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"Pedaleando con el peregrino tropical"
Jesús Robres Zardoya
(III)
Camino de Santiago 1999
Año 1999, último año Jacobeo del milenio, año de las indulgencias plenarias. Año de Santiago.
Por varios motivos, a los tres nos hacía mucha ilusión esta tercera y última andadura en el Camino de Santiago. Primero, por ser días de vacaciones, y que en cierta manera es para lo que te vale, para distraerte un poco; segundo, por el hecho en sí de hacer algo diferente a la rutina habitual de todos los fines de semana precedentes; y tercero y el más importante, porque representaba nuestro inicio del fin del Camino de Santiago.
Desde días atrás dudábamos de la posibilidad de que nuestras tres bicicletas, las mochilas, nosotros y el taxista cupiésemos en un taxi-monovolumen que habíamos alquilado para que nos llevase hasta el punto de inicio en O Cebreiro. Lo cierto es que, aunque un poco justos, resultó fenomenal para nuestros propósitos.
El taxista, un hombre muy educado, no se entrometía nunca en la conversación que mantuvimos durante las dos horas de trayecto, aunque ocasionalmente se le daba pie para ello. Por dentro, los tres pensábamos que debía tener envidia sana de lo que estábamos haciendo e íbamos a continuar.
Esta vez, el comienzo del Camino no suponía gran alejamiento, ya que desde casa hasta O Cebreiro es casi todo autovía y sobran dos horas de coche. Habíamos salido un jueves tres de junio a las seis de la tarde en un día nada primaveral tras la jornada laboral. El tránsito mental de la rutina profesional al espíritu de peregrino no iba a ser fácil aún llevando varios meses esperando el momento. Llegamos hasta el linde entre las comunidades de Galicia y Castilla-León sobre las ocho de la tarde, aún de día, y minutos después nos deteníamos junto al crucero de entrada en la aldea. Sacamos todos nuestros bártulos del taxi y nos despedimos del buen hombre para comenzar nuestra última aventura.
Mil trescientos metros más arriba que en La Coruña, pero quince grados menos, no preveíamos semejante frío de montaña en esta época, unos siete u ocho grados, y tampoco habíamos traído ropa de abrigo.
Habíamos reservado alojamiento con antelación ante la previsión de la masificación que finalmente sucedió ese verano. Dejamos las bicicletas ya medio preparadas delante del Mesón Antón donde dormiríamos esa noche, quedaron al aire libre esperando a que más tarde Antón las guardase en un cobertizo a pocos metros de su posada.
Antes de que cayese la noche nos acercamos al albergue de O Cebreiro para sellar las credenciales del peregrino. A estas alturas de viaje, habíamos recopilado un sinfín de estampados en tinta de los sellos de iglesias y albergues a lo largo del Camino, y que nos acreditarían para recibir la Compostela.
Un tanto huraños nos preguntaron si íbamos a continuar en ese instante, y eran las nueve de la noche, el Camino de Santiago. Por supuesto que no, pero visto lo visto, estas gentes habían experimentado ya de todo y se esperaban cualquier cosa de los peregrinos. Lo cierto es que a nosotros no nos pusieron cara graciosa precisamente, y eso que les contamos con franqueza nuestra situación. En los aledaños del albergue habían instalado unas veinte tiendas de campaña del ejército para servir de techo a los miles de peregrinos que rebosarían los caminos en este Año Jacobeo.
Tomamos unos vinos y una tapa de empanada en "La Venta Celta" un local del nuevo Cebreiro donde las pallozas típicas del lugar dan paso a nuevos locales del sector hostelero y turismo rural que harían el agosto en este año y venideros. Allí, no estaba Irene Alkorta, una chica que nos había animado virtualmente durante nuestro Camino y que en el día de paso por su local, precisamente se ausentó. Supongo que al ver nuestras fotos en la página web se lo pensó mejor y se escabulló.
Poco después, nos fuimos a cenar a la "Posada de Auryllac", donde almorzamos en nuestra última etapa, y nos dimos cuenta de que realmente estábamos en tierras gallegas.
- ¿Qué queréis para beber?- nos preguntaron.
Poco después Jesús le comentó a la señora que había estado otras veces en la "Pousada de Auryllac", incluso hacía un par de semanas.
- No os conozco, de lo contrario os estaría hablando en gallego- contestó nuevamente la camarera.
La cena estaba resultando la mar de divertida, y continuó así cuando unos tipos de la televisión, del Canal Satélite Digital, se dedicaron a grabarnos mientras cenábamos. Íbamos con nuestro típico atuendo de otros años, el pantalón de "guiri" y la camiseta a conjunto.
- ¡Vinde para eiquí que vos van a ensinar unha rata!- nos dijo más tarde en un cerrado gallego tratando de que fuéramos a ver una rata.
Menuda diversión se traían con un ratón gigante que había detrás de un oscuro mostrador. Esta gente era muy peculiar y amigable. También lo eran en el Mesón Antón, donde tomamos unos cafés.
- ¿Qué tal están apareciendo las mañanas?- preguntamos para mentalizarnos de cómo sería el día siguiente.
Los chupitos de aguardiente nos los ofreció amablemente Antón sin pedírselos nosotros. El trato con la gente de O Cebreiro es cordial y amistoso, no existe la relación cliente-empresario, ni el concepto de servicio total al cliente. La paciencia y la tranquilidad se asume por defecto en esta aldea perdida en las montañas, y el estrés es una palabra que no existe en su diccionario.
Ahí estábamos, al filo de la madrugada, y próximos a emprender el final de una historia que a la postre, es triste que llegue a su fin.
O Cebreiro - Portomarín
"El tobogán gallego"
Amaneció temprano, pues estábamos cerca del solsticio de verano, pero siguiendo los consejos de la gente del lugar no madrugamos, al fin y al cabo estábamos de vacaciones. Los cristales de la habitación estaban totalmente empapados de rocío, muestra de que la mañana era fresca, propia de un pueblo de montaña como era O Cebreiro. Lucía un sol espléndido y la luminosidad a primera hora era absoluta, presagiando la inminente llegada del verano. Con calma y sosiego nos duchamos y bajamos a desayunar unas deliciosas tostadas de pan con mantequilla.
Inmersos en la operación salida, la imagen era la de tres peregrinos afanados en la correcta colocación sobre la bicicleta de toda la diversidad de pertrechos y aparejos necesarios para estos días de ruta, el cuentakilómetros, los bidones de agua, las alforjas, ganchos para atar la esterilla y el saco de dormir, el bombín, y cómo no, la vieira o concha venera.
Fue en una lejana cena de las navidades del año noventa y siete, meses después del primer contacto con el Camino, donde los entrantes eran unas exquisitas vieiras al horno, plato típico en muchas casas gallegas. Nos comimos cada uno la nuestra y guardamos la concha, la que nos acompañó en el noventa y ocho y colocábamos estéticamente sobre la bicicleta al salir del Cebreiro.
