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Camino - La Escórpora
Peregrino viaje iniciático a Compostela
Prólogo - Contacto - PreparaciónPrólogo La verdad es que yo quería hacer una bonita excursión por los Pirineos oscenses, y así empezó la cosa. Pero no hay más que tener amigos como estos para que no te hagan falta enemigos. Todo comenzó con una llamada de teléfono.
Texto e Imágenes: mundofly Contacto
Y es que, gustándome el andar en bici, llamé a mis compañeros de estudios (algunos) y de trabajos (los menos) con el sano propósito de engañarles para que se vinieran a realizar un pequeño paseo por la montaña. Y tan bien les engañe, que en pocos minutos de conversación eran ellos los que me habían convencido de peregrinar a Santiago de Compostela, con el fin (obscuro) de expiar nuestros pecados, y el más claro de realizar una, limitada, gesta deportiva. Qué conste que yo opuse gran resistencia, de resultas de la cual el viaje no se iniciaría en Roncesvalles sino, mucho mejor, en Jaca (que está más lejos, ya supondréis). Preparación
Y así comenzamos nuestra preparación, que consistió, principalmente, en largas charlas, buscar algún mapa e, incluso, un paseo por el madrileño Retiro, que es lo más parecido que encontramos a Foncebadón, gran ogro de los ciclistas. Desde luego, no parecía una pretemporada muy fuerte, pero claro, no lo íbamos a hacer fácil.
El soporte - La escórpora - La bendiciónEl Soporte
Afortunadamente para todos, Rosa se propuso como soporte técnico, y nos facilitó mucho el entreno. Porque, total, si no íbamos a llevar alforjas, ¿para qué entrenar tan duro?. La Escórpora
Si acudimos a un buen diccionario, descubriremos que una escórpora es... ¡Dios mío, no pone qué es una escórpora!. Intentaré explicaros el término, aunque eso nos lleve un poco para atrás, hasta el día 1 de junio del año de Nuestro Señor de 2001, en el cual recibimos en nuestro domicilio de Zaragoza la visita de unos cabezas rapadas, aprendices de peregrino, que con nombres de José Luis y Ángel pretendían participar del conocimiento. Recibiles yo de la misma guisa, es decir, pelón, y Rosa con expresiones de terror, no tanto ante la aventura que se avecinaba como ante nuestra no muy agraciada presencia capilar. Total que cargamos la impedimenta y nuestros propios cuerpos en la furgoneta y emprendimos viaje hasta el punto de partida, Jaca en este caso. La Bendición
Habíame conseguido yo unas credenciales de peregrino, en la propia iglesia de Santiago, en Jaca, donde la tradición dice que se deben conseguir. A cambio, el señor párroco, es decir, nuestro amigo Fernando Jarne, nos invito a participar en la misa de peregrinos, cosa que hicimos gustosos. Al acabar la misma, los partícipes, unos ocho o diez, fuimos llamados hasta el altar y recibimos una bendición peregrina, y unas palabras de ánimo que, sin ninguna duda, no nos vinieron nada mal. Allí comenzamos a ver cual era el espíritu del camino. Mucha gente con el mismo empeño, cada uno a su marcha y cada uno por sus motivos. Solo coincides en la meta. Curioso, muy curioso.
La bendición - Desde el atrio - En el ríoLa Bendición
No, no se trata de un error de imprenta. Es que, no contentos con una bendición peregrina y un sello en nuestra impoluta, hasta entonces, cartilla, nos fuimos a la catedral de Jaca, a visitar el museo románico. Este viaje, entre muchas otras cosas, merece la pena aunque solo sea por sumergirte en el mundo del románico. Qué mejor que hacerlo en esa catedral. Y tan es así que Mosén Miguel decidió sellarnos de nuevo nuestra credencial, y volver a bendecirnos (luego se demostrará que toda bendición es poca). Y nos dijo unas palabras proféticas: -¡Peregrino, no hay camino!
¡Qué razón tiene Mosén Miguel!
Tras este interludio espiritual, decidimos volver al mundo terrenal, y nos encontramos con unos compañeros, Ángel (Senior) y Arturo que, dispuestos a realizar grandes gestas alpinísticas esa misma noche, decidieron, prudentemente, cenar y beber primero de una manera copiosa. Y así lo hicimos todos en alegre compañía, en el Parador. Desde el atrio
Desde el atrio de la catedral de Jaca, a la mañana siguiente, decidimos salir. Fotos de rigor y despedida de amigos y familia, y comenzaba la aventura. Sencilla y cuesta abajo, entre la carretera y el río, la existencia era plácida. El Camino está señalizado con unas flechas amarillas que pueden aparecer en cualquier parte: en el suelo, en un árbol, en una piedra, en un mojón. Infinitas flechas indicando todas hacía el mismo sitio. "Es imposible perderse" nos han dicho algunos veteranos en estas lides. Pero eso es porqué no nos conocen. En el primer cruce, y sin ninguna vacilación ni duda, sin ningún remordimiento, cogimos el camino que no era. Esto resultó, a la postre, toda una premonición de la constante que nos acompañaría durante más de ochocientos kilómetros. Ya nos lo había dicho Mosén Miguel el día antes: "Peregrino, no hay camino". En el río
Y entre idas y venidas, hallazgos y pérdidas, encontramos el puente de Puente la Reina de Jaca, sobre el río Aragón, primera parada concertada con Rosa y Santiago, para un almuerzo (que el espíritu es fuerte, pero la carne más, y la nuestra pedía comida). ¿Qué quien es Santiago? Bueno, no es muy fácil de explicar, pero como acababa de detenerlo la policía, lo intentaremos.
Historia de Santiago - Mars attack - Barro sólidoHistoria de Santiago
Santiago es negro. Y zaino. No es que seamos racistas, o al menos no por este comentario, pero Santiago es negro y muy negro. Como Rosa se "ofreció" para ser nuestra logística, creímos conveniente regalarle algo, como detalle de agradecimiento. Y como le gusta coleccionar imágenes de vacas, les sugerí a mis compañeros que se consiguieran una vaca de peluche. Ya hemos quedado que nuestras conversaciones nunca quedan en un punto muy claro: si les digo de hacer una excursión en bici nos hacemos cientos de kilómetros; si les digo que tal vez una vaquita de peluche sea un buen detalle, se presentan con un morlaco que, por si solo, ocupará por derecho una plaza completa de la furgoneta. Y puestos a ponerle nombre, le llamamos Santiago, cosa de fácil entendimiento. Claro que eso no explicará el porqué fue detenido: resulta que mientras nosotros hacíamos eses por entre los diferentes caminos, Rosa se desplazaba, como la gente normal, por la carretera. Y mira tú, ese día la policía decidió realizar un control rutinario de carretera. Y en un control rutinario, una furgoneta conducida por una señorita, con equipaje completo como para cuatro personas, y un verraco de peluche que, para endulzar su presencia, lleva un lacito al cuello, sentado cómodamente en el asiento del copiloto, no parecen como muy normales. Así que llega el momento de explicarlo todo. Y la explicación es aún más increíble que las apariencias. Bueno, todo se resuelve y nuestro almuerzo llega, aunque con algo de retraso, al punto convenido. Eso si, pensamos todos que, si fuéramos malas personas, pasaríamos los controles como peregrinos jacobeos. El caso es que, entre tantas revueltas del camino, ni nosotros vimos a los polis. Mars attack
Decidimos, cargados de razones, ir por la margen derecha del río. Cargados de razones porque portamos tres o cuatro guías del camino, algunas de prestigio. Y digo portamos porque las usamos, fundamentalmente, para mortificarnos, ya que, pese a ellas y, principalmente, por no consultarlas, nos perdemos una y otra vez. Esto es una tónica dominante, par de palabras que no significan nada y, como todo músico sabe, son incompatibles, pues si es tónica no es dominante y viceversa. Así que, como decía, si no cargados de razones y cargados con los libros, tomamos la decisión, sabia a la postre, de tomar la margen izquierda del río Aragón. La decisión es sabia no porque nos libre de perdernos, ni siquiera porque nos lleve por buenos senderos. La decisión es sabia porque nos permitió admirar unos paisajes maravillosos que, si tuviéramos que describir, no hay duda que lo haríamos como "marcianos". Barro sólido
Y digo marcianos no porque fueran extraños sino, más bien, porque seguro que en el planeta Marte serán así. Roca calcinada, barros de consistencia pétrea, ríos rojizos de fondos engañosos. Acabamos de empezar y ya disfrutamos de cierta belleza "escondida". Esto no son los grandes paisajes pirenaicos, ni el campo soñado en la ciudad. Pero es ciertamente bello.
