LA LUZ CLARA
Ahí
está la puerta. Paralizado escucho una voz: “¡Pasa
Aideneo!” Al ver la Luz Clara que llega del otro lado de la puerta, Aideneo,
recuerda su naturaleza oscura. Hades, el dios del Inframundo pidió a Afrodita
que intercediera para conseguir los favores de una hermosa humana.
Afrodita accedió, pero a cambio los hijos nacidos de esa unión tendrían
cuatro años de testación y una vez paridos, sin que la madre se enterara,
serían abandonados en una cueva profunda. Y así fue, de aquella unión nacieron dos
varones: Aideneo y Orestes. Los niños fueron abandonados en una cueva. Hades, sin embargo, no permitió
que sus hijos murieran y cuidó de ellos hasta que se hicieron jóvenes
y fuertes. Aideneo y Orestes se adentraban cada vez
más por la cueva, viendo para su asombro que nunca se terminaba y
se ramificaba continuamente. Siempre lo hacían con cuidado para poder
volver. Esa mañana explorando una de las grutas
encuentro una puerta entreabierta de la que salía una luz. No recordaba
haber visto una luz tan clara y brillante. Con mucho cuidado decido hacer caso a la
voz. Entro. La luz proviene de un hombre luminoso, sonriente y con
alas en los pies. Sorprendido le pregunto: - ¿Quién eres? - Soy Hermes, chaval! - ¿Por qué tienes esa luz a tu strepito? Se ríe estrepitosamente y me dice: - Llevo tiempo observándote. Corres de gruta
en gruta, aunque nunca te habías aventurado tan lejos. ¿Qué estás
buscando? - No lo sé. Desde que recuerdo, siento que
algo me falta y me impulsa a buscar. - Yo sé que te puede ayudar a saberlo. - ¡Dímelo, Hermes, por favor! - A cambio te pido algo. - ¿Qué es? No sé si podré aceptarlo. - ¡No! Tienes que decidir antes. - Está bien ¿qué quieres a cambio? - Debes salir a buscarlo inmediatamente,
sin hablar ni despedirte de tu hermano. Lleno de rabia le pregunto: - ¿Qué debo buscar? - La Copa de la diosa Afrodita. - ¿Y cómo la puedo conseguir? - Sigue esta gruta más allá. Me echo a correr con mi hermano en el pensamiento
y en el corazón. Corro y corro. Lloro y lloro. Agotado paro, no sé
dónde he llegado. Me desplomo sobre el suelo y me quedo dormido. En el sueño una bella mujer mueve una roca
y se mete por un túnel que hay detrás. Veo cómo se pierde por él.
Me despierto. El sueño permanece vivo en mis ojos. Al levantarme me
doy cuenta de que estaba durmiendo en una roca igual a la del sueño.
Rápidamente, sin pensar, la muevo... ¡ahí está el túnel! Es oscuro,
pero percibo una tenue luz. Me adentro en el túnel, tengo que caminar
muy agachado. Enseguida llego a una estancia. En ella veo una mujer
durmiendo en el suelo. Es la mujer de mi sueño. Me gusta su pelo largo
y rizado. Se despierta y me sonríe. Siento cómo se remueve todo mi
interior con su sonrisa. - ¿Cómo te llamas mujer? - Tasha, y tu? - Aideneo Me acerco a ella, la miro a los ojos. - Eres lo más bello que he visto nunca. Mis labios se acercan a los de ella, nos
besamos frenéticamente mientras mis manos le van quitando la túnica.
Ella me pregunta: - ¿Por qué has venido aquí? Voy besando su piel cuando va apareciendo
debajo de su túnica. - Busco la copa de Afrodita. Nunca había sentido nada parecido. La oigo
gemir. - Yo también... podemos ir juntos... sé
parte del camino... ¿quieres? Es tan intenso el placer que no puedo más
que gritar: “Siiiiiii...” Llegando a un intenso orgasmo infracósmico. Descansamos y Tasha comenta: - Tenemos que seguir esa dirección, hasta
llegar al Laberinto de la Sensualidad y atravesarlo. Camino junto a ella hasta un pequeño agujero
en el suelo. Se arrodilla y desaparece por él. Yo la sigo. Tengo que
avanzar a cuatro patas. Para mi sorpresa el agujero se sigue estrechando
hasta que la única manera de seguir es arrastrándonos. Ya no es posible
girarnos para volver. Siento como las paredes del agujero se van volviendo
suaves y blandas. Al moverme para avanzar siento placer. El placer
se vuelve más intenso cuando las paredes comienzan a moverse ondulándose.
Me cuesta avanzar. De repente me doy cuenta que no veo a Tasha.
No quiero perderla. Avanzo más rápidamente hasta alcanzarla. Cuando
llego dice: -
Hay una bifurcación.
Un lado es igual que éste, el otro es más estrecho, con piedras cortantes,
pero se ve una luz al fondo. -
Será mejor seguir
a ver si encontramos una salida mejor. Seguimos y pasada la bifurcación, las paredes
del agujero comienzan a segregar un líquido. Es cálido y pegajoso.
El placer es mayor, pero avanzar cada palmo del laberinto supone un
esfuerzo supremo. Estamos agotados, ya casi no nos podemos mover.
Sin fuerzas paro. Tasha sigue un poco más. De pronto me grita: -
Hay otra bifurcación
como la anterior. -
Tenemos que salir
por las piedras cortantes, o nunca saldré de aquí. Avanzo como puedo, cada nuevo movimiento
parece imposible. Por fin llego a las piedras cortantes. Las voy atravesando
mientras siento como mi carne se abre con su contacto en el pecho,
en el vientre, en la espalda. Siento fluir mi sangre. Cuando llego
al exterior deslumbrado y exhausto caigo inconsciente. No sé cuanto tiempo ha pasado al despertarme.
