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Ver también sobre Baroja, BAROJA_CARLISTADA y BAROJA (ésta en Genealogías Bascas).

 

BAROJA visto por Koldo Mitxelena, en 1956.

Texto copiado de "KOLDO MITXELANA ENTRE NOSOTROS", edición 2011.

PÍO BAROJA. Egan 1956.

(Las frases resaltadas en negrita o color son cosa mía)

Pío Baroja acaba de morir. Esa reciente pérdida ha sido de todo punto dolorosa para nosotros.

No nos corresponde a nosotros, gracias a Dios, resolver lo que podría denominarse "caso" Baroja. Ese caso está ahora en manos mejores que las nuestras.

¿A qué viene, por tanto, que mencionemos aquí a Baroja y su obra?

La respuesta no es difícil. Son muchas las formas de medir y clasificar a los humanos y sus obras: podemos distinguir a los buenos de los malos, como en el Juicio Final, o a quienes nos agradan de quienes nos repelen, o a los elegantes de los desaliñados...

Existe, sin embargo, otra manera de medir. Con arreglo a ésta, los humanos y sus obras, sean cuales fueren, sólo son de dos tipos: grandes y pequeños.

La grandeza o la pequeñez no tienen demasiado que ver con la bondad y la maldad ni con ninguna otra cualidad. Algunos consideran bueno a Napoleón, y otros, malo: la grandeza, sin embargo, no se la negarán ni sus partidarios ni sus detractores. Aunque ladrón, no era un raterillo cualquiera, sino un gran ladrón.

Otro tanto sucede con Baroja. No quiero decir con ello que alcance, en la literatura, la talla de Napoleón. Pero tampoco que sea comparable con cualquier escritor mediocre. Poco vale, con relación a esos asuntos, la opinión de los contemporáneos, comparada con la de las generaciones posteriores: afirmaría, sin embargo, que dentro de doscientos años no se habrá extinguido por completo la fama de los libros de Baraja.

Esa grandeza tiene su importancia para nosotros, para los vascos. Son muchos los grandes hombres que entre nosotros han nacido, incluso demasiados para un pueblo pequeño. No, sin embargo, en todos y cada uno de los órdenes por igual. Hasta este preciso momento, no nos hemos distinguido demasiado, por decirlo de alguna manera, en el terreno de la cultura. En consecuencia, si alguno de nosotros ha descollado en ese ámbito, no podemos dejarlo de lado, al menos sin examinar las cosas con detenimiento.

¿Es Baroja nuestro? Resulta innegable que nació entre nosotros. Eso es poco, sin embargo; querríamos más.

Muchos quizá no lo consideran nuestro. No sé cuántos, pues no he contado las opiniones de cada una de las partes. Pero, en cualquier caso, son más que unos pocos.

A pesar de que no estoy de acuerdo con ellos, no los condenaré sin más. Baroja era un luchador, y la lucha siempre pide lucha, como Fausto Arozena nos ha enseñado ahora de nuevo. No suavizó las palabras ni encubrió los odios. Y no son pocos entre nosotros los heridos, pertenecientes, además, a tres o cuatro bandos.

Las inquinas de Baroja eran múltiples y permanentes. He aquí algunas, sin mencionar las más evidentes: San Sebastián, los judíos, los sudamericanos, los grandes oradores, Goethe, Papini, los sonetos, el arte moderno y, de manera absoluta, la mayor parte de lo que se ha hecho desde al menos 1930 hasta hoy. Y era obstinado en sus amores y odios, tan obstinado como cualquier campesino genuino de nuestro país. A quien tratara de mostrarle el otro lado de las cosas, le escucharía, por lo menos en apariencia, pero ... ¡qué va!: él seguiría en sus trece.

Si buscamos diferencias, deberemos hallarlas mejores: es decir, no basta ser obstinado, aunque en algo ayude, para ser un buen vasco.

