ESTA ES MI HISTORIA

 

Era un país rodeado de montañas y muchos árboles, árboles grandes, verdes y frondosos. Era un paisaje claro, de bonitos colores. El país no era tan país, era más bien un lugar no muy grande, un pueblito, tranquilo y acogedor. Cerca había un río de aguas cristalinas y frías, con piedras colocadas de tal manera que al chocar el agua en ellas hacía posible que uno pudiera sentarse y recibir agradables masajes en la espalda, pecho, piernas u otra parte del cuerpo. Por encima de este bonito pueblo sobrevolaba y lloraba una pequeña Elfa, encantadora y dulce. Pero bueno, antes de continuar os diré que yo soy la Elfa y esta es mi historia.

 

Realmente yo vivía en ese pueblo y yo era la pequeña Elfa. Como os digo el pueblo era encantador pero a mi no me gustaba. Pero yo vivía ahí. Siempre encontraba en él algo que me molestaba. Yo solía volar y llorar, me elevaba en las alturas y a veces con alas y otras sin ellas, porque las dejaba olvidadas en casa, yo volaba. Y era capaz de hacerlo sin alas porque la fuerza de mi mente era tal que podía con todo. Volaba y lloraba, volaba y lloraba y me encantaba hacerlo. Con ello conseguía perder la noción del tiempo y me imaginaba cosas.

 

A veces imaginaba que era un águila fuerte y poderosa que, desde lo alto, lo divisaba todo. Imaginaba que dejaba de ser una pequeña Elfa para convertirme en una preciosa Elfa mujer, poseedora de muchos encantos, virtudes y belleza, ante la que se arrodillaban muchos hombres de todas las edades, culturas y condiciones, solicitando su amor. Otras veces imaginaba ser una Elfa madura y sabia, con más sabiduría que belleza, que vivía sola y capaz, en una casa en la cima de una montaña refugiada en sus libros y en sus historias y que miraba de vez en cuando y cada vez más continuadamente por la ventana, esperando a ese hombre que un día, sin saber dónde ni cómo, ni porqué, imaginó que iría a buscarla.... Sí, yo era una pequeña Elfa muy, muy soñadora.

 

Pero también era triste y lastimera. Siempre me estaba quejando por algo, era tan pesada con ello que solía cansar y dar mucha pena. También tenía muy mal genio y aunque a veces imaginaba de mí cosas grandes y majestuosas... que va!, me sentía pequeña, absurda y fea. Pero no me importaba, me decía que sólo tenía que elevarme y volar y llorar para olvidar lo que era. Y siempre lo hacía en círculos y siempre acababa en el mismo sitio. Me decía de probar nuevos caminos pero nunca lo hacía. Pero bueno, os contaré otras cosas...

 

Tengo un gran problema y es que no  sé de dónde vengo. Un día, hace unos años, pero no muchos, me desperté y al abrir los ojos me di cuenta de que vivía en una casa con un padre, una madre y tres hermanos. En cuanto abrí los ojos noté algo diferente entre ellos y yo: yo era una Elfa y sabía volar pero ellos no eran Elfos y tampoco sabían volar ni llorar. Y, aunque se lo pregunté, no querían decirme a qué especie pertenecían. Sólo me decían que eran mi padre, mi madre y mis hermanos.

 

Yo solía acercarme a mi madre, sí, acabé llamándole madre, para mamar su leche pero siempre me daba una excusa: “es que no tengo”, “es que se me ha acabado”. Y como yo tenía mucha hambre decidí buscar mi alimento por otro lado y comprobé una diferencia más que nos separaba: ellos se alimentaban de lo mismo pero yo necesitaba un alimento distinto. Fingí que no me importaba, tan sólo les miraba de reojo y los estudiaba cómo y de qué se alimentaban.

 

Quizás fue por el alimento o porque yo tenía alas, no lo sé, pero crecí diferente. Con el paso del tiempo me convertí en una Elfa amargada, seria, triste y pesarosa que lloraba mucho y que siempre quería dar pena. Y lo peor es que tampoco crecí, yo seguía siendo una pequeña Elfa llorosa eso sí, que amaba las escritura.