Cuesta abajo - Ruesta - Cuatro CaminosCuesta abajo
Aunque el Camino sale de una altura superior a la que acaba, he llegado a la conclusión que es todo cuesta arriba. Debe ser algún misterio de la Física, algún enigma sin resolver. Y dado que yo no subo bien ni por las cuestas abajo, descubro otra constante peregrina: en cuando el camino se empina (siempre, por otra parte) me descuelgo de mis queridos compañeros. Esto es duro, pero es así. Con lo que la subida hasta Ruesta, próxima parada y fonda, se me hace eterna, imposible, desoladora. Se me ocurren más adjetivos, pero como queda mucho trecho, y en el mismo muchas cuestas, ya los usaré. Por entre un bosque de pinos, con el sol en lo alto, comienzo el entrenamiento mental que hará posible que suba, como sea, hasta las cuestas abajo... Ruesta
Ruesta es un pueblo abandonado con la construcción del embalse de Yesa. Hace pocos años, una central sindical retomo el lugar para crear un albergue, y se está comenzando a restaurar el entorno.
Pero casi todo está por hacer allí. Aprovechamos para hacer una parada, un bocadillo y una siesta, antes de lanzarnos por las calles abandonadas en persecución del Camino. Cuatro caminos
No es que el Camino se escape, es que no lo encontramos, que no es lo mismo. Buscando, buscando, hallamos una fresca fuente y un camping abandonado en mitad de ninguna parte. El Camino no lo hallamos, pero como solo había uno supusimos que sería ese. Ante la duda, arriba o abajo, que nos embargaba, aplicamos la lógica y decidimos, sin duda, que era para el lado malo, es decir, para arriba. Así, casi sin querer, nos encontramos la primera dificultad montañosa importante del Camino. Y vistas todas, posiblemente la mayor, aunque tal vez sea porqué fue la primera y nos pillo a contrapie. El puerto de Cuatro Caminos, una buena pista que asciende entre pinos hasta los mil metros de altura. Hasta Ruesta, a intervalos regulares, hemos encontrado peregrinos. Desde allí, nadie. Hay flechas amarillas, no estamos del todo perdidos. Me quedo solo con mis circunstancias, mis coperegrinos corren como liebres (o eso me parece) y hago lo que no he hecho en mucho tiempo: pie a tierra en algunos tramos de pendiente excesiva para mí. Pero sin parar, siempre hacía arriba. Una curva, otra curva, el cielo, el sol. Calor, calor. Y siempre hacía arriba. Tras cada cuesta, una nueva. Tras cada curva, otra cuesta. En una piedra hay, sujetas con otras piedras, unos poemas escritos en papeles. Uno está en español, no es muy bello pero es sentido. El otro, en holandés.
Todo no es divertido en el camino. Esta cuesta no se acaba nunca.
No iba tan despacio - Insisto, ¡no iba tan despacio! - Fin de las flechas, estamos en NavarraNo iba tan despacio
He coronado el puerto, yo solito. Comienzo a bajar, despacio, casi disfrutando de no tener que dar pedales. Hay un pequeño cruce y, muy bien señalizado, tomo a la izquierda. Cuando giro una curva, una gran extensión del Camino aparece ante mis ojos. Ni rastro de los peregrinos. ¿Tan despacio voy? Bueno, acelero y comienzo a bajar algo más deprisa, por los restos ciclópeos de una calzada romana, destrozada por los años o, mejor, por los tractores y la desidia. Entre bote y bote pienso en que, tan despacio, no llegaré nunca. Suena el teléfono. Si, llevamos teléfono ¿qué pasa?, la tecnología no creo que esté reñida con el peregrinar. Los coperegrinos me gritan, vía GSM, que espere, que no me alcanzan. Esto es otro misterio, yo no les he adelantado en ningún momento, ellos iban más deprisa que yo. La mano del Santo está tras este hecho, seguro. Así que paro para mear e intentar aclararlo. Mientras me alivio, pasan dos misiles tierra-tierra, montados por Ángel y José Luis. ¡Malditos, para eso os espero! Monto y comienzo a bajar, pero cada vez los veo más lejos. Esto es desesperante, ya no los alcanzo ni cuesta abajo. Insisto, ¡no iba tan despacio!
Así que bajo con bellísimas vistas de hasta Sos del Rey Católico, que no puedo ver porque bastante tengo con ratear entre las losas de la calzada, intentando no perder demasiado tiempo con estos monstruos del pedal. Tomo una curva, con la prudencia que guía mis pasos, es decir, con una velocidad un poco por debajo de aquella que me impide ver por el rebote de los ojos en sus cuencas. Tras la curva, ¡sorpresa! mis amigos me esperan. Son buenos mis amigos, pero no por esperarme, que no me esperaban los muy (censurado), estaban allí por pinchazo. Saint Jacques parece de nuevo interviniendo a favor de un pobre y cansado peregrino. Aprovecho para reponer fuerzas e intercambiar improperios, y de paso para intentar averiguar como podían ir más deprisa que yo y tardar más en llegar a los sitios. Cuando retomamos las bicis para seguir, nuevo pinchazo. Unos minutos más de respiro. Fin de las flechas, estamos en Navarra
Un monolito pétreo nos indica el fin del Camino en Aragón y el inicio de Navarra. Navarra nos deparará muchas sorpresas, unas buenas y otras malas, pero comenzamos con las malas: el camino aragonés, en Navarra, apenas está indicado. Será por la competencia con el camino navarro. Buenas pistas, sin apenas cuestas, nos llevan por el atardecer hasta la ciudad de Sangüesa, donde Rosa nos espera haciendo kilómetros en su bicicleta.
¿Quién da más? - ¡Conozco un atajo! - Sabemos contar¿Quién da más?
