como un conejo, se escapa como puede y deja a su mujer y a sus hijos metidos en Madrid, en el Palacio, rodeados de una multitud hostil, en una situación verdaderamente horrorosa.

—Sí, eso también a mí me ha parecido muy mal. Yo no me siento valiente, pero jamás hubiera huido de una manera tan fea —saltó el marqués.

—Le han aconsejado —repuso el duque.

—El es muy capaz de zafarse de todos los consejos que le puedan dar. El hombre, cuando comprende que todo su valor es una farsa, que la máscara va dejándole al descubierto la cara verdadera para todos y hasta para él mismo, se muestra cínico. El pueblo durante mucho tiempo no le odia. Le cree más simpático de lo que es. Supone que es un golfillo calavera que se divierte y no le ve seco, egoísta, mezquino, preparando su fortuna como un avaro.

—Pero usted no puede creer que toda la culpa sea suya —dijo el marqués—; es un hombre que ha vivido gran parte de su vida aislado, encerrado, vigilado.

—Cierto. Su infancia produjo muchas preocupaciones y temores. Se aseguraba que su padre murió tuberculoso y se temía que la enfermedad apareciera en él. Por eso doña María Cristina le tuvo constantemente en la Casa de Campo y en El Pardo.

—Y él dicen que aseguraba que los historiadores del porvenir le llamarían el rey conejo —saltó Roberto.

—Hay que reconocer que teniendo los ascendientes suyos hubiera sido un milagro que hubiese sido completamente sano y equilibrado —aseguró el doctor—. Luego, en estas familias el matrimonio consanguíneo, frecuente en las casas reales, ha sido causa de degeneración.

Afortunadamente para ellas, el adulterio ha sido la regla —dijo cínicamente el marqués—. Al menos eso se dice.

—Se dice y es verdad. El adulterio en las reinas ha sido biológicamente más bien bueno que malo. Es lo más probable —afirmó el doctor—. De este que ha sido nuestro rey, su padre, su abuela, su bisabuelo y su tercer abuelo* eran frutos del adulterio.

—¿Se sabe? —preguntó la marquesa.

—Todo lo que se puede saber de una cosa así. De las reinas modernas, de Isabel de Farnesio, de María Luisa, de María Cristina y de Isabel II se sabe que tuvieron amantes. En las historias de autores graves y sesudos se asegura que María Luisa decía a su hijo, a Fernando VII, que no tenía ningún derecho a la corona porque no era hijo de Carlos IV.

—¿Pues de quién era hijo?

—Quizá de Godoy. Entre los Borbones franceses, el adulterio comienza en seguida. Luis XIII, el hijo de Enrique IV, es un producto degenerado del Bearnés, parecido a su padre, sin su energía. Ya Luis XIV no es un Borbón, viene al mundo después de veintitrés años de un matrimonio estéril, no se parece a su padre oficial en nada. El doctor Raspail dijo en un escrito que Luis XIII tenía el tipo de un vasco, y que Luis XIV era un italiano. Hay quien supone que el rey Sol era hijo del cardenal Mazarino, el amante de su madre.

—Yo he oído contar a mi abuelo el escándalo que hubo en Palacio poco antes de nacer Alfonso XII —dijo el marqués—. ¿Ustedes han oído hablar de ello?

Todos dijeron que no.

—Parece que don Francisco de Asís, el rey consorte, no hacía vida marital con su mujer. Don Francisco, a quien consideraban impotente, tenía amores fuera de palacio y, según parece, varios hijos. Yo he oído decir a un médico antiguo de casa que don Francisco estuvo enredado con sor Patrocinio, «la Monja de las Llagas». El rey consorte era partidario de los carlistas y quería que la sucesión de la corona pasara a la rama mayor de los Borbones de España, es decir, a don Carlos. Al saber que su mujer había quedado embarazada por obra y gracia del oficial Puig Moltó, don Francisco llamó en su auxilio al general Urbistondo, hombre de pelo en pecho y ministro de la Guerra, y en su compañía se presentó en la cámara de doña Isabel dispuesto a armar un gran escándalo. Les salieron al paso el general Narváez y el marqués de Alcañices. Don Francisco de Asís increpó a Narváez y le llamó alcahuete. Urbistondo y Alcañices riñeron y se insultaron con tal violencia que, frenéticos los dos, sacaron la espada y se atravesaron. Urbistondo murió en el acto en la antecámara de la reina, y Alcañices, pocas horas después, en su casa. Los periódicos dijeron que Urbistondo había muerto de una pulmonía fulminante. Luego, algunos palaciegos carlistas llamaron a Alfonso XII Puig Moltejo, imitando el apodo de «la Beltraneja». Después el apodo se olvidó.

