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AMULETOS ASTURES y VASCOS.

 

                                            AMULETO                                   TALISMAN                         FETICHE

Remedio                            Simple                                            Maravilloso                          Maravilloso
                                                           Impersonal
                                                           Inconsciente

Contenido                        Objetos diversos                          Objetos diversos              Un espíritu reside en él.

Arma                                 Defensiva                                        Ofensiva                          Defensiva y ofensiva

 

Dice una enciclopedia asturiana que la cigua es un amu­leto protector, hecho generalmente de azabache y usado es­pecialmente para proteger a los niños del agüeyamiento, aunque también es muy útil para defenderse de otros males.

«Es la cigua un amuleto...». Y del amuleto podemos de­cir que es algún objeto que defiende de males externos a quien lo lleva. Conviene que lo diferenciemos con claridad del Talismán y del Fetiche.

En Asturias tenemos diversos tipos de amuletos, entre ellos la cigua.

En Euskadi, se llama kutun al amuleto en general.

“Cigua”, en castellano, es un árbol lauráceo ( = parecido al laurel) propio de Las Antillas. En Cuba llámase así a un ti­po de caracol, y en Honduras a cierto ser de leyendas y cuentos infantiles.

Cigua se llama en Asturias a una «piedrina de rayo». Se creía por nuestra tierra que cuando caía un rayo se metía bajo la tierra, saliendo al cabo de siete años convertido en piedra, teniendo ésta la propiedad de librar de los peligros de futuras tormentas. Se cogían piedrinas desprendi­das de tal piedra, y se colgaban al cuello o a la muñe­ca. Posteriormente, muchos siglos adelante, se pasó a colo­car la cigua también a la puerta de las casas, o de las cua­dras... o en otros diversos lugares, aparte de seguir llevándo­la colgada al cuello o muñeca.

No creo tengamos derecho a reírnos de estas ancestrales creencias... pues aunque el hombre avance en conocimien­tos científicos, sigue teniendo, en lo esencial, el alma igual a la de su prehistórico antepasado. Iguales miedos... iguales deseos... iguales dioses, aunque revestidos todos en forma distinta.

Ahí tenemos a la juventud actual con sus ciguas de cue­ro al cuello o a la muñeca... y ¡qué incómodos se sienten si un día olvidan en casa su amuleto!... Dan por perdido un examen si tal cosa les ocurre...

¿Y esos arillos de metal que los mayores llevamos, con­vencidos de que nos protegen de mil males?

Volviendo a lo nuestro, vemos que la cigua astur es una piedra, roca o carbón... y ahora —1995— cuero o tela.

En Euzkadi, en cambio, el kutun es un saquito cuadrado de tela, que contiene en ocasiones un papelito con palabras de los Evangelios, y que se lleva colgado del cuello por un cordón. También —en ciertas zonas— contenía cintas de colores tomadas a los santeros, siendo éstos los encargados de cuidar las ermitas, que recorrían los caseríos pidiendo limos­na para su trabajo, y llevaban adornos de cintas coloreadas. Y trocitos de éstas tomaban los aldeanos para incluirlas en saquitos y hacer kutun.

En otras zonas euzkaldunes, el contenido del saquito era una mezcolanza de laurel, ajenjo, oliva, romero, ruda y ceniza de carbón. Creían —o creen aún— en Cegama que al acercarse el diablo a un niño defendido con tal kutun, huía raudo di­ciendo:

                                            Erruda ta apio oni ezin naikio.

                             O             sea:

                                            Ruda y apio: a éste no le puedo.

En Euskadi se metía —o se mete— en el saquito: pan bendito, estiércol de gallina (bonita combinación) y ceniza de carbón. El saquito tenía forma de corazón. Ya a principios del siglo por el que aún bogamos, se extendió la costumbre de hacer los kutun con ceniza de carbón de castaño.

Y dejamos ya Euzkadi indicando que el kutun de que ve­nimos hablando se aplicaba casi exclusivamente a la defensa contra el agüeyamiento o beguizko.

Hemos visto que Amuleto y Kutun en el fondo son igual cosa. Las variaciones de forma y contenido —Asturias, pie­dra; Euzkadi, bolsita con diversidad de objetos— carecen re­almente de importancia.

Volviendo a la tierra bendita por Dios y a sus kutun siem­pre sólidos, de piedra, conviene dejar constancia de que en ciertos lugares se les llama “piedra de la culiebra”, por servir para curar las mordeduras de reptiles, o bien “piedra de la le­che", por curar las inflamaciones de mama con sólo restre­garlas con élla.

Y como curiosidad, digamos que en algún perdido luga­rejo es la “piedra de la culiebra” porosa-azulada, estando for­mada por la concreción de la baba de siete culiebres juntes. Simpática. Agradable. Buen desayuno.

Pero vamos a volver de momento a la cigua, kutun y amuletos en general. Volvemos para concluir narrando cier­tas variaciones que de ellos se dan, aunque sólo en algunos lugares dejados de la mano de Dios. Hay en Asturias un talis­mán (o sea que no es amuleto, por ser éste, cual ya dijimos, exclusivamente defensivo, al contrario del talismán) muy cu­rioso: la “Yerba del Picu”, también llamada “del Picu-Pau”. Hervi­da, su fervidillo remedia la ronquera... tomándolo 22 días se­guidos, en ayunas y arrodillado ante un Cristo, previo rezo de 33 credos.