Lo primero de todo es ir a sellar nuestra credencial en el albergue peregrino. Allí lo hacen con indiferencia, deben estar hartos de ver gente como nosotros. Al salir, una monja-alférez nos dice que mañana, a primera hora hemos de levantarnos, que es domingo y tienen que arreglar todo antes de la misa. Nos miramos, y respondemos que nos vamos ahora mismo, que por nosotros no se preocupe. Cambio de registro, ahora todo son ofertas para que nos quedemos. Hay ropa limpia, camas cómodas, piscina. Parece una ciudad de vacaciones en lugar de un albergue. Le agradecemos la atención, pero preferimos ir al camping, donde un bonito bungalow nos espera, con ducha para ciclistas y monturas. Y una buena cena. Ángel y José Luis se van a ver la ciudad, tras la cena. Yo me desmayo en la cama. Mucho puerto para tan pocas piernas... ¡Conozco un atajo!
Todos sabemos como va a continuar esto. Si no lo habéis adivinado, sois duros de entendederas. Salimos de Sangüesa por el puente de hierro, camino de Aiba, por donde pretendemos acortar, pues las guías, copias unas de las otras, nos dicen que hay un tramo no ciclable, que intentamos evitar. Por la carretera comarcal, que parece una autopista, fácil camino hasta ese lugar. Que nos recibe con una cuesta en su calle de entrada, de tamaño natural. Yo, fiel a mis costumbres, pie a tierra y para arriba. No voy más despacio que mis compañeros. En el primer cruce, cada uno toma para un sitio diferente. Nos volvemos a encontrar al poco, en un precioso rincón de la población, pero no sabemos donde está el Camino. Nadie lo sabe, de hecho, no pasa por allí. Bueno, por el puerto de Aiba si que pasa, así que vamos hacía allá por la carretera. Nos dicen en el pueblo que la carretera esta cortada, por obras. No nos arrendamos ante tan pequeño inconveniente, y hacía allí vamos. Efectivamente, la carretera está cortada por obras. Nosotros, seguimos pese a todo. Un viento huracanado hace aún más difícil, si cabe, la subida. Aquí somos solidarios y subimos todos juntitos, aunque yo voy muy, muy justito. Cuando casi coronamos el puerto, una flecha amarilla marca justo en la dirección en la que venimos. Pues no vamos a bajar ahora que hemos subido. Ya imagináis lo que es esto ¡nos hemos perdido! Uno se acostumbra a todo, así que no nos importa nada y seguimos hacía delante. La lógica indica que, si estas perdido y hay una cuesta, es para arriba. Y eso hacemos. Sabemos contar
Ni que decir tiene que no era para arriba, pero parecialo. Total que ascendimos por la pista que unía algunos aerogeneradores. Era dura, pero era una pista. Tras vagar por un paisaje extraño, sobre la cuerda de una montaña, apareció de pronto un viejo automóvil con sus ocupantes. ¿A Monreal se va por aquí? Claro, respondieron. Al final de los molinos, antes de la antena de televisión, sale una pista que va a Monreal. Lo teníamos chupado. Así que nos lanzamos a por el siguiente molino. Y a por el siguiente. Había incluso un refugio con ciclistas (armados de morapio, recuerdo). Entre molino y molino, un descenso y otra (brutal) cuestita. Otro molino. Y otro, y otro, y otro. Algún ciento de molinos después, aparece la antena de televisión, y a su izquierda la pista. A Monreal. Potente descenso por una pista de grava, entre avellanos. Salimos a un pueblo donde una flecha amarilla, en una pared, nos dice que al río. Vadeamos y, por entre un bosque, por un sendero precioso, nos acercamos a Monreal, que duerme bajo la Higa. Parada, sello en el bar, y bocadillo. Estamos quemados, estamos cansados pero, al menos, ya no estamos perdidos.
La venganza es sólo mía - Repetimos - Se acabóLa venganza es solo mía
Al salir del pueblo, adivináis, nos equivocamos de camino. La verdad es que el elegido era bucólico y pastoril, era una elección muy adecuada. Solo que no iba a ninguna parte. Así que volvemos sobre nuestros pasos, y recomenzamos desde Monreal. Subiendo por sus calles, cuesta arriba, claro, y viendo que pierdo comba con mis colegas, un paisano me pregunta por la calidad de la gasolina de mis compañeros. Será eso. Salimos, ahora sí, a una pista-sendero, con flechas amarillas. A la derecha vemos los restos de un crucero, junto a la carretera. Es una tarde de verano, hace sol, mucho sol. Amenazo a los peregrinos con pegarle un tiro al que vuelva a tensar la marcha. Y así vamos, pedaleando felices por el campo, sube, baja, vuelve a subir. Ángel, en segunda posición del trío, escucha un disparo tras él. José Luis, en cabeza y tirando del grupo, cae derribado al suelo. La pregunta es: ¿en que lugar de la bici se puede trasportar una escopeta? Repetimos
La secuencia que Ángel ha presenciado es absolutamente fiel a la realidad. Cierta en todos sus puntos. Solo que la que exploto era mi bici, y la culpa del derribo fue de una raíz. Tan solo coincidieron en el tiempo. Mientras José Luis se levanta y recompone, yo miro mi bici alucinado. Juraría que sonó como si explotara. No veo nada raro, llevo las ruedas bien. Así que monto para alcanzar a estos y ver si les ha pasado algo. Claro que, cuando monto, descubro horrorizado que mi bici es, ahora, muy bajita. El amortiguador trasero ha muerto, en acto de servicio. Me arrastro como puedo hasta mis compañeros, les informo del percance, veo que están bien, pese al susto. Arrastro los restos de mi máquina hasta el siguiente pueblo, de nombre Yarroz. Se acabó
Eso pienso, al menos. Llamo por teléfono a Rosa, que rápidamente acude a Yarroz a recogerme. Ángel y José Luis continúan por la carretera, para recuperar kilómetros. Mientras espero el rescate, mascullo toda clase de barbaridades sobre la tecnología. Tanta preparación (¡jeje!) echada a perder. ¡Maldita máquina! Creo que mi Camino se ha acabado aquí.