 

Yo no jugaba mucho cuando era más pequeña y si jugaba lo hacía a solas. Sí es verdad que a veces, pero muy pocas, jugaba con mis hermanos o con algún vecino del pueblo. Tampoco solía reír mucho, generalmente estaba tiesa, quieta, parada y en silencio. Mis hermanos decían que eran mis hermanos pero no nos parecíamos mucho, ellos recibían alimento distinto al mío, a mí me daban unas enseñanzas distintas a las de ellos y había más cosas diferentes. Y eso me hacía pensar que no, que no éramos hermanos. Además, mi madre no quería darme leche y mi padre no decía nada así que no creía que les importara que yo pudiera morir. Y, hoy en día, cuando aún pido a mi madre algo del alimento que necesito, siempre me dice que no y por ello me empiezo a preguntar:  “¿tendré que dejar de pedírselo?”.

 

Un día yo me encontraba tan triste, tan triste que fui donde estaban mi padre y mi madre y les pregunté: “¿Papá, Mamá, vosotros sois mis padres?”. Ellos me respondieron que sí que eran mis padres, que mis hermanos eran mis hermanos y que ellos eran mi familia. Pero no les creí y volví a insistir “Pero es que yo no me acuerdo cómo eran antes las cosas, un día desperté y aparecí aquí con vosotros. Pero vosotros sois tan diferentes a mi y yo me siento tan rara!” . Mis papás no me respondieron, me dijeron que yo imaginaba cosas, que estaba mal de la cabeza y se fueron de la cocina dejándome allí a oscuras porque no había luz. Y como no había luz yo me asusté mucho y como estaba sola no pude gritar y como no pude gritar, el sonido se me quedó dentro y por ello dejé de hablar. No podía articular palabras, sólo mi mente fabricaba las palabras y eran mis pensamientos los que los demás escuchaban. Y como no podía hablar y ni mi familia ni nadie en el pueblo entendía mis pensamientos aprendía a volar, pero tampoco sé cómo lo hice: un día desperté y ya volaba y lloraba. Y al llorar, las gotas caían sobre el pueblo consiguiendo que sus habitantes miraran hacia arriba.

 

Un día leía en un libro que en el cielo había caballeros que volaban en sus caballos y que éstos buscaban a las Elfas y las proporcionaban aquello que les faltaba. Leí que todas las Elfas tenían un caballero y yo pensé que, quizás, podría encontrarlo y así recuperar mi voz. Y para eso también continué volando y llorando.

 

Yo no solía bajar mucho a mi pueblo. Sólo lo hacía cuando necesitaba tomar mi alimento, pero como me alimentaba tanto de cada vez, me llegaba para una buena temporada. Y también bajaba cuando, desde el cielo, observaba que alguien estaba triste o tenía algún problema. Y también bajaba cuando estaba enferma o cansada. Pero nunca aguantaba mucho, volvía a elevarme y continuaba llorando... Mis padres sí me enseñaron muchas cosas aunque esto era algo que yo me decía pero no me lo creía y, a pesar de ello, siempre que bajaba a mi pueblo les hacía una visita. Estaba enfadada con ellos porque por su culpa perdí mi voz pero siempre les hacía una visita aunque no quisiera. Lo importante era que yo sabía que luego podría volar y llorar así que no me importaba hacerlo.

 

Cuando me miraba en un riachuelo o en una nube observaba que era una pequeña Elfa hermosa pero me preguntaba por qué, pues dentro de mí sentía el cansancio de los años y de las experiencias vividas. Cuando leía en los papeles que iba escribiendo, a lo largo de mi corta o larga vida, comprobaba que ya era vieja. Y cuando me detenía en mi vuelo sentía que mi corazón estaba arrugado y acartonado. Y que necesitaba descansar. Pero no sabía dónde hacerlo: el cielo era para volar y ahí no podía mantenerme sin hacerlo. Y en mi pueblo, como era tan diferente, no encontraba una casa donde vivir. En ese momento yo iba notando que las preguntas, el inconformismo y el cuestionamiento estaban surgiendo en mí.

 

Y así es como me encontraba yo. Algo comenzaba a revolverse en mí y me preguntaba si, después de tanto tiempo viviendo de una manera en concreto, tenía sentidos: “¿qué estaba pasando conmigo?” Sí, es verdad, no estaba contenta conmigo misma, no me gustaba lo que veía reflejado cuando me miraba en el espejo, volaba y lloraba y ya estaba cansada de tanto cielo, tanta lluvia, tanto girar sobre mí misma... Y el pueblo “¿por qué esa tristeza tan honda?” “¿para qué tanto vuelo sin sentido?”.

