René Guénon
LA
METAFÍSICA ORIENTAL
(1939)
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METAFÍSICA ORIENTAL - TEXTOS TRADICIONALES
He tomado como tema de esta exposición la metafísica oriental;
quizás habría valido más decir simplemente la metafísica sin
epíteto, ya que, en verdad, la metafísica pura, al estar por
esencia fuera y más allá de todas las formas y de todas las contingencias,
no es ni oriental ni occidental, es universal. Son sólo las
formas exteriores de las que es revestida por las necesidades de
una exposición, para expresar lo que es expresable de ella, son
estas formas las que pueden ser ya sea orientales, ya sea occidentales;
pero, bajo su diversidad, es un fondo idéntico el que se
encuentra por todas partes y siempre, por todas partes al menos
donde hay metafísica verdadera, y eso por la simple razón de
que la verdad es una.
Si ello es así, ¿por qué hablar más especialmente de metafísica
oriental? Es porque, en las condiciones intelectuales donde se
encuentra actualmente el mundo occidental, la metafísica es en
él algo olvidado, ignorado en general, perdido casi enteramente,
mientras que en Oriente es siempre el objeto de un conocimiento
efectivo. Así pues, si se quiere saber lo que es la metafísica,
es a Oriente adonde es menester dirigirse; e, inclusive si se
quiere recuperar algo de las antiguas tradiciones metafísicas
que han podido existir en Occidente, en un Occidente que, bajo
muchos aspectos, estaba entonces singularmente más próximo de
Oriente de lo que lo está hoy día, es sobre todo con la ayuda
de las doctrinas orientales y por comparación con éstas como se
podrá llegar a ello, porque estas doctrinas son las únicas que,
en este dominio metafísico, pueden ser estudiadas todavía
directamente. Solamente, para eso, es muy evidente que es
menester estudiarlas como lo hacen los Orientales mismos, y no librándose
a interpretaciones más o menos hipotéticas y a veces
completamente fantasiosas; se olvida muy frecuentemente que las
civilizaciones orientales existen todavía y que tienen sus
representantes cualificados, junto a los cuales bastaría
informarse para saber verdaderamente de qué se trata.
He dicho metafísica oriental, y no únicamente metafísica hindú,
ya que las doctrinas de este orden, con todo lo que implican, no
se encuentran sólo en la India, contrariamente a lo que parecen
creer algunos, que por lo demás no se dan cuenta apenas de su
verdadera naturaleza. El caso de la India no es en modo alguno
excepcional bajo esta relación; es exactamente el de todas las
civilizaciones que poseen lo que se puede llamar una base
tradicional. Lo que es excepcional y anormal, son al contrario
civilizaciones desprovistas de una tal base; y a decir verdad, no
conocemos más que una, la civilización occidental moderna. Para
no considerar más que las principales civilizaciones de Oriente,
el equivalente de la metafísica hindú se encuentra, en China,
en el Taoísmo; se encuentra también, por otro lado, en algunas
escuelas esotéricas del Islam (por lo demás, debe entenderse
bien que este esoterismo islámico no tiene nada de común con la
filosofía exterior de los árabes, de inspiración griega en su
mayor parte). La única diferencia, es que, en cualquier otra
parte que en la India, estas doctrinas están reservadas a una élite
más restringida y más cerrada; es lo que tuvo lugar también en
Occidente en la edad media, para un esoterismo bastante
comparable al del Islam bajo muchos aspectos, y también
puramente metafísico como éste, pero del que los modernos, en
su mayor parte, ni siquiera sospechan ya la existencia. En la
India, no se puede hablar de esoterismo en el sentido propio de
esta palabra, porque allí no se encuentra una doctrina con dos
caras, exotérica y esotérica; no puede tratarse más que de un
esoterismo natural, en el sentido de que cada uno profundizará más
o menos en la doctrina e irá más o menos lejos según la medida
de sus propias posibilidades intelectuales, ya que hay, para
algunas individualidades humanas, limitaciones que son
inherentes a su naturaleza misma y que les es imposible franquear.
Naturalmente, las formas cambian de una civilización a otra,
puesto que deben estar adaptadas a condiciones diferentes; pero,
aunque más habituado a las formas hindúes, no siento ningún
escrúpulo en emplear otras según necesidad, si se encuentra
que pueden ayudar a la comprehensión sobre algunos puntos; en
eso no hay ningún inconveniente, porque no son en suma más que
expresiones diversas de una misma cosa. Todavía una vez más, la
verdad es una, y es la misma para todos los que, por una vía
cualquiera, han llegado a su conocimiento.
