LANTENO / LLANTENO

 

Artículo publicado en la revista Zaraobe de Ayala

Aiarako Zaraobe aldizkarian argitaraturiko idazkia.

 

Félix Muguruza Montalbán

 

 

A estas alturas, el lector de esta serie de artículos ya debe saber que intentamos dar una nueva perspectiva a la descripción de los pueblos que conforman el modesto municipio de Ayala, basándonos principalmente en los orígenes o curiosidades de sus nombres. Es decir, un apasionante viaje virtual sobre algo que es, surgió y existe única y exclusivamente en la mente de sus habitantes. Resultado de la capacidad específica del ser humano para simbolizar cosas reales –como es el caso de los pueblos concretos, palpables y materiales que un poco más arriba citábamos– a través de unos sonidos encadenados sin más guía que la preferencia caprichosa de alguno de nuestros ya muy lejanos antepasados o, por qué no, la pura casualidad.

Por ello, estudiamos un arte, una creatividad, con la ventaja de saber que fue creado sin pretensiones de posteridad y por ello, se viste con frescura y credibilidad como ninguno de los legados históricos.

Todo este quizá desconcertante prólogo tiene su explicación en que pocas veces un nombre da para tanto lingüísticamente, para poder disfrutar sin límite al sumergirnos en sus hechizantes atractivos.

Llanteno, el primer municipio ayalés en extensión y tercero en poblamiento, nos ofrece por lo tanto un nombre tan intenso que ensombrecería cualquier apunte histórico por lo que, a diferencia de otras ocasiones, evitamos dar ese tipo de informaciones complementarias.

Y ya metidos en harina, digamos que aparece “...et Mena, vel Tutela, et Lanteno cum omni pertinentia eorum.” en la donación de arras hecha por el rey navarro García VI y cuyo documento es recogido tanto por Balparda en “Vizcaya y sus Fueros” como por Llorente en “Noticias históricas” (vol. 3). El documento en cuestión –y por tanto la primera noticia de la existencia histórica de Llanteno– es de 1040. Dicho documento también está recogido por Rodríguez de Lama en su “Colección de Documentación Medieval de la Rioja” con alguna pequeña variante (“...et Mena uel Tutela et Lanteno...”) y descrito como la “carta de arras dada a Doña Estefanía por su marido”.

Por otra parte, en la documentación medieval del monasterio de Leire, aparece un documento fechado en 1047 y que dice “...senior Galindo Berascoiz, dominator Lanteno, confirmans.”. Dicho documento trata de una donación del rey García de Nájera al obispo Sancho.

Hemos incidido en este apartado referente a la documentación porque, en los trabajos referidos a Ayala, nunca han sido citados –por evidente desconocimiento– los referentes históricos a la forma Lanteno por lo que la mayoría de sus habitantes ha pensado y piensa que dicha denominación es fruto de un capricho.

En cualquier caso, la forma Llanteno, la que actualmente es hegemónica en el uso, levanta la mano allá por el año 1114 en un “...Munio Lopez de Llanteno fidiator” ya recogido por Balparda en su celebrado libro “Vizcaya y sus Fueros”.

El origen tanto de Lanteno como de Llanteno se encuentra en un tipo de hierba, llamada llantén, y cuyo origen es el latino plantago, -aginis. Se trata de una pequeña planta con diferentes variantes, aunque las más reconocibles son dos, el Plantago lanceolata, conocida con el sobrenombre de “llantén menor” y que posee unas pequeñas pero delicadas florecillas en la parte superior de unos largos tallos. La otra variante es el Plantago major, también conocido en Álava como “lentel”, “plantaina” o “pan de pájaro” por lo apetitoso de sus minúsculas semillas que, en ramilletes, enloquecen a los pájaros. Sus aplicaciones en la medicina popular son muchas. Por nuestra parte, se tiene constancia de que ha sido usada en Ayala –más concretamente en Erbi– para, una vez machacada, curar las heridas y facilitar la cicatrización. En cualquiera de los casos, las plantas de llantén son muy abundantes y las podemos ver en cada ribazo o borde de nuestros caminos.

