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"Pedaleando con el peregrino tropical"


Jesús Robres Zardoya

(II)




2.0.- Camino de Santiago 1998 (introducción)
2.1.- Logroño - Santo Domingo de la Calzada
2.2.- Santo Domingo de la Calzada - Burgos
2.3.- Burgos - Frómista
2.4.- Frómista - León
2.5.- León - Rabanal del Camino
2.6.- Rabanal del Camino - Herrerías de Valcárcel
2.7.- Herrerías de Valcárcel - O Cebreiro





Camino de Santiago 1998


La aventura del año anterior había calado hondo. Solamente habían sido dos días de Camino pero el interés sobre todo lo relacionado con la ruta era creciente. Leímos "Diario de un Mago" de Paulo Coelho, un famoso y criticado libro sobre el Camino de Santiago, que fue tema de comentarios durante gran parte del año. Nos preparamos físicamente para afrontar la dureza de las etapas. Y nos concienciamos de que el Camino de Santiago no discurre por las carreteras. También nos habíamos prometido que durante la semana que íbamos a estar en la ruta sólo nos importaría disfrutar cada instante sin marcarnos más metas que el kilómetro siguiente. Teníamos todo listo para una semana completa en mitad de agosto. Esta vez habíamos completado el material de cicloturista y no facturamos las bicis porque nos salía más barato alquilar un coche familiar y conducir los tres hasta Logroño, el punto donde habíamos dejado la ruta el año anterior. Así fue como un sábado 15 de agosto, en medio de la operación salida mitad de agosto, iniciamos nuestra segunda parte del Camino de Santiago.

- ¿Dónde están las llaves del coche?- dijo Quico cuando estábamos metiendo las bicis en el coche. Empezamos perdiendo las llaves en las ranuras del coche de alquiler, cuando nos disponíamos a salir en busca de Ramiro. ¡Vaya susto!

- Quico, ¿no te habrás olvidado la credencial de peregrino?- exclamó Jesús mientras arrancaba el coche. Menos mal que lo dijo porque sí, se la había olvidado.

La salida de casa de Ramiro fue sobre las once menos cuarto del sábado. Hicimos una primera parada en Villafranca del Bierzo para desayunar, pero una tormenta había cortado la luz y no había nada caliente para comer. Seguimos de camino hasta Ponferrada, donde tomamos un bocata de tortilla y un café en un hotel en una curva justo a la salida de la villa templaria.

En el área de servicio de Burgos, y con medio millar de kilómetros recorridos, repostamos gasolina. Fue una parada técnica para liberar nuestros esfínteres, y tomar una ración de tortilla, unas bebidas y unos hojaldres. Había demasiadas empleadas tras la barra para atender a no muchos clientes, y se hacían un lío entre ellas tremendo. La que nos atendió se llamaba Marta y aunque inicialmente fue amable al final perdió los papeles como las demás. Había llovido durante gran parte del camino, y el olor a tierra mojada en la zona de parada era el característico de los días de verano tormentosos. Se repetían algunas escenas del año anterior.

El viaje duró poco más de siete horas, y sobre las seis de la tarde, habíamos llegado a Logroño. Seguía lloviendo aunque estábamos a veintidós grados y hacía bochorno. Quizás por la festividad del día no había nadie por la calle en la ciudad. Entramos directos al centro y fuimos reconociendo poco a poco la zona donde habíamos estado el año pasado: las zonas de ambiente nocturno, la zona de la plaza del Mercado,...

Elegir el hospedaje fue decisión ejecutiva. El primero que vimos ya nos lo quedamos, y a las siete menos cuarto, ya teníamos alojamiento cerca de la plaza de la catedral y de la zona de vinos (calle Laurel, calle Peso). Era el "Hostal Sebastián". Guardamos las bicis en la casa de Sebastián y nos dimos cuenta de que a aquellas horas aún estaban de sobremesa bebiendo whisky en su casa.

Dejamos el coche en la calle Gran Vía, al lado de una farmacia, y depositamos las llaves en un lugar indicado en la puerta de la empresa de alquiler. A Sebastián le extrañaba que viniésemos de Coruña con un coche matrícula de Madrid, y también que preguntásemos por una gasolinera para dejar lleno el depósito del coche alquilado. Sebastián era un hombre atípico, se cuestionaba cualquier cosa por peregrina que fuese y todo en nosotros le extrañaba.

- Umm,... peregrinos, gasolinera, bicicletas, coche de alquiler, ¿Madrid, Coruña?- cavilaba la mente de Sebastián. Un tipo simpático, con sus enormes gafas de pasta con unos cristales de hipermétrope que le resaltaban los ojos y acentuaban su aspecto despistado, un personaje para el recuerdo.

Esa noche fuimos de vinos por las calles típicas y tomamos un café en la plaza del Mercado, en la cafetería "La Fama", donde José Antonio de Ponteareas nos atendió muy amablemente otro año más. El resto de la larga noche discurrió según los avatares del peregrino tropical y los detalles se mantienen secretamente en nuestro recuerdo. Se volvían a repetir escenas del año anterior.



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Logroño - Santo Domingo de la Calzada


"La resaca"
16/8/98

El despertar fue duro. Lo tomamos con gran parsimonia, y no nos dimos prisa en comenzar la etapa. Salimos a la calle ataviados con la indumentaria ciclista a conjunto, nuestro querido maillot rosa, y desayunamos unos deliciosos bocadillos en el bar de abajo del hostal. Preparamos nuestras alforjas, quedaba por recoger la habitación y preocuparse de no dejar nada olvidado, pues el desbarajuste del día anterior había sido monumental. Sebastián nos abrió la cochera donde estaban las bicicletas, nos colocamos el casco reglamentario, cada uno de un color distinto pero del mismo modelo, ajustamos los guantes y el cuentakilómetros a cero, montamos sobre las bicicletas y comenzamos a pedalear hacia el albergue de la calle Rúa Vieja, justo donde habíamos llegado el año anterior.

Doce del mediodía. Había comenzado una nueva aventura por la ruta milenaria. Era un día despejado, de calor, y nuestro espíritu estaba repleto de ánimos e ilusiones. Salíamos de Logroño, urbe en la que por dos veces encontramos nuestro arquetipo de peregrino. Lo hicimos por la calle de Barriocepo y cruzando por la histórica Puerta del Camino, también llamada del Revellín o de Carlos V.

Tomamos dirección Burgos. Entrábamos en tierras de epopeya, lugares de quimera, campos de batallas imaginarias, de resistencia a la invasión musulmana. Clavijo, ligeramente fuera de la ruta, muestra los restos de su castillo en lo alto de una montaña. Nuestro Hijo del Trueno, espada en mano, se apareció en medio de la lucha entre moros y cristianos decidiendo la batalla a favor de las huestes de Ramiro II rey de la Corona de Castilla, y la leyenda añadió un nuevo nombre a su persona, Santiago Matamoros. Quiso la historia cristiana convertir al apóstol en guerrero, en Santo adalid, patrón de las Españas, mitificando la célebre frase Santiago y cierra España.

Seguramente, nuestras mentes iban pensando en cosas más baladíes que quiénes derramaron su sangre mil años atrás. Probablemente, el interior de nuestro cerebro estaba en estado de recomposición neuronal, y con los baches de la ruta en los primeros kilómetros, además de la mochila que se le cayó a Quico, con ella también nos cayeron unos cientos de neuronas viles víctimas de traición por asfixia etílica.

A unos nueve kilómetros de Logroño, en Navarrete, y tras atravesar el Embalse de La Grajera, el sofoco de calor era mortal, así que nos planteamos tomar un primer tentempié para reponer fuerzas adecuadamente. Apoyamos las bicicletas en el albergue de peregrinos para sellar las credenciales, donde nos habían advertido que hasta el siguiente pueblo, Nájera a dieciséis kilómetros, no podríamos conseguir agua.

Decidimos comprar unos bocadillos en un bar próximo, beber algo, descansar un poco y avanzar hasta Nájera para comerlos allí.

- Hijos, los he hecho de lomo y les he puesto unos "pimienticos" para que se os hagan más jugosos- dijo la dueña del bar tras hacerlos con el esmero de una madre mientras nos los envolvía en papel de aluminio.

Una procesión en honor a San Roque pasaba por las calles de Navarrete mientras esperábamos nuestro bocadillo. El responsable del albergue, un hombre muy agradable, quizás rayando en lo afeminado, nos invitó a conocer las instalaciones. No le hicimos mucho caso y entramos poco más que al rellano. Hicimos una foto en las calles típicas de este pueblo en fiestas y mientras Quico apartaba un contenedor de basura que estropeaba la foto, una vecina del pueblo empezó a vociferar pensando en que lo queríamos robar.

Salimos de Navarrete. En ese momento discurríamos por el arcén de la N-120, entre el kilómetro 11 y 16, donde algunas señales engañan al peregrino para que se dirija a localidades cercanas que no pertenecen al Camino, ya sabíamos de los intereses turísticos de la gente pues en las guías actuales hasta vienen indicadas estas falsas referencias. La tranquilidad de nuestro pedalear nos permitía parar para saborear la fruta de los árboles ajenos, para discutir sobre qué cultivos había en uno u otro sembrado, o para charlar con un pastor, con su rebaño de ovejas bien dirigido, que llevaba en sus brazos un pobre corderillo muerto.

El Camino asciende entre campos de labor hasta un collado donde paramos a contemplar las vistas, muy cercano al Poyo de Roldán, lugar de leyendas épicas. Algunas veces el legado de la historia es tan ingenioso y ocurrente que se aproxima a lo humorístico. He aquí una muestra de ello, pues en el lugar donde nos hallábamos, Roldán, un valiente caballero de Carlomagno, tomó una piedra y la lanzó fuertemente hacia el castillo de Nájera, donde estaba sentado el gigante sirio Ferragut, que más fuerte que Goliat tenía atemorizada a la población. Ferragut cayó derribado y murió.

Desde este cerro es todo bajada hasta cruzar, sobre unas tablas de madera, el angosto cauce del río Yalde. Tras pasar los restos de una antigua explotación petrolífera y una montaña de grava, tomamos dirección equivocada hacia Huércanos por una larga recta cuesta abajo. La sensación de avanzar un par de kilómetros sobre una pista asfaltada y sin pedalear nos relajó tanto que no nos percatamos de nuestro error. Algo contrariados tuvimos que desandar el tramo ahora ligeramente cuesta arriba.

Llegamos a Nájera, del árabe lugar entre peñas, donde hicimos una parada junto al río Najerilla a una hora estratégica, la de comer. A la fresca de los árboles disfrutamos de los sabrosos bocadillos que nos habían preparado. Entre bocado y bocado, en silencio, contemplábamos a nuestro lado a otros ciclistas. Había un par de chicas, una francesa y otra japonesa, ambas un tanto peculiares, y con las bicis llenas de bultos hasta los topes, llevaban mucho más peso que nosotros. No éramos los únicos que descansábamos en un lugar tan apetecible. Incluso extendimos las esterillas para tumbarnos en el césped y la modorra tras la comida retrasó un rato la reanudación del camino.

Hubiera sido más instructivo emplear el tiempo visitando las innumerables obras arquitectónicas que los siglos han dejado aquí, pero escogimos en su lugar el descanso y un remojón en el río. No llegamos a bañarnos de todo pues teníamos la comida justo encima, pero sí nos mojamos los tobillos y nos salpicamos un poco. Además, era necesario refrescarse tras haber dormido poco la noche anterior que había sido de jarana.

Salimos de Nájera por una pista terrenal en continuo ascenso, el calor era agobiante y a esta dureza se unió la tensión nerviosa que nos provocó un perro. Al tiempo que subíamos la empinada cuesta el perro rondaba a un lado y otro de las bicicletas enseñándonos los dientes y ladrando ferozmente. Menos mal que un motorista se cruzó un poco más arriba de nuestra altura y con el ruido de la moto se llevó al perro con él.

Nada más pasar Azofra nos desviamos hacia San Millán de la Cogolla, fuera del itinerario jacobeo. Un sol implacable nos hizo sudar como fuentes hasta el punto de que veíamos pendientes impresionantes que realmente no existían. Mirábamos el velocímetro y nos costaba superar los quince kilómetros por hora. Nos preguntábamos si sería un falso llano, o un viento imperceptible en contra, o el cansancio. Paramos en una fuente a beber y el agua nos sabía mal, no podíamos calmar la sed. Por fortuna faltaba poco para llegar a San Millán y el final era todo bajada.

Una vez allí nos deleitamos con la contemplación de los Monasterios de Yuso y Suso. Hicimos una visita al Monasterio de Yuso (el de abajo) con un guía muy dinámico y muy expresivo en sus comentarios. Recordamos sus explicaciones, la del alabastro, hecho con agua, yeso y cal en proporciones similares; la atemporalidad de los sucesos descritos en un cuadro donde estaba Santiago Matamoros; el simpático fascitol, mueble donde se colocaban los libracos de la época y se giraban para su lectura; el modo de elaboración de las hojas de los libros; y cómo han hecho para que no se caiga la iglesia inyectando cemento a presión hasta cincuenta metros de profundidad en la base de las columnas. ¡Qué culturales! Sin embargo, casi al final de la visita, la elevada temperatura existente en algunos de los habitáculos en los que entramos nos provocó, según Quico, el médico del grupo, una "reacción vagal" a los tres. En términos populares fue una bajada de tensión brutal consecuencia del esfuerzo que llevábamos encima. Tuvimos que abandonar la visita, salir de allí e ir al retrete tan pronto como pudimos. Evidentemente era el día de la resaca.