Dicho eso, conviene entenderse sobre el sentido que es menester
dar aquí a la palabra «metafísica», y eso importa tanto más
cuanto que frecuentemente hemos tenido la ocasión de constatar
que todo el mundo no la comprendía de la misma manera. Pienso
que lo mejor que se puede hacer, para las palabras que pueden dar
lugar a equívoco, es restituirles tanto como sea posible su
significación primitiva y etimológica. Ahora bien, según su
composición, esta palabra «metafísica» significa literalmente
«más allá de la física», tomando «física» en la acepción
que este término tenía siempre para los Antiguos, la de «ciencia
de la naturaleza» en toda su generalidad. La física es el
estudio de todo lo que pertenece al dominio de la naturaleza; lo
que concierne a la metafísica, es lo que está más allá de la
naturaleza. Así pues, ¿cómo pueden pretender algunos que el
conocimiento metafísico es un conocimiento natural, ya sea en
cuanto a su objeto, ya sea en cuanto a las facultades por las que
es obtenido? En eso hay un verdadero contrasentido, una
contradicción en los términos mismos; y sin embargo, lo que es
más sorprendente, ocurre que esta confusión es cometida incluso
por aquellos que deberían haber guardado alguna idea de la verdadera
metafísica y saber distinguirla más claramente de la
pseudometafísica de los filósofos modernos.
Pero, se dirá quizás, si esta palabra «metafísica» da lugar
a tales confusiones, ¿no valdría más renunciar a su empleo y
sustituirla por otra que tuviera menos inconvenientes? En verdad,
sería fastidioso, porque, por su formación, esta palabra
conviene perfectamente a aquello de lo que se trata; y apenas es
posible, porque las lenguas occidentales no poseen ningún otro término
que esté tan bien adaptado a este uso. Emplear pura y
simplemente la palabra «conocimiento», como se hace en la India,
porque es en efecto el conocimiento por excelencia, el único que
sea absolutamente digno de este nombre, es menester no pensarlo
siquiera, ya que sería todavía mucho menos claro para los
Occidentales, que, en hecho de conocimiento, están habituados a
no considerar nada fuera del dominio científico y racional. ¿Es
pues necesario preocuparse tanto del abuso que se ha hecho de una
palabra? Si se debieran rechazar todas aquellas que se encuentran
en este caso, ¿cuántas se tendrían todavía a disposición?
¿No basta tomar las precauciones requeridas para descartar las
equivocaciones y los malentendidos? No estimamos más a la
palabra «metafísica» que a no importa cuál otra; pero, en
tanto que no se nos haya propuesto un término mejor para remplazarla,
continuaremos sirviéndonos de ella como lo hemos hecho hasta aquí.
Desgraciadamente hay gentes que tienen la pretensión de «juzgar»
lo que ignoran, y que, porque dan el nombre de «metafísica» a
un conocimiento puramente humano y racional (lo que no es para
nos más que ciencia o filosofía), se imaginan que la metafísica
oriental no es nada más ni nada diferente de eso, de donde sacan
lógicamente la conclusión de que esta metafísica no puede
conducir realmente a tales o a cuales resultados. No obstante,
conduce a ellos efectivamente, pero porque es algo muy diferente
de lo que suponen; todo lo que ellos consideran no tiene
verdaderamente nada de metafísico, desde que no es más que un
conocimiento de orden natural, un saber profano y exterior; no
es en modo alguno de eso de lo que queremos hablar. Así pues, ¿hacemos
«metafísica» sinónimo de «sobrenatural»? Aceptaríamos de
muy buena gana una tal asimilación, puesto que, en tanto que no
se rebasa la naturaleza, es decir, el mundo manifestado en toda
su extensión (y no sólo el mundo sensible que no es más que
un elemento infinitesimal suyo), se está todavía en el dominio
de la física; lo que es metafísica, como ya lo hemos dicho, es
lo que está más allá y por encima de la naturaleza, es por
consiguiente propiamente lo «sobrenatural».
Pero aquí se hará sin duda una objeción: ¿es posible rebasar
así la naturaleza? No vacilaremos en responder muy claramente:
eso no sólo es posible, sino que eso es. Eso no es más que una
afirmación, se dirá todavía; ¿qué pruebas se pueden dar de
ello? Es verdaderamente extraño que se pida probar la
posibilidad de un conocimiento en lugar de buscar darse cuenta
de él por sí mismo haciendo el trabajo necesario para
adquirirlo. Para el que posee este conocimiento, ¿qué interés
y qué valor pueden tener todas estas discusiones? El hecho de
sustituir el conocimiento mismo por la «teoría del conocimiento»
es quizás la más bella confesión de impotencia de la filosofía
moderna.
Por lo demás, en toda certeza hay algo de incomunicable; nadie
puede alcanzar realmente un conocimiento cualquiera de otro modo
que por un esfuerzo estrictamente personal, y todo lo que otro
puede hacer, es dar la ocasión e indicar los medios para llegar
a él. Por eso es por lo que, en el orden puramente intelectual,
sería vano pretender imponer una convicción cualquiera; a este
respecto, la mejor argumentación no podría ocupar el lugar del
conocimiento directo y efectivo.
