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ASTURIAS siglos XV-XVI

 

Texto escaneado de la obra de D. Manuel Fernández Alvarez “La Sociedad Española en el Siglo de Oro”.

 

La estructura administrativa

¿Cómo estaba gobernada Asturias en los tiempos modernos ¿Cuáles eran sus autoridades?  ¿Qué fue lo que innovaron los Reyes Católicos, superando los tiempos bajomedievos?

Cuando Isabel y Fernando acceden al poder, se apresuran a confirmar los privilegios, franquezas y libertades de las villas, pueblos, concejos y vecinos del Principado, confirmación que se inscribe en el Registro General del Sello el 31 de marzo de 1475, por lo tanto, a los pocos meses de la muerte de Enrique IV. Estaba entonces regida la región por un Merino Mayor, conforme al sistema administrativo aplicado en la Corona de Castilla en la Baja Edad Media, para el gobierno de grandes circunscripciones. Era el grado más alto, a escala regional, sólo superado por el cargo de adelantado mayor, que se solía reservar para las zonas fronterizas del sur o para los grandes núcleos centrales de la Monarquía. En todo caso Asturias, como zona pacífica y más marginada, sin fronteras con otros países, estaba bajo el control de un Merino Mayor. Así lo está cuando los Reyes Católicos se hacen con el poder, y por un tiempo los nuevos gobernantes mantienen la situación. Pero precisamente con estos Reyes se producirá un cambio notable. En efecto, el cargo de Merino Mayor de Asturias estaba vinculado, de hecho (aunque no de derecho, pues no era hereditario) al linaje de los condes de Luna, que era también, a todas luces, el linaje que hacía notar con más fuerza su poderío señorial sobre el territorio del Principado. Los Reyes Católicos cambiarán ese estado de cosas, colocando Asturias bajo el mandato de un corregidor, constantemente cambiado; esto es, la institución será ya permanente, pero la figura transitoria y por un tiempo generalmente de dos o tres años. Por lo tanto, en estos principios de la Edad Moderna Asturias pasará de ser una Merindad Mayor a ser un corregimiento, y en tal cambio radica gran parte de la modernidad que saben darle Isabel y Fernando.

El cambio, en todo caso, no es brusco sino paulatino. Los Reyes Católicos se encuentran al principio de su reinado con el difícil problema de las aspiraciones de Juana la Beltraneja, ayudada por buen número de nobles y por Alfonso V de Portugal, y eso les impide acometer de entrada una reforma tajante. Tienen que empezar por contemporizar con aquellas fuerzas que se le muestran propicias, y ese sería el caso de los condes de Luna. Lo era entonces Diego Fernández de Quiñones, que pertenecía al Consejo Real y que estaba investido del cargo de Merino Mayor de Asturias. Los Reyes Católicos le confirman en el cargo, le prometen concederle mercedes en el Principado, como se las concedían en otras partes a los demás Grandes que se les mantenían fieles y ordenan a los dos concejos principales de Oviedo y de Avilés que aunaran sus fuerzas con las del conde, para la debida guarda y conservación de las tierras astures. Es una etapa de armonía entre la Corona y el Merino Mayor. En 1476 Diego Fernández de Quiñones reclama unos lugares, en litigio con el señorío de Valencia de Don Juan, y le serán reconocidos por los Reyes. Todavía dos años después, en el pleito que le mueve Gonzalo Bernaldo de Quirós sobre el concejo de Aller, también los Reyes se pronuncian a favor del conde de Luna. Pero pronto empiezan las fricciones. Los Reyes tienen noticia de abusos de autoridad cometidos por Diego Fernández de Quiñones, y cuando empiezan a encontrarse más firmes en el trono, superadas las dificultades iniciales de la lucha contra la Beltraneja y sus partidarios, tratan de ponerle coto. Para ello designan a Rodrigo de Torres como corregidor del Principado «de las Asturias de Oviedo». El conde de Luna, entre otras arbitrariedades, quitaba y ponía a su antojo las autoridades concejiles, y así lo hizo con el merino que gobernaba la villa de Avilés, precisamente vulnerando los privilegios que tenía la villa y que le habían sido confirmados por los Reyes. Al conocer el atropello, los Reyes Católicos no dudan en repararlo, y ordenan al corregidor «que habida por él información si Fernando de las Alas, merino de Avilés, fue despojado del dicho oficio por el conde de Luna, que lo restituya e ampare e defienda en la posesión». Por otra parte, el conde de Luna chocaba con todos por aumentar sus señoríos, hasta con el mismo Obispo de Oviedo. Por supuesto, dicho Obispo —que lo era entonces Alonso de Palenzuela— era una potencia en Asturias, tanto por lo que suponía bajo el orden espiritual, como por poseer el mayor señorío eclesiástico de la región, superior posiblemente al del propio conde de Luna. Sus vinculaciones con la Corte eran, además, grandes de forma que cuando se produce el roce entre el Obispo y el Merino Mayor, el Consejo Real emplaza al conde, por su intrusión en un lugar de la Obispalía de Oviedo, del que se titulaba indebidamente señor. Se llegará incluso a condenarle a la pena de destierro de León, que era su ciudad de residencia. Sin embargo, a su muerte los Reyes no tendrán inconveniente en seguir concediendo el título de Merino Mayor a sus descendientes, primero a Bernardino de Quiñones, y después a Francisco Fernández de Quiñones, pese a la menor edad de éste cuando en 1493 hereda el título de conde de Luna. Pero era ya un título despojado de atribuciones políticas y que de momento —hasta su total supresión— sólo llevaba anejas algunas ventajas económicas, que por otra parte en cualquier momento podían quedar suprimidas; de forma que en 1494 se autoriza al corregidor Fernando de Vega a cobrar el salario de la vecindad anulando la carta que se había dado en ese sentido a la condesa viuda de Luna. De hecho, el cargo de Merino Mayor de Asturias se consideraba suspenso en 1493. En su lugar campeaba la nueva figura administrativa del corregidor. Todo ello era el resultado de la sentencia arbitral de 1490 que había despojado al conde de Luna de su título de Merino Mayor de Asturias.

