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Ver en Monografías de esta web la transcripción de la conferencia pronunciada el día 31 de mayo de 1968 en Bilbao 

por su biznieto Manuel Fuentes Irurozqui titulada Mi_abuelo_antonio_de_trueba.

T R U E B A: Genealogía de Antón el de los Cantares, incluido en el apartado V

de uno de sus cuentos, seguida de breve semblanza biográfica (tomada ésta de la obra de Gregorio San Juan),

y de la transcripción de unas notas que el propio Don Antonio nos dio sobre su vida.

Antonio de Trueba... Antón el de los cantares...Escritor y poeta del siglo XIX que hoy, siglo XXI, sigue siendo querido y leído en Bizkaia.

Aldeíta que te escondes en el más agreste y más

apartado rinconcillo que hay en mi valle natal...

…yo, que más de media vida he pasado en la ciudad y hallo mi mayor encanto en la vida intelectual;

yo, aldeíta de mi valle, que a tantos espanto das, a pesar de todo esto, me comprometo a pasar

lo que me queda de vida en tu horrible soledad, sólo con la condición

de que no me han de faltar en la estantería libros,

en el alacena pan, en el hogar propio amor,

y en el ajeno amistad.

De Hoz de Marrón, en Ampuero-Cantabria, a las Encartaciones de Bizkaia.

I.- Manuel Trueba Madrazo casó con Francisca Escudero, siendo ambos naturales del lugar Hoz de Marrón (Ampuero, Cantabria). Francisca murió en Hoz el 20-I-1752, y Manuel el 26-IV-1758. Dos hijos dejaron:

1.- Tomás Trueba Escudero, esposo de María Revuelta Sopeña (hija de José Revuelta y Magdalena Sopeña). Padres de:

1.1.- Juan Francisco Trueba Revuelta nacido en Hoz de Marrón el 18 y bautizado en su parroquial de San Pedro el 20 de noviembre de 1741.

1.2.- Antonio Trueba Revuelta, que falleció con 46 años de edad el 4-XI-1790, en Hoz. Fue esposo de Josefa Fernández y padres ambos de:

1.2.1.- Ramón Trueba Fernández.

1.2.2.- Nicolás Trueba Fernández.

1.2.3.- Francisco Trueba Fernández.

1.2.4.- Josefa Trueba Fernández.

2.- Manuel Trueba Escudero, que sigue esta línea.

II.- Manuel Trueba Escudero casó el día 21-VI-1754 en Hoz de Marrón con Gertrudis Blanco de Aro (hija de Francisco y Antonia).

Gertrudis era hija de Francisco Blanco y de Antonia de Aro; nieta paterna de Antonio Blanco y de Mª Gutiérrez de Udalla; y nieta materna de Juan Aro y de Clara Marrón.

Manuel murió en Hoz el 6-V-1783; no testó y fue enterrado en la Iglesia San Pedro de Hoz de Marrón. Gertrudis falleció el día 29-XI-1806, contando 68 años de edad, y recibió sepultura en el Santuario de Ntra. Sra. la Bien Aparecida, “por hallarse en la actualidad sirviendo en el dicho Santuario”.

Cinco hijos tuvieron Manuel y Gertrudis:.

1.- Juan Trueba Blanco, que sigue esta línea.

2.- José Antonio Trueba Blanco (Hoz de Marrón, n. 23-III y b. 2-IV-1761). Padrinos: Antobio Trueba y Polonia Trueba. Falleció infante.

3.- José Antonio -otro- Trueba Blanco (Hoz de Marrón, b. 27-II-1763). Padrinos: José Trueba y María.

4.- Anselmo Trueba Blanco.

5.- Víctores Trueba Blanco.

III.- Juan de Trueba Blanco nació en Hoz de Marrón el 24-VII-1755 y fue bautizado a los tres días en su parroquial de San Pedro, apadrinado en la pila por Juan Trueba y Ana Mª Aro. Juan pasó a vivir en Bizkaia, y casó en 1781, en la parroquia San Martín del Carral de Sopuerta, con Teresa Ortiz Urrutia. Testigos de la boda: Ignacio Urrutia, Fco. Antº del monte y otros.

Teresa Juana María Hortiz de Montellano y Urrutia había sido bautizada en 25-I-1756 en la P. San Martín del Carral, del concejo de Sopuerta; era hija de Antonio -Juan Antonio- Hortiz de Montellano y Otaola-Urruchi (Sopuerta, P. San Martín del Carral, b. 19-V-1717) y de María Flores de Urrutia Galdames (Sopuerta, P. San Bartolomé de Avellaneda, b. 28-IV-1726); nieta paterna de Domingo Hortiz de Montellano y Villa y de Juana Otaola Urruchi y Garay, casados 1709 en Gordexola; y nieta materna de Juan Urruttia Hincharraga y de Antonia de Galdames y Pérez de Dosanti.

Juan y Teresa fueron padres de:

1.- Manuel Ruperto de Trueba Ortiz, que sigue esta línea.

2.- Eugenio Ignacio de Trueba Ortiz (Sopuerta, P. San Martín del Carral, b. 1781). Ygnacio casó en 1810, en Sta. Mª Montellano, con Eulalia Quintana Garay. Padres de:

2.1.- Luis Manuel de Trueba Quintana (Galdames, P. Sta. Mª de Montellano, n. 1811).

2.2.- Josefa Castora Catalina de Trueba Quintana (Galdames, P. Sta. Mª de Montellano, n. 1814).