Ahora bien, ¿se puede definir la metafísica tal como la
entendemos? No, ya que definir es siempre limitar, y aquello de
lo que se trata es, en sí mismo, verdadera y absolutamente
ilimitado, y por consiguiente no podría dejarse encerrar en
ninguna fórmula ni en ningún sistema. Se puede caracterizar la
metafísica de una cierta manera, diciendo por ejemplo que es el
conocimiento de los principios universales; pero eso no es una
definición hablando propiamente, y, por lo demás, eso no puede
dar de ella más que una idea bastante vaga. Agregaremos algo al
respecto si decimos que este dominio de los principios se
extiende mucho más lejos de lo que han pensado algunos
Occidentales que no obstante han hecho metafísica, pero de una
manera parcial e incompleta. Así, cuando Aristóteles
consideraba la metafísica como el conocimiento del ser en tanto
que ser, la identificaba a la ontología, es decir, que tomaba la
parte por el todo. Para la metafísica oriental, el ser puro no
es el primero ni el más universal de los principios, pues es ya
una determinación; así pues, es menester ir más allá del ser,
e incluso es eso lo que más importa. Por eso es por lo que, en
toda concepción verdaderamente metafísica, es menester reservar
siempre la parte de lo inexpresable; e incluso todo lo que se
puede expresar no es literalmente nada al respeto de lo que
rebasa toda expresión, como lo finito, cualquiera que sea su
magnitud, es nulo frente a lo Infinito. Se puede sugerir mucho más
de lo que se expresa, y es ese, en suma, el papel que desempeñan
aquí las formas exteriores; todas estas formas, ya se trate de
palabras o de símbolos, no constituyen más que un soporte, un
punto de apoyo para elevarse a posibilidades de concepción que
las rebasan incomparablemente; volveremos sobre esto después.
Hablamos de concepciones metafísicas, a falta de tener otro término
a nuestra disposición para hacernos comprender; pero no se vaya
a creer por eso que haya ahí nada asimilable a concepciones
científicas o filosóficas; no se trata de operar «abstracciones»,
sino de tomar un conocimiento directo de la verdad tal cual es.
La ciencia es el conocimiento racional, discursivo, siempre
indirecto, un conocimiento por reflejo; la metafísica es el
conocimiento supraracional, intuitivo e inmediato. Por lo demás,
esta intuición intelectual pura, sin la cual no hay metafísica
verdadera, no debe ser asimilada de ninguna manera a la intuición
de la que hablan algunos filósofos contemporáneos, ya que, al
contrario, ésta es infraracional. Hay una intuición intelectual
y una intuición sensible; una está más allá de la razón,
pero la otra está más acá de ella; esta última no puede
aprehender más que el mundo del cambio y del devenir, es decir,
la naturaleza, o más bien una ínfima parte de la naturaleza. El
dominio de la intuición intelectual, al contrario, es el
dominio de los principios eternos e inmutables, es el dominio
metafísico.
El intelecto transcendente, para aprehender directamente los
principios universales, debe ser él mismo de orden universal;
ya no es una facultad individual, y considerarle como tal sería
contradictorio, ya que no puede estar en las posibilidades del
individuo rebasar sus propios límites, salir de las condiciones
que le definen en tanto que individuo. La razón es una facultad
propia y específicamente humana; pero lo que está más allá de
la razón es verdaderamente «no humano»; es lo que hace posible
el conocimiento metafísico, y éste, es menester repetirlo, no
es un conocimiento humano. En otros términos, no es en tanto
que hombre como el hombre puede llegar a él; sino que es en
tanto que este ser, que es humano en uno de sus estados, es al
mismo tiempo otra cosa y más que un ser humano; y es la toma de
consciencia efectiva de los estados supraindividuales lo que es
el objeto real de la metafísica, o, mejor todavía, lo que es el
conocimiento metafísico mismo. Así pues, llegamos aquí a uno
de los puntos más esenciales, y es necesario insistir en él: si
el individuo fuera un ser completo, si constituyera un sistema
cerrado a la manera de la mónada de Leibnitz, no habría metafísica
posible; irremediablemente encerrado en él mismo, este ser no
tendría ningún medio de conocer lo que no es del orden de
existencia al cual pertenece. Pero ello no es así: el individuo
no representa en realidad más que una manifestación
transitoria y contingente del ser verdadero; no es más que un
estado especial entre una multitud indefinida de otros estados
del mismo ser; y este ser es, en sí mismo, absolutamente
independiente de todas sus manifestaciones, del mismo modo que,
para emplear una comparación que aparece a cada instante en los
textos hindúes, el sol es absolutamente independiente de las múltiples
imágenes en las cuales se refleja. Tal es la distinción
fundamental del «Sí mismo» y del «yo», de la personalidad y
de la individualidad; y, del mismo modo que las imágenes están
ligadas por los rayos luminosos a la fuente solar sin la cual no
tendrían ninguna existencia ni ninguna realidad, del mismo modo
la individualidad, ya sea que se trate por lo demás de la
individualidad humana o de todo otro estado análogo de
manifestación, está ligada a la personalidad, al centro
principial del ser, por este intelecto transcendente del que
acabamos de hablar. No es posible, en los límites de esta
exposición, desarrollar más completamente estas consideraciones,
ni dar una idea más precisa de la teoría de los estados múltiples
del ser; pero, no obstante, pienso haber dicho al respecto
bastante para hacer presentir al menos su importancia capital en
toda doctrina verdaderamente metafísica.