—Son cosas que da la vida —dijo el doctor.

—¿Así que usted cree que el matrimonio consanguíneo es siempre causa de degeneración? —preguntó la marquesa.

—No, no siempre. Cuando los cónyuges están sanos y proceden de familias que han mostrado condiciones especiales, de banqueros, de artistas, de diplomáticos, probablemente estas condiciones se acentúan en los hijos, que se hacen mejores especialistas. Esto pasa con los judíos, que han perfeccionado el sentido del dinero y de la banca. Ahora, cuando los cónyuges están enfermos o tienen taras hereditarias, entonces los hijos son degenerados.

—¿Así que tiene más garantías el matrimonio entre personas no consanguíneas?

—Sí, más.

—¿Y los hijos de nuestro rey?

—Han tenido mala suerte. El príncipe de Asturias, el hemofílico, parece que mostraba cierta crueldad. Para él era un gran placer matar conejos o pichones. Los palaciegos se los ofrecían para que él los matara a tiros. Este sadismo es frecuente en los degenerados; por lo que dicen los historiadores, don Carlos, el hijo de Felipe II, a quien los historiadores y escritores protestantes quisieron pintar como un héroe, entre ellos Schiller, parece que era también así.

—¿Y el mudo?

—Dicen que es también un turbulento, un vesánico. El mudo decía en el tren, al marcharse, a un pollo de San Sebastián, con aire vengativo: «Ahora, haceos todos bizkaitarras.»

 

Capítulo III. LAS   PEQUEÑAS  PERFIDIAS

--Y esa hemofilia, ¿qué es? —preguntó la marquesa.

—Es una enfermedad constitucional, un tanto misteriosa.

—¿Y de qué depende?

—¡ Ah! No se sabe. Se habla de trastornos hepáticos oscuros, de un fermento especial que obra en la sangre, de que los vasos se hacen más quebradizos; pero las causas no se conocen. Se sabe que influye la herencia. Por otra parte, los médicos de los países de la Europa del Sur no tenemos mucha experiencia respecto de la hemofilia, porque los casos vistos son poco frecuentes. Conocemos la enfermedad más de oídas que por experiencia, y en esa cuestión estamos casi a la misma altura que los profanos. La hemofilia les viene, seguramente, a los príncipes e infantes de la reina Victoria de España. Un médico austríaco me aseguraba que a los Battemberg les provenía la enfermedad de la familia polaca del conde de Hauke. Una de las mujeres de esa familia, abuela de la reina Victoria, casó de una manera morganática con un príncipe de Hesse.

—¿Y qué clase de enfermedad es? ¿A quiénes ataca?

—Es una enfermedad de gente del Norte, pálida, descolorida, poco pigmentada por falta de sol. Hay escasa hemofilia en los países del Sur, aunque, sin embargo, se encuentra en los indios y en los gitanos. Yo he tenido algunos casos.

—¡En los gitanos!   ¡Qué extraño!

—Esta enfermedad del príncipe de Asturias debe de tener el mismo origen que la del último zaverich.

—Ahora que aquí no teníamos ningún Rasputín.

—Parece que lo siente usted, querido Roberto —indicó el doctor.

—Era un tipo magnífico.

—Por lo menos muy pintoresco.

—El rey tampoco creo que se parezca al zar Nicolás —dijo el marqués.

—Nada. Aquél era un cándido apasionado y alcohólico. El nuestro es todo lo contrario; es un hombre de temperamento pobre, seco y sin expansión, lleno de pequeñas perfidias. Alfonso no cree en los hombres; cree que todos son unos pobres majaderos que fingen como él. No cree en las mujeres, y menos en las extranjeras. Un profesor de la Universidad le dice que él también está casado con una inglesa, y el rey le contesta: «Pues está usted aviado.» El rey no cree tampoco en las ideas; en cambio, cree en un Dios hecho exclusivamente para él, para un Borbón Habsburgo, a quien él puede conquistar un poco y engañar otro poco poniendo sus rodillas huesudas en el suelo de la capilla real. El personaje es chismoso y malintencionado como pocos, no cabe duda. A un aristócrata pontificio bilbaíno le prometía rehabilitar su título en España siempre que le veía. Luego no lo hacía, se reía y disfrutaba con eso. Sentía también una gran satisfacción en mortificar y rebajar a las gentes humildes, a sus empleados o a los alabarderos; así ha resultado que la mayoría de los alabarderos y de los empleados de Palacio eran republicanos. ¿Se comprende esto? No, no se comprende sin que haya una razón de antipatía, de falta de gracia y de humanidad en el rey.

