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LA FIRMEZA DEL SER Un cuento sobre caballeros andantes Resumen tercer
capítulo, sin anexos incluidos. .
Soy un guerrero, un Caballero Andante. .
Fui un Caballero Cruzado. .
Voy de camino para encontrar un sentido a mi vida y volver a mi hogar. .
Que ¿para qué?. Para poder pedirles “CREED en MÍ”. Bueno, relataré mi historia desde el
principio. Me llamo Rafael Izquierdo. Yo vengo de
una familia muy humilde, labradores; solía hacer los repartos de algunos
productos de la huerta al monasterio del condado; era un chaval despierto,
inquieto. A los monjes les resultaba grata mi compañía, mi alegría, y de ahí
se fraguó una buena amistad. Al llegar la adolescencia un monje del
monasterio, el que luego sería mi tutor (Don Emérito de Bereciartua), se
acercó al poblado a casa de mis padres y les ofreció que podrían encargarse
de darme educación a cambio de que les ayudara en el monasterio. Les contaron que los príncipes del reino
les habían encomendado la enseñanza de varios de sus hijos y como estarían
internos creían factible incluirme en su plan de estudios. Mis padres, entre ilusionados y
perplejos, dieron el sí. Que ya se las apañarían, que ya echarían una mano
mis hermanos pequeños. A la semana siguiente todo estaba
preparado, el hatillo con algo de ropa, alguna vianda (mi madre, por si
acaso) y una flauta dulce que me había hecho mi padre, y el sábado después
del mercado de la mañana una carreta con un monje (el hermano cocinero) vino
a buscarme a la cabaña de mis padres. Durante 6 años, de los 12 años hasta
cumplir los 18, estuve en el monasterio. Fue un período de mi vida tan
enriquecedor, con amistades fraternales. Los hijos de los príncipes todos eran de
unas edades cercanas a la mía, algunos ya se sabían príncipes y no prestaban
tanta atención a los estudios y a la formación de armas imprescindible. Siempre nos dejaban suficiente tiempo
libre, para los juegos, deportes, y alguna escapadita que hacíamos a las
aldeas en fiestas o romerías. Bueno, resumiré, pero todo ese período
hizo que me admitieran en los círculos de la nobleza. Por mis destrezas con
las armas ingresé a la orden de los príncipes de la región. Pronto fui
capitán con batallón a mis órdenes, y partí para las cruzadas. Hice lo que se
esperaba de mí: ser un buen guerrero, ir a Tierra Santa a matar infieles, y
conquistar y tener más poder. Cuando volví de varias contiendas ya era
un gran capitán con blasón y castillo propios, y un nombre conocido en los
círculos de la nobleza: Fénix, El Gran Capitán. Ayudé a mi familia a mejorar su
situación. Me casé con una dama de la corte y tuve
hijas. Aunque estaba separado y vivía en
castillos separados para las costumbres de la época, se permitía que yo ya
viviera con mi amada en otro castillo que habíamos montado para nosotros
proyectando en un futuro cercano contraer nupcias. En todo esto se preparó otra cruzada, una
campaña feroz, pues los infieles habían en parte reconquistado Tierra Santa. En una batalla hemos hecho prisionero a
un príncipe musulmán que al interrogarle me doy cuenta de que es un hombre
culto con muchos conocimientos llamado Soliman. Vi en sus ojos otra forma de
ser un hombre. No se cohibía al mostrar su receptividad, un hombre que no
renegaba de su capacidad de Apertura Psicológica. Me sorprendió de tal manera que alargué
los interrogatorios por la curiosidad de estar en su presencia. Al poco tiempo ya sabía que era erudito
en filosofía, astrología, medicina y espiritualidad; especialmente era un
iniciado en misticismo sufi. En un intercambio de prisioneros me
propuso que me iba a hacer un regalo por el trato recibido; con nuestros
soldados llegó un pequeño cofre del que él poseía la llave; en mi presencia
lo abrió y sacó envuelto un Códice bellamente ilustrado. El manuscrito versaba sobre poemas de
amor y relatos sufis combinados, pero lo más sorprendente fue que se hallaba
escrito en mi lengua; sus últimas palabras fueron que: en un tiempo fuimos
hermanos, en un tiempo comprenderás que siempre seremos hermanos. Y
sentenciando me pidió la libertad, a lo que yo accedí; nos despedimos. Yo delante de él, yo todo un guerrero
cruzado, falto de perspectiva en la vida, con la sensación de la obligación
del dogma. Consumiéndome en las batallas. Resignado a cumplir mi cometido por
obligación. Yo que he visto la muerte tan de cerca de mí, de mis soldados, he
visto a tantos hombres descuartizados. Y día tras día ensañarnos con nuestra
rabia y odio con más muerte. Yo tanto tiempo fuera de mi hogar, de mi amada,
de mis hijas, de mi entorno. Dedicado a seguir matando infieles para
conquistar más Tierra Santa, para que luego te concedan más honores, más
tierras, más castillos. Los días daban a su fin de aquella
contienda, y ya por entonces empezaron las habladurías sobre mi persona
cuestionándome que había tenido un trato especial con el príncipe y tratándome
de hereje. A mi regreso al reino y ya en mi
castillo, las noticias en la corte ya habían llegado de cómo me comporte en
las Cruzadas. A los pocos días los reyes me hacen
llamar en audiencia privada con sus consejeros y me proponen un exilio voluntario
y que yo ponga el motivo, ya que no les interesaba un destierro público, pues
al ser muy conocido y aclamado por el pueblo temían disturbios que no sabrían
como acallar. Al contarles esto a mis padres se
sintieron avergonzados de mí. En mi castillo dejo a mi amada al cargo
con mis fieles servidores; ella también muestra que no me comprende. Secuestran a mis hijas en el castillo de
su madre y no me dejan despedirme de ellas. Yo confundido por el cúmulo de
acontecimientos y la falta de apoyo de los seres de mi entorno, me abate la
tristeza. Al día siguiente voy a pedir consejo al
monje que fue mi tutor, ya anciano pero sobrado de sabiduría, Don Emeterio.