He dicho teoría, pero no es sólo de teoría de lo que se trata,
y ese es también un punto que requiere ser explicado. El
conocimiento teórico, que no es todavía más que indirecto y en
cierto modo simbólico, no es más que una preparación, por lo
demás, indispensable, del verdadero conocimiento. Por otra parte,
es el único que sea comunicable de una cierta manera, y todavía
no lo es completamente; por eso es por lo que toda exposición no
es más que un medio de acercarse al conocimiento, y este conocimiento,
que no es primero más que virtual, debe ser realizado después
efectivamente. Encontramos aquí una nueva diferencia con esa
metafísica parcial a la que hemos hecho alusión precedentemente,
la de Aristóteles por ejemplo, ya teóricamente incompleta
porque se limita al ser, y donde, además, la teoría parece ser
presentada como bastándose a sí misma, en lugar de estar
ordenada expresamente en vistas de una realización
correspondiente, así como lo está siempre en todas las doctrinas
orientales. No obstante, incluso en esta metafísica imperfecta,
e incluso estaríamos tentados a decir en esta semimetafísica,
se encuentran a veces afirmaciones que, si hubieran sido bien
comprendidas, habrían debido conducir a consecuencias muy
diferentes: así, ¿no dice Aristóteles claramente que un ser es
todo lo que conoce? Esta afirmación de la identificación por
el conocimiento, es el principio mismo de la realización metafísica;
pero aquí este principio se queda aislado, no tiene más que el
valor de una declaración completamente teórica, no se saca de
él ningún partido, y parece que, después de haberlo planteado,
ya no se piensa más en él; ¿cómo es posible que Aristóteles
mismo y sus continuadores no hayan visto mejor todo lo que estaba
implicado ahí? Es verdad que ocurre lo mismo en muchos otros
casos, y que parecen olvidar a veces cosas tan esenciales como la
distinción del intelecto puro y de la razón, después de
haberlas formulado no obstante no menos explícitamente; son
extrañas lagunas. ¿Es menester ver en eso el efecto de algunas
limitaciones que serían inherentes al espíritu occidental,
salvo excepciones más o menos raras, pero siempre posibles? Eso
puede ser verdad en una cierta medida, pero sin embargo es
menester no creer que la intelectualidad occidental haya sido, en
general, tan estrechamente limitada antaño como lo es en la época
moderna. Únicamente, doctrinas como éstas no son después de
todo más que doctrinas exteriores, muy superiores a muchas otras,
puesto que encierran a pesar de todo una parte de metafísica
verdadera, pero siempre mezclada a consideraciones de un orden
diferente, que, ellas, no tienen nada de metafísico
Por
nuestra parte, tenemos la certeza de que ha habido otra cosa que
eso en Occidente, en la antigüedad y en la edad media, que ha
habido, para el uso de una élite, doctrinas puramente metafísicas
y que podemos decir completas, comprendida en eso esta realización
que, para la mayoría de los modernos, es sin duda una cosa
apenas concebible; si Occidente ha perdido tan totalmente su
recuerdo, es porque ha roto con sus propias tradiciones, y es
por eso por lo que la civilización moderna es una civilización
anormal y desviada.
Si el conocimiento puramente teórico fuera él mismo su propio
fin, si la metafísica debiera quedarse ahí, eso ya sería algo,
ciertamente, pero sería completamente insuficiente. A pesar de
la certeza verdadera, más fuerte todavía que una certeza matemática,
que está vinculada ya a un tal conocimiento, eso no sería en
suma, en un orden incomparablemente superior, más que el análogo
de lo que es en su orden inferior, terrestre y humano, la
especulación científica y filosófica. No es eso lo que debe
ser la metafísica; que otros se interesen en «juegos de espíritu»
o en lo que puede parecer tal, es asunto suyo; para nos, las
cosas de ese género nos son más bien indiferentes, y pensamos
que las curiosidades del psicólogo deben ser perfectamente extrañas
al metafísico. De lo que se trata para éste, es de conocer lo
que es, y de conocerlo de tal manera, que uno mismo es, real y
efectivamente, todo lo que conoce.
En cuanto a los medios de la realización metafísica, sabemos
bien qué objeciones pueden hacer, en lo que les concierne,
aquellos que creen deber contestar la posibilidad de esta
realización. En efecto, estos medios deben estar al alcance del
hombre; para las primeras etapas al menos, deben estar adaptados
a las condiciones del estado humano, puesto que es en este estado
donde se encuentra actualmente el ser que, partiendo de ahí,
deberá tomar posesión de los estados superiores. Así pues, es
en las formas que pertenecen a este mundo en el que se sitúa su
manifestación presente donde el ser tomará un punto de apoyo
para elevarse por encima de este mundo mismo; palabras, signos
simbólicos, ritos o procedimientos preparatorios, cualesquiera
que sean, no tienen otra razón de ser ni otra función: como ya
lo hemos dicho, son soportes y nada más. Pero, dirán algunos,
¿cómo es posible que estos medios puramente contingentes
produzcan un efecto que los rebasa inmensamente, un efecto que es
de un orden completamente diferente de aquel al que pertenecen
ellos mismos? Haremos observar primero que no son en realidad más
que medios accidentales, y que el resultado que ayudan a obtener
no es de ninguna manera su efecto; ponen al ser en las
disposiciones requeridas para llegar a él más fácilmente, y
eso es todo. Si la objeción que consideramos fuera válida en
este caso, valdría igualmente para los ritos religiosos, para
los sacramentos, por ejemplo, donde la desproporción no es menor
entre el medio y el fin; algunos de aquellos que la formulan quizás
no han pensado suficiente en ello. En cuanto a nos, no
confundimos un simple medio con una causa en el verdadero sentido
de esta palabra, y no consideramos la realización metafísica
como un efecto de nada, porque no es la producción de algo que
no existe todavía, sino la toma de consciencia de lo que es, de
una manera permanente e inmutable, fuera de toda sucesión
temporal u otra, ya que todos los estados del ser, considerados
en su principio, son en perfecta simultaneidad en el eterno
presente.