Eunate - Estella - Tomando decisionesEunate
Cualquiera que vea una guía, un reportaje o cualquier información sobre el Camino, habrá visto Eunate. Todos queríamos ver la joya que forma este precioso templo funerario. Pero como todo es susceptible de empeorar, esto también. Rosa me recoge con la furgoneta, me consuela en lo posible, y me lleva para allá, con la intención de que el arte mitigue el enfado. Allí esperamos a los otros peregrinos. Al llegar, varias pancartas en batua. No tengo ni idea de lo que dicen, y tampoco me importa. Mucha gente en una fiesta manifestación. Perfecto, todos tienen derecho a visitar Eunate. Pero montar un escenario en la fachada occidental, subir allá a unos payasos, y colocar en el santuario unos generadores eléctricos me parece un exceso. Aún así, es bellísimo. Por cierto, los payasos, empeñados en que los niños les contestaran sus gracias. Los niños, mudos. Simplemente, no entendían el idioma en el que hablaban los bufones. ¡Qué cosas! Estella
Mi enfado era monumental. Rosa y yo fuimos a Estella con intención de esperar a los peregrinos, y nos instalamos en un camping donde, por el hecho de no hablar euskaldún, nos miraron mal. Yo pensaba que la tradición milenaria del Camino quitaba fronteras, no las ponía. Nos atendieron peor que nos miraron. Pero, para pasar la noche, tanto nos daba. Allí ejercí de McGuiver, y reparé el amortiguador con una navaja multiusos y un condón. Pero no alcanzaba más que la quinta parte de la presión necesaria para continuar. Todo parecía en contra. El ambiente en el camping, la avería, el cansancio de los peregrinos, hasta la visita a Eunate. Menos mal que, al menos, cenamos magníficamente en un lugar, elegido al azar, de la Plaza Mayor. Tomando decisiones
Por la mañana nos levantamos de otros humos, decididos a seguir, a cualquier precio. A grandes males, grandes remedios. Estella está relativamente cerca de Zaragoza, así que cargamos la bici en la furgoneta, encomendé a los colegas al Santo, y los deje camino de Logroño. En Zaragoza me revisaron la bici, comprobaron que la avería era mucho peor de lo previsto (rotura del cartucho interior de nitrógeno a presión) y, Carlos Marcen, mi mecánico e incluso mi ángel custodio, me prepara sobre la marcha su propia bicicleta para que pueda continuar. Una preciosa bicicleta de competición, rápida, ágil, ligera y... dura como una piedra. Esto no parece importante pero, ¡ya veréis, ya!
Logroño - Misterios sin resolver - Camino de BurgosLogroño
En las afueras de Logroño, antes del puente sobre el Arga, espero de nuevo a mis compañeros con mi flamante montura. Aparecen a la hora convenida, tras atropellar a la amable señora que ofrece higos a los peregrinos. Eso pasa por ir con prisas. Allí, feliz, me reincorporó a la expedición. Cruzamos el río y la ciudad, y tomamos el andador que nos lleva a una laguna, luego cruzamos la autopista del Ebro, y tras pasar por las ruinas del antiguo hospital de peregrinos, llegamos a Navarrete, nuestra meta de hoy. Rosa nos espera allá. En el albergue, un hospitalero con ínfulas y mala educación, nos sella la credencial. Nos vamos al camping, a las afueras, donde un bungalow nos espera acogedor. Ducha para nosotros, lavado para las bicis, y mejoría evidente de nuestro ánimo, tras el desastre del día anterior. Misterios sin resolver
Desde luego, espero que la amenidad de nuestras aventuras os haya echo olvidar como se titula este relato. Pero la pregunta está ahí. ¿Qué es una escórpora? ¿Tendrá algo que ver con los "Corporales"? ¿y con las escofinas? ¿será un miriápodo como la escolopendra? En el camping de Navarrete encontramos alguna pista. Camino de Burgos
Desde Navarrete, acompañados por Rosa, cogemos el Camino que, entre viñedos, serpentea, sube y baja. El moratón que invade mis glúteos se afirma por momentos, alcanzando proporciones de record. Rosa nos acompaña parte del camino, hasta lo alto del primer puerto. Hay unos cámaras de televisión filmándonos, lo que es el futuro. Y montones de piedra por todas partes. Los peregrinos los hacen, por imitación, supongo. Nosotros hacemos los nuestros, y sin saber que son, nos vamos contentos. En la lejanía, Nájera. Seguimos en dirección a Santo Domingo de la Calzada, donde visitamos la catedral y comemos algo en la calle. Al reiniciar la marcha comprendo que así no voy a ninguna parte: no puedo sentarme de ninguna manera, ya no solo es que no suba las cuestas (que tampoco). En el límite de la provincia de Burgos decido abandonar. Otro año será.
¡Ni hablar! - Cyborg - Las apariencias...¡Ni hablar!
Eso dicen los coperegrinos, ni hablar de abandonar. Bueno, llegamos a una entente cordial: me llevarán en coche hasta Burgos, ellos van en bici, y mañana ya veremos. Así que, mareado y destrozado me suben a la furgoneta, y camino de Burgos, por Atapuerca. El paisaje es absolutamente maravilloso. Pero el puerto también. Sufro por mis compañeros hasta sentado en el coche. Cyborg
Por fin lo hemos descubierto. Esta mañana, mientras desayunábamos magníficamente en un mini-camping, sito en el centro de un polígono industrial de Burgos, hemos visto la prueba irrefutable de que José Luis no es humano. Algo nos maliciábamos, dado que Ángel y yo paramos a mear a intervalos regulares, nos quemamos por el sol y nos quejamos de las cuestas. Él no. Pero hoy le hemos pillado bebiéndose la botella del aceite de la bici. No hay duda, es un cyborg. Las apariencias...
Niega todo lo ocurrido, y jura y perjura que va a engrasar la bici. ¡no se, no se! El caso es que ayer llegamos a este camping y desde él pudimos ver la exhibición de varios aviones de acrobacia. Luego cenamos en un bar de carretera, lleno de camioneros, camareras macarras y lumis buscando clientes. Un ambiente muy agradable y una comida de lujo, aunque dicho así no lo parezca. Tras un agradable y reparador sueño vuelvo a montar sobre mi tortura rodante, y salimos hacía la Catedral de Burgos, donde nos espera Rosa para una visita protocolaria.
La España profunda - Negociando - "Llamarán al perro"La España profunda
En cuanto salimos de Burgos por el Camino nos encontramos en un salto de varios siglos, hacía atrás, claro. La pista sube hasta el páramo, pasando por unos pueblos bellos que no conocen el paso del tiempo, como Rave. En un bar del camino comemos un bocadillo y seguimos por los toboganes de la paramera. Un individuo de tranco largo va a pie casi tan deprisa como nosotros, increíble (por lo lento que vamos nosotros, digo). La pista está en mal estado, pero yo me defiendo como puedo. Llegamos a Honrubia. De allí, a Castrojeriz. Por el camino, casi carretera, nos picamos con todos los ciclistas que pasan. Increíble, aún adelantamos a alguno. Rosa está en Castrojeriz, donde comemos todos. De allí, a Frómista, pasando por Itoz. Entre ambos Itoz nos perdemos varias veces (¡qué novedad!) pero nuestro apoyo tampoco debe ir fino, porque nos cruzamos con ella también varias veces (jura y perjura que no nos vio). En Boadilla paramos a descansar y ver el Rollo de piedra, y luego cruzamos el Canal de Castilla, para detenernos en San Martín, una joya en cartón piedra del románico final. Rosa quiere aprovechar la autopista del peregrino, por lo que la relevo en el coche. Así que me salto un trozo y me voy a Carrión de los Condes. Por lo que aprecio desde la furgoneta, el camino es perfecto para rodar deprisa. Negociando
Entro en un camping en obras, con la sana intención de instalar todo esperando la llegada de mis compañeros. Me recibe un amable joven que decide negociar a la baja el precio de inscripción.
- ¿Cuántos sois? -me dice el joven.
- Cuatro, dos tiendas, un coche y las bicis -respondo.
- Dos mil quinientas -afirma, mientras yo miro el camping, en obras, con cara de póquer.
- ¿Te doy el DNI? -pregunto.
- No, no te inscribo y así no te cobro IVA -me concede.