Al retomar el pedaleo casi nos vamos de bruces al suelo, una especie de canaleta en medio del carril trababa la rueda de la bici si no estábamos atentos a ella. Era tarde y teníamos que llegar a Santo Domingo pues estábamos en el medio de nada, y la situación corporal nos impedía tomar aliento positivo. Nos imaginábamos que salir de allí sería muy difícil puesto que unos ocho kilómetros serían de subida, los que habíamos bajado antes, y luego quedaban otros diez más en llano hasta llegar a Santo Domingo de la Calzada.

Increíblemente avanzamos mucho más cómodos de lo que pensábamos, por lo menos en las primeras rampas. Más tarde, Ramiro tuvo que bajarse de la bici para subir alguna cuesta que otra, mientras Jesús y Quico, a duras penas, subían con un "11", en nuestro argot plato más pequeño y piñón más grande, casi a la misma velocidad que Ramiro andando. Fue un final de auténtico suplicio.

- ¡Ehhh!, ¿dónde vais, que es aquí?- gritaron desde el albergue de peregrinos de Santo Domingo cuando nos vieron pasar delante del edificio como una exhalación.

Alegría. Llegamos al albergue. Mejor dicho nos pararon ellos, porque tan ciegos íbamos que ni lo vimos. Era muy tarde, sobre las ocho y media, y ya no quedaban camas, pero nos daba igual. Nos alojamos en un pabellón del edificio donde se daba cobijo en el suelo a otros 30 peregrinos más. Había tableros de aglomerado para no sentir el frío cemento y el resto lo harían nuestra esterilla y nuestro saco de dormir.

Aprovechamos las instalaciones para lavar y tender la ropa y tras una ducha, fuimos a cenar a "Las Teresitas", una Hospedería de la Orden del Císter de Nuestra Señora de la Anunciación del siglo XVII. Las monjas nos dieron muy bien de cenar, los platos eran muy abundantes e incluso se podía repetir, era el menú del peregrino, y nos sentíamos dignos de recibirlo. Cuando las monjas nos llenaban el plato se apreciaba en ellas una actitud de ánimo y deseo de reconfortarnos tras nuestro esfuerzo. No todo era altruismo porque pagar claro que pagamos, pero la sensación era semejante a la de llegar del colegio a casa y tener la cena hecha por tu madre. Durante la misma, ya relajados, nos carcajeábamos otra vez de nuestras andanzas del Camino, y entre otras cosas nos reíamos porque sin darnos cuenta estábamos soltando palabrotas muy poco apropiadas para la compañía que habíamos elegido.

Pronto volvimos al albergue y nos fuimos a dormir, mejor dicho a descansar de forma horizontal, ya que casi no pegamos ojo por un roncador crónico que dormía cerca de nosotros. Eran los inconvenientes de dormir en grupo, pero un vecino de "cama", nos recomendó poner papel higiénico en los oídos para amortiguar el ruido del ronquido. Funcionó, a Dios gracias, y rendimos nuestros cuerpos al sueño profundo.

Nuevamente en ese sueño volvíamos a aparecer los tres ante Santiago esta vez Matamoros, vestíamos según los estándares del peregrino tropical, con pantalón de guiri a conjunto, camiseta estampada, las maracas, el gorro de paja, y una copa de cubata de ron en la mano.

- ¡Vosotros, osados peregrinos, infieles transgresores de la tradición jabobea!- exclamó Santiago Matamoros a lomos de su caballo blanco encabritado y blandiendo una afilada espada con sangre sarracena en su hoja- ¡Sabed que a partir de ahora vestiréis la famosa y típica indumentaria del peregrino, con sus siete elementos según manda la iconografía jacobea: sombrero de ala ancha, para protegeros del sol y la lluvia; abrigo con esclavina, por el frío y la nieve; calzado resistente, para pisar las infinitas piedras del camino; bordón, para apoyaros e incluso defenderos de algún que otro zorro; calabaza, para guardar el vino y el agua; zurrón, para la comida y otros enseres; y la concha venera o vieira, prendida en el sombrero!.

- ¡No, eso no, como Zapatones no, clemencia!- suplicábamos al imaginarnos vestidos como un viejo conocido de la ciudad de Compostela que actúa de reclamo para los turistas.

Santo Domingo de la Calzada dormía, hasta que los gallos nos despertaron de nuestras fantasías a las cinco de la madrugada.



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Santo Domingo de la Calzada - Burgos


"La mecánica"
17/8/98

Amanecimos en otro enclave histórico. "Santo Domingo de La Calzada, donde cantó la gallina después de asada". Leyenda triste de amores con rencores y progenitores llenos de fe, famosa historia conocida en toda España y transmitida de padres a hijos.

Idónea fue la elección del lugar para desayunar, el mismo local de las monjas Teresitas, que nuevamente nos brindaron su humilde ayuda al peregrino a tan temprana hora. Emprendimos ruta hacia las ocho de la mañana, tras dedicar unos minutos a inflar la rueda de la bicicleta de Ramiro. A nuestro lado, unos andaluces que conocimos en el albergue estaban haciendo fotos a una moza. Sí, sí, a la "moza de La Rioja", como aquí llaman popularmente a la grácil torre barroca de setenta metros de la Catedral.

Atrás quedaba Santo Domingo que abandonamos recorriendo el empedrado de su calle Real. La espesa niebla de esa mañana había rebajado las temperaturas matinales más de lo normal, y aunque salimos bien abrigados con chubasqueros, tardamos en entrar en calor. El que vestía Ramiro tenía aberturas para la transpiración, pero lo que era inicialmente un avance técnico de la prenda, al final se convirtió en un colador de frío cierzo.

Avanzamos los primeros siete kilómetros entre una neblina que se licuaba en agua y nos empapaba desde la cabeza a los pies. Entre incómodos y desagradables sudores fríos, provocados por el tejido del impermeable, llegamos hasta un pueblecito llamado Grañón, donde hospitalariamente nos ofrecieron un suculento desayuno. El segundo de la mañana, y todavía sin haberlo merecido.

Un grupo de gente vinculada con el Camino y que ya lo habían hecho en otras ocasiones, mostraban lo mejor de sí mismos para ayudar a los caminantes y ciclistas. Casi todos los peregrinos que llegaban, paraban a reponer fuerzas. Frente la iglesia del pueblo, y bajo unos soportales, habían instalado una larga mesa, y ahí había café, leche, galletas, bollos y sandía para aquel que lo necesitase. El verdadero significado del altruismo lo encontramos en Grañón, en aquellas gentes que disfrutaban sirviéndonos, hasta hacernos sentir algo violentos por lo inusual de esta actitud. Profusamente, agradecimos su gesto, que no se percibía como un servilismo devoto o piadoso, sino como una manera de compartir momentos y vivencias entre amigos del Camino.

Aquí conocimos a Miriam, una joven navarra de Vera de Bidasoa que hacía el Camino sola. Estaba acostumbrada a practicar descensos en bicicleta de montaña y dábamos fe de ello por las gruesas piernas que tenía.

No nos fuimos de Grañón sin sorprendernos todavía más. Cuando montábamos en las bicicletas para reemprender la ruta, vimos una pequeña arquilla con billetes y monedas y un texto escrito sobre una cartulina que decía: "Peregrino, deja lo que te sobre y toma lo que te haga falta".

Confusos por estas circunstancias, salimos del pueblo por la bajada hacia Redecilla del Camino, donde casi perdemos la senda buena. Unas peregrinas también algo perdidas nos pararon y nos indicaron la dirección correcta. Continuamos bajo un cielo todavía gris hacia Belorado, "Belforatos, lugar hermoso y angosto", y entre pedalada y pedalada y por los constantes e innumerables botes y saltos que dábamos, se rompieron las mochilas de Quico. Encima, la rueda delantera de Ramiro perdía aire y daba aspecto de pinchada. Aparecían los primeros problemas técnicos.

En Belorado paramos cerca de una hora para reparar la mochila y cambiar la rueda. Ramiro, que llevaba quejándose del peso de sus alforjas desde que salimos de Logroño, aprovechó para soltar lastre y facturó por correo a su casa casi tres kilos de bultos innecesarios de su mochila, incluido un sillín de repuesto que traía.

Hicimos la parada en la gasolinera, quizá el lector se imagine un moderno complejo de surtidores y tiendas del cuasimonopolio español, pero no, era un sórdido bloque de cemento de cuatro metros con una única manguera, y manchado de aceite y grasa por todo su alrededor.

- ¿Vais a estar toda la mañana aquí?- nos dijo el gasolinero en un perfecto tono de tosquedad y grosería. Llevábamos un rato con las bicicletas apoyadas en la pared de su bloque, y quizás le estábamos espantando la clientela, o no le gustaban los llamativos colores de nuestros maillots.

Habíamos perdido casi una hora en estos menesteres, y encima no fue de descanso, sino de agobio por la cantidad de camiones que pasaban a nuestro lado, y un sol justiciero que empezaba a calentar. Hartos de ese infortunio fuimos a comprar un poco de fruta al supermercado. Había una cola interminable, pero un kilo de manzanas y un rollo de cinta aislante, así como nuestra cara de prisa fue suficiente para que nos dejasen colar.

Aún nos quedaban cuarenta y cinco kilómetros para llegar a Burgos, y continuamos camino hacia Villafranca de Montes de Oca. Enclave fundamental del Camino y frontera oriental de Castilla. El terreno hasta aquí es muy seco y pajizo, se discurre entre calurosos campos de cereales poco propicios para el avance de los tubulares, pero sí para arriesgarse a un pinchazo.

Dicho y hecho, pincha la rueda de la bicicleta de Jesús. Al menos, sólo estábamos a medio kilómetro del pueblo, y aprovechamos la parada, además de para reparar el pinchazo, para comer un tremendo bocadillo de tortilla con jamón.

Apoyados contra la pared de una casa, y a la sombra de un sol que a esa hora, serían casi las dos del mediodía, fundía el asfalto y bloqueaba las maniobras de cualquier organismo vivo, nos vimos obligados a descansar para afrontar con garantías el Puerto de la Pedraja, a 1.150 metros sobre el nivel del mar. No era el lugar apropiado, ni fue de nuestra elección, carecía del idílico río y arboleda de Nájera, pero teníamos lo imprescindible, comida, bebida y sombra, para recuperar las energías necesarias.

Al igual que en Belorado, el ruido de los camiones que cruzaban Vilafranca, la villa de los francos, añadía la nota discordante, y el enrarecido ambiente, mezcla de polvo y humareda de carburante, estaba adherido al sudor de nuestro cuerpo.

Pusimos a secar la ropa del día anterior. No teníamos prisa de retomar un camino que la guía describía como de extrema dureza. Curiosamente, subiríamos estos fríos montes, antiguamente habitados por temidos bandidos, pero no los bajaríamos, ya que entrábamos en la llanura de Castilla, el pequeño altiplano español.

La subida a La Pedraja por carretera debía ser muy dura por lo que vimos el año anterior en el autobús pero por el Camino fue matadora. El trecho inicial de subida tenía rampas del once por ciento, pero las lluvias caídas desfiguraban el perfil del terreno formando surcos y lo hacían impracticable. No hay posibilidad de montar en bicicleta y pedalear por el abrupto camino en unos cuatro kilómetros que recorrimos caminando y tirando de la bici hacia arriba. Sudábamos hasta la extenuación, sin embargo, en poco tiempo alcanzamos un nivel de elevación considerable y como recompensa bien merecida a ese esfuerzo las vistas panorámicas hicieron su aparición para gozo de nuestros sentidos.

Llegamos antes de lo previsto a la Fuente de Mojapán, donde teníamos pensado parar para descansar y beber un poco. Hicimos unas fotos y Ramiro, aprovechando las ventajas de mil años de progresos en la historia del Camino, llamó por teléfono a Borja, un compañero de trabajo, al que le comentó las aventuras y desventuras de nuestro peregrinar. Desde aquí el trayecto sería más suave. Quedaba el punto más alto que no coincidía con el puerto, señalado por la Cruz de los Caídos en honor a los muertos en la Guerra Civil española, y que pasamos con la ilusión de que la subida se acababa.

Nos las prometíamos felices y fue entonces cuando Ramiro pinchó de manera espectacular su rueda trasera. Bajo un sol calcinante, nuevamente otro pinchazo, el segundo a arreglar en el día, además de la rueda de Belorado. Resignados, seguimos adelante tras tremendas bajadas y subidas continuas, estábamos casi en la cima de la Pedraja, se veía la carretera abajo, y... ¡válgame Dios!, de nuevo la rueda trasera de Ramiro, la misma de antes pero ahora con la cubierta herniada. La cámara se salía por fuera de la cubierta y los pinchazos caerían irremediablemente uno tras otro si no arreglábamos pronto este desaguisado.