2.3.- Romualda Teresa de Trueba Quintana (Galdames, P. Sta. Mª de Montellano, n. 1817).

2.4.- María Manuela de Trueba Quintana (Galdames, P. Sta. Mª de Montellano, n. 1821).

3.- Francisco Vicente de Trueba Ortiz (Sopuerta, P. San Martín del Carral, b. 1785).

4.- Manuel Ruperto de Trueba Ortiz, que sigue esta línea.

5.- Francisco Antonio de Trueba Ortiz (Sopuerta, P. Mercadillo, n. 13 y b. 14-XII-1792). Padrinos de pila: Francisco Aguirre y Antonio Cerro.

6.- Santiago Víctor de Trueba Ortiz (Sopuerta, P. Mercadillo b. 1795).

7.- Policarpio de Trueba Ortiz (Sopuerta, P. Mercadillo b. 1790).

IV.- Manuel Ruperto de Trueba Ortiz, nacido en el concejo de Sopuerta y bautizado en su parroquia del Mercadillo el día 27-III-1787, casó en 1813, en Santa María de Montellano, con Hipólita Marta de la Quintana Garay, nacida en 1781 en Galdames, parroquia Santa María de Montellano (hija de Francisco y de Agustina Andrea).

Hijos de Manuel y Marta:

1.- María Josefa Norberta de Trueba Quintana (Galdames, P. Sta. Mª de Montellano, n. 1818).

2.- Antonio Manuel María, que sigue la línea.

Tras nacer Antonio Manuel, pasó la familia a vivir en Santa Gadea, aldea del concejo de Sopuerta, y allí nació:

3.- Saturnino José María de Trueba Quintana (Sopuerta, P. Mercadillo, n. 29 y b. 30-XI-1822). Padrinos: José Muñecas y Teresa Ortiz. He de comprobar si fue éste el José Trueba Quintana el que casó con Felipa Presa Renobales, en la que tuvo siete hijos, siendo los varones:

3.1.- Teodoro Antonio Carmelo de Trueba Presa (Sopuerta, P. Mercadillo, n. 1856).

3.2.- Celestino Ignacio Dionisio de Trueba Presa (Sopuerta, P. Mercadillo, n. 1862).

V.- Antonio Manuel María, nacido y bautizado el 24-XII-1819 en la parroquia Santa María de Montellano, en el concejo de Galdames, apadrinado en la pila por Ignacio Trueba.

Antonio estudió en la Escuela pública de Sopuerta, a la que acudía a diario desde su barriada de Santa Gadea. Luego... Él nos contará lo ocurrido:

Por qué hay un poeta más y un labrador menos, de Antonio Trueba.

Transcribo la parte final de este cuento en que Trueba nos dice la verdad del por qué pasó de Bizkaia a Madrid, huyendo de la guerra carlista (de la primera carlistada). Estamos en la primera de esas guerras, años 1833 a 1840. En la aldea de Antonio Trueba habían acogido a un desertor de las tropas cristinas.... Y, pasados muchos meses, sucedió...

Era, como he dicho, por el mes de Octubre. Mi padre, que tenía la costumbre, de toda la vida, de levantarse antes de amanecer o lo más tarde al rayar el alba, para bajar un cesto de cebo a los bueyes, que eran uno de sus amores, como es muy común en los labradores vascongados, se levantó a la hora acostumbrada, y al acercarse a la ventana, no sé si para ver que tiempo hacía o por qué ladraba furiosamente el perro, retrocedió profundamente sorprendido y alarmado: una partida de cristinos, cuyo correaje blanco se distinguía muy bien, a pesar de que aún no era día claro, estaba rodeando la casa. Comprendiendo que su objeto era apoderarse de Juan, corrió al cuarto de éste, que se estaba ya vistiendo, para poner en conocimiento del pobre joven lo que ocurría, y obligarle a ocultarse en una especie de subterráneo que habíamos excavado en la cuadra para ocultar los objetos más preciosos de casa cuando venían soldados.

- No, no me escondo -le replicó J uan-, porque pudieran descubrir­me, y, en ese caso, sería perderlos a ustedes. Prefiero saltar por una venta­na, y así, o moriré o me salvaré.

Mi madre, mi hermano y yo, que habíamos despertado con los ladridos del perro, oímos algo de lo que Juan y mi padre hablaban, y comprendiendo que algo grave ocurría, nos levantamos y vestimos a toda prisa.

- ¡Patrón, abra usted! -gritaron los cristinos golpeando la puerta y forcejeando para abrirla, lo cual era facilísimo, pues sólo estaba cerrada con una taravilla interior, incapaz de resistir un mediano empuje.

El chirrido de la puerta al girar sobre su quicio, nos advirtió que la taravilla había saltado y los cristinos estaban ya en el portal.

El altercado de mi padre y Juan sobre si éste se había de esconder o había de saltar por la ventana de la cocina, que daba a un espeso bosquecillo de frutales que se prolongaba hasta el castañar, cesó de repente, como ya inútil, y Juan corrió hacia el carrejo o corredor interior, adonde daba la puerta de la cocina, la de la escalera, la del cuarto de mis padres y la del en que dormíamos mi hermano y yo.

Al salir Juan al carrejo para dirigirse a la cocina, nos tropezó a su paso.

Trataba de damos un rápido abrazo, probablemente de eterna despedida, y entonces la voz de ¡alto! resonó en la puerta de la escalera, por donde asomaban cuatro fusiles apuntando hacia nosotros.

