EL DESHIELO DE ISABÓ

 

 

Abrí los ojos y me hallé en la sala central de un barco. En su techo, que a su vez era el suelo de la cubierta, un enorme agujero permitía ver el cielo.

 

Estaba rodeado de viajeros y viajeras del mundo entero. Me sorprendió ver tantos viajeros y me gustó. Nos presentamos y me sentí inseguro de decir quien era. El Capitán del barco preguntó si alguno de nosotros quería ayudar como marinero. Yo, conocedor de las artes de la curación y algo de navegación por anteriores viajes, me ofrecí para trabajar.

 

Hablé y conté mis viajes. Una noche mientras narraba una aventura, el Capitán llamo mi atención sobre que yo estaba CONGELADO. Mi piel estaba fría, dura y algo amoratada. De hecho estaba tenso y apenas lo sentía. Recordé entonces como había llegado al barco.

 

-         Mucho tiempo atrás, en un acantilado, tuve LA OPORTUNIDAD DE LANZARME AL VACÍO. Paralizado por el miedo, me quedé en el borde hasta congelarme. Pasados los años, un enano, atraído por el brillo del bloque de HIELO en el que me había convertido, me llevó con él y me trajo a este barco.

 

El Capitán me hablo de los peligros de descongelarme y de cómo podía hacerlo. Todos los viajeros me ofrecieron su calor.

 

Esa noche las palabras del Capitán resonaban en mi interior.

 

-         NO PUEDES volver a CONGELARTE, o ACIERTAS o MUERES y TE PUDRES!

 

Las noches fueron pesadas, aun que el mar estuviera en calma. Me metía temprano a dormir, necesitaba descansar. Pero por las mañanas continuaba agarrotado y congelado.

 

La mayor parte del tiempo estaba congelado en un bloque de hielo, sentado junto a la chimenea. El resto de los viajeros se acercaban y me contaban su aventuras y su viajes. Sentía entonces que algo se movía en mi interior. El único momento en el que el hielo desaparecía lo suficiente como para tener un pequeño margen de movilidad, era cuando trabajaba. El trabajo en el barco era difícil y sentía miedo de ser muy rígido con el resto de los viajeros y  que dejaran de hablarme. PERO NADA DE TODO ESTO PODÍA DESCONGELARME. El FRÍO VENÍA DE MI INTERIOR.

 

Me ponía muy tenso cuando el Capitán hablaba de las Tormentas del Mar. Me imaginaba naufragar en el ancho mar. Las tormentas del Mar nada tienen que ver con las de tierra, en las que pisas suelo firme y es más fácil resguardarse.

 

Una mañana, el Capitán nos dio un manuscrito. Hablaba de grandes viajeros y sus viajes. Mientras lo leía, una pequeña mujercilla de unos 8 cm de altura y que brillaba como una luciérnaga me habló de Parzifal. Un gran viajero que tuvo como misión buscar el “Santo Grial”. Para encontrarlo y  poder recibirlo en sus manos, tuvo que descubrir la COMPASIÓN y DESPOJARSE de su ropa de caballero del Rey Arturo, su armadura.

 

-         Y que se supone que tengo que hacer yo?- pregunté.

 

Y la mujercilla desapareció.

 

Tuve un encuentro con otra mujer. Era una mujer que estaba en el barco. Era muy bella, tranquila y serena. Cuando reía su cuerpo se sacudía y emitía un pequeño ruidillo, como el de un ratoncillo. Era La Dama del Barco. Ella cuidaba de nosotros, nos acompañaba y estaba presente. Raras veces hablaba y cuando lo hacía, parecía oírse tras sus palabras el sonido de una fuente. Me reconfortaba su presencia. Ella me contó que todos tenemos un fuego en nuestro interior. Y que si nos juntamos a personas frías, pueden llegar a apagar nuestro fuego. Por eso debemos alejarnos de quienes puedan o quieran apagar nuestro fuego. La Dama del Barco.

 

Una noche, del mar salió una melodía. Todos fuimos poseídos por la música. Unos gritaban, otros lloraban, gemidos, aullidos, golpes. Sentí que mi cuerpo se partía, por seguir adelante o quedarme parado. Sentí miedo, tensión, aislamiento, envidia, rabia. RABIA. RABIA. Quería gritar al mundo que se CALLARA. Me sentí tan solo. ABANDONADO.

 

Y al fin llegó. La Tormenta de Mar. Nos juntamos en la sala central del barco. Aquella cuyo techo tenía un agujero que permitía ver el cielo. Algo me decía que ese barco no se hundiría. No esa noche. Pero... El Capitán me pregunto por mi misión. Le conté la historia de Parzifal y le dije que quería ser MADRE. Todos echaron a reír.

 

-         ¿Qué haces aquí? – me preguntó el Capitán.

-         No lo sé – y le narré la historia del enano y de cómo me llevó hasta el barco.

 

El Capitán sonrió y negando con la cabeza, empujó sin mucho esfuerzo el bloque de hielo que yo era. Mientras me arrastraba por la cubierta, me contó la historia de una enana Makíntox que llegó a alzar su voz para decir al mundo “¡Yo no soy un Makíntox!”. Estos enanos desde que nacen, son parte de un estricto proyecto en el que son educados para mantener el orden social y moral de donde son. Están prefijados y nunca había oído que ninguno de ellos hubiera sido capaz de desvincularse de su doctrina. Y deslizándome hasta la borda, me dejó caer.

 

Justo antes de desaparecer en el Mar, la Dama del Barco me susurró “¿cómo nacen los Elfos?”. Y me desearon buen viaje.