Listos para retomar la ruta jacobea en la puerta del mesón, nos encontramos a dos parejas, dos matrimonios de madura edad, ellas conducían los coches y ellos, hacían la ruta en bicicleta. Con bastante descaro nos trataron de decir que llevábamos un equipamiento muy flojo para pedalear por los duros caminos. Comentarios similares los habíamos escuchado varias veces, pero la comparación era absurda, diríase que acababan de salir de la sección de deportes de un centro comercial, con materiales último modelo y bicicletas de marca. Al menos nos confesaron que ellos irían por carretera asfaltada y con el coche escoba que cargaría con todo su equipaje.
Ciertamente, necesitábamos un cambio de bicicleta, por lo menos Ramiro y Jesús. En el primer año incluso Quico, que no tenía bicicleta por entonces, llevó una que le prestó su cuñada Cheché, la esposa de Jesús, no es que Quico y Jesús fuesen hermanos sino que estaban casados con sendas preciosidades hermanas entre sí. Anecdótico pero forma parte de otra larga historia. En la fiesta de Reyes del noventa y ocho Quico recibió una gran sorpresa, una bicicleta para continuar el Camino, no cabía de gozo, parecía un niño con zapatos nuevos cuando la desembaló.
Ramiro había comprado la suya de segunda mano, un par de tallas más grande de lo que necesitaba pero le había salido bien de precio y era de calidad. Además, tenía la ventaja de que esa bicicleta ya había recorrido el Camino anteriormente. La bicicleta de Jesús no era de marca conocida, pero era resultona, la había comprado en un hipermercado en una oferta junto al stand de los detergentes y las lechugas casualmente en el anterior año jacobeo del noventa y tres.
Si habíamos llegado hasta aquí con ellas, estábamos seguros que lo que realmente importaba era pedalear con ilusión y esfuerzo, y si hacía falta bajarse de la bicicleta para afrontar los tramos más complicados del Camino pues lo hacíamos, pero lo que teníamos claro era que las carreteras no formaban parte del Camino, y todo lo que fuese pedalear por el asfalto no significaba hacer el Camino sino recorrer un camino, con minúsculas, hacia Santiago.
- Es sorprendente la necesidad que tiene la gente en esta sociedad de tener que compararse con todo el que se encuentra por delante sea conocido o no- exclamó Ramiro rotundamente.
El comienzo de etapa fue muy suave, un par de kilómetros ligeramente en descenso por la carretera hasta Liñares, fenomenal para calentar las piernas sin casi esfuerzo y acostumbrarse, un año después, al peso de las alforjas.
Al poco, comenzaba el Alto de San Roque, aquí nos volvieron a filmar los de Canal Satélite, era un suave repecho de poco más de un kilómetro con varias curvas como punto ideal para forzar una fatiga todavía inexistente que diese realidad a las imágenes que estaban grabando.
- No miréis hacia la cámara..., respirad fuerte, jadeando,... como de cansancio- nos decían para filmarnos en plenitud de esfuerzo.
Fue la anécdota del día. Antes de subir la cuesta nos habían avisado y nos dijeron que respirásemos profundo, como de agotamiento, cuando la pendiente todavía nos pillaba fríos y no era para tanto. Era año jacobeo y la publicidad que se le estaba dando al acontecimiento ese año era espeluznante, tanta que casi se tenía miedo de que un aluvión de turistas y peregrinos rebasase las previsiones y provocase una merma en la calidad de servicio. En esas fechas de primeros de junio, en algunos hospedajes de O Cebreiro tenían reservadas todas las camas hasta final de septiembre y no daban crédito a la avalancha de llamadas que tenían todos los días.
Cruzamos por las aldeas de Hospital de la Condesa y Padornelo antes de acometer la dura subida al Alto do Poio a 1.337 metros y punto más alto del Camino en Galicia. La subida no era demasiado larga lo que la hacía fácilmente sufrible, pero el último trecho, los últimos cien metros eran para subir con una polea.
- Ja, ja, ja, aquí deberían poner escaleras mecánicas- bromeó Quico- Seguro que más de un peregrino se ha caído para atrás por el peso de su mochila.
Estratégicamente situado un bar servía refrescos y comidas en el alto. Era punto para hacer un necesitado descanso y así hacían muchos peregrinos que, sentados en el exterior, contemplaban el paisaje con la aldea de O Cebreiro al fondo ya muy atrás y viendo aparecer de vez en cuando como de la nada a una hilera de esforzados caminantes.
A partir de aquí, el Camino estaba totalmente salpicado del barrillo gallego, una mezcla de tierra, agua y excremento de vacas. El bidón de agua, muy cercano al suelo, daba realmente asco y cuando queríamos beber ignorábamos la cantidad de bacterias con las que estábamos en contacto. Para colmo, una multitud de pegajosas moscas se nos adherían continuamente al cuerpo, a los brazos, a las piernas. Incómodos por la situación quitábamos continuamente la mano del manillar lo que era un riesgo añadido al pedaleo.
Pasamos Fonfría y llegando a Biduedo, todavía a más de 1.000 metros de altura se abría la panorámica espectacular de un valle dominado por el multicolor minifundismo gallego. El descenso era inminente hasta Triacastela, la tremenda pendiente de los siguientes kilómetros infringía un castigo inmerecido a nuestras muñecas todavía no acostumbradas al traqueteo. Este firme no era el mejor para un primer día de pedaleo, y empezábamos a dudar si las bicicletas romperían definitivamente en los irregulares caminos gallegos.
Estaba siendo una bella etapa de carácter rural. Llegamos a Filloval, As Pasantes y Ramil, cruzando imponentes bosques de castaños centenarios, por caminos entre carballos y avellanos, por casas de piedra y granito, por explotaciones ganaderas y entre paisanos de la tierra, de la Galicia rural, la Galicia profunda que tanto habíamos oído y que pocas veces veíamos, la tierra de las gentes con almas escépticas y titubeantes, del gallego desconfiado y de comportamientos incoherentes, del gallego que no se sabe si sube o si baja de la escalera.
Gentes que te miran con extrañeza como si fueses el primer peregrino que pasa por aquí, como si todavía no se hubiesen enterado de esta superlativa epopeya del Camino de Santiago. Pero sí, sí que lo saben, y con aire socarrón sin malicia, seguirán trabajando, guiando sus vacas, recogiendo las patatas, y a lo sumo, brindándote un tímido pero noble saludo.
Al llegar a Triacastela paramos a sellar nuestras credenciales en el albergue. Igual que en O Cebreiro, también habían instalado unas cuantas tiendas de campaña del ejército para peregrinos en un prado próximo. Todavía era temprano, llevábamos unos veinte kilómetros, y paramos a tomar unos bollos de chocolate que compramos al final del pueblo.