Para fijar las bases de esta discusión, comenzaré por aquí: el País Vasco -o España o Francia o cualquier otro término semejante- son más que una palabra, pero no mucho más que un concepto, que una idea. Quienes creemos amar al País Vasco no por ello amamos en la misma medida a todo cuanto es o ha sido en el País Vasco. A una parte de ello lo amamos profundamente, y ahí radica nuestra vascofilia; a otra parte, tibiamente; otra nos resulta indiferente; y otra, en cambio, nos repugna de todo corazón. Es más, y a esto quería llegar: dos vascos no siempre aman las mismas cosas en idéntica medida: más aún, lo que éste ama puede resultar odioso a aquél.

A mi juicio, no es posible negar que Baroja amaba al País Vasco: amaba nuestros cielos, tierras y mares, amaba a nuestra gente, nuestra manera de ser, nuestra probidad, nuestra forma de hablar tanto en euskera como en castellano. Quien no quiera cansarse abriendo los libros de Baraja, lea el preciso trabajo que Luis S. Granjel ha publicado en el Boletín (EAP IX, 155-167 y 363-387). Ahí aparecen las largas y profundas raíces vascas de Baroja.

Eso sí: los fundamentos de su apego al País Vasco no eran exactamente los de muchos vascos, ni quizá tampoco los de la mayoría de ellos. y precisamente eso es lo que empaña la visión de algunos.

Que no se me diga que ese amor puede resultar perjudicial. El padre que colma de caprichos a su hijo frecuentemente lo echa a perder: ¿acaso por ello lo odia? El amor es un impulso o acontecimiento que aparece -o no aparece- en el interior del alma. Puede ser la perdición, pero amor, sin embargo; de la misma manera que el odio puede ser para bien, pero odio, sin embargo. Las consecuencias beneficiosas no lo convertirán en amor.

El carácter vasco de Baroja acaba de ser reconocido -o denunciado- por el lado que menos esperábamos.

El Corriere della Sera de Milán ha publicado, en fechas recientes, un artículo de Salvador de Madariaga. He aquí lo que dice, entre otras cosas:

"El alma vasca es como la tierra que lo ha creado: lleno de angostos valles. Los caminos de las aldeas vascas, en su estrechez, sólo dejan pasar a un único carro; la mente de un vasco, asimismo, no puede albergar más que una sola idea. Esto puede manifestarse de tres maneras. Unamuno siempre tenía lo mismo en la cabeza: que debía haber Dios, forzosamente, de forma que él, Miguel de Unamuno, gozara de vida eterna. Ésta es la idea que Unamuno maneja siempre: insistentemente, en las novelas, en los sonetos, en los ensayos, en los dramas... nunca la ha abandonado. ¿Dónde hallar otra?

"La segunda manera, la de Maeztu. Éste modifica su reflexión cada cinco años ... Así no ocurrirán accidentes en los angostos caminos de su mente. Pues no circulará sino un carro cada vez.

"La tercera, la de Baroja, quien no ha tenido en toda su vida ni rastro de idea alguna. Quiten ustedes cualquier asomo de boutade, y lo percibirán claramente. Teme a las ideas como a la peste!".

¡Lo que nos faltaba! Mientras aquí tratábamos de dirimir si Baroja merecía ser considerado vasco, pero como si ello supusiera algún valioso premio, he aquí por dónde nos salen ahora. Se le concede a Baroja el reconocimiento de su carácter vasco: pero, de qué manera. Parece que, en labios de Madariaga, ese nombre se ha convertido en un insulto.

Tratándose de Madariaga, no nos sorprende tanto. A pesar de su apellido vasco -y también de alguna que otra gota de sangre vasca, por supuesto--, no nos profesa a los vascos demasiado afecto. Jamás ha silenciado su odio, o su mal concepto. Para él, es exactamente lo mismo decir vasco que necio.

Yo no afirmaría que está completamente equivocado. Lo que dice a propósito de Unamuno, por ejemplo, en su inclemencia, no se aleja mucho de la diana. Aparte de Unamuno, han aparecido en el mundo muchos vascos de una única idea.

