LA CONSTELACIÓN DE UN SUEÑO

 

   Erase una vez un elfo, llamado Blioberis “El Bardo”, miembro de la familia del Grial, siempre a la búsqueda del perdido Castillo de la Alegría, igual que los héroes legendarios. Y como integrante del gran clan de los trovadores y bardos medievales es el real, el auténtico eco de la “voz de los pozos”.

 

   Siendo ya viejo y siguiendo el sonido de un llanto, encontró a un niño abandonado en el delta de los tres ríos. Solo tenía un medallón de oro, donde estaba escrito su nombre: “Indigo”. A su lado, había una carta, en la que se encontraba la partitura de una canción de cuna.

 

   El trovador lo acogió en su casa, en el valle de los caballos, siguiendo la ruta de la senda de los caracoles. Todas las noches contaba cuentos antes de dormir al niño, que apaciguaban el llanto y le regalaban un sueño reparador. Cuando el llanto era mayor, le cantaba una canción de cuna que decía así: “ Yo siempre estaré a tu lado...”

 

   Siendo Indigo todavía un niño, Blioberis fue objeto de una terrible desgracia. Acudía como cada noche a la cima de un monte, para encontrar inspiración de sus conversaciones con las estrellas, cuando al fijar su mirada en la estrella polar, el único punto fijo del cielo, recibió un enorme resplandor que le cegó la vista  y le secuestró la fantasía.  Un grupo de enanos concentraron con grandes espejos toda la luz de la estrella en sus ojos. Blioberis enfermó, y al poco tiempo murió. 

 

   Indigo, tras la muerte de su padre, no lograba conciliar el sueño porque  no había cuento que contar, salvo, a duras penas, con la canción de cuna. Partió entonces a recuperar la fantasía, el legado de cuentos, y poder así conciliar el sueño. Emprendió el viaje hacia el nacimiento de los tres ríos, porque, en canciones de Blioberis, allí se encontraban las lamias, seres femeninos que viven en las profundidades, y fuente de toda inspiración. Debería buscar en la gruta de las voces de los pozos.

 

  El viaje fue largo. Hubo peligros y grandes satisfacciones. Conoció diferentes gentes y se enriqueció de su generosidad y hospitalidad. Consiguió un sonido en forma de flor, que le serviría para llamar a las lamias. Siguiendo a unos niños encontró un sendero nuevo, que le llevó a la cascada de la cola de caballo. Les regaló la canción de cuna que llevaba consigo, como agradecimiento, y porque los niños no tenían familia.

 

Ese lugar se convirtió en un lugar secreto donde acudía a amarse con una joven hermosa que conoció cerca del lugar. El día que le regaló un anillo, vislumbró tras la cascada una gruta. En ella se encontraban los pozos. Al llamarlos con las campanillas, surgieron del fondo voces que relataban los cuentos perdidos. Indigo quedó sumido en un profundo letargo.

 

En el sueño se le apareció un señor con barbas, sobre la puerta de una iglesia. Le decía que debía cumplir con la misión encomendada. Despertó y vio tras la cortina de agua a su compañera, y preguntó a las lamias cómo salir de allí. Ellas le dijeron que entregando su medallón, donde estaba inscrito su nombre, lo único que le vinculaba con sus padres naturales. A cambio podría salir con el legado de cuentos y con la fuente de inspiración. Indigo aceptó, se reunió junto a su compañera, que se llamaba Nulina, y acudieron a la región de los elfos, a entregar el legado a la Biblioteca Principal. Después, se quedaron juntos a vivir en el delta de los tres ríos. En el camino,  un domador de saltamontes, me regaló una pluma con la que escribir esta historia. 

 

Indigo