Muchas poblaciones castellano-navarras se han desarrollado y crecido siglos atrás amparadas por el fenómeno de las peregrinaciones, pero Triacastela lo ha hecho en el último decenio. El despegue definitivo del Camino de Santiago de los últimos tiempos se produjo en el año jacobeo del noventa y tres, fruto de una exhaustiva planificación y alegre dispendio de los organismos gallegos. El Camino, en su tramo gallego, ha hecho reverdecer pueblos que seguirían empobreciéndose por el éxodo rural si no fuese por este resurgir turístico.
- Bueno, y ahora, ¿por dónde seguimos?- preguntó Ramiro cuando estábamos en la bifurcación del Camino en Triacastela.
Aquí había que decidir por dónde seguir, bien por Samos para tener la opción de visitar su monasterio benedictino, o por el Camino real.
- El Camino no pasa por Samos, cruza el monte- contestó Jesús tras asegurarse leyendo la guía.
Dada nuestra procedencia, Samos había sido frecuente lugar de turismo de fin de semana y conocíamos a la perfección todas sus maravillas históricas, arquitectónicas y gastronómicas, véase el famoso chuletón de Samos. Por lo que sin dudarlo, y ya lo teníamos casi previsto, seguimos por la senda real que atraviesa la montaña.
Así abandonamos Triacastela por una pista asfáltica hasta llegar a la aldea de Balsa, en medio de un precioso paraje verde, una pequeña vaguada con bosques de castaños que nos resguardaban del sol. La humedad del invierno todavía no había desaparecido y el barro dominaba los caminos. Desde aquí el Camino se empinaba hacia arriba por un angosto y embarrado sendero. Pie a tierra fue la consigna para gran parte de la etapa.
Sin embargo, la dificultad de la marcha se veía recompensada por la belleza de este rincón, paraíso de las reses y vacunos, donde se respira naturaleza verde y húmeda de Galicia. Era la subida a San Xil, al Alto de Riocabo, un punto donde nuevos instantes de felicidad y sucesos extraordinarios recorrían bulliciosamente la médula del peregrino tropical.
El siguiente punto de referencia era Sarria, villa de gran riqueza en la comarca, y punto de partida de numerosos peregrinos ávidos de conseguir su Compostela al estar situada a poco más de los mágicos cien kilómetros necesarios para ello. Otro punto archiconocido por nosotros, definitivamente jugábamos en casa y hasta nos era fácil orientarnos. Hicimos una corta parada en el albergue para sellar las credenciales y seguimos camino cruzando el pueblo y los ríos Ouribio y Celeiro que flanqueaban la localidad cabecera de comarca.
A la salida, nada más cruzar el último río, y paralelos a la vía ferroviaria nos alcanzaron dos peregrinos ciclistas de Madrid que nos hablaron de los dos señores que citamos en el Mesón Antón. Nos contaron que eran unos prepotentes, ¡qué gracia!, al menos no éramos los únicos que pensábamos así. Por cierto que uno de ellos se cayó cuando intentamos cruzar la vía del tren, recordándonos la fragilidad con la que nos movíamos en estos rudos senderos. Siguieron con nosotros hasta llegar a Rente, donde nos separamos.
Llegar ahí no fue fácil, faltaba otro duro y sombrío repecho tras Barbadelo, y presionados por el voraz apetito la marcha y el estiramiento del actual grupo de cinco se acrecentaba. Seguía impuesta la consigna pie a tierra, o más bien pie a barro. Y finalmente, en Rente paramos a comer. Era una casa de turismo rural muy bien conservada donde nos sirvieron tremendos bocadillos de queso y unos refrescos. Nuestro estómago se sació, pero el cansancio de los más de cincuenta kilómetros recorridos sobre el barro y las piedras nos había desgastado de tal manera que sólo pensar que quedaban casi veinte kilómetros nos deprimía.
El problema añadido era la bajísima velocidad media que llevábamos, unos doce por hora, mucho menor que cualquiera de las etapas anteriores. Por consiguiente todavía nos faltaban como mínimo dos horas incluyendo paradas técnicas.
Retomamos el Camino con más tedio y hastío que empeño y ilusión. Mucho firme rompepiernas cubierto con barrizal y charcos que cubrían todo el trazado y que verdaderamente hacían muy difícil ir en bicicleta. Las subidas y bajadas eran continuas y confirieron de una dureza espectacular al final de la etapa.
- Yo me paro aquí, estoy harto de tanta piedra- se quejó Ramiro fruto de una reflexión lógica después de subir caminando un trecho absolutamente impracticable, en medio de cantos rodados del tamaño de sandías puestos sin orden ni concierto.
Y como dicen en esta Galicia, "nunca choveu que non escampara", o lo que es lo mismo, siempre hay un instante en que para de llover, o como en este caso de sufrir las tortuosas veredas. Llegamos a un alto conocido como O Cruceiro, y desde ahí vimos Portomarín a lo lejos, en verdad que lo agradecimos todos.
En la ladera del Monte de Cristo se ha reconstruido el nuevo Portomarín, una vez que el embalse de Belesar sobre el río Miño, inundase el viejo Portomarín allá por el año 1962. Antes de llegar al pueblo nos tomamos unas instantáneas en el viaducto sobre el río Miño, hubiese sido más simbólico cruzar como hacían los peregrinos de antaño sobre el puente de cuatro arcos, la Puente Miña, pero la modernidad y el progreso han ido modelando el trazado a su conveniencia, quebrando la historia. En aquel momento pasó un autocar y con el rebufo, tiró al suelo dos de las tres bicicletas que habíamos apoyado en el arcén de la carretera. Es el Camino del tercer milenio, y el peregrino debe saber convivir con el estridente ruido de los coches, el pestilente humo de los camiones y autocares, y con el turismo. ¡Quién puede imaginar el Camino hoy día sin la infraestructura turística! Nuevamente, Portomarín, al igual que Triacastela, debe mucho a esta senda milenaria que ha realzado su historia.
Eran ya las siete y media de la tarde cuando llegamos, menos mal que los días de junio eran muy largos y la claridad era total. Llegamos a nuestro primer fin de etapa destrozados. Jesús y Ramiro quemados por el sol. Quico extenuado y con un derrame en un ojo, Ramiro se había clavado la cadena de la bici en una pierna. Fueron cinco horas y media de pedaleo, a poco más de doce a la hora, y más de ocho horas de viaje por los embarrados toboganes de Galicia.
Después de esta etapa, ya no nos planteábamos objetivos en forma de destinos. Tan agotados quedamos que pensábamos que no seríamos capaces de terminar el Camino en el tiempo previsto. Pero no nos importaba, sólo disfrutaríamos cada momento de felicidad que fuésemos teniendo. Eso es lo que habíamos decidido.
