LOS DOS VIAJES DE PAT PÓKER

 

Me llaman Pat. Pat Póker. Soy jugadora profesional: cartas, dados, ruleta... cualquier cosa a la que puedan apostarse cosas de valor.

 

De pequeña, cuando aún me llamaban Patricia o Pat, a secas, acudí con mi padre John a ver la Partida del año. Se hacía abordo de un vapor que recorría el Mississippi desde San Luis hasta el mar atracando en todas las ciudades importantes y en algunos pueblos con suficiente flujo de viajeros. El barco me pareció enorme y extrañamente pintado de blanco: un color que deja al descubierto la mordedura del agua y la tristeza del óxido.

 

Yo tendría doce años. La partida era de póquer descubierto, una modalidad muy vistosa, pues todo el mundo alrededor de la mesa puede ver las cartas en juego a excepción de una, que cada jugador mantiene oculta hasta el final. Para mí, el juego era una incomprensible rutina, pero mi padre hizo que se me quedara grabada aquella tarde. Algo apartados de la mesa de juego, en la que reinaba un cierto silencio ceremonial, compartió conmigo sus divertidos comentarios sobre los jugadores:

 

-Fíjate Patricia. Ese tan elegante se está jugando lo que no puede pagar ni en sueños. Si sigue sudando así, cuando se levante creerán que se ha meado en la silla.

- Mira Pat. El tahúr acaba de guiñarle un ojo a la mujer del tipo con traje gris. Así nunca falla. O pone nervioso al marido y le gana la mano, o acaba camelándosela a ella.

 

Sus carcajadas me hacían sentir cómplice y alegre. Aún no sé por qué se me amargó el aliento cuando John, mi padre, declaró:

 

- Te he traído aquí para que veas este absurdo. El dinero no es importante. La fascinación que ejerce en las personas no mejora a quienes lo tienen, los jugadores vencedores. Recuérdalo, Pat. Además, tú no corres ningún peligro de convertirte en jugadora de ventaja. ¡En este río jamás dejarían jugar a una mujer!

 

Y volvió a carcajearse.

 

Nada en mi vida volvió a tener relación con el juego, a excepción de mi facilidad natural para ganarles las apuestas a los chicos y chicas de mi edad. Mi perfecto desprecio por el premio me hacía aprovechar al máximo mi inteligencia y mi sangre fría. Hasta practiqué algunas trampas -que ejercí con eficacia- simplemente para comprobar que mi sistema nervioso era inalterable.

 

Hacia los veinte años me enamoré como una loca. El tipo era seductor, elegante, intenso. Tenía algo en común con mi padre: todo se lo tomaba en broma. Aceptó casarse conmigo después de dejarme embarazada con una irónica sonrisa en los labios. Me cuidó y me amó durante el embarazo y yo fui completamente feliz. Tras el parto, en el que murió mi hijo, me abandonó. Sin escenas. Me dijeron que se fue con una hermosa viuda que andaba de paso.

 

Fue entonces cuando me convertí en jugadora profesional. Aceptaron como broma mi participación en la Partida del año y, después de arrasar en el concurso, el propietario del Gran Vapor Missouri me ofreció jugar en su salón. Como atractivo lujoso para la travesía.

 

Miraba las acciones de hombres y mujeres como si fuesen niños. Me parecía igual un matón sin entrañas que un sacerdote o que una amorosa madre de familia. Desengañada por el río de la gente, comencé, extrañamente, a enamorarme de todos los viajeros, de cada viajera. Eso hacía que me viera a mí misma con cariño y con cierta sorna: un papel más en el incesante teatro de la humanidad.

 

Pero, a veces, me venía la rabia. No podía cambiar los ridículos o trágicos defectos de esa humanidad y aireaba mi frustración a través de mi solvencia mental, de la solución brillante de cosas difíciles: una partida tensa y cara con malas cartas, un diálogo persuasivo con un borracho violento...

 

Un día ocurrió lo inevitable. Mi esposo apareció en el vapor y se dirigió a la mesa de juego. Le acompañaban dos mujeres jóvenes y atractivas, con pinta de prostitutas de lujo: una rubia y una morena. Jugamos, hizo trampas y tuve que dispararle. Sólo le herí en el brazo de donde cayó el quinto as, pero el balazo aún palpita en mi estómago.

 

Desde esa noche empecé a beber. Ganaba igual, incluso más, porque mi aspecto descontrolado les daba mayor confianza a los demás jugadores.

 

Fue al final de una larga partida cuando apareció el viajero. A pesar de estar borracha como una cuba, esa noche no pude dormirla. Dejó caer una púa plateada sobre las cartas desparramadas ante mí y sonrió. Creo que iba vestido con túnica y su cabeza estaba completamente afeitada, pero puede que el alcohol lo imaginara para mí. Dando vueltas en la cama, creí ver .....  No puedo describirlo con palabras, pero sentí que allí existían, juntas y sin herida, la luz y la sombra.

Cuando al día siguiente me encontré diciéndole a Bobby, el piloto-ayudante: “Debo tener una espina en el zapato que no me deja caminar a gusto”, fue cuando mi cabeza hizo click, el ruidito de la bola al caer en la última casilla de su viaje por la ruleta.

 

Abandoné el río dispuesta a jugar una última partida: lo apostaría todo a cambio de ver ese lugar deslumbrante. Y en ese viaje sin esperanza en busca del viajero desconocido, partí tierra adentro.

 

En una taberna encontré otras personas cuya búsqueda permitía compartir camino con la mía. Alguna ejercía la magia, otras se definían en el combate o en la tenacidad... Me di cuenta de que la compañía me era agradable, nutritiva, pero vi reflejado en ellas mi propio envanecimiento, mi imagen de tahúr prepotente. Les abandoné para asistir a mi búsqueda en soledad

 

Sola y desorientada llegué al río. No al río donde mi fama era leyenda, sino a un cauce pequeño y fresco entre los sauces de un valle sombrío. Una mujer se bañaba allí. Era de estatura inverosímil por su pequeñez. Me saludó con alegría y me invitó a bañarme con ella. Después del baño la interrogué: “¿Cómo es que estás tan feliz aquí, sola y desnuda en medio de un río?” “También yo tengo cicatrices”-dijo. “Pero ya me he cansado de esforzarme. Se disfruta más del baño dejándote llevar. Ya no quiero pelear: que lo que tenga que suceder, suceda.”

 

Reímos juntas y, reconfortada, en seguida quise proseguir mi viaje. Sin darme cuenta, comencé a caminar por un sendero apenas visible que me condujo hasta una ermita.

 

La puerta estaba abierta. Un monje parecía rezar o meditar de espaldas a la luz que entraba del exterior. Su cabeza estaba afeitada y vestía una amplia túnica que se extendía a su alrededor blandamente. A pesar de que yo no había hecho ruido alguno, abandonó suavemente su contemplación y se volvió hacia mí.

 

- Bienvenida, viajera. Tres puertas hay para ti en este sagrado recinto. La primera es la puerta de la Liberación de la Esclavitud; la segunda será la puerta de la Alegría; la tercera, la de la Paz Interior. Esto te anuncio para iluminar tu camino.

-¿Cómo puedo pasar por esas puertas?

- Aún no puedes. ¿Conservas la espina de plata?

- La tengo entre mis cartas.

- Ponla en uno de tus zapatos y ve a caminar por el mundo. Cuando llegue tu momento para abrir la primera puerta, lo sabrás. Adiós y buena suerte.

-         Adiós.

 

Pat Póker