TRAS LA MURALLA

 

Ivanna, Es una mujercita que ronda los 20 años de edad. Su pelo cobrizo y ojos verdes rasgados, le dan un aire aniñado e inocente. Sus manos pequeñas, con dedos finos, pero fuertes a su vez que se han ido desarrollando por el trabajo que realiza apañando las vides, propiedad de sus padres.

 

Vive en una pequeña aldea amurallada llamada Targa, situada en una península al sur de Italia. Sus casas pequeñas y humildes, siempre esmeradamente encaladas, tan blancas que cuando el sol se refleja en ellas hace daño mirarlas.

 

Allí, vive con sus padres y dos de sus hermanas menores que ella. Su padre, hombre muy gruñón y controlador, autoritario donde los haya. Su madre es una mujer de pocas palabras, casi siempre ocupada al cuidado de la hermana menor de Ivanna, ya que esta está en cama desde que en el pueblo cayó una epidemia de unas fiebres muy raras, hace ya muchos años.

 

Desde entonces la vida de Ivanna, cambió por completo. Su madre, cada vez más inaccesible para ella, no le prestaba mucha atención. Su padre, obsesionado por el orden y la limpieza, estaba continuamente gruñendo y discutiendo con los demás miembros de la casa.

 

Ivanna había aprendido a complacer a su padre, sobre todo porque no soportaba las fuertes discusiones y enfrentamientos que se daban casi a diario.

 

Muchas veces, solía escaparse con dos de sus amigos, Mirra y Auri, a un campo cercano al pueblo, rodeado de una alta vegetación de zarzas y pinos. En el centro de este, el suelo estaba cubierto por un denso manto de hierba y florecillas blancas, que hacia el atardecer despedía un olor fresco y agradable. Para ellos era su lugar secreto donde se reunían para cantar y contar historias fantásticas.

 

Por las noches, al volver a su casa, Ivanna entraba en su habitación y tumbada en su cama imaginaba en como escapar un día de esa casa, harta de tanta presión, ya que estaba viviendo una vida que no le gustaba.

 

Una de esas noches en que no podía conciliar el sueño, vio como entraba por la ventana abierta de su cuarto, un resplandor, algo brillante que se movía describiendo círculos por encima de su cuerpo. No estaba segura de si lo que estaba viendo, era un realidad o fruto de una ensoñación. Se pellizcó varias veces para comprobar si realmente estaba despierta.

 

En ese momento el movimiento cesó, quedando suspendidos en el aire tres personajes diminutos con alas transparentes, finas, parecidas a las de una libélula, el pelo corto y puntiagudo de color amarillo, al igual que sus pequeñísimos vestidos hechos girones, desprendían a su vez una luz intensa.

 

Ivanna, bastante asustada, quedó maravillada por lo que le estaba sucediendo, no podía articular palabra...

 

.- Hadas: Hola Ivanna, no te asustes, no tengas miedo, somos las Hadas de la Noche y hemos venido hasta ti, porque queremos ayudarte.

.- Ivanna: Ayudarme... ayudarme... ¿a qué?.

.- Hadas: Sabemos que tú no eres feliz aquí y debes tomar una decisión. Si salir de aquí en busca de algo nuevo o quedarte aquí para siempre.

.- Ivanna: Pero, ¿qué puedo hacer? ¿Hacia donde me dirijo? No tengo nada.

.- Hadas: No pienses tanto hacia donde dirigirte, simplemente, hazlo, ya encontrarás el cómo. Existen otros mundos ahí fuera. Este no es el tuyo.

 

 

La partida a lo desconocido.

 

Hacia el amanecer, cogió una talega con algo de fruta y agua para el camino, y sin hacer ruido partió.

 

En su salida del pueblo no encontró a nadie, solo se oía el canto de algún pájaro y una suave brisa que rozaba su cara, donde se reflejaban, la emoción contenida y el miedo de no saber hacia donde se dirigía. Pero por dentro sentía como una fuerza interna que le empujaba a salir hacia delante. Sabia que en el fondo era un camino que tenía que recorrer si quería llegar a vivir su propia vida.

 

Al cruzar la muralla, cogió el pequeño sendero que le llevaba a ella y sus amigos hacia el campo secreto. Allí, al cruzar la vegetación que le rodeaba quiso detenerse y tumbarse sobre la, todavía, hierba húmeda por el roció. Fue observando el cielo despejado, de un color azul grisáceo y teñido de suaves pinceladas anaranjadas. En el cielo podía observar el vuelo circular de los buitres sobre el pueblo.

 

Tenía que darse prisa si quería partir antes de que el sol empezara a asomarse por el horizonte. Se levantó... y quiso caminar por un momento, descalza sobre la hierba, observando por última vez las florecillas blancas, las ramas y pajas colocadas en un rincón y las zarzas que dejaban colgando sus ramas hacia el suelo. Observó, los rescoldos todavía humeantes, en la hoguera que habían prendido ella y sus amigos la noche anterior, y arrancando un pequeño trozo de su vestido verde, lo quemó en ella.

