Vampir

 

 

Querido Pablo:

 

        A día de hoy, cuando esta carta llegue a tus manos, no sé qué habrá sido de mí. De todas formas, quiero que sepas que te amo. Porque yo, yo...

Yo dejé mi cuerpo en tus manos, me abandoné a ti. Me dejé llevar... contigo me era fácil, pude sacar la vampiresa que encerraba dentro. ¿Qué milagro obraste? ¿Qué extraño poder se adueñó de mí? Me hechizaste, me embrujaste, me sentía como una loba delante de ti. Sólo delante de ti.

¿Y luego? Luego fui incapaz de soportar tanta felicidad. Me voy a volver loca, o igual ya lo estoy. No estoy preparada para que las cosas me vayan bien, me siento como un autómata que sólo estuviera programado para sufrir.

No encuentro entre mis posibilidades la capacidad de disfrutar. O sí, pero siento como si no pudiera ejercerla. En el momento en que empiezan las cosas a ir bien, en el que parece que la vida es fácil...

Mi tranquilidad se desvanece, todo se rompe y no me queda más remedio que volver a sufrir de nuevo. Es como si cada vez que se me da la posibilidad de disfrutar, yo misma me la boicoteara. Si alguien lo entiende que me lo explique.

 

Mi psicólogo dice que es algo habitual. Que es muy corriente que la gente se busque razones para sufrir, y nunca para disfrutar, algo así como un masoquismo constante. Es como si delante de las situaciones placenteras se produjera un colapso, por no saber cómo actuar ante la novedad, y la mente, consciente de su ignorancia, se desviara a una situación conocida: el sufrimiento.

 

Te aseguro que esta situación me está desbordando. Cuando recuerdo nuestros fugaces buenos momentos, en que todo era sencillo... 

        ¿Te acuerdas aquel día? Cómo nos reímos, bueno, nos reímos luego. Fue cuando fuimos al parque natural de Valderejo por segunda vez. Habíamos ido en agosto, y nos prometimos una segunda vez en condiciones más humanas. Quién iba a pensar que en el puente del uno de mayo iba a nevar... aunque fuera en Álava. Elegimos la parcela en el camping, que ya nos costó... que ésta está demasiado cerca de los servicios y hay ruido, que la otra está demasiado lejos y yo me levanto todas las noches, que ésta tiene el terreno en cuesta y luego tengo que estar toda la noche trepando, que aquella está demasiado lejos de los enchufes y no nos llega el cable... Menos mal que el camping estaba medio vacío y pudimos encontrar al fin la que se ajustaba a todas las condiciones. Y luego...

        ¡No está la tienda!

        Habíamos ido de camping sin tienda de campaña... Fue de agradecer, hubiéramos sido unas sonrientes estatuas heladas al día siguiente. Dicen que la muerte por congelación es muy dulce, pero deja, deja...

        El camping fue una buena fuente de aventuras, porque aquella vez en La Rioja alavesa, el temporal nos jugó otra mala pasada. Si no recuerdo mal, para las siete de la mañana habíamos recogido la tienda y toda la cacharrería, y tratábamos de secarnos en el interior del coche. Menuda forma de llover... Aunque bueno, improvisamos la visita a aquellas bodegas, y fue todo un descubrimiento. Recuerdo que estuvimos esperando a que diera la hora de entrar dentro del coche comiendo pistachos, llovía a cántaros...

 

        Si supieras lo que ha supuesto para mí haber vivido estas anécdotas. Eso te lo debo a ti, que me sujetaste para que no me escapara. Yo hubiera salido disparada, como huyendo de la peste, ya sabes, para no disfrutar, y aún y todo... en fin.

        ¿Sabes? Lo que no comprendo todavía bien es como conseguiste sacar la vampiresa que llevo dentro. Aquel día fue una pasada, porque mira que una tiene imaginación, pero... ¿Cómo es eso? La realidad supera a la ficción.