Pero no finaliza aquí lo llamativo de este nombre. La misma palabra llantén decíamos que procedía de un más antiguo plantago. Y este a su vez lo hace de otro término latino, planta “planta del pie”. Al parecer se denomina así porque las hojas del llantén son alargadas y poseen cinco nervaduras notables que se asemejan con el pie, con sus tendones que se marcan para movilizar los respectivos dedos.

Sin salir de este entorno, no podemos pasar por alto sin citar la curiosidad de que de dicho planta surgió el verbo plantar “poner en tierra apretando con la planta del pie”. Y de ahí, de nuevo planta con el significado de “vegetal” o algo que “puede ser plantado”. Pero todo ello sin salir del marco de la cultura latina.

Otro asunto será el paso que el castellano dará de plantago a llanten, con una evolución del grupo inicial pl- > ll- y que se da en torno al año 1000. Es curioso que, mientras que la palabra llantén no está documentada por escrito hasta el año 1495, el sonido inicial debió ser ll- desde mucho antes, al menos a la vista del Llanteno (1114) más arriba citado.

Ahondando un poco más en lo que antes apuntábamos y para no desprendernos de este rebozamiento de la más pura lingüística que ya nos envuelve, diremos que las palabras cuyos sonidos iniciales eran fl-, cl- o, como en nuestro caso, pl- eran especialmente incómodas de pronunciar para los habitantes de hace mil años. Por ello, lo solucionan mediante “salidas de emergencia”. Así, los castellanos articulan un sonido muy bárbaro y vulgar para aquella época pues anteriormente no existía. Se trata de la ya normal y habitual ll-. Entre los muchos ejemplos: flamma > llama, clavem > llave, clamare > llamar, etc. Y con el pl-, plaga > llaga, planus > llano, plorare > llorar, pluvere > llover. Por ello no ha de extrañarnos que de (plantago >) plantaginus > Llanteno (> llantén). Excepciones no evolucionadas como planta, plano, etc. deben entenderse como cultismos.

Por el contrario, los vascongados, nada lejanos geográficamente ni lingüísticamente (recordemos aquella definición de Menéndez Pidal del castellano: un latín vulgarmente hablado por vascoparlantes) solucionaron el problema convirtiendo los molestos fl-, cl- y pl- de comienzo de palabra en una l- más cómoda y agradable para la mentalidad de la época. De ahí flamma > lama “resplandor”, florem > lore “flor”, clarum > laru “pálido”, claustrum > laustro “refugio”, clucca > loka “clueca”. Y para pl-, similar al del nombre que investigamos, placet > laket “gustosamente”, planum > lau “llano”, pluma > luma “pluma”, planca > langa “barrera rústica”...

Por ello no tenemos ninguna dificultad para entender una hipotética evolución de plantaginus (variante adjetiva de plantago) a Llanteno para los castellano hablantes y a Lanteno para los vascoparlantes. E incluso no sería de extrañar cierto desorden en el uso de una u otra forma por parte de las dos comunidades lingüísticas.

Hasta aquí todos conformes: cierta planta da el nombre al pueblo que nos ocupa, pudiéndose decir Lanteno en euskara –siendo esta la forma más antiguamente documentada– y Llanteno en castellano. Y así ha sido reflejado en las señales indicadoras, etc. hasta que ha surgido un nuevo elemento perturbador: la recomendación por parte de la Academia de la Lengua Vasca, Euskaltzaindia, para usar en ambas lenguas la única denominación Llanteno. Y su reflejo es patente en la desconcertante renovación de las señales de tráfico tras las obras de circunvalación del pueblo.

El cambio ha sido motivado por la existencia de nombres como Llantenogarai en Menagarai o Llantenourrutxi en el mismo Llanteno. De origen indiscutiblemente euskaldún, reflejan el uso de la forma Llanteno por parte de los vascoparlantes. Por ello, se ha rectificado y se ha adoptado como forma apropiada y única la ya citada Llanteno, relegando al olvido y desaparición la forma Lanteno.

Evidentemente, y lejos de hacer un ejercicio de modestia, no somos quiénes para atrevernos a poner en tela de juicio la decisión de una Academia cuya palabra, nos guste o no, siempre es la ley. Y normalmente una ley de consenso con lo que a su favor ello dice. Pero tampoco queremos renunciar al derecho que nos asiste de, al menos, poder opinar.

