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RITOS
GRUPALES EN PSICOTERAPIA. Clínica,
proceso y autoconocimiento
Juan
José Díaz Fernández
Instituto Izkali de Psicología y Psicoterapia Integrativa.. San Sebastián Ponencia presentada a la XII
REUNION DE LA ASOCIACION ESPAÑOLA DE ANALISIS EXISTENCIAL Y ANTROPOLOGÍA
PSIQUIÁTRICA. Salamanca, noviembre 2002. I. RITOS EN EL ÁMBITO PSICOLÓGICO Hay tres aspectos de la psicoterapia humanista que son importantes
en mi práctica y que quiero resaltar como introducción a esta comunicación:
el primero, el encuentro entre paciente y terapeuta como curativo
en sí mismo, como un encuentro abierto y directo entre dos personas
que de por sí resulta sanador; el segundo, la participación activa
del terapeuta en la relación, tanto como implicación personal, como
en el planteamiento de propuestas de trabajo; y el tercer aspecto
es respecto al enfoque psicológico de la terapia, que puede darse
en un eje que comprende el análisis del pasado, la experiencia del
presente y la prospectiva de futuro. En este encuadre es en el que
paso a desarrollar el papel y función de los ritos. Los ritos son configuraciones de actos que nos ayudan a centrar
la atención, a contextualizar y organizar la experiencia. Los ritos
son funcionales, los realizamos para algo. Con los ritos enfocamos
nuestro propósito, concentramos nuestra energía y canalizamos nuestra
intención. Esto es lo que distingue un rito de un mero acto fortuito
o rutinario: la intención. Coloquialmente asociamos el término ritual
a un organizador de la experiencia que puede ser único e irrepetible.
Sin embargo, el término rito tiene también una acepción de costumbre,
un carácter repetible de manera que se convierte en una pauta fija
para reproducir experiencias. En los rituales
y ritos podemos distinguir varios niveles de conciencia de la intencionalidad,
que podrían coincidir con lecturas antropológica, social, cultural,
psicológica, etc. En el individuo estas finalidades, estos niveles
intencionales pueden estar solapándose y hacerse consciente sólo alguno
de ellos. Secundaria,
paralela o inconscientemente, los ritos nos ayudan también a descargar,
concentrar o sublimar la ansiedad ante una experiencia, sea de logro
o de evitación. En una lectura psicodinámica, el ritual puede interpretarse
como una defensa ante la angustia. Por ejemplo, en una neurosis obsesiva, es sabido que se manejan
rituales. El obsesivo canaliza así en un acto a veces compulsivo,
rutinario, etc sus ansiedades y angustias. Pueden servir de ejemplo
los rituales de limpieza (comida, lavabos, casa, manos), de comprobación
(gas, luz, equipaje, utensilios profesionales, etc), etc. En las neurosis
fóbicas también encontramos rituales de evitación (itinerarios alternativos),
de protección (amuletos), etc. Los clínicos tenemos constancia
de que muchos motivos de consulta son síntomas que podemos interpretar
como estrategias disfuncionales y fallidas, como
rituales ante la ansiedad o la angustia. En una terapia sintomática
reconvertimos el síntoma (el ritual) y en una terapia profunda trabajamos
el mecanismo de defensa (el ritual). En una terapia resolutiva, adaptamos
el ritual, y en una existencial, desvelamos la angustia. II.
RITO Y ENCUADRE EN LA PSICOTERAPIA Ahora bien, ¿podemos usar estos mecanismos como ayudas en la
terapia? Mi respuesta es que no sólo podemos sino que probablemente,
de una manera consciente o inconsciente, lo hacemos la mayoría de
los clínicos. Y a veces la intención o no intención del terapeuta
puede o no coincidir con la percepción y utilidad que encuentra el
paciente; por ejemplo, lo que el terapeuta dispone como contexto o
regla, sin otra finalidad, el paciente puede tomarlo como ritual,
rito si es repetido. Además, el terapeuta puede tener sus propios
ritos respecto al acto terapéutico, dispersando así su neurosis o
enfocando su intención terapéutica.
Por ejemplo, hacer esperar un ratito en una sala antes de la
consulta o sesión de psicoterapia, puede ser un simple requerimiento
práctico para manejar el flujo de pacientes. Pero también puede ser
un recurso para que el paciente descanse y se relaje, o se concentre
en sus motivos de consulta, o para que aumente su ansiedad. Cualquiera
de estos motivos puede estar predeterminado por la estrategia del
terapeuta. O sea que podemos leer este hecho como un ritual en sí
mismo o como parte de un rito llamado sesión de terapia, una especie
de preparación, de entrada al temenos o lugar sagrado, una
antesala del lugar del oficio, un vestíbulo del oráculo, etc.