Claro está que el paso de una fase a otra no se hizo sin resistencia por parte del conde de Luna, lo que dio lugar incluso a luchas sangrientas, con el nuevo representante del poder central. Durante el mandato como corregidor del Principado de Luis Mejía, las fuerzas del conde llegaron a sitiar la fortaleza de Oviedo, de que se había apoderado el corregidor, tras degollar a su alcaide Alvaro de Solís, que era una hechura del conde.

El cambio no trajo, de todas maneras, la eliminación de todos los atropellos, pues los corregidores también cometían los suyos. Pero al ser el cargo temporal y estando sujeto a residencia, era más fácil su remedio y su castigo. Para eso estaban los veedores y los pesquisidores, esos importantes personajes del sistema administrativo remozado por los Reyes Católicos. Y su función se podía poner en marcha a petición de los agraviados por los abusos de la autoridad. Así, en 1484 los regidores de la ciudad de Oviedo, Pedro Meléndez y Juan de la Plaza se quejan ante los Reyes por los agravios cometidos por el corregidor Luis de Mejía, y los Reyes mandan como pesquisidor al Principado al comendador Pedro Suárez de San Pedro, para que informe debidamente sobre ello. Y durante un cierto tiempo, el Comendador será una fuerza en Asturias que vigila y frena al corregidor. Con lo cual se comprueba que la Corona tenía más controlada la situación con el nuevo sistema, que no bajo los antiguos Merinos Mayores.

La cuestión salta a la Chancillería de Valladolid en 1487 (Registro General del Sello, V, 598). ¿Cuáles eran las atribuciones de los corregidores? No les competía meramente el gobierno de una ciudad importante, sino también el del territorio colindante, mayor que el de la tierra vinculada jurídicamente a la ciudad. Los corregimientos tienen límites mayores que la ciudad «y su tierra». En este caso, se ajustaban a los del Principado. Su salario era de 200 maravedís diarios. A los nuevos funcionarios, representantes del poder central, se les daba el título de corregidores «de las Asturias del Principado de Oviedo». Su misión era el gobierno de las tierras de realengo, donde debía cuidar del orden y administrar la justicia, así como velar por el cumplimiento de las órdenes regias y conseguir que pudieran llevar a buen término sus funciones los oficiales regios encargados del cobro de los servicios debidos a la Corona, o aquellos particulares a quienes se les hubiesen arrendado, que era el caso más frecuente. A su cargo estaban el buen estado de las fortalezas y casas fuertes que dependían del Rey, y la vigilancia de que no alzaran otras nuevas los particulares. Dentro de Asturias tenía también importancia el cuidado por los alfolíes, o depósitos de sal, que era una regalía muy apreciada por la Corona; de ellos el más notable era el de Avilés, del que ha quedado recuerdo en la toponimia local (Salinas, la conocida playa astur). Hay que tener en cuenta que la sal era un producto básico para la conservación de carne de cerdo y pescados, que eran dos de los puntales de la economía asturiana en los tiempos modernos.

Se ha señalado que sólo había un corregimiento para todo el Principado, en contraste con la mayoría de las demás regiones de la Corona castellana, y esa será la nota predominante a lo largo del siglo XVI, como puede comprobarse en la relación de corregimientos que se conocen de dicho siglo. Sin embargo, y posiblemente porque todavía no se había fijado claramente el criterio de la administración central, o bien porque se considerara como un caso grave que necesitaba acudir al sistema medieval de un corregimiento transitorio, en estos finales del siglo XV los Reyes Católicos nombran también durante un corto período de tiempo un corregidor para la villa de Avilés, a todas luces la más importante del Principado durante este período, sólo superada por la capital ovetense. En otras ocasiones, quizá porque el prestigio y, con él, la autoridad del corregidor aún no se ha cimentado debidamente, es preciso que el Rey recuerde a las autoridades comarcales su deber de obediencia al representante regio. Así, Fernando el Católico señalaría desde Sevilla en 1478 a «ciertas villas e logares del Principado que cada e cuanto por el corregidor fueren requeridos que les entreguen cualesquier malhechores qe los entreguen para ejecutar en ellos la justicia». Otras veces, por el contrario, había que rectificar los abusos de los corregidores, como lo hace el Consejo Real en 1485, mandando un pesquisidor —el licenciado del Campo— con la misión de reponer en los cargos concejiles de Pravia a quienes correspondiese conforme a los privilegios de la villa, destituyendo los nombrados abusivamente por el corregidor Luis de Mejía. Por lo tanto, se aprecia una cierta autonomía en el gobierno local, si bien en los momentos de crisis interviene el representante del poder central como ocurrió en 1493 en la villa de Llanes, que recibirá un alcalde designado por el corregidor, siguiendo las órdenes del Consejo Real.