- Bueno, pues solo tengo dos mil en el bolsillo, ¿te hace? -contraataco.
- Hecho -remata él.
Desde luego, todo esa negociación por quinientas pelas. Pero, en fin, la autoestima es la autoestima, y no me queda mucha, entre las cuestas y el dolor del trasero.
Así que cuando llegan mis compañeros, nos instalamos y cenamos en un sitio cercano que conozco. "Llamarán al perro"
Una noche reparadora termina con una motoniveladora en los quehaceres propios de su oficio y condición. Así que de nuevo a la carretera. Salimos por el parque de Carrión. Ángel, eterno pescador, se desvía algo hacía el río, por ver que se pesca aquí, y nosotros a desayunar a la plaza. Oímos un silbido, como de llamada. Cyborg me dice "no oyes algo" y yo le contesto "alguien que llama a su perro". En la plaza del pueblo, en un bar, desayunamos y saludamos a un ciclista italiano, en nuestra misma situación. Al fin aparece Ángel, con un terrible golpe en el pecho. Nos silbó pidiendo ayuda, pero ya ves, ten amigos para esto. Es valiente y dice aquello de "NO HAY DOLOR" que es algo así como una consigna peregrina (aunque al principio era "no hay camino", eso ya está superado, nos perdemos siempre). Así que caminito de León, decidimos salir y desviarnos, ¡qué inteligentes somos! por la propia carretera hasta Calzadilla de la Cueza. Nos han dicho (o hemos soñado, vistos los resultados) que el Camino original está en mal estado, y damos un rodeo de veintitantos kilómetros por carretera para evitarlo y ganar tiempo.
¿Adivináis? - La pájara - Aquí no hay playa¿Adivináis?
Efectivamente, el Camino estaba impecable y nos adelantan por él hasta las abuelas, mientras nosotros visitamos España. Rosa se une a nosotros en Calzadilla y nos acompaña hasta Ledigos. Nosotros seguimos hacía Sahún, por el Camino que es ahora una auténtica autopista para los peatones y ciclistas. Pasamos veloces por Sahagún, sin detenernos, y hasta Calzada del Coto, donde por la hora y la temperatura paramos en un bar, de seductor nombre Xanadú. Si debiéramos definir lo cutre en forma de bar, pondríamos un ejemplo práctico con este. Pero tiene un hermoso porche a la sombra, y con eso nos basta y sobra. Ángel repara su amortiguador con una llave fija de un tractor, que debería ser de métrica 40, o así nos pareció. De allí se parte hacía Mansilla de las Mulas, por un camino arreglado y que dentro de cincuenta años estará a la sombra (por los proyectos de árbol que tiene en sus laterales, efecto secundario de algún Año Jacobeo). No aguanto más, solo a mi se me ocurre cambiar mi doble suspensión por una rígida de competición para hacer ochocientos kilómetros. Tengo que bajarme de la bici, absolutamente enfermo. Así que en coche y a Mansilla de las Mulas. La pájara
En Mansilla me convencieron de que nuevamente me subiera en la bici. La tarde es de calor veraniego, casi malsano. El camino es bueno, fácil, con pequeños repechos como única dificultad, pero mi estado de salud, de forma (esférica) y mental no da para muchas alegrías. Vamos avanzando junto a la general, de un lado a otro de la carretera el camino se va dibujando. En una acequia paramos a refrescarnos los pies. Seguro que está envenenada y nos contagia algo, pero nos da lo mismo. Es paisaje se va haciendo feo por la presencia humana, con escombros por todas partes. Pasamos bajo un cerro donde los arévacos resistieron tiempo a los romanos. Esta como nosotros, purito escombro. De pronto nos encontramos con el terror de los ciclistas: la pájara. Medía casi dos metros de alto. Técnicamente era un ave, que no un pájaro, pero encontrar un avestruz en medio del camino tiene, si no encanto, al menos sorpresa. ¡Ah! Me dicen que la pájara de los ciclistas es otra cosa. Bueno, pues me había quedado muy bien el párrafo. Aquí no hay playa
¡Vaya, vaya! Playa en León desde luego no hay. Pero llegamos absolutamente destrozados del calor, del sillín y de la rígida bicicleta. La fealdad es deprimente, excepto al entrar en el casco histórico de la ciudad. Playa no hay, ya decimos, lo que tampoco encontramos fue ningún lugar abierto donde sellar la credencial. Probamos la Catedral, el Seminario, San Isidoro, el obispado. Los peregrinos no deben llegar después de la hora del te, es la consigna. Bueno, nuestro cerebro no está para ninguna alegría. Rosa nos esperaba, como siempre al rescate, y proponemos un plan de fuga, que aunque no sea purista, es realista: Amontamos cuerpos, almas y bicicletas en la furgoneta y salimos de tan descreída ciudad. Así lo hacemos, y con el cuerpo roto salimos de León por la puerta falsa. Pasamos junto a la editorial de la única guía interesante del camino, junto a la Virgen del Camino, y enfilamos la ruta con pocas ganas de reír.
Ausys al rescate - El Canguro Australiano - Pan comidoAusys al rescate
En español, Auxi es el diminutivo de María Auxiliadora, virgen de vocación salesiana. En lengua franca actual (inglés para los descreídos), los ausys son los australianos. No es el calor que me haya recocido el cerebro, que también. Es que necesitamos auxilio, como para pedirlo a la Virgen del Perpetuo Socorro, y por eso llego un australiano a rescatarnos. Más exactamente, un canguro australiano. El Canguro Australiano Así rezaba el letrero de un bar de carretera, con habitaciones. Pare el furgón y entre a preguntar. Un sitio que había conocido tiempos mejores me esperaba. Tras la barra, un hombre pequeño fregaba vasos. - Tienen habitaciones -dije yo. - Si, pero ya sabe que son a 50.000 -me dijo el fregante. Desde luego, pensé, ir a meterme a una casa de lumis, en mi estado. - Espere, quiero decir a 5.000 -corrigió sobre la marcha - Bueno, si es así, nos quedamos. Y eso hicimos, acertando por una vez. El Canguro Australiano (o Veloz, según quien lo cuente) es un lugar que, desde luego, ha conocido tiempos mejores. Pero la gente que lo habita es tan encantadora que merece la pena cenar y pernoctar en él, sin duda. Tras instalar nuestras monturas tras la barra del bar, instalar nuestros cuerpos en la ducha y en ropa limpia, nos lanzamos sobre una cena pantagruélica donde no deberá faltar, evidentemente, la ensaladilla rusa. Un reparador descanso completo la, hasta entonces, desastrosa jornada.