Y apoyándonos en ese derecho que éticamente nos asiste, creemos, por tanto, que es una decisión desacertada por varios motivos. El primero, que desde que se tiene memoria se ha utilizado la forma Llanteno. Propuesto por Euskaltzaindia, se adopta la forma Lanteno como versión euskaldún para, pasado un tiempo, volver a eliminarla. Ello no crea más que desconcierto y la imagen de que, muchos de los nombres propuestos por la Academia, son producto de antojos caprichosos. Por ello, las decisiones deben ser meditadas más profundamente.

Segundo, se ha dado absoluta preferencia al uso reflejado en unos topónimos concretos (que por otra parte nadie nos garantiza que no sean producto de una “corrección” a la vista de que el nombre del pueblo más extendido era Llanteno, siempre impulsado por la oficialidad) en detrimento de las formas históricamente documentadas y, aún más, a las evidentes evoluciones fonéticas. ¿Por qué no, siguiendo el mismo proceder, se desautoriza el uso de Gasteiz a la vista de topónimos como Bitoriabide (Argómaniz) o Bitoriabidea (numerosos en toda la Llanada), Bitoriabidegana (Mendiguren), etc. para adoptar como euskaldún la forma Vitoria o Bitoria? A la vista está que resulta extraño. ¿Acaso no ha sido rescatado a través de los documentos el nombre Arespalditza? ¿No usan todos los euskaldunes de la comarca Respaldiza sin más, simple y llanamente por que la oficialidad de siglos ha hecho desaparecer la forma original? or lo bochornoso del asunto– para rectificar la decisión adoptada.

Desgraciadamente y por lo bochornoso del asunto creemos que no va a ser posible una rectificación. Sirvan estas líneas impertinentemente subidas del tono habitual como mi particular requiem para con el nombre Lanteno, históricamente primero en denominar al pueblo que nos ocupa, pero azuzado en el pasado, presente y futuro hacia precipicio del olvido.

Y si extenso era el territorio de Llanteno, extenso es también este artículo. Más aún si atendemos –al igual que hemos hecho en otras ocasiones– al nombre de sus barrios. Por lo numeroso del listado, habremos de desarrollarlos escuetamente. El primero, Basaburu, está compuesto por baso “bosque” + buru “cabeza, parte alta, final”. Su significado evidente “la parte alta o final del bosque”. Ha sido pronunciado como Basabru, con una pérdida de vocal intermedia solamente posible a través del acento en la segunda sílaba: Basáburu.

Por otra parte el barrio de Ureta forma su nombre de ur “agua” `+ eta “sufijo pluralizante”, es decir “las aguas”.

Otro barrio, Satia, posee un origen más enigmático. A nuestro entender se trata de un nombre de persona –como nos ha sucedido en tantas ocasiones– aplicado al terreno: el femenino de Sattius. Similar al Satea en Ujué (NA) o, evolucionando, visible en los apellidos Sathariz, Sataro, etc. La acentuación del nombre de dicho barrio es Sátia.

El barrio Petiz no es menos intrigante. Su terminación en –iz nos aconseja pensar en un derivado de nombre de persona. Paralelo debe ser el apellido de Lapurdi Petez y el origen de nombres tan enigmáticos como Petilla de Aragón (NA), etc. Documentados están los nombres latinos Petelius, Petilia, Petolus, etc. Todos ellos parecen exigir la existencia de un anterior *pet(i)us que solucionaría sin problemas nuestro dilema.

Otro barrio se conoce como Dañobe. Nombre tristemente interesante para tan grandes limitaciones de espacio. Son conocidos los apellidos Condañobe (Ibarrangelua), Dañobeitia o Daño. A nuestro entender, debe tratarse de un –para el primero de ellos– “Conde de Añobe”. Así las cosas, nuestro nombre sería “De Añobe” (similar a De Huarte > Duarte). El nombre Añobe es conocido como apellido y pueblo en Navarra. Así mismo, existen Añoa (GI), Añorga (GI), Añua (AR), Añués (NA), etc. los que nos hace pensar en un nombre de persona, el cual nos parece inevitablemente relacionado con el nombre Annius, cercano tal y como vimos en el artículo referido a Añes.

