EL CORREO
El buen barrenador vivía como un señor
IÑIGO INTXAUSTI, BARRENADOR. Iñigo Itxausti, con su equipo de La Arboleda, ganó la primera prueba del campeonato de esta especialidad, celebrado en Ortuella.
Ana Romero. BARAKALDO.
Iñigo Intxausti ganó, junto a Fertxi
García, José Fernández y Guillermo Rodríguez,
la primera prueba del campeonato de barrenadores de la Zona Minera y
Encartaciones, al lograr una marca de nueve agujeros y cuatro
centímetros. Sus manos sí son el espejo del alma.
¿Cómo las tiene nada más concluir la competición?
Con la piel levantada y rastros de sangre.
¿Puedo darle la mano? ¡Todavía le tiembla!
No creo que se rompa. Le mancharía más que otra cosa.
Ahora mismo, ¿qué le haría más ilusión,
recibir la txapela de campeón o un buen masaje?
Hombre, el masaje nos vendría muy bien. De todas formas, cuando
ganas, te gusta recoger la txapela. Si pierdes, de da un poco de rabia y
prefieres ir a la ducha.
¿Cómo le dio por hacer agujeros?
Mis abuelos fueron mineros. Mi ‘amama’, que tiene 85 años, nos
contaba que antiguamente el barreno movía mucho dinero. Aquello se
perdió, pero ahora se está intentando recuperar. Empezaron unos
chavales del pueblo y algún grupo de Ortuella.
¿En qué consistía el trabajo de barrenador?
Con la ayuda de una barra, tenía que hacer agujeros profundos
en la piedra para meter el barreno que, una vez explosionado, permitía
extraer el mineral. Tengo oído que no trabajaban ocho horas, porque
era imposible aguantar. El buen barrenador vivía como un
señor. Y no utilizaba guantes. ¡En cambio, mire yo! Con tacos y lleno
de sangre.
Al final, la máquina desplazó al hombre.
Es lógico. Aparecieron los martillos perforadores y se redujo
el número de trabajadores. Uno solo podía con lo que antes
hacían cinco. Luego comenzaron a organizarse campeonatos, que hemos
logrado recuperar después de muchos años. Eso es lo bonito.
Creo que la gente ya estaba un poco saturada de la típica fiesta con
aizkolaris, sin menospreciar, en absoluto, ese tipo de deportes.
Resuma las reglas del juego.
Cada equipo dispone de treinta minutos para realizar el mayor
número de agujeros; en este caso, de diez centímetros, sobre
una piedra de caliza. Para ello, disponemos de barras de hierro de doce
kilos que se templan en el Museo Minero de Gallarta. Durante la pueba, se
puede volcar agua sobre el agujero para enfriar la barrena y sacar el polvo.
piedras en los ojos
Verles en plena acción, entre
gritos y gestos de dolor, resulta estremecedor.
No es, especialmente, musculoso. ¿Más vale maña que
fuerza?
Si no tienes algo de fuerza, por mucho que quieras no aguantas.
Yo mido 173 centímetros y peso 84 kilos. Como no soy muy alto, me
aprovecho un poco y cojo muy abajo la barrena. No voy al gimnasio, pero
tengo mucha resistencia. Siempre he hecho deporte y se nota. El secreto
está en entrenar. Si no, acabas muerto.
¿Tiene problemas de espalda?
Por ahora no. Lo que sí tengo son agujetas por la noche. Pero
si calientas bien no aparecen las lesiones. Barrenar ayuda a combatir el
estrés.
En casa ¿es un ‘manitas’ o más bien un ‘manazas’?
Soy muy chapucero y ‘manazas’. Así que me tengo que dedicar a
esto, que no es trabajo fino.
¿Dónde pone el ojo pone la barra?
Es primordial, porque, si no, te desgastas. Ves que el agujero no
avanza. Como no atines bien y metas la barra bien derecha, desaprovechas
el golpe.
¿Es tan habilidoso para todo?
Ja, ja, ja... Si va por donde creo, yo lo intento.
Usted hace agujeros pero ¿tiene muchos que tapar?
Voy a decir que sólo tengo uno, porque si no, luego hay
leña.
¿Ha pensado en sustituir al botillero por un ‘caddie’ y dedicarse a
hacer hoyos?
Sería mejor negocio. Igual habría que pensárselo
cuando terminen el campo de golf de La Arboleda. No sudan y buen dinero se
llevan. ¡Y aquí no salimos de pobres!.
© godelet, 2001