Aunque podíamos cambiarla, tanto salto y mal camino, nos auguraban un nuevo pinchazo en menos que canta un gallo, y Ramiro siguió pedaleando lentamente sobre la cubierta dañada. Seguimos así durante cuatro kilómetros hasta llegar al Monasterio de San Juan de Ortega, un lugar privilegiado, otro enclave mítico del Camino, y un paraje estupendo tanto natural como artístico. La soledad de este conjunto monumental convierte al monasterio en el lugar en que cualquier mortal se pararía para meditar durante horas y horas.

Dicen de este lugar que se construyó para apoyar a los peregrinos en su ruta, pero lo realmente increíble es el faraónico cálculo que hicieron los arquitectos de la época para conseguir que un rayo de luz apuntase directamente sobre una imagen de la Anunciación, situada en un capitel románico de una columna del interior del templo, justo y únicamente el día del equinoccio de primavera, es decir nueve meses antes del día de Navidad.

- ¿Tienen algo de beber?- dijo Jesús al entrar en un bar que había en el recinto del monasterio.

- ¡Por supuesto, esto es un bar!- contestaron de forma jocosa los chavales que estaban allí.

- Bueno, pues ponme tres latas frías de té con limón- replicó Jesús tranquilamente y sediento.

- ¡Ay!, esas cosas tan modernas, no- dijo el del bar ignorando a qué nos referíamos. Nos dieron unos refrescos de los clásicos y sanseacabó.

En el monasterio reparamos el pinchazo con calma, mientras Jesús se enteraba por dónde había tiendas de bicis en Burgos, y de paso como discurría la contrarreloj de la Vuelta Ciclista a Burgos. Ante el apremio de la hora, era primordial llegar a la capital burgalesa cuanto antes para encontrar una tienda abierta y poder cambiar la machacada cubierta y también para comprar unas alforjas para Quico. Este percance técnico fue el motivo que nos desvió de la senda original, y optamos por las fáciles pistas asfaltadas para evitar nuevos pinchazos. Hicimos los dieciocho kilómetros que nos restaban hasta Burgos por carretera. Nos dio mucha pena no poder seguir el itinerario del Camino y pasar por Atapuerca donde está el mayor yacimiento del mundo de restos de nuestros antepasados. En el fondo, no incumplíamos la ruta milenaria porque en San Juan de Ortega se dividía en tres ramales que llegaban a Burgos, pero el de Atapuerca había sido el elegido por Aymeric Picaud y a la postre el más recomendado en las guías.

Llegamos a Burgos sobre las siete de la tarde, once increíbles horas después de la salida, y con tan sólo cinco horas y media de pedaleo. Llevábamos apuntada en una nota la dirección de una tienda de bicis a la entrada de la ciudad, en la Plaza de San Bruno, y allí fuimos. El amable dependiente nos cambió la rueda, Ramiro compró una cubierta de calidad no fabricada en Taiwan, y nos hicimos acopio de cámaras de recambio, un chubasquero para Ramiro, y unos manguitos de lycra para Quico y Ramiro. La anécdota fue que al llegar al albergue, Ramiro ya había perdido sus manguitos recién comprados, y luego Quico le vendió los suyos, al mismo precio evidentemente.

De camino hacia el albergue nos cruzamos con otra tienda de bicis a la vera del río. Quico compró finalmente unas alforjas para sustituir las destartaladas desde Belorado. Cruzar Burgos no fue tarea cómoda, pues el cansancio de la etapa y la lluvia que comenzaba a caer tras muchas horas de sol, ponían la guinda para un final lleno de dificultades.

El albergue, al final de Burgos, estaba atendido por voluntarios que organizan las tareas de recepción y acogida a peregrinos. Eran dos chicos alemanes un poco despistados, imbuidos en su carácter germano de cabeza cuadrada, con los que después de hablar un cuarto de hora, no llegamos a ningún entendimiento, ni admitían ningún tipo de flexibilidad en horarios de llegada.

- ¡Qué diablos hacen unos "guiris" regentando el albergue! ¿Acaso no hay españoles voluntarios para hacer esto?- exclamó Jesús harto de que los tozudos teutones repitiesen que las bicicletas no quedarían a buen recaudo y que nos las podían robar.

- ¡Vaya albergue! Te advierten que han robado bicicletas y enseres de peregrinos, y que, además, no hay vigilancia; eso sí, estos siguen con la sonrisa estúpida en los labios como quien se cree hacer la labor humanitaria del verano en un albergue de peregrinos español- ironizaron Ramiro y Quico.

Además, el hacinamiento en este albergue era total, y un poquillo mosqueados decidimos buscar un hostal en el centro, para así, poder tener más tranquilidad y ver un poco de Burgos sin límites horarios. Preguntamos por alojamiento a un policía municipal, nos miró con cara de asco y no nos ayudó. Entonces, nos buscamos la vida como pudimos, habíamos preguntado en varios hostales y hoteles sin suerte, y para colmo seguía lloviendo, y esta vez a mares. Al final, por la calle San Cosme, encontramos el Hostal Temiño. Ahí nos dejaron subir y guardar las bicicletas por un módico precio.

Nos regalamos una merecida ducha en el hostal que contaba con todas las comodidades mínimas. Otra vez nos ataviamos con nuestra usual vestimenta a conjunto, y fuimos a cenar a la Plaza de España. Esta vez salió a relucir el peregrino acaudalado, y entramos en un restaurante a la carta, el "Mesón Rincón de España". La elección fue fácil, tomamos un delicioso cordero de Burgos, típico de la zona, con un buen vino, además el servicio fue exquisito. De la factura se hizo cargo Quico, que invitó en un canto alegórico a la amistad, un brindis por Quico.

Para digerir la extraordinaria cena vagamos campechanamente por las callejuelas burgalesas, mojándonos las sandalias y los pies por la intensa lluvia todavía acumulada en forma de charcos, y contemplando con admiración la Plaza del Ayuntamiento, la Puerta Real, y como no la Catedral, la archiconocida Catedral Gótica de Burgos. Esta ciudad, la ciudad del Cid Campeador, Don Rodrigo Díaz de Vivar, también peregrino como cuentan los cantares, se fundó como defensa del reino de León de la ofensiva mora, y se desarrolló como la gran urbe que actualmente es por los miles de peregrinos que, volviendo de Compostela, no regresaron a sus hogares eligiendo la hospitalidad burgalesa como lugar para pasar el resto de sus días.

A la hora bruja nos metimos en cama tras otro día de bicicleta rodando por la senda milenaria. Y si el día anterior, el cansancio hizo mella en nosotros por la resaca de la noche de llegada a Logroño, esta jornada había sido la de los problemas mecánicos y logísticos, que supimos resolver sin problemas, pero que nos privaron de alcanzar instantes de felicidad que otros peregrinos habrían encontrado ese día. Pero no pecamos de egoístas, y daban fe de ello los comentarios de última hora antes de dormir, que no eran para esas pequeñas incidencias, sino para el Camino. Estábamos tomando la conciencia real del viaje, y faltaba muy poco alcanzar la plenitud del mismo.



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Burgos - Frómista


"La magia del Camino"
18/8/98

Quisimos alargar el placentero descanso en un blando colchón y deliberadamente programamos el despertador para más tarde de lo habitual. Tomamos el desayuno en un bar bajo el hostal, cuyo dueño pensaba ingenuamente que éramos ciclistas profesionales que participábamos en la "Vuelta a Burgos". En la alternancia diaria de vestimenta, aparecimos esa mañana los tres a juego enfundados con el maillot rosa, y al buen hombre lo confundimos.

- Venga chavales, llevaros estos bocadillos para que los "jamones" os respondan bien sobre la bici- exclamó el del bar.
- No gracias, con esto tenemos suficiente- respondió Ramiro tras haber pedido algo de bollería fresca, cafés dobles y zumo natural para los tres.
- ¿Hasta dónde vais hoy?- preguntó el dueño del bar, calculando el recorrido oficial de la Vuelta.
- No lo sabemos, cuando lleguemos a Castrojeriz, ya veremos hasta dónde podemos llegar- respondió Jesús.
- Pero,... ¿cómo que no sabéis?,...- preguntó extrañado por nuestra respuesta- Pero, ¿no sois de la "Vuelta"?
- Umm, ...,no, claro que no, .. ¡ja, ja, ja!, somos peregrinos y vamos a Santiago- respondimos al unísono.

Con anécdotas comenzábamos el día, ya que seguidamente fuimos al supermercado de al lado a comprar algo de fruta para el camino, donde nos encontramos a la dependienta y a una clienta hablando de Galicia.

- ¡Qué bonito!, ¡y qué temperaturas tan agradables este año!, yo me iré a morir a Galicia- dijo la clienta. Ciertamente no pudimos quedarnos callados y metimos baza al oír la conversación, tratando de vender todavía más la imagen de "Galicia Calidade", hablando de sus playas, de la gastronomía, de Santiago y de La Coruña.

Antes de arrancar, Quico se dirigió a una estafeta de correos para facturar las mochilas rotas. Al fin, tras inmortalizarnos con las fotos de rigor en la ciudad que baña el río Arlanzón, retomamos la ruta jacobea a las..., ¡las 11:30 h!.

Era nuestra quinta etapa real en el Camino, y su inicio y final coincidía con el de la sexta etapa fijada por Aymeric Picaud en su Códice Calixtino. Solamente había una diferencia crucial, mientras el peregrino de la época viajaba con la firmeza de su caminar, nosotros, espejo del progreso, pedaleábamos sobre máquinas que te transportaban a doble e incluso triple velocidad.

- Es imposible, ¿cómo podrían los peregrinos medievales recorrer el Camino en trece jornadas?- manifestó Quico, incrédulo ante lo que Ramiro estaba leyendo en la guía- Además, las dificultades orográficas o logísticas eran mayores que las actuales.
- La verdad es que es muy difícil, pero lo hacían- contestó Jesús- y no me extraña, porque yo sé de alguien que se aproxima mucho a ello. Un familiar por parte de mi madre que vive en Navarra, al que apodan el "Patillas", ha recorrido andando el Camino de Santiago más de diez veces, y en una de las veces llegó a Santiago, a casa de mis padres, tras dieciséis jornadas de marcha.
- ¡Dieciséis días!- exclamó sorprendido Ramiro- Pero si casi tarda lo mismo que nosotros en bicicleta.
- Lo mismo pensé yo cuando me lo dijo mi madre- dijo Jesús- pero este "Patillas" está acostumbrado a caminar y no hay quien le gane, incluso cuando se celebra la Javierada en Navarra se recorre cien kilómetros de un tirón.

Resignados y a la vez indiferentes por las hazañas ajenas cruzamos nuevamente por la explanada donde estaba el albergue que habíamos rehuido el día anterior, y escapamos de la zona urbana rodando por la carretera N-120 en dirección a Tardajos, a escasos seis kilómetros de la capital. Aquí abandonamos la carretera por una pista que nos llevó hasta Rabé de las Calzadas.

- "De Rabé a Tardajos no te faltarán trabajos. De Tardajos a Rabé, libéranos Dominé"- leyó Ramiro en nuestra compañera de viaje, una guía del Camino que habíamos fotocopiado y que llevábamos enrollada dentro del hueco de la esterilla. El lugar más apropiado y práctico para extraerla y guardarla multitud de veces, todas las que fuesen necesarias para no pasar como maletas por los pueblos sin enterarnos de nada.
- ¿Qué dices Ramiro?- preguntaron Quico y Jesús, que estaban preparando la cámara de fotos para hacer una instantánea automática en una fuente estilo Gaudí, en el centro de la villa de Rabé de las Calzadas.
- Es un dicho popular originado por las labores que ocasionaban las crecidas del río Urbel que anegaban estas tierras y dificultaba la marcha de los peregrinos- explicaba Ramiro, después de leerse la historia, mientras Quico le estaba dando de comer un poco de fruta a un perro que jugueteaba por allí.

Este pueblecillo nos maravilló, y alargamos placenteramente la parada. Seguíamos aprendiendo cómo se debía hacer el camino, y esta vez no nos equivocábamos.

- El peregrino para cuando no está cansado- frase del día que sentenciamos convencidos y plácidamente apoyados sobre aquella fuente de Rabé. Todavía estábamos en el kilómetro trece de etapa y eran ya las dos del mediodía, otrora motivo de preocupación y generador de prisas no consejeras.

La continuación de la ruta fue dura, continuas subidas y bajadas de complicadas rampas, infinidad de cantos y guijarros de tamaño suficiente para que la rueda tuviera que esquivarlos en vez de pisarlos, profundos baches provocados por la acción del agua. Dábamos saltos de forma incesante, y la pericia en la conducción era el arma a usar en este trecho, incluso Jesús se llegó a caer de la bici por lo despacio que avanzábamos, no se hizo daño, más bien se tronchaba de risa por lo infantil de la caída. Quico estaba algo flaco de fuerzas en el principio de esta etapa y le costaba mucho digerir todas las penurias del itinerario bajo el insoportable calor reinante. Fue también curioso, pero resultó el día que más peregrinos a pie encontramos.

La dificultad de tránsito se veía recompensada por la belleza de los paisajes. En lo alto de una colina, donde un peregrino italiano nos hizo una preciosa foto, se divisaba el pueblo de Hornillos del Camino. Llegar hasta él suponía enfrentarse a una pronunciada bajada de poco más de mil metros que casi ni los frenos podían contener. Era muy peligroso coger velocidad ya que las piedras sueltas y las roderas de los tractores hacían estragos en la dirección siendo muy fácil ir de bruces al suelo y estrenar el casco. Afortunadamente, no caímos en esta pendiente, pero sí nos encontramos por el suelo un montón de piezas de fruta, rastro de unos peregrinos ciclistas que nos habían adelantado anteriormente. Eran los andaluces que habíamos conocido en Santo Domingo.