 

Me hundí en las profundidades del Mar, hasta caer sobre la arena. Aquí todo es oscuro y me extrañó que pudiera ver lo que me rodeaba. Por esta capacidad, pensé que yo podría ser un elfo de mar.

Un pez oscuro y viscoso nadó a mi lado lo seguí con la mirada y pensé “que raro es”.

Me pareció que el hielo había comenzado a derretirse. No lo sabía. Me sentía solo, sentía presión y me encontraba muy confundido. ¿Por qué me habían echado del barco? ¿Habría sido yo una Makíntox, cuando enana?, ¿por qué se reían de mi? ¿Para qué quería ser madre? Y que coño hacía yo allí?

 

Pasó el tiempo, y conseguí moverme. El agua del mar podía con el hielo. Al deshacerse, comencé a bucear hacia arriba. Me ahogaba no podía respirar. Veía la luz del sol arriba en la lejana superficie. Sin querer, sin darme cuenta, cogí aire y el Mar me poseyó y me di cuenta de que podía respirar bajo el agua.

 

VERDADERAMENTE SOY UN ELFO DE MAR.

 

Buceo por el mar sorprendido por el hallazgo.

 

¿Qué es un elfo de mar? Y ¿cömo son, madre, los elfos de mar?. En este mismo instante una sombra enorme se acerca y gime “sígueme”. Me siento cansado. Es una Gran Ballena Gris.

 

Me ha acercado hasta unos Elfos de Mar. He jugado con ellos. Tienen mucha energía y hacen olas magníficas. Se han parado y me han dicho que no juego como un Elfo de Mar. Me han preguntado por mi pasado y les he contado de cómo yo era una enana que salí de la ciudad de mis padres, que una araña me enveneno y me convirtió en Elfo. Y ahora quiero ser madre.

 

Me han hablado de si mismos y sus costumbres.

 

“Los Elfos de Mar no tenemos casa. Cuando estamos cansados cerramos los ojos y nos dejamos mecer por las olas del Mar. Somos casi transparentes, como las medusas. En tierra al darnos el sol, nuestra piel se seca y toma consistencia y se nos ve con claridad.

 

Cuidamos la mar y los animales que en ella viven. Cada uno cuida lo que quiere y nunca abandonamos nuestra tarea, pues somos conocedores de la responsabilidad que es ser un Elfo de Mar.

 

Para mantener relaciones sexuales necesitamos salir fuera del agua y apoyarnos sobre algo, de manera que podamos tomar consistencia corporal y podamos sentir el Placer en el cuerpo en todo nuestro potencial. Lo hacemos por necesidad. Es importante que lo hagamos con cierta frecuencia para no acabar desapareciendo fundidos en las profundidades del mar.

 

Nacemos en ostras élficas. No tenemos padre o madre. Al elfo o elfa de Mar que cría un bebe lo llamamos Napa. Podemos tener uno o varios napas. Quien o quienes deseen criar un elfo, han de buscar una Ostra que esté dispuesta a cobijar sus semillas a cambio de cuidar de ella durante el período de incubación.

 

Nosotros no usamos palabras, aunque conocemos todos los idiomas del mundo. Nos comunicamos mediante sonidos y gemidos. Dicen de nosotros que somos muy raros. Somos silenciosos.

 

Nos gustan los juegos de construcción. Como la construcción de corales y arrecifes. De  noche en la superficie del agua, flotar es un placer.

 

Otro de nuestros placeres es jugar a pillar y al escondite. Acotamos un lugar, porque el mar no tiene límites, de hecho acotamos un espacio reducido sobre todo para jugar a coger. Así nos movemos a una velocidad vertiginosa. Movemos tanta energía que llegamos a generar lo que en la tierra es conocido como maremoto.”

 

 

-         pero....yo – contesto- soy un Elfo de Mar...y no hago esas cosas. ------------ (siento miedo y me tenso. Y no se puede flotar estando en tensión. Hace falta relajarse y dejarse llevar)

 

 

Me han llevado a una gruta marina y me he visto reflejado en una cascada. Esta vez he visto un reflejo real. He visto la ciudad donde vivía con mi padre cuando era enana y me llamaban Aizha. He visto la araña que me transformó y me envenenó metida en un ovillo. He visto a la mujer que me rescató de la araña y me llamó Isabó. He visto al enano que me llevó al barco congelado. Al capitán y a la Dama del Barco y nadie pronunció un nombre. Y me he visto. Llevo en los ojos una máscara negra incrustada en la cara y el cerebro. Y en el corazón la envidia que siento hacia estos elfos de Mar que me están ayudando.

 

Me han dicho que para transformar mi envidia he de reconocer mi deseo y que si verdaderamente quiero ser quien soy, he de dejar tras de mí todo lo que he conocido hasta ahora. Hay un ritual de iniciación, el cual solo puedo realizar desde mi corazón.

 

Ahora estoy solo. Oigo los ecos de los Elfos. Están jugando. Yo no juego. Estoy triste. Cuando un Elfo de mar llora, sea de pena o alegría, el mar recoge sus lágrimas y así se hace más inmenso. Por eso si los Elfos dejáramos de llorar, la mar moriría. Yo no lloro.

 

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Nací en el ovillo de una araña, me alimenté de su veneno y me insertó una máscara en mis ojos y mi cerebro. Cuando fui enana, no me hablaron de los Elfos de Mar. Nadie me enseño a jugar, ni a llorar.

 

Ahora necesito arrancar la piel de mi MADRE ARAÑA de mis ojos. Deseo ser un Elfo de Mar, limpiar mi corazón y como aquel Parcival del que me hablaron, realizar el ritual despojado de mi máscara y mi envidia para poder acoger, con compasión, el Elfo de Mar que soy.