Juan .comprendió ínstantáneamente que la descarga que le amenazaba nos amenazaba también,' y ya no pensó en huir. Entregóse sin resistencia alguna y le bajaron al portal, donde con un portafusil le sujetaron por detrás los brazos, como si fuera una fiera o un gran malhechor.

A todo esto, era ya de día, y los cristinos, retirándose de en torno de la casería, formaban en dos filas en la portalada.

El capitán que mandaba la compañía procedió por sí mismo a un interrogatorio, en que Juan declaró lisa y llanamente cómo y por qué había desertado, la acogida que en mi casa y en la aldea toda había encontrado y su vida durante el tiempo que allí llevaba.

- Patrón -dijo el capitán a mi padre-, algún mérito tiene en facciosos, como supongo que lo serán ustedes, el no haber maltratado a un soldado de la Reina, aunque probablemente lo harían sólo porque el soldado era desertor; y también es de tener en cuenta que, lejos de apresurarse ustedes a enviar a los facciosos el armamento y el uniforme del cristina, como nos llaman ustedes, los conservaron hasta que hace pocos días se los exigieron a ustedes los reclutadores, que poco después cayeron en nuestras manos y se libraron de ser fusilados diciéndonos la procedencia de aquel uniforme y aquel armamento. Todo esto le libra a usted de ver su casa quemada, y quizá de algo mucho peor. En cuanto a este mozo, que tan robusto y guapo se ha puesto con la vida aldeana, hay, por de contado, que amansar un poco su vigor para que no intente una nueva deserción de aquí a Balmaseda, donde se le acabarán de ajustar las cuentas.

Como es de suponer, todos estábamos más muertos que vivos viendo y oyendo todo esto, y el pobre Juan apenas levantaba la cabeza más que para dirigir de cuando en cuando una dolorosa mirada hacia una casa que se descubría en un altito, no lejos de la nuestra. ¡Aquella casa era la de los tíos de Carmen! ¡Carmen vivía en aquella casa!

El temor podía más que la curiosidad en todas las personas mayores de la aldea, pues ninguno había parecido aún por allí; pero no sucedía lo mismo con los chicos, pues tres o cuatro de ellos, incluso aquel maliciosillo y entrometido que vimos arrostrando los pescozones de su madre por acusar a Carmen de cristina y suponer afinidades entre ella y Juan, estaban allí embobados con los uniformes y el armamento de los soldados y llevando su atrevimiento hasta tocar uno y otro.

El capitán dispuso que el desertor recibiese en el acto cien palos.

Mi pobre madre, que lo oía y presenciaba todo desde la parte inferior de un antepecho que daba a la portalada, se retiró a la parte opuesta de la casa, consternada y horrorizada al oír aquella cruel sentencia. Quiso bajar a arrodillarse a los pies del que la había dictado para suplicarle que la mitigase; pero mi padre la disuadió de ello, diciéndole con profundo convencimiento que sus súplicas habían de ser inútiles, si era que no contribuían a que la sentencia se agravase.

Púsose un tambor En el suelo entre las dos filas que formaba la tropa, despojóse a Juan de la chaqueta y el chaleco, hízosele arrodillar e inclinarse sobre el tambor, y dos cabos, armados de gruesas varas, empezaron a descargarlas furiosamente sobre sus espaldas al compás del ruidoso redoble de los tambores.

Juan lanzó un doloroso grito al recibir los primeros golpes; pero después quedó silencioso e inmóvil, y así permanecía cuando los tambores callaron y las varas quedaron quietas. La sangre brotaba a borbotones de su espalda descubierta, pues las varas habían hecho jirones la ensangrentada camIsa.

Yo me atreví a mirar por la ventana, y retrocedí espantado ante aquel sangriento espectáculo, cuyo recuerdo no se ha apartado de mi ni un solo día de mi vida.

- ¡Ea! -dijo el capitán-, lávese con un poco de agua y sal, si no hay vinagre, la espalda de ese mozo, y adelante con él, que ya estamos aquí demás.

El barbero de la compañía se inclinó al desertor para cumplir, en lo que le incumbía, la orden del capitán, y después de observar y pulsar al apaleado, se incorporó, exclamando:

- ¡Mi capitán, si está muerto!

- ¡Muerto! -repitieron muchos de los circunstantes, más o menos

compadecidos y horrorizados.

Pero todos callaron para prestar atención a Carmen, que corría hacia la tropa llorando y gritando:

- ¡Perdón, perdón, por la vida que dio mi padre por la Reina!

- ¿Qué dice de su majestad la Reina esta facciosa? -preguntó el capitán indignado, no comprendiendo lo que decía la desolada muchacha.

- ¡Mira, Carmen, mira; está muerto tu novio! -dijo uno de los chicos en el momento en que Carmen, por entre las filas de los soldados, descubría el ensangrentado cuerpo de Juan, encorvado sobre el tambor.

- ¡Muerto! ... -exclamó Carmen con inmenso dolor, y retrocediendo de espaldas, y queriendo devorar a los cristinos con una mirada de hiena, gritó con indescriptible desesperación:

- ¡Viva Carlos V!. ..

Veinte fusiles se alzaron por un movimiento instintivo y sin obedecer a voz de mando alguna, y Carmen cayó atravesada de balazos al expirar en sus labios el grito i Viva Carlos VI, como su padre había caído al expirar en los suyos el de i Viva Isabel III

Mi madre, que también había caído sin sentido casi al mismo tiempo, cuando le recobró, exclamó dirigiéndose a mi padre con las manos juntas, en señal de entrañable súplica, y los ojos ciegos de lágrimas:

- ¡Manuel, vendamos lo poco que tenemos para enviar a este pobre hijo de nuestra alma adonde Dios le libre de la suerte que aquí le espera!