Tampoco afirmaría, sin embargo, que esté completamente en lo cierto. Semejantes opiniones absolutas tienen más aspecto de boutade que de otra cosa. En efecto, diríase que aquí el sensato Madariaga se nos ha deslizado hacia los caminos del necio Baraja.

En el País Vasco, como en Galicia o en cualquier parte, hay de todo, listos y tontos. Quiénes son más numerosos, aquí o allí, es algo que deberá juzgar cada cual.

No creo yo, y no puede creerlo un hombre sensato, que el vasco sea, por nacimiento, por naturaleza, de espíritu más estrecho que otros. Sin embargo, ¿no se nos ha estrechado, tal vez, un tanto el alma, no por naturaleza, sino a causa de nuestra formación? Quizá percibiríamos mejor los defectos que podemos tener en nuestra formación si no viviéramos tan prendados de nuestra propia excelencia.

Retornemos a Baroja. ¿En qué es grande? La mayoría de sus libros son novelas. ¿Es, por tanto, un gran novelista?

A juicio de muchos, sí, pero ... ¿Qué es lo que hace excelso a un novelista? ¿Retorcer el largo hilo de la trama con mano diestra, de forma que el lector esté pendiente de él así como completamente atento a sus insospechados giros? En ese caso, en contadas ocasiones se ha superado El Conde de Montecristo. Baroja, en cualquier caso, no era de ese parecer y no ha transitado por ese camino. Como dice Madariaga: "Sus novelas son fragmentos mal ensamblados, carentes de medida y aspecto definidos. ¿Quién sabe cómo comienzan y dónde terminan? No existe otro nexo de unión que los mismos personajes. Están desprovistas de otra unidad que no sea la sombra de unidad que les confiere el hecho de haber reunido acontecimientos e imágenes en una misma época y lugar".

Si no ésa, el novelista eminente posee otra característica: crea seres humanos vivos, y la vida de esas sombras no es en absoluto deudora de la vida de los seres de carne y hueso. Algo semejante ocurre, por ejemplo, con Dickens, tan admirado por Baroja: ¿acaso Pickwick, Sam Weller, Micawber, Uriah Heep, Bumble, Pecksniff, no son tan humanos como cualquier Mikel Agirre o Pedro Pérez?

El caso es que tampoco en esto se muestra plenamente colmada la medida de Baroja. Por sus novelas transita una enorme cantidad de gente, como si de un hormiguero se tratara, pero esa gente no pasa, en la mayoría de los casos, de ser un cúmulo de sombras. Son mencionados, se nos dice algo sobre ellos, y los engulle la nada. "Pasan y se van", según reza el título del libro de su hermano Ricardo. Esas huidizas nieblas no suelen tener tiempo de anidar en el espíritu de nadie.

En realidad, el personaje central en los libros de Baraja siempre es él mismo. En algunos -Juventud, Egolatría o Las horas solitarias- aparece sin seudónimo: se llama Pío Baroja. En los demás, en cambio, los nombres cambian, pera no la sustancia. El valiente Zalacaín no es, clara está, el medroso Baroja, pera sí el pan imaginario que sueña el hambriento Baraja. Y, hombre por hombre, a mí me parece más hombre Silvestre Paradox que Zalacaín.

Así y todo, ¡diabólica brujería del hombre!, siempre tenemos ante nosotros a Baroja; leemos lo que Baroja ha visto, oído, hecho, pensado: "creo yo, en mi opinión, me parece ... ". Le agrada Dostoievsky, Goethe no; Mozart sí, Wagner no; Azorín sí, Valle Inclán no; los impresionistas sí, los cubistas no. Esa incesante cantinela no ha hartado a la mayoría de los lectores de hoy: qué ocurrirá con los del futuro, es algo que no se puede predecir. Los sucesos que narra son a menudo naderías; en cuanto a las opiniones, podríamos oírlas más sesudas y cabales ... ¿Qué nos ha hecho leer, entonces, la cháchara que Baroja una y otra vez, al margen de unas pocas palabras, nos ha murmurado?

