PERRA VIDA

1. Su polvo, gracias

Las seis de la tarde. Cristina por fin era libre, había terminado su jornada laboral. Subió al coche y se dirigió al "hiper". Allí fue cogiendo todos los artículos que figuraban en su lista. El que más le costó encontrar como siempre, el azúcar. Con el carro lleno, las tripas rugiendo y la cartera temblando se dirigió a una caja que estaba vacía.

Justo cuando la cajera empezó a hacerle la cuenta se le acabó el rollo de papel de la máquina. ¡Vaya por Dios! Siempre la misma historia. Y para colmo:

-¡Oiga, se le ha olvidado pesar las pipas!

-¡Ah! Es igual, déjelas- le dijo a la cajera con tal de no volver.

-¡Oye, Maruchi! ¿Te sabes la clave de estos preservativos? Es que vienen sin códigos de barras.

-¿Qué son, los de colorines?- preguntó la tal Maruchi a voz en cuello.

-Bueno, eh... déjelos, es igual- susurró Cristina para tratar de acabar con aquella situación abochornante.

         Ya se había enterado todo el hipermercado de sus intenciones. <<Si me pusiera el diu... pero, claro, no va a llevar una todo el día las botas puestas para un ratito que va al río...>>, pensó Cristina para sí.

 

         No había salido todavía de la zona de cajas, cuando ya estaba devorando las galletitas rellenas de chocolate. Devoraba con avidez, como con prisa. Se había puesto morada de porquerías y para cuando llegó a casa no tenía hambre. Juan no estaba, así que dejó las compras y se marchó. Necesitaba salir a la calle a tomar algo.

 

Entró en un bar en el que había ambientillo, pero con moderación. Se sentó a la barra y se lamentó de no tener un cigarrillo, así es que pidió un gin-tonic al camarero y un cigarro a una pareja de jovencitos que se hacían arrumacos en la mesa de al lado. ¡Qué paz! Sin los ruidos del trabajo, sin nada que hacer, una buena copa, un cigarro que le estaba sabiendo a gloria y toda la noche sólo para ella. Para ella sola. Ligero matiz que cambiaba mucho las cosas. A saber donde andaba el aspirante a macho ibérico que tenía por compañero... Un sorbo de gin-tonic y una calada al cigarrillo dieron tregua al comentario.

 

         <<¿Dónde andará Juan?>>, se preguntó con desprecio una vez más. Ella no se consideraba nada del otro mundo, más bien tirando a normalita. De las que se apaña, más o menos, para entenderse con el personal. Pero con él... ¡en qué se había convertido su vida! De lunes a viernes, entre los viajes a la universidad y los cursos de no-sé-qué, casi no se veían. Durante la noche se estorbaban mutuamente y a las siete de la mañana se peleaban por el baño. El fin de semana daba para poco. La rutina se había apoderado de sus vidas. El sábado, sin duda, era el día del polvo: limpia por aquí, limpia por allá, sacude alfombras, abrillanta cristales,...

         Ya era todo automático. Sobre todo por la noche. Sólo le faltaba decir: "Su polvo, gracias". ¿Dónde quedaron el preámbulo, el cariño, el sí pero no?... Lo del juego se había quedado para las puñeteras máquinas del bingo y las "cerecitas". La trataba con la misma remota ilusión de obtener premio...

 

2. Con cuernos y a lo loco

 

Apuró las últimas caladas del cigarrillo, con ansiedad, como quien toma el último sorbo de vida. Cuando la colilla ya le quemaba los dedos, la apagó en el cenicero. Tomó los últimos tragos del gin-tonic y entonces lo vio. Fue justo cuando empinaba el codo y echaba la cabeza para atrás tratando de beber entre los bloques de hielo.

 

         Al principio quiso pensar que no, que se había equivocado de persona. Pero estaba claro quién era. Luego quiso creer que la compañía tenía que ver con el ámbito laboral. ¡Hay que ser imbécil! Cuando le vio estamparle un beso en el morro le quedó claro de qué iba aquello. Juan le estaba poniendo los cuernos. Pidió un güisqui y el cigarro, esta vez, a unos con pinta de solterones que estaban a su lado. No le costó nada entablar conversación. La estrategia era buena. Aquellos la camuflaban y le permitían una buena panorámica. Además, para qué engañarse, satisfacían su ego con las lisonjas y piropos que le decían. Cuando ya notó que tenía suficiente alcohol en las venas, fue a pagar para irse:

-Oye, cadiño... -llamó al camarero como pudo.

-Dime.

-Aved... un yintonic y el bisqui ddobleuve.

-Doce euros.

-Uff, con eztos billetesss...

-No, este es de cinco.

-¡Ah! Y ¿cuantzo más dichcho?

-Doce, doce euros- se impacientó el camarero.

-¿Assí?

-Sí.