Continuará... Pan comido
Eso nos pareció el día siguiente. Salimos temprano y nos hicimos unas fotos en el Passo Honroso, magnifico puente de cartón piedra y turisteo fácil. Y no encontrando nada mejor que hacer, cogimos el Camino que, en este tramo, transcurre junto a la general -nombre que dan en todos los pueblos a la carretera, a ser posible, grande. La ruta es cómoda y bonita, nos pasamos otro control de carreteras montado por las autoridades (sí yo fuera de los malos, iría en bicicleta: es rápido, barato y te dejan pasar en los controles sin preguntarte nada) y tras subir un pequeño repecho por la vieja carretera, nos encontramos con una cruz (la de Santo Toribio) desde donde se divisa Astorga en el horizonte. Es una trampa, sin ninguna duda: mientras miras Astorga, ciudad fundada por el mismo Habidis, te olvidas de mirar lo que hay detrás. ¿Qué que hay detrás? Solamente está Foncebadon, o la Cruz de Ferro, si lo preferís así. Pero la alegría de ver Astorga nos embarga y nos parece que el Camino es pan comido. Tras el desaliento de ayer, una alegría no viene mal. Y hablando de comer, he encontrado una foto de una escórpora. Lastima que en la misma no se vea absolutamente nada. Pero del que exista una foto podemos conclusionar alguna cosa, como que, seguramente, es algo material. Y dado que la foto está en un libro de cocina, sabemos que es algo material y, además, se come. Lo que no es mucho avance, pues tenemos la extraña culinaria costumbre de comernos cualquier cosa que se mueva.
Extraños seres pueblan el mundo - Astorga - El juego de la ocaEstraños seres pueblan el mundo
Existe, a la entrada de Astorga por el Camino, un pequeño y antiguo puente por el que pasar el río. Junto al puente aparecía un peregrino, con una mínima mochila y pinta de haber superado muchas aventuras. Al pasar, raudos como siempre, junto a él, su voz nos detuvo: “-Esperad, no os han dado una camiseta para mí”- nos dijo. Paramos para confirmarle que no, que no nos habían dado ninguna camiseta, ni para él ni para nadie. Pero no era ese el motivo de su llamada. En realidad, estaba aburrido y quería hablar con alguien. Nos dijo que había peregrinado en multitud de ocasiones, que tenía una lesión en la pierna, que aprovecháramos el Camino. No nos dijo nada en concreto, pero todos salimos del encuentro convencidos de haber escuchado a alguien especial. ¡Para eso habíamos venido, ¿no?!. Astorga
Todo el mundo conoce Astorga, por lo que lo que nosotros podamos decir no mejorará en nada el mundo. Solo que paramos allí, nos dimos una vuelta por la Catedral y nos fuimos con viento fresco. El Camino aquí ya está institucionalizado, marcado, señalado y, además, desde aquí esta saturado. Pero el resto de los peregrinos que deambulaban por allí no sabían lo que nosotros no sabíamos: ¿qué leches es una escórpora?. El juego de la oca
Dicen los iniciados (en realidad, los que dicen que son iniciados; por definición, los iniciados no dicen nada de nada) que el Camino es una metáfora de la iniciación, y el juego de la Oca, también. Y en ningún sitio más que en este tramo podemos encontrar paralelismos entre tantas cosas. Así que pasamos por la ruta, acondicionada para caminar o ciclar, por el desvío de Castrillo de Polvazares, al cual solo accedió Rosa, por aquello de que estaba motorizada, y realizo unas fotos que recuerdan un decorado de alguna película de época; a continuación, por una serie de localidades todas iguales, tiradas a cordel por la traza del Camino. En la entrada de una de ellas vimos a una persona que, en vivo, nos recordó al Hombre-Elefante de la película, tal vez por alguna enfermedad degenerativa. Todo tiene el color rojo característico de la piedra arenisca, interrumpido por el verde de los robles. Llegamos a El Ganso (¿de oca a oca?) y allí, en un rincón, estaba el Cow-boy, y no sabemos si con esto identificamos el lugar (un bar dentro de un garaje) o al dueño del mismo. Pero el bocadillo de cecina que allí tomamos dio pie a muchas cosas, como ya veréis. En cualquier caso, estaba buenísimo.
Duatlhón - Bajando - CacabelosDuatlhon
Es famosa la especialidad atlética que consiste en una carrera a pie seguida por una carrera en bicicleta. Dicen que solo es apta para atletas cualificados. No os lo creáis. Resulto que en llegando al pueblo de Rabanal del Camino, el que estas líneas escribe decidió que no aguantaba más. No le fallaban las piernas, ni siquiera perdía el resuello. Ocurría solamente que sus posaderas no eran capaces de aguantar nada más, el moretón que las cubría en su totalidad solo permitía la posición erecta (de todo el cuerpo, se entiende). Así que, viendo con envidia (malsana, en cualquier caso) que los coperegrinos atacaban las rampas del puerto, dejo la bicicleta en el coche-escoba, cambió sus zapatillas por unas más apropiadas y el casco por un sombrero y, eso si, vestido de ciclista, salió corriendo puerto para arriba. Vaya locura, pensaréis. Eso pensaban unos iluminados que, bicicleta en ristre, le alcanzaron en las primeras rampas, la más suaves, y le preguntaron por la bici. Dejaron de preguntar tonterías cuando las rampas se endurecieron mucho y vieron que no aumentaba la distancia con el peatón. Y unos teutones con sus grandes bicis cargadas hasta las cachas empezaron a preocuparse al verse superados (sí, debieron ser los únicos ciclistas que adelante en todo el Camino). Y pasito a pasito, acabé en la Cruz de Ferro, donde deposité las piedras que habíamos tomado del suelo allá lejos, casi en Jaca. Tras esta magna ascensión pedestre, o tal vez tras oír los desafinados cánticos de una congregación teutona que, viajando en autobús, iba realizando paradas en lugares como este, el caso fue que me volvió a recoger el coche escoba, en un estado lamentable. Bajando
Así que el resto de peregrinos ciclistas se lanzó en dirección a Ponferrada dejándome rumiar mi dolor en la furgoneta. Y, tras pasar por el Acebo, a Ponferrada llegamos enseguida, donde aprovechamos para comer en el parque y remojarnos un poco bajo la lluvia. Tras el tentempié, y sin más incidentes, continuamos viaje a Cacabelos, donde la desgracia nos acechaba... Cacabelos
Es una pequeña ciudad que no tiene nada de especial, excepto tal vez los bellos viñedos que la rodean. Allí encontramos acomodo en una casa de comidas que disponía de habitaciones. Deberíamos haber sospechado que, en el mismo Cacabelos, y con la fama de buen yantar de la comarca de El Bierzo, hubiera un restaurante mejicano. Pero pensamos que el exotismo no es patrimonio de las grandes ciudades, y ya está. Así que tras un paseo buscando peces en el río (manías del peregrino Angel) y discutiendo de las bondades de los carretes de pesca que mostraban en algún comercio (nuestra cabeza no discernía ya de casi nada, y al fin y al cabo, la escórpora podía ser un pez), nos fuimos a cenar. Y cenamos un menú en inglés, debe ser por el mestizaje cultural. Todo fue más o menos bien, hasta que alguno de nosotros, viendo un billar desocupado, dijo de echar unas partiditas. Y ya puestos, las regamos con un poco de sidra, fresquita. Lo que paso a continuación, igual que la cecina del Cow-boy, fue importante para nuestro futuro. Y lo que pasó fue una noche toledana, en el amplio sentido de la oración. A las tres de la mañana, más o menos, tuvimos que callar a unos recién llegados intempestivos y ruidosos. Pero a las siete, hora convenida para preparar la partida, José Luis estaba absolutamente desarbolado por una gastroenteritis o como leches se llame. Vaya, pense yo, como me escaquéo hoy de subir los puertos que nos quedan, no voy a dejar a Angel solito...
