GUSTAVA PARTE EN BUSCA DE AMIGOS

 

Me llamo Gustava y soy una elfa que nací en un poblado de enanos. Esos enanos eran muy trabajadores, serios y responsables y se enfadaban continuamente cuando pretendía que jugaran conmigo, cuando correteaba por los bosques que rodeaban el poblado y me subía a los árboles y cuando me dedicaba a jugar con los animales y los seres que por allí habitaban. Me decían que eso sólo era perder el tiempo y me reñían continuamente pretendiendo que sentara la cabeza y me dedicara a lo que ellos consideraban fundamental: trabajar y trabajar y hacer las cosas seriamente.

 

Tras muchos intentos frustrados de convertirme en una elfa seria, responsable y trabajadora y apesadumbrada por no poder cumplir las expectativas que habían puesto en mí, decidí abandonar el poblado para encontrar un lugar donde esconderme y vivir sola sin tener que defraudar a nadie.

 

Así llegué al lugar donde resido ahora. Es un bosque con muchos claros por donde correteo rauda y veloz.

 

Soy una elfa de color verde, ligera y saltarina. Tengo unas pequeñas alas suaves y delicadas con las que vuelo para subirme a los árboles sin necesidad de escalar y con las que a lo máximo puedo volar de un árbol a otro.

 

Me encantan los árboles porque me sirven para esconderme cuando aparece algún viajero por el bosque. No quiero que me vean, ya que temo que se rían de mí, se burlen o me riñan por estar allí perdiendo el tiempo, por lo que cada vez que aparece alguien me dedico a observarle mirando cómo anda, cómo se viste y escucho sus conversaciones. Como tengo mucho tiempo me imagino lo que piensan, sus gustos y cómo son sus vidas. También he aprendido a imaginar con qué personas podría llevarme bien  y con cuales correría peligro de que me engañen, me secuestren, me aplasten o me peguen. Pero normalmente no me atrevo a comprobarlo y me quedo en el árbol silenciosa.

 

Cuando alguna vez me he atrevido a salir, como no tengo costumbre y estoy muerta de miedo, lo he solido hacer de forma brusca e impetuosa, con lo que suelo asustar a los viajeros que se marchan rápidamente sin hacerme ni caso. Muy de vez en cuando he conseguido hablar con alguno, pero cuando ha seguido su camino me he sentido muy triste y sola.

 

Durante todo este tiempo he soñado que algún viajero, a poder ser elfo, se quede a vivir conmigo o me lleve con él a su casa, pero esto nunca ocurre y ya estoy perdiendo la esperanza.

 

Más de una vez he pensado ir en busca de otro lugar donde compartir mi vida con otros elfos, pero me lo impide un río que atraviesa el bosque. Es un río de aguas azules y cristalinas suficientemente ancho como para impedirme que pueda cruzarlo volando, y suficientemente profundo como para impedirme que pueda cruzarlo andando.

 

Me encanta escuchar el sonido del río tumbada en la rama de algún árbol cercano o sentir el frescor de sus aguas en mis pies cuando me siento en la orilla. Ahora bien, una vez intenté aprender a nadar y al mojarme las alas sentí que me hundía en el agua y que no podía salir. Manoteando apresuradamente pude salir. A partir de entonces decidí mantenerme alejada de las partes del río que me cubrían.

 

Últimamente han pasado muchos viajeros a los que he ido observando y que en algunos casos me han hablado de los lugares maravillosos que hay al otro lado del río, por lo que mi deseo de reemprender el viaje y adentrarme por esos nuevos territorios se va haciendo cada vez más inaplazable.

 

Por eso he decidido recoger mis pertenencias, despedirme de este bosque que me ha acogido durante este tiempo y empezar a caminar a lo largo del río en busca de un vado por el que cruzar el río andando.

 

Llevo caminando varias horas y de repente observo algo que me llama la atención. Es una máscara de piedra que se encuentra a un lado del camino y me dice que puedo hacerle una pregunta. Le pregunto cómo y por dónde podré cruzar el río y me responde que encontraré la señal que me lo indicará. También me avisa que aproveche la oportunidad sin dejarla para otra ocasión, ya que tal vez no exista otra oportunidad.

 

Continúo caminando con los ojos muy abiertos y me encuentro con una viajera que va en dirección contraria a la mía. Me siento triste porque no puedo atravesar el río con ella y me quedo de nuevo sola.