Un importante organismo, de raíces medievales, y que los Reyes Católicos no dudan en seguir manteniendo con plena vigencia, es la Junta General de los Concejos, a semejanza de las más famosas de otras regiones norteñas, concretamente las del País Vasco. En principio esas Juntas se reunían previa convocatoria del corregidor, y así estaba regulado por el propio Fernando el Católico en una ordenanza suya de 1478, en la que se mandaba a «todas las ciudades e villas del Principado, que cada que el corregidor llamase a Junta, envíen a ella procuradores hombres llanos y de buena intención, celadores del servicio del Rey e de la ejecución de la justicia, e non envíen ni vayan a ella personas poderosas». En otras ocasiones, son las villas las que piden esa Junta General al Rey o al Consejo Real, como ocurrió en 1491, a ruego de los concejos de Grado, Pravia, Salas, Valdés y Miranda, que deseaban consultar sobre asuntos de común interés, por considerarse todos un concejo y una hermandad. Claro que esas reuniones no siempre eran pacíficas, por las intrigas que a veces movían los linajes más poderosos. En 1486 se producen tales altercados, en la Junta General que se celebraba en Oviedo, que el Consejo Real tiene que tomar cartas en el asunto, por atacar abiertamente Diego de Miranda y sus allegados a Sancho de Estrada, Suero de Nava y Bernardo de Estrada, procuradores de los concejos reunidos. Pero las Juntas eran del todo punto necesarias, pues en ellas se precisaban los repartimientos que debían hacerse entre los concejos, conforme al dinero que en concepto de servicios correspondía mandar a la Corte.

Al no estar representadas en las Cortes, la ciudad y villas del Principado tienen necesidad de establecer una conexión directa con el Consejo Real, nombrando sus Procuradores que les representasen; lo eran, en 1494, el bachiller Gregorio de Herrera (arcediano de Grado), Suero de Caso y Bernardo de Estrada.

Cierto que al entender en el repartimiento de los servicios y al formular sus quejas y necesidades, esa Junta General venía a ser como unas Cortes a escala asturiana; desentendida, eso sí, de los grandes problemas generales de la Corona, tales como la sucesión o la defensa del Reino. Pero desentendida porque la Monarquía tenía sus organismos específicos para ello; otra cosa sería que en las fuertes crisis nacionales, a la deriva todo el aparato de gobierno central, no alcanzase la Junta las dimensiones propias de la necesidad del momento.

El primer corregidor de los tiempos modernos para el Principado de las Asturias de Oviedo fue Pedro de Mazariegos, que aparece ya nombrado en los documentos del Registro General del Sello en julio de 1476. Está al frente del cargo dos años, pues en junio de 1478 se le ordena hacer el juicio de residencia. Le sucede Rodrigo de Torres, a quien los Reyes Católicos darán poder en 1480 para intervenir con energía contra Fernando de Estrada, que tenía oprimida la villa de Llanes. Dos años después aparece Juan de Salazar, pero como pesquisidor. En 1484 el corregidor es Luis de Mejía, que por no ser letrado tenía como lugarteniente al doctor Diego Díaz de Puebla. Su actuación demasiado personalista, y en ocasiones en contra de los privilegios de los concejos, motivaría que lloviesen abundantes quejas en la Corte, que decide el envío de un juez pesquisidor, el Comendador Pedro Sánchez de San Pedro. En 1486 le sucede Alfonso de Valderrábano, el cual se mantiene en el favor de los Reyes Católicos, ejerciendo su cargo hasta que le sobreviene la muerte en 1490, sin que le dañase el escándalo producido por su mujer, Mencía Corral, cogida en flagrante adulterio con Pedro Díaz de Tablares. Contra ellos procedió por vía de justicia Alfonso de Valderrábano, que a su cargo de corregidor del Principado unía el de alcaide de las Torres de León. Contra lo que podía suponerse, los Reyes supieron separar la cuestión privada de la gestión pública, dando una pauta a seguir en otros momentos de nuestra historia. En fin, otros corregidores de esta época del reinado de los Reyes Católicos fueron Pedro de Avila y Fernando de Vega. Y deben recordarse, porque a ellos se debió la pacificación del Principado en los tiempos revueltos de la guerra contra la Beltraneja, la liberación de sus tierras de las apetencias señoriales el poderoso linaje de los condes de Luna, y la colaboración astur a las empresas nacionales, en especial a la reconquista de Granada. Con ellos desaparecen, de momento, las antiguas instituciones de Merino Mayor y de justicia mayor de sabor medieval. Respecto al Merino Mayor y su vinculación a la familia de los Fernández de Quiñones, condes de Luna, se ha indicado ya lo suficiente. Por lo que hace al justicia mayor, la única nota que aparece en el Registro del Sello de los Reyes Católicos es de 1480, sobre el bachiller Lope Rodríguez de Laguna, que había ya cesado en el cargo, sin duda absorbido después por las funciones del corregidor.