Así pues, no vemos ninguna dificultad en reconocer que no hay
ninguna medida común entre la realización metafísica y los
medios que conducen a ella, o, si se prefiere, que la preparan.
Por lo demás, es por eso por lo que ninguno de estos medios es
estrictamente necesario, de una necesidad absoluta; o al menos no
hay más que una única preparación verdaderamente indispensable,
y es el conocimiento teórico. Éste, por otra parte, no podría
ir muy lejos sin un medio que debemos considerar así como el que
desempeñará el papel más importante y el más constante: este
medio, es la concentración; y eso es algo absolutamente extraño,
contrario incluso a los hábitos mentales del Occidente moderno,
donde todo tiende a la dispersión y al cambio incesante. Todos
los demás medios no son más que secundarios en relación a éste:
sirven sobre todo para favorecer la concentración, y también
para armonizar entre ellos los diversos elementos de la
individualidad humana, a fin de preparar la comunicación
efectiva entre esta individualidad y los estados superiores del
ser.
Por lo demás, en el punto de partida, estos medios podrán ser
casi indefinidamente variados, ya que, para cada individuo,
deberán ser apropiados a su naturaleza especial, conformes a sus
aptitudes y a sus disposiciones particulares. Después, las
diferencias irán disminuyendo, ya que se trata de vías múltiples
que tienden todas hacia una misma meta; y, a partir de un cierto
estadio, toda multiplicidad habrá desaparecido; pero entonces
los medios contingentes e individuales habrán acabado de desempeñar
su papel. Para mostrar que no es en modo alguno necesario,
algunos textos hindúes comparan este papel al de un caballo con
cuya ayuda un hombre llegará más rápido y más fácilmente al
término de su viaje, pero sin el cual también podría llegar a
él. Los ritos, los procedimientos diversos indicados en vista de
la realización metafísica, podrían desatenderse y, no
obstante, únicamente por la fijación constante del espíritu y
de todas las potencias del ser sobre la meta de esta realización,
alcanzar finalmente esta meta suprema; pero, si hay medios que
hacen el esfuerzo menos penoso, ¿por qué desatenderlos
voluntariamente? ¿Es confundir lo contingente y lo absoluto
tener en cuenta las condiciones del estado humano, puesto que es
desde este estado, contingente él mismo, desde donde estamos
actualmente obligados a partir para la conquista de los estados
superiores, y después del estado supremo e incondicionado?
Indicamos ahora, según las enseñanzas que son comunes a todas
las doctrinas tradicionales de Oriente, las principales etapas de
la realización metafísica. La primera, que no es más que
preliminar en cierto modo, se opera en el dominio humano y no se
extiende todavía más allá de la individualidad. Consiste en
una extensión indefinida de esta individualidad, de la que la
modalidad corporal, la única que sea desarrollada en el hombre
ordinario, no representa más que una porción muy pequeña; es
desde esta modalidad corporal de donde es menester partir de
hecho, de donde el uso, para comenzar, de medios tomados al orden
sensible, pero que deberán tener una repercusión en las demás
modalidades del ser humano. La fase de la que hablamos es en suma
la realización o el desarrollo de todas las posibilidades que
están contenidas virtualmente en la individualidad humana, que
constituyen como prolongamientos múltiples suyos que se
extienden en diversos sentidos más allá del dominio corporal y
sensible; y es por estos prolongamientos por los que se podrá
establecer después la comunicación con los demás estados.
Esta realización de la individualidad integral es designada por
todas las tradiciones como la restauración de lo que llaman el
«estado primordial», estado que se considera como el del
hombre verdadero, y que escapa ya a algunas de las limitaciones
características del estado ordinario, concretamente a la que se
debe a la condición temporal. El ser que ha alcanzado este «estado
primordial» no es todavía más que un individuo humano, y no
está en posesión efectiva de ningún estado supraindividual; y,
sin embargo, desde entonces está liberado del tiempo, la sucesión
aparente de las cosas se ha transmutado para él en simultaneidad;
posee conscientemente una facultad que es desconocida para el
hombre ordinario y que se puede llamar el «sentido de la
eternidad». Esto es de una extrema importancia, ya que el que no
puede salir del punto de vista de la sucesión temporal y
considerar todas las cosas en modo simultáneo es incapaz de la
menor concepción del orden metafísico. La primera cosa que
tiene que hacer quien quiere llegar verdaderamente al
conocimiento metafísico, es colocarse fuera del tiempo, diríamos
de buena gana en el «no tiempo», si una tal expresión no
debiera parecer demasiado singular e inusitada. Por lo demás,
esta consciencia de lo intemporal puede ser alcanzada de una
cierta manera, sin duda muy incompleta, pero ya real no obstante,
mucho antes de que sea obtenido en su plenitud este «estado
primordial» del que acabamos de hablar.
