EN BUSCA DE LA ESMERALDA... ¿O EL DIAMANTE VERDE?

 

El viaje comienza con papá enano y mama enana llevándome al punto desde el que va a partir el viaje organizado en el que me he apuntado en busca de la esmeralda escondida en los pliegues de la tierra. Antes de que se me olvide, mi nombre es Tania.

 

Nos hemos embarcado en esta expedición un grupo de enanos y enanas de distintitas procedencias y desconocidos entre nosotros. A todos nos une la pasión por la aventura,  y por supuesto, la codicia, ya que quien encuentre la esmeralda puede adueñarse de ella. Sabemos que vamos a sufrir, que el camino está plagado de peligros, pero estamos dispuestos a sacrificarlo todo, incluso, si se tercia, la vida, para lograr nuestro objetivo. Aunque tenemos el mismo destino final, hacernos ricos, las reglas del juego establecen  que cada uno de nosotros debe recorrer su camino en solitario. Si debido a la casualidad o el destino, nuestros caminos se juntan en algún punto de esta aventura, podemos sentarnos a charlar y si  nuestra codicia nos lo permite, desvelarnos los secretos ocultos que hayamos descubierto. No obstante, cada encuentro puede durar lo que el fuego que nos acoge e ilumina tarde en consumirse, después debemos seguir nuestro camino individual y solitario.

 

Emprendo mi camino por una pequeña grieta que hallo cerca del tallo de una hermosa seta. En un principio la oscuridad me ciega y me tambaleo. Cuando voy a dar el primer paso hacia delante, de pronto siento que no hay nada bajo mi pie derecho; una sensación de pánico y vértigo me invade. Vuelvo a mi posición inicial y trato de mantener la serenidad para pensar cómo salir de este primer obstáculo. Lo primero que debo hacer es acostumbrarme a la oscuridad. Me mantengo quieta unos instantes y dejo que mi cuerpo se fusione con el entorno. A mi derecha veo que hay un estrecho puente colgante instalado para salvar el oscuro vacío que me rodea y que se pierde bajo mis pies, en cuyo final se intuye un camino.

 

Sigo el camino en total oscuridad y de pronto comienzo a sentir presencias a mi alrededor. Al principio me gusta la sensación porque me siento acompañada, pero poco a poco su presencia se hace cada vez más patente; ya no se trata sólo de una sensación, ahora empiezo a distinguir ojos amenazantes en la oscuridad y empiezo a sentirme agobiada, es como si las miradas se me pegaran al cuerpo. Cuanto más avanzo, más agobiada me siento.

 

De pronto, delante de mí veo una figura fantasmagórica y amenazante suspendida en el aire. Echo a correr presa de la angustia y el miedo. En esta carrera desesperada, me doy de bruces con un imponente guerrero, y de un salto, voy a cobijarme tras su armadura. Al ver al guerrero blandir su espada la presencia decide retirarse al agujero desde el que ha venido. El guerrero me acoge, dejándome formar parte de su grupo en su camino a la conquista de un nuevo territorio a condición de que le sirva durante el trayecto.

 

Yo soy una enana muy servicial, además, siempre muestro buena disposición por lo que acepto su oferta segura de que formamos un buen equipo. Durante el trayecto, en el tiempo que me queda tras cumplir con mis obligaciones para con mi amo, entablo y desarrollo amistad con un elfo que forma parte del grupo; pasamos momentos entrañables acompañando nuestras soledades.

 

Pero un día, nuestro amo y señor es atravesado por un frío acero y cae en los brazos de la muerte. Huérfanos, el elfo y  yo nos sumimos en un estado de profunda desesperación, y es entonces cuando mi amigo decide confesarme un secreto que a su vez le había confesado el valiente guerrero, y que hasta el momento había guardado en secreto por la lealtad que le profesaba. Según le fue transmitido, la búsqueda de la esmeralda comenzaba en el castillo del profundo reino de Elis.

 

Valdvin, que así se llamaba el elfo, y yo nos dirigimos, en un arrebato de valor, rumbo al castillo. En el camino, tras varias semanas de viaje, Valdvin comienza a sentir la necesidad de arropo que ofrece la presencia de un guerrero, por lo que, no sin mucho pesar por nuestra separación, acude en su búsqueda.