El día estaba totalmente despejado y hacía mucho calor, calor de Castilla en agosto. Seguían los ligeros repechos que hubieran sido más fáciles de remontar con un firme más liso. Con tanto traqueteo, lo que más nos dolían eran las muñecas, prácticamente no aguantábamos más de dolor, y las relajábamos en cuanto podíamos.

Al poco rato y antes de llegar a Hontanas, nos encontramos a tres mujeres a la sombra de un pequeño arbusto en medio del dorado paisaje de Castilla. Vernos encima de las bicis con el rostro apergaminado, cargando con pesadas alforjas por aquellos escarpados caminos, provocó en ellas un sentimiento de compasión. Al fin alguien se apiadaba de nosotros. Casualmente, ellas también habían comenzado el Camino el año anterior y no tenían intención de terminarlo hasta el siguiente como nosotros. Hacían el Camino a pie, sin prisas, disfrutando en cada metro de la belleza de un árbol, de un riachuelo, o de una avecilla. Seguíamos aprendiendo del Camino.

Había otra fuerte bajada hasta Hontanas, muy pronunciada y peligrosamente arriesgada, y otra agonía para nuestras castigadas muñecas. La fortuna siguió a nuestra vera, y poco después hacíamos un bien merecido descanso.

- "Esta es la fuente de la Estrella, no encontrarás en el Camino ninguna como ella y en la agonía te acordarás de ella"- fue la pequeña historia que un lugareño nos contó cuando nos disponíamos a llenar los bidones en esa fuente de dos caños, de la que manaba un agua muy fresca y abundante. Este pueblo, en el kilómetro treinta y dos de etapa, es famoso por sus fuentes, que han saciado la sed de muchos peregrinos.

Así hicimos y descansamos un cuarto de hora antes de continuar la marcha. A la sombra, con los pensamientos desvaídos y en silencio, contemplábamos la fuente, hipnotizados por el melodioso rumor del agua. Un peregrino extranjero estaba recostado en el borde de la fuente, con un sombrero que le cubría parte de la cara y la cabeza para protegerse del sol, la fuerza de los caños le salpicaba de vez en cuando. Inmóvil desde que habíamos llegado, ni se inmutaba cuando la gente bebía o llenaba sus garrafas, convirtiéndose por momentos en parte pétrea de la fuente. Era su instante de felicidad, y también el nuestro al ver en el alma ajena las sensaciones que brinda el Camino. Seguíamos aprendiendo.

Proseguimos. El Camino discurría paralelo a una pista sin tráfico asfaltada hasta Castrojeriz. Pedaleábamos a la par ocupando toda la carretera, a lo largo de una arboleda de plátanos de paseo plantados a ambos lados que nos proporcionaba sombra y un agradable frescor; la uniformidad del asfalto nos devolvió un poco del necesario descanso. En el trayecto se atraviesa literalmente el Monasterio de San Antón de estilo románico y en ruinas. Jesús se paró y se puso a leer sus características en la guía. Las bóvedas de las ruinas hacían eco y magnificaba la voz de Jesús, de tal manera que un halo de grandiosidad convirtió aquel momento en otro instante de felicidad en el Camino.

Poco antes de llegar a Castrojeriz, población que llegó a tener hasta siete hospitales en su época esplendorosa, contemplamos la Colegiata de Nuestra Señora del Manzano, cuyo origen se remonta al siglo IX. Castrojeriz está situado en una alta colina que subimos hasta arriba para buscar nuestro descanso y comida. Paramos en la "Taberna", un edificio del año 1.794 reconstruido que ahora servía de bar en el pueblo. Al cuñado de la dependienta, el que nos hizo los bocadillos, se le fue la mano con el jamón, y nos pusimos las botas. Estuvimos charlando un rato con el dueño, que mostraba mucha ilusión por hacer el Camino en el futuro, y en el fondo hasta sentíamos que le dábamos algo de envidia. Mientras tanto, su hijo nos estaba todo el rato preguntando si éramos del "Depor", el equipo de fútbol coruñés. Habíamos tendido la ropa a secar antes de comer y nos habíamos puesto las chancletas para descansar los pies. Teníamos ya la logística dominada y el sol iba a secar todo enseguida.

Con el estómago lleno podíamos pensar con sentido en lo que se nos avecinaba. Iniciamos el descenso hacia la planicie para divisar en la distancia el siguiente hito del Camino: el Teso o Cerro de Mostelares, una subida muy pronunciada de más del trece por ciento de pendiente sobre un camino de tierra y piedras.

Antes de la subida nos encontramos a los andaluces que a primera hora de la mañana nos habían adelantado al salir de Burgos. Nos hicieron unos comentarios que nos parecieron a los tres un signo de jactancia y de chulería. Pretendían dormir la siesta después de una comida regada con vino.

Estábamos un poco atemorizados con la impresionante subida al Teso. Ramiro y Quico se bajaron de antemano, se echaron crema para el sol, e iniciaron la subida andando y tirando de la bici sudando como fuentes. Por el contrario, Jesús, en una de sus cabezonadas e histerismos de máximo esfuerzo, intentó subirla enteramente montado en la bici y tramo a tramo lo consiguió. Lo cierto es que el empeño bien merecía la pena por el paisaje que se contemplaba desde lo alto. Fue curioso durante la lenta subida el ver que el suelo estaba lleno de mica, unos pequeños trocitos de mineral que reflejaban el sol.

Ahí arriba la visión es espectacular, la vista alcanza más de treinta kilómetros y el horizonte sólo se limita por la esfericidad del planeta. Son apenas 1.200 metros de subida pero es uno de los repechos más duros del Camino de Santiago, y en pocos lugares como éste, uno tiene la posibilidad de afirmar con certeza que tiene el mundo bajo sus pies. Jadeando del sobrehumano esfuerzo y todavía presos de la soberbia panorámica en 360 grados inmortalizamos el momento mediante una fotografía memorable.

Azafranada, áurea, implacable, es la llanura de Castilla, el paisaje nos transforma, divisamos a lo lejos una línea serpenteante entre campos de trigo cosechado que nos lleva hacia Santiago, ¡es el Camino, qué día!. No hay palabras para describir las increíbles sensaciones que recorrieron nuestras venas durante la media hora que permanecimos allá arriba, y escribir sobre ello es de una audacia y temeridad propias del que no lo ha vivido.

Tras pasar un rato arriba, se cruzó el diablo sobre nuestra estampa.

- ¡Caray con la cuestecita!- dijo un solitario ciclista que subiendo el Teso como una exhalación, ni se paró un segundo a disfrutar de la contemplación.

Y decimos ciclista porque lo suyo no era el Camino sino el pedaleo. Todavía no podemos comprender lo absurdo de su actitud. Pensamos entonces que no era humano, y quedó calificado como el diablo, y teníamos que enfrentarnos a él para superarnos. Ya por la mañana, también nos había adelantado a primera hora y sin saludarnos.

Continuamos la ruta, pero la bajada era aún más impresionante y peligrosa. Todo lo que habíamos subido en zigzag, lo bajaríamos casi en línea recta por una pista llena de piedras y surcos erosionados por el agua.

- Y luego dicen Cheché y Susana que quieren hacer el Camino en bici- le comentaba Jesús a Quico al pensar que lo más seguro era que se cayesen sus respectivas medias naranjas.

Una vez abajo, y ya en medio de la llanura, continuamos un buen rato por caminos de tierra, saltando sobre el sillín por los continuos desniveles, hundiendo las ruedas en el fango y salpicando de barro absolutamente todo, así hasta la Fuente del piojo, donde repondríamos agua una vez más.

Entramos en tierras palentinas tras cruzar un río por un milenario puente de siete arcos, el puente Fitero. El Pisuerga, afluente del Duero pero con categoría de río, se convierte durante un largo tramo de su curso en frontera natural de las actuales provincias de Burgos y Palencia, como lo fue también en su día de los viejos reinos de Castilla y León. Ahí hicimos una foto que por su preparación bien era merecedora de participar en un concurso. En la foto no aparecíamos nosotros como protagonistas, sino que la atención la fijábamos sobre un típico mojón de piedra que marcaba la ruta jacobea, adornado con nuestros tres cascos y las bicicletas apoyadas sin un orden precisado.

Nos desviamos por un liso camino de tierra con continuos tramos de lodazal flanqueado por sauces y chopos. La seca llanura se quebraba por la humedad y fertilidad de la cuenca del Pisuerga que poco a poco dejábamos atrás. En un momento determinado nos adelantó un camión que circulaba a poca velocidad. Levantó tanta polvareda que tuvimos que taparnos los ojos con las manos y esperar un rato para continuar. Poco más tarde, nos encontramos con obras en el camino, tuvimos que saltar a los sembrados de los laterales, y en el intento casi nos matamos.

Pasamos por Itero de la Vega con ya cincuenta kilómetros en las piernas, circulamos unos cinco kilómetros pegados a un canal de riego, y al rato llegamos a otra zona de obras de mantenimiento de caminos donde nos paramos. Aquí nos rebasaron los andaluces que iban con prisa y pisotearon el camino que estaban arreglando los operarios.

- ¡Qué maleducados!- pensamos. Nosotros, para no entorpecer las labores de los obreros, tuvimos que hacer equilibrios y subir con la bici a cuestas un terraplén de más de dos metros. Aún así cogimos pronto su estela y compartimos unos kilómetros de pedaleo, comentando hasta dónde pensábamos llegar. Se apreciaba en el ambiente un cierto aire de orgullo por su parte, y la prueba evidente era que la velocidad que marcaba el cuentakilómetros cada vez era más elevada. De hecho, se despedían una y otra vez, como quién piensa que guarda más fuerzas y puede seguir ruta dejando atrás a los demás.

Al final, llegamos todos al mismo tiempo a Frómista, y menos mal, porque caía la tarde y los mosquitos que revoloteaban por el Canal de Castilla, que acompaña fielmente al Camino durante el último par de kilómetros, casi nos comen vivos. Sobre las ocho menos cuarto cruzamos por un puente de hierro estrecho junto a una compuerta que salva el canal, y avanzamos por el pueblo hasta el albergue de peregrinos, donde Paula, la joven chica que lo regentaba, nos dijo que no había sitio en camas, sólo en los suelos.

Al igual que en Puente la Reina la idea no nos hizo mucha gracia. Ni siquiera en el suelo dispondríamos de espacio suficiente para esparcir nuestros bártulos y estar algo tranquilos, como hicimos en Santo Domingo o en el frontón. Los andaluces siguieron la ruta para probar suerte en el albergue del siguiente pueblo a pocos kilómetros. Por el contrario, decidimos buscar otro alojamiento, y así encontramos la Hospedería Fonda Marisa, donde cenamos, dormimos y desayunamos estupendamente.

La habitación triple que nos ofrecieron estaba en la última planta de la casa. Contaba con un balcón con vistas, por supuesto que no eran al mar ni a la montaña, sino que ni más ni menos hacia una obra cumbre del románico en Europa: la Iglesia de San Martín de Frómista del siglo XI. Es el ejemplo más representativo del románico español, y su conservación es magnífica. Ha poblado páginas y páginas escritas por alumnos que se examinan cada año de las pruebas de acceso a la Universidad, ya que no era raro que la pusiesen como pregunta en el examen de Historia del Arte. Y es que la suave proporción de sus líneas, su uniforme y clara tonalidad exterior, la precisión de sus acabados con todo tipo de simbología, y su austeridad interior, la muestran como románico puro en esencia, una explosión del arte en plena llanura palentina. Imperdonable perderse esta maravilla, y como era tarde, nos apresuramos para visitarla y gozar otra vez con el suntuoso legado artístico disperso por la ruta jacobea.

Y qué decir de la cena en Fonda Marisa. La señora, Marisa, nos atendió de forma ejemplar y nos preparó una ensaladilla y unos filetes de ternera que devoramos como leones. Nos guardó las bicis en un garaje que tenía cerca, y en comparación, la estancia se convirtió en como ir a casa de la abuela, absoluta confianza y derroche de humildad. Tanta familiaridad que usamos su balcón para tender la ropa y uno de los calcetines de Jesús se cayó al balcón de la casa de la vecina.

Nos fuimos a dormir pronto porque queríamos madrugar al día siguiente, sin embargo, en la habitación estuvimos charlando sobre todo lo acontecido en el día y no nos dormimos hasta pasadas las doce.

La jornada había resultado perfecta, sin problemas técnicos ni cansancio, con momentos duros superados de forma muy positiva, con momentos para la reflexión, momentos regados con una perfecta dosis de sublimes cuadros pictóricos de la madre naturaleza. Frómista marcó un hito en nuestro devenir como peregrinos, y al igual que su topónimo recuerda la abundancia de cereales, a nosotros nos recordará la abundancia y sucesión de instantes de felicidad en ese tercer día.

Culminaba el proceso de aprendizaje. Ya teníamos plena conciencia de la realidad del Camino, y ya estábamos inmersos en la magia del mismo.



