EL VIAJE MITICO Y LA NAVEGACION INTERIOR

 

Con el título de este artículo hago referencia a dos metáforas comunes en la literatura psico-espiritual de todos los tiempos. A ellas, como a otras, hemos recurrido para expresar y comunicar la vivencia de lo que el lenguaje lógico-formal no es capaz de contener. Por ello nuestra mente recurre al lenguaje de las imágenes, las analogías y las metáforas. 
 

A estos aspectos me referí en otro artículo titulado “El Viaje Mítico” publicado también en www.eon-magazine dentro de las ponencias del congreso “Sabiduría, Ciencia y Conciencia” que organizó la Asociación Transpersonal Española el pasado diciembre del 2001; en dicha ponencia desarrollo extensamente esa metáfora. 
 

En esta ocasión voy a centrarme en un aspecto metafórico del viaje, en concreto el que se representa como una Navegación. Y más concretamente me referiré a un modelo de trabajo que tomó forma con los años en las llamadas Escuela de Navegantes y Cofradía de los Navegantes de las que formé parte durante un período de mi propio viaje y de las que me separé en su momento, como contaré a continuación. 
 

Como es sabido, la historia se hace desde diversas perspectivas, la de cada uno de los historiadores. Y cada uno recoge los acontecimientos desde su propia vivencia, perspectiva e intencionalidad. En lo que voy a narrar recojo lo que posiblemente sea una parte del animal fabuloso reconocido al tacto desde la ceguera de mi propia parcialidad. Sólo la visión ideal de conjunto podría dar cuenta de la totalidad. 
 

Así que comienzo mi relato... 
 

          Eran tiempos en que estaba dedicado plenamente a mi formación como terapeuta, en gestalt, bioenergética y axiología. Yo vivía ya en Guipúzcoa y viajaba a Málaga todos los meses. Hacía escala en Madrid y a veces me detenía varios días dedicado a diversos asuntos, entre ellos a reunirme ocasionalmente con algunas personas que una amiga y colega me presentó y con quienes charlábamos de psicología, metafísica, espiritualidad y del movimiento socio-cultural relacionado con el emergente paradigma de la conciencia. 
 

Este grupo llegó a cristalizar la iniciativa de abrir un centro de psicología transpersonal en el que pasar consulta y ofrecer cursos de autoconocimiento. Pasado un tiempo se habían instalado temporalmente en un local prestado en el que comenzaron a trabajar con un grupo de buscadores y ya utilizaban la metáfora del viaje y la navegación. Recuerdo que cuando les visité habían establecido una ruta de estudio personal mediante el tarot y la astrología. En aquel entonces estas disciplinas específicas eran novedosas para mí. 
 

El nuevo sistema de trabajo, con independencia de las disciplinas y métodos que seguían, me resultó muy interesante y lúdico, con un encuadre que en nada se parecía al formal de la terapia; esto era precisamente lo novedoso y lo que me resultaba más atractivo. De vez en cuando les visitaba y me unía a su trabajo. Posteriormente se instalaron en un local propio. 
 

Por aquel entonces empecé a llevar un grupo de desarrollo personal basado en el ciclo de los procesos creativos y empecé a viajar a Madrid regular y frecuentemente. Esto favoreció que me vinculase más a esta corriente que ya se organizaba en un centro llamado Tiempo Zero y que mantenía el subtítulo de Psicología Transpersonal. Creo que era en el año 1983, dato de interés para quienes en el futuro hagan historia española de las tendencias llamadas transpersonales. 
 

Tiempo Zero era un entorno creativo, los nombres de los participantes eran pseudónimos, el espacio de encuentro estaba permanentemente abierto a los que acudíamos a realizar diversas tareas y además teníamos unos horarios de trabajo más organizado en el que los instructores nos daban propuestas y ejercicios. Además, cada uno de los que participábamos aportábamos nuestra mayor o menor experiencia y conocimientos, dentro del esquema de trabajo diseñado por los coordinadores. 
 

Mi presencia intermitente encajaba en la dinámica grupal dentro de un rol asignado que me permitía llegar e incorporarme como “viajero del norte” lo que se correspondía con una de las claves de la navegación, el concepto de las cuatro direcciones y sus equivalentes en elementos, figuras arquetípicas, etc. Yo compartía mis nuevos conocimientos y experiencias en mis otras actividades formativas e incluso en algún momento asumí responsabilidades respecto a nuevos estudiantes. Posteriormente también participé en reuniones de coordinación y diseño de rutas. 
 

Por entonces yo continuaba con mi formación psicoterapéutica y me había iniciado ya por un lado en el estudio del eneagrama y la cuadrinidad y por otro en el chamanismo y la meditación. Aquí encontraba un nuevo espacio de trabajo transpersonal, aunque mi experiencia consistía todavía, visto ahora, en un trabajo personal de abrirme límites hacia lo transpersonal. Pero las formas, los símbolos y el lenguaje encajaban en lo que yo entendía como transpersonal. Así que me fui vinculando cada vez más a esta incipiente escuela. 
 