 

En ese momento, sintió en su pecho una punzada quedando sin respiración unos segundos, seguidamente sintió un gran vacío y comenzó a caer por sus blancas mejillas una pequeña lágrima que terminó cayendo en el risco de la hoguera. Con el alma destrozada, se dirigió a la salida del campo y siguió andando camino abajo, rumbo a alguna parte.

 

El camino era árido, seco y pedregoso. Transcurría entre grandes extensiones de campos ya segados, sobre los que se desperdigaban las pacas de paja en forma de grandes cubos. La geografía de la zona era bastante regular, tan solo pequeñas lomas con escasa vegetación y alguna encina rompían la llanura. El sol comenzaba a asomarse por el horizonte y prometía un día bastante caluroso.

 

Cuando llevaba caminando poco más de media hora, se detuvo por un momento en un punto del camino y casi por inercia, levantó la mirada del suelo y echando la vista atrás vio a lo lejos, encima de una colina, el pueblo que iba dejando atrás. En ese momento comenzó a sentir dudas de que si eso que estaba haciendo, era lo que realmente deseaba. Todavía estaba a tiempo de volver, pero no lo hizo, se volvió adelante y siguió andando. En su cabeza escuchaba una voz que le decía... "Venga Ivanna, tu puedes, tienes que encontrar tu propia tierra."

 

Habían transcurrido unas tres o cuatro horas desde su partida. La posición del sol que había salido ya por completo, anunciaba aproximadamente las nueve de la mañana. El paisaje, era todavía bastante monótono, algún campo de trigo a medio segar por aquí, un campo de girasoles por allá y pequeños grupos de encinas, se agrupaban para salpicar de verde el ocre de los campos.

 

Durante el camino, hasta ese momento, no se había encontrado a nadie. Tan solo un carro tirado por bueyes, conducido por un campesino que se dirigía al pueblo a vender su cosecha de hortalizas, al mercado que se celebraba todos los jueves en Targa.

 

Un par de kilómetros más delante, llegó hasta una bifurcación de caminos, uno de ellos seguía hasta el norte y el otro tomaba dirección este. Se detuvo un momento para decidir que camino debía coger. Y tras unos minutos pensó que prefería seguir hacia el norte. Alguna vez había oído hablar a las gentes de la aldea que el norte era una zona muy verde con abundante vegetación y ríos de aguas frías y cristalinas. No sabía muy bien, la hora que era, pero por el movimiento de sus tripas, se debía acercar la hora del almuerzo.

 

Buscó una sombra donde cobijarse debajo de una árbol y se dispuso a deshacer su talega. Le entró una gran tristeza al comprobar que con lo precipitado de  la marcha tan solo había guardado una pequeña hogaza de pan, un trozo de queso y algunas manzanas. De repente, un aroma a carne quemada penetraba por su pequeña naricilla, acelerando el movimiento de su jugos gástricos

 

Se levantó rápidamente y quiso ver de donde venía. Unos metros más adelante, entre unos matorrales divisó una pequeña figura, era un enano que se disponía a zamparse un pájaro asado en las brasas de una hoguera. Se fue acercando tímidamente. En ese momento el enano, sentado encima de una piedra y dispuesto a saborear lo que estaba cocinando, la miró y sin sorprenderse demasiado, le preguntó si había comido. Ivanna le contestó que no y el enano la invitó a que comiera con él.

 

Comenzaron a hablar y rápidamente ambos sintieron una compenetración especial. El enano de nombre Minutzi comenzó a contarle su historia. Estaba buscando una caracola que emitiera un sonido especial y que a menudo le acompañaba en su viaje un pequeño niño. Ivanna hizo lo mismo, entonces Minutzi le preguntó - ¿de qué tienes miedo? - . Ella le contestó que de no saber hacia donde iba y que a veces dudaba de su fuerza interior. Minutzi, le contestó, - no te preocupes por ello, simplemente déjate llevar, abandónate. Cuando se pasa a la acción de querer buscar algo, simplemente aparece- . Al terminar la comida, se despidieron para continuar su viaje deseándose suerte. Ivanna le dio las gracias por su confianza y ayuda.

 

Siguió por el camino que había escogido. Cada vez el paisaje se iba tornando de un color más verde y más arbolado.

 

La noche comenzaba a caer, y la joven sintió miedo de no saber donde pasaría la noche. En el horizonte el sol comenzaba a esconderse entre unas pequeñas montañas que se perfilaban a lo lejos. Entonces divisó una especie de ermita, y sin dudarlo un momento, llamó a su puerta. No salía nadie, volvió a llamar esta vez más fuerte. De repente, la puerta se abrió lentamente con un suave chirrido, y ante ella apareció una figura vestida con una sotana de color marrón, llevaba la cabeza cubierta con una capucha. Cuando la luz interior iluminó su cara, pudo observar sus ojos hundidos, nariz aguileña y grandes líneas que la surcaban.