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Frómista - León


"La superación física"
19/8/98

Amanecimos muy temprano, quizás eran las seis y media de la mañana. El embrujo de esa magia había llegado tan lejos que teníamos hambre de Camino, avidez de nuevas ilusiones. La señora Marisa, que también había madrugado para servir a otros peregrinos, nos preparó un calentito desayuno, y luego nos acompañó hasta su cochera a buscar las bicicletas.

Eran las siete de la mañana, la oscuridad de la noche resistía impunemente el estallido del alba, como si quisiese mostrarnos su Camino en el firmamento en la Vía Láctea, pero el triunfo de la luz acaecería como máxima del orden universal y confirmación de la futilidad de la raza humana.

El canto de los grillos rompía ese silencio celestial y la frescura de la mañana nos obligó a abrigarnos bien. Empezamos a pedalear lentamente, dejando atrás la silueta nocturna y fantasmagórica de San Martín.

- ¡Qué hermosura!- pensábamos abstraídos por ese instante en un mutismo absoluto.

A la salida del pueblo tomamos dirección hacia Carrión por una pista de tierra salpicada de peregrinos que discurría paralela a la carretera. Un rojizo disco solar surgía lentamente en el horizonte, nos paramos y nos volvimos a levante, a nuestras espaldas. A lo lejos entre las nubes, fuimos partícipes de la contemplación del bello amanecer de la llanura castellana. Nuestra vida diaria en Galicia no estaba marcada por los crepúsculos matinales, sino más bien por ocasos y puestas de sol sobre el océano, y esta visión desataba enormemente nuestra atención.

Hacía bastante fresco y la sensación térmica descendía a medida que alcanzábamos la velocidad de crucero. Nos costó mucho entrar en calor. Jesús, incluso tenía los dedos congelados, Ramiro, que estrenaba sus manguitos y el chubasquero en el instante adecuado, mantenía a duras penas el cuerpo tibio de la mañana, y Quico, con su abrigo corporal, no se quejaba demasiado.

El pedaleo era constante gracias a la llanura del terreno pero todavía no era muy alegre. A la altura de la pequeña población de Villalcázar de la Sirga, otro día más, nos cruzábamos con el "diablo". Esta vez iba acompañado de otro personaje, vestido como un ciclista profesional, al que nos habíamos encontrado también el día anterior en Burgos. No cabía duda que estos dos tipos iban a las carreras, y poco les importaba que aquí, en Villasirga, se puede admirar la espléndida iglesia gótica de la Virgen Blanca, parada obligada para el peregrino. Gastronómicamente hablando, este pueblo de Tierra de Campos es también merecedor de un alto para reponer fuerzas en el famoso Mesonero Mayor del Camino. Desdichadamente, tan tempranas horas no eran propicias para ninguna de las visitas y continuamos camino.

La primera parada de la jornada la hicimos sobre las nueve de la mañana en Carrión de los Condes, llevábamos casi veinte kilómetros y ya teníamos necesidad de volver a llenar el estómago con un segundo desayuno. Estratégicamente acertada, esta parada nos permitió continuar con fuerza en el largo trayecto que nos quedaba hasta León, y sobre todo porque el mediodía llegaría pronto y aparecería el calor, que presagiábamos sofocante ya que el cielo permanecía azulado y ausente de nubes.

Carrión es una profusión de obras del arte románico: la Iglesia de Santa María del Camino, la Iglesia de Santiago y el Monasterio de San Zoilo. Sin duda, lo que más nos sorprendió, fueron las tallas y esculturas de la Iglesia de Santiago, un Cristo Pantocrátor con sus tetramorfos, y unas arquivoltas representando los veinticuatro oficios, una obra maestra de la escultura románica que podría incluso competir con nuestro querido Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago.

- Es una lástima la desafortunada ubicación de esta obra- comentó Ramiro mientras aparcaba su bicicleta en la angosta callejuela donde se erguía la iglesia- Le hacía falta un marco más agraciado, no sé, una plazoleta quizás, porque estoy seguro que la mitad de los peregrinos pasan por aquí sin enterarse de esta maravilla.

- Oídme, la guía pone que es la obra cumbre de la escultura románica- leyó Jesús- Pero, ¿qué se cree este tío?, acaso no ha estado en Santiago y ha visto el legado del Maestro Mateo- Quico se reía mientras hacía ademán de subirse a la bici para continuar.

Durante un largo recorrido los verdes maizales y los crecidos girasoles fueron nuestra única contemplación. Avanzábamos muy deprisa. También nos ayudaba el hecho de que muchos tramos de la carretera nacional coincidiesen con el Camino, pasando así por villas y pueblos palentinos marcados por la vida rural, Calzadilla de la Cueza, Lédigos, Terradillos de los Templarios, Moratinos, San Nicolás del Real Camino.

El límite provincial entre Palencia y León no deja de ser una señal administrativa, pero atrás queda ya la Tierra de Campos de Antonio Machado, y nos acercamos al páramo leonés. A las puertas de Sahagún, el primer pueblo leonés, cruzábamos el río Valderabuey en medio de unos chopos, donde se levanta la Ermita de la Virgen del Puente del siglo XII. Sobre las once en punto de la mañana llegábamos al punto final de la séptima etapa del Códice Calixtinus, en esa sexta jornada real nuestra intención era recorrer la séptima y la octava etapas marcadas por Aymeric.

Hicimos un descanso en el albergue de peregrinos donde sellamos nuestras credenciales como prueba de nuestro paso. A estas alturas de viaje ya teníamos estampada casi la mitad con originales sellos de iglesias y albergues. En la Iglesia de la Trinidad se había reconstruido un edificio anexo que servía de refugio ideal para los peregrinos, allí nos encontramos a Miriam, la chica navarra que conocimos en Grañón.

- Hola Miriam- saludamos todos a la jovencita, que ya había hecho migas con un solitario peregrino como ella que iba también en bicicleta- ¿Desde dónde vienes hoy?.
- Ay, hola, ¿qué tal?,..., venimos de Calzadilla de la Cueza, pero nos perdimos por unos prados,...- respondió mientras bebía de su bidón.

Retomada la marcha, pensamos que perderse era lo menos difícil en este indicadísimo Camino.

- Ja, ja. Se perdieron por unos prados, ya- sonrió Ramiro- Estos lo que pasa es que han encontrado su particular camino.

Quién sabe si ellos encontraron algo más, quizás mantienen una amistad fraguada por la ruta, o tal vez son una pareja de novios formal, pero seguro que no se olvidan el uno del otro. Como nosotros, que nos acordamos de ellos, al igual que nos acordamos de un grupo de tres peregrinos que vestían también con maillots rosas, ¡qué casualidad!.

Deambulábamos por las calles de Sahagún siguiendo las flechas amarillas. Nuestras cabezas solamente pensaban en volver a repostar. Compramos unas barras de pan artesano tiernas y recién salidas del horno, nosecuantos gramos de finas lonchas de jamón serrano, unos tomates de la huerta y aceite de oliva.

Al salir del supermercado nos percatamos de que la rueda trasera de la bici de Jesús estaba pinchada. Sin embargo, la suerte estaba de nuestro lado porque a cincuenta metros encontramos una tienda de bicicletas, y ni siquiera tuvimos que molestarnos en repararlo nosotros. Mientras Jesús esperaba a que terminasen el arreglo, Ramiro y Quico se dirigieron hacia una tranquila plaza arbolada, para preparar a conciencia unos bocadillos de tamaño chaval en edad de crecer que íbamos a devorar y degustar tranquilamente sentados a la sombra.

- Esto sabe mejor que una fuente de percebes- musitó Jesús entre bocado y bocado. Nos dieron las doce, pero aquel mayúsculo bocadillo de jamón con tomate había sido de ensueño, siempre lo recordamos como un instante de felicidad gastronómico en nuestro periplo de romería.

En esa plaza, donde otrora se erigía el Monasterio benedictino de San Facundo, sacamos a nuestra compañera de viaje guardada en la esterilla de Jesús, y leímos que Sahagún, fue siempre una villa impulsora del Camino, y foco artístico del llamado románico mudéjar, conocido también como el románico del ladrillo, siendo las iglesias de San Tirso y de San Lorenzo su máximo exponente.

Abandonábamos el pueblo dejando atrás el Arco renacentista de San Benito y la Iglesia gótico-mudéjar de la Peregrina. Antes nos habíamos untado la cara y los brazos con crema solar y fue aquí donde salió a relucir un nuevo elemento a añadir a nuestra indumentaria poco jacobea. Habíamos dicho temporalmente adiós al casco, y en su lugar nos colocamos unos pañuelos en la cabeza anudados por la parte de atrás, con la misión no ya de proteger la testa de los golpes sino del inexorable astro rey.

Tomamos dirección León por la hoy en día conocida "Autopista del Peregrino". Algunos operarios se encontraban reconstruyendo el Camino, alisando el terreno, flanqueándolo con árboles y colocando bancos, para que el peregrino camine con toda la comodidad. Nos sentíamos pletóricos pero era un fenómeno normal porque llevábamos el depósito lleno de gasolina de alto octanaje, derivado de embutido ibérico y aceite de oliva engrasador de huesos. Hicimos un pequeño alto para atender las necesidades fisiológicas de Ramiro y Quico y continuamos la marcha con tesón y perseverancia.

El páramo leonés era implacable. Transitábamos por solitarios parajes, bajo el aplastante sol castellano en su cénit, sin ningún árbol alrededor y levantando polvo bajo nuestras cubiertas. Nuestra osadía no fue castigada en absoluto, sino todo lo contrario.

Cruzamos por las calles reales y mayores de pueblos en mitad de la nada, Bercianos del Real Camino, El Burgo Ranero, Reliegos. Y entre estos pueblos, por otros tantos arroyos de sonoros y pomposos nombres, Valdelaguna, Calzada, del Olmo, Buen Solana, Untielga, Valdeviñas, Santa María, Cenia, Grande, pero siempre de escasas aguas para los rebaños que transitan por las abundantes cañadas de trashumancia. Solamente los pastores rompían la soledad de la llanura.

- Caramba, mira ahí arriba, ¡un "coso" de cigüeña!- exclamó Ramiro, mientras reponíamos líquido, sentados a la sombra de la calle real de El Burgo Ranero.

Quizás el sofoco mientras bebía su refresco le impidió encontrar la palabra nido en su cerebro que bullía de calor. Mientras tanto, a una pobre mujer peregrina la venían a buscar desde León porque llevaba los pies ensangrentados.

- ¡Qué dolor!- decía Quico, el médico del grupo- Hay gente realmente ignorante que no se da cuenta que está sometiendo su cuerpo a excesos físicos no tolerables que no merecen la pena.
- Tienes razón- respondió Ramiro- pero seguro que tenía muchos pecados que redimir y por eso se sometió a ese sufrimiento.
- Yo no entiendo muy bien esto- prosiguió Jesús- pero ayer oí a un peregrino decir que le había salido un pie en la ampolla, y casi me parto de risa.

Retomamos el Camino. De nuevo la autopista del peregrino. Eran las dos de la tarde y nuestro pedalear era incansable, plato grande, plato mediano, otra vez plato grande. Nos caía el sudor a chorros y habíamos guardado los maillots en las alforjas, dejando que nuestros cuerpos se cubriesen con una mezcla de polvo y sudor cada vez más densa. Circulábamos en fila india por la estrechez de la pista y la pericia era necesaria para pasar entre los mojones que había cada medio kilómetro. A veces pasábamos al otro lado del camino, más ancho pero a la vez más pedregoso, para poder rodar en formación y charlar.

No nos cruzamos con nadie en este tramo, la hora no era propicia para el caminante, ni tampoco debía serlo para el ciclista, pero definitivamente era nuestro día. Nos sentíamos fuertes, y nuestras vigorosas piernas nos llevaban en volandas cuando alcanzábamos casi los cien kilómetros recorridos hasta el momento.

Como un crujido que nos crepitaba de forma incesante en los oídos, el ruido de las cubiertas sobre la gravilla marcaba la ligereza de la marcha. Con ritmo armónico y cadencioso, dábamos pedales con gran ímpetu, como aunados por la fuerza wagneriana del coro de peregrinos de la ópera Tannhäuser. Ramiro, luego Quico, otra vez Ramiro, después Jesús, tirábamos del grupo arañando metros y metros al Camino sin piedad.

Llegamos a Mansilla de las Mulas, que al igual que Sahagún es un núcleo rural desarrollado y con bastante población que presta los servicios básicos a los pueblos circundantes. Es el último de estas características antes de llegar a León, a donde sólo quedaban diecisiete kilómetros. Precisamente estos últimos kilómetros se nos hicieron un poco pesados, no tanto por la leve subida que había hasta el Alto del Portillo desde donde se divisaba León, sino porque el acercamiento a la gran urbe y la coincidencia del camino con la carretera se convertía en tráfico rodado de coches y camiones odiado por cualquier ciclista o caminante.

La llegada a la ciudad fue dramática. Continuos cruces, coches a alta velocidad, ruido, semáforos, paisaje urbano caótico. Estábamos acostumbrados a la serenidad y sosiego de los pueblos del páramo, donde el bienestar absoluto se alcanza delante de un humilde plato de sopa de ajo, mezcla de sabores, sobras de pan de hogaza con el poder ancestral de los ajos, para calentar el cuerpo en el frío y seco invierno.