Como autoregalo al esfuerzo en este día, dormimos en la "Pousada de Portomarín" un magnífico hotel de cuatro estrellas de calidad inusitada para una población como ésta. En realidad ya lo habíamos planificado, y como dijimos antes, al ser de la tierra, jugábamos con ventaja a la hora de elegir. Guardamos las bicicletas en un espacioso garaje de coches, que al día siguiente nos permitiría, entre otras cosas, reparar un inoportuno pinchazo de primera hora de la mañana y a buen resguardo de la lluvia. Aprovechamos para lavar las bicicletas con la manguera del garaje y dejarlas limpias de todo el barro acumulado.
Después de hacer la colada y tender la ropa de forma poco apropiada con relación al lujo del hotel, fuimos a cenar.
- Hola señora, ¿dónde podríamos cenar esta noche?- preguntó Jesús en un comercio donde habíamos aprovechado para hacer unas pequeñas compras para el día siguiente.
Simbiosis de sencillez, humildad y desconfianza se mostró en esta señora, el típico carácter de las gentes de esta tierra, del que a veces hasta nosotros mismos nos aburrimos. En Bodegas Pérez había muy poca gente, algunos extranjeros y nosotros. Era un lugar sencillo con ambiente muy familiar, de comida casera, idóneo para evaluar nuestro regreso al camino de las estrellas.
Había sido la primera toma de contacto con el Camino en la parte gallega, y dos eran las sensaciones vividas que lo diferenciaban sobremanera del resto de la ruta jacobea. Sensación corporal y física por la extrema dureza del terreno, era sin duda la parte más problemática para rodar en bicicleta y había que empujar de ella a pie muchas veces. Por otro lado, sensación interior emocional, los paisajes y rincones que atraviesa la ruta son extraordinariamente hermosos y más agraciados que la soledad castellana. Era curioso, porque aún conociendo sobradamente la geografía gallega, nos quedamos impresionados del encanto de los pueblos y la naturaleza que habíamos recorrido.
El día había sido en general soleado, incluso nos había cogido el sol y estábamos ligeramente bronceados. La conjugación de un día primaveral, presumiendo a estival, rodeados del manto verde gallego y la humedad de sus tierras otorgó una singularidad única a esta etapa.
- Yo estoy hecho polvo- dijo Quico- tenía que haber entrenado algo más, pero es que llevo un año de trabajo demoníaco, tanta guardia aquí y allá, me paso el día en la carretera.
Un nuevo descubrimiento a nuestra ignorancia llegó a los postres. Imperdonable. Tras vivir muchos años en Santiago de Compostela, y saborear la famosa tarta de almendra de Santiago, nos tuvimos que enterar que era aquí, en Portomarín, de donde son originarias. Probablemente lo supiésemos pero son las típicas cosas que por rutinarias se vanalizan y quedan para conocimiento de los foráneos, como tantas otras cosas que estamos aprendiendo en este Camino que nos lleva a Santiago, a nuestra Compostela de toda la vida, al menos a la Compostela de Quico y Jesús.
Así terminamos una jornada larga y emocionante, conversando, compartiendo momentos, brindando, ajenos a los problemas diarios, riendo, y sobre todo, peregrinando. Sólo echábamos en falta una cosa, no es que la deseásemos, pero mirando hacia el brillante añil del horizonte nos extrañaba que no hubiese hecho acto de aparición el elemento más característico de esta región: la lluvia.
Portomarín - Arca
"La lluvia"
¡Qué pereza!. Eran las ocho y media cuando sonaba el despertador. Mucha pereza, demasiada, incluso para decidirse a poner el pie al suelo y abrir las ventanas de la habitación. Estaba lloviendo.
Aunque no lo deseábamos, sí que lo esperábamos y sería la tónica habitual prácticamente hasta llegar a Santiago. La lluvia gallega, el tópico gallego más realista nos invitaba al desafío.
Asomados a la ventana, sin desperezarnos y todavía en pijama veíamos como el resto de los peregrinos ciclistas que había en el hotel se ponían ya en marcha.
- Siempre somos los últimos, ¿algún día podremos madrugar algo más?- repitió Ramiro otra mañana más, bostezando y haciendo ademán de entrar otra vez entre las sábanas.
Seguimos sin apresuramos porque el desayuno que nos esperaba no se lo perdería nadie. Cada uno a su ritmo, y sin prisa, llegamos los últimos al comedor. Aunque no tenía mantel, nos sentamos en una gran mesa circular cercana a los platos del buffet, y pronto nos prepararon todo para disponernos a romper el ayuno diario de la forma más pantagruélica posible. No estuvo mal la suntuosa elección, la más regia que hasta ahora nos habíamos permitido, pero obviamente nos dejó la tarjeta de crédito temblando.
Prestos para tomar la salida, Jesús observó tragicómico la rueda trasera de su bicicleta pinchada, que cambiamos con una soltura casi de profesional. Nos preparamos concienzudamente como si fuese a diluviar y gracias a Dios no pasó de unas pequeñas gotas bastante soportables, un ligero orballo que refrescó completamente el ambiente y encharcó aún más los embarrados caminos gallegos.
Al salir del pueblo, paramos en la gasolinera para inflar las ruedas. El aire a presión estaba estropeado, al igual que el retrete, y tampoco nos dejó la manguera para terminar de limpiar la bicicleta del barro del día anterior. Nos quedó la duda de si realmente se trataba de un hombre un poco resentido que realmente no estaba por la labor de prestarnos su ayuda.
Las noticias de la radio de la gasolinera se oían en la calle y nos enteramos de que el líder del Giro de Italia, Marco Pantani, había dado positivo en un control antidoping al finalizar una de las etapas de la vuelta que acababa de comenzar. Sátiras de la vida, vestidos igual que él con los jerseys rosas identificativos del líder de esa carrera. Y todo por un hematocrito superior a lo normal.
Pasadas las diez y media empezamos la etapa en dirección hacia Gonzar. El inicio fue subiendo, y aunque inicialmente duro para calentar unos músculos todavía entumecidos era el mejor modo de romper a sudar y luchar contra la húmeda climatología. Los primeros cuatro kilómetros discurrían por empinadas pistas de tierra que coronan la parte más alta de este trecho mucho antes que la carretera, que lo hace zigzagueando.
Después son casi doce kilómetros de subida continua, con algunos falsos llanos y sin lugar para el resguardo de la lluvia, salvo un albergue de peregrinos y un pequeño bar de carretera. Los coches circulan muy cerca del camino, y no es lugar para la tranquilidad ni el sosiego, el orballo remoja un pensamiento que nos mantiene fijos en nuestro pedaleo. Para romper la ya inclemente monotonía, tras cruzar Gonzar y al llegar a Castromayor aparece como por arte de magia, o de brujas-las meigas gallegas-, un repecho muy empinado de casi un kilómetro. Ahí coincidimos con un grupo de ciclistas que venían de la costa mediterránea con un coche de apoyo.
