El embrujo de sus ojos

 

- Bueno, ¡a ver cuando vienes!

- ¡Ah, sí!

- Vienes a casa y eliges uno, el que más te guste.

- ¡Ah! Sí, ya iremos...

 

<<Con lo importante que es para mí la casa, y con quién entro en ella... Y no digamos entrar en la de otro... >>, pensó María. Por otra parte, había algo en él que le inquietaba, algo que no era capaz de concretar. Y aquella insistencia... Podía entender que estuviera deseoso de mostrar su obra, pero tanto... Y ¿por qué a ella?

 

        Ya no le podía dar más largas. ¡Qué dilema! Tenía que resolver aquello de alguna manera, sin quedar mal. Además, quería conocer su obra, realmente tenía ganas de ver lo que hacía sobre lienzo. La única referencia que tenía eran unas fotos que le había enseñado, y le pareció una muestra bastante buena. Tenía curiosidad de verlas, aquello le había gustado.

 

        Lo de entrar en su casa le daba cierto agobio, al fin y al cabo, era un hombre casado y, aunque a ella eso le parecía una bobada, no sabía hasta qué punto podía verse mal.

 

           Como suele ocurrir en estos casos, quedó con él de la manera más tonta. Era la enésima vez que le comentaba que si tenía un ratito para ir a ver sus cuadros. Tras el repaso a sus apretadísimas agendas quedaron para aquel mismo día. Su casa estaba al lado de una gran superficie comercial fácil de localizar, y luego se guió por el "grácil" esquema que le había dibujado en un "post-it". Resultó que el nombre de la plaza no correspondía con el esquema del papelito amarillo. Por un momento pensó que igual, en realidad, y en su fuero interno, no quería que fuera... Sin saber muy bien porqué, se aproximó a la plaza que estaba al lado y probó en el número y piso que tenía apuntados en el papel. Allí era. Intuición, suerte... ¡qué más daba! Había dado con la dirección correcta. Agradeció el equívoco y le vino bien, porque pudo soltar la típica gracia de "¡o sea, que intentando engañarme, eh!". De esa manera consiguió romper el hielo más fácil.

 

        La hizo pasar sin formalismos, con la naturalidad de su calmoso saber estar. María siempre había admirado esa pausa, esa calma. Aunque en ocasiones la exasperaba tanta tranquilidad. Había veces que escudriñaba en sus ojos en busca de un atisbo de nerviosismo... Pero nada.

 

        María observó con sorpresa que en la habitación en que se encontraban, la sala, todos los cuadros que colgaban de la pared eran de él. Luego se imaginó que sería cosa de la misma mujer que había dejado su impronta en la decoración. Había apostado por una difícil mezcla de estilos, que realmente tenía un resultado sorprendente. Así una recia mesa de roble, sin duda de anticuario, contrastaba con unos modernos candeleros de líneas rectas y un cuadro, con unas encantadoras casitas, que desbordaba ingenuidad.

 

-Estoy preparando café. Mientras, vete mirando estos a ver cual te gusta -le dijo señalando un montón de láminas que le tenía preparadas sobre la mesa-.

 

Enseguida lo vio, era justo el que quería. Sin saber como era, ya se lo había imaginado así. Fue de flechazo, como se debe elegir un cuadro. -Como elijo yo todas las cosas- pensó María para sus adentros.

-Tranquila, porque si no ves ahí ninguno que te guste, tengo más arriba -le dijo mientras apoyaba la bandeja que traía con los cafés-. ¿Hace una copita? 

 

        Después vio muchos otros, también los que tenía en el piso de arriba, un pequeño abuhardillado, donde tenía su rincón, en el que el caballete, la paleta  y las miles de láminas más que allí había, le daban a la estancia el aire bohemio que María había imaginado. Tenía diferentes paisajes, incluso de su ciudad natal, pero no la atrapó ninguno como aquél. También tenía caballos, caballos con cara de mujer. Llegó a adivinar incluso caballos con zapatos de tacón... Nunca consiguió saber qué le parecía su particular visión de los caballos. Él sólo se limitaba a esbozar una de sus escasas y enigmáticas sonrisas, tras lo cual tomaba un sorbo de café.

 

-Este último lote ya es distinto a todo lo que has visto hasta ahora -le dijo después de paladear con deleite el güisqui-.

