¿Y QUIEN DIJO QUE ERA FACIL?

 

Isabó era un elfo. Había sido transformado por una gorda y fétida araña llamada Adora. A Isabó en el pasado la llamaban Aizha. Fue una enana burguesa de la Ciudad de Arzorán. Años atrás Aizha partió de su ciudad escapando de ella. Durante el viaje el Gran Caos le descubrió que era como su madre, a la que no conocía pero le habían dicho que era una Elfa española, le dijo que vivía cerca de la Ciudad Elfica de Berdorfín y le contó que su madre era rígida, que intentaba controlar a quien se le acercaba y deseaba atraparlos para no sentirse sola. Aizha fue en busca de su madre. Lo que no le contó el Gran Caos, fue que su madre había acabado convertida en una araña gigante. Aizha acabó atrapada en su ovillo. Adora, la envenenaba con la comida, anestesiando su voluntad y poco a poco la fue convirtiendo en un hombre. Pues es lo que Adora deseaba. Un elfo esbelto de cabello gris ceniza y piel blanca.

       

Allí se hubiera quedado de no ser por una anciana llamada Mercan que conocía bien las idas y venidas de Adora, que salvó a Isabó y lo llevó a la ciudad de Berdorfín. Berdorfín era una ciudad Elfica conocida por sus poderes curativos. Era especial para que mentes , cuerpos y corazones heridos pudieran descansar y sanar. Siempre olía a primavera. Sus calles estaban llenas de flores y los caminos eran de hierba. Las casas altas, en su mayoría tenían una gran torre de cristal, que quedaba sobre las salas de estar de lo hogares.

 

Isabó según textos hallados en las bibliotecas de Berdorfín, se quedó descansando durante dos semanas y partió con otros elfos hacia el Sur, hacia la Montaña Entregada. Al salir de Berdorfín llegaron a un jardín cerrado, el guía abrió la puerta e Isabó al entrar quedo encantado con tanta belleza. De este jardín era de donde manaba ese olor tan peculiar a primavera que recorrían las calles frescas de Berdorfín. Cerró lo ojos y jugó a descubrir e identificar los olores que percibía. Le hubiera gustado quedarse más tiempo,  y le dio pena no haberlo descubierto antes, pero para nada estaba dispuesto a volver a quedar encantado por algo ajeno a su propósito, que era descubrir su arte. Dejó atrás el jardín de los olores y continuó el camino, algo apartado de los demás.

       

De repente oyó un ruido, como si un animal corriera a su lado. Miró. No era así. No había nadie.

 

        Llegaron a una encrucijada. Eran los límites de Berdorfín. Isabó miro atrás y vio la fantástica ciudad en lo alto de la colina. Sintió ganas de volver a la protección de la ciudad, sus olores, sus frescos manantiales que lo inundaban todo. Pero una voz en su interior le dijo “Sigue hasta el final”. Se volvió hacia el camino y vio a Rock un enano corpulento y barbudo con quien continuó el resto del camino. Rock era un enano sin tierras, o tierras propias, vaya. Buscaba un lugar donde crear una comunidad. Quería plantar y cultivar la tierra. A Isabó le gustó Rock y su compañía, aunque como Rock era algo sordo e Isabó no hablaba con claridad, el camino y la relación estaba llena de ¿eh?, ¿cómo?, ¿qué dices?..

 

Isabó se preguntaba si había hecho bien o mal en dirigirse a la Montaña Entregada por el sur. Después de unas semanas se sentía cansado y agobiado. Por las noches dormía mal y de día tenía mucho sueño. Allí donde encontraba su reflejo se quedaba absorto mirándose. Una noche durmió especialmente mal. A la mañana siguiente, Isabó sintió que odiaba aquel lugar. Odiaba viajar. Odiaba andar. Le dolía la pierna derecha desde hacía varios días y cojeaba ligeramente. Se estaban quedando sin agua y el guía de la expedición decía que había oído hablar de una poza en las montañas que se erigían ante ellos. Las Montañas del Frioazul.

 

Se encaminaron hacia ellas y después de las dos primeras horas de ascensión, Isabó supo que aquello sería un infierno. Ante él caminaba una pareja de enanos. Ella iba herida y ralentizaba la marcha. Isabó se puso ansioso. El resto del grupo se adelantaba y ellos quedaban atrás. Alguien chilló ¡Que pasa allí adelante! ¡más rápido! Isabó creyó que la cara de la enana decía “¡Qué horror! ¡Qué torpe soy! estoy entorpeciendo el grupo, estarían mejor sin mí”. Isabó no puedo sostener la ansiedad y tomando la cabeza del grupo abrió con sus propias manos un camino más ancho para que la enana caminara sin problemas.

 

Llevaban ya cinco días y cinco noches subiendo las Montañas de Frioazul, Isabó no podía más. Sentía que iba a desfallecer. Se levantó entonces una terrible tormenta y pequeños trocitos de hielo comenzaron a volar de un lado a otro. Parecía que las mismas rocas de la montaña se los estuvieran escupiendo. Isabó solo se preocupo por proteger su cara descuidando el resto de su cuerpo. Comenzó a sangrar y fue perdiendo fuerza. Se sentía loco. Loco de haber dejado la ciudad de su padre. Loco de haber buscado a su madre. Loco por dejarlo todo y partir en busca de su propia vida. Loco de haber sido enana y transformarse en un elfo. Loco de ser quien era. De seguir a un loco guía que los llevaba a todos a la muerte.