- Bueno, a Jesús le ha dado un arrebato- le comentó Quico a Ramiro mientras subían la cuesta caminando y tirando de la bicicleta con dificultad.
Jesús, no tanto por una saludable forma física sino por su tozudez y empecinamiento, mezcla de orgullo personal y satisfacción por la victoria, deambuló de lado a lado de la pista, subiendo de un tirón toda la cuesta sobre la bicicleta, y adelantando a todos los alicantinos que salpicaban de multicolor el gris asfalto. Ya arriba los esperó comiendo un plátano para reponer la energía gastada en tan supremo, y a la vez insensato esfuerzo.
- ¡Se te ha ido la "olla"!- gritó Quico cuando estaban a pocos metros de Jesús.
Pero la subida no había terminado, continuaba otra vez paralela a la carretera aunque con menor porcentaje. Así hasta llegar a un alto, poco más allá de Ventas de Narón, en la llamada Sierra de Ligonde, y línea divisoria de las cuencas del Miño y del Ulla. Hacía bastante frío y habíamos llegado empapados de sudor. El viento soplaba con fuerza en esta zona al abrigo de la nada. Percibimos el peligro de coger un resfriado, ya que nos esperaba una prolongada bajada de tres kilómetros hasta Ligonde, y nos abrigamos bien.
Por enésima vez, las fotocopias de la guía del Camino de Santiago se fueron al suelo. Tanto saltito, tanta vibración con la velocidad, no hizo más que tirar una vez más al suelo el fajo de papeles envueltos que nos guiaban tan eficazmente.
En Ligonde ofrecían café a los peregrinos. Una chica americana llamada Beth había venido a España a pasar un año, había estado ocho meses en Valencia y le dio la locura de venirse a Ligonde a ver pasar peregrinos por el Camino de Santiago. No era la primera vez que veíamos extranjeros involucrados con más altruismo que los españoles en tareas de ayuda a los peregrinos.
Mientras nos calentábamos con el café de Beth, escuchamos atentamente a un peregrino asturiano, un machote que había hecho la Ruta de la Plata en bicicleta, también había subido el puerto de Pajares, y también... También nos dijo algo de unas polainas que no llevábamos puestas, y nos advirtió que ciertamente íbamos muy mal equipados.
- ¡Pero bueno, en la vida tiene que haber de todo!- pensábamos los tres ante tal altanero personaje- ¡Qué manía de autoafirmación personal! Los sevillanos, los señores de O Cebreiro, ahora este individuo.
Seguimos avanzando hacia Palas de Rei que estaba a unos diez kilómetros. Sobre el plano no parecía muy duro pero los toboganes gallegos aparecen súbitamente para atajar la felicidad de la marcha, y hacerte hasta bajar de la bici en más de una ocasión.
Nuevamente en Palas habían acondicionado un espacio para las tiendas de campaña del ejército, e incluso habían habilitado el pabellón de deportes para usarse en verano como refugio provisional alternativo. Nos acercamos al albergue para sellar, ya teníamos un montón de sellos, y la credencial había adquirido una tonalidad y tacto propio, curtida en cientos de kilómetros y muchos días de peregrinar.
Tomamos dirección contraria y cuesta abajo para acercarnos a un taller para hinchar las ruedas, sobre todo la de Jesús, y luego continuar camino hacia Melide.
El mecánico del taller nos hablaba en castellano pensando que no éramos gallegos hasta que se dio cuenta y luego se nos sinceró contando un par de aventuras.
- "¿E qué carallo fago eu falándovos en castelán?"- asintió el orondo mecánico cuando se percató de que entendíamos el gallego.
Nos contó que él tenía una moto de campo, de las de escape libre que aterrorizan al vecindario en los momentos de la siesta, y que se iba con ella por el Camino de Santiago desde Palas de Rei a Melide adelantando a los peregrinos y riéndose de ellos porque los veía como subiéndose por las gabias. Curiosa actitud, y a la vez simpática porque no lo hacía con mala idea.
Hacia Melide volvimos a entrar en pistas forestales, un largo trecho rompepiernas y de altibajos constantes de unos quince kilómetros que nos llevó recorrerlo casi una hora y media. La belleza natural del tramo, para deleite del peregrino, compensa el esfuerzo, y sólo lo trunca un deslucido polígono industrial carente de empresas y naves ya casi en las proximidades de la villa del pulpo y los melindres. Un momento cumbre sucedió poco antes de entrar en Melide, en la parroquia de Furelos donde, sobre el río del mismo nombre, se yergue un soberbio puente románico del medievo de cuatro arcos que ya citaba Aymeric Picaud en su Códice. Tras cruzar ese simbólico puente, nos tropezamos con una pequeña iglesia parroquial donde se encuentra el único Cristo en el mundo que tiende su mano hacia abajo para ayudar al peregrino. En los lugares más insólitos aparecían hallazgos únicos.
Eran las cuatro de la tarde cuando paramos a reponer fuerzas para la etapa vespertina en un bar en el centro de Melide, todos los domingos se ubica la feria aquí, en el cruce de carreteras y foco principal de esta villa de fama reconocida. En diversas pulperías se puede degustar mejor que en las localidades costeras este molusco. Curiosamente, es en tierras de interior donde mejor se prepara este típico plato gallego, y aquí los turistas peregrinos extranjeros, vacilan a la hora de comerlo, y con poca mesura algunos se piden una fuente para cada uno, y otros, grupos de ocho piden una ración para todos.
Sellamos otra vez las credenciales en el albergue y continuamos dirección hacia Arzúa en otro auténtico tobogán, cruzando frondosos bosques y aldeas como Raído, Parabispo, A Peroxa y Boente, partido por la carretera, donde había una pequeña iglesia sin grandes alardes, pero con un párroco que bien valdría para representante comercial de la obra de Escrivá de Balaguer.
Ya empezaban a verse los bosques de eucaliptos, más que verse su olor característico anunciaba su presencia, y surgía la tan acostumbrada conversación y controversia sobre las ventajas y desventajas de este tipo de plantación traída de las antípodas. Tras atravesar uno de ellos se divisaba el vasto y apacible valle del río Iso, y en el fondo en lo alto los aledaños de Arzúa, la tierra del queso.
Teníamos que bajar una fuerte pendiente hasta su curso, donde nos encontramos con uno de los mejores albergues de peregrinos de todo el Camino, el albergue de Ribadiso. Era como una casa rural de piedra, con prados y río para bañarse, muy bucólico pero siempre lleno en época de más afluencia de peregrinos. Paramos para visitarlo y hacer un descanso antes de emprender la pronunciada subida que nos esperaba hasta Arzúa.
Este repecho se nos hizo interminable, tuvimos que hacerlo a pie. Ya con más de cincuenta kilómetros en las piernas y avanzada la tarde era el momento menos propicio para tales batallas, además coincidía con tramos de carretera nada agradables lo que extremaba el sufrimiento. Cansados y ligeramente irritables llegamos a la villa de Arzúa, ya muy cerca de Santiago y lugar de paso muy típico y conocido por nosotros. Aquí nos quedaríamos a dormir.