Se preguntará quizás: ¿por qué esta denominación de «estado
primordial»? Es porque todas las tradiciones, comprendida la de
Occidente (ya que la Biblia misma no dice otra cosa), están de
acuerdo en enseñar que este estado es el que era normal en los
orígenes de la humanidad, mientras que el estado presente no es
más que el resultado de una decadencia, el efecto de una suerte
de materialización progresiva que se ha producido en el curso de
las edades, durante la duración de un cierto ciclo. Nos no
creemos en la "evolución", en el sentido que los
modernos dan a esta palabra; las hipótesis supuestamente científicas
que han imaginado no corresponden en modo alguno a la realidad.
Por lo demás, no es posible hacer aquí más que una simple alusión
a la teoría de los ciclos cósmicos, que está particularmente
desarrollada en las doctrinas hindúes; eso sería salir de
nuestro tema, ya que la cosmología no es la metafísica, aunque
depende de ella bastante estrechamente; no es más que una aplicación
suya al orden físico, y las verdaderas leyes naturales no son más
que consecuencias, en un dominio relativo y contingente, de los
principios universales y necesarios.
Volvamos a la realización metafísica: su segunda fase se
refiere a los estados supraindividuales, pero todavía
condicionados, aunque sus condiciones sean completamente
diferentes de las del estado humano. Aquí, el mundo del hombre,
donde estábamos todavía en el estadio precedente, es rebasado
entera y definitivamente. Es menester decir más: lo que es
rebasado, es el mundo de las formas en su acepción más general,
que comprende todos los estados individuales cualesquiera que
sean, ya que la forma es la condición común a todos estos
estados, aquella por la que se define la individualidad como tal.
El ser, al que ya no puede llamarse humano, ha salido en adelante
de la «corriente de las formas», según la expresión extremo
oriental. Por lo demás, habría que hacer otras distinciones, ya
que esta fase puede subdividirse: conlleva en realidad varias
etapas, desde la obtención de estados que, aunque informales,
pertenecen todavía a la existencia manifestada, hasta el grado
de universalidad que es el del ser puro.
Sin embargo, por elevados que sean estos estados en relación al
estado humano, por alejados que estén de éste, no son todavía
más que relativos, y eso es verdad inclusive del más alto de
entre ellos, el que corresponde al principio de toda manifestación.
Así pues, su posesión no es más que un resultado transitorio,
que no debe ser confundido con la meta última de la realización
metafísica; es más allá del ser donde reside esta meta, en
relación a la cual todo el resto no es más que encaminamiento y
preparación. Esta meta suprema, es el estado absolutamente
incondicionado, liberado de toda limitación; por esta razón
misma, es enteramente inexpresable, y todo lo que se puede decir
de él no se traduce más que por términos de forma negativa:
negación de los límites que determinan y definen toda
existencia en su relatividad. La obtención de este estado, es
lo que la doctrina hindú llama la «Liberación», cuando la considera
en relación a los estados condicionados, y también la «Unión»,
cuando la considera en relación al Principio supremo.
En este estado incondicionado, todos los demás estados del ser
se encuentran por lo demás en principio, pero transformados,
liberados de las condiciones especiales que los determinaban en
tanto que estados particulares. Lo que subsiste, es todo lo que
tiene una realidad positiva, puesto que es ahí donde todo tiene
su principio; el ser «liberado» está verdaderamente en posesión
de la plenitud de sus posibilidades. Lo que ha desaparecido, son
sólo las condiciones limitativas, cuya realidad es completamente
negativa, puesto que no representan más que una «privación»
en el sentido en que Aristóteles entendía esta palabra. Así,
muy lejos de ser una suerte de aniquilamiento como lo creen
algunos Occidentales, este estado final es al contrario la absoluta
plenitud, la realidad suprema frente a la que todo lo demás no
es más que ilusión.
Agregamos todavía que todo resultado, incluso parcial, obtenido
por el ser en el curso de la realización metafísica lo es de
una manera definitiva. Este resultado constituye para ese ser una
adquisición permanente, que nada puede hacerle perder jamás; el
trabajo cumplido en este orden, incluso si viene a ser
interrumpido antes del término final, está hecho de una vez por
todas, por eso mismo de que está fuera del tiempo. Eso es verdad
incluso para el simple conocimiento teórico, ya que todo conocimiento
lleva su fruto en sí mismo, bien diferente en eso de la acción,
que no es más que una modificación momentánea del ser y que
está siempre separada de sus efectos. Por lo demás, éstos son
del mismo dominio y del mismo orden de existencia que lo que los
ha producido; la acción no puede tener como efecto liberar de la
acción, y sus consecuencias no se extienden más allá de los límites
de la individualidad, considerada por lo demás en la integridad
de la extensión de la que es suscepti-ble. La acción,
cualquiera que sea, al no ser opuesta a la ignorancia que es la
raíz de toda limitación, no podría hacer que se desvanezca: únicamente
el conocimiento diipa la ignorancia como la luz del sol disipa
las tinieblas, y es entonces cuando el «Sí mismo», el
principio inmutable y eterno de todos los estados manifestados y
no manifestados, aparece en su suprema realidad.