 

Mi búsqueda por otro lado se va acercando a su objetivo a cada paso. Tras dos meses de viaje llego a Elis y sin más dilación acudo al castillo. Desde la puerta de la muralla grito a lo alto: ¡Ha del castillo!. Una mujer con un vestido largo, pelo también largo y rubio recogido en una diadema me atiende. Sus facciones son suaves y tiene una acogedora sonrisa; pero a pesar de su voz dulce y amigable  me dice que no puedo pasar. Yo me desespero, no me puede creer que la única barrera entre yo y el tesoro sea esa dulce mujer. Le imploro que me deje pasar y le explico que es cuestión de vida o muerte, pero ella sigue negándome el ansiado acceso al interior de la muralla.

 

Ante esta situación yo me siento perdida. Ahora, sin rumbo a seguir, me pongo a caminar tambaleándome en dirección desconocida.

 

Camino, y camino en un estado de confusión y desolación total, cuando un brillo me saca de mi ensimismamiento. Es un espejo que está tirado en el suelo. Lo recojo y le quito la arena de encima.

 

Ahí, al otro lado, hay un enano desconocido para mi, sí , se me parece pero no me reconozco en él. De pronto, éste cobra independencia y comienza a hablarme, me cuenta que para poder llegar al diamante verde he de bailar la danza de los tres fuegos. Le pregunto:- ¿cómo se baila esta danza?- y me contesta que tan sólo tengo que encender una hoguera y escuchar su canción con el movimiento.

 

Así lo hago, escucho, escucho y por si acaso, escucho una vez más y nada ; pero justo antes de que el fuego se pierda entre las cenizas, las últimas chispas me chisporrotean que debo dirigirme a Metlink, y buscar la esmeralda en el sótano de la casa de la hija del banquero que dirige el banco de la calle Chiptik.

 

Con ánimo renovado emprendo camino a mi nuevo destino en Metlink. Al llegar me dirijo al banco y pongo en marcha mis sutiles armas de seducción para sonsacar al banquero la dirección de su hija. Ya en la calle Cornik 26, miro por las ventanas para saber si hay alguien en casa. No, no lo hay. Me cuelo por una ventana que se encuentra entreabierta sorprendida de que todo resulta tan sencillo.

 

En efecto, no podía ser así, bajo las escaleras y entre la penumbra del sótano veo que se mueve algo en el fondo. Me acerco con cautela; no es cuestión de que el miedo me paralice justo ahora que estoy tan cerca de la felicidad. Avanzo pasito a pasito hacia lo desconocido. A medida que voy acercándome intuyo que se trata de algo grande y oscuro que se sacude con cierta torpeza. Sigo, desobedeciendo las señales que me envía el cuerpo, que me implora salir por patas sin más dilación. Pero la codicia tira hacia otro lado y es más fuerte.

 

De pronto, se definen sus contornos y distingo un bicho enorme, negro, peludo, con pequeños ojos redondos e incisivos que me miran. Ya es demasiado tarde. Una fuerza succionadora me va atrayendo hacia la babosa boca del bicho. ¡Oh no! Es más que una atracción; pierdo todo control sobre mi ser y  voy irremediablemente a introducirme en ese agujero viscoso que me conduce al centro de la nada..

 

Ya en el interior del bicho, aterrizo en un bosque oscuro y tétrico en el que me siento totalmente perdida. De pronto, me viene a la mente el mensaje que me transmitió el enano que se encontraba al otro lado del espejo: “Para llegar al diamante vede, has de danzar la danza de los tres fuegos”.

 

Recopilo las ramas sueltas que voy encontrando en el camino esparcidas por el suelo. Las apilo, y con una piedra y un palo enciendo la llama. La miro esperando, una vez más, oír su música, pero no oigo nada. Espero, manteniendo la mirada fija en las ardientes llamas. Estoy tranquila pues una vez que se ha tocado fondo en la oscuridad, tan sólo cabe la luz. En ese momento de abandono a las circunstancias, me pierdo en las llamas rojas y amarillas fundiéndome con ellas. Por un hilo de humo salgo atravesando una luz amarilla y brillante, y es entonces cuando me doy cuenta de que el secreto estaba en escuchar con todo mi ser.

 

 

Prórroga:

 

Sin embargo, siguiendo el hilo de humo no llego a la esmeralda, o al diamante verde, tan sólo consigo huir de la máxima oscuridad. Esta búsqueda ha estado a punto de costarme la vida, por lo que empiezo a cuestionarme si merece la pena.

 

Ahora, antes de seguir, debo descubrir el valor de la esmeralda para al menos, en caso de hacerlo, perder la vida sabiendo para qué lo he hecho.

 

Tania