Las cosas fueron a peor, ya que tuvimos problemas con el alojamiento. El hostal que habíamos reservado muchos días antes y donde íbamos a dormir nos vendió nuestras reservas a pesar de que se lo habíamos confirmado el día anterior. Totalmente exacerbados por la situación, y por la villanía de tan malas personas, por no mencionar adjetivos más mezquinos, intentamos conectar con otro hostal en Arca pero fue imposible pues salía un fax. Entonces, decidimos continuar camino puesto que todavía quedaban un par de horas de luz, y malo sería que no pudiésemos encontrar dónde dormir.
Desprendíamos un aura negativo, y como en muchas ocasiones suele juntarse el hambre con las ganas de comer, no terminó ahí la cosa. En esto del pedaleo, ya no del Camino, hay que tener en cuenta la peligrosidad de las personas que, ajenas a las carreteras, también son ajenas a la peligrosidad que conlleva cruzarse delante de unas bicicletas cargadas con alforjas, y con peregrinos cansados de pedalear, máxime cuando te ven venir, pero se les ocurre situarse frente de ti y además quedarse quietos hablando con los vecinos de enfrente.
- ¡Se quieren apartar de la carretera!- gritó Quico enfervorizado- ¡No ven que ahí estorban la circulación!.
La tensión acumulada nos hizo gritarles con desprecio, pero realmente parecía que les importaba un comino que tuviésemos que pegar un brusco frenazo para evitarles. Quizás nos encontrábamos algo antisociales pero era la cruda realidad.
Luego, nos encontramos con unos valencianos en un todoterreno muy próximos a la salida del pueblo.
- ¿Qué sois, portugueses?, ¿de dónde venís?- nos preguntaron con total ignorancia. Ignoramos qué les llevó a asimilarnos a gente de nuestro vecino país luso.
Inmediatamente nos encontramos con el albergue de peregrinos de Arzúa a la salida del pueblo. Lamentable. Situado incómodamente en una curva de la carretera con ruido de los coches y en una vaguada. Pegajoso hacinamiento y aglomeración de personas. Nada recomendable. Pronto terminarán el nuevo albergue y se erradicarán situaciones infrahumanas como ésta.
Dejamos definitivamente atrás Arzúa, pero el inconveniente era el cansancio. Avanzamos con cierta prisa hacia Arca y aprovechamos que el Camino coincidía unos kilómetros con la carretera general Lugo-Santiago para imprimir más rapidez a la marcha. Posiblemente en algún tramo podríamos haber ido por el propio Camino sólo con desviarnos de la general unos doscientos metros, pero con el apremio nos desorientamos y perdimos la senda original. A pesar de que el Camino discurría por algún sitio muy próximo paralelo a la carretera nos daba lo mismo. En esos ocho o diez kilómetros no estábamos para disfrutar, sino para llegar hasta algún sitio donde dormir antes de que se hiciera demasiado tarde.
Llegamos al Alto de Santa Irene, último escollo de otra dura jornada, cuando ya eran las ocho y media de la tarde. Ante nosotros se avecinaba una prolongada bajada por la carretera donde aproximadamente en su mitad se levantaba un pequeño edificio que hacía de albergue. Nuestro albergue. Estaba a pie de carretera, amplio en habitabilidad para unas cuarenta personas en literas, con calefacción, buenas duchas y hasta cuadras. En aquel refugio sólo estábamos seis peregrinos. Lo tomamos literalmente todo para nosotros. ¡En buena hora habíamos decidido dejar atrás el albergue hacinado de Arzúa!.
No había corriente eléctrica en el edificio, y justo enfrente del edificio al cruzar la carretera, unos hombres vestidos de mono azul intentaban reparar una avería desde hacía unas horas. Esa era la versión de la hospitalera, que con aire entre escéptico y estoico no parecía preocuparle mucho.
Luego nos enteramos que había fiestas en Arca, y comprendimos la actitud de la chica hacia nosotros, que trataba de tener las menores molestias posibles con el fin de escaparse cuanto antes a las fiestas en un sábado de jolgorio.
Cuando volvió la luz nos duchamos en caliente, pues la caldera dependía de la electricidad, y nos instalamos en la habitación. Nos había cogido algo el frío y estábamos destemplados, de hecho, encendimos la calefacción en nuestra habitación. Teníamos un cuarto con tres literas para nosotros solos pero por la forma en que desplegamos todo nuestro equipaje nos hubiera hecho falta más espacio todavía.
Estábamos en medio de la nada, en un triste y lóbrego edificio a merced de la suerte de un camión que se quedase sin frenos en la carretera, con muy pocas casas alrededor, más bien ninguna, en una zona frecuentada por lobos y zorros. Alrededor de las diez de la noche, ya aseados y amos de llaves del albergue, salimos al exterior. Estaba oscureciendo rápidamente, y desandamos el Camino subiendo la cuesta hasta el mismo Alto de Santa Irene. Justo en el cruce del alto, había un restaurante de carretera donde cenamos.
La corta caminata se nos hizo eterna, lo que nos hizo intuir que estábamos absolutamente agotados. Otro día más habíamos hecho una ridícula media de unos doce kilómetros y medio a la hora, en casi seis horas de pedaleo durante setenta y cinco kilómetros. Refrendamos nuestra idea que la parte más dura del Camino era la parte gallega.
Poco hablamos durante la cena, algún comentario ordinario sobre la hija de la dueña del bar. Era muy mona, y la estaba esperando el novio para irse de fiesta de sábado, de vez en cuando nos traía cosas a la mesa, pero cuando hablaba nos horrorizaba el fortísimo acento gallego que tenía.
Sobró casi toda la comida, no pudimos comer nuestras raciones habituales por una especie de agotamiento digestivo. Según explicó el médico Quico, la fatiga acumulada en el día se extendía hasta nuestras vísceras donde un estómago gruñón se negaba a trabajar después de tan dura etapa.
Volvimos a nuestro nido en una noche cerrada y tenebrosa, caminando a tientas por el arcén izquierdo de la carretera que tenía bastante tráfico de coches ese sábado de fiesta. Precisamente, los coches eran los que nos iluminaban el asfalto y nos permitían guiarnos con cierta seguridad porque la visibilidad era nula.
Era ya medianoche. ¡Qué situación tan cómica! Estábamos a pocos kilómetros de nuestras casas, durmiendo en un albergue a pie de carretera. Era sábado y ni siquiera nos planteábamos salir a dar una vuelta, nuestras mentes estaban centradas en el día siguiente, el día de la llegada a Santiago. El cansancio nos ayudó a dormir muy bien aquella noche, en nuestra habitación particular y en caldeado ambiente gracias a las calefacciones conectadas todavía en pleno junio.