Tasha está despierta, también herida a mi lado. Me dice: -
Cerca, al sur, hay
un castillo. Mientras nos acercamos al castillo me siento
fascinado por todo lo que veo a mi alrededor. Cuando llegamos, varios hombres y mujeres
sonrientes y amorosos nos cogen y nos llevan a unas habitaciones.
Nos lavan las heridas y las vendan con mucho cariño. Después nos llevan
a la presencia de su rey: se llama Yogón: -
Bienvenidos al Castillo
de las Siete Torres. Aquí podemos ofrecer danza, amor y risa. Miro a mi alrededor y veo mucha gente alegre,
corriendo, jugando, abrazándose, bailando, haciendo el amor. Nunca
había visto tanta gente y disfrutando de la vida. -
¿Os queréis quedar
con nosotros? Los dos contestamos que sí. -
Entonces tenéis que
pasar por las siete torres ¿estáis dispuestos? Por supuesto decimos que sí. Pasamos por las torres hasta la sexta. Antes
de entrar en la séptima le digo a Yogón: -
¡Gran Rey! He aprendido
muchas cosas bellas y he disfrutado de cada torre, pero mis heridas
siguen sin sanar y he recordado que debo seguir mi viaje. Tasha también expresa su intención de irse.
Yogón enfadado nos dice: -
Si os vais sin entrar
en la séptima torre nunca podréis volver. Tasha y yo nos dirigimos a la puerta del
castillo. Yogón antes de que crucemos la puerta grita: -
¡Esperad! Aideneo
toma esta espada como recuerdo de tu estancia aquí. Salimos del castillo y caminamos una jornada.
A la mañana siguiente llegamos a un cruce. Le digo a Tasha: -
Cojamos el camino
de las montañas. -
No Aideneo. Estoy
embarazada me voy por el camino de la Ciudad del Mar. Nos
despedimos llorando. No entiendo cómo mi camino me lleva a la separación
de las personas que más quiero. No dejo de llorar cuando al pie de
una montaña veo a Hermes. Corro hacia allí, pero cuando llego ya no
está. Sin embargo veo una pequeña entrada en la pared de piedra. Entro
y me doy cuenta que es la gruta de mi juventud. Busco corriendo a
Orestes, entonces veo un centauro: -
¿Quién eres centauro? -
Me llamo Erikón. -
¿Has visto a un joven
por aquí? -
Si te refieres a
Orestes, hace muchos años que se fue. -
Y tú ¿qué haces aquí? -
Te estaba esperando. -
¿Por qué me estabas
esperando? -
¿Por qué me buscas? -
No te busco a ti,
busco la Copa de Afrodita. -
Entonces ¿por qué
me buscas? -
¿Sabes dónde está
la Copa? -
No exactamente, sé
dónde está la llave de la estancia de Afrodita. -
¿Dónde está? -
Si Afrodita te descubre
te volverá loco. -
Me arriesgaré, dime
dónde está. -
Ya has pasado por
donde está. -
No la he visto. -
Has caminado sin
atención y te has perdido lo que realmente necesitas. -
Gracias Erikón. Me doy cuenta de que he corrido por mi camino
sin prestar atención, con la idea fija en la Copa. Comienzo el camino
de nuevo, caminando con atención. Después de varios días llego a la estancia
en la que conocí a Tasha. Veo un cofre negro y pequeño en una esquina.
Lo abro y veo la llave dentro. La cojo. Oigo un ruido en mis pies
y aterrorizado veo como se derrumba el suelo. Afortunadamente la caída
es corta. Golpeado y lleno de polvo me levanto sintiendo la llave
en mi mano. Una
mujer con un vestido blanco se acerca, apenas toca el suelo: -
Aideneo, soy la musa
Paroam y Hermes me ha enviado a ayudarte. -
¿Sabes dónde está
la estancia de Afrodita? -
Sí, lo sé, sígueme. El camino es largo y paramos varias veces
a descansar. En un momento del camino Paroam para, se vuelve y me
dice: -
Detrás de este recodo
está la puerta. Pero está custodiada por un poderoso guerrero. Tienes
que pelear con él y derrotarle. Camino hacia el recodo, al pasarlo veo al
guerrero, el cual enseguida saca su espada y se abalanza sobre mí.
Apenas me da tiempo a sacar la mía y defenderme. Es fuerte y me lleva
contra la pared, salgo como puedo y con rabia de dos estocadas le
tiro al suelo. Cuando voy a clavarle mi espada en el pecho se transforma
en Orestes. Me quedo paralizado. El guerrero lanza un golpe de espada
y me hiere en el brazo mientras se levanta. Paroam me grita: -
¡No es tu hermano! Sigo luchando. No sé qué hacer ¡la imagen
de Orestes es tan clara! El guerrero arremete una y otra vez contra
mí sin contemplaciones. Entonces me digo. “¡Tengo que seguir adelante!”
y con un movimiento rápido le atravieso con mi espada. Me mira a los
ojos, sonríe y desaparece. En un estado entre la angustia, la desesperación
y la ira, cojo la llave y abro la puerta. La luz que llega de la estancia
es tan intensa que tengo que cubrir mis ojos y echarme hacia atrás.
Cuando mis ojos se acostumbran, veo la habitación inundada por una
preciosa Luz Clara. Hay un niño, un niño de unos dos años que corretea
riendo. Paroam se acerca y me dice: -
Pasa Aideneo, ese
niño eres tú. FIN
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