Quince días después iba yo camino de Madrid, destinado a la tienda y almacén de ferretería que en la calle de Toledo, número 81, tenía don José Vicente de la Quintana, primo de mi madre y hermano del venerable párroco de mi aldea y vicario del partido eclesiástico a que ésta pertenecía.

Pasó cerca de un año, y la guerra civil no había concluido aún, porque el insensato príncipe que la había promovido creía que la sangre y las lágrimas no empañaban el brillo de las coronas.

Un día recibí una carta de mi padre y me apresuré a leerla, chocándome no poco que estuviese fechada en Galdácano, pueblo distante ocho leguas del mío.

La carta empezaba así:

«Querido hijo: Hace dos meses, cuando cumpliste los diez y siete años, te reclamaron y me trajeron aquí hasta que te presentes ... »

Al leer esto, arrojé la carta sobre el mostrador, exclamando con profun­da decisión:

- Hoy mismo, aunque sea a pie y aunque aborrezco a los que con la guerra llenan de lágrimas y sangre la antes libre y dichosa tierra en que nací, parto para Vizcaya.

Pero cuando me hube repuesto un poco de la indignación y el disgusto que me había causado la noticia de que mi padre estaba, hacía dos meses, lejos de su hogar y preso, y sabía Dios si apaleado, porque yo no me presntaba en el ejército carlista, volví a tomar la carta y continué su lectura. Mi padre continuaba:

« ... Pero no por eso vengas, que yo no corro peligro alguno; y si vinieras, tu pobre madre se moriría de pena.

»Dentro de poco cumple la edad tu hermano, y tendrá que ir soldado; pero como aquél es todo lo contrario que tú, pues parece que ha nacido para eso, tu madre está resignada a que vaya.

»No teniendo más que dos hijos, basta que sea uno soldado, y es mucho exigir que lo sean los dos. Nosotros queríamos que fueras labrador, pero ya que Dios ha querido otra cosa, cúmplase su santa voluntad. Seas lo que seas, sélo honradamente, y esto es lo único que te piden y exigen tus padres.»

Mi resolución de emprender el camino de Vizcaya ya desapareció cuando hube leído el resto de la carta de mi padre; pero cada vez fué más firme la de ser honradamente lo que Dios quisiera que fuese.

Fue autor de cantares y narraciones vulgares el que pensaba ser labrador. Si lo es honradamente, no hace más que cumplir las órdenes de las dos autoridades más respetables del cielo y de la tierra: ¡Dios y sus padres!

(De Cuentos de color de rosa.)

Casa Antonio Trueba en 1859 con Teresa Prado.

“Antonio era -según nos cuenta su biznieto Manuel Fuentes Irurozqui- en su madurez de los año cuarenta, alto, con un esqueleto amplio, sin ser grueso, caminaba levemente inclinado hacia adelante, tenía penetrantes ojos claros y pelo rubio prematuramente encanecido, vistiendo con desaliño ropas arrugadas, y los bolsillos llenos de diversas baratijas”.

Antonio Trueba y su esposa tuvieron tan sólo una hija::

VI.- Ascención Angelina Josefa María Marta Leoncia de Trueba y Prado, nacida en Madrid en mayo de 1860, que casó el día 22-VIII-1885 en Bilbao, Parroquia San Nicolás, con Julián Irurozqui Palacios, abogado y profesor del Instituto de Bilbao (ver más datos en su apellido Irurozqui). Padres de:

1.- Inés Antonia María de los Milagros de Irurozqui Trueba, nacida en Bilbao, calle María Muñoz nº 8-2º, el día 29 de marzo de 1886 y bautizada el día primero del mes siguiente en la parroquia bilbaína de San Nicolás, Padrinos de pila de Inés Antonia fueron su abuelo materno y la bilbaína María de los Milagros de Orueta Aguirre.

Mi nietecita Inés

me da el nombre de “obito”

castellano sin hueso

que me suena muy bien”. (A. Trueba).

Inés Iruzorqui de Trueba casó el 16-VIII-1908 en la Iglesia San Juan Bautista de Pamplona, en Nafarroa, con Francisco Fuentes Ortega. Padres de:

1.1.- Francisco Fuentes Irurozqui, padre de tres hijos, con seis nietos.

1.2.- Pilar Fuentes Irurozqui.

1.3.- Manuel Fuentes Irurozqui.

2.- Fernando Ramón de Irurozqui Trueba, nacido en la anteiglesia de Abando (más tarde incluida en la villa de Bilbao), calle Ibáñez nº 10, el 10 de agosto de 1888 y bautizado el día siguiente en su parroquia de San Vicente Mártir, apadrinado en la pila por Ramón Irurozqui, representado por Antonio Trueba, y por Luisa Irurozqui, representada por Caridad Hormaechea.

Aita, Aita,

o dos veces padre

llama el eúskaro al abuelo

y en verdad que yo lo soy

desde que Dios me dio nietos”. (A. Trueba).

3.- Juan de Irurozqui Trueba, nacido en la anteiglesia de Abando (más tarde incluida por la villa de Bilbao), calle Ibáñez nº 10, el 10 de febrero de 1891 y bautizado el día siguiente en su parroquial de San Vicente, apadrinado en la pila por Clemente Uribasterra y Felipa Quintana.

