1.Por mi ventana sólo
podía oír el ruido de los tacones e intuir el paso de los
peatones por la acera que separaba mi casa del resto del mundo. Pero tampoco
eso fue durante mucho tiempo. La goma de los nuevos calzados amortiguaba
tanto el ruido que solo me daba cuenta de la gente que había fuera
cuando un grupo de señoras de entrada edad, cuando unas viejas cualesquiera
sin nombre ni apellidos, paseaban con sus agujas por lo que en otros tiempos
era la calle. Y es que tampoco la calle se mantuvo. El paso del tiempo,
la modernidad que ellos llaman, la convirtió en bulevar. Y tiraron
el colmado que había junto a la taberna. Y vino un político
de traje a inaugurar el centro de jubilados, que se llama Centro Social
Federico García Lorca. Antes era el club. Recuerdo casi perfectamente
las partidas de perejila que allí jugaba mi madre, pela para aquí
pela para allá, y siempre llegaba a casa y decía que venía
más rubia, por que había desplomado a la de la funeraria,
o que venía más libre, por que ya no tenía tantas
imágenes de Franco en el bolsillo. Cuando Don Antonio logró
al fin coronar la parroquia con una cruz de forja de hierro, plateada con
purpurina en los talleres de los scouts, vino el Obispo Don Clemente a
oficiar la Santa Eucaristía. Tuve que ponerme, que todavía
me estoy viendo y me muero de vergüenza, unos brichis de rayas negras
y blancas, una camisa inmaculada con chorreras y una chaqueta de punto
cruzada de color rojo. Tampoco es que llamara la atención entre
los demás del barrio, pero ya comenzaba a tener mi orgullo personal.
Hace un mes inauguraron la Iglesia de los clavos de Cristo. Y no vino nadie.
Ni obispo, ni gente, y supongo que ni Dios. Por un lado el hecho en si
no me pareció sino fruto de una modernización progresiva,
de una mayor libertad. Pero también sentí algo de pena por
no conservar aquel aspecto familiar del barrio que en torno a la parroquia
se daba. En realidad nadie de los que íbamos a misa nos preguntábamos
qué había de cierto en aquellos pregones de Don Antonio,
ni comentábamos entre nosotros nada de lo que allí se decía.
Probablemente nadie hacía ni santo caso al pobre cura que se desgañitaba
contra la gula y se ponía hasta las pelotas de comer y beber buen
Rioja.
Yo salí poco del barrio.
Allí di mis primeros pasos, vi mi primera película, me salió
mi primer diente y me gané mi primera hostia. Luego la vida ya se
ha encargado de que dé más pasos, viera más películas,
me pusieran más dientes y me dieran muchas, muchas más hostias.
La fortuna hizo que jamás me faltaran los amigos. Eso sí,
amigas ni en pintura. Desde siempre me llamó más la atención
lo masculino, y será por eso por lo que mi cuerpo siguió
tan bien las teorías darwinianas de mejora de la especie, pues yo,
y mal está que conjugue esto en primera persona del singular, fea
lo que se dice fea no he sido nunca. Más bien todo lo contrario.
En mis tiempos mozos ligaba cuando, donde y con quien quería. Y
a pesar de mi agrio carácter. Pero mis ojos verdes engarzados en
la tez negruzca y bajo un pelo como carbón eran irresistibles para
cualquier hombre. Y si no resultaba por ahí ya me encargaba yo de
echar tanta leña al fuego como para que el indicador de temperatura
subiese hasta donde necesitaba. Lo que también es cierto es que
nunca tuve la necesidad, o al menos así lo sentí, de tener
que atarme a nadie hasta que la pálida dama nos separase. Salí
con tipos, claro que sí, con más de uno y de dos, y de no
sé cuántos. Pero siempre al salir el sol, tú a Boston
y yo a California, vamos que te haga la comida caliente tu madre y te lave
la ropa otra santa lavadora.