Llegamos a León sobre las cuatro de la tarde, y al ver un puesto de información turística nos lanzamos a preguntar por las piscinas. Era una idea que nos había rondado al final de la etapa a sabiendas de que llegaríamos temprano. Nos dieron un plano de la ciudad para orientarnos, localizamos el albergue y allí fuimos para sellar nuestras credenciales. Nuevamente los horarios eran tan estrictos que nos impedían disfrutar y conocer la ciudad como deseábamos, queríamos salir por León a cenar tranquilamente, por lo que reservamos alojamiento en un céntrico y asequible hotel, el Hotel París. Algo nos contó la chica que regentaba el albergue sobre unos juegos que iban a preparar entre peregrinos, quizás demasiado infantil para nosotros, y lo dejamos para otra ocasión.

Una vez arreglado el problema del descanso nocturno nos dirigimos hacia las piscinas. Allí nos reímos un rato con las chicas que atendían la piscina municipal, puesto que no éramos el prototipo de cliente que suele frecuentar el recinto. Amablemente nos guardaron las bicis y las alforjas en el almacén de material deportivo, y nos indicaron la localización de los vestuarios y todos los procedimientos para el acceso a la piscina, que si el gorro, que si los enseres para guardar, los de no guardar, ¡qué lío nos armamos!.

- Pedís más que protección social- dijeron de forma agradable y riéndose.

Nosotros les decíamos que al tener mar en nuestra tierra nunca íbamos a las piscinas y desconocíamos esta parafernalia tan simpática. Les pedimos disculpas, y al final, incluso nos prestaron unos gorros de baño.

- Mira Quico- gritó Jesús subiéndose a unas espalderas- voy a colgarme para relajarme algo, como en los entrenamientos en el equipo de juveniles de baloncesto.

La imagen de Jesús colgado de las espalderas estirándose la espalda después de todo el día de esfuerzo todavía provocó más risas entre las chicas de la organización. Debieron tener tema de conversación para el resto del día, porque veníamos sucios, sin afeitar, negros como chamizos del sol, y con una simpática marca de bronceado por las tiras de los hombros del culotte, además nuestros reflejos estaban torpes por el bajón de tensión tras tanto esfuerzo en la bici y difícilmente reaccionábamos con lucidez a lo que nos indicaban. Seguro que hasta pensaron si veníamos ebrios, aunque lo que sí llevábamos encima era una borrachera de kilómetros.

- ¡Ja, ja, ja, qué putada, aquí no hay playa, ja, ja, ja!- dijimos al entrar en el recinto y ver a todo el mundo con sus toallas extendidas en la hierba y el cemento.

¡Qué placer y qué relax!. A pesar de que el agua estaba más fría que nuestro Atlántico, nos bañamos y nadamos un rato. No nos llegó con el pedaleo e hicimos un par de largos para relajar totalmente los músculos. Una vez finalizada la sesión vespertina de playa de interior, nos despedimos agradecidos, cogimos las bicis y pedaleamos hacia el hotel a través de los jardines que bordean el río Bernesga. Era el pulmón de la ciudad, una zona verde peatonal que toda urbe que se precie guarda en su interior, con zonas de esparcimiento para la práctica de deportes, como el baloncesto.

- Un balón- le señaló Quico a Jesús- ¡venga!, entremos a echar unos tiros a canasta.

Nos detuvimos porque Quico y Jesús cayeron en la tentación de jugar un poco al baloncesto con unos chavales. Habían sido muchas las horas, no cientos sino miles, que ambos habían robado a su adolescencia para entregarse a este deporte que todavía era capaz de hacer brotar algo de nervio de unos cuerpos exprimidos por la extenuante jornada.

El hotel París estaba muy céntrico, a un paso de la Catedral y en la zona peatonal cercana al Barrio Húmedo. Lo habían reformado meses antes y nuestra habitación, una triple en el ático, era amplia y confortable. Aquí tuvimos tiempo y espacio para nuestro quehacer diario de lavandería, y poco después, una vez arreglados y con la indumentaria singular a conjunto, salimos a dar una vuelta para celebrar tan magnífica etapa.

Cenamos en el Húmedo, como aquí llaman a la zona de vinos, en una terraza de la Plaza de San Martín, en pleno casco histórico, y luego tras tomar un par de refrescos nos retiramos a acostarnos sobre la una y media de la madrugada.

Indiscutiblemente habíamos realizado una auténtica proeza física, una gesta impecable para nuestro palmarés de ciclistas, y un episodio de genuina belleza para nuestra suerte de peregrinos, sin duda. Nunca hubiéramos imaginado recorrer casi ciento veinte kilómetros a una media de veintiún kilómetros por hora. Inequívocamente, fue el día de la superación física, donde se hizo honor a la ciudad de León que nos cedió su felino tronío. Nuestras expectativas iniciales de hasta donde llegaríamos en nuestro segundo año habían sido alcanzadas, y todavía nos quedaban dos días. Mejor dicho, tristemente ya sólo nos quedaban dos días.



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León - Rabanal del Camino


"La tendinitis de Ramiro"
20/8/98

De nuevo nos solapábamos con el bueno de Aymerico. Séptima en nuestro contador, novena para el Códice Calixtino, desde la antigua sede del viejo reino de León hasta Raphanellus, nos aguardaba una dura etapa.

Nuestro propósito no era madrugar este día, nos merecíamos un buen descanso, y damos fe que lo conseguimos. Comenzamos el pedaleo sobre las diez de la mañana, después de desayunar tranquilamente en el café París, donde los camareros, embebidos de una pasmosa lentitud, no entendían de prisas y ni siquiera del voraz apetito matutino.

Iban y venían, en bandejas humeantes, las colocaban a toda velocidad sobre la barra del mostrador, como el tráfico de las ocho de la mañana cuando todo el mundo llega tarde al trabajo, pero ninguna, ninguna de las tostadas con mantequilla que conducían en medio del atasco los trajeados empleados llegaba a nuestra mesa. Los tres, segregando sustancias orgánicas, como en la experiencia de los perros de Pavlov, sentados y vestidos con nuestro maillot rosa a conjunto, aguardábamos con miradas satánicas el preciado desayuno.

- Por fin, la madre que los ...- rugimos en nuestro interior mientras una tras otra se posaban delante de nuestras narices- Por favor, vaya trayendo otras cuatro, y rápido.

Otro día más lucía un intenso azul en la bóveda celeste. Otro día luminoso, para engrandecer el interior de la caja gótica de cristal que jalonaba nuestra ruta, la teníamos enfrente, la Catedral de León, la "pulchra leonina", esbelta y armoniosa, con su colorido conjunto de vidrieras restauradas de merecida fama mundial.

Recorrimos la Ruta Real a través de las calles de la ciudad. En León, las flechas amarillas para orientar al peregrino son sustituidas por figuras de bronce incrustadas en el suelo con forma de concha, la concha del peregrino. Contemplamos con admiración otros grandes legados del arte en la ciudad, la Colegiata de San Isidoro, el Hostal de San Marcos, La Casa del Peregrino,..., era un auténtico repertorio artístico digno de una ciudad bimilenaria y con tanta trascendencia histórica.

Al llegar al Hostal, hoy Parador de lujo, tuvimos que cruzar el río Bernesga por un puente con mucho tráfico, el Puente de San Marcos. Las obras para transformarlo en una fantástica zona peatonal no estaban terminadas, de este modo se reconvertiría otra vez más, como ya hicieron los romanos, las gentes del medioevo, o los neoclásicos en su tiempo. Al menos, no tuvimos que cruzar el río en barca como hacían los peregrinos en el siglo XIV.

Con nuestra lenta marcha entorpecíamos el tráfico en tan angosta vía, y a los muchos enfervorizados conductores que nos pitaban les recomendábamos relajación y que hiciesen el "Camino de Santiago", aunque eso no provocó más que cólera en ellos.

La salida de León fue laberíntica, demasiada saturación de ciudad, barrios periféricos y muchos cruces, por encima y por debajo de autovías. Además el recorrido en sí del Camino era un auténtico rompepiernas que no esperábamos encontrar. Fue un tramo muy poco reconfortante y deseábamos que terminase cuanto antes. El peregrino que llevábamos dentro necesitaba aire libre, secas llanuras sin confín, escarpados montes, bosques frondosos, ríos y fuentes para saciar su sed, y de vez en cuando, la sombra de un árbol, un refugio, una iglesia, un monasterio,... y cómo no, también necesita del bullicio nocturno evitando caer en estado catatónico, y sacar nuestro espíritu de peregrino tropical.

El Camino pasaba por pueblos con característicos nombres compuestos, Trobajo del Camino, Valverde de la Virgen o San Miguel del Camino, todos ellos a pie de la carretera nacional, pero aún podía considerarse que estábamos en las afueras de León. Poco después, tomamos una senda que no estaba indicada en nuestra guía. Nos habíamos salido aparentemente del itinerario del Camino, pero seguíamos viendo indicaciones jacobeas. Así, llegamos hasta el pueblo de Villar de Mazarifes, una curiosa localidad en la que habitaba Monseñor de Villar de Mazarifes, peculiar personaje de baja estatura que comerciaba en su tienda con artículos con reminiscencias del arte y pintura románicos. Nos quedamos con ganas de comprar, pero en nuestras alforjas no podíamos cargas con tan delicados objetos de artesanía, y prometimos volver en el futuro a ese entrañable lugar.

Fuera de la tienda seguimos conversando con Monseñor, pero una amable señora, que se inmiscuyó sin motivo, se empeñaba en saber dónde habíamos dormido el día anterior en León. El carácter curioso e inquisitivo de estas gentes de pueblo seguía topándose con la discreción urbanita que prevalece todo el año en la ciudad, donde cada uno cohabita sumido en luchas individuales, competencias laborales y envidias sociales.

Bajamos hasta el centro del pueblo. Un alto estratégico para comprar fruta y bebida en el autoservicio "Comestibles Julia", dura competencia del análogo "Superspar" en el otro lado de la plaza. La señora Julia era muy salerosa y probablemente se llevaría los pocos clientes de Mazarifes. Los habitantes de este pueblo se mantienen en protesta y crítica continua reivindicando el paso del Camino por sus calles. Aunque el trazado real del Camino original pasa por esta localidad, hay un trazado reconstruido que es el que aparece en la mayoría de las guías actuales, y que discurre por el arcén de la carretera que va de Astorga a León. La verdad es que merece la pena seguir el antiguo y pasar por esta pintoresca villa, aunque sólo sea por saludar a Monseñor, pero cada vez más peregrinos se desvían por otros caminos.

Ya éramos lo suficientemente afortunados recorriendo la senda milenaria pero, buscando la fortuna capital, antes de marcharnos, aprovechamos para echar un boleto de lotería semanal, del que a la postre no nos tocaría ni un número.

Avanzamos hasta llegar a Hospital de Orbigo, pueblo que debe su nombre al antiguo Hospital de Caballeros de San Juan y a su río, el Orbigo. Su cauce se salva por un hermoso puente de piedra que evoca una caballeresca leyenda de antaño. Por entonces, corría el año jacobeo de 1434, el caballero leonés Suero de Quiñones organizó un torneo, por un compromiso ante una dama, en el que se batió en duelo y rompió trescientas lanzas, dando pie al nombre del Paso Honroso. Una verdadera locura de amor.

Otra vez cruzábamos un río, y cada cual con su pequeña historia. A lo largo de los siglos, los puentes y los ríos marcan leyendas y sucesos que permanecen en su lecho. ¡Qué lejos había quedado el Puente de la Rabia en Zubiri y el Puente de los Peregrinos de Puente La Reina ambos sobre el río Arga; o el Puente de Piedra en Logroño sobre el Ebro; o el Puente Fitero sobre el Pisuerga; y hacía poco el Puente de San Marcos sobre el Bernesga en León!. Y otros tantos que no recordábamos pero que sin ser tan famosos, seguro que tenían algo que contarnos.

Y así fue que nosotros también tendríamos algo que contar de este puente sobre el Orbigo. No lo cruzamos de un tirón, el empedrado impedía avanzar con seguridad y nos detuvimos para hacer una foto. De repente, apareció la estampa de un hombre que nos recordó al cura de Pamplona. Se nos acercó pasito a pasito con total descoordinación motriz en sus piernas propia de una senilidad avanzada, totalmente canoso el pelo, se empeñaba en decirnos que el recorrido del Camino estaba impracticable y que no podríamos ir por él, indicando que nos desviásemos por la carretera. Este buen hombre por varias veces nos explicó cómo seguía el Camino delante de nosotros. Sin embargo, por mucho que le dábamos las gracias y nos despegábamos de él para preparar la foto, volvía una y otra vez para guiarnos.

Definitivamente, este puente vuelve locos a los hombres, pensábamos cada uno de nosotros en nuestro interior, pero en esta ocasión, pues no era la primera vez que nos topábamos con extraños personajes, seguro que era un "ángel del Camino".

Al salir del pueblo, volvimos a la carretera, y tras un par de kilómetros regresamos nuevamente a los deseados caminos de tierra hasta llegar al Crucero de Santo Toribio, situado en lo alto de una loma. A esta altura de la etapa a Ramiro le dolía un poco su rodilla. Desde ahí, la vista era magnífica. Se divisaba toda la fértil vega del río Tuerto, y a lo lejos se podía contemplar la silueta de la Catedral de Astorga, y más a la izquierda los Montes de León y el mítico Teleno que se encaramaban cual guardianes del valle.