4.- Ramona de Yrurozqui Trueba, esposa de Ramón Huici Navaz. Padres de:

4.1.- Fernando Huici Yrurozqui, que casó y es padre y abuelo.

4.2.- Juan Huici Yruzorqui, fallecido en la guerra del 36.

4.3.- José Manuel Huici Yrurozqui, fallecido poco después de la güera del 36.

5.- Rosa de Yrurozqui Trueba.

6.- Antonio de Yrurozqui Trueba. Antonio casó en primeras nupcias con Rosa Gaitero, en la que tuvo a:

6.1.- Julián Antonio de Yrurozqui Gaitero. Casó y tuvo descendencia.

Casó de nuevo Antonio, con Juanita López, padres ambos de:

6.2.- Juan Carlos de Yrurozqui López. Soltero.

Muere el de los Cantares el día 10 de marzo de 1889:

Dicen que el cisne cuando muere, canta,

y hoy tanto de mortal mi dolor tiene

que acaso es la del cisne mi garganta

la voluntad de Dios es justa y santa

hágase en mí Señor lo que ella ordene”. (A. Trueba).

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Don Gregorio San Juan publicó en el año 1989 una obra sobre Antonio de Trueba,en la que incluye algunos de sus versos y cuentos, precedidos de una semblanza biográfica de la que transcribiré seguidamente algunos de sus páginas (no todos). Espero que su lectura sirva para animar a algún lector de la presente a acercarse a alguna librería o biblioteca en busca de uno u otro libro de Antón el de los Cantares.

Nacimiento infancia y adolescencia.

Antonio Manuel María de Trueba y de la Quintana, que ese era su nombre completo, nació en Montellano, lugar perteneciente al concejo de Galdames, en las Encartaciones de Vizcaya, el 24 de diciembre de 1819. Hoy todos están conformes con este dato (y no con el de 1821, que se había venido dando como bueno por razones que luego se verán).

Fueron sus padres D. Manuel de Trueba, oriundo de Mantilla, en la provincia de Santander, y Marta de la Quintana, procedente de Montellano.

A poco de nacer, sus padres, labradores, se afincan en Santa Gadea, en el concejo de Sopuerta, donde residía la familia paterna.

Crece Antonio de Trueba en aquel medio rural y aprende las primeras letras, preparándose para convertirse en un labrador cuando la edad le haga apto para el oficio. Acudió en cuanto pudo a la escuela pública de Sopuerta donde tuvo de maestros a D. Tomás de Santa Coloma y D. José María de Sagarmínaga.

Según confiesa en varios de sus escritos, se aficiona muy tempranamente a la lectura. Tiene en su modesta biblioteca familiar el catecismo del Padre Astete, el Año Cristiano, los Fueros de Vizcaya y el Quijote, que le orientan en sus primeras curiosidades literarias y humanas.

Niño blando, imaginativo, no soporta la crueldad ni la sangre hasta el punto de que huye a los campos cuando sus padres matan e! cerdo, u otros animales, lo que le marca para siempre. De mayor escribiría cosas terribles sobre la fiesta taurina. Y una fábula, El cortante y el carnero, que le retrata:

Nada, exclamó el carnicero.

Este pícaro carnero

que no se deja matar.

Su imaginación le lleva a entregarse a la lectura de los romances y las coplas que cantaban los ciegos en las romerías de la comarca. Se daba la circunstancia de que un hermano de su padre, Manuel de la Quintana, a quien sus convecinos conocían por «el Vasco», era un aventajado autor de coplas y romances. Tal era su afición y la facilidad que demostraba que nos dice se pasaba horas y horas hablando en verso.

Antonio de Trueba, con estos antecedentes, se inicia en el arte de escribir cantas. De poner en verso rústico, las historias y los amores ingenuos de las muchachas de su edad.

Ayudando en las faenas del campo o acudiendo a la venera, leyendo y escribiendo coplas y romances, Trueba se va haciendo hombre. A la muerte de Fernando VII, en 1833, Carlos María Isidro, inicia la guerra en las provincias del Norte, la llamada Guerra Carlista. Las partidas del pretendiente andaban por las Encartaciones reclutando mozos en edad de coger las armas, lo que produce gran inquietud en la familia. Parece que data de entonces el intento de rebajar en dos años la edad de Antonio para retrasar su incorporación a filas; y de ahí nació la confusión de algunos que le dan como nacido en 1821.

La madre pensaba en el daño que suponía una guerra como aquélla para la comarca, para la gente de bien que se veía forzada a tomar partido, pero pensaba sobre todo en su hijo, incapaz de considerarse enemigo de nadie y de salir al campo a disparar contra otros españoles.

Madrid. La ferretería.

Como la guerra se prolonga y más pronto o más tarde se van a ver envueltos en ella, deciden enviarle a Madrid a casa de un primo de su madre, D. José Vicente de la Quintana, que tenía un establecimiento de ferretería en la calle Toledo, número 81. En esa ferretería y luego en otra de Esparteros, número 11, pasa Trueba diez años de su vida. Hace una jornada larga de dependiente, pero aprovecha el tiempo que le deja libre el trabajo para perfeccionar su cultura literaria, para leer y escribir coplas, para iniciarse como articulista y narrador.

Hombre de campo al fin, siempre que puede se expansiona por los alrededores de Madrid: el Retiro, Lavapiés, Ventas, la Casa de Campo, la Fuente del Berro, los Carabancheles.