Mi extensión es la 2212
del 900987654. Cada vez que parpadea mi línea, con voz amable, digo:
Soy Marga, extensión 2212. Bienvenido a Segur On Line, ¿en
qué podemos ayudarle?. Y así meto cinco horas por la mañana
y tres por la tarde, y a final de mes me ingresan 135286 pts en concepto
de salario. Teniendo en cuenta que pago 60 verdes de alquiler, pues ya
se puede ver más o menos cuándo fue la ultima vez que vi
la calle para cenar. Y eso que realquilo una habitación a una chica
lesbiana que de vez en cuando se estira y me ayuda a limpiar la casa. Pero
vamos, lo justo. Últimamente suelo quedarme en casa a leer y escuchar
música. Me encanta escuchar música, y ponerla a tope y bailar
mientras barro, friego o tiendo la ropa. Me hace pensar que ni estoy barriendo,
ni fregando, ni tendiendo la ropa. Vamos, que no soy ama de casa. Mis padres
me llaman de vez en cuando. Bueno, mi padre no me ha llamado nunca, excepto
una vez que mi madre se puso enferma y no sabía como funcionaba
el aparato ese para calentar leche y llevarle un vaso caliente a la cama
para que se mejore. Que será gripe. El aparato se llamaba microondas
y no fui capaz de explicarle por teléfono cómo se ponía
en marcha (la ruedita que tiene números y la otra pequeñita
del reloj), y la gripe resultó ser una inflamación estomacal
o algo parecido, que la tuvo convaleciente mes y medio. Convaleciente para
una madre significa una semana en la cama y el resto como si nada. Son
de otra pasta.
Ni soy de lágrima fácil
ni me arrugo a las primeras de cambio. Tengo carácter fuerte, y
pienso que la vida son dos días, que medio está lloviendo
y que habrá que buscar el lado bueno de las cosas, por que sino
el otro día y medio que queda se nubla. Pero en honor a la verdad
últimamente mi teoría de lo positivo se está hundiendo.
Enterrar a un tipo con el que te has acostado es muy duro. El puto cáncer
no perdona ni a dios, y se cebó de buena manera con el trozo de
pan que era Juanjo. Debe haber poca gente, y ahora desgraciadamente menos,
como Juanjo. Una persona que se vestía por los pies, fiel a su palabra
y siempre de frente. Ahí estaba. Cuando lo necesitabas no fallaba
nunca. Le veo apoyado en el quicio de la puerta, como el abuelo de Víctor
Manuel, con la cabeza ladeada y una sonrisa que no se veía pero
se notaba. Ahora abro los ojos y veo su rostro pálido, muerto, una
cara sin expresión, un cuerpo rígido, vacío. Y me
pregunto dónde coño estarán ahora los guiños
de ese tipo tan cojonudo que era Juanjo. Y me doy cuenta que tarde o temprano,
y mejor tarde, les tocará a mis padres, y no me hago a la idea.
Y sé que también me tocará a mí, pero no puede
pensarlo. ¿Qué sentido tiene todo?
Que las mujeres no somos buenas
conductoras es un tópico basado en ciertos hechos reales. Somos
más inseguras, tenemos peor control del coche y seguimos a rajatabla
las normas de circulación. Y las normas están para saltárselas.
Por eso fumo. Por que a mi nadie me dice que tengo que hacer con mis pulmones.
Coger el coche es como meterte en la jungla con un cuchillo entre los dientes
e intentar sobrevivir. Por eso me gusta conducir. Pero como todo lo bueno,
si breve dos veces bueno, aunque mi amigo Eduardo inspirado en otro amigo
suyo escribió en la puerta de un baño: lo breve, si bueno,
dos veces breve, pero hacer que el viaje en coche sea breve está
hoy al alcance de muy pocos pueblos. El mío tampoco está
en la lista.
Hacer entrar en razón
a aquel señor gritando era tarea difícil. Era incapaz de
comprender que sí, que me había despistado, que llevaba la
radio del coche a todo gas y que el semáforo rojo ni me pareció
semáforo ni que estuviese rojo. Que lo sentía mucho, que
abollar su coche de la transición era trauma difícil de superar
para mí, pero que dejase de achacar el error a mi sexo, y que, por
favor, dejara de gritar. Saca los papeles del coche, rellénalos
y vete a trabajar. Una, que es muy inútil para lo de los formularios
y que lo único que quería era alejarse de semejante energúmeno,
pues dejó que rellenará el muchacho el parte de accidente.