Caía el sol a plomo y aprovechamos para descansar. El hecho de ver Astorga representaba para unos gallegos como nosotros el acercamiento a nuestra tierra. Astorga representó siempre el primer punto de parada en cualquier viaje en coche desde Santiago o La Coruña hacia la meseta. En realidad esto era, ni más ni menos, un sentimiento de que estábamos llegando.

Un solitario peregrino deambulaba por el pedregoso camino con decisión y paso firme. Contemplamos durante unos segundos su peregrinar. La imagen de este peregrino apoyado en su bastón y cargado con su mochila, descendiendo hacia el valle y con Astorga en el horizonte Astorga, hizo brotar nuevamente en nosotros otro de esos instantes de felicidad. Tuvimos pensamientos unánimes, teníamos que volver a recorrer el Camino pero caminando.

Ese peregrino quedó inmortalizado en una foto, foto de las que uno mismo emplea para su meditación personal y para recordar que los momentos buenos pueden volver a vivirse con un simple devaneo de la mente hacia el pasado.

Un apunte, si por casualidad este peregrino leyese este libro el dato de referencia es que pasó solitario por el Crucero sobre las dos de la tarde del día 20 de agosto de 1998 y llevaba una visera roja, le mandaremos su foto con sumo gusto.

Ya era hora de comer cuando poco después llegábamos a la capital de la maragatería, Astorga. Astúrica Augusta, también capital de las mantecadas, donde muy pocos gallegos habrán vuelto a su tierra tras sus vacaciones sin haber parado a comprar las típicas cajas de mantecadas de aquí. Comimos en una terraza de un bar de la Plaza del Ayuntamiento. Un camarero superamable recogía todas las peticiones que le cursábamos pero luego no atendía ninguna. Lento como ninguno, incluso más que los de la mañana, provocó que hasta nos fuésemos a la heladería de al lado a comprar un cucurucho mientras esperábamos la cuenta.

Fue un descanso más bien largo, para dejar pasar las horas duras de sol, escuchamos varias veces el repique de la gran campana de bronce que Colasa y Perico golpean arriba en el Ayuntamiento. Es una obra barroca muy popular cuyas dos estatuas representan dos figuras de maragatos, antigua tribu con costumbres ancestrales muy peculiares. Cuando ya eran casi las cinco partimos hacia Rabanal del Camino. El viento soplaba en contra y encontramos el asfalto hiperpegajoso.

- Los que nos vean dirán: "mira lo que sufren esos tres pobres peregrinos, pero el que más pena me da es el gordito del final"- fue éste el sonado autocomentario de Quico y que tanto recordamos cuando hablamos del viaje.

A causa de la poca benevolencia del dios Eolo, teníamos que dar pedales hasta en las bajadas y sólo alcanzábamos doce o catorce kilómetros por hora. Por encima, Ramiro se quejaba cada vez más de su rodilla y cada pedalada le costaba muchísimo esfuerzo y dolor. Entramos poco después por unos polvorientos caminos de tierra donde tampoco se avanzaba gran cosa. Por indicación de la guía, decidimos entonces desviarnos a Castrillo de Polvazares para ir con más calma y hacer algo de turismo. Castrillo es un precioso pueblo maragato, quizás uno de los más bonitos de España, con su característica arquitectura popular. Su visita nos supuso un gran agasajo, pero también un considerable retraso en la etapa, tanto que nos alcanzaron varios peregrinos de a pie, bien es cierto que mereció la pena conocer el declarado conjunto histórico-artístico nacional.

Estábamos muy cansados. Los parones no hacían más que enfriarnos. Ramiro con el dolor en su pierna, y Jesús y Quico acusaban negativamente la larga etapa anterior. El trayecto de veintidós kilómetros que separaba Astorga de Rabanal ya no era como la llanura palentina o el páramo leonés, y en el momento más inoportuno, nos adentrábamos en tierra de montañas donde las pendientes volvían a hacer su temible aparición.

El Camino discurría prácticamente por la carretera, no obstante se preveía la construcción de una pista de tierra en el arcén, y aunque el asfalto era rugoso y con muchos badenes al menos no había prácticamente tráfico. En la localidad de El Ganso, ya a seis kilómetros de Rabanal, aprovechamos para lavar las bicis en una fuente, y poco antes de llegar pasamos por otro gran símbolo del Camino, el roble centenario del Peregrino.

Llegamos a Rabanal. Y digo llegamos, porque fue un final de etapa muy duro, el deseo de llegar se unía a la dificultad del pedaleo y sobre todo al dolor de rodilla de Ramiro. Estaba claro que el sobreesfuerzo del día anterior lo estaba pagando con una sobrecarga en el tendón rotuliano. Estaba tan preocupado que hasta se preguntaba si podría salir al día siguiente. Al llegar al pequeño pueblo, y último donde se puede encontrar dónde dormir antes de abordar la montaña, Ramiro se fijó en que las bicis de la gente, los otros peregrinos, llegaban impolutas a los albergues. Como ejemplo, el tándem de una pareja de Vic que habíamos conocido, sin una salpicadura de barro. Esto nos hizo pensar que la gente realmente no iba por el Camino sino por la carretera.

En Rabanal del Camino, fin de la novena etapa del Códice Calixtino, nos alojamos en el albergue privado de Nuestra Señora del Pilar, donde Isabel Rodríguez atendía amablemente a los peregrinos por poco más que la voluntad. En el pueblo había otro albergue conocido por el albergue de los ingleses, pero estaba repleto y además esperaban hasta horas más tarde a que llegasen los peregrinos a pie.

Estábamos en un cuarto no muy grande con cinco literas y espacio para diez personas, pero no para mucho más, costaba revolverse entre los bártulos de cada uno. Organizar el equipaje entre etapa y etapa era una tarea ardua, y antes de acostarnos, Ramiro ofreció su testimonio particular con el mete-saca-quita-pon de ropa y enseres en las bolsas de plástico de las alforjas. A oscuras en el dormitorio la gente se reía a carcajada limpia como pensando lo duro que era la profesión de peregrino que tiene que llevar su vida entera en una mochila o en pequeñas alforjas, mezclando el cepillo de dientes con un calcetín sucio, o una pieza de fruta con las chancletas de ducha, y nunca encontrando a la primera algo de extrema necesidad.

Esa noche habíamos cenado en el único bar de Rabanal, un pueblo típicamente jacobeo de tradicional hospitalidad, a medio camino en la ascensión al monte Irago, donde el mismísimo Felipe II descansó en su peregrinar a Santiago. En la televisión echaban una carrera de 1.500 metros lisos en la que ganó la medalla de oro Andrés Díaz y Fermín Cacho el bronce. Había mucho ambiente turista, con gente de ciudad que pasa aquí los veranos. La cena la bajamos dando un corto paseo por el pueblo, que no tenía más que la calle central empedrada, ¡cómo no calle Real!, unos cuantos edificios históricos, y curiosamente, muchas casas en venta.

Había que estar en el albergue en cama a las once de la noche, y así cumplimos, con una etapa más, con una etapa menos. Ya quedaba poco en ese segundo año. El tramo final había resultado un auténtico martirio, y todos pagamos el exceso del día anterior, aunque Ramiro el que más por su maltrecha rodilla.

Ese pueblo tenía un encanto especial, en el albergue se respiraba un ambiente amigable, desde Isabel la dueña hasta el resto de peregrinos. Ya nos conocíamos casi todos, la pareja del tándem, un chico con su hija, y otros más. Conversábamos contando las aventuras de cada uno, momentos clave, situaciones difíciles, compartiendo el jabón para lavar la ropa en el lavadero de piedra, haciendo hueco en los tendales para que otros colgasen sus ropas recién lavadas. Eran tareas y circunstancias ya rutinarias en varios días de peregrinar, que te hacían sentir un veterano en la ruta. Sí, orgullosamente veteranos pero sin arrogancia, nosotros veníamos desde Roncesvalles, y atrás habían quedado más de seiscientos kilómetros.



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Rabanal del Camino - Herrerías de Valcárcel


"La Cruz de Hierro"
21/8/98

La estadística no solía fallar y en los lugares donde compartíamos techo siempre aparecía un resollador de la noche que quebraba el silencio del descanso, era otro roncador crónico en la habitación. Además, a las cuatro de la mañana se levantaron cinco peregrinos.

- Pues, yo creo que si salimos antes de las cinco llegaremos para ver amanecer en la Cruz de Hierro- les habíamos escuchado el día anterior. Y así hicieron, rompiendo el reposo del resto de compañeros de ruta, arrancaron su temprana jornada.

Luego otros dos se fueron a las seis, y nosotros casi los últimos nos levantamos a las siete de la mañana. Con calma fuimos desperezándonos, y tras desayunar, la salida definitiva se produjo sobre las ocho y media. En ese albergue quedaron muchas cosas, entre otras un par de calcetines nuevos de ciclista de Jesús que había lavado y tendido el día anterior, pero también quedaron buenos recuerdos de la vida tan peculiar de los albergues.

La salida de Rabanal ya comienza con una dura pendiente, primero por caminos de maleza y luego por la carretera. Hacía bastante fresco y es que ya partíamos a unos 1.150 metros de altura desde un pueblo que gran parte del invierno permanece nevado. Volvía el verano a regalarnos otro día despejado y de sol, inaudito en nuestra Galicia, donde cuatro días seguidos sin que aparezcan las nubes o la lluvia suele ser una fortuna, y no es un tópico.

Iniciamos la dura subida del Monte Irago, hacia la Cruz de Hierro, a 1.504 metros de altura. Las rampas eran continuas y no había momento de descanso. Aunque no eran muy empinadas, como máximo de un siete por ciento, la media era de casi un seis, y así de forma constante durante casi nueve kilómetros.

No había lugar a dudas de que el principio iba a ser la parte más difícil de esta etapa. Y además, comenzar el esfuerzo físico prácticamente en frío sin poder rodar unos kilómetros antes era un condicionante añadido. Jesús tenía problemas porque su cuerpo necesitaba entrar en calor y romper a sudar antes de acometer esfuerzos importantes. Mientras tanto, Ramiro y Quico seguían hacia arriba en busca de la cima con más soltura pero también con dificultades.

El Camino discurre por la carretera durante seis kilómetros hasta el primer pueblo. Por estos lares y a esas horas, el tráfico rodado es prácticamente inexistente, lo que nos ayudaba a sobrellevar la monotonía del cansino pedaleo. De todos modos, nos lo tomamos con calma, y entre unos devaneos sobre si llevar el jersey puesto o no, fuimos avanzando entre sudores fríos y con malas sensaciones, síntomas de que hubiéramos preferido acometer la subida en otra situación.

Y llegamos a Foncebadón, un pueblo fantasmagórico en estado de ruina. El absoluto desaliño en que lo encontramos teñía de gris la típica apariencia colorista de los pueblos maragatos, y convertía al otrora pueblo-refugio de peregrinos de la alta montaña, parangón de Roncesvalles y O Cebreiro, en una estampa patética. El mítico y abandonado Foncebadón está ahora habitado por poco más que un par de familias de Madrid que juegan al pueblo. Imaginamos que el marketing turístico había provocado esta huida hacia el mundo rural, y este lugar, por lo menos sí que ofrecía un total aislamiento de la rutina y del estrés de la gran ciudad.

Atravesamos Foncebadón por sus calles empedradas y llegamos hasta las ruinas de una torre por un camino de tierra y piedras, tramo donde cada uno de nosotros cogió una piedra del Camino. Habíamos abandonado la carretera y llegaríamos enseguida hasta la legendaria Cruz. A pesar de la inexorable inclinación de las rampas, el cuerpo se amoldaba a la bicicleta, el movimiento pendular de cabeza y hombros, la rítmica respiración, la vista fija a cinco metros de la rueda delantera, en definitiva, buscábamos involuntariamente una rutina que ayudara, con la cima próxima a su fin, a sentirnos cada vez menos fatigados dejando atrás el punto de inflexión de la línea imaginaria de las penurias.

En ese estado de mortecino alivio alcanzamos el punto más alto de todo el trazado de la Ruta jacobea, los 1.504 metros de la Cruz de Hierro. Nos bajamos de las bicicletas, y con la humildad y el respeto, y cómo no decirlo, la satisfacción de haber llegado hasta aquí, nos acercamos hasta la cruz y depositamos nuestra piedra, al igual que habían hecho siglos atrás miles y miles de peregrinos.

La Cruz de Hierro es uno de los símbolos del Camino, y su belleza reside en su sencillez. No es más que una modesta cruz de hierro clavada en un poste de madera de unos cinco metros de altura que está sujetado por una base cónica de piedras, piedras como la nuestra, de unos veinte metros de circunferencia y unos cuatro metros de altura.

En ese momento habría sobre veinte peregrinos descansando y contemplando el gran símbolo. Otro instante de felicidad recorría nuestras venas, ¿quién nos hubiera dicho que llegaríamos hasta aquí en este segundo año? Nuestros cálculos no eran muy certeros pues habíamos pensado llegar más o menos hasta León.