Sus lecturas son las propias del romanticismo que triunfaba por entonces: Larra, Espronceda, Zorrilla, el Duque de Rivas, Martínez de la Rosa, Mesonero Romanos, Hartzenbusch. También lo que escribe por aquellos días, sus ensayos en que cifra su aprendizaje de escritor, se basan en esos modelos, responden a esa estética. No se conservan muchos de estos ensayos. Sí algunos como La Torre de Loizaga, que muestra a las claras de dónde le venía la inspiración.

A sus embates resisten

tus pardas almenas góticas

y así eslabonando siglos

triunfos también eslabonas

También paga tributo a la estética romántica su primera novela histórico­caballeresca El Cid Campeador y aún la segunda Las hijas del Cid.

En 1845 abandona el trabajo de la ferretería y entra como escribiente en el Ayuntamiento de Madrid, con un sueldo de diez reales diarios, empleo en el que permaneció tres años.

Vida literaria.

A lo largo de este tiempo ha ido estrechando relaciones con algunos de los escritores que empezaban como él, pero que ya tenían asegurada alguna forma de subsistencia. Serán sus amigos más fieles a lo largo de toda su vida: Antonio Arnao, Luis de Eguílaz, Vicente Barrantes, José de Castro y Serrano, Carlos de Pravia, José de Selgas.

Trueba acudía a las tertulias donde se reunían los ingenios que aspiraban a hacerse un hueco en la vida literaria. Al Café del Príncipe, al Nuevo Café Suizo, al de la Esmeralda; a éste sobre todo al que acudían escritores de condición social modesta.

«Frente al tipo de poeta romántico y bohemio, dice Cossío, oponían estos hombres el del poeta pobre pero buscando honradamente lugar y ocasión de atender a sus necesidades. No creo que pueda darse nada más opuesto a la concepción romántica del poeta indigente y desconocido de la sociedad que el de un Trueba ganando su jornal como dependiente de mostrador en una ferretería y bendiciendo a Dios y buscando los aspectos más nobles de la sociedad para cantarles sin énfasis y con sencillez.»

El libro de los Cantares

El Libro de los Cantares se publicó en 1851. En él condensa toda la experiencia de su juventud:

«La mayor parte de los versos que contiene este libro se han compuesto de memoria, soñando con mi país y vagando por el Retiro, por la Florida, por la Montaña del Príncipe Pío, por la Casa de Campo, por la Virgen del Puerto, por las praderas del Canal, por Lavapiés y el Barquillo.»

Tuvo un enorme éxito. Se repitieron las ediciones en España, varias de ellas fraudulentas (la quinta de ellas, «de orden y a expensas de S.M. la Reina», en 1862). Se publicó en Alemania (en 1860, en Leipzig, por el editor Brockhaus) y en América. Se tradujo a casi todos los idiomas europeos: al catalán lo tradujo Francisco Pelayo Briz (Barcelona, 1862), y al italiano, parcialmente, Giacomo Zanella.

El editor de la primera edición, a la vista del éxito que las ediciones sucesivas iban teniendo, pretendió oponerse a las ediciones hechas por el autor y reclamar una indemnización por ello, considerándose titular exclusivo de los derechos de propiedad de la obra, por haberle abonado 2.000 reales con ocasión de la primera edición.

Pero el Juzgado de Primera Instancia de Lavapiés dio la razón a Antonio, concediéndole la propiedad exclusiva de su obra.

En 1859 contrae matrimonio con Teresa Prado, que fue su fiel y abnegada esposa.

Para cuando tuvo lugar su boda, ya estaba Trueba introducido en el mundo de las letras, colaboraba en las más de las revistas que se publicaban en Madrid por entonces y era amigo de todos los escritores que pugnaban por hacerse un nombre entre los literatos de oficio.

En El gabán y la chaqueta, novela de fondo autobiográfico, se cuenta cómo el poeta se casó y fue a vivir a una casita nueva en el número 32 de la calle Lope de Vega. También cuenta cómo sus amigos, tan pobres como los novios en bienes de fortuna, adquirieron los muebles para el nuevo hogar: el gabinete, el escritorio, el comedor y las alcobas, quedando así la vivienda «antes pobre, desolada y triste, hermosa, alegre, casi rica». y nos dice quiénes eran estos amigos de nuestro poeta: José de Castro y Serrano, Luis de Eguílaz, Pedro Antonio de Alarcón, Carlos de Pravia, Eduardo Gasset, Antonio Arnao, Vicente Barrantes, Luis Mariano de Larra, Manuel Fernández Caballero ... Salvo el último, famoso compositor, autor de zarzuelas, todos ellos escritores estimables, en el período de nuestra historia literaria que va desde el romanticismo al realismo. Son los que imprimen un giro al romanticismo exaltado. Es la reacción moderada que pretende tomar un mayor contacto con el pueblo, que se hace popular.

Los cuentos de color rosa y otros cuentos.

Tras su éxito como poeta, tras sus ensayos como novelista histórico­romántico, Trueba se aplica a escribir cuentos, que va dando a conocer en las revistas del tiempo. En 1859 publica la primera colección de éstos, que titula Cuentos de color de rosa, «porque son el reverso de la medalla de la literatura pesimista que se complace en presentar el mundo como un infinito desierto en que no brota una flor y la vida como una perpetua noche en que no brilla una estrella».

Están escritos desde la añoranza de su comarca natal, de las Encartaciones, y llevan una dedicatoria, «A Teresa», a quien le habla de la hermosura de aquella tierra que van a recorrer juntos en su próximo viaje de novios.