O Cebreiro - La cuesta imposible - Pues no deliroO Cebreiro
Vaya marrón para mí, pero mayor para Angel, que estaría pensando que vaya compañero de viaje chungo para la etapa más difícil del camino. José Luis no pensaba absolutamente nada, y Rosa hacía lo que podía con tamaña banda de peregrinos incompetentes. Así que cargamos a Cyborg en la furgoneta (era lo más parecido a una máquina rota: temblaba pero no acababa de arrancar ni siquiera para decir una palabra) y salimos de Cacabelos por una tremebunda cuesta que lo separa de Villafranca. ¿Por qué fue eso importante en nuestro futuro? No queráis saberlo ya, sino que interés tendría en escribir lo que resta para que vosotros lo leáis hasta el final... Villafranca tiene un caserón hermoso, y un trazado urbano que da vueltas como el río que la circunda. Así que continuamos viaje en dos grupos, Rosa y Cyborg motorizados, Angel en bici y yo como podía. Y por el arcén de la carretera general, oyendo el ruido de los camiones que, en número casi infinito, nos superaban, íbamos dando pedales. Vimos un desvío, lo cogimos sin dudar y acabamos, tras una fenomenal cuesta, exactamente unos metros por delante de donde lo habíamos cogido. Claros pensamientos. Al final, un pequeño desvío a la izquierda y salimos del infierno de obras y camiones que traíamos desde Villafranca. Allí íbamos subiendo ligeramente, pero de manera aceptable incluso para mi que, acompañado y ayudado por Angel, me iba defendiendo de la ley de la gravedad. En el siguiente pueblo nos esperaba el coche escoba con Rosita cariacontecida. Nos dijo que se había perdido, y que en un cruce se había dado un susto de muerte con un camión. José Luis seguía desmayado en el asiento. Paramos, repusimos fuerzas (me tome dos barritas energéticas por si acaso), y nos lanzamos contentos y felices hacía Herrerias, donde adelantamos a los alemanes cantores y su maldito autobús y, tras cruzar un puentecillo... La cuesta imposible
Aquello no era una cuesta, era un muro, una pared, una montaña concentrada en un pedacito de asfalto. No había chatarra suficiente en mi cambio para encontrar un desarrollo que me permitiera superar aquello. O tal vez era en mi cerebro donde no lo había. Así que, pie a tierra, hice lo que pude, que consitió en arrastrar la bicicleta cuesta arriba. Las nubes cubrían el cielo, cada vez más. Tras este muro, la cuesta se hizo hasta humana, tal vez por comparación, así que subido en la bici fui adelantando peregrinos peatones. Poco a poco, iba yo tan feliz subiendo, pensando que tampoco era para tanto. Como un par de kilómetros más adelante encontré a Angel y a una muralla de agua desplomándose del cielo, en este mismo orden. Angel me esperaba porque allí el camino de los peatones comenzaba un descenso, y el de los ciclistas giraba bruscamente a la derecha para encontrar una carretera empinada de tal manera que la cuesta del principio era como de juguete. No sabía que me preocupaba más, si la lluvia o la cuesta, así que me puse el chubasquero y comencé a seguir a Angel, que rápidamente me perdió, pero es mejor que cada uno suba a su ritmo. Antes de llegar al siguiente pueblo decidí quitarme el chubasquero, total, iba igual de mojado por dentro que por fuera, y allí me esperaba Angel para darme la buena noticia de que aún había más cuesta. Entre la niebla real y la mental subí lo que quedaba de puerto, mientras unos elementos inclasificables cantaban canciones acompañadas por el sonido de un cuerno. Deliro, pensé. Deliro pero sigo subiendo. Y en un tramo batido por el viento, de repente deja de llover, se apartan las nubes que lo cubrían todo, sale el sol y allí están Angel, con su bici, Rosa y José Luis, esperándome. Deliro, insisto. Pues no deliro
Es cierto, se acabó la subida del Cebreiro, estamos en el pueblo de cartón piedra, iglesia moderna y druidas de pacotilla. Nos metemos en una posada y pedimos algo caliente, no sé si para comer o para echármelo por la espalda. Tras el tentempié, y ponernos ropa seca, parecemos otras personas. Por cierto, los del cuerno eran reales, se han metido en la iglesia y han organizado un concierto... de cuerno.
San Roque - Nos sobreviene la fe - Vuelve CyborgSan Roque
Reconfortados nos lanzamos pendiente abajo en nuestras monturas. Un paisano nos para y nos señala, con razón, que estamos bajando por donde subíamos, que si queremos ir a Santiago es al revés. ¡Menos mal que queda buena gente en el mundo! Media vuelta y, tras coronar de nuevo, nos lanzamos pendiente abajo en nuestras monturas. Bueno, abajo, lo que se dice abajo, no mucho, porque el camino, increíblemente, sigue cuesta arriba. Y es que aún nos faltan un par de puertos, de San Roque y de Santa María del Poio, casi a la misma altura. Nos hacemos unas fotos en el famoso monumento al peregrino y, casi de pronto, vemos Triacastela entre las nubes, allá abajo. Así que nos lanzamos pendiente abajo en nuestras monturas, y esta vez si, es pendiente abajo y es por ese camino. Tras Triacastela tres tristes tigres triscaban en un trigal, y nosotros seguimos por una carreterita llena de subes y bajas, que se desenrolla perezosa entre bosques de castaños, junto a un río. Estamos, sin duda, en Galicia, en la Galicia que todos nos imaginamos. Nos sobreviene la Fe
Tras una pequeña cuesta y una curva aparece, gloriosa, una construcción que ocupa todo el valle. Un cartel que dice estamos en el Monasterio de Samos me invita a parar, y allí le digo a Angel que él puede hacer lo que quiera, pero que hoy yo no llego más lejos. Y de pronto tenemos la necesidad de quedarnos, para lo cual nos alojamos en un pequeño hostal que hay en la entrada del monasterio. Monasterio Benito que visitamos de manera guiada, en el cual asistimos al oficio de completas y en el que no nos quedamos a la misa porque en el comedor del hostal tenían ya preparada nuestra cena, y el alimento material nos era, en ese momento, tan importante como el espiritual. Una ermita del siglo XI y una gasolinera anexa al monasterio completan el paisaje de unos de los lugares más bellos, desconocidos y sorprendentes con el que nos encontramos. Vuelve Cyborg
Todo termina, incluso las gastroenteritis, y el día amaneció con José Luis dispuesto a retarnos montado en la bici. Así que partimos temprano camino de Sarriá y, en las escasas cuestas que hasta allí había, sufriendo los tirones, ahora de Angel, ahora de Cyborg, por saber quien iba a marcar el ritmo ese día. Yo a lo mío, a sobrevivir a cola del pelotón, que ciclistas famosos han hecho eso y ahí están (vivos, que no vencedores). Así en Sarriá dejamos la carretera y tomamos el Camino marcado. Pasamos un puente con unas “obras de arte” y los carteles que las explicaban (¡qué contrasentido!) y subimos hacía el cementerio. Desde allí, una corredoira nos recibió, a la sombra de unos castaños centenarios, resbalando sobre unas losas de granito, bellas pero poco adecuadas para pasar en bicicleta. Yo acabé con el manillar de la bici como camuflado para una guerra en la selva, de la cantidad de matojos y hierbecillas que fui segando en mis repetidas salidas de la vía. Tras dos horas de subir, bajar, escuchar campanas llamando a difuntos y otras cosas prototípicas del lugar, salimos a un cruce en el que se nos indicaba que estábamos a cuatro kilómetros de Sarriá. Vaya éxito. Insistimos en la corredoira hasta que el barro nos devolvió a la carretera, y por ella rodeamos media Galicia (o esa impresión me dio) para llegar a Portomarin.
