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EL
SENDERO DE SONDRA “Soy
la princesa guerrera Sondra, hijastra
de la reina cristiana Natibel IV La Bienaventurada y del príncipe consorte
Juan II El Deseado.” El
destino quiso que iniciase este viaje y así fue como aconteció lo que
aconteció. Esta es mi historia: “El
sendero de Sondra” Salía
del reino de Tarifa, antigua ciudad bereber donde me recuperaba de viejas
heridas de guerra, cuando apareció ante mí un águila real. Esto fue lo que el
águila real me dijo: ”Sal de aquí y dirígete al reino de Azkona,
aaahhhooorrraa!! Y sin dudarlo un momento monté mi caballo blanco Brisa y
cabalgué durante siete lunas y siete soles hasta llegar a dicho reino. Tras
gritar mi nombre las murallas se abrieron y entré... Sentados
en círculo multitud de viajeros llegaron y cada uno contó quién era y cual
era su misión. Yo conté como mi madrastra ,la reina cristiana Natibel IV la
Bienaventurada, ordenó a su marido, Juan II, clavarme una daga en el corazón,
y cómo al errar sólo me abrió una profunda herida en el corazón sin llegarme
a causar la muerte. Huí y llegué a un poblado indio donde crecí rodeada de
amigos y ancianos. Este fue mi hogar y allí fui una niña más...me bañaba en
los lagos, bebía de los manantiales, me bañaba al sol y comía los deliciosos
manjares de la dulce Aldea de la Infancia. Las
tropas cristianas de la reina llegaron y asolaron la aldea. Quemó sus casas,
violó a sus mujeres. Huí y me construí un traje de guerra consistente en
tiras de cuero, que cubrieran mi herida, alrededor de mi cuerpo. En mi huída
un hechicero me lanzó el maleficio de la huida constante, ese sirviente de la
reina me había condenado a huir de pueblo en pueblo y de guerra en guerra. Me
convertí así en princesa guerrera, fría, cruel y sin otro fin que acabar con
las tropas cristianas de la reina, sin poder sentir amor ni permanecer
durante mucho tiempo en ningún poblado donde construir un hogar. Así, acudí
al reino de Tarifa a recuperarme y descansar tomando aguas termales y allí
fue donde recibí la señal. Mi misión es forjar una espada para matar a la
reina, abandonar por fin la guerra, buscar una tierra y construir un hogar
donde instruir a otros viajeros a encontrar el suyo. Una
vez fuera del templo, rodeada del resto de peregrinos en el gran reino de
Azkona, vi como estábamos en medio de una gran explanada con varios caminos a
elegir. Uno de ellos tenía una flecha clavada en un lateral del camino y por
allí me adentré esperando que alguna fuerza mágica me guiara. Caminando por
dicho camino hice amistad con guerreros como yo, elfos, magos y enanos. Con
las elfas Isabo y Psora pasé largas noches de confidencias y cariño, con el
guerrero Xion disfruté de juegos y
fastuosos banquetes. Un día fui notando que me sentía cada vez más débil y
que empezaban a dejarme de interesar las charlas de guerreros sanguinarios.
El elfo Aragoth me acorralaba porque
quería darme un regalo que me ayudaría pero yo cada vez me sentía más enferma
y mis pasos se hicieron más lentos y
torpes. De pronto un día enfermé y caí; tormentosas pesadillas de mi pueblo
asolado e incendiado por las tropas se agolparon en mi mente. Los magos del
alma triangular me practicaron sabios ritos de curación y poco a poco fui
recuperando la salud. El
primero de los tres magos introdujo en mi cuerpo un antídoto contra el veneno
que, a consecuencia de la daga clavada, se había introducido en mi sangre
infectándola. El segundo mago empezó a desabrochar mi traje de guerra y lo
fue desenrollando. Este mago era una guerrera joven con conocimiento de la
alta magia y con suma delicadeza me quitó la parte superior del traje coraza. Lágrimas
de sangre comenzaron a brotar pero la herida no se abrió del todo y tras
pasar una noche con alta fiebre logré levantarme de nuevo. El tercer mago, el
elfo Aragoth me dio el regalo del tiempo presente y este regalo neutralizó el
maleficio, del sirviente de mi madrastra, de la huída constante. Después de
varios días y noches siguiendo aquel camino, disfrutando del regalo de
Aragoth, de los cuentos de la guerrera Zina y de los cánticos de mis nuevos
amigos elfos, de las cenas ruidosas con los enanos y de admirar la destreza
de los magos, vi que del camino que había seguido surgía un pequeño desvío y
tras seguirlo vi que conducía a un arroyo. Me arrodillé y vi mi imagen
luchando contra la reina y matarla. Y sobre las aguas, sobre el reflejo de
las aguas, vi también mi rostro y comprendí cuanto tiempo había transcurrido
desde la gran batalla. Vi que ya era una mujer; también sobre las aguas vi
una torre de una cúpula y supe que era el altar de la diosa Tierra y que era
allí donde ahora debía y quería dirigirme. Sentí de pronto que ya no necesitaba la
espada pero que gracias a su búsqueda había encontrado el nuevo y verdadero
destino: la aldea de sabias mujeres que rendían culto a la diosa Tierra.
Agradecida lloré de emoción. Volví
al camino principal. Me arranqué el resto de la coraza junto al elfo Aragoth
y me despedí de todos mis amigos. A la mañana siguiente, vestida sólo con mis
largos cabellos, me encaminé hacia la ciudad prometida. Me miré el pecho y vi
que la herida poco a poco se iba agrandando, pero tuve la esperanza de que no
moriría. Epílogo:
la princesa se va encaminando hacia la tierra de la diosa Tierra Madre. No
lleva coraza, no va a pelear. La herida se le va abriendo. La herida está
infectada, va saliendo poco a poco el veneno, el pus... Un día la herida se
cerrará y se convertirá en una cicatriz. La princesa agradecerá a la cicatriz
haber salvado su vida en aquella antigua pelea contra la reina. Pero esa es
otra historia y otro mito. Sondra |