 

        Habíamos pasado el día en el monte. Recuerdo perfectamente el olor a hierba fresca que traíamos en la piel y ese cansancio relajante que hace que un cosquilleo muy placentero te recorra el cuerpo de pies a cabeza. Tú insististe en que nos diéramos un baño. Nos decidimos por uno de espuma. El agua estaba muy caliente y olía a flores. Recuerdo que la bañera de tu casa me pareció una piscina aquel día. Nos envolvimos en los albornoces y luego ya sobre la cama, fuimos dejando que la piel de nuestros cuerpos fuera entrando en contacto. Nos poseímos con calma al principio, y salvajemente después...

Uff, enloquezco sólo de pensarlo. El tiempo estaba parado, no tenía hambre, ni frío, ni siquiera sabía si era por la mañana o por la tarde... Tu cuerpo, poderoso, encima del mío, temblaba de placer, y el olor de tu piel, el olor que desprende tu piel cuando te entregas por completo, me embriagaba. Igual que ahora al recordarlo, en aquel momento lloré. Sin mediar palabra fuiste bebiendo las lágrimas que manaban de mis ojos y luego continuaste con el resto de los poros de mi piel... 

        De repente todo cambió,  no me encontraba bien, no sabía que ocurría en mi cuerpo. De nuevo se desvanecía mi tranquilidad y volvía a colapsarme. Sufría de nuevo, pero esta vez tenía un mal presentimiento... por eso me marché. Por eso esta carta. No sé lo que ocurrirá conmigo, pero llama al teléfono de la compañía y ellos te darán razón de mí.

 

Te quiere para siempre: tu Vampir.

 

* * *

        Pablo, contrariado, dejó la carta encima de la mesa y se sentó. Desde que había cogido la nota no había sido capaz de moverse. Se mesó los cabellos. El cansancio del día se le echó encima de repente. Se quitó las gafas y se frotó los ojos con suavidad en un intento de despejarse. No le sirvió de mucho. Se sentía incapaz de moverse, sentado como estaba volvió a releer la carta de nuevo. Al cabo de un rato reaccionó, cogió el teléfono y marcó. Colgó antes de que diera tono. Se dio cuenta de que estaba aterrorizado. Le daba pánico lo que le iban a decir, tenía un presentimiento fatal. Volvió a leer la carta, y cuando llegó a lo de los fugaces buenos momentos le tembló la barbilla...

 

        Decidió darse una ducha, dejó el inalámbrico en su sitio y fue a preparar el baño, estaba destemplado. Seleccionó en el panel la temperatura del agua y también la ambiental. Programó una ducha de quince minutos y un secado por aire caliente. El random del MP3 del equipo de música le sorprendió con uno de los cuartetos de cuerda de Mozart. Ya llamaría por teléfono cuando estuviera más tranquilo.

 

No se acostumbraba a bañarse sólo, las escenas de los buenos tiempos pasaban una y otra vez por su mente. Trataba de concentrarse en lo que estaba haciendo, en las sensaciones de su baño, pero le fue imposible. La suavidad del albornoz sobre la piel le reconfortó, aunque ayudó poco a calmar sus pensamientos.

Ya en la cocina, se preparó un café con leche caliente. Era consciente de su cobardía, estaba postergando lo inevitable. Estaba evitando hacer la llamada, porque ya no podría hacer elucubraciones. Ya no le quedaría más remedio que tener que aceptar la realidad, que podía llegar a ser muy cruda.  

 

        Finalmente, y en un arranque de valor, Pablo descolgó el teléfono y pulsó la tecla de rellamada. El corazón le bombeaba la sangre a un ritmo trepidante. Sin embargo, tenía la sensación de que todo iba a cámara lenta. Sonó la primera llamada, todavía era pronto para que contestaran. El corazón seguía a duras penas, pesado, como si la sangre que movía fuera una masa espesa. En el cuerpo una extraña sensación de ingravidez, como de no pertenecer a aquellas piernas. Como si los brazos que sujetaban el teléfono no fueran suyos, y no tuviera, por tanto, dominio sobre ellos. La segunda llamada, nadie al otro lado. Notó que unas gotas de sudor le deslizaban suavemente desde las axilas. Un ligero temblor en las rodillas le obligó a sentarse.