-Fale, gaciass - Y salió tan feliz por la puerta que, dicho sea de paso, le costó encontrar, porque evidentemente se la habían cambiado de sitio.

-¡Oiga! ¡Oye! ¡Tú! ¡La de marrón! Menudo ciego lleva la tía- gritó el camarero corriendo hacia la puerta.

-E, e, que dyo no he drobado nadda ¡eh!- se intentó defender Cristina.

-No, no, que son las vueltas.

-¡Ah! Mu legal szi señor, mu legal. Gacias.

 

         Para entonces, los solterones se habían venido detrás de ella, y entre el barullo aprovechó para echar una miradita y cerciorarse de que Juan no la había visto.

 

3. Cuenta, cuenta...

 

A la mañana siguiente se levantó con un "clavo" terrible. Había dormitado entre pesadillas. Arrastró su maltrecho cuerpo a la ducha y luego al trabajo. Cuando llegó a la oficina, se tomó un café de la máquina. Cómo estaría, que le supo a gloria. Ya más despabilada, cayó en la cuenta de que Juan había pasado la noche fuera. Aguantó la mañana como pudo, y ya, después de comer, se le entonó algo el cuerpo.

 

Cuando iba a casa, pensando en lo que podría encontrarse, con la que se encontró fue con su antaño íntima Carmen: "Muac, muac ¡Cuánto tiempo sin verte! ¡Estás divina! ¡Pues anda que tú!", se mintieron.

 

-Chica, teníamos que quedar alguna vez. Con las risas que echábamos antes...

-¡Oye! Ahora para hacer las compras de navidad, es horrible ir sola, y yo, en fin, a mi marido ni pensar en traerlo de compras.- Era Carmen quien hablaba.

-¡Sí, pues yo también, la verdad!

         El aire mohino de Cristina no pasó desapercibido para su sagaz amiga.

-¡Uy, uy, uy... que me parece a mí, que aquí hay como para más de lo que puede dar de sí un café!... ¿Estás bien?

-Sí, sí- respondió la otra evasivamente.

-¡Oye chata! Me estás preocupando.

-No, si en realidad estoy bien. El trabajo..., éste que viaja mucho, bueno... pero no, lo de siempre...

-Mira que a mí no me engañas, que te conozco bien. ¿Mañana tienes algo que hacer?

-No.

-¡No, no! Mañana es sábado, y el fin de semana me viene fatal. Ya sabes: la familia, la casa, descansar, y luego casi no te da tiempo de nada. ¿El lunes qué tal?- concretó finalmente Carmen.

-Bien, por mí bien.

-Venga, el lunes a las cinco, para que nos dé tiempo de hablar tranquilamente ¿vale?

-Vale.

 

         Llegó a casa rendida. De su compañero no había ni rastro. Ni mensaje en el contestador, ni papelito con nota, ni nada...  Malcomió algo con desgana y se tomó un somnífero. Necesitaba dormir más que el aire que respiraba. Estiró la manta de la maltrecha cama, se acurrucó de costado y, casi al instante, se quedó dormida.

        

4. ...Y contó ... algo

        

El lunes se encontraron las dos amigas en el lugar acordado. Después de dos cafés y los resúmenes de sus vidas hechos a grandes rasgos, se fueron a dar un largo paseo por la playa. Allí hicieron su aparición los recuerdos del colegio, las compañeras, las anécdotas de clase y un sinfín de historias. Con aire más jovial se fueron a tomar un vinito, y allí, tras un par de copas de rioja y el pinchito de chipirón, afloraron las preocupaciones de Cristina.

 

-¡Chica! Juan, que casi no le veo. Entre viaje y viaje... que a la universidad de no sé donde, que un curso en Bilbao, y yo claro, me siento sola, si es que es normal- no le dijo nada de lo de los cuernos, no se fiaba de aquella ni un pelo y, además, con aquello ya se desahogaba un poco.

-¡No me digas! Y ¿llevas mucho tiempo así?

-Buen...

-Espera..., tú croqueta, ¿sí?

-Sí, vale, una croquetita.

-Nos saca dos croquetas de jamón, por favor. Dime, sí, que te había preguntado si llevas mucho tiempo así.

 -Bueno, una temporadita.

-Hay que trazar un plan. Yo me encargo. Ya se me ocurrirá algo. El viernes quedamos para cenar.      

 

Aquello era totalmente inusual, no había tenido noticias de Juan en toda la semana. Llegó el viernes y fueron a un restaurante, que a Cristina le pareció excesivo, pero claro, tampoco quería que la otra se enterara.

-¿Tú qué vas a pedir?

-Pues no sé- dijo Cristina rebuscando entre la lista de precios a ver qué era lo más baratito.

-Pues yo voy a pedir de primero ensalada templada de marisco, la hacen divina.

