Gara, 10 de mayo de 1999

Las bicicletas no son (sólo) para el verano

Manuel J. Román Miembro de la Federación Alemana de Clubes de
Bicicleta

El desconocimiento que políticos, técnicos y otros que dicen promover
el uso de la bicicleta suelen tener del ciclismo urbano que no practican,
hace a veces, y éste es el caso más reciente y paradigmático que
conozco, que una declamada defensa de su empleo quede reducida a
simple voluntarismo, declaración de buenas intenciones que la realidad
desmiente, pura demagogia, grave incompetencia, ideologismo
medioambiental por bulerías o mera imitación de un hacer de larga y
extendida tradición en lejanos países del norte de Europa, tierras
aquellas que cuentan con un serio y coherente tratamiento global del
transporte (público, peatonal, ciclista, automotriz) y adecuadas
políticas ­incluso fiscales­ que inciden en el uso de la bicicleta en
desmedro del automóvil privado. Afortunadas sociedades aquellas que
gozan de vastas redes ciclistas, excelente transporte público, tarifas
combinadas entre diferentes modos (ferrocarril-transportes
metropolitanos e inter urbanos) y en las que desde hace años se observa
en amplios sectores de la población una desmitificación del fetiche
auto- móvil como simbólico objeto de culto y de representación social,
algo que en sociedades que se han incorporado mucho más tarde al
consumo automor aún no sucede. Así, fenómenos alemanes como la
planificación de barrios de nueva planta sin autos o el de las numerosas
asociaciones de car-sharing (que fomentan el uso compartido de un
mismo auto por diferentes familias o personas, promoviendo un
racional y equilibrado empleo de los dife- rentes modos de transporte)
tardarán muchísimo en llegar aquí. En cambio, publicitando la supuesta
descongestión del tráfico, aquí se construye nueva infraestructura viaria
que genera más desplazamientos de más vehículos privados, que
provocan mayor congestión, logrando entonces lo contrario de lo que se
dice querer evitar.

Hechos, planes gubernamentales y tendencias hacen presagiar que
pasará bastante tiempo hasta que los políticos de este país decidan
reducir el ya excesivo uso y abuso de suelo urbano público ocupado
por una minoría de conductores no profesionales que utilizan peligrosos
vehículos a motor para su transporte unipersonal y como objeto de
representación social, endosándonos, además, una cuantiosa factura por
deterioro ambiental, siniestralidad e infraestructura y mantenimiento
viarios, de la que la mayoría no somos responsables ni usufructuamos
individualmente pero también pagamos. Un Ayuntamiento que favorece
al coche privado inaugurando mil nuevas plazas de estacionamiento en
pleno centro de la ciudad (que se suman a las 750 rotativas existentes
en el parking de Oquendo y a las 500 que añadirá Kursaal), difícilmente
restringirá sustancialmente nuestro suelo (público) ya tomado por los
automóviles. Sus decisiones ahondan la congestión: "cada nueva plaza
de estacionamiento genera entre cinco y diez desplazamientos
adicionales" de vehículos ("Luz verde para las ciudades". 1993,
Madrid. MOPT y otras "poco sospechosas" instituciones).

Olvidémonos del carril-bici que no existe y, yendo a lo tangible sin
tomar por la tangente, analicemos muy someramente las actuaciones de
Ayuntamiento donostiarra en favor de la bicicleta, obviando el hecho de
que aquí tampoco existe una red ciclista sino, tan sólo, una serie de
intervenciones puntuales desgajadas entre sí. Pasemos por alto también
esos 400 metros de acera-bici que adornan la Zurriola, uno de los
mejores ejemplos de lo que no se debe hacer, con su completísima
colección de obstáculos diversos (postes varios, dos tipos de farolas,
parada de autobuses, etcétera. Tomemos la vía ciclista de doble
dirección que une Amara Nuevo con Anoeta, en cuya ejecución no se
han tenido en cuenta los anchos normativizados por el Gobierno vasco
(Decreto 283 /1989) para "pistas ciclistas separadas físicamente de la
calzada", cojamos una curva y comprobemos que su radio de giro y
visibilidad son peligrosamente inadecuados. Comprobemos también
que agrega a todo ello una serie de originales e ininteligibles marcas
viales no contempladas en la Ley de Tráfico, Circulación de Vehículos
y Seguridad Vial que nos rige, ni en el Catálogo Oficial de Marcas
Viales, ni en convenciones y acuerdos internacionales a los que nuestra
ley adhiere. Dicho de otra manera: el Ayuntamiento donostiarra
transgrede los límites que impone el principio de legalidad, afectando a
materias respecto a las cuales el texto de la ley no habilita
específicamente a gobiernos autónomos y muchísimo menos a
municipios. Y esto lo hace, curiosamente, al ocuparse de vías ciclistas.

Olvidemos el lamentable estado de algún bidegorri; sólo digamos que
no se ha contemplado que, al igual que las calzadas o carreteras, éstos
también requieren mantenimiento. Intentemos el tránsito por el del
Paseo Nuevo, que nuestra alcaldía ya suma a sus últimas actuaciones en
favor de la bicicleta. ¡Sorpresa!: no está habilitado como tal, puesto
que no ha sido identificado con la preceptiva señal vertical ni con la
muy recomendable marca de un ciclo sobre su pavimento. Así las
cosas, nadie, turistas y turismos incluidos, está obligado a saber o
reconocer (en caso de accidentes, por ejemplo) que ése es un camino
reservado para bicis porque su firme sea más o menos rojizo. Ese
camino, que será un bidegorri sólo cuando esté señalizado como tal,
debe ser flanqueado, además, con pivotes adecuados que impidan su
uso como permisivo estacionamiento de automóviles, algo que
cualquier persona medianamente sensata podía preveer que ocurriría ya
y ocurre. Tal vez por ello, con eficiente rapidez, generosidad y
verdadero pragmatismo, nuestro sensato ayuntamiento ha respondido a
lo que comenzó como normal y espontánea iniciativa de algunos
automovilistas, retirando la solitaria señal de prohibición de parada y
estacionamiento que hasta hace unas semanas aún se erguía al comienzo
del mismo, reemplazándola por una menos molesta de limitación de
velocidad, acompañada por otra que indica que esa calzada no tiene
salida. Inaudito.

Con estos pocos ejemplos ­se pueden dar más­ pretendo demostrar que
el debate aquí es mucho más serio y urgente que el que oculta y desvía
un hipotético carril-bici. Las bicicletas, que están hechas no sólo para
el verano, acarrean, además de una práctica cesta si es necesaria, una
problemática que unos ni han sospechado, otros parecen subestimar y
algunos han desatendido, y que exige ser tratada con el mismo rigor que
se debe aplicar a infraestructura, circulación y seguridad de cualquier
otro vehículo y persona definidos en la legislación de tráfico y normas
forales y de la CAV.

Así, mientras el Ayuntamiento de la capital de Gipuzkoa naufragaba en
procelosas aguas agitadas por dos ruedas, el de Irun, más modesto pero
más sensato, convocaba a especialistas para el estudio de la promoción
de la bicicleta en esa ciudad. Espero que aficionados a la teoría y/o a la
publicidad se hayan abstenido, y que no caigan en los errores ya
cometidos por los mayores. Aquí, por las dudas, queda una breve lista
de lo que no hay que hacer.