 

Un día estaba tan cansada y asqueada de mi misma que, al poco de elevarme en las alturas, decidí bajar a una parte del bosque cerca del riachuelo a la que no había ido nunca porque así me lo habían prohibido. Cuando me senté a la sombra de un árbol me dije que yo no podía más, que mis alas estaban empezando a romperse porque no eran tan duras como yo creía, que mis rodillas estaban llenas de heridas de los aterrizajes, que mis ojos estaban hinchados... Entonces miré el río y me dije :“Quizás me meta en sus aguas, en una parte del río está tan profundo que yo, al no saber nadar, estoy segura que me ahogaré. Sí, ahogarme, ahogarme, qué dulce palabra!, qué liberación tan inmensa al sumergirme y desaparecer!. Por fin podré descansar!”.

 

 En esto se acercó un hombre, era un hombre del pueblo al que yo ya conocía. Era viejo, muy viejo y había oído decir que también era un raro como yo. Otras veces antes yo solía esconderme si veía a alguien pero esa vez fue distinto, seguí donde estaba y me detuve a observarle. Andaba muy, muy despacio y sudaba mucho. Se acercó a mi y me dijo “Hola, soy Alf, Alf es mi nombre. Llevo caminando mucho tiempo y mis zapatos se me rompieron en el camino, mis pies están llenos de heridas ¿puedes ayudarme?”  Yo miré sus pies y me asusté cuando los vi ensangrentados. No dije nada, me levanté, apoyé al hombre sobre mí y le ayudé a sentarse junto al árbol. Mis movimientos fueron rápidos: rompí parte de mi camisa y me acerqué al riachuelo. En ese momento ya había olvidado mi propósito de desaparecer que me había llevado allí... En el río mojé la tela y con ella fui donde el hombre,  Alf, y le limpié con mucho cuidado los pies. Tuve que aclarar varias veces la tela y mojarle una y otra vez para que la sangre reseca desapareciera. Con otra parte de mi falda hice unas vendas y con ellas envolví los pies heridos.

 

Yo estaba medio desnuda por tanta tela como rompí pero no me importaba. En ese momento, sólo veía los pies doloridos de ese hombre tan viejo que me observaba en silencio. Yo continué sin decir nada. Entonces, me quité las zapatillas y se las puse en sus pies ya limpios y vendados. Y al mirarle vi en sus ojos algo cálido, hermoso, que me emocionó. Miré sus labios que estaban secos, me acerqué de nuevo al riachuelo y, formando un cazo con mis manos, le ofrecí agua para que bebiera y le refresqué la frente. Volví a mirarle a los ojos y su mirada llegó muy dentro y me llenó entera. Seguía sin poder hablar pero pude acariciarle la mejilla.

 

El me sonrío y su sonrisa demostró una fuerza que, en un principio, no había percibido. Me agarró la mano y me dijo: “Yo te conozco, sé que no tienes nombre aunque respondes cada vez que te llaman. Llevo tiempo observándote y sé que algo está despertando en tu interior, algo que ya no puedes ignorar. No luches contra ello, no seas tuerto en un mondo de ciegos, tienes dos ojos, utilízalos. No busques lejos de ti las respuestas a tus preguntas  porque están más cerca de lo que crees. Sólo tienes que observar, hazlo, no cierres tus ojos... Me has ayudado amiga sin nombre y quiero agradecértelo. Aquí tengo una pluma, una pluma que me ha acompañado a lo largo de mi vida. Con ella podrás escribir y te ayudará a encontrar el camino cuando estés perdida; te ayudará a centrarte cuando la duda, la angustia y el miedo te puedan; cuando no sepas qué hacer, escribe. Recuerda, las respuestas a tus preguntas están más cerca de lo que crees. Y confía. Con el tiempo te darás cuenta de que ese nombre, que crees no tener, lo tienes. Sólo tienes que buscarlo. Pero no olvides que no es tarea fácil, será dura y complicada y muchas veces pensarás en abandonar pero sólo con esfuerzo encontrarás lo que buscas. Aquí te dejo la pluma, amiga, yo he de continuar viaje, mi viaje no ha terminado aún...”  Entonces se levantó, erguido como yo no había visto antes, me agarró la mano, me sonrió  y se marchó.

 

Yo me quedé en el sitio preguntándome cómo había sabido entenderme tan bien pero, en el fondo, eso me daba igual. Lo que yo tantas veces había presentido volvía a confirmárseme. Ya no había escapatoria, no quería que la hubiera. Agarré fuerte la pluma y la apreté contra mi pecho. Olvidé mi propósito al ir a esa parte del bosque, olvidé el sumergirme en las aguas, olvidé querer desaparecer. Una fuerza nueva estaba creciendo en mí, me sentía asustada pero pensé que podía intentarlo.