A este libro siguen otros: Cuentos campesinos, Cuentos populares, a los que debe su fama, tanto o más que a sus poesías. Trueba es, sin duda, -y ello explica su éxito europeo- el escritor español que mejor conectó con aquella corriente realista, popular, del romanticismo alemán, con el Volkgeist que afloraba, desplazando a la literatura erudita y que cuenta entre otros eslabones a Wolff, los hermanos Grimm, Durán, Bóhl de Faber.

Habría que convenir en que Trueba tenía un seguro instinto y una sensibilidad especial para conectar con algo, la realidad circundante, la literatura popular, que estaba en el espíritu de los tiempos y que le marcó el camino, le descubrió una estética; le apartó de la rutina, de las corrientes imperantes porque no le iban, porque lo suyo era otra cosa.

Este cambio de sensibilidad en que le correspondió hacer un papel destacado, no fue meramente individual sino generacional de algún modo. Los recién llegados a la batalla literaria estaban poniendo distancia con respecto a los modelos del romanticismo desmelenado de la primera hora. En este distanciamiento fue decisivo el magisterio de Rubió que, al igual que otros románticos catalanes (Piferrer, López Soler) tomaron su inspiración preferentemente de modelos ingleses y alemanes.

Cronista y archivero. Segundo destierro.

El eco de la fama de Trueba y sus triunfos en la prensa y las tertulias literarias de Madrid llega a su país. Sus conciudadanos quieren tenerle con ellos. Un admirador de su obra, D. Miguel Rodríguez Ferrer, antiguo goberndor civil, le ofreció una finca al pie del monte Arlabán, ofrecimiento que Trueba agradeció en lo que valía.

Pero son D. Cándido González de Mendía y D. Antonio de Arguinzóniz los que hacen una petición a las J untas Generales de Vizcaya para que se le ofrezca el cargo de cronista y archivero general del Señorío.

La propuesta le hizo ilusión, y la aceptó, desoyendo a sus amigos los escritores madrileños que pretendieron disuadirle de su empeño.

A Trueba le ocurrió lo que a tantos otros. Desde Vizcaya se vivió el triunfo de su hijo en Madrid. Sus libros eran un éxito de público. Era el mundo vasco el que palpitaba en sus páginas y se extendía por el mundo. «Sólo bendiciones han partido de mi aldea para buscarme en mi destierro», escribe.

… … … …

A finales del año 1862 toma posesión del cargo de archivero y cronista del Señorío de Vizcaya. En el desempeño de este cometido acompañó a la Reina Isabel II en su viaje por el País Vasco en 1865. También redactó el Bosquejo de la organización social de Vizcaya. Publica incansablemente, preferentemente artículos sobre temas históricos relativos a Vizcaya.

Cuando se enciende la segunda guerra carlista, Trueba es acusado de tener simpatías en el bando faccioso y se le cesa como archivero, aunque se le mantiene el empleo de cronista del Señorío.

Como su situación se le hacía incómoda, Trueba buscó de nuevo refugio en Madrid, donde vivió desde 1873 a 1876. Allí escribió Madrid por fuera, conjunto de descripciones y cuadros de costumbres, entreverados con recuerdos y vivencias de sus años juveniles. De estas páginas y por cómo están sentidos y descritos los paisajes castellanos ha dicho Valbuena Prat que son un antecedente de la manera de escribir de la llamada generación del 98. «En otra de las jornadas más tristes de mi vida, en el otoño de 1873, en que la guerra civil me había lanzado de los campos nativos a la gran capital, donde estaban los recuerdos de mis mocedades, escribí un libro evocando aquellos recuerdos y acometiendo la empresa que muchos creían imposible, de encontrar poesía bastante para conmover mi corazón y el de los que me leyesen en los alrededores de la metrópoli de España».

Terminada la guerra carlista y a poco de haber regresado a Vizcaya, el gobierno de Cánovas del Castillo aprueba la Ley por la que se suprimen los fueros. Antonio de Trueba es el encargado de redactar en nombre de las tres provincias vascongadas la petición al Rey Alfonso XII para que niegue su sanción a la Ley. Don Alfonso no ejercitó el derecho de veto que la Constitución le otorgaba, por lo que Trueba adoptó en adelante una actitud crítica y distante frente al monarca.

En 1883 muere su esposa. En 1886 Ascensión, su única hija, contrae matrimonio con D. Julián Irurozqui, abogado y profesor del Instituto de Bilbao, que fue un diligente colaborador en la preparación de las ediciones de sus obras.

El 10 de enero de 1889, con la angustia de su última enfermedad, publica en La Ilustración Española y Americana, unas Notas autobiográficas en que resume ejemplarmente todas las etapas de su modesta vida. Y el día 10 de marzo, justamente dos meses después, muere en su casa de la calle Ibáñez de Bilbao.

Pocos días antes puesto ya el pie en el estribo y con las ansias de la muerte, había escrito aquel breve poema en que da su conformidad a la muerte, que ya se lo va llevando. Poema que está grabado para perpetua memoria en la piedra de su sepulcro y en el monumento que en Montellano recuerda el caserío donde nació:

“Dicen que el cisne cuando muere, canta,

y hoy tanto de mortal mi dolor tiene

que acaso es la del cisne mi garganta

la voluntad de Dios es justa y santa

hágase en mí Señor lo que ella ordene”.

Y sigue Gregorio San Juan narrando la biografía y obra de Antón el de los Cantares. Nosotros lo dejamos así.