—Sí, si yo no lo dudo; tenía muchos defectos —dijo el marqués—; ¿pero quién no los tiene?

—Alfonso XIII se ve que creía que las fórmulas lo son todo. No comprendía lo que podía haber debajo de ellas. Hombre sin palabra, le parecía lícito engañar; creía sólo en la superficie de las cosas. Con algunos hombres de fama se hacía el pequeño, pero luego se burlaba de ellos. Era un ventajista, un señorito de casino, con una mentalidad de charrán. Estaba acostumbrado a la vileza de la gente, a que un primer ministro hiciera de perro debajo de la mesa para divertir al príncipe de Asturias. Engañaba a los políticos. Después de la Semana Sangrienta de Barcelona, cuando Ferrer fue preso, estaba deseando suprimirlo. Ferrer, como pensador y como pedagogo, era un hombre mediocre, superficial, nulo, es evidente; pero como político, por su valor y por su decisión, era muy peligroso para la Monarquía. Por otra parte, todo el mundo sabía que en la Semana Sangrienta él no tuvo participación alguna, principalmente porque los republicanos no lo querían. En cambio la tuvo, y grande, en el atentado de la calle Mayor cuando la boda de Alfonso XIII. El rey estaba deseando condenar a muerte a Ferrer. Sin embargo, disimuló, consiguió que sus ministros Maura y La Cierva defendieran a ultranza el fusilamiento, y él, que era el que tenía más interés en matarlo, aparentó que no lo indultaba por la imposición de sus consejeros.

—Pero eso es una prueba de talento —dijo Roberto.

—Sí, es una prueba de habilidad.

—Maquiavelismo.

—Cierto; pero el maquiavelismo del hombre vulgar, a la larga es fatal, porque se descubre. Es como la mentira. Se necesita tener mucha memoria y mucho talento para que al fin no aparezca. A alguno de sus ministros Alfonso le echó la zancadilla en seguida al verle. ¿Por qué? No se sabe. Quizá por antipatía, por rivalidad de señoritismo. Un político catalán, que fuera de sus negocios y de su aire mefistofélico ha resultado un hombre huero y poco perspicaz, decía, queriendo echárselas de un Talleyrand o de un Mazarino: «Al rey lo que hay que buscarle es una querida que le haga olvidarse de la política.» Tontería del Mefistófeles de Tarrasa, porque nuestro Borbón no ha buscado nunca más que mujeres guapas y estúpidas que no pudiesen influir en él.

—En eso creo que tiene usted razón —dijo la marquesa.

—Alfonso es un chulito, como su padre;   mangoneados y un cominero. Nunca se hubiera olvidado de los tiquismiquis de la política. Este rey fantasma, este rey momia, de cartón piedra, con gustos de burgués petulante y con unas queridas de saldo que parecían patronas de casas de huéspedes, no nos alegraba la vida a los españoles.

—En España quizá ha quedado mal, pero en el extranjero tenía mucho cartel —dijo el duque.

—¡ Bah!

—Ahora mismo  los periódicos  extranjeros le elogian mucho.

—¿Pero eso qué valor tiene? Son las mismas gentes que creen que las españolas llevan la navaja en la liga y que los grandes de España son toreros. Esa opinión no tiene ninguna importancia. Alfonso XIII ha sido uno de tantos valores falsos que dependía en parte de la utilidad. Inglaterra y Francia  prefieren que  España no  se mueva,  que  sea  un  país  hidalgo,  un  país  sólo de historia, un país neutro. ¡Y qué mayor neutralidad que la Monarquía nuestra y un rey como Alfonso! El rey tenía acerca de la política europea unas ideas muy primarias. Superficial en sus juicios, creía a Francia débil porque no veía debajo de este pueblo de tranquilos burgueses un imperialismo  terrible, científico, el único imperialismo auténtico europeo de nuestra época. Creía en el kaiser porque le parecía que la guerra era cuestión de bigotes,  de uniformes,  de sables y de  paso militar.  Durante el  conflicto  europeo, decía con una malicia estólida:   «Como Borbón me entiendo con los franceses;   como Habsburgo y por mi madre, con alemanes y austríacos.»