Después de este esbozo muy imperfecto y que no da ciertamente más
que una idea muy débil de lo que puede ser la realización metafísica,
es menester hacer una precisión que es enteramente esencial para
evitar graves errores de interpretación: es que todo aquello de
lo que se trata aquí no tiene ninguna relación con «fenómenos»
cualesquiera, más o menos extraordinarios. Todo lo que es fenómeno
es de orden físico; la metafísica está más allá de los fenómenos;
y tomamos esta palabra en su mayor generalidad. Resulta de eso,
entre otras consecuencias, que los estados de los que acabamos de
hablar no tienen absolutamente nada de «psicológico»; es
menester decirlo claramente, porque se han producido a veces a
este respecto singulares confusiones. La psicología, por
definición misma, no podría tener presa más que sobre estados
humanos, y todavía, tal como se la entiende hoy, no alcanza más
que a una zona muy restringida en las posibilidades del individuo,
que se extienden mucho más lejos de lo que los especialistas de
esta ciencia pueden suponer. El individuo humano, en efecto, es
a la vez mucho más y mucho menos de lo que se piensa ordinariamente
en Occidente; es mucho más, en razón de sus posibilidades de
extensión indefinida más allá de la modalidad corporal, a la
que se refiere en suma todo lo que se estudia de él comúnmente;
pero es también mucho menos, puesto que, muy lejos de constituir
un ser completo y que se basta a sí mismo, no es más que una
manifestación exterior, una apariencia fugitiva revestida por
el ser verdadero, cuya esencia no es afectada de ninguna manera
por eso en su inmutabilidad.
Es menester insistir sobre este punto, que el dominio metafísico
está enteramente fuera del mundo fenoménico, ya que los
modernos, habitualmente, no conocen y no buscan apenas más que
los fenómenos; es en éstos en lo que se interesan casi exclusivamente,
como da testimonio de ello, por lo demás, el desarrollo que han
dado a las ciencias experimentales; y su inaptitud metafísica
procede de la misma tendencia. Sin duda, puede ocurrir que
algunos fenómenos especiales se produzcan en el trabajo de
realización metafísica, pero de una manera completamente
accidental: ese es un resultado más bien enojoso, ya que las
cosas de este género no pueden ser más que un obstáculo para
el que estuviera tentado de atribuirles alguna importancia. El
que se deja detener y desviar de su vía por los fenómenos, el
que se deja ir sobre todo a buscar «poderes» excepcionales,
tiene muy pocas posibilidades de llevar la realización más allá
del grado al que haya llegado ya cuando sobreviene esta desviación.
Esta precisión conduce naturalmente a rectificar algunas
interpretaciones erróneas que tienen curso a propósito de la
palabra «Yoga»; ¿no se ha pretendido a veces, en efecto, que
lo que los Hindúes designan por esta palabra es el desarrollo de
algunos poderes latentes del ser humano? Lo que acabamos de decir
basta para mostrar que una tal definición debe ser rechazada. En
realidad, esta palabra «Yoga» es la que hemos traducido tan
literalmente como es posible por «Unión»; lo que designa propiamente,
es pues la meta suprema de la realización metafísica; y el «Yogî»,
si se quiere entender en el sentido más estricto, es únicamente
el que ha alcanzado esta meta. No obstante, es verdad que, por
extensión, estos mismos términos, en algunos casos, son
aplicados también a estadios preparatorios a la «Unión» o
incluso a simples medios preliminares, y al ser que ha llegado a
los estados correspondientes a esos estadios o que emplea estos
medios para llegar a ellos. ¿Pero cómo se podría sostener que
una palabra cuyo sentido primero es «Unión», designe propia y
primitivamente ejercicios respiratorios o cualquier otra cosa de
este género? Estos ejercicios y otros, basados generalmente
sobre lo que podemos llamar la ciencia del ritmo, figuran
efectivamente entre los medios más usados en vista de la
realización metafísica; pero que no se tome por un fin lo que
no es más que un medio contingente y accidental, y que no se
tome tampoco por la significación original de una palabra lo que
no es más que una acepción secundaria y más o menos desviada.
Al hablar de lo que es primitivamente el «Yoga», y al decir que
esta palabra ha designado siempre esencialmente la misma cosa, se
puede pensar en plantear una cuestión de la que no hemos dicho
nada hasta aquí: estas doctrinas metafísicas tradicionales de
las que tomamos todos los datos que exponemos, ¿cuál es su
origen? La respuesta es muy simple, aunque la misma se arriesga a
levantar las protestas de aquellos que querrían considerar todo
desde el punto de vista histórico: es que no hay origen; con eso
queremos decir que no hay origen humano, susceptible de ser determinado
en el tiempo. En otros términos, el origen de la tradición, si
es que esta palabra de origen ha de tener todavía una razón de
ser en parecido caso, es «no humano» como la metafísica misma.