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Un buen amigo me hace llegar, vía internet, un documento autógrafo de Don Antonio de Trueba, que se titula y dice así:

Breve noticia que el autor de estas obras da de su vida y del objeto con que se hace la presente edición.

He visto repetidas veces que los que me honraban más de lo que yo merezco ocupándose de mi personalidad, incurrían en notables inexactitudes y esto me mueve a dar aquí un breve resumen de mi vida, por más que esté convencido de que al público interesa poquísimo o nada el conocerla. Cuéntase que Alejandro Dumas escribió ésta o parecida frase en su testamento: “He hecho mucho ruido en el mundo y sin embargo dudo que se recuerde mi nombre seis meses después de mi muerte”.

La modestia es muy laudable pero la sinceridad es mucho más laudable aún y nadie debe prescindir de ella aunque le cueste la nota de inmodesto. Las palabras de Alejandro Dumas, que llenó el mundo con sus obras y su fama, serán una buena frase retórica pero no pueden ser la expresión sincera de lo que su autor pensaba al escribirlas. Yo no he hecho ni espero hacer mucho ruido en el mundo, ni creo que mis obras me valgan la inmortalidad, pero aún así faltaría ... a la verdad si dijese que crea que nadie se ha de acordar de mi ni de mis obras después de mi muerte.

Después de mi muerte no faltará quien se acuerde de mi y lea mis humildes escritos, no porque estos sean fruto del genio sino porque lo son de la sinceridad y el patriotismo. Si yo creyera otra cosa no escribiría para el público y si yo no dijera lo que creo faltaría a sabiendas a la verdad. Más quiero que me llamen inmodesto que hipócrita.

Nací el 24 de diciembre de 1819 en el lugar de Montellano, del concejo de Galdames en las Encartaciones de Vizcaya, en cuya Iglesia de Santa María fui bautizado. Fueron mis padres Manuel de Trueba y Ortiz y Marta de la Quintana y Garay, naturales el primero del vecino concejo de Sopuerta y la segunda del mismo lugar de Montellano. Ambos eran labradores, procedían de modestas familias de la misma clase y yo mismo antes de manejar la pluma, manejé el arado.

Cuando apenas contaba un año de edad, mis padres se trasladaron conmigo al barriecillo de Santa Gadea del concejo de Sopuerta, a la casa donde mi padre había nacido y vivido desde que pasó a casar en Montellano. En Santa Gadea viví en lo sucesivo hasta salir de la niñez y allí están casi todos mis recuerdos de esta edad.

A fines de 1836 la guerra civil continuaba cada vez más … y sin señales de terminar. No contaba yo aún edad suficiente para ingresar en el ejército carlista como ingresaban forzosamente todos los jóvenes útiles de 18 años; pero como desde que cumplí quince los reclutadores empezaron a molestarme suponiendo que la edad era indiferente teniendo como tenía la talla, mis padres determinaron enviarme a Madrid, y así lo hicieron.

Coloquéme en la calle de Toledo número 81... en casa de D. José Vicente de la Quintana, natural de Galdames y pariente mío, que tenía comercio de ferretería, y tres años después pasé a otro establecimiento del mismo ramo situado en la bajada de Santa Cruz y luego trasladado a Toledo nº 61, donde permanecí cerca de siete años.

Poco aficionado al comercio, ya fuese por mi inclinación a la literatura o ya porque había sido poco afortunado en él, en 1846 lo abandoné decididamente resuelto a dedicarme a los estudios y trabajos literarios, cualesquiera que fuesen las estrecheces y sacrificios que esta nueva carrera me costase.

Unas veces empleado temporero en el Ayuntamiento de Madrid y otras atenido económicamente a los recursos que me proporcionaban algunos trabajos literarios, viví hasta 1853 con muchas privaciones e incertidumbres mezcladas y compensadas con las alegrías y esperanzas propias juventud. A fines de 1853 entré en la redacción de La Correspondencia Autógrafa de España que publicaba hacía algún tiempo D. Manuel María de Santa Ana y en esta redacción permanecí hasta fines de 1862 en que ya hacía cuatro años que el … se había convertido de autógrafo en topográfico.

En dicho año el Señorío de Vizcaya congregado en Junta General so el árbol de Gernica me nombró por aclamación su Archivero y Cronista sin yo solicitarlo directa ni indirectamente y respondiendo a una moción de varios apoderados fundada en merecimientos que se me supusieron y en que estaba preparada para presentarse a la Junta General una exposición popular autorizada con algunas miles de firmas en que se pedía que el Señorío me llamase a su seno y … protegieses mis trabajos literarios.

Trasladéme con mi familia a Bilbao a fines de septiembre de 1862 y aquí vivo desde entonces exclusivamente dedicado a mis ocupaciones y particularmente a los que tienen conexión con mi cargo.

A principios de 1859 casé en Madrid con Dª Teresa de Prado, huérfana y perteneciente a una familia distinguida aunque escasa de bienes de fortuna, y no he tenido más sucesión que una niña llamada Ascensión que nació el 17 de mayo de 1860 y es la mayor alegría y consuelo de mi hogar.

Mi madre falleció hacia 1851 sin haber tenido ella ni yo el consuelo de volvernos a ver desde que nos separamos casi en mi niñez y mi padre la sobrevivió hasta principios de 1870, en que falleció a la edad de 84 años en Sopuerta, en casa de mi único hermano que es allí labrador y padre de numerosa familia.

 

Antonio Castejón.

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