Firme, me despedí cortés e irónicamente y me fui al
trabajo.
- Soy Marga. Extensión
2212. Bienvenido a Segur On Line. En qué podemos ayudarle...
-Buenos días. Llamaba
para dar un parte.
- ¿Su número de
matricula por favor?
- V-9870-G
- Un Renault 6 de color azul.
- Verde, ahora es verde, que
lo ha pintado mi cuñado. Pero eso no importa para el seguro ¿no?
por que es que verá...
-No se preocupe, correjimos
los datos ahora mismo. Espere un instante mientras accedo a la base de
datos...
-Sí, sí, ya espero.
-¿Desde dónde
nos llama?
-De aquí de Madrid.
-¿Ha habido heridos en
el accidente?
-No, pero por poco, por que
de no ser que...
-¿Está su vehículo
entorpeciendo el paso, impidiendo el tránsito habitual y correcto
de peatones o en zona con riesgos tales como una gasolinera, una fábrica
o similar?
-No, no...
-¿Posee su vehículo
algún tipo de avería que le impide continuar su marcha con
normalidad y ha de ser remolcado por una grúa?
-No, no, el golpe solo es de
chapa.
-Me puede indicar los datos
del otro vehículo implicado.
-¿El otro coche?
-Sí, si es tan amable.
-El otro coche era un VolksWagen
Golf granate matrícula M-7865-GT.
-¡Hostias!
-¿Cómo dice?
-Perdone, perdone. ¿Los
datos del otro conductor?
-La otra, la otra zorra que
se ha saltado el semáforo...
-¿Sería tan amable
de responder solo a lo que le pregunto?
-Margarita Rodriguez Cortés.
-Bien perfecto. Gracias por
llamar a Segur On Line.
-¿Pero ya está?
¿Qué hago con el coche dónde lo llevo?
-Gracias por llamar a Segur
On Line.
Ya es mala suerte. Hay ciento
trece compañías de seguros en este país, y treinta
y cinco operadoras telefónicas en mi turno y me tiene que tocar
a mí, justo a mí el hijo de puta al que le he estampado mi
coche en su preciosa puerta delantera izquierda. Que se la va a hacer.
Dos semanas suspendida de empleo y sueldo por no gestionar el parte y 43000
pesetas del ala para pagar al chapista del maldito R-6.
Ha habido muchos hombres en
mi vida. Aunque algunos es posible que sobraran, en realidad con todos
he llegado a alguna conclusión. No me creo eso de que todos los
tíos son iguales. Todavía no he encontrado, no ya al perfecto,
que se quedó dentro del guión de Pretty Woman, si no a uno
que se acerque algo a la imagen de amigo que una tiene. Pero esto tiene
que cambiar. En el último fin de año, para mí la navidad
no existe, hablé muy seriamente conmigo y me dije que había
que empezar otra vez, pero no de cualquier forma, sino empezar de verdad.
2. Decirle a mi jefe que le dieran
por donde la espalda pierde su bello su nombre no es que no me fuera difícil
sino que me proporcionó tal placer que lo extendí a mis "compañeras"
de trabajo, a varias de mis "amigas" y a algún que otro familiar.
Y es que no hay nada peor que coger carrerilla en estas cosas. Mi madre
ya decía cuando era pequeña que a mi si me dejaban... eso
de ancha es Castilla se quedaba en nada. La verdad es que tampoco pensé
mucho las consecuencias que podría tener mandar a tanta gente a
tomar la fresca, pero ya veo que sí, que seguimos viviendo en un
país de horchata y pandereta. De hecho, la hermana de mi padre,
Tere, la segunda, llamó a mi casa diciendo que si era una puta,
que si me drogaba, que si no tenía vergüenza y que si mi madre
tenía la culpa de todo... y claro mi padre se lo creyó. Reunión
en la cumbre, que qué te pasa, que por qué has hecho esto
y tal y tal. Como ya había entrado en calor y le había cogido
el gusto a cerrar puertas, pues seguí con mi señor padre,
toda una institución en el orden, el respeto y la disciplina, y
aproveché para hacerle constar una serie opiniones que desde la
era de la chaqueta de pana me venía guardando. Mi madre no se quiso
venir conmigo, aunque ahora me la imagino llorando sola en la oscuridad
de su cama solitaria. A pesar de dormir con su marido.