En aquel intento se estaban integrando conocimientos de tradiciones esotéricas con otros de disciplinas científicas. Los miembros que iba conociendo se interesaban por el chamanismo de Castaneda, el conocimiento Rosacruz, los misterios Egipcios, la Astrología, la Medicina Energética China, el Sufismo, la Psicología, y otras vías. Eran distintos niveles de Ciencia y Conocimiento, en un conjunto armonizado por la convivencia y el espíritu abierto de compartir experiencias y aprender. 
 

Cada cual llegaba con un bagaje personal, intelectual y experiencial. Eramos personas de diferentes edades, desde los veintipocos a los sesenta y tantos. Algunos con mucha experiencia de buscadores, otros menos y otros ninguna. Teníamos intereses de diversa índole, unos queríamos aprender, formarnos, incluso teníamos miras profesionales; para otros era la oportunidad de reunirse para compartir sus vivencias y practicar el trabajo interior, y para otros era la forma de transmitir sus conocimientos a las siguientes generaciones. 
 

En todo este mundo caótico de conocimientos, escuelas, tradiciones, etc. había un principio organizador. Un esquema que a mí, en aquel momento de mi comprensión de lo intangible, me llegaba como geometría y como fantasía creativa. La geometría nos daba estructura, una forma bella de acceder al organigrama, al plan de estudios y prácticas, a la integración de las partes en el todo superior. Y la fantasía creativa nos daba un argumento, una línea de pensamiento paralelo al ordinario, una recreación del proceso individual y grupal, una plasmación de arquetipos que iríamos vivenciando, un imaginario que haríamos real, una narración para darnos significado en el transcurrir del tiempo. Y el demiurgo era al que denominábamos cartógrafo, un creativo y experimentado buscador al que llamábamos Mei y cuyo nombre civil era Jose Manuel Pumarega. 
 

Cuando me uní a este grupo de buscadores habían comenzado recientemente un periplo siguiendo un mapa que recorría los chakras. En la propia terminología del viaje, se preparaban para salir del Reino de Acquar, donde estaban abriendo el primer chakra. Así que al poco tiempo me fui con ellos a la Tierra de Ur, en que seguimos un esquema del Ying-Yang para trabajar el chakra sexual. El siguiente trayecto fue al Castillo de Hor donde construimos y habitamos un esquema zodiacal, para desarrollar el chakra de la voluntad. Después nos encaminamos al Reino de Kamael para iniciar el trabajo en el chakra del corazón. 
 

Mi mayor presencia e implicación la tuve en el viaje que transcurrió entre Hor y Kamael. De este período surge precisamente la abundancia en la metáfora de la navegación. Aunque desde el principio escuché alusiones al viaje y la navegación, en este período el “como si” era más explícito y el discurso narrativo que empleábamos era más náutico. Posteriormente supe que este tipo de viajes en barco había sido la escuela donde se curtió el propio cartógrafo junto a otros viajeros a los que a veces algunos se referían como “los antiguos”. 
 

En el período del viaje a Kamael, Tiempo Zero casi se había desvanecido. Puede que aquel intento de centro-escuela hubiese terminado su función y sus principales promotores hubiesen reorientado sus propósitos profesionales. Así que en adelante, ya en Kamael, un pequeño grupo nos seguimos reuniendo en lugares públicos y casas particulares y por lo que me contaban así lo hacían con otros viajeros que conocí en el Centro y a los que no volví a ver. 
 

De aquella época recuerdo un nuevo mapa, el de la Tierra del Conocimiento. Llegamos a hacer una maqueta tridimensional con pasta de papel en mi propia casa. Yo la guardé en mi desván durante varios años. La maqueta representaba una serie de estados y micro-procesos del viaje interior. En un ángulo se representaba la “ciudad laberinto”, “los pantanos del desaliento”, “el abismo”, “las encrucijadas de la duda”, “los riscos de la risa”, “los paramos de la fe”, el “desierto de la soledad” y otros topónimos. Hacia la mitad del territorio surcaba el río del “despertar de la conciencia”que podía cruzarse por el “puente sin retorno” y al otro extremo se encontraban lugares como las “cañadas de la transformación”, la “gruta del silencio”, “el lago de la serenidad” y “las cumbres de las nieves perpetuas”. 
 

Este mapa fue el soporte de un tablero para un juego de autoconocimiento, con ejercicios y pruebas para realizar por los viajeros. Un tiempo después dejamos de reunirnos asiduamente y desconozco si alguien llegó a terminar el proyecto. Nosotros nos descohesionamos y separamos en Kamael, siguiendo el viaje por diferentes rumbos. 
 