Le parecía que la guerra era cuestión sólo de arrogancia. El general Silvestre, un sargentón alto, moreno, de cara siniestra, le parecía el prototipo del militar. Silvestre le decía: «Descuide Su Majestad, yo avanzaré.» Y cuando avanzaba por tierras de Marruecos poniendo el pobre tinglado armado por los políticos españoles en peligro, el rey le telegrafiaba: «Ole los hombres.»

—Pero ese es el sentimiento general de la gente —dijo el duque—. Todo el mundo cree que la guerra es así, una cuestión de valor y hasta de imprevisión.

—Que lo crea un menestral puede estar bien, ¡pero un rey!

—Hay que decir que pensaba como el pueblo.

—Pensar como el pueblo, en la mayoría de los casos es una prueba de tontería, de bellaquería. Durante los primeros años de la Dictadura, don Alfonso decía: «Así vamos bien.» Y no comprendía que se iba hundiendo. Admiraba el fascismo porque Mussolini se le presentaba con su aparato de gestos, de frases y de lugares comunes. Mirándolo todo de una manera superficial, decía que el suplicio del garrote era un suplicio benigno, más humano que los demás, porque no dejaba sangre. ¡Como si al que le matan le importara mucho manchar o no con su sangre el pavimento! Cuando la condena de Galán, no veía ni comprendía la ebullición popular, y mientras jugaba al ajedrez en Palacio, decía: «Ese es asunto fallado y resuelto; que no me hablen de indulto.» En todo tenía la idea del que no ve más que las formas.

—Eso creo que le pasa a la mayoría de la gente —dijo Roberto—, incluidos los reyes.

—Cierto; pero es que hoy los altos cargos exigen mayores capacidades que antes, porque no están apoyados en la efusión popular. El rey había llegado a creer —prosiguió el doctor— que apariencia es lo mismo que realidad. Cuando iba a visitar ciudades españolas se contentaba con ver un pueblo amañado, falsificado. Se sentaba sobre el mismo trono que el día anterior, adornado con unos tapices; siempre los mismos, traídos unos días antes de Madrid. No se le ocurría pensar qué habría debajo de aquella guardarropía protocolar, qué pueblo sería aquél que no veía más que a lo lejos.

—Tiene que ser difícil. Para eso se debe tener mucho talento —dijo el marqués—, ser un Enrique IV, un Federico de Prusia.

—Para él, lo mismo daba parecer que ser; buscaba el aplauso de todo lo que consideraba fuerte y pudiese llevar a la popularidad;   adulaba a los   periodistas,  a  quienes   íntimamente  despreciaba. Creía que un ejército falso, débil interiormente, mal organizado, podía ser una máquina poderosa,  y que  con  él  bastaba para tener un gran país y una defensa para su persona y su familia.  Ha  podido  ver  cómo el  ejército  le ha abandonado con  desdén.  Como  variaba  de uniformes a cada momento, creía que era un gran militar, un gran marino, el primer agricultor, el primer   republicano,   etc.    Esta   eterna   ficción llega un momento en que se descubre y quiebra por todas partes.

—Pues nos ha fastidiado —saltó la marquesa.

—No era capaz de un sentimiento generoso ni de una resolución enérgica. Desconfiado, egoísta, vengativo en pequeño, creía que conocía a su pueblo y lo suponía muy tonto. No se le ocurría, cuando iba a cazar al coto de Doñana, en tiempo de la guerra de Marruecos, que a poca distancia, al otro lado del Estrecho, se batían los jóvenes españoles por una cosa que no les importaba nada, que no era popular y que no podían ver con gusto que ellos iban al matadero, a un matadero estúpido, sin grandeza, mientras el rey se divertía tirando a los conejos o a las liebres.

—Pero eso ha pasado siempre —dijo el marqués.

—Cierto; pasaba antes, y parecía natural y no se notaba; ahora que en nuestros tiempos se ha notado. El espíritu popular era otro.

— ¿Y usted cree que es por su torpeza por lo que la gente le odia ahora? —preguntó el duque.

—Yo creo que la gente le hubiera admirado si hubiera sido un tirano un poco alegre e histriónico; por lo menos, hubiera tenido sus partidarios; pero era un funcionario triste, con aire de enterrador, quizá con un complejo de humillación, a pesar de su posición alta, tipo sin alegría y, naturalmente, sin popularidad. El mismo Fernando VII, un hombre encanallado, solapado y falso, tenía más gracia que Alfonso XIII. Físicamente no era tampoco atractivo. Tenía una voz gangosa, desagradable.

—El tipo estaba bien, era alto, esbelto —dijo la marquesa.