Y ese lugar de espera puede estar compartido con otros pacientes que
acuden al gabinete o ser un lugar en soledad, con hilo musical o en
silencio, con revistas diversas o una pecera, con cuadros y fotos Claro
que puede ser que el terapeuta esté ajeno a toda esta suerte de interpretaciones
sobre el ritual. Esto no quita que así pueda ser para el paciente,
que en el transcurso de sus visitas va organizando su experiencia
terapeútica y dando una funcionalidad a lo que se encuentra, va dándole
un sentido a los actos que constituyen su terapia. Y es por esto importante
que el psicoterapeuta descubra la función ritualizadora de su paciente. Podríamos
encontrar otros ejemplos como el hecho de tumbarse en el diván, de
cambiarse de ropa para una terapia bioenergética,
de realizar un test o cuestionario, de practicar un ejercicio
gestáltico de silla vacía, de elaborar un árbol familiar, de pintar
una emoción que asusta o algo que se anhela, de poner personajes en
el cajón de arena, de verse a través de un vídeo, etc, de concluir
la sesión, de pagarla, de acordar otra cita, de
despedirse del terapeuta,
de salir de la consulta a la calle. Estos pueden ser actos descargados
o tener la energía del ritual; el terapeuta puede darles importancia,
una intensidad, una solemnidad o trascendencia, o puede realizarlos
rutinaria o prácticamente. Ahí estará su función ritualizadora. III.
LOS RITOS EN EL GRUPO Esto
en la terapia individual, pero lo mismo podríamos decir en una sistémica
o grupal, donde además se añaden elementos sociales. Desde la antropología
podemos encontrar diversas clasificaciones de los ritos en distintas
esferas de lo colectivo: en la mezcolanza encontramos ritos agropecuarios,
religiosos, institucionalizadores de relaciones, de nacimiento, funerarios,
de paso, etc. Pueden ser sagrados o profanos, laborales o de celebración,
masculinos o femeninos, familiares o tribales, etc. Para
centrarme en los grupales, sirvan algunos ejemplos. Uno el de la espera
a la sesión, de manera similar a lo referido anteriormente. Otro el
de la disposición del grupo: en filas (como en la terapia demostrativa),
en círculo (como en la terapia gestalt), en anfiteatro (como en el
psicodrama), etc., dependiendo de la finalidad del grupo, del papel
del terapeuta, y de otros aspectos. Otro la propia organización de
la sesión: un turno para presentarse, ejercicios terapéuticos (corporales,
dramáticos, artísticos, etc) intercambios verbales en la dinámica
grupal, relajaciones o meditaciones, despedidas, etc. Todo esto puede
ser aleatorio, desde el propio emergente del grupo o desde la intuición
del terapeuta, o bien estar predeterminado en un modo planificado.
En cualquiera de las opciones podríamos hacer una lectura del ritual,
como acto creativo, o rito como costumbre o estructura habitual. Vayamos
un paso más allá y consideremos el proceso de un grupo a lo largo
del tiempo. Ciertamente podemos encontrar algunos ritos que pautan
o marcan el transcurso temporal. Por ejemplo, ritos para recibir a
nuevos integrantes del grupo, o ritos de despedida de otros que se
vayan, o de elaboraciones de pérdidas en abandonos de la terapia.
También ritos para celebrar o canalizar a la experiencia colectiva
acontecimientos significativos de los miembros del grupo: cumpleaños,
duelos, embarazos, matrimonios, etc. O celebraciones sociales como
navidades, primavera, vacaciones de verano, etc a veces imbricadas
en lo religioso, otras en lo profano. También rituales dinamizadores
o integradores del proceso grupal, como una sesión de danza, un collage
colectivo, una retrospectiva de asuntos pendientes, una rueda de palabra,
una silla caliente, una cámara de espejos, etc. IV.
RITO Y PROCESO Finalmente
voy a referirme a un aspecto más propio de centros terapéuticos que
de terapeutas. Atañe a lo que entendemos por crecimiento personal,
a la terapia que ayuda al autoconocimiento, al tratamiento de la neurosis
de carácter. Y esto, en una institución terapéutica puede realizarse,
como es bastante común en la psicología humanista, en forma de cursos,
talleres, terapias intensivas grupales, encuentros, etc. Creo que
apoya la idea derivada de A. Maslow sobre la red eupsíquica, que alude
a la función del cambio social de la psicología humanista, vehiculada
en la acción sinérgica no institucional de los centros terapéuticos. Así funcionamos en el Instituto Izkali. Hemos elaborado un
programa de actividades grupales en el que encauzamos a los pacientes
cuyos procesos llevamos individualmente los terapeutas del equipo.