No me asustaba la idea de cambiar
de ciudad, ni de tener que buscar gente con la que convivir, candidatos
a amigos. Lo que realmente me daba miedo era haber cerrado una etapa de
mi vida. Pasar una página y ver que me quedaban menos para el final.
No me asustaba el futuro, sino la sensación de no haber vivido el
pasado tal y como debiera.
Esta vez no me anduve por las
ramas. Era la primera ocasión que tenía de estructurar mi
vida desde el principio. Sin ataduras, sin seguir el camino que de una
forma más o menos involuntaria te marcan tus padres. Quería
que todo fuese perfecto. Alquilé una buhardilla que tenía
justo cuatro paredes. Con paneles de no sé que material prefabricado
hice una mínima separación: baño, dormitorio y cocina
americana. Un gran espacio donde puse el sofá, el equipo de música,
miles de jarapas, mesas bajas, lamparas de luz indirecta, y la propia zona
para cocinar. Y por supuesto, claro, la vitrina con Mariquita Pérez
y todos los trajes que mi madre me había hecho para la muñeca.
Todo estaba a mi gusto. Ya tenía guarida. Ahora tocaba conquistar
la calle.
El primer cambio fuerte fue
el clima. Joder, que frío hacía en el norte. La mitad de
la ropa que tenía la tuve que regalar a la parroquia del barrio.
Esta se llamaba Santa Casa de los Ángeles del Señor. En una
época en la que se controla hasta el color de la ropa de los presentadores
de televisión, la iglesia católica, que no le sobran precisamente
aficionados, se emperra en poner nombres imposibles para las ancianas que
habitan sus incómodos bancos. Allá ellos, pero deberían
pensar que la religión musulmana gana adeptos y se arreglan con
una alfombra. Seguro que tiene algo que ver. Digo yo. Bueno, una vez ordenada
la casa y renovado el vestuario, mi cuenta corriente marcaba un saldo tan
negativo que el banco decidió cobrarme los sellos de las cartas
que me enviaban. Para no arriesgar, decían. Que igual se arruinan.
Pues tenía que buscar trabajo, y una que es muy echada para adelante,
salió currículum en mano a por su primer puesto de trabajo
como asesor comercial en mi nueva vida. En el primer lugar en el que me
presenté me pidieron además de inglés y francés,
que los domino con mayor o menor fortuna en función de la bebida
que haya ingerido, que también conociese el idioma autonómico,
que claro, solo había odio en boca de algún político
que despotricaba contra otro en cualquier campaña electoral. Bueno,
a por otra. Conocimientos de informática. Los justos. Menor de treinta
años. Imposible de solucionar. Media jornada. Necesitaba jornal
completo. Disponibilidad para viajar e incluso cambiar de ciudad. No quería
más traslados. Coche propio. No valía bici. Y así
hasta catorce asesorías y diferentes empresas que solicitaban "ayuda"
en los diarios locales.
Al encargado de ese afamado
restaurante de comida rápida que tiene una significativa M como
logotipo le agradó mi presencia. Y yo, que de perdida al río,
comencé a atender a mocosos quinceañeros en busca del regalo
de la comida feliz y la niña modosa de dieciséis que se dejase
meter mano y lo que hiciera falta. Todo al mismo tiempo. Queriendo ser
tan niños como para seguir jugando con el muñequito y tan
hombres como para jugar con las faldas. Los jóvenes de ahora son
exactamente iguales que los de antes. Inconformistas, comodones, apasionados,
insolentes... El problema está en los niños, que pasan de
la candidez al calor humano quizás demasiado rápido. O no.