El Oviedo de los Reyes Católicos

estaba amurallado. Era un pequeño recinto urbano, presidido por la Catedral y por el Alcázar regio, hoy derruido. El Alcázar dominaba el ángulo noroeste de la ciudad, en un solar próximo al ahora ocupado por la Telefónica. Por su posesión pugnaría el conde de Luna, Diego Fernández de Quiñones, frente a los corregidores. Quiñones había puesto como alcaide a una hechura suya, Alvaro de Solís, pero el corregidor Luis de Mejía, como se ha visto, le hizo prisionero y le ordenó degollar, para prueba de que en los nuevos tiempos era sumamente arriesgado enfrentarse con la soberanía del Príncipe. De todas formas, el estado de la fortaleza, tanto de sus puertas como de sus murallas, no debía ser muy satisfactorio, pues en 1494 el Consejo Real comisiona al corregidor Fernando de Vega para que hiciera un presupuesto de lo que podía montar su reparación y los impuestos que se podrían poner a tal efecto, así como para las puertas y fuentes de la ciudad. En cuanto al alcantarillado, no se conoce hasta 1500, y aún después perduran durante mucho tiempo los pozos negros, cuya existencia era denunciada al Ayuntamiento todavía a fines del siglo XIX.

No era un caso aislado. La ciudad estaba por todas partes en vías de renovación. La Catedral seguía con sus obras, para facilitar las cuales consigue de la Hacienda Real la exención de todo tributo a favor de diez obreros de las mismas, durante todo el tiempo que durasen sus trabajos. Había que hermosear además su conjunto, afeado porque en su interior tenía una casa Pero Abía, platero, cuya compra mediante tasa pide el Cabildo catedralicio, para ensanchar la Catedra. También, por su parte, gestiona el Ayuntamiento la puesta en marcha de un nuevo mercado de carnes y pescados, creando una plaza pública, conforme a los nuevos gustos urbanísticos propios de la época del Renacimiento. Sin embargo el conjunto urbano era pobre, con sus calles estrechas y llenas de entrantes y salientes (pues sus casas no estaban alineadas) y con una construcción por lo general modesta, que tras el fuerte incendio de 1521 se trató de remediar. Pero en general eran pocos los palacios y la frecuencia de hórreos, incluso dentro de la ciudad, le daban un aire marcadamente rural m.

Daban vida a la ciudad los monasterios de San Vicente, San Francisco y Santa Clara, estos dos últimos extramuros. El monasterio de San Francisco, que recordaba el paso del Santo camino de Santiago, cuyas ruinas aún pueden admirarse en el campo de su nombre, tenía la merced regia de una pequeña renta de 1.000 maravedís anuales, sobre los alfolíes de las salinas de Avilé. Más poderoso económicamente debía ser el benedictino de San Vicente, que por aquellas fechas atravesó una grave crisis de autoridad, hasta el punto de que el Consejo Real tiene que pronunciarse en 1489 a fin de que su abad García Menéndez fuese reconocido como tal.

La ciudad se gobernaba por unas ordenanzas, que los Reyes Católicos tratan de renovar —como a todas las demás de los otros concejos y villas del Principado— en 1493. La tradición quería que el día de San Juan se eligiesen sus regidores. Sobre ella se cernía una doble amenaza, pues no era sólo el conde de Luna el que trataba de mediatizarla, sino también la otra gran fuerza de la región: el Obispo. En 1494 el Obispo trató de poner de su mano dos de dichos regidores, surgiendo el conflicto con la ciudad, que se vio apoyada por el Consejo Real y el corregidor. En otras ocasiones, Oviedo busca el apoyo de Avilés, que es la villa que se muestra más pujante, para enfrentarse con el conde de Luna e impedirle la venta abusiva de la sal. Para cortar los abusos del cabildo catedralicio, tapia la puerta de La Noceda, que era la salida hacia Gijón, por la que el cabildo tenía derecho a pasar sus mantenimientos sin pagar a la ciudad; pero la maniobra no debió surtir efecto, pues en planos posteriores aparece consignada dicha puerta, como uno de los principales lugares de acceso a Oviedo.

También podrían relatarse otras cosas más menudas, de las que llenan la crónica ciudadana de cada día; así, por ejemplo, de la paliza que unos convecinos propinaron a Bernaldo Alvarez de Oviedo, o bien del robo de un macho, o lo que es más curioso, de la existencia de un falsificador ¡de las llaves de las puertas de la muralla! Pequeñas cosas que van saltando de la ciudad al Consejo Real, que ha de ordenar al corregidor que entienda en ellas y las remedie. Se sabe asimismo de las sisas que se tratan de poner para afrontar el gasto de las obras que precisa la urbe, no vistas con buenos ojos por el vecindario que protesta ante la Corte, así como del incumplimiento de las Ordenanzas vulneradas por los oficiales del Concejo. Todo ello sumando una pequeña historia de cosas banales, que vienen a probar que los problemas por los que atravesaba Oviedo no eran excesivos, quizá a efectos de la vida lánguida que arrastraba, desde que había dejado de ser el centro de la vida oficial. Verdaderamente, el hecho de mayor trascendencia fue el lograr sacudir el dominio de los condes de Luna, mediante la eficaz ayuda de la Corona. Es cierto que los Reyes Católicos tratarían de controlarla a través de sus corregidores, pero aún así tal situación —en una época de pugna constante contra la prepotencia señorial— era signo de una relativa libertad.

Bajo los Reyes Católicos no era Gijón la segunda población del Principado, sino la villa de Avilés. Es de la que se obtienen más referencias, con una gran diferencia con el resto de las villas asturianas, en el Registro General del Sello del Archivo de Simancas, a la par con el mismo Oviedo.