Ya quedaba poco para terminar nuestra andadura, ¡qué lejos estaba aquel agosto del noventa y siete!, habían transcurrido veintiún meses, tiempo suficiente para la gestación de un elefante, teníamos más arrugas, la barrera psicológica de los treinta años nos había hecho mella, quizás hasta habían aparecido nuevos valores en nuestras vidas.
- Es hora de dormir que mañana hay que madrugar- dijo Ramiro- y abrigaros bien que vamos a pasar frío esta noche.
En silencio fuimos sumergiéndonos en un nuevo sueño común, el penúltimo sueño, ahí estaban tres personajes, eran gigantes, tan grandes que podrían aplastarnos con las yemas de sus dedos. Sentados en unos incómodos taburetes discutían acaloradamente.
- Mueve peregrino, Santiago, es tu turno- increpó Aymeric- y deja de discutir.
La partida duró horas y horas, y como marionetas nos movían en el tablero, incluso veíamos las próximas jugadas y tanteábamos nuestras posibilidades pero teníamos dudas, muchas dudas, a veces queríamos ir a parar a la casilla de la calavera para volver a empezar, en Roncesvalles, y otras veces nuestro deseo era llegar al final a Compostela.
Arca - Santiago de Compostela
"Orballa en Santiago"
Sonó el despertador a las siete de la mañana y cuarenta minutos después salimos en bicicleta tras cumplir con las órdenes que nos encomendó la hospitalera del día anterior. Nos aseguramos que no hubiese nadie en el albergue, lo cerramos con llave y dejamos ésta en el buzón de correos al salir. Como ya calculábamos que seríamos los últimos en salir del albergue no nos importaba asumir tan exiguas responsabilidades.
Estaba orballando, término gallego que se refiere a la lluvia muy ligera pero que moja.
- ¡Qué suerte! Llegar a Santiago lloviendo, donde la lluvia es arte- decíamos para dar el toque positivo a esta última etapa.
La etapa final iba a ser corta, de poco más de veinte kilómetros, pero tampoco nos íbamos a librar de la dureza de los toboganes gallegos. Los bosques de eucaliptos siembran el paisaje en este último tramo, y entre sus pelados troncos se respiraba la humedad del ambiente de esa fresca mañana. Pasamos el pueblo de Arca y el Amenal, y tras cruzar la carretera general nos adentramos nuevamente en un frondoso bosque, atravesado por una pista de tierra, monte arriba.
Durante casi dos kilómetros tuvimos que hacer el último gran esfuerzo del Camino, el último de tantos sufrimientos y martirios físicos que nos había deparado la ruta, tantos eran, que cada metro recorrido era una victoria que habría de permitirnos el lujo de decir con sano orgullo "Yo he hecho el Camino de Santiago".
Quico acusó la baja forma con que había llegado a esta tercera parte, pero se portó como un campeón subiendo sin bajarse de la bici. La pendiente era constante, sin gran desnivel pero con pocos descansos. Al llegar arriba nos encontramos en los límites de la zona del aeropuerto. El final de la pista de aterrizaje ocupa el firme que hace siglos cruzaban los peregrinos, hoy en día tenemos que bordearla por una alambrada hasta llegar, nuevamente en la senda originaria, a la pequeña aldea de Sampaio tras cruzar otra vez la carretera general. Precisamente, es el final del Camino la parte más afectada por las numerosas carreteras y obras que efectuaron en el pasado en las afueras de la capital de Galicia. Es el inapelable paso del progreso.
- ¿Cuándo paramos a desayunar?- clamaba Ramiro al cielo por su necesitado café.
Poco después hicimos un alto en el pueblo de Lavacolla, en la bajada desde el aeropuerto hacia Santiago y justo antes de la última pendiente del Camino. Tras los primeros kilómetros en ayunas un reconstituyente desayuno a base de tostadas con mantequilla fue ideal para afrontar el tramo final con impulso y vehemencia.
Retomamos el pedaleo siguiendo el trazado original del Camino que desgraciadamente coincidía con la carretera. En este año jacobeo han desviado a los peregrinos por medio del monte para evitar accidentes, sin embargo como era domingo temprano y no había tráfico optamos por la senda original. Realmente no fue una decisión, ya que nos dimos cuenta de esto a posteriori, y menos mal porque la carretera de Lavacolla a San Marcos, aunque era más larga, tenía menores porcentajes que el nuevo trazado alternativo.
Ya estábamos llegando a Santiago, y conocíamos palmo a palmo por donde pedaleábamos. Jugar en casa tenía ventajas pero a la vez nos produjo sinsabores, además, a medida que nos acercábamos sentíamos que todo se terminaba.
Seguía orballando, y tras atravesar las instalaciones de un cámping y de los estudios de televisión española nos acercamos al épico lugar donde se gestó el afamado grito de Ultreya.
Habíamos oído muchas veces ese término, lo vimos escrito en los albergues, en las camisetas con motivos jacobeos. Es el nombre de la canción más antigua de la peregrinación, inspirada en el grito de guerra santa de las Cruzadas. En su estribillo: ¡Herru Sanctiagu, Gott Sanctiagu, Ultreya, e suseya, Deus adjuva nos!, cantado por los francos al llegar al Montjoi, Monte del Gozo en Santiago, Herru quiere decir Señor, Gott es buen, y Ultreya quiere decir ¡Adelante! y Esuseya, ¡dale para arriba!.
El Monte del Gozo nos sirvió como último alto y descanso. Volver a montar en la bicicleta era ya para terminar el Camino, ya no habría más paradas hasta llegar a la Catedral de Santiago. En el alto del monte, se erige un monumento dedicado al Camino de Santiago levantado durante el último año santo del 93, de esa época era también el desmesurado y funcional centro de acogida de turistas y peregrinos. Tal muestra de modernidad quebraba la carga histórica y espiritual que pesa en el que desde Roncesvalles lleva días caminando o pedaleando.
- ¿Desde dónde venís?- nos preguntó amablemente un matrimonio extranjero entre las muchas personas que se fotografiaban junto al monumento- ¿de dónde sois?.
¡Qué ironía la nuestra!. Desde las afueras divisábamos la estampa de pueblo venido a más de Compostela, su zona vieja y la esbeltez de las torres barrocas de su espléndida catedral, una imagen archirrepetida en nuestras retinas, y que ahora debía significar algo distinto. Queríamos sentir algo nuevo, queríamos disfrutar de un instante de felicidad, de un nuevo suceso extraordinario, pero no era un acto mental voluntario. Nuestro deseo de magnificar tal momento se truncó con la idea preconcebida de llegar al lugar donde vivimos. Quizás Ramiro no se sentía así, pero Quico y Jesús habían pasado un cuarto de siglo en las calles de Compostela, y como tales, eran auténticos "picheleiros".