 

De repente ante él, surgió una enorme pared de hielo, que se elevaba hasta el cielo. Todos miraban la pared estupefactos. El guía sin embargo sonrió, los miró y como si aquello se tratara de la broma de un niño, dijo:

-         ¡Media vuelta!

 

“¡¿CÓMO?!, y ¡¿el agua?!— chilló una voz histérica en el interior de Isabó. Hizo un gran esfuerzo para acallar esa maldita voz que chillaba cada vez más fuerte en su interior ¡¿ DONDE ESTÁ EL AGUA QUE NOS PROMETIÓ?!.

 

Isabó para reprimirse miró la enorme pared y vio en ella un esbelto elfo de cabello gris ceniza y piel blanca. Se veía tan hermoso en esa pared de hielo. Quedó absorto mirándose, mientras los demás se alejaban. Isabó ahora miraba sus manos. Tan finas y delicadas, los dedos largos, las uñas color marfil, se veía como si de porcelana estuvieran hechas. Eran perfectas. Entonces quiso moverlas para cambiar de perspectiva y gesto, pero no pudo. Isabó ESTABA CONGELADO!  El pánico se apoderó de el. Quedó inmóvil. Más de lo que ya estaba . “¡Otra vez nooo!”. ¿Qué había pasado?. De nuevo había caído en la trampa, se había dejado atrapar. “¿Pero en que estoy pensando?. Ahora si que estoy loco!”. Recordó entonces unas palabras que el guía le había regalado “Céntrate en tu cuerpo pues allí está la esencia del héroe que llevas dentro”.

 

Se centró en su cuerpo. Lo sintió frío, rígido, apenas podía percibir las extremidades. Sintió un fuerte dolor de cabeza. Siguió centrado en su respiración. Y oyó lo pasos de un animal. Los mismos que el primer día de viaje, después de salir de Berdorfín y volvió a recordar. “ Y POR QUE NO PUEDE OLVIDARSE ESE TIEMPO VOLVERÁ.”

 

Y ante Isabó apareció un alce. Un gran alce blanco de enormes astas. Rompió el hielo e Isabó volvió a ser liberado. El alce lo bajó de las montañas y una vez recuperado, Isabó lo miró. Era un macho. Su sexo era tan grande como él. El alce era fuerte, firme, con un fuerte olor embriagador. Comenzó a andar y guió a Isabó a un manantial. Isabó se bañó en él. Sus aguas eran cálidas, reponedoras. Olía como a vainilla. E Isabó, comenzó a sentir su cuerpo en toda su totalidad. Jamás había sentido, ni percibido su cuerpo de tal manera. Y sintió sus piernas y sus brazos, y su cara y su espalda, y su pechos y su sexo. ¡Isabó era una mujer!.

 

Una vez recuperada se dirigió al alce y preguntó:

 

-         ¿Qué haces aquí?

-         Tu Fe me ha hecho venir- le contestó.

 

Esa noche Isabó eligió un claro para dormir. Cerca había un riachuelo, tenía comida y por fin tuvo la sensación de que podía descansar. Y cerró los ojos, y el silencio se apoderó de la tierra y una enorme tristeza se apoderó de Isabó. Sintió el agua que llevaba dentro y se oyó decir “ignoraba lo vacío de mi espíritu”. Sintió la quietud del mundo, escucho su silencio y se dio cuenta de que el mundo estaba en paz. E Isabó disfrutó de su cuerpo y se acarició se sintió mujer. El alce se fue pero advirtió a Isabó que si volvía a olvidar que era elfa, se transformaría en Elfo para siempre.

 

Isabó continuó su viaje. Pasaron meses y poco más ocurrió. Luchaba contra el veneno de la araña que la incitaba a dormir y a olvidarse de que era mujer.

 

Por fin llegó a la Montaña Entregada. Era la montaña más alta que jamás hubiera visto. Isabó comenzó a subir. Una espesa niebla envolvió el camino y un frio viento trajo voces. Voces de su padre, de su madre, de su hermana, de sus amigos y enemigos. Isabó no podía distinguir su voz de los demás. Unas le decían de seguir , otras de parar, otras le pedían dormir, otras agua, por aquí si, por aquí no.....Quería centrarse en su cuerpo, pero las voces apenas le dejaban escuchar su respiración. Las voces cada vez gritaban más. Así no se sube una montaña! Te falta comida! Estos no son los zapatos adecuados!  Vaya mierda de viaje!. Pero su  cuerpo no pensaba. Subió y subió. Y no hizo caso a las voces. Isabó llegó a la cima. El silencio volvió. Había pasado un año desde que Isabó comenzara a subir.

 

Solo se veían nubes, un mar de nubes. Isabó supo que necesitaba lanzarse a ellas, entregarse a las nubes, a la tierra, al mundo y hacer.

 

Su corazón latía fuerte, su respiración aumentó y pensó “estoy sola. Me espera un precipicio, un salto al vació. Estoy asustada y triste. Nerviosa. Quiero sacar fuera todo esto, pero todo esto es energía que necesito para saltar. Oyó la voz del Alce “no hay orgasmo sin angustia”.

Isabó sintió de nuevo que su cuerpo se helaba. Sintió como el agua que llevaba dentro se congelaba. Sus ojos se dormían y quedaba absorta en su imagen que reflejaban los hielos de la cumbre. Le vino la imagen de UN BEBE ABANDONADO  en la cueva de una araña. El horror y el pánico la invadieron, el  vértigo y la pereza se apoderaron de ella y se abandonó en la cumbre. No saltó. No saltó. Isabó no tenía Fe en el mundo.