La denominación de otro de sus grupos poblacionales, Labarrieta, es de un clarísimo origen Olabarrieta por lo que nos resulta extraño que no haya sido este segundo adoptado como forma oficial. Su origen ola “ferrería” + barri “nueva” + eta “pluralizante”. Por lo tanto se trata de un “(las) ferrerías nuevas”. El cambio de Olabarrieta a Labarrieta se documenta desde antiguo por la afición del castellano a eliminar la vocal inicial: “María de Labarrieta”, vecina de Llanteno en 1594.

El término Garabilla, otro barrio, ha de surgir a partir de gar “alto, monte” (bien visible en garai, garate, etc.) + bil “redondo”. Es decir, “alto redondo”, algo muy apreciable vista la orografía del lugar. Ya se documenta en 1515: “Iñigo de Garavilla”. Muy similar en estructura y significado sería el topónimo Mendibil “monte redondo” y nombre de lugar en Izoria, Luiaondo, Lanteno, Madaria, Menagarai, Ozeka, Arespalditza, Salbantone...

Respecto al nombre del barrio Lapetaratxe, el desconcierto nos invade de nuevo ya que se documenta como Lopetaratxe, Opetaratxe, Apetaratxe, Petaratxe o Laxetalatxe. Ante ello, optamos por adoptar una arriesgada pero factible Lope “Lope, nombre propio de persona” + etxe “casa”. Los términos intermedios, tan dudosos como este planteamiento, podrían ser eta, sufijo a veces unido a nombres de persona (Marieta,...) y ara, ídem, tal y como explicábamos con el nombre Gotara en el artículo referido a Erbi. Pero creemos que la complejidad del nombre en cuestión –especialmente en lo referido a sus variantes documentales– exigiría un trabajo más exhaustivo y extenso para emitir un juicio con unas mínimas garantías.

Referidos al nombre Zalduerte, es evidente que se trata de un Zalduarte “entre bosques” a partir de zaldu “bosque”. En el ya desaparecido dialecto roncalés, dicha palabra significaba “arboleda donde sestea el ganado”. En cualquiera de los casos, su origen es un saltus “bosque” latino y que es el punto de partida para todos los sautu, sautua, souto, soto, etc.

Otro nombre no menos curioso es el que denomina al barrio La Mota. Nos encontramos ante un nombre que para los lingüistas es de origen prelatino. Su significado es de “pequeño cerro”. Y con tal sentido se usa en castellano desde, al menos, 1218. En el lenguaje militar también ha sido usado para designar un terraplén sobre el que se sitúa una fortificación o castillo. Por eso, a veces, designa a los castillos y, otras, a las montañas en sí. Dicho nombre está muy extendido en la geografía tanto española (Mota, Mota de Altarejos, Mota del Marqués, Motilleja, Motillas, etc.) como francesa (La Mothe, La Motte, Lamotte, etc. ).

Otro de sus barrios, Pizparrutxi, nos vuelve a crear problemas. Muy claro es su último componente barrutxi, variante de barruti y que designa los pastos cerrados. Además, al menos en Gorbeia (Orozko), se llama así también a los pastos en gran pendiente. Pero la primera parte del nombre Piz... nos resulta irreconocible por su indefinición. Podría tratarse de un López, apaiz, etc pero no son sino simples conjeturas sin ningún tipo de fundamento. Sea como fuere, el término barruti se forma por barru “dentro” y ti, un misterioso sufijo que intensifica los topónimos: Beitia, Goitia...

Para el nombre del barrio Inorriza contamos con la ventaja de conocer cierta documentación antigua. Así vemos su evolución. Juan de Inurriza (1512), Inorriza (1512), “la mitad de la rueda –molino– Inorza”, (1586), Iñurriza (1614). Ya en 1775 tenemos un más cercano “...propietario del molino de Inorriza de Llanteno.” Sólo podemos explicar el paso Inorriza > Inorza a través del acento: Inórriza. Como veíamos en el apartado documental, se trata de una palabra mucho más inestable de lo habitual. Su origen es una palabra con muchas variantes y que designa “brezo”. La forma original parece haber sido i(n)aur(ri). Muy visible en Inordio (ant. < Inordui) en Luiaondo. Incluso actualmente es utilizada en Ayala la palabra inarra o iñarra para definir la “escoba” rústica realizada con brezo alto. Aunque este no sea el caso, a veces, la suma de r+z produce un resultado s. Entre ellos lizar + zu > Lizaso, elor + zu > Elosu, ezkur + za > Eskusa, lur + zahar + eta > Lusarreta. De ahí que, muy similar en su significado y forma, exista el pueblo cercano de Inoso, formado a través de inaur + zu.