Entrando en la ciudad, un frustrante sentimiento de pena compartida rondaba nuestros pensamientos. La lástima de ver como las vivencias alargadas durante tres años se esfumaban sin remedio era el detonante de nuestra baja emotividad, recorríamos las calles con lentitud, con la mínima posible para no caernos de la bici, para dilatar aún más nuestra experiencia.
Pedaleamos por la recién estrenada Rúa de San Pedro ya peatonal, entramos por Puerta Real, llegamos a la Plaza de Cervantes, calle Azabachería y... la Plaza de la Quintana.
Ahí. Arriba en las escaleras, frente a la casa de la Parra, nos detuvimos. Era el punto y final de nuestra aventura. No hubo saltos, ni lágrimas de alegría, enmudecimos, incluso el alboroto de turistas y peregrinos abajo en la plaza se tornó para nosotros en un silencio sepulcral, segundos después un sentimiento de júbilo recorrió nuestras venas, nos miramos y nos abrazamos y luego todo fueron expresiones de que al final lo habíamos conseguido, de lo increíble de la experiencia,... de la magia del Camino.
Abajo, en la Plaza de la Quintana, había una agitación increíble de visitantes, una interminable cola que se retorcía hasta lo imaginable para entrar por la Puerta Santa que se había abierto el treinta y uno de diciembre del noventa y ocho para inaugurar el Año Santo Jacobeo 99, año de indulgencias plenarias.
Lo primero que hicimos fue dirigirnos hacia la Archicofradía, en el número uno de la Rúa del Villar. Allí dejamos aparcadas las bicicletas y, sudorosos, nos cambiamos las ropas como pudimos. En el segundo piso presentamos la credencial de peregrino debidamente sellada y nos entregaron la "Compostela" con nuestros nombre en latín. ¡Qué regocijo!, por fin teníamos plasmado en papel el premio a nuestra peregrinación. En la tienda de al lado nos la plastificaron para que no se estropeara.
Eran poco más de las diez de la mañana, y habíamos conseguido llegar a una hora prudente, para poder asistir a la Misa del Peregrino de las doce.
La Catedral estaba abarrotada, no entraba ni una mosca, había colas por todos los lados, para abrazar el busto del Apóstol tras el altar mayor, para confesarse, para salir por la Puerta Santa, para dar los "croques" en la cabeza del Maestro Mateo, para hendir los dedos en la columna central -el árbol genealógico- del Pórtico de la Gloria,... sin embargo, no había nadie para visitar la cripta del Apóstol Santiago. No dábamos crédito a tal hecho, quizás Boanerges había tronado y había espantado a los curiosos justo antes de nuestra llegada, para así bajar a contemplar con paz y sosiego la urna de plata donde yacen los restos del culpable de todo esto.
Apretujados entre la gente nos dirigimos hacia el ala oeste para buscar un sitio para sentarnos. Seguro que seiscientos o setecientos años atrás algún otro peregrino apoyó su espalda en la columna en la que descansamos mientras comenzaba la liturgia. A sabiendas, nos habíamos ubicado en el sitio idóneo para una perfecta contemplación del remate triunfal del día, el botafumeiro.
Con mucho cariño el cura oficiante recordó, como en todos los principios de la ceremonia, a los peregrinos recién llegados a Compostela. Fuimos nombrados como un pequeño grupo de peregrinos de Coruña que venían desde Roncesvalles.
Nos gustó mucho oír aquello, fue otro premio más, un reconocimiento al tesón de pedalear y pedalear tantos kilómetros, tantos charcos, tantos baches que te clavan el sillín, tantos pinchazos, tantos sudores,... pero también tantos buenos momentos con excelentes compañeros de viaje.
El colofón de la Misa, como sucede en los años jacobeos, sería el último de los sucesos extraordinarios que le puede suceder a cualquier peregrino. Es algo indescriptible, cada uno siente algo especial durante los cinco minutos que dura el espectáculo del botafumeiro, y nosotros a pesar de que ya lo habíamos vivido decenas de veces, nos produjo una cálida sensación de hormiguillo en el cuerpo. Un placer para los sentidos, el humo saliente embriagador del gran incensario, el majestuoso himno del Apóstol y el regio órgano de la Catedral en perfecta armonía, el vaivén del botafumeiro a más de ochenta kilómetros por hora a lo largo de todo el eje de la cruz latina hasta lo alto de las bóvedas, y los ocho "tiraboleiros" acelerando y frenando mediante enormes cuerdas la acción de tal ingenio mecánico, que anecdóticamente servía en su tiempo para eliminar el mal olor que dejaban los muchos peregrinos que visitaban la Catedral.
Tras la Misa, nos reencontramos con Cheché y Susana, que otro año más esperaban al término de nuestro viaje, y como en un domingo cualquiera nos fuimos a la zona de vinos de la Raíña, como unos compostelanos más, a tomar unos aperitivos. Más tarde, calentamos el cuerpo con las deliciosas pizzas del Oasis en la calle Nueva del Ensanche, otro lugar de muchos recuerdos durante nuestra vida en esta ciudad. Cuando volvimos a la Archicofradía donde teníamos las bicicletas nos dimos cuenta que habíamos perdido las "Compostelas". Afortunadamente aparecieron sin problemas, se habían quedado en la pizzería.
Y así fue como un domingo seis de junio de 1999 los tres peregrinos tropicales pusieron punto final a una aventura que había comenzado tres años atrás. En las fotos de recuerdo hasta se puede apreciar el paso de los años, esto es,..., más barriga, menos pelo,... ¡qué vamos a decir!, algo que todo el mundo sufre cuando cruza la treintena. Dejamos las bicicletas en casa de los padres de Quico y volvimos a La Coruña los cinco en coche.
Esa noche dormimos cada uno en su casa, en su cama, pero como un mecanismo en perfecta sincronía, fruto espontáneo de las horas pasadas juntos, fuimos sumergiéndonos en el último sueño común. Ahí estábamos los tres, cual asteroides flotando y vagando a velocidades medidas en años luz por el universo infinito, gravitando en torno a Andrómeda, una galaxia gigante en forma de espiral, se oían voces remotas y con eco.
- Aunque somos la reina de la familia- contaba una estrella de Andrómeda- debemos estar atentas a la fusión de las Nubes de Magallanes que les harían cobrar relevancia en el Grupo Local.
Atentos a la conversación entre las estrellas de Andrómeda y conscientes de haber sido descubiertos les contamos una leyenda.
- Cuentan que en la Vía Láctea- empezó con voz serena Jesús- en uno de sus múltiples brazos llamado Brazo de Orión, muy cerca del sistema Alpha Centauri, hay una estrella amarilla común, dicen que esa estrella se llama Sol.
Súbitamente, despertamos al unísono del sueño, un sueño que ya se había hecho realidad, habíamos hecho el Camino de Santiago.
FIN
Diciembre 2000
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