 |
El Jazz y la Fotografía comparten la singularidad del reflejo y la
proyección especular en ventanas de ángulo y dimensiones subjetivas.
Quizá por eso, el azogue presente en ambos se infiltra en las imágenes
tomadas u observadas y, así, donde sólo debiera destacar el instante
de la música, se entremezcla por ejemplo el dolor de rodillas de un
grupo de fotógrafos tratados como ganado por una organización
intolerante. O, del otro lado, el contrapunto patético de algún
acelerado de la cámara que destroza un solo con la despiadada
ráfaga de su ultramoderna reflex digital mientras se abre paso a
codazos o se sube a una silla molestando a un público que, a su vez,
ayuda a profundizar en el desastre aclamando en ocasiones a la
mediocridad, el aporreo de instrumentos o los pastiches made in USA o
Spain.
¿Estaremos,
desde uno y otro lado del espejo, matando el Jazz y la Fotografía de
Jazz? Puede que todo el mundillo que nos movemos en torno al Jazz
debamos mirarnos así, abiertamente, en la distorsión de nuestras
imágenes y volver a la simplicidad que demandaba el gran Julio:
"...un
tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo,
un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fín,
literatura."
Rayuela, capítulo 18
|