Dulce navidad al fin y al cabo

 

 

¿Saben ustedes? Ya se acercan... Me refiero a las navidades. Tiempo en el que hay que reír y ser felices, aunque no sepas por qué. A veces me siento como el Escruch ese. Sí, sí, escrito así igual no se dan cuenta de a quién me refiero. El tipo desagradable y tacaño del Cuento de Navidad, creo que de Diquens. Un tipo que después de ver a los espíritus, el de las navidades pasadas, el de las presentes y el de las futuras, se ve tan solo que se hace bueno. La verdad es que acojona, y perdonen la expresión. 

  

Por otro lado es agradable desearse tantas buenas cosas, que digo yo, que no sé qué pasa con el resto del año. Pongamos por caso mi compañero de trabajo. Es un petardo. Siempre se coge los trabajos más fáciles y nunca hay quien lo encuentre cuando lo necesita. Ahora, eso sí, si el que le busca es el jefe, no sé como lo hace, que justo está dispuesto para hacer lo que sea. No sé como lo verán ustedes, yo estoy en mi sitio como una hormiguita, me voy a tomar un café, dentro de los veinte minutos de interrupción que nos marca el convenio laboral, y ¡zas! ¡Ah, estás aquí! Ya es casualidad... ¿Ustedes creen que las casualidades existen? Sí, yo también. Pero que haya tantas, la verdad, tantas ya mosquea.

 

Bueno, pero a lo que iba, al compañero este, también le tengo que desear cosas buenas ¿no?... En realidad, deseárnoslas, nos las deseamos... De boquilla, quiero decir. Mucha hipocresía, una pena. En navidades, a veces, hasta nos llevamos bien. Todo depende de cómo nos den el aguinaldo en la empresa, porque no sé cómo lo hace, que siempre araña algo más que yo. ¡Hay que ser buitre! Lo que no sabe es lo que me da el jefe a mí a escondidas...

 

Pero bueno, eso es historia aparte, porque otra es la de los regalos. Antes, siquiera, tenía un sentido. Se estaba todo el año suspirando por no sé qué muñeca. Sí, todas las niñas suspirábamos por la Nancy... Ya, ya les he visto a todas las harpías haciendo las cuentas con los dedos, ¿ya me han situado, no? Lo que les decía, suspirábamos por la Nancy, sus vestiditos... Todavía recuerdo cuando los reyes magos me trajeron el "cabás", que era una especie de baúl con asa. Exacto, espíritu práctico de mi madre. A ver dónde recogía los trajecitos si no. Aquella ya tenía novio, la muñeca me refiero, creo que se llamaba Lucas. Pero nada de coches, ni rulotes como estas modernas, que ya tienen de todo. Menudas buenas piernas que tenía, porque las raquíticas de ahora...

 

¿Y los bebés? Hay veinticinco mil tipos de muñeco, otros tantos de juegos de mesa... ¡una exageración!.

 

¡Ah! Y ¿qué me dicen de lo de las comilonas? Un horror. ¡Qué basuras! Y lo peor, ¡qué compras!... Y no compres... "fíjate, qué pena, ¿no les llegará?"... escalofríos me da y todo el pensarlo.  

 

Aunque lo peor, lo peor de todo, es lo de los cotillones de nochevieja. En septiembre ya tienes que empezar a pensar qué vas a hacer el treinta y uno de diciembre. De lo que harás mañana ni idea, pero para nochevieja...

Claro, no te vas a quedar en casa tipo muermo. Y en la calle hace un frío que pela. Lo mejor es ir a un cotillón. Estás a cubierto en un sitio calentito. Puedes lucir el palmito de tres días a la semana de gimnasio. Hay copas y un montón de gente para divertirse... Otro rollo es lo del "trajecito", hay que ir tipo Hilda, y yo la verdad me siento más identificada con la otra Gilda, la del tebeo. Creo recordar que eran dos hermanas, Gilda y Hermenegilda, ya creo oír a mis coetáneas a grito pelado chivándome la respuesta correcta. A las nuevas generaciones les informo de que era una encantadora viejecita con culo gordo y barbilla prominente.

 

Bien, definitivamente la opción del cotillón es la mejor alternativa a las interminables partiditas de chinchón. No sé qué manía hay de desempolvar las cartas en Navidad. Y que no se acaban nunca las partidas..., que total para diez duros que pierdes, pero fastidia quedarse con el prurito de la derrota... y mientras tanto un poco de pacharán, un polvoroncito, a ver este turrón de no se qué y la figura que se va redondeando. No, no me refiero precisamente a la de mazapán.

 

Menos mal que también hay cosas buenas, te encuentras con la familia y todo eso. ¡Hala! Tropecientos mil en casa de tu madre para cenar en nochebuena, y tú como eres la hija, pringando todo el día. Y qué estrés... Hija, no, no pongas las croquetas en esa fuente, no ves que vamos a sacar la vajilla buena... Oye, vete a comprar más orejones, que me he quedado escasa... Sí, yo voy, que sin olor a compota, las navidades no son navidades. La ocasión la pintan calva para un pequeño escaqueo... Una forma de coger fuerzas para seguir con los demás detalles. El árbol de navidad aquel de plástico, que todavía se mantiene tal cual, las figuritas que año tras año incluyen alguna novedad y el nacimiento que preside sobrio el lugar de siempre. 

 

Y van llegando los primos, los nietos, las anécdotas que todos los años provocan las mismas risas... Y también las que hacen quebrar la voz del que las cuenta y arrancan alguna que otra lagrimilla de nostalgia. Vuelven a la mesa, otro año más, los mismos temas de conversación... y cuando todo el barullo se convierte en calma, cuando las cosas han tomado su cauce normal, aprovecho para hacer un paréntesis.

 

Aprovecho para sentir de nuevo esa casa. El olor de siempre. La añorada paz. Los recuerdos de tanta lucha, los estudios, los primeros escarceos amorosos, las amigas que quedaron atrás. Muchos recuerdos entre esas cuatro paredes, muchas horas en el rincón en el que estaba el ordenador, y que ahora se ha convertido en un aparcamiento para los cochecitos.

 

Disculpen, me temo que el espíritu de las navidades me ha afectado a mí también, supongo que no queda más remedio que sucumbir a él. Bueno, para que ustedes puedan sucumbir también en sus recuerdos, yo me retiro discretamente, suya, de todos 

Una nostálgica