—Se parecía al retrato de Carreño de Carlos II «el Hechizado».

—Viéndole en las instantáneas con su labio belfo y la boca como un agujero negro, no tenía ningún gran aspecto —dijo Roberto.

—Pero era fuerte —dijo la marquesa.

—Sí, era fuerte —replicó el doctor—, pero con algunos estigmas de degeneración. Ese belfo de los austríacos, de la familia de los Habsburgos, se ha dado en todos los decadentes de la familia.

—Este era un pequeño Felipe II seco y melancólico, que quería pasar por hombre amable —observó Roberto.

—Pero aquel rey comprendía a su país y a su tiempo, y éste no —repuso el doctor—. A veces no sabía  ni  ser atento. A  un  famoso novelista valenciano recién llegado de América lo iban a llevar a Palacio. El hombre era vanidoso e hinchado de su importancia, con ínfulas aristocráticas disimuladas, como todos los republicanos. Había comido en el Nuevo Club con unos personajes palatinos con la satisfacción de la plebeyez triunfante, y al día siguiente esperaba en el hotel a que le avisaran para ir a Palacio. El rey no recordó la cita, y el novelista, ofendido en lo más profundo de su espíritu de burgués, se fue más republicano que nunca.

— ¡Qué torpeza! —dijeron todos.

—En el fondo, a don Alfonso, como a un pequeño Calígula, le molestaban todas las superioridades. Le presentan en casa del duque de Alba a un profesor de filosofía, y, ofendido de que hubiera una superioridad que no fuese la suya, le dice: «Vamos, que se dedica usted al camelo.» Es la plebeyez. Lo mismo hubiera dicho el dependiente   de  comercio.  No puede  aceptar   que otro sepa lo que él no sabe.

— ¿Y usted no cree que el rey buscó a su manera la felicidad de España? —preguntó el duque.

—Sí, quizá Alfonso XIII aspiró a la simpatía y a la amistad de los españoles; pero probablemente no comprendió que para esto se necesitaba primero conocerlos y luego conocer el país. De esto no se cuidó. Se hizo de sus súbditos una idea falsa y amanerada, y cuando vio que no alcanzaba lo que quería, tomó una actitud mixta de despecho y de chulería.

—Eso es un error más que otra cosa —observó el duque—. Es posible que él creyera de buena fe que, como monarca constitucional, debía llevar a la práctica esa consigna de que el rey reina y no gobierna.

—Eso es una farsa —dijo Roberto.

—En la práctica lo tiene que ser —aseguró el marqués—. Si no fuera así, entre los constitucionales no podría haber reyes buenos y malos.

—Yo, ciertamente —indicó el doctor—, no digo que el rey no quisiera que España tuviera fuerza e importancia, porque a todo el que está en un pedestal le conviene que éste sea fuerte; pero en él eso era un deseo- nada más. Por poco que hubiera investigado habría visto que los instrumentos de esta grandeza eran falsos, sobre todo el ejército. Había aquí más generales que en Francia o que en Alemania, las compañías tenían a veces más oficiales que soldados; todo era ficticio y sacrificando el país al ejército; el ejército estaba descontento.

—Era difícil ver esto —murmuró el duque.

—No creo. Sólo el buen deseo hubiera bastado. El rey cogió un país propicio para ser gobernado; las colonias se habían perdido, los carlistas estaban olvidados, los republicanos no tenían fuerza, la burguesía era monárquica y los estudiantes de entonces tiraban del coche real cuando el matrimonio de los reyes, como podían haberlo hecho en tiempo de Fernando VIL Únicamente el pequeño territorio de Marruecos español podía dar disgustos, y los dio, y ha contribuido a la caída de la Monarquía. El rey, en estas últimas épocas, se veía que estaba ya desalentado; se pasó media vida dominado por uno de sus favoritos, a quien odiaba, y luego por el dictador, a quien también odiaba como a un preceptor o a un amo.

—Indudablemente el dictador le dominaba —dijo la marquesa.

— ¡Y cómo! El rey consiguió, al fin, echarle la zancadilla, sin comprender que al derribarle se caía también él.

—Al llegar a Cartagena dicen que el rey lloraba —afirmó el duque—. Al desembarcar en Marsella parece que don Alfonso exclamó: «Dejo España, que es lo que más he amado en mi vida.»

—El infierno está poblado de buenas intenciones —repuso el doctor con cierta ironía.

 

Fuente:

Pío Baroja: “Los Visionarios”. Editorial Carro Raggio, 1974.

 

Antonio Castejón.
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