Las doctrinas de este orden no han aparecido en un momento
cualquiera de la historia de la humanidad: la alusión que hemos
hecho al «estado primordial», y también, por otra parte, lo
que hemos dicho del carácter intemporal de todo lo que es metafísica,
deberían permitir comprenderlo sin demasiada dificultad, a
condición de que uno se resigne a admitir, contrariamente a
algunos prejuicios, que hay cosas a las que el punto de vista
histórico no es aplicable de ninguna manera. La verdadera metafísica
es eterna; por eso mismo, ha habido siempre seres que han podido
conocerla real y totalmente. Lo que puede cambiar, no son más
que las formas exteriores, los medios contingentes; y este cambio
mismo no tiene nada de lo que los modernos llaman «evolución»;
no es más que una simple adaptación a tales o cuales
circunstancias particulares, a las condiciones especiales de una
raza o de una época determinada. De ahí resulta la
multiplicidad de las formas; pero el fondo de la doctrina no es
en modo alguno modificado o afectado por eso, como tampoco son
alteradas la unidad y la identidad esenciales del ser por la
multiplicidad de sus estados de manifestación.
Así pues, el conocimiento metafísico, y la realización que
implica para ser verdaderamente todo lo que debe ser, son
posibles por todas partes y siempre, en principio al menos, y si
esta posibilidad es considerada de una manera absoluta en cierto
modo; pero de hecho, si puede decirse prácticamente, y en un
sentido relativo, ¿son igualmente posibles en no importa cuál
medio y sin tener en cuenta las contingencias? Sobre esto,
seremos mucho menos afirmativos, al menos en lo que concierne a
la realización; y eso se explica por el hecho de que ésta, en
su comienzo, debe tomar su punto de apoyo en el orden de las
contingencias. Puede haber condiciones particularmente
desfavorables, como las que ofrece el mundo occidental moderno,
tan desfavorables que un tal trabajo es ahí casi imposible, y
que incluso podría ser peligroso de emprender, en ausencia de
todo apoyo proporcionado por el medio, y en un ambiente que no
puede más que contrariar e incluso aniquilar los esfuerzos de
aquel que se libre a él. Por el contrario, las civilizaciones
que llamamos tradicionales están organizadas de tal manera que
se puede encontrar en ellas una ayuda eficaz, que sin duda no es
rigurosamente indispensable, como tampoco lo es todo lo que es
exterior, pero sin la cual no obstante es muy difícil obtener
resultados efectivos. En eso hay algo que rebasa las fuerzas de
un individuo humano aislado, incluso si ese individuo posee las
cualificaciones requeridas; así pues, no querríamos animar a
nadie, en las condiciones presentes, a comprometerse
desconsideradamente en una tal empresa; y esto va a conducirnos
directamente a nuestra conclusión.
Para nos, la gran diferencia entre Oriente y Occidente (y se
trata aquí exclusivamente del Occidente moderno), la única
diferencia incluso que sea verdaderamente esencial, ya que todas
las demás se derivan de ella, es ésta: por una parte, conservación
de la tradición con todo lo que implica; por la otra, olvido y pérdida
de esta misma tradición; por un lado, mantenimiento del
conocimiento metafísico; por el otro, ignorancia completa de
todo lo que se refiere a este dominio. Entre civilizaciones que
abren a su élite las posibilidades que hemos intentado hacer
entrever, que le dan los medios más apropiados para realizar
efectivamente estas posibilidades, y que, a algunos al menos, les
permiten realizarlas así en su entera plenitud, entre estas civilizaciones
tradicionales y una civilización que se ha desarrollado en un
sentido puramente material, ¿cómo se podría encontrar una
medida común? ¿Y quién pues, a menos de estar cegado por no
sabemos qué toma de partido, osará pretender que la
superioridad material compensa la inferioridad intelectual?
Intelectual, decimos, pero entendiendo por ello la verdadera
intelectualidad, la que no se limita al orden humano ni al orden
natural, la que hace posible el conocimiento metafísico puro en
su absoluta transcendencia. Nos parece que basta reflexionar un
instante sobre estas cuestiones para no tener duda alguna ni
ninguna vacilación sobre la respuesta que conviene darles.
La superioridad material del Occidente moderno no es contestable;
nadie se la contesta tampoco, pero nadie la envidia. Es menester
ir más lejos: en este desarrollo material excesivo, Occidente se
arriesga a perecer más pronto o más tarde si no se detiene a
tiempo, y si no viene a considerar seriamente el «retorno a los
orígenes», según una expresión que está en uso en algunas
escuelas de esoterismo islámico. Por diversos lados, se habla
mucho hoy de «defensa de Occidente»; pero, desgraciadamente,
nadie parece comprender que es contra sí mismo sobre todo que
Occidente tiene necesidad de ser defendido, que es de sus propias
tendencias actuales de donde le vienen los principales y los más
temibles de todos los peligros que le amenazan realmente. Sería
bueno meditar sobre esto profundamente, y no se podría invitar a
ello demasiado a todos los que son todavía capaces de
reflexionar. Así pues, es con esto con lo que terminaré mi
exposición, feliz si he podido, si no hacer comprender
plenamente, sí al menos hacer presentir algo de esta
intelectualidad oriental cuyo equivalente ya no se encuentra en
Occidente, y dar una apercepción, por imperfecta que sea, de lo
que es la metafísica verdadera, el conocimiento por excelencia,
que es, como lo dicen los textos sagrados de la India, el único
enteramente verdadero, absoluto, infinito y supremo.