 

Y en efecto así era: retratos, autorretratos de múltiples caras, o más bien de una cara que encerraba muchas. Una mezcla mágica de caras, posible sólo en la pintura abstracta, que no se puede contar con palabras. El abecedario y el color de las formas son idiomas incompatibles. Mueven pasiones, zozobra o ternura de diferente forma, con herramientas distintas. Lo que más abundaba entre los motivos de sus cuadros eran las versiones de su pueblo, que tanto le habían gustado...

 

-Esto es Ochagavía, en la cabecera del valle de Salazar. ¿Conoces esa zoná? -se le escapó un acento más "navarrico" de lo habitual-.

-Sí, ya he andado algo por ahí, de pasada, la verdad que lo que más recuerdo es el paisaje, los bosques de hayas de Irati... -María se dio cuenta de que compartían la misma fascinación por la naturaleza y la tranquilidad de un remoto paraje, en el que los únicos ruidos son el viento y el trino de algún pájaro-. Sin embargo, no podía dejar de pensar en los caballos... los caballos casi le llegaron a obsesionar. Le miraban de frente, se diría que con descaro, pero a la vez le hechizaban con sus ojos. Eran ojos de mujer. De "zorgina", de brujilla. Parecía que se salían del paisaje. Cuando miraba, María no podía evitar que sus ojos se dirigieran a los del animal. En ese momento el entorno desaparecía, hasta que  él, con un pausado comentario, le guiaba a reparar en los tejados de alegres colorines. Ella entonces, se preguntaba atónita cómo podía no  haber reparado en ellos...

 

-Sí, bueno, aquí el pueblo está visto desde otro ángulo del que estaba en la otra serie. Si te fijas, aquí está la iglesia, y el bosquecillo...

-¡Ah! Sí, sí..., no..., ya me había dado cuenta -mintió María para no apartar la vista de donde la tenía clavada-.

        Quizá el güisqui, servido "a pelo" tuvo algo que ver con todo aquello...

 

-¿Te confieso una cosa? -Él no medió palabra-. Tengo curiosidad por conocer el valle de Salazar.

-Pero, si has dicho que ya lo conocías.

-Sí, pero de pasada, y lo que quiero es sentirlo, atrapar su encanto, como has hecho tú aquí -le puntualizó señalando una de sus pinturas-. Pero sólo me da miedo una cosa, que los caballos me defrauden. Que no me miren de frente con descaro. Que no me hechicen con su mirada... -Él, en silencio, mantuvo sus ojos fijos en los de ella. Hubo un momento en el que María casi sintió que le leía el más profundo sentimiento. Por un fugaz instante le pareció reconocer en sus ojos la mirada de aquellos caballos-.

 

        Eso la inquietó. Apartó la mirada un poco nerviosa, y cambió de tema.  Hablaron de las casitas, de la lámina que había elegido, de la vida tranquila del pueblo y de las frías tardes de invierno alrededor del fuego.

 

        Cuando el "culín" que quedaba en la botella se hubo acabado, el recuerdo de un encargo de última hora rompió el embrujo del momento. Ella se encontraba en una atmósfera etérea, con la vena artística hinchada más que nunca, y aquella llamada a la más burda realidad le rompió los esquemas. Extravagancias de artista, concluyó.

        Y así terminó la velada. Salió por la puerta, con su acuarela en la mano y más contenta que lo que se había sentido en mucho tiempo. Sólo un pequeño pensamiento turbó su felicidad. ¿Qué encerraban aquellos ojos?

        Dejó la pintura a buen recaudo en el coche y se fue a dar un paseo. Había quedado una buena tarde. Mil ideas le daban vueltas en la cabeza... Entre ellas hubo una que prevaleció. Se le ocurrió pensar que en aquel dibujo, ocurriría como en el que enseñaba El Principito de Saint Exupéry. Aquél en el que la gente sólo veía un sombrero. Aquél en el que nadie veía la boa que se había tragado un elefante. En las casitas de su acuarela nadie podría ver los establos en los que estaban guardados los caballos de mirada hechicera...   

 

        Se le echó la noche encima, cogió el coche y se marchó. Mientras conducía camino a casa, una extraña sensación le recorría el cuerpo. Notaba el agradable cansancio del paseo y el sosiego de después de un día de muchas emociones. Sin embargo, la sensación que le había inquietado seguía allí.

La consoló comprobar que, al volver a casa, tendría su rinconcito particular. Un lugar en el que el sol siempre brilla sobre los tejaditos de colores. Tejaditos humeantes que invitan a entrar, a disfrutar la vida sencilla que brindan sus gentes  allá en el tranquilo valle...