Quién sabe. Igual es mejor que no pierdan el tiempo como lo perdieron
muchos antes. La cuestión es que yo estaba allí sirviendo
diferentes hamburguesas con distintos nombres y el mismo sabor. Y comencé
a conocer gente. Así, como de golpe, me di cuenta que el encargado
me apreciaba mucho. De hecho creo que mis partes delantera superior y trasera
media le llamaban profundamente la atención. O eso hacia presagiar
el charco de babas que dejaba cuando me hablaba. Y siempre había
buena excusa para hablar. Que si no queda queso en la nevera, acompáñame
a por más, que si hay que ordenar el almacén, ven conmigo,
que si una cosa y que si la otra. Que no. Que paso en moto de los babosos
moscones pesados engreídos. En moto. Así que me compré
una y repartí esas tortas italianas con queso y tomate que tanto
éxito tuvieron y tienen en mis días. Le deje al encargado
con cara de pánfilo debajo de su hortera y grasienta gorra, y me
largué a entregar comida italiana a domicilio. De ahí
a limpiar portales, cuidar niños, poner vinos y por fin, de nuevo,
a una oficina. Esta vez sí. De asesor comercial. Me costó
ocho meses y cinco empleos asentarme en mi nueva ciudad, pero lo conseguí.
Ya tenía una casa montada
a mi gusto, ya trabajaba en lo que me sentía preparada, que tampoco
era lo que más me gustaba pero bueno, solo me faltaba la estabilidad
personal. Era cuestión de tiempo. Nada mas que tiempo. Pero ¿tanto
tiempo?. Pasaron los días, las semanas, los meses, y sobre todo
las noches. Muchas noches pescando botas. Botas que te puedes poner un
par de días, pero que siempre acaban haciendo rozaduras. Y yo, que
no creo en cuentos y menos en cenicientas, me di cuenta, o creí
darme cuenta, que mi zapato de cristal debía haber saltado en pedazos
el día que el puto cáncer se llevo a Juanjo. ¿Dónde
estará ahora el bueno de Juanjo?. Y la verdad es que entre él
y yo no había nada, era una buena relación. Una gran amistad.
Pero ¿qué digo nada?. Entre nosotros había el mayor
lazo de unión que puede haber entre dos personas: la confianza.
Sabíamos lo que queríamos. Sabíamos lo que hacíamos.
Nos respetábamos y sobre todo nos entendíamos. Joder, no
estaba tan bien como creía. Hacía cerca de un año
que Juanjo se había ido para siempre... Qué mierda irse.
Se había muerto, joder, me cago en la... Irse. Él no se habría
ido así, solo. No hubiese dejado esa vida tan de puta madre que
le esperaba. Que igual, jamás lo sabré, nos esperaba juntos.
Cuántas lágrimas inútiles han mojado mi almohada las
madrugadas que había otro en tu lugar. Cuántas. Lo siento.
Dicen los que dicen dichos que
después de la noche viene el día. Y aunque me considero animal
nocturno, ya tenía ganas de ver el sol en mi parte más humana.
En esa que todavía nos queda limpia de polvo y paja... dejémoslo
en limpia. Y es verdad, tras la luna sale el sol, aunque haya un periodo
de amanecer en medio.
3. Luis, Rubén, Miguel,
José Mari, Juanse, Edgar y por fin Alberto. La historia con Alberto,
al que de forma hortera llamaba Alber, no es la típica historia
de bares ni de noches, ni siquiera hay alcohol de por medio y eso ya la
hace distinta a las demás. Fue de la forma más absurda de
la que se puede conocer a alguien. Mi única compañera era
mi propia soledad. Y un día que estaba hablando con ella en medio
de la calle, le pregunté que qué quería para comer,
y por primera vez en mi vida obtuve una respuesta sonora. Era una voz profunda,
muy grave, masculina, que sonaba detrás de mí. Y poco después
nos fuimos a vivir juntos. Alber solo tenía un problema, daba
más cariño del que cualquier persona pudiera recibir. No
es que fuera empalagoso, pero era tan atento que no sé. Capaz de
dialogar, sabía discutir respetando todas las opiniones, siempre
ponía el hombro para recibir las penas. Demasiado bueno. Estuve
a gusto con él, jamás me arrepentí de nada, pero....