 

En pleno año 2050 ya nadie utilizaba ese tipo de teléfono. Ya todos se comunicaban a través de la línea ultraADSL, con la que conseguían comunicación instantánea, a través de intrafono, el teléfono evolucionado del antiguo Internet. A él le gustaban las antigüedades y conservaba un modelo que ya no se encontraba en ningún comercio. El día que tuviera la más mínima avería, tendría que cambiarlo sin remedio.

  Una cuarta llamada y no hubo respuesta del otro lado. Empezaba a estar más tranquilo, le dio un sorbo al café con leche que había dejado olvidado encima de la mesa. Le temblaba el pulso. Alargó la mano para coger un cigarro y lo encendió con el mechero que ella le había regalado. Era especial, una joya de anticuario, que tenía la peculiaridad de encender sin llama y la ventaja de que no se apagaba con el aire. Justo cuando exhalaba la primera bocanada de humo contestaron del otro lado. Había perdido la cuenta de los tonos.

 

"Bienvenido al servicio automático de la compañía Ufressa, por favor, diga o marque en el teclado del teléfono su número de identificación personal. En unos instantes le comunicamos con su servidor, aprovechamos para agradecerle su fidelidad..."  

 

        Pablo tecleó su pin. Los dedos le temblaban y por un momento dudó al marcar, los nervios le bloqueaban hasta tal punto que no recordaba su clave.

 

"Disculpe, pero el número marcado no es correcto, por favor marque de nuevo su número de identificación personal."

 

        Marcó de nuevo, esta vez más despacio y fijándose en el número que había apuntado en un papel para evitar confusiones.

 

"Bienvenido, vamos a comprobar su identidad, ¿es usted Pablo Rodríguez Martín? Si la respuesta es afirmativa marque uno, en caso contrario marque cero."

 

        Pablo marcó el uno, y esperó pacientemente a que el ordenador le diera el mensaje que le correspondía. Había llegado el momento. Un retortijón en el estómago casi le obligó a abandonar el teléfono. Justo entonces recibió contestación del otro lado del auricular. 

 

"La compañía Ufressa lamenta tener que comunicarle el deceso de Vampir. El diagnóstico ha sido colapso circuital. Una incongruencia entre los circuitos de realidad y los de sentimientos, han hecho que el sistema dejara de tener control sobre sí mismo.

El prototipo Vampir, que usted seleccionó, se quedará en fase de investigación. Se trata de que nuestros expertos analicen el fallo, ya que es la primera vez que nos ocurre y su resolución supondría un avance decisivo en la humanización definitiva.

Le recordamos que en virtud de su contrato puede volver a utilizar nuestros servicios. Aprovechamos para informarle de que hemos ampliado la plantilla de psicólogos especializados en los nuevos prototipos. Para elegir una nueva compañera, pulse un número en función de sus deseos. Si lo que quiere es una mujer sexi que se preocupe por sus cosas, pulse uno. Si lo que quiere es una amante que no haga preguntas, pulse dos. Si lo que quiere es una perfecta ama de casa, pulse tres. Si lo que quiere es otra opción, pulse cuatro...

Le recuerdo que tiene que pulsar uno, dos, tres o cuatro...

Oiga, si quiere una mujer sexy que se preocupe de sus cosas, pulse uno. Si lo que quiere..."

 

        Pablo colgó el teléfono, se lavó los diente y se acostó. Acurrucado entre las mantas, lloró. Vampir, al fin y al cabo, era una máquina y... ¿Estaba derramando lágrimas por ella?...