AVILÉS

La importancia de Avilés procedía, a todas luces, de su puerto y del alfolí de la sal enclavado en su término, que daría lugar al nombre de Salinas, con que hoy todavía se conoce a la hermosa playa cercana a la villa. La sal, tan necesaria para la conserva de pescados y carne de cerdo, era un producto básico para los avilesinos, pescadores y labradores. Aún sigue siendo famoso el jamón de Jabugo, arrabal de Aviles que citan los documentos. Y la actividad de los marinos de la villa era tanta y con un radio de acción tan grande, que entran en colisión con los portugueses. Obtienen permiso de la Corona para la guerra en corso que les resarciera de robos que habían sufrido, y en sus incursiones llegan hasta las playas andaluzas. Esa actividad y esa conexión con el tráfico meridional les hace conseguir algo que era insólito en las tierras astures: esclavos, aunque posiblemente en número escaso. Su fuerza le permite enfrentarse con el conde de Luna, si bien para ello busque la alianza natural de la ciudad de Oviedo.

La villa estaba amurallada, con su torre principal. Los conflictos de bandos, propios de la época enriqueña, también le afectaron, promoviéndose con frecuencia «ruidos» o alborotos. La familia más destacada, y que aspiraba al control de la villa, era la de los Alas, uno de los cuales —Fernando de las Alas— es confirmado en su oficio de merino de la villa por Fernando el Católico en 1478, y amparado por el corregidor del Principado Rodrigo de Torres, contra la enemiga del conde de Luna. Apoyándose en unos o en otros, resurgen los bandos, que la prudente política de los Reyes logrará reducir, teniendo buen cuidado de que los oficiales de la villa no fuesen adictos a ninguno de sus bandos o parcialidades.

La villa tenía los problemas propios de las nuevas tendencias renacentistas: traída de aguas, limpieza, y una urbanística más acorde con los tiempos, cuestión que se planteó más agudamente después que un fuerte incendio la destruyó parcialmente en 1479. Para ayudarla en su reconstrucción, los Reyes Católicos le hacen merced de un mercado franco cada lunes. Pero lo más importante era la reparación del puerto, base principal de la prosperidad de Avilés, por el que se llega incluso a exportar trigo castellano a las tierras de Flandes. En cuanto a sus relaciones con la tierra circundante, se aprecia la tendencia de oprimir con trabajos no remunerados a los labradores de la tierra de la villa, en favor del patriciado urbano, hasta el punto de llegar las quejas al Consejo Real, que en 1493 amonesta por ello a la nobleza avilesina, al tiempo que advierte a los campesinos que se negaran a realizar aquellas labores, si no eran remunerados por su trabajo.

GIJÓN, LLANES, VILLAVICIOSA…

Asombra, en contraste con las abundantes referencias que dan los documentos del Registro General del Sello sobre Avilés, las pocas existentes sobre Gijón. Casi todas las veces se trata de anotar escuetamente la adjudicación de una escribanía pública. Se comprueba, por lo tanto, que la villa no se había repuesto aún de la destrucción sufrida en 1395 por orden de Enrique III. El Concejo debía poseer cierta riqueza maderera en explotación, pues Gonzalo de Cimadevilla tenía una sierra de cortar madera en su término, cosa que entonces llamaba la atención. De Llanes menudean más las noticias por las luchas sangrientas entre los bandos de la villa; por un lado los Estrada, y por el otro los Suárez de Posada. En 1480 Fernando Estrada y los suyos tenían en su poder la fortaleza y contra ellos ha de proceder el corregidor Rodrigo de Torres. Se conoce la existencia de una cofradía —la de San Nicolás—, así como que estaba en obras la iglesia de Nuestra Señora, para cuya terminación pedía la villa poner una sisa sobre el vino. Villaviciosa estaba dominada por la casa o linaje de Balbín, que de tiempo inmemorial gozaba del derecho de nombrar dos oficios del Concejo, privilegio que el Consejo Real reconoce a Diego de Balbín, señor de la casa de Balbín y vecino de Villaviciosa, en 1487.

CANGAS DE TINEO

Pero el caso más interesante lo da la villa de Cangas de Tineo, por las pretensiones que sobre ella tenía el conde de Luna. El problema, por lo tanto, estaba vinculado al general de las pretensiones del conde sobre toda Asturias. Ya se ha visto cómo los Reyes Católicos le reconocen al principio del reinado, como Merino Mayor del Principado. En cuanto a sus pretendidos derechos sobre los concejos de Cangas de Tineo y Tineo arrancaban de la época de Juan II y de sus mercedes a la alta nobleza, a mediados del siglo XV. Son derechos dudosos para los Reyes Católicos, y mal soportados por los pueblos afectados. De hecho, el concejo de Tineo reclama por la vía judicial contra ellos a principios del reinado. A los característicos abusos señoriales hay que añadir casos concretos de cruel opresión, a cargo del conde y de sus partidarios, como pudo demostrar Prieto Bances. Los Reyes Católicos, decididos a que cambiase el estado de cosas en Asturias y a sustituir el poder del linaje de los condes de Luna por el suyo propio, inician su apoyo a los concejos y mandan enérgicos corregidores. Ya se ha visto cómo Luis de Mejía llegó incluso a degollar al merino del conde de Luna y alcaide, en su nombre, de la fortaleza de Oviedo. La cuestión acabó resolviéndose por una sentencia arbitral, a cargo del Cardenal Mendoza y de fray Hernando de Talavera, por la que el conde de Luna renunciaba a sus pretendidos derechos sobre las villas de Cangas de Tineo, Tineo, Ribadesella y Llanes, así como a su merindad de Asturias, a cambio de que le fuera reconocido su señorío sobre las dos Babias y que se le entregase la cantidad —fuerte para los tiempos— de cinco millones de maravedís m. Pero antes de que se haya fallado esa resolución arbitral ya estaban Cangas de Tineo y Tineo liberadas del dominio del conde de Luna. En 1485 la Corona daba poder al licenciado Juan del Campo, pesquisidor enviado al Principado, para que tuviera bajo su control las dos villas, las cuales ya había arrebatado el corregidor Luis Mejía al conde de Luna, en tanto que se fallaba el pleito que se seguía con el conde. Dos años más tarde se comisionaba al corregidor para que amparase a los vecinos de Cangas de Tineo contra los agravios que le hacían los Quiñones. Finalmente,después de la sentencia, el corregidor Fernando de Vega nombra el merino del concejo de Tineo, en 1494, y en el mismo año ambos concejos de Cangas de Tineo y Tineo contribuyen con 15.000 maravedís al salario que se le pagaba al corregidor, señal evidente de su plena incorporación a las tierras de realengo uo.