Recuerdo con especial cariño cuando me esperaba con la cena preparada
y calentita, o cuando me tapaba por las noches. Estuvimos juntos 18 meses,
o sea año y medio, pero una, que es tonta de remate por no decir
otra cosa, se cansó de la monotonía que proporciona la felicidad.
Me cansé de la tranquilidad, de la seguridad, y busqué la
guerra fuera de casa, y la encontré en brazos de otro tipo. Y lo
que más me jodió fue, ya no sentirme más sucia que
nunca, sino hacer daño a Alber. Echarle de mi vida por la puerta
de atrás. Destrozar todo su empeño, toda su ilusión
por hacerme feliz. Arrancar la felicidad de mi vida. Probablemente nuestra
historia hubiera acabado tarde o temprano, pero no así. Me odié
mucho tiempo. Y con razón. Él ni siquiera eso.
El eco que se producía
en mi casa me daba pavor. Me había acostumbrado a vivir acompañada
y ya no soportaba que la soledad se tumbara en el mejor hueco de mi sofá.
Tampoco quería buscar una nueva historia por que había salido
escaldada, muy quemada de mi propia actuación. De hecho me tenía
miedo, no me creía capaz de controlar mis sentimientos. Y menos
mi cuerpo. No quería, al menos de momento, más hombres en
mi vida. De hecho no sé qué quería hacer con mi vida.
Me levantaba cada mañana por que así me había acostumbrado,
en realidad no lo hacía con ningún fin, ni con intención
de cambiar algo. Simplemente esperaba, muchas veces desvelada, a que sonara
el despertador y abandonaba mi cama, solitaria, e iba a tomarme el café
de rigor. Así día a día, semana tras semana. Hasta
que pasaron tres meses desde que me cargué a Alber. La puta monotonía
se apoderó de mi vida, me volví un ser gris. Uno más.
Una persona perfectamente prescindible en cualquier vida, y sobretodo en
la mía misma. Estaba tocando fondo, o eso creía, pero no.
Siempre hay un escalón más abajo, un peldaño que bajar.
Una aburrida tarde de sábado
llamó la vecina de abajo a mi puerta. Bajé con desgana, no
me apetecía hablar con nadie. Y menos con la cuadrilla que cada
fin de semana conseguía imitar perfectamente el anterior. No iba
a salir.
- Creo que es tu padre- dijo
la vecina
- No creo, no sabe dónde
vivo.
- Pues eso me ha dicho- respondió.
No tenía ganas de discutir
con la vieja así que simplemente no respondí. Supuse que
sería algún gracioso que harto de ver españoladas
en la tele estaba buscando la diversión a cuenta del prójimo.
Si así fuera se iba a reír mucho. Mucho, mucho. Por gracioso
hijo de puta.
- ¿Si?
- Hola Marga, soy tu padre.
Aunque dudé un par de
segundos en seguida me di cuenta que sí, que era él. Hacía
cerca de dos años y medio que no había escuchado su voz,
y aunque la última vez que nos hablamos no nos dijimos precisamente
las típicas cosas que se cuentan padres e hijos, me sentí
reconfortada al escucharle. Al fin y al cabo seguía siendo mi padre.
- Dime ¿qué tal
estás?.... ¿Oye?..... ¿Papá?
De pronto el silencio se apoderó
de una conversación que todavía no había comenzado.
En seguida supuse que algo estaba pasando. No hacía falta ser un
lince.
- ¡Papá! ¡Qué
pasa!
- Tu madre.... es tu madre.
- acertó a decir entre sollozos
Noté como un escalofrío
recorría todo mi cuerpo, como el corazón hizo un brutal cambio
de ritmo y el riego sanguíneo escaseaba en mi cabeza. Dios mío,
todas las posibilidades del mundo pasaron por mi cabeza en cuestión
de décimas de segundo.
- ¿Qué ha pasado?
¿Dónde está mamá?
Cuando vi como su féretro
se hundía en la tierra para siempre fue cuando realmente me di cuenta
que ya no la volvería a ver. Nunca más escucharía
su voz preocupada. Nunca más taparía mis errores con una
sonrisa. Nunca más escondería sus frustraciones tras las
tareas del hogar. Nunca más tendría madre. Nunca más.