He aquí lo que dice José Pla:

"las novelas de Baroja, convenientemente podadas, se nos muestran en su verdadera esencia: largas relaciones de territorios, imágenes humanas y ambientes. Así podadas, son inmejorables, sin par, excelentes ... En el siglo XX, habría sido el Saint-Simon de Iberia, si en lugar de hacer novelas de tipo infantil hubiera escrito -largas en extremo, o apretadamente anudadas- sus memorias. Tomó el camino equivocado".

Esas memorias no habrían, sin embargo, cautivado a tantos lectores si no hubieran hallado en el autor, en él mismo, algo digno de ser amado. No oculta en exceso sus errores: se nos muestra egoísta, maldecidor, bastante arisco, estrecho, poco valeroso. Pero era también más cosas. Su inclinación cristiana era la más íntima de las suyas, y Nietzsche no logró hacerlo renunciar a ella. Se nos muestra bondadoso, compasivo; pequeño, manso, callado, amigo de los pacíficos. No en vano amaba tanto a Dickens, Dostoievsky y Verlaine.

Era un húmedo hombre del Norte: el árido Sur no lo atraía demasiado. El sol perenne lo asqueaba. Prefería el clima mudable, el cielo a menudo gris de las inmediaciones del Bidasoa, la mojada sonrisa del sol tras la lluvia. Así como sus sentidos, también su interior buscaba la humedad, en pos del humor neblinoso que en el Norte amasan la lluvia-llanto y el sol-risa.

Baroja también nos ofrece algo a los escritores en euskera. En primer lugar, ha captado nuestra tierra como pocos: salvo Pierre Loti y, de otro modo, Lizardi, ¿quién podría comparársele? Ha dedicado largas páginas a describimos, de forma harto precisa y viva, la imagen de nuestras tierras interiores y costeras.

Quisiera, por último, referirme a la escritura de Baraja, tantas veces aireada. Vasco de limitado verbo, sentía una acusada repulsión por lo que en castellano se denomina “casticismo”. Renunció a leer, según ha dejado dicho en algún lugar, unos papeles de Egaña porque en ellos encontró "Holgárame yo muy mucho" o algo parecido. Sin embargo, la mayoría de los vascohablantes de hoy experimentamos una aversión semejante cuando leemos en castellano. Para nosotros, lo sorprendente es lo del Padre Larramendi: a pesar de que escribía en euskera de forma tan castiza, nadie habría podido adivinar su origen vasco al expresarse en castellano, al menos cuando lo hacía por escrito. Se podían hallar con facilidad en sus escritos cosas aún peores -es decir, más castizas- que "Holgárame yo muy mucho".

Baroja trató siempre de retorcer el pescuezo a la retórica ya la verborrea. No fue la suya una tarea liviana, pues a la retórica, como a aquel dragón de otros tiempos, le crecen tantos cuellos como se le cortan. Su llano lenguaje, de sintaxis descuidada, no es tal vez de composición tan sencilla como parece: lograrlo quizá le supusiera el mismo esfuerzo que a otros ensamblar diestramente palabras grandilocuentes. Pero esto es de poca monta. Fuera su lenguaje innato o cultivado con esfuerzo, los resultados están a la vista. No es un mal maestro para nosotros. Ciertamente, en algunas ocasiones parece que, al igual que el enfermo aburrido por haber permanecido en cama largo tiempo, no damos, cuando nos expresamos en euskera, con la postura cómoda. Antes, los escritores en euskera, que no dudaban en sumergirse en la frase larga, no experimentaban tales problemas. Ahora, por el contrario, quienes buscamos nuevos caminos y perseguimos la concisión cojeamos a menudo, como si nos oprimiera el calzado.

Texto copiado de KOLDO MITXELANA ENTRE NOSOTROS, edición 2011.

PÍO BAROJA. Egan 1956.

(Las frases resaltadas en negrita o color son cosa mía)


Antonio Castejón.

maruri2004@euskalnet.net

www.euskalnet.net/laviana


 

 

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