La sociedad asturiana en la época del Renacimiento

La inexistencia de unos Estudios superiores y la marginación en que entonces se hallaba Asturias, dificultó en ella el normal desarrollo de las nuevas tendencias culturales, bajo el signo del Renacimiento. En realidad, esas tendencias no cuajaron plenamente en casi toda España, siendo Salamanca o algunas zonas andaluzas las excepciones; por lo tanto, no es de extrañar que, en la medida en que se conoce ese fenómeno, pueda decirse que el Principado reflejó escasamente aquellas inquietudes, sobre todo en el orden intelectual. Ahora bien, el Renacimiento no fue sólo una manifestación de tipo cultural, sino que marca su impronta en todos los órdenes de la vida, como en el económico y en el social.

En cuanto a la sociedad astur en este período, la característica viene dada por la ausencia de grandes familias, una vez excluida la prepotencia de los condes de Luna. Ese hecho, y el abundante porcentaje de familias hidalgas —que pueden cifrarse en más del 70 por 100—, da un tono de democracia nobiliaria que llama la atención. Por supuesto que algunas familias más encumbradas hacen sentir su peso, de las cuales quizá la más destacada es la de los Bernaldo de Quirós, contra cuyos desmanes menudean las quejas ante el Consejo Real, señal de que el corregidor no puede remediarlas por sí mismo. Así, Gonzalo Bernaldo de Quirós encierra en casas fuertes de sus dominios a los que le viene en gana, como lo hizo en 1483 con Alfonso Alvarez de Oviedo, al que metió en una casa fuerte que tenía en el concejo de Aller. Los concejos de Pravia, Teverga, Pola de Lena y la propia Babia tenían quejas contra sus abusos, que se extendían hasta contra los vasallos de las tierras de la Obispalía ovetense, a fines de siglo. Aunque a escala meramente local, también eran poderosos los Alas en Aviles, los Posada en Llanes y los Balbín en Villaviciosa. Para sus desmanes tendían a amparar a malhechores, acusación concreta que se hace en 1494 contra Gonzalo Bernaldo de Quirós, y de lo que el Consejo Real tiene que advertir al corregidor Fernando de Vega. Asimismo, trataban de intervenir en la vida de los municipios, poniendo en sus oficios hechuras suyas, al igual que en las Juntas Generales del Principado. Las constantes advertencias de la Corona a este respecto no hacen sino marcar lo que era una realidad. En 1492 se prohíbe a los caballeros asturianos rodearse de paniaguados, y un año después los Reyes Católicos desde Barcelona renuevan su mandato de que no se les permitiese nombrar alcaldes, jueces y oficiales, atropellando los concejos. Con plena libertad debían ser elegidos los procuradores que representaban a los Concejos en la Junta General del Principado, a cuyas sesiones había el peligro de que acudiesen los nobles con gente armada, porque la Corona lo prohíbe, entre otras cosas para remediar las pendencias entre facciones rivales, como la ocurrida en 1486 entre Diego de Miranda y los Estrada de Llanes.

Muestra significativa de la tendencia a los abusos de las principales familias es la provisión dada por los Reyes Católicos desde Barcelona, el 9 de septiembre de 1493, en la que prohibían a los caballeros, hidalgos o parientes mayores visitar a los concejos acompañados de peones, exigiéndoles tributos, ya en dineros, ya en especie como carneros, puercos y capones 125, verdaderos actos de bandolerismo que no debían ser muy escasos en aquellos tiempos, porque la autoridad del corregidor no estaba suficientemente respaldada, o porque la Corona considerase al Principado como una tierra alejada y difícil de gobernar. Claro es que esa tendencia nobiliaria a exigir más rentas o prestaciones de sus vasallos, a oprimir los concejos libres y a tener la suprema dirección de los asuntos públicos era general, no ya para el resto de España, sino para toda Europa, y ello ilustra las terribles revueltas antiseñoriales que se aprecian tanto en Castilla como en Alemania, a principios del siglo XVI. No cabe duda de que el alza de los precios disminuyó el poder adquisitivo de sus rentas, empujándoles a esos abusos, ante el peligro de que la realidad económica les arrojase de su privilegiada situación social y política. Ahora bien, del hecho de que tales revueltas no tuviesen eco prácticamente en Asturias hay que deducir que la situación no se agudizó tanto como en los campos de Castilla y de León.