 

Un trecho más adelante me encuentro con un bufón que risueño y saltarín me hace cuatro preguntas. Las tres primeras las fallo por no prestar atención a los detalles, pero la cuarta se refiere a cómo cruzar un río donde hay cocodrilos. Sé la respuesta: aprovechar el momento en el que los cocodrilos están en la reunión de los animales del bosque y cruzarlo nadando. De esta manera me doy cuenta que la única solución a mi problema es cruzar el río nadando sin pretender que nadie me lleve.

 

Por todo lo cual y en vista que el río se va haciendo cada vez más rápido y peligroso decido cruzarlo a nado esa noche invocando a mi ángel guardián para que me proteja.

 

Entro en el río lentamente. El agua me va cubriendo los pies, las piernas, el tronco, el cuello y ya en ese punto empiezo a nadar suavemente. Las aguas se encuentran tranquilas, por lo que consigo aflojar un poco la tensión de mis músculos.

 

De repente entro en un remolino y el agua me arrastra en círculos. Nado con fuerza lo suficiente como para mantenerme a flote, pero no consigo salir del remolino. Doy vueltas y más vueltas. En un momento consigo alejarme un poco y me doy cuenta que me he desorientado y no sé hacia dónde dirigirme. Pretendo salir, pero una y otra vez vuelvo a caer en el remolino. Mis fuerzas comienzan a flaquear, pero sigo resistiendo. Me doy cuenta que necesito fijarme en mi entorno y tomar algún punto de referencia que me ayude a orientarme, pero como todo está oscuro no consigo ver nada.

 

De repente, me acuerdo que una vez, subida a un árbol, escuché a un viajero que contaba que para orientarse en la noche se fijaba en las estrellas. Decía que la estrella polar siempre señala el norte y explicaba dónde se encontraba esa estrella. El problema es que yo no me acuerdo muy bien. Hablaba de dos osas, una grande y otra pequeña y de que en una de ellas se encuentra la estrella polar. Miro y miro al cielo, pero me resulta imposible saber cuál es la estrella polar. Estoy perdida en el río.

 

Poco a poco comienzo a percibir una tenue claridad en el cielo. Está amaneciendo. En ese momento recuerdo que el sol sale por oriente y que la orilla del río a la que me dirijo es por donde sale el sol. Empiezo a nadar con fuerza en esa dirección y al poco tiempo noto la tierra bajo mis pies. Me dejo caer en la orilla para descansar y reponerme. ¡Lo he conseguido! ¡He conseguido cruzar el río sin ahogarme!

 

Comienzo a caminar en busca de los habitantes de esta orilla. Siento, sobre todo, muchas ganas de encontrarme con otras elfas para hablar, compartir nuestras vivencias, sentir su calor y poder así aprender la manera en que viven las elfas.

 

Llego así a un gran claro entre los árboles en el que se han juntado numerosos viajeros de diversas procedencias y estirpes (elfos, magos, enanos, guerreros y otros muchos tipos). Me junto con ellos rodeando a una gran maga que nos habla pausadamente y nos realiza un encantamiento que hace que todos saltemos, brinquemos y bailemos. Yo salto, feliz de haber conseguido cruzar el río y de encontrarme con todos estos seres que me aceptan entre ellos y siento que en mi cuerpo se despierta una fuerza que me recorre entera y que tenía largo tiempo olvidada.

 

Al principio me produce un fuerte temor al reconocer en ella la espontaneidad  y la impulsividad genuina por las que recibí tantos castigos en la época que residía con los enanos. Las había encerrado entonces y me había olvidado de ellas. Al sentirlas aparecer temo que los que me rodean vayan a reñirme y a echarme de allí, por lo que al principio no quiero moverme e intento que nadie se dé cuenta. Pero el hechizo de la maga sigue funcionando y mi cuerpo vuelve a empezar a saltar y a bailar. Observo que ahora mi movimiento es distinto, más genuino y espontáneo, sin pensármelo tanto. Los que me rodean no se asombran ni se escandalizan, por lo que me dejo llevar y bailo como me da la gana sintiéndome aceptada.

 

Ahora me encuentro con necesidad de descansar unos días en este claro y fortalecerme junto con las personas que se encuentran en él. Luego continuaré mi camino en busca del lugar donde crearé mi hogar, aprendiendo a ser, vivir y relacionarme como una elfa espontánea y genuina.