Este tipo de proyectos fue común en esta comunidad abierta de navegantes durante los años siguientes: alguien comenzaba con una idea y un grupo más o menos abierto la iba desarrollando; entretanto, algunos se marchaban y entraban otros; la cohesión y continuidad la mantenía Mei. En estos años yo sólo me reunía con intermitencia ya que dejé de viajar tan regularmente a Madrid y además cada vez mi dedicación a la psicoterapia me dejaba menos tiempo para abordar este tipo de proyectos que también requerían inmersión en cuerpo y espíritu. 
 

Por las noticias periódicas y encuentros ocasionales que tenía con mis antiguos compañeros sé que continuaron trabajando en el desarrollo de métodos y programas de trabajo con soportes en forma de juegos. Por esta época me parece recordar que empezaron a salir las primeras publicaciones como “La Salida del Laberinto” y “El Barco de Velas Rojas” que publicó la editorial Heptada. 
 

          Un tiempo después volví a reencontrarme con el cartógrafo, que ahora había levantado un nuevo mapa de viaje a través del zodiaco. También habían construido una maqueta y estaban desarrollando un sistema de juego para realizar el viaje. Así me mostró “El Secreto de las Doce Llaves” y pudimos compartir algunas pruebas y mejoras en el sistema de juego. Estaban preparando un proyecto de gran difusión, para jugarlo por teléfono; esto permitía participar a viajeros-jugadores de toda España. Pensamos que podría funcionar también un sistema de encuentros en persona, acudiendo a un lugar concreto donde estuviera el tablero y donde un coordinador pudiera mantener un espacio de reunión y encuentro de los viajeros-jugadores para compartir las experiencias. Esto implicaba la puesta en marcha de una red de centros locales de seguimiento del juego. Así que me dispuse a hacer la prueba en mi propio Centro, en San Sebastián. 
 

Con este objetivo, entre las actividades del Centro Izkali empezó a funcionar un Taller de Creatividad que tenía como núcleo El Secreto de las Doce Llaves. Poco a poco fui haciendo una adaptación del sistema para el trabajo presencial en grupo. Sin embargo la actividad centrada exclusivamente en el juego no tenía mucha aceptación y fui incorporando otras actividades que permitiesen mantener en funcionamiento el Taller. El tiempo pasaba y el número de jugadores no aumentaba así que el grupo de diseñadores del juego desestimó esta línea de desarrollo colateral del proyecto. Por mi parte, continué con una adaptación del juego, ahora más libre, al desarrollo personal en grupos de encuentro, creatividad y arte-terapia. 
 

Con el tiempo, este taller fue derivando a un programa de trabajo que tendría como sustrato la navegación en el sentido marítimo y no como sinónimo de viaje por tierra. Así, los viajeros que transitaban entre las ciudades zodiacales de las doce llaves, se dirigieron a una ensenada y se dispusieron a construir una nave. 
 

Botamos un nuevo barco, llamado “Lorea”: Un buque-escuela en que se estudiaba la historia de la navegación de descubrimiento, las leyendas de Navegantes y en particular la del Barco de Velas Rojas, y también los mitos clásicos de navegantes y héroes. También se estudiaba orientación y sistemas de direcciones, artes náuticas y cartografía comparada. Además, los estados de ánimo en las travesías, las relaciones entre los navegantes, el trabajo en equipo, y otros aspectos personales. Mas adelante volveré sobre esto para contar su desarrollo posterior. 
 

Por su parte, los Navegantes continuaron diseñando nuevas propuestas de trabajo interior. En encuentros episódicos me hablaron del Observatorio, de la Aventura Real y quizá de otras que ya no recuerdo. Algunas fueron publicadas por la revista Mas Allá. 
 

Por aquel entonces el volumen de métodos diseñados a lo largo del tiempo les llevó a plantearse una nueva estructura didáctica desde la que enseñar estos métodos en forma de talleres y cursos. Además, con el tiempo había ido aumentando el número de Navegantes que se estaban profesionalizando en el campo del Crecimiento Personal y el Autoconocimiento. Así que poco a poco empezaron a usar el distintivo de Escuela de Navegantes y por lo que sé tuvieron actividad en varios lugares de España como Madrid, Cáceres, Valencia y Asturias. 
 

Yo continué en la nave Lorea y durante unos años surcamos los mares del psiquismo. Cada vez fui encontrando que los mapas eran útiles para un trabajo sistematizado pero que la dinámica grupal a veces nos llevaba a irlos creando según avanzábamos en el viaje. Algo así como ir cartografiando la propia experiencia. Era más un viaje exploratorio, de descubrimiento, más que un seguir por rutas preestablecidas. La ruta quizá recorriese coordenadas universales, trascendiendo los sistemas particulares, sean sistemas de chakras, o de zodiaco u otros. Lo que cambiaba era la actitud y el abordar el momento del viaje sin ideas previas para conceptuar la experiencia; incluso con menos condicionamientos. También dábamos más importancia a los aspectos grupales y relacionales. Y esto nos hizo cambiar los sistemas de navegación. 
 