EL OBISPADO

La mayor potencia del Principado la constituía, sin duda, la Obispalía, entre otras razones porque a sus extensos dominios había que añadir la influencia espiritual sobre todos los feligreses del Principado y por sus estrechas vinculaciones con la Corte, dado que con frecuencia el Obispo era también del Consejo Real. Claro que tal circunstancia hacía que sus ausencias fuesen también prolongadas; ese fue el caso del Obispo don Alonso de Palenzuela, que rigió la diócesis ovetense en la época de la guerra de Granada. Con lo que sus oficiales de justicia estaban menos sujetos, y se producían grandes abusos. De hecho, a fines del siglo XV el Alcalde Mayor de la Obispalía, Fernando Arias de Saavedra se convierte en el mayor autor de robos y de opresiones, contra el que llueven las protestas que obligan al propio Obispo a pedir que intervenga la Corona. Ya se han visto las rentas del Obispado, que se valoraban en los 6.000 ducados, término medio, pues al descansar principalmente sobre los diezmos campesinos, su valor fluctuaba según las cosechas. Hay que añadir que por privilegio real, tenía derecho a la mitad de todos los servicios que pagaban los lugares y tierras de su Obispado. En la Mesa de la Obispalía era el que designaba el Alcalde Mayor y las justicias a él subordinadas, controlando por lo tanto el gobierno de una amplia región. Ya se ha visto su tendencia a intervenir en el municipio de Oviedo, designando un juez y un alcalde, de los dos que cada año debía nombrar la ciudad, contra lo que se querella Oviedo ante el Consejo Real.

Por lo demás, si la tentación mayor de la nobleza era el abuso del poder, el del clero estaba en el relajamiento de costumbres, contra lo que pugna la Corona, dentro de la línea reformadora de la Iglesia hispana que caracteriza la actividad de Isabel la Católica, bien secundada por Cisneros. Los documentos hablan de abundantes legitimaciones de hijos de clérigos, lo que prueba que en ese sentido las costumbres dejaban bastante que desear. El Consejo Real reitera una y otra vez al corregidor del Principado que se guardasen las leyes de Toledo prohibiendo las mancebas de clérigos, incluso a petición del propio Obispo Alonso de Palenzuela. Los casos graves no faltan, como el de una viuda acusada de ser manceba del prior de Oviedo y culpable de la muerte de su marido. Claro que el celo de las justicias para acabar con aquel estado de cosas se mostró excesivo, quejándose el clero de que entraban en sus casas, estando en constante acecho para probar los que tenían mancebas públicas, que era cosa que tenían a mucha deshonra. Y es preciso tener en cuenta, una vez más, que el mal era general; basta recordar aquellos clérigos de Talavera, a que tan jocosamente alude el Arcipreste de Hita en el siglo anterior, que conminados a que dejasen sus mancebas, replican si acaso se quería que abandonasen las buenas mujeres cambiándolas por las de las mancebías. Cierto que eso sucedía a mediados del siglo XIV, pero podían citarse otros ejemplos de los tiempos renacentistas, extraídos de autores como Alfonso de Valdés, no menos significativos. Por otra parte, hay que tener en cuenta que las fuentes impresas que mejor se conocen son las vinculadas al Consejo Real, en las que por su naturaleza aparecen los casos delictivos, no los de santidad. ¿Cuántos curas rurales, ejerciendo sacrificadamente su menester, pasan desapercibidos a los ojos del historiador? Y otro tanto podría decirse de los enclavados en los centros urbanos, aunque posiblemente para éstos la vida no resultase tan dura. Todo ello debe ser tenido en cuenta, si no se quieren perder las debidas proporciones.

OTRAS CLASES SOCIALES

¿Qué puede decirse de las otras clases sociales? Las referencias más constantes son sobre los escribanos públicos o notarios de la época, que aparecen en relación con Oviedo y las principales villas citadas. En la capital del Principado ordenan los Reyes Católicos que hubiera un cambista, lo que puede tomarse como indicio de una cierta actividad monetaria. El gremio de zapateros y curtidores, y en general los que trabajaban los cueros, tenían su centro en Oviedo en una gran nave situada en el mismo Hospital de los peregrinos; produciendo tal ruido y tal hedor que la ciudad pide a los Reyes Católicos que se trasladaran a otra parte extramuros de la urbe; talmente como si se tratara de un caso de polución de la atmósfera, pues los tales zapateros tenían «un pisón grande, con que pisan e muelen la casca para facer los adobos para los dichos cueros, e que dan de noche y de día muy grandes golpes, a causa de lo cual resciben mucho daño los peregrinos e enfermos que se acoxen e están en el dicho Hospital, e se mueren muchos de ellos, a causa de los dichos golpes e del hedor de las guijas e cueros que queman, en lo cual diz que la dicha ciudad de Oviedo y vecinos e moradores della e los romeros e peregrinos que por ella pasan han rescebido mucho agravio...». En Avilés era importante la industria de la cordonería y, en general, la relacionada con la construcción de naves. Venía a ser la villa como el puerto de la capital, aunque sus relaciones no siempre eran buenas, pues Oviedo reclamaba la libre entrada de vinos y bastimentos por su puerto, lo que no siempre era reconocido. Otro privilegio de los ovetenses era no pagar portazgo alguno, y por defenderlo movieron constantes pleitos con los lugares del reino de León.