Nunca más...
Pensé en trasladarme
a vivir a casa de mi padre. Él no podía quedarse solo. Pero
también pensé que si había abandonado a mi madre a
su suerte, que si me fui de casa y no volví nunca estando ella en
vida, no lo iba a hacer por mi padre. Además no soportaba la idea
de ver su cama, su cocina, su ropa, su vida impregnada en todas y cada
una de las cosas que había en aquel maldito piso de obreros mal
pagados. La vida es una puta que se vende al mejor postor y que en cuanto
encuentra un cliente mejor que tú, se larga y te deja ahí,
que te pudras, que te mueras. Pensé que si mi padre quería
algo, que si me necesitaba, ya iba siendo hora que lo dijera. Que diera
la cara, que pidiera por esa bocaza que tenía. Para él era
rebajarse, para mi una especie de venganza cruel, pero justa al mismo tiempo.
- ¿Qué va a ser
de mi? Sólo me queda esperar que me llegue la hora....
- Como a todo el mundo, o qué
te crees... todo esto no tiene otro sentido. No quieras hacerte ahora la
víctima. Posiblemente mamá también haya estado mucho
tiempo esperando esta hora, a veces con miedo, pero otras muchas con ansias,
dado lo que tenía.
- ¿Cómo puedes
decir eso?
- ¿Te avergüenzas?
- ¿De qué me tengo
que avergonzar? ¿De haber querido a tu madre de la única
forma de la que he sabido hacerlo? ¿Tú crees que yo no quería
a tu madre? ¿Tú crees que no se el daño que le he
acusado muchas veces?
- Si encima eras consciente
de lo que hacías eres más cabrón de lo que pensaba...
- ¡Cállate! No
te consiento que me hables así... ¿Qué sabes tú
de cómo éramos tu madre y yo? ¿Qué sabes tú
de nada? Te crees que tienes capacidad de juzgar y tú en realidad
no eres nadie para juzgarnos, ,ni a tu madre ni a mi....
- ¿Ah no? Eso es lo que
no soportas, que te juzguen, que te reprochen, que te lleven la contraria...
te crees propietario de la verdad....
- Esa eres tú. Tú
eres qquien ha juzgado. Tú eres quien abandonó esta casa
en cuanto tuviste oportunidad....
- Me hubiera ido mucho antes
de no ser por mamá...
- Si realmente hubieras pensado
en tu madre habrías estado aquí cuando ella se desmayó,
habrías estado aquí cuando vino la ambulancia, cuando la
ingresaron, cuando entró en coma y cuando... cuando... cuando hubo
que desenchufarla.
- Eres un hijo de puta. Si no
estuve aquí es por que nadie me avisó.
- Es al revés, si no
te avisó nadie es por que no estabas aquí. Como no estabas
cuando me rompí la cadera y tu madre se multiplico para hacer todo
el trabajo, como no estuviste cuando tuvimos que pedir dinero al tío
Félix, como no estuviste nunca, ni cuando vivías en esta
casa ni cuando te fuiste. Tu ya habías tomado una decisión,
la de no vivir aquí. Y aunque tu cuerpo durmiera en esa cama, tu
cabeza dejó de estar con nosotros hace mucho tiempo. Lo único
que veías era lo malo, lo negativo, los errores que cometíamos,
pero nunca fuiste capaz de apreciar los sacrificios que hicimos por ti.
Nunca. Desde que cerraste esa puerta jamás has puesto interés
en saber qué habías dejado dentro. Has demostrado más
egoísmo del que nunca he visto. Y a veces me siento tan culpable
por haber sido incapaz de educarte... por no haber podido enseñarte
a querer...
Directo a la línea de
flotación. Era cierto, muchas de las cosas que me dijo eran verdad.
Y mi vida en solitario se había encargado de demostrarlo. Punto
por puto. Coma por coma. Era una egoísta. O al menos así
me sentía en ese momento. De todas formas eso no otorgaba a mi señor
padre un gramo de bondad.
Sentada en la silla de costura
de mi madre me vinieron a la cabeza infinidad de recuerdos. Desde mis primeros
pasos hasta la última vez que hablé con ella. Nunca había
pensado en el peso de la palabra "última".