Yo dimito - No queda nada - ¿Esto es todo?Yo dimito
Dicen los habituales del Camino que, una vez en Galicia, llegas a Santiago porque no te vas a volver, pero que ganas no te faltan. Un paisaje bello no logra hacer que olvide el dolor insufrible que la magnífica máquina de Carlos, unida a mi torpeza habitual, infringe a mis posaderas. No se trata de rozaduras, ni de presión, ni de nada de lo que habitualmente hablan los ciclistas. Se trata del golpeteo repetido en los glúteos que ha logrado que alcancen un color nazareno digno de la mejor Semana Santa. No puedo continuar de ninguna manera, ni siquiera como llegue hasta las faldas de Foncebadon, es decir, de pie sobre la bici. Me recoge, de nuevo, el coche escoba. Y me traslada hasta Melide, donde llegan el resto de peregrinos cansados pero contentos, un poco hartos de tanto subir y bajar. De allí, hasta Arzúa, donde paramos a reponer fuerzas unos, otros para intentar recuperar lo que queda de nosotros. No queda nada
Por fin todos los peregrinos nos lanzamos al Camino. Abandonamos el coche escoba, y con él la posibilidad de no acabar este camino. Rosa nos acompaña desde el principio, harta ya de pedalear en sentido contrario todos los días y no encontrarnos nunca. Y nos lanzamos como lobos, eso sí, como lobos un poco cojos. Sufrimos alguna pequeña avería y comprendimos que ya, a estas alturas, nos sucede una cosa curiosa con las cuestas, abundantes: nos dan igual. Mientras llega la chatarra, el piñón, subimos dando pedales. Y donde no llega, subimos caminando. Hago la interesante observación que Cyborg lleva un piñón de 34, y el resto solo de 32 dientes. ¿Será esa la razón por la que nos deja atrás?¿Será, por el contrario, su corazón metálico el culpable?¿Será, por fin, los seis meses de entrenamiento intensivo y a escondidas que ha llevado en previsión de todos estos incidentes?. Pero no aumentemos las incógnitas. Subimos y subimos (esa impresión llevo) y no dejamos de escuchar aviones alrededor. No es que estemos especialmente altos, es que estamos rodeando el aeropuerto de Lavacolla. Cuando un indicador nos dice que estamos a cinco kilómetros de nuestro destino, el siguiente dice que a trece. Es duro ser peregrino. Por fin estamos en lo alto de un monte, que suponemos del Gozo. Tanto es así que, con las pocas fuerzas que nos quedan, nos dedicamos a lanzarnos ataques para ver quien llega primero. Yo fui el primer humano en llegar. Antes de mí llego Cyborg, pero ese no cuenta. Más tranquilos llegaron Angel y Rosa. ¿Esto es todo?
Pues no, solo estabamos en el monte del Gozo. Fotos de rigor, abrazos, emoción. Pero aún quedaba el “marrón” de entrar en una ciudad de tamaño regular, con lo incómodo que es eso para cualquier ciclista, y más si va cansado. La que más sufrió este tramo fue Rosa, tal vez por la falta de costumbre de moverse con la bici entre los coches. Pero ronda rondando, aparecimos en la plaza del Obradoiro. De verdad que es emocionante. Hasta alguna lagrimilla se nos escapaba (de aceite, a algunos, que no es que lo pierdan, es que son metálicos). En el mismo centro de la plaza apareció, salida de vaya usted a saber, una ciclista equipada a la última y con unas gafas “fashion” que venía, exclusivamente, a felicitarnos por nuestra hazaña y a traernos un trozo de tarta de Santiago. Hicimos las típicas visitas, a la oficina del Peregrino, y al Santo, of course, y acabamos, como debe ser, comiendo opíparamente en algún garito de la ciudad. Tras todo eso, un taxi y vuelta a Arzúa, a recoger la furgoneta. Todo cargado y camino de Zaragoza, non-stop.
No, no es todo - Una flecha amarilla - Desde la casa de cada unoNo, no es todo
El viaje acabo ahí (yo no estaría muy seguro) y comenzaron más dudas que antes. ¿Para qué habíamos ido hasta allá?¿Por qué tanto sufrir?¿Se puede hacer sin perderse?¿Qué leches es una escórpora?. Y existieron una serie de hechos que condicionaron nuestro futuro... Una flecha amarilla
Estabamos al final de ese verano. Con alguna compañía más, subíamos contentos el puerto de Fuenfría, desde la Granja de San Ildefonso (Segovia). Un bello paisaje de montaña nos acompañaba. Y, de pronto, la crisis: una flecha amarilla marcada en el suelo, indicando hacía Segovia. Esto produjo, en fechas sucesivas, una catarata de acontecimientos: Angel quería repetir el bocadillo de cecina de El Ganso. José Luis quería, a toda costa, subir el Cebreiro, y no de cualquier manera, quería subir el Cebreiro tras una semana de viaje en la bici. Y acudieron al chantaje emocional: ¡No nos puedes dejar solos!. Desde la casa de cada uno
Dicen los extranjeros que te encuentras en el Camino que el Camino empieza en la puerta de la casa de cada uno. El nuestro había comenzado en la puerta de mi casa, en Jaca, luego todo estaba bien en el mundo. Pero Angel y José Luis, sibilinos, me llamaron una mañana de enero para decirme que ellos no habían hecho el Camino como debe ser, es decir, desde la puerta de su casa.
¡Ya está! - 2002 - La escórpora¡Ya esta!
Lo he logrado, ya sé lo que es una escórpora. Para los que aún tengan curiosidad, he puesto una serie de enlaces y una foto que lo explican con claridad ( http://www.todopesca.com/fichas/mar/escorpora.htm ). Para los demás, no tengáis ninguna duda de que el resto de la banda se ha convertido en unos meapilas, no entiendo esa manía suya de repetir el Camino. Yo me niego. ¡Qué no! No pienso meterme ochocientos kilómetros de bicicleta por un bocadillo de cecina, un puerto de montaña y una flecha amarilla... 2002
Aquí estamos de nuevo, pedaleando hacía Santiago de Compostela, en busca del sepulcro del Apóstol ( http://www.mundofly.com/2002 ). Desde luego, soy un hombre fácil. ¡Esperadme, malditos, esperadme! La escorpora
Tómese una escórpora de unos dos kilos de peso, limpiarla bien y practicarle unas incisiones en el lomo. Salpimentar. Colocarla en una fuente de hornear y rociarla con un poco de aceite de oliva. Meterla en el horno precalentado a fuego medio, durante diez minutos...
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