 

Era el abad de la ermita. Le preguntó qué hacía allí a esas horas de la noche. Ivanna, respondió con voz suave y temblorosa: - Por favor me permite pasar aquí la noche, vengo haciendo un largo viaje y no tengo donde ir-.

El abad, mirándola un instante, le invitó a pasar. Era un hombre mayor de pocas palabras, pero cuando hablaba denotaba una gran experiencia y sabiduría. Ivanna, le contó su historia, él la escuchaba atentamente y observándola con cara de pena y compresión, le dijo: - estate tranquila, descansa aquí por esta noche y mañana veré como puedo ayudarte -.

 

La noche fue larga para la joven, tumbada sobre un viejo camastro de madera y colchón de paja, comenzó a dar vueltas y más vueltas. Hacia su mente, llegaban una y otra vez los recuerdos de lo que había dejado atrás. Sobre todo recordaba a Mirra, ya que este, tenía un significado especial en su vida. Juntos habían vivido muchas experiencias buenas, pero también momentos dolorosos. Hace algún tiempo, Ivanna rompió la relación, ya que se había sentido muy engañada por él. Transcurrido un tiempo, Mirra recapacitó y fue hasta ella a pedirle una nueva oportunidad de confianza, Ivanna le perdonó, pero no permitiría que esto volviera a suceder.

 

Cuando el sueño empezaba a vencerla, comenzó a entrar por la ventada de la estancia, unos tenues rayos de sol.

 

De pronto, oyó tres golpes en la puerta de la habitación, era el abad que venía a despertarla. Este se dirigió a ella y la invitó a que se sentara a la mesa para comer algo de fruta fresca y un trozo de torta de maíz, antes de su marcha.

 

Ambos, se dirigieron a la puerta de salida de la ermita y ya en el exterior, se dirigieron hacia una gran encina solitaria. Ivanna situándose debajo de ella, abrazó su grueso tronco, lo abrazó entre sus brazos y con sus pequeños pies descalzos sobre la hierba, comenzó a recitar una breve oración de fe:

 

"Oh, Dios del universo, dame

las fuerzas necesarias para

seguir mi viaje.

Si en algún momento del

camino caigo, ayúdame

a levantarme."

 

Después de que la joven hubo terminado, el abad se acercó a ella y le entregó un pequeño saquito de terciopelo rojo y le dijo: - Toma Ivanna, coge estas semillas de trigo, son muy especiales, pues en su interior contienen luz propia. Si en algún momento de tu viaje sientes que las necesitas de verdad úsalas -.

 

Así, después de agradecer al anciano lo que había hecho por ella, le abrazó y partió.

 

El enfrentamiento.

 

Durante todo el día, estuvo caminando sin rumbo fijo. El sol golpeaba su cabeza fuertemente y sintió la necesidad de descansar. A la derecha del camino vio un bosque y decidió adentrarse en él. Estaba formado por árboles altos y frondosos, que tamizaban la luz del sol. Tan solo algún rayo conseguía iluminar el bosque. Se sentó en el suelo y rendida por el cansancio, se quedó dormida.

 

De repente, un aullido la despertó sobresaltada. Difícilmente podía distinguir dos brillantes ojos azules y la silueta casi indistinguible de un lobo. Rápidamente incorporándose como pudo, echó a correr con todas sus fuerzas. Estaba realmente atemorizada. No cesaba de oír sonidos amenazadores. Jadeante y con la respiración entrecortada, le pareció ver unos pasos más adelante, un agujero en una roca. Sin dudarlo se agazapó y se introdujo en él. Quedó sorprendida al contemplar lo espacioso que era por dentro. Allí permaneció acurrucada, inmóvil, en un rincón de la cueva. Sentía una angustia enorme en su estómago.

Pasaron horas eternas para ella, hasta que llegó el amanecer. Los aullidos habían cesado y silenciosamente y con cautela se dispuso a salir de allí. Pensó, que lo primero que debía hacer en ese momento, era buscar un camino que la llevara algún lugar donde hubiera gente.

 

Sola, con el alma destrozada, las piernas arañadas por las zarzas y su vestido verde hecho jirones, siguió caminando casi sin fuerzas, hasta que consiguió llegar a un camino empedrado. En ese instante cayó desmayada.

 

Al poco rato pasó por allí un mago llamado Laurensis, que venía de recoger plantas medicinales para hacer sus pócimas y sus ungüentos. Al ver a la joven tendida en el suelo se dispuso a recogerla y montándola en su carro, la condujo hasta su casa.

 

Allí, permaneció dormida tres días y tres noches, bajo los cuidados de Laurensis. Al cabo de ese tiempo, Ivanna despertó encontrándose mejor. La joven le contó su historia y las abatares que había pasado en si viaje. El mago, amablemente le ofreció su casa, hasta que ella se sintiera realmente recuperada.

 

Durante ese tiempo Ivanna, conoció el pueblo hasta donde había llegado. Sus casas de piedra y tejados de pizarra, situadas a la ribera de un río. Sus gentes sencillas... Y sintió, que sería un buen lugar donde plantar las semillas que un día, un abad le había regalado.

 

Ivanna