EL CAMPO

La mayor riqueza del campo astur era, por entonces, su ganado. De hecho las únicas referencias interesantes que aparecen están en relación con la ganadería, como las provisiones del Consejo Real en 1485 a favor de los vaqueros y pastores, para que nadie tomara por la fuerza sus ganados o para contrarrestar el abuso de los cercados, con perjuicio del común. Ya se ha visto el peligro de que los caballeros se apoderasen, como un tributo forzado, de puercos, carneros y capones, que con el ganado vacuno constituía lo principal de la riqueza ganadera asturiana. Asimismo, el abuso de obligar a los labriegos a trabajar sus tierras, sin remunerarles su trabajo. Era una separación más entre las clases privilegiadas y las pecheras. Al ser pocos los pecheros, su situación era más penosa. Cierto que al lado de la población hidalga había no pocos que fingían serlo, y sobre ello manda hacer una investigación el Consejo Real en 1491. La cuestión no era baladí ni suponía una mera vanidad, pues se trataba de eludir con ello el pago de los servicios debidos a la Corona; y dado que la cantidad por tal concepto era fija, al disminuir el número de los que debían de pagar, gravaba más sobre el resto de los pecheros. En 1528 la cantidad que debía pagar el Principado era de unos 450.000 maravedís, a repartir entre 4.300 vecinos pecheros. Los principales núcleos eran los siguientes: En primer lugar, la ciudad de Oviedo y su concejo, al que se le asignaban sólo 136 vecinos pecheros y la pequeña cantidad de 7.000 maravedís, y aun esos se eximió de su pago. En la parte occidental estaban en la costa los concejos de Castropol, de Navia y de Valdés (o de Luarca), cuyos vecinos pecheros respectivos eran 54, 43 y 244, teniendo asignadas las cantidades de 6.010, 8.970 y 18.069 maravedís. En el interior estaban los concejos de Grandas de Salime, Ibias, Degaña, y el coto de Corias con Barcena; sus vecinos pecheros  (los de Ibias se tenían todos por hidalgos), 33 y 91, estándoles asignadas las cantidades de 5.490, 3.830, 5.580 y 17.950 maravedís respectivamente. En el centro estaban, en la costa, los concejos de Pravia, Aviles y Gijón, con estos vecinos pecheros: 276, 101 y 65. Las cantidades que tenían asignadas eran: 26.114, 10.830 y 8.573 maravedís. En el interior destacaban los concejos de Salas, con 239 vecinos pecheros y 22.040 maravedís asignados; el de Grado, con 216 vecinos pecheros y 22.290 maravedís; el de Belmonte, con 52 pecheros y 3.333 maravedís; el de Lena, con 122 pecheros y 22.246; el de Quirós, con 90 pecheros y 8.040 maravedís y el de Nava con 202 pecheros y 16.000 maravedís. Finalmente, en la parte occidental estaban los concejos de Villaviciosa, con 186 pecheros y 31.938 maravedís; Colunga, con 120 pecheros y 11.878 maravedís, Ribadesella, con 44 pecheros y 6.280 maravedís; Llanes, con 126 pecheros y 14.453 maravedís y Cangas de Onís con 65 pecheros y 4.420 maravedís. Aún habría que recordar, por la importancia de sus prestaciones —dentro del marco regional— a los concejos de Somiedo (con 143 pecheros y 22.490 maravedís), Caso o Laviana (con 247 pecheros y 26.114 maravedís) y Pilona o Infiesto (con 424 pecheros y 32.690 maravedís). Como puede verse, las cantidades son bastante arbitrarias, no guardando sino tan sólo una relativa proporción con los pecheros. En otras palabras, el vecino pechero de Somiedo pagaba mucho más que el de Grado, sin duda porque el fisco atribuía mayor riqueza a esa zona. Basándose en esa hipótesis habría que deducir que las zonas más ricas eran, en la costa occidental, el concejo de Valdés (o Luarca) y en la oriental el de Villaviciosa, mientras en el centro es Pravia la que destaca; y en el interior, Grado, Salas, Lena, Somiedo y Caso (o Laviana), sobresaliendo entre todas por su valor absoluto Pilona (o Infiesto), con sus 32.690 maravedís, si bien sus 424 pecheros no eran los que tenían asignado el cupo más alto para el fisco.

La ciudad y el campo. La marina y la tierra. El hidalgo y el pechero. He aquí tres realidades de la Asturias de los tiempos modernos, en principio netamente diferenciadas, si bien cuando el espectador se acerca observa que los límites no son tan precisos. Así, los núcleos urbanos de una cierta importancia hay que reducirlos a la capital, Oviedo, y a su puerto natural que entonces lo constituía Aviles. Por otra parte, el marino no vive exclusivamente de la costa, sino con bastante frecuencia posee también sus tierras y algo de ganado. Finalmente, casi todos los asturianos eran hidalgos, o presumían de serlo. Por ello se podría resumir que el tipo social que más destaca es el del hidalgo rural, que en no pocos casos trabajaría sus propias fincas.

Estos datos me han sido facilitados por la Dra. Ana Díaz Medina, a quien quiero expresar aquí mi profundo agradecimiento, y están sacados del Archivo General de Simancas, sección de Contadurías Generales.

 Texto escaneado de la obra de D. Manuel Fernández Alvarez “La Sociedad Española en el Siglo de Oro”.

     Antonio Castejón. <maruri2004@euskalnet.net>

 

 

 

 

 

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