Casi simultáneamente di en un viaje exploratorio con un método de trabajo basado en el juego de roles que me llevó a introducir nuevas técnicas basadas no tanto en los “lugares o estados” como en las pautas de “interacción entre los viajeros”. Pasábamos así de la estructura a la función. Y algo más tarde descubrí las nuevas tendencias en la psicología narrativa y de búsqueda de significado. Especialmente me interesó lo que se denomina “la mitología personal” y que empecé a desarrollar en su vertiente grupal. El viaje se impregnaba de “conciencia mítica”. 
 

En todo esto, yo me seguía sintiendo Navegante y empecé a usar también la denominación de Escuela de Navegantes. Pero según me hicieron saber los mismos Navegantes, querían mantener una denominación propia para sus actividades, para el enfoque que le daban y para el ritmo de difusión de los nuevos diseños de viaje. Yo me había apartado de las rutas establecidas en la Escuela así que por respeto y reconocimiento dejé de utilizar ese nombre. También me dije que dejaría de guiar viajes como Navegante y seguiría haciéndolo como navegante o viajero independiente. Así se lo hice saber a la tripulación y estuvieron de acuerdo. Afrontábamos el riesgo de viajar con mayor autonomía y menor corporativismo. 
 

A veces los acontecimientos se organizan de formas insospechadas, sea destino, sincronicidad o como queramos llamarlo. Y en esos mismos días unas inundaciones, reales que no virtuales, arrasaron las instalaciones en que realizábamos el Taller de Creatividad y acabaron con los materiales diseñados en la nave Lorea. A esto le dimos el significado de naufragio y a partir de entonces decidí como capitán de la nave hundida que continuásemos el viaje por tierra. 
 

Dedicamos más de un año a desarrollar en el Taller de Creatividad la experiencia de “En el Claro del Bosque”, un espacio psíquico de vacío en el que observar los contenidos de la conciencia. La ambientación era la tradición druídica y los conocimientos del mundo vegetal, y estos eran los contenidos temáticos a aprender y el medio por el que realizábamos el trabajo interior. Todo este viaje quedó recogido en una narración con ese título y grabada en un CD. La narración del mito grupal es ahora una fantasía guiada para procesos de crisis-renovación. 
 

Casi al final de este período me llegaron nuevas noticias de los Navegantes. Recibí una carta en que me anunciaban la puesta en marcha de un intento de reunificación para todos aquellos que habíamos navegado juntos en algún momento y posteriormente tomado iniciativas propias. Habían creado la Cofradía de los Navegantes, un foro para compartir experiencias, proyectos y nuevas tendencias. En aquel momento ignoré la llamada aunque posteriormente he vuelto a reencontrarme con algunos de ellos. El espíritu de navegante ya no se pierde e inexorablemente el destino parece que tarde o temprano nos reúne. 
 

Volviendo al Instituto Izkali y al Taller de Creatividad, salimos del Claro del Bosque para ir a “Termalia”, trabajando con los espíritus de las aguas. Luego fuimos a la “Bahía de la Libertad”, un período de impasse no argumental, dedicados a tareas meditativas y de desarrollo creativo. Posteriormente, en “Las Atalayas” hicimos un trabajo de revisión, de visión global, de recapitulación y análisis de los viajes realizados. Pasados unos meses nos volvimos a poner en camino. En la “Fortaleza del Caos” los viajeros se adentraron en la vivencia de arquetipos de buscadores y en la polaridad orden-caos. Llegamos así hasta el “Taller Sin Nombre” que ha durado el último año y que estamos finalizando en estos meses; ha sido un proceso de encuentro personal y dinámica grupal, movilizada mediante diversas técnicas de trabajo interior. En breve plazo nos pondremos en marcha hacia “La Torre de las Maravillas”. 
 

Y como una crónica de viajero, éste ha sido mi relato hasta el día de hoy. 
 

Como epílogo quiero recordar la poesía de Alberti: “Si mi voz muriera en tierra / Llevadla al nivel del mar / y dejadla en la ribera. /// Llevadla al nivel del mar y nombradla capitana / de un blanco bajel de guerra /// ¡ Oh mi voz condecorada / con la insignia marinera: / sobre el corazón un ancla / y sobre el ancla la estrella / y sobre la estrella el viento / y sobre el viento la vela¡” 
 

 

Juan José Díaz
izkali@euskalnet.net


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