Por el camino siento que todo se me desmorona. Al llegar pido ser recibido
por mi tutor. Me recibe como un padre a un hijo que
quiso mucho y nunca tuvo. Le narro lo sucedido y me aconseja hacer
un peregrinaje, que ya me dará los datos dentro de un rato, pues él me dice
que también quiere compartir algo conmigo. Se sincera y me describe que ellos
antiguamente estaban en contacto con otras culturas y conocimientos, que hace
tiempo corrían tiempos de tolerancia y sabiduría, pero que antes de nacer yo. Unos reinos más intolerantes se
levantaron en armas y dieron persecución, muerte y destierro a los “otros”
que no eran de su religión, y se instauró un reinado que despreció y castigó
cualquier signo que no se correspondiera a su absolutismo. Me hablaba con
tristeza y con miedo, pero me sentenció que todos somos iguales a los ojos de
Dios. Lo llames como lo llames. Le pongas el nombre que le pongas. Que ellos se vieron obligados a
enseñarnos en al ignorancia del otro y a odiar al infiel. Eso justificaba tanta masacre y las
conquistas. Por deseo de los reyes, para sus intereses y perpetuarse en el
poder establecido. Me pide que me quede, que preparen unos
aposentos para mi amada y para mí, le cuento que también ella no me comprende
y no me acompañará de momento en este viaje. Insiste que ya todo se ha
tornado peligroso para mí, que pase la noche allí, que ya saldré al amanecer. Al calor de un fogón de leña me describe
ciertos consejos que insiste que escriba; cojo tinta y un pergamino y me
dicta: “. Durante todo el camino tendrás que
aprender a utilizar y acumular todo el valor del que puedas armarte, ah! eso sí,
pero tendrás que ir sin armadura ni armas para luchar. . Tendrás que encontrar el talismán
llamado "La firmeza del ser", para ello tendrás que sumergirte y
bucear en el lago de la verdad. . Este Talismán te acompañará al
adentrarte en el país del caos y afrontar los mil y un peligros que te
acechen, y desarrollarás el poder del silencio. . Observa que tienes que adentrarte en el
país del caos y solo cuando así lo hagas entenderás lo que andas buscando. . Recuerda, tus armas solo podrán ser
estas: Tu valor, El Talismán de la verdad y el poder del silencio
interior". Al rato volvió con otros dos pergaminos;
uno lo desenrolló y me enseñó: era un mapa de nuestros confines, la frontera
y los confines de más allá y la tierra del Caos; estaban muy bien descritos
los dibujos y me iba a ser muy útil. El otro me dijo que lo abriese al salir
de nuestros confines. Nos despedimos con un fuerte abrazo, me
deseó mucha suerte y que deseaba que nos volviéramos a encontrar pronto y que
le gustaría seguir compartiendo muchas cosas y que yo también le contara como
me fue. Esa noche dormí muy intranquilo, los
sueños se sucedían muy agitados, entre sudores y desvelos transcurrió el
tiempo. Al alba, cuando todo el pueblo todavía
dormía, ensillé mi caballo, compañero en tantas batallas; los monjes ya me
habían dejado un asno con alforjas con provisiones y utensilios, y partí
hacía más allá de los confines. Ya he llegado a la frontera con el País
del Caos. Desenrollo el tercer pergamino y dice así: “Lee este pergamino todas las veces
que creas oportuno y llévalo siempre contigo. .
Cuando mil veces filos hirientes te desangren y no tengas con que cicatrizar
tus heridas. .
Cuando mil veces el fuego y las llamas abrasen tus entrañas y no encuentres
con que apagar tu dolor. .
Cuando mil veces te abrace la sin razón y la cordura creas perder y no tengas
donde asirte en la tempestad. .
Cuando mil veces en los abismos caigas y te descuartices hasta que
desintegrándote no te reconozcas de ninguna manera. .
Cuando mil veces las alucinaciones te emborrachen y un dios o un demonio
creas ser y te dejes llevar por tu embriaguez. .
Cuando mil veces un rayo te parta por la mitad y fulminado, petrificado, no
sepas ni que hacer. .
Cuando mil veces en la oscuridad te sientas atrapado y en ese pozo sin fondo
no veas cómo salir. .
Cuando mil veces los miedos te paralicen y vergüenza sientas de lo que creas
ser, que ni pronunciarlo quieras. .
Cuando mil veces en el laberinto te encuentres que ni sepas de dónde vienes
ni a dónde vas. Entonces
mil veces y una más, aflójate, respira, ten valor, no luches, acepta en
silencio y mírate en el talismán de la verdad.” Fénix |