 

Ha pasado poco o mucho tiempo desde que ocurrió aquello, no lo sé. Hoy es el día en que sigo pensando en el hombre viejo y sabio, Alf, y estoy segura de que no lo olvidaré nunca. Me pregunto dónde estará, por qué se marchó... Pero tengo su pluma, lo demás no lo sabré nunca. En este tiempo transcurrido desde que me habló he guardado la pluma junto a mí sin poder destaparla y usarla. No olvido sus palabras y creo que ya he perdido demasiado tiempo sin saber quién soy, cómo me llamo,  a dónde voy. He perdido demasiado tiempo desesperándome, lastimándome, llorando, peleando contra todo. He comprobado que los motivos que me impulsaban a llorar y a volar ya no me valen, que mi actitud no es la misma que la de antes. Creo que ya es momento de hacer algo...

 

Sí, cierro mis ojos y en segundos me veo a mí, a mi familia, a mis amigos, me observo cuando era pequeña Elfa... Abro los ojos y cuando miro al suelo junto a mi, veo la pluma, le quito el tapón, cojo una hoja de papel y comienzo a escribir...

 

Una emoción nueva crece en mi interior. Y me gusta...

 

 

 

Símbolo del relato que me llame la atención o que se repita mucho.

 

Leo mi relato y, sobre todo, hay dos cosas que me llaman la atención. Me llama la atención que mi personaje, yo, no tengo nombre y también que soy el único personaje de mi historia. “Hablo de” y “pienso en” pero no hablo con nadie y no me encuentro con nadie. Sólo estoy yo. Y al cabo de un rato aparece un hombre.

 

Creo que mi símbolo podría ser unas ALAS.

 

Esta es la historia de unas alas que se llamaban “Soledad”. No eran alas de pollo ni tampoco alas de avión. No eran alas de nada ni de nadie. Las alas se llamaban  “Soledad” y reían muy poco pero cuando reían su risa era fresca, alegre y salía desde el corazón; cuando reían su risa se oía lejos y todos aquellos que la escuchaban quedaban prendados de su hermosura.

 

Eran unas alas refunfuñonas y serias que durante años y años estuvieron siempre solas hasta que conocieron a unos amiguitos que también eran alas pero distintas a ellas, pero eran alas también y “Soledad” hablaba y reía con sus amiguitos y los quería mucho. Sus amiguitos también le querían a ella pero “Soledad” no pasaba mucho tiempo con ellos porque temía que pudiera hacerles enfadar, temía que se enfadaran con ella y que le negaran la palabra. Por eso, cuando quedaba con sus amiguitos,  estaba un rato no muy largo y salía disparada de nuevo, empezaba a volar y se iba.

 

Pero cuando se iba lo pasaba muy mal. Lo pasaba tan mal que creía volverse loca. Y “Soledad” creía que el seguir volando, el no detenerse, el alimentarse de insectos y de los olores de las flores le ayudarían a dejar de llorar y a no volverse loca. Pero no era así, “Soledad” comprendió que estaba utilizando los mecanismos y técnicas equivocadas para dejar de sentirse tan mal y tan loca.

 

“Soledad” vivía en la casa de sus padres. “Soledad” no sabía cómo era la casa pues vivía rodeada de un muro que no le permitía comunicarse con sus padres y que la ocultaba de su vista. Ella aleteaba para crear sonido con sus alas, se chocaba contra las paredes del muro para ser oída, hacía ruido con sus alas en el suelo hasta lastimarse para que le escucharan pero nada de lo que hacía servía para algo. Seguía sin comunicarse con sus padres y seguía sin ser vista. Y así vivió años y años y años.

 

Pero fueron precisamente esos amiguitos con los que sí podía comunicarse quienes le hablaron un día y le hicieron ver que estaba equivocada en lo que hacía para que sus padres le prestaran atención. “Soledad” sí podía comunicarse con sus amiguitos y sus amiguitos la veían aunque durante años creyó que esto no era posible. ¿Por qué sí podían comunicarse? Porque era tal la fuerza de su amor que para ellos no existían muros de aislamiento ni de separación. Los amiguitos querían tanto a “Soledad” que la fuerza de su amor no entendía de muros y “Soledad” amaba tanto a sus amigos que no necesitaba golpearse contra nada para llamar su atención. ¿Cómo golpearse si con ellos no existían los muros de aislamiento y soledad?

 

Y así fue como “Soledad” comprendió que se estaba perdiendo cosas maravillosas por estar continuamente llamando la atención  de sus padres. Y así fue como “Soledad” encontró fuera de la casa de sus padres a una familia maravillosa y grande que la veía y con la cual podía comunicarse.

 

Soledad