4. Todos los veranos mi madre,
mi padre y yo nos montábamos en aquel viejo Citröen 8 y poníamos
el morro mirando al Sur. Horas y horas de calor, de sed, de aguantar las
ganas de mear, para al fin, ya de noche, aparecer en casa de la abuela.
Ella nos esperaba con una tortilla de patatas tapada con un plato sobre
la mesa. A mi madre siempre la veía más gorda, a mi más
alta y a mi padre más joven. Aunque íbamos para un mes, ella
quería ponernos al día de lo que había pasado en todo
un año esa misma noche. Se sentaba en el sofá, ponía
tres tazas de café y comenzaba a contarnos. Siempre empezaba por
los muertos, para seguir por los lisiados, desgraciados, separados y discutidos.
Para el final reservaba las bodas y los bautizos. Cuando repasaba los fallecidos,
siempre les ponía alguna coletilla, según en qué bando
estuvieron en la guerra. La dichosa guerra que marcó su vida y la
de todos los españoles. Después de esa primera noche, todo
un mes de puerto y playa. De sol y chiringuitos. De apartamentos en construcción
y guiris que iban llegado en manada. Mis primeros años la vida en
el pueblo consistía en bajar a la playa, embadurnarme de cremas,
empanarme con la arena, hacer agujeros, tapar agujeros y poco más.
Con el tiempo mejoré algo la rutina veraniega. Hicimos cuadrilla
entre los que nos conocíamos de siempre y ya salíamos algún
que otro fin de semana. Incluso alguna vez fuimos al pueblo de al lado,
que era más grande y tenía hasta una discoteca. Fue entonces
cuando las broncas de mi padre empezaron a salirse de tiesto. Y también
fue entonces cuando nació la complicidad con mi madre.
Uno de los últimos veranos
que bajé al pueblo estuve saliendo con un chico vasco. A mi padre
no le hacía gracia. Ninguna gracia. Que si son todos unos etarras,
que si los vascos han dejado de ser nobles, que si tal y que si cual. Pero
cuanto más le molestaba a él, más me gustaba a mi.
Se llamaba Jon. Y la verdad es que nunca hablamos de política o
de que si él era vasco. La verdad es que hablamos poco. Era un tipo
muy majo, de lo más cariñoso que te puedes encontrar. Una
persona normal. Hace unos seis meses su careto apareció en los informativos
de toda España. Le buscaban por matar a un político en el
País Vasco. Ni entendí los prejuicios de mi padre sin conocer
nada a los vascos, ni entiendo porqué los vascos son incapaces de
hablar de sus diferencias encima de una mesa, y no alrededor de ataúdes.
Pensé que algo le habrían hecho a Jon para que hubiese cambiado
tanto, y pensé que algo le pasaba a esta sociedad para a un muerto
sumar otro ¿Tan difícil es hablar? ¿No merece la pena
vivir en paz? Ni lo entendí, ni lo entiendo, ni lo entenderé.
El fuerte ruido de un portazo
me hizo volver al lugar donde estaba. Seguía en la silla de costura
de mi madre y en ese instante los sentimientos hacían fila en mi
cuerpo para salir. No querían atropellarse unos a otros, sino torturarme
lentamente y hacerme notar que eran muchos y que todos tenían algo
que decir. Culpabilidad, tristeza, añoranza, ansiedad, pena, angustia...
Me sentía acabada, ya no solo por que mi madre hubiera muerto, sino
por todas las cosas que me habían pasado alguna vez en mi vida.
Era como si la mala hostia se hubiera ido acumulando hasta tener la fuerza
suficiente como para plantarme cara e intentar hundirme.
Oí a mi padre dar vueltas
y más vueltas en su habitación. Creí por un lado que
debía hablar con él, pero por otro el orgullo fue más
fuerte. No aguantaba más la tensión que se había creado
en esa casa, y aunque dudé, decidí que lo mejor era marcharme.
Volver a mi guarida e intentar poner algo de orden en ese amasijo de cristales
rotos en los que se había convertido mi vida.
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