-¡Ah! Je, je... - justo lo más caro de la carta, también ésta, menudo morro fino, pensó. -Pero... pues a medias ¿no? Y luego pedimos un segundo para cada una, si no, chica, es excesivo, al menos para mí.- Comentó haciéndose la fina.

 

Carmen aceptó encantada, la alusión a la cantidad y sobre todo a que ella se estaba cuidando, fueron decisivas, aunque no fuera verdad ni lo uno ni lo otro.

 

         El plan era sencillo y más visto que el tebeo, pero por ello no menos efectivo. Consistía en el tradicional juego de los celos.

-Tenemos que hacerlo con cuidado, porque a los tíos cuando se les ponen las cosas difíciles espabilan, porque les entusiasman los retos, pero si se las pones demasiado difíciles pasan de todo.

-Sí, eso es verdad.

-Claro que sí, para empezar vas a comprarte ropa... y bla, bla y bla.

 

         Mientras tenía de fondo el soniquete de los consejos de Carmen, Cristina no hacía más que pensar en Juan. Llevaba mucho tiempo fuera de casa. Se moría de celos de pensar que estaría con la pelandrusca con la que lo había visto en el bar. Por otro lado, ya estaba hasta el gorro de aquellas escenas, ya no era la primera vez que le ponía los cuernos. Esta vez lo había visto con sus propios ojos, cosa que no ocurrió en la anterior, en la que le había ido con el cuento una amiga.

 

-...y ya verás como no te falla.

-No sabes cuánto te agradezco que estés hoy conmigo. Me has servido de gran ayuda.- Me hubiera comido la cabeza cosa mala, pensó amargamente para sí Cristina.

 

         El vino colaboró y ambas amigas acabaron riéndose a carcajadas. La una por la dicha de poder ser maestra aunque fuera en algo, y la otra... La otra rió por no llorar delante de aquella petarda.

 

5.  ¡Hola!

 

         Cuando se acostó no sabía qué le angustiaba más, si la idea de que Juan ya no volviera nunca o la de que se presentara como si no hubiera pasado nada.

         Todavía no sabía muy bien como había podido soportar el paso de la noche. Bueno, el "vinito de aguja" que Carmen se había empeñado en pedir, mezclado con el somnífero de toda la semana, había colaborado bastante.

         Se despertó horrible, estaba helada. Se puso la bata gorda y le dio al máximo a la calefacción. Mientras ponía a calentar la leche sonó el telefonillo. Le dio un vuelco el corazón.

-Sí.

-¡Hola, soy yo!

-¡Ah, hola!- y le dio a la apertura de la puerta.

 

         <<¡Ah, hola, ah hola! Tú eres imbécil, después de una semana sin aparecer por casa, llama y dice "Hola, soy yo" y a ti sólo se te ocurre decir: "Ah, hola">>, se machacó sin piedad.

 

         Mientras él subía las escaleras, Cristina quiso trazar un plan, pero era incapaz de pensar en nada. No sabía si mandarle a tomar viento, montarle una buena bronca o llorar por todo lo que le había echado en falta.

 

-¡Qué! ¿Te parecerá bonito, no? Toda la semana sin aparecer, sin decir nada, sin llamar...

-Jo, tía, no avasalles, no me atrevía a venir.

-Sí, no me extraña- sentenció Cristina.

-Yo qué sé, como lo nuestro anda más bien mal y estabas con aquellos tíos... Te vi muy bien, estabas contenta, locuela..., de risas..., como nosotros al principio. Y yo que sé, he estado pensando en muchas cosas- añadió Juan cabizbajo.

-Sí, sí. No cambies de tema, ¡qué dices! ¿Que me viste qué? Quizá sería... acaso... ¿El día que le besabas a la rubia?- preguntó, ya sí, maliciosamente Cristina.

-No, bueno, la rubia aquella no la tengas en cuenta. Era un muermo.

-¡Vaya! Pues le diste un buen "morreo" al muermo, que tenías bien amarradito de la cintura...

-Yo qué sé, es que estaba muy colgado, venga "Pichín..."- dijo Juan mientras le dirigía una mirada de complicidad que sabía infalible.

-Déjate de "pichines" ni de historias- cortó tajante. <<Este cabrito ya sabe lo que tiene que hacer para convencerme, pero esta vez la lleva clara>>, pensó tratando de afianzar su postura.

-¡Anda, que aquel día! Como para no verte, estabas que rompías. Oye, que he estado en casa de mi madre toda la semana, anda "Pichín", no seas "malona"- le dijo con cara de pillo y dándole un golpecito con el codo.

-¡Mira, eh! Quita de aquí- lo de "Pichín" ya le ablandaba el corazón, pero los golpecitos con cara de pillo... Y encima había estado en casa de su madre, y ella maquinando no sé cuántas cosas.

-Pichín, que he estado muy solito...

-Ven aquí tonto, que eres más tonto...