Esta Yerba del Picu forma parte del «medicamentazo» que tan sabiamente nos recomienda la tradición astur, con versos —no sé si anónimos o con autor conocido— que di­cen así:

Esi mal que tú tienes, Carmen o Manuela,

no son bulbes, que ye la cervíguera.

Y si quiés ponéte buena y sana,

tomarás lo que en la mi mano quepa de fueyes

d’arto albar, pimientos verdes,

y de gocho de un año nueve cerdes;

la yerba del colantro, la del picu,

raspiadures de casco de un borricu,

con la yerba cabrera,

les pates de una ternera,

aceite de la llámpara, panizo,

el incienso del cirio pascualizo,

malva montés, el perexíl morisco,

manzanes de carbayo o de llentísco,

basalicón, llantaina y unto de oso,

los pelos d’un furíon y d’un raposo

y echaréislo a cocer en un puchero

con aceite y con suero;

colaréislo dempués por una toca,

y echáislo nueve veces por la boca...

Y veamos cómo se relaciona la Yerba del Picu con el “páxaru carpinteru”, también conocido como picatueru, picachu o picu-pau. Este vive en cavidades de roca o árbol. Si se le cie­rra la entrada de su covacha, coge una yerbi­na del picu-pau con su pico (no hay más remedio que re­dundar), toca con la yerbina las piedras, y éstas saltan rotas en mil pedazos.

Y como fin de medios de defensa contra peligros, tene­mos el hecho de que para alejar éstos —las tormentas y otros— en la prehistoria se lanzaban a dar alaridos y meter todo el ruido posible. Se usaron después las campanas de las iglesias... y hoy los mozos, para alejar los malos espíri­tus, tentaciones o deseos imposibles que por cabeza o cuer­po les atacan, usan igual método: se meten en una discote­ca, o, lo que es peor para nosotros, en  su habitación, y po­nen música “a cien”, dejándose llevar a danza rápida y llena de contorsiones... exactamente igual que hacía el hombre prehistórico.

En algunas campanas que de la antigüedad se conser­van, podemos ver inscripción que atestigua ser cierto lo ante­dicho:

Vivos voco

mortuos plango

fulgura frango.

O          sea:

Llamo a los vivos

lloro a los muertos

deshago los rayos.

La cigua astur se remonta largo en el tiempo. En el Mu­seo Pilarense pueden verse dientes y conchas con agujeros para pasar cuerda o similar y colgarlo así —suponemos— al cuello, habiendo sido hallados estos objetos en cuevas prehistóricas.

En posteriores castros (campamentos; acampadas) célticos, se encontraron arracadas (aretes con adorno colgan­te), brazaletes, anillos, collares. Amuletos todos.

Para acabar con estos objetos defensivos —realmente sólo hemos tratado el tema muy superficialmente— hemos de hablar forzosamente de la “figa o puñesín”, pues éste es el amuleto más dado en Asturias (la belleza sublimada), el más típico y propio de nuestra región.

La “figa” o “puñesín” es de azabache (un tipo de lignito), marfil o coral. Se pone a los niños en cuello o muñeca, prio­ritariamente para evitar sean agüeyados.

Es esencial a la “figa” -sin ello no lo sería- el tener la forma de un puño cerrado (de ahí lo de “puñesín”), entre cuyos dedos índice y mayor apare­ce el pulgar... siendo éste el gesto que antes y ahora la gente (cierta gente) hacía y hace en forma simulada cuando se cru­za con algún sospechoso de tener poder para agüeyar.

La figa o puñesín ya aparece en dólmenes y castros celtas.

Y, viajando por el pasado hasta Roma, era allí el símbolo de la Dea Mater, siendo ésta «el conjunto de fuerzas de la naturaleza que protegían contra los malos espíritus».

NOTA FINAL.— Como prueba de que amuletos, talisma­nes y fetiches siguen teniendo actualidad, podemos leer en prensa de hoy este anuncio:

 

«LA CRUZ DE CARAVACA... Cruz milagrosa. Bastará que la lleve colgada para comprobar cómo cambia y mejora su vida. Cuando desee algo, tómela entre sus dedos y formule su deseo pronunciando estas pala­bras: “Dat mihi gratiam. In beato omnia beata”. Esta cruz de Caravaca es un símbolo de salvación que concentra influencias benéficas de la energía telúrica que emite la tierra y las fuerzas magnéticas; apartará de Vd. todo peligro, todo mal y toda amenaza, propor­cionándole felicidad en su vida».

La misma firma que anuncia esto hoy, viene promocionando en semanas anteriores otros amuletos, tales como una mano, una moneda, un péndulo, una herradura con siete cla­vos, un trébol, una llave, otra cruz, un buda, una pirámide, un elefante, un tronco, una mariposa y un cuerno mágico. Pie­zas todas que tienen poderes (cada una, distintos) tales como conseguir dinero a espuertas, salud a prueba de médicos de la S.S., capacidad para enamorar al instante a mozo o moza, etc. Y siempre por el módico precio de 3.000 ptas

 

Antonio Castejón.

 

 

 

 

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