Respecto a Basualdo digamos que se trata de baso “bosque” y altu “alto”, sin que sepamos si se trata de “bosque alto” o “alto del bosque”. En un proceso de petición de limpieza de sangre (demostración de la hidalguía genealógica de una familia) aparece un Juan de Basualdo en Llanteno en 1609.

Es evidente que el nombre de otro grupo habitacional como es Txabe proviene del más antiguo Etxabe “parte de bajo de la casa”. Pero ya decíamos al hablar de Labarrieta que el castellano con frecuencia hace desaparecer las vocales a principio de palabra.

El significado del nombre corrspondiente al barrio Mimenza es “lugar de mimbres”. Ya nos referimos a dicha planta al hablar del barrio Mimena de Beotegi. El nombre en euskara es mimen, muy visible en apellidos como Mimenza, y su origen está en el latino vimen ”mimbre”.

Una vez más, el nombre de otro barrio, Abiega, nos pone en una situación incómoda. Siembre ha sido planteada como solución más acertada el hacerlo proceder de habe “columna” o “árbol” en el euskara arcaico. Pero por nuestra parte, preferimos apostar por un claro nombre de persona Abbius, muy conocido y extenso en la época romana al que le ha sido añadido un sufijo adjetivador. Significaría “(casa o tierra) de Abbius”. Es similar al Arsenius > Arseniega > Artziniega que osadamente propusimos en su día. Y, en fin, se trata de la misma terminación que Noriega, lebaniega, Samaniego, labriego, veraniego, etc.

Uno más, Txabarri, poco nos deja que aportar. Sólo que se trata de un Etxabarri “casa nueva” cuya vocal inicial le ha sido sustraída, tal y como ya nos sucedió al observar los nombres Labarrieta o Txabes. Cabe acaso decir que a la hora de oficializar dichos nombres se deberían haber adoptado los originales ya que no tiene sentido presentar un nombre de génesis vasca al que se le aplica una evolución propia del castellano. Es en 1792 cuando un muy malhumorado “Francisco de Velasco y Chavarri, vecino de Llanteno” hace aparecer dicho nombre al poner una demanda contra el propietario de un buey que le había comido parte de su campo de trigo. Curioso cuando menos.

Y para finalizar este más que extenso periplo por tantos y tantos barrios, lo haremos por medio de Ibaizabal, vía de salida de Llanteno y cuyo nombre ya comentamos al hablar de dicho lugar en el artículo sobre Costera. Allí avisábamos que tan bello barrio es límite entre Costera, Menagarai y Llanteno. Su nombre, de ibai “río” + zabal “ancho”, ya lo decíamos, se pronunciaba Ibáizabal por los habitantes más mayores del lugar. Los jóvenes y los extraños, por ignorancia, pronuncian un incorrecto Ibaizábal que cada vez gana más terreno.

Aunque parezca una incongruencia, queda acabado el artículo sobre el infinito Llanteno. Un nombre que da mucho de sí. Debió designar además una comarca mayor a la vista de nombres como Retes de Llanteno. Por otra parte, esa relación que parece interminable de barrios, deja a varios que fueron pero no lo son, al menos desde el punto de vista de la oficialidad: Lezalde, La Cabaña, Ulierte, La Serna, Pigueresa, Puente de Tabla, Ioregi...Una riqueza inagotable que daría más para un pequeño libro que para un artículo tan modesto como el presente. Y ello sin adentrarnos en su intensa historia, con sus bravas casas torre y el mayorazgo de los Murga entre otros.

Todo un regalo para cualquier apasionado de nuestra tierra, ahora que ya quedan lejos aquella primera parte de este artículo –dividido por razones de espacio– y la opulencia de las frenéticas pero cálidas Navidades.

 

Félix Muguruza