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El rayo verde. Me llamo Laura. Vivo en un pueblo en
el Norte, en un paraje de montañas y valles, próximo al reino de los
elfos. Una vez al año los elfos peregrinan hasta nuestras tierras,
que llaman “las montañas de las voces de los pozos.” Nosotros somos
enanos, y yo en particular siento fascinación por el mundo de los
elfos, de su música y de su arte, y sobre todo, de la ciencia de los
zahoríes de las montañas, que buscan nuevos pozos de agua en sus profundidades. Soy
compasiva y deseo felicidad a quienes me acompañan. Soy presumida,
y conciliadora. Vuelvo lo gris en color y las guerras en provecho.
Me asustan los sustos y los ruidos, y me desespera que me rechacen.
Me gusta estar siempre acompañada, necesito de los demás. A media tarde paseo por el valle hasta
una cascada pequeña que hay junto a las grutas. Conozco a Indigo,
quien ha viajado desde el delta de los tres ríos hasta aquí en busca
de los que llaman “el laimur”. Está hambriento y ansioso y parece
sumido en una gran preocupación. Cuando habla de su viaje, de su misión
y de sus sueños, quedo encantada. Todos los días me dice que soy la
mujer más hermosa que vió nunca. Yo me enamoré de él aquél día, y desde
aquél día nos reunimos en este lugar para amarnos. Ha pasado un ciclo
completo de la luna y me regala un anillo de compromiso. “En mi lengua
tu nombre se pronuncia Nulina…”, me dice: “Nulina, te entrego este
anillo como prueba de mi compromiso. ¿Aceptas casarte conmigo?”. He
aceptado, mientras miramos la puesta de sol. Me pregunta entonces
si alguna vez había visto el último rayo de sol justo antes de ocultarse
en el horizonte. “Jamás”, le he respondido, y me explica que el último
suspiro de sol es como el último deseo antes de morir, y se llama
el rayo verde. En aquella puesta de sol tampoco llego
a verlo. Me da un beso y desaparece. Sigo aguardando su llegada todos
los días, a la misma hora, en el mismo lugar. Cuando el ciclo de la
luna vuelve a completarse, aparece, contento y feliz. Me propone viajar
a su lugar de origen. Acepto y nos desplazamos hasta el delta de los
tres ríos. Vivimos juntos
y somos felices, aunque a veces extraño mis tierras y a mis gentes.
Indigo viaja a menudo, cada vez con más
frecuencia, y más de lo que deseo. Sigue embuido en sus proyectos
y sueños, y no deja de hablar de un tal Blioberis “El Bardo”. Pasan los años, y me siento triste. Echo
en falta a Indigo. Cuando vuelve, habla de sus cosas, y sigue sin
estar conmigo. Promete complacerme, dice que es por nuestro porvenir…
Sus ausencias cada vez son más largas. Un día decido que no voy a
sufrir más y que no voy a plegarme a sus deseos. Estando él ausente, me alertan de que
el caudal del río disminye cada vez más, hasta quedar prácticamente
seco. Me consultan ya que en mis tierras está el nacimiento del río.
Partimos con un grupo de zahoríes hasta el nacedero. Uno de ellos
nos abandona, pero esa es otra historia. Accedo a ir porque es una
oportunidad de ver a los míos. Cuando llegamos, he visitado la cascada,
lugar de muchos recuerdos. Y allí encuentro a Indigo, exhausto. No
dice nada, salvo que sabe porqué yo estoy allí, que siente el daño
que ha hecho, que va a abandonar sus proyectos, que son una locura;
me asegura que no se ha quedado enganchado a las voces como le sucedió
antaño. Se disculpa varias veces, reconoce que se ha vuelto loco…,
y que quiere regresar a casa conmigo. Que el agua corre por su cauce,
como siempre. Me pide ayuda, me dice que me quiere, y no se decirle
que no. Le digo que voy a ayudarle, pero que he roto el compromiso:
que él me había abandonado. Que solo tenía para mí promesas y mentiras,
y que no quería ser cómplice de sus ilusiones y obsesiones. El río efectivamente vuelve a su cauce.
Nosotros volvemos a casa. Indigo se repone lentamente. Está enfermo.
Al tiempo, nos visita a nuestra casa
un tal Minor Mengún, famoso buscador por su tenacidad aun en las condiciones
más adversas. Lleva una caja consigo, y dice que me pertenece. Dice
que Indigo realizó en su viaje una gran obra en el interior de las
grutas. Aprovechó las aguas subterráneas y las voces de las aguas
como fuente de energía. Abro la caja: veo durante un instante
un rayo verde en su interior. Indigo había diseñado una complicada
maquinaria con el fin de atrapar el último rayo de sol en su puesta.
Su último deseo.
LAURA. |
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