Los pacientes se incorporan así a grupos de autoestima y relaciones,
de análisis del carácter, de terapia emergente en el aquí-ahora, de
integración psicocorporal, etc con frecuencia semanal, quincenal o
mensual, dentro del acuerdo terapéutico que hacen con su psicoterapeuta.
Además de estas actividades continuas hemos diseñado un programa de
cursos o talleres intensivos de tipo monográfico que se distribuyen
a lo largo del año, para abordar temas como la muerte, la personalidad,
las figuras parentales, los valores y la trayectoria biográfica y
mítica que da sentido a la existencia.
Y es respecto a este programa de crecimiento personal, que denominamos
de Psicoterapia Integrativa, al que me voy a referir como un proceso
pautado en torno a ritos. Lo primero y principal es que estos talleres
son de tipo monográfico, esto es, que se centran en un aspecto que
se trabaja en profundidad. Suponen así una oportunidad para ahondar
en él de forma intensiva, movilizando durante varios días, energías
y vivencias profundas, casi olvidadas, reprimidas, inconscientes,
etc. Lo segundo es que se realizan sólo una vez al año, no se repiten
en el mismo y por tanto tienen el carácter de excepcionales. Al realizarse
cada año, se convierten en costumbre, en referente, en pauta, ...
, en rito. En cierta forma son hitos dentro de un proceso terapéutico
continuo, en ocasiones ritos de paso a una capa o esfera más profunda
en el autoconocimiento. Lo tercero es que están distribuidos según
un sistema coherente con el conjunto de actividades de nuestro Instituto.
Constituyen pilares de nuestro plan educativo, terapéutico, de autoconocimiento o de formación. Como organizadores temporales, los hemos distribuido a lo largo
del año en resonancia con la realidad social y natural: la muerte
en torno al día de difuntos (octubre-noviembre), la personalidad cercano
al alumbramiento de la esencia (diciembre), las figuras parentales
como un despertar de lo nuevo que trasciende a lo anterior (abril),
los valores en la revisión de la hacienda para quemar lo inservible (junio),
y el viaje mítico como peregrinación heroica (agosto). Este
programa podemos verlo como un conjunto de ritos a lo largo del año,
que pueden incluso seguirse en años consecutivos como una manera de
incidir y profundizar en ese aspecto. Por ejemplo, el taller de la
Muerte posibilita a muchas personas unos días de acercamiento a la
muerte, en una sociedad del anonimato que evita las manifestaciones
en torno a la muerte, que la hace aséptica y desritualizada en gran
medida. En una sociedad desacralizada, intrascendente, este taller
es una posibilidad de acercarse a la experiencia trascendente de la
muerte. Para unos es un contexto en que trabajar un duelo pendiente,
para otros una rememoración de sus difuntos y una actualización del
vínculo suspendido, para otros una sensibilización a las anticipaciones
de una muerte diagnosticada o que se avecina por vejez, incluso para
otros es un momento de reflexión sobre el final inevitable, una toma
de conciencia de las creencias y esperanzas que nos evitan la angustia
de desaparecer, en fin, una sensibilización al vacío y la nada. Por
extensión incluimos otras circunstancias de pérdida psicológica y
transformaciones intrapíquicas. Sucintamente
mencionaré el resto de los talleres. Por ejemplo, el taller de Personalidad
explora, como en un rito iniciático, el misterio del quien soy, sin
los condicionamientos de la personalidad con sus diversas facetas,
que oscurecen la vivencia esencial.
El de Figuras Parentales desvela el juego de las transferencias
cotidianas y permite separar los introyectos parentales del yo incipiente,
recuperando el impulso de vivir y la capacidad de amar. El de Valores
nos sitúa frente al colectivo, a la tribu, en nuestra particular e
individual configuración axiológica. Y el del Viaje Mítico, nos ayuda
a elaborar nuestra trayectoria vital, biográfica y mítica, en una
especie de peregrinación ritual, un viaje al interior de uno mismo
y al encuentro con la responsabilidad de vivir, de aceptar lo que
hemos vivido y lo que queremos vivir. Y continúa el ciclo, en el ouroboros
de la renovación permanente. A
este ciclo se accede en cualquiera
de sus puntos, en un acceso iniciático al proceso de convertirse en
persona y luego trascenderla. En conjunto, estos ritos organizan una
especie de liturgia, un sistema que permite avanzar al paciente, o
en su caso al grupo, a través de los grandes misterios de la existencia.
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