La felicidad del momento era sublime. No nos cruzamos palabras entre nosotros, y ni siquiera el viento se atrevía a romper el silencio respetuoso de ese rincón. Al mismo tiempo, la cima ofrecía a la vista una panorámica espectacular, hacia oriente en la lejanía el páramo ya casi imperceptible, hacia el norte, como una muralla levantada a propósito para evitar la dominación musulmana, la Cordillera Cantábrica, y hacia poniente, hacia Santiago, la sierra del Caurel y los Ancares, y en medio O Cebreiro, el siguiente hito del Camino. Sólo restaba mirar hacia el sur, ahí estaba el Teleno, dominador de una amplia sierra que definitivamente dejamos atrás. Conmovedor.

A dos kilómetros del alto, en plena bajada, nos encontramos con Manjarín, primer pueblo de El Bierzo y también abandonado. Ahí habitaba Tomás, un hombre de barbas que se ha cosechado en los últimos tiempos cierta fama y popularidad y que se hace llamar a sí mismo el último templario. Ya conocíamos su historia y nos paramos. Todavía no habían pasado ni cinco minutos tras abandonar la cima de la Cruz de Hierro, y el estado de catarsis allí alcanzado se prolongó en este mágico emplazamiento.

El hogar del último templario, ofrenda para el peregrino necesitado, rezumaba purificación. Quizás una visión más superficial, pudiese catalogarlo como puro oportunismo y mercadeo, pero no fue esa nuestra percepción, y lo que nuestra memoria retendría para siempre sería la sensación de armonía y concordia que allí vivimos. Embriagados por unas melodías que evocaban a la religiosidad, o al menos a un sentimiento de recogimiento y misticismo, continuamos inmersos en nuestro silencio particular. Un silencio que aceleraba el torbellino de ideas que volaban sobre nuestras cabezas, que te devolvía a la realidad de la vida, que te hacía ver que las cosas no son como siempre las vemos. Taciturnos y melancólicos, nuestras mentes se sumieron en crítica autoconfesión con el propósito de enjuiciar unos valores artificiales, programados por la sociedad para cegar el espíritu e impedirnos ir más allá, buscando qué hacemos en la faz de la tierra.

Cuando en Roncesvalles nos hicieron cubrir aquel formulario, habíamos puesto un aspa en la casilla de motivos espirituales y religiosos, y aquí los habíamos encontrado.

En fin, la parte sensible de la etapa había terminado, y ante nosotros se apareció un vertiginoso descenso. Como también habíamos marcado los motivos deportivos en aquel impreso de fines estadísticos, increíblemente avanzábamos a velocidades superiores a los 60 kilómetros por hora. Podíamos oír el ruido de los mosquitos al aplastarse contra nuestro casco y el cristal de nuestras gafas, y sentir también la repulsiva sensación de tragarnos algunos de ellos.

El miedo a la caída nos hacía tocar continuamente el freno, pero nos divertimos de lo lindo bajando a tumba abierta asumiendo riesgos innecesarios. Nos imaginábamos ases del Tour, Gimondi, Hinault, Induráin, recordábamos sus gestas, arañando segundos en los descensos para afrontar los puertos con ventaja, rozando el arcén con las cubiertas traseras, adoptando posturas increíbles sobre la máquina. Sin embargo, el Camino real atajaba en línea recta por senderos en la montaña, cruzando la carretera en numerosas ocasiones, con pendientes hacia abajo de a veces el 25% y por tanto no era recomendable ir en bicicleta y menos con una de tipo híbrida como las nuestras.

Sin darnos cuenta, habíamos cruzado el Acebo, un típico pueblo de montaña, y nos quedamos helados al ver, al final de la calle central, un monumento dedicado a un peregrino ciclista alemán que había fallecido en las peligrosas pendientes. Con algo más de calma, continuamos la bajada por la carretera, pasamos Riego de Ambrós y llegamos a Molinaseca, ya a 600 metros sobre el nivel del mar, donde unos hombres realizaban un reportaje fotográfico.

Este pueblo, de fértiles huertas regadas por el río Meruelo, es digno de mención por sus muchos atractivos. En sí mismo, la villa es preciosa, cuenta con numerosas bodegas que pueblan los fines de semana los habitantes de la ya cercana urbe berciana, con estrechas rúas medievales y casas blasonadas, su iglesia y su magnífico puente medieval de piedra de los peregrinos, otro puente más a nuestras espaldas. Es un auténtico pequeño oasis, un pueblo donde prometimos volver de excursión en el futuro.

Llevábamos veintiséis kilómetros recorridos de etapa, y los ocho restantes hasta Ponferrada, fueron bastante cómodos a excepción de un primer repecho rompedor nada más salir de Molinaseca. El trazado de la ruta nos llevó directamente hasta el Castillo de los Templarios, que nos recordó, como a todos los que fuimos niños en los setenta, al genial juguete recreativo del Exin Castillos.

De aquí sale una ruta hacia el sur, hacia el Valle del Silencio, un lugar de ensueño para retirarse, con el pueblo de Peñalba de Santiago como exponente máximo de la tranquilidad que encontró el ermitaño San Genadio. La influencia del Camino siempre fue grande, y la iglesia de este pueblo, de estilo mozárabe, está dedicada al Apóstol Santiago.

Tierra de eremitas y también de templarios, descendientes de los nueve Caballeros del Temple con Hugo de Payns a la cabeza en plena época de las Cruzadas contra el Islam, cuando ser caballero era una profesión en años de continuas guerras. Defendían el camino entre Jaffa y Jerusalén y su sola presencia bastaba para desanimar a los asaltantes de la ruta. Pronto se expandieron por toda Europa, fundándose la Orden Militar del Temple en pleno siglo XII.

En España, apoyaron militarmente el proceso de reconquista de los territorios invadidos por los musulmanes, y precisamente aquí en tierras bercianas ejercieron su dominio y función de vigilancia de los caminos, entre ellos el que iba a Santiago. Cuenta la leyenda que al Castillo de los Templarios construido en Ponferrada se le atribuye un aura entre lo sagrado y divino por haberse encontrado durante su construcción la imagen de una virgen, la Virgen de la Encina, patrona del Bierzo.

Aquí nuestro objetivo era localizar una farmacia para comprar medicamentos para la rodilla de Ramiro.

- ¿Paramos a tomar algo?- preguntó Quico- Ya sabéis que el peregrino para cuando no está cansado y come cuando no tiene hambre.
- Y bebe cuando no tiene sed- respondieron Ramiro y Jesús que ya estaban apoyando las bicis delante de un bar de la plaza del Ayuntamiento.

En ese momento cruzaban la plaza dos peregrinos ciclistas, un joven que viajaba con su hija, que durmieron con nosotros en Rabanal y que ya habían hecho el Camino en una anterior ocasión.

- Está en la sartén, a punto de salir, ¿esperáis?- contestó el dueño del bar cuando Ramiro y Jesús preguntaron al unísono si tenía tortilla. En una jugada del azar, el recuerdo mutuo de los descansos de media mañana en una cafetería coruñesa llamada Reloj cuando trabajaban juntos, les vino a la mente al entrar en esa taberna de la también llamada Plaza del Reloj.

Humeante, perfecto equilibrio entre huevo y patata, ligeramente jugosa y sobre todo sabrosa, cumplimos con esmero con el mandamiento más atinado del peregrino, el que le ayuda a seguir con tesón y perseverancia en su caminar o pedalear.

Esta población industrial era de gran extensión. Entre semáforos y tráfico rodado nos llevó mucho tiempo cruzarla. Al final de la ciudad, el Camino atraviesa una zona de chalets donde habitan los directivos de las empresas mineras que han desarrollado esta comarca. Antaño los romanos con el oro y el hierro, ahora los contemporáneos con una decadente minería. La imagen que siempre hemos tenido de Ponferrada ha sido la de una ciudad gris y contaminada, aunque en esta primera vez que la cruzábamos por su casco urbano, nos sorprendió con algunas bocanadas de aire fresco.

Salimos de Ponferrada en dirección a Villafranca del Bierzo, pasando por Columbrianos, Fuentes Nuevas y Camponaraya, y en medio de paisajes pródigos en abundantes viñedos. Era una zona con mucho cruce de caminos y carreteras y había que estar pendiente de no equivocarse. Doce kilómetros después de Ponferrada llegamos a Cacabelos, donde paramos en el famoso restaurante "Prada A Tope", aquí entramos literalmente hasta la cocina para llenar nuestros bidones con agua. Fue una lástima no probar los excelentes caldos de esta tierra, el vino del Bierzo probablemente era el mejor desde las lejanas tierras riojanas, pero el calor apretaba y la deshidratación sólo nos pedía agua, agua y agua.

El sol caía a plomo y empezábamos a tener hambre, nuestro objetivo era Vilafranca, pero para colmo, un rato antes de llegar se pinchó la rueda de Ramiro. Por encima, los caminos por los que transitábamos era pedregosos y estrechos, incluso las alforjas rozaban con la maleza, y nos retrasaba la hora de llegada para comer. Entramos en la villa bajando por una empinada cuesta y dejando a la derecha el albergue de peregrinos.

- ¿Qué iglesia es ésa?- preguntó Quico apoyado en la puerta de entrada del albergue, señalando con una mano y con la otra bebiendo agua con exasperación.
- Te leo de la guía- respondió Jesús- Es la Iglesia de Santiago, estilo románico del siglo XII, donde se concede la indulgencia plenaria a los peregrinos que por enfermos, exhaustos o incapacitados no pueden llegar a Santiago. Es la única en el Camino de Santiago con esta bula, y su puerta, conocida como del Perdón, se abre todos los años santos como la de la Catedral de Santiago.
- ¡Ah, entonces paramos aquí!- gritó Ramiro a voz en cuello, que venía del albergue de sellar nuestras credenciales.

Quien paraba aquí eran los que seguían el itinerario de Aymeric, pues Vilafranca era fin de la décima etapa del Códice Calixtino.

Bajando por la calle del Agua, alcanzamos la plaza central donde comimos unas pizzas. Allí coincidimos con la pareja que iba en tándem que durmieron también en Rabanal. La imagen de nuestras bicis con los maillots extendidos para secarse al sol no era nada seductora pero la logística exigía romper con algunos estereotipos de educación.

Descansamos plácidamente conversando con unos chicos que hacían el Camino a pie en etapas de veinticinco kilómetros. Nos gustó Vilafranca, la gran riqueza artística de este pueblo, otrora capital de la provincia del Bierzo, fue el legado de los francos. Hoy es una villa rica dedicada al vino y a la ganadería y con mucho que visitar.

Al finalizar el tentempié, gestionamos la compra de los billetes de autobús de Piedrafita hacia La Coruña. Nos hizo falta tiempo y esfuerzo porque la señora que vendía los billetes no se aclaraba en absoluto, sobre todo por lo inusual del transporte de bicis. Al día siguiente ya terminaba la aventura. ¡Qué triste!.

Avanzamos desde aquí en dirección a Vega de Valcárcel, nuestro siguiente destino, por el tramo, sin duda, más peligroso del Camino: la Nacional VI. El recorrido alternaba tramos por asfalto por el arcén de la misma carretera en obras, con descansos por pistas rebacheadas en las entradas y salidas hacia algunos pueblos como Pereje, Trabadelo, Portela y Ambasmestas.

Este tramo resultó de los que peor recuerdo nos quedó en todo el Camino. Por un lado, porque eran sobre las cuatro o cinco de la tarde, con un sol de chamusquina y un asfalto que desprendía fuego cual hoguera de San Juan; y por otro, porque los camiones y coches pasaban a dos metros de nuestras frágiles bicicletas, y dejaban una mezcla de polvo y olor de gasóleo que corrompían nuestros pulmones. Pese a todo, el descanso y la comida nos había sentado fenomenal y movíamos el plato grande con total autoridad.

En Ambasmestas cambiamos a la izquierda para retomar la antigua carretera que cruzaba la frontera con Galicia. Estábamos en la vega del río Valcárcel y llaneábamos paralelos al río mientras veíamos como la carretera nacional sexta se alzaba allá arriba ayudada por monumentales viaductos, que ya se han quedado obsoletos por el creciente tráfico de camiones.

Llegamos a Vega de Valcárcel. Nuestras piernas, a estas alturas de Camino ya esculpidas según los cánones griegos, acumulaban en ese día casi ochenta kilómetros. La canícula, la sudoración excesiva, el pegajoso asfalto, la distancia recorrida, ya no eran elementos hostiles sino aliados. Las alforjas se habían convertido en un apéndice más de la bici y no dificultaban el hábil manejo de la montura. Experimentamos una sensación de fuerza pletórica, como en la etapa del páramo leonés, y llegábamos al final de la etapa como coloquialmente se dice, sobrados.

El albergue estaba ya ahí, a cincuenta metros, al final de una rampa de un veinte por ciento de unos diez metros de longitud, y llegamos hasta arriba pedaleando con el plato grande en una exhibición de poderío que ni nosotros mismos dábamos crédito. Incluso pensábamos que estábamos en la forma óptima para continuar hasta la cima de O Cebreiro, aprovechando el brío del momento, pero pasaban las seis de la tarde y no teníamos prisa.

Cuando llegamos al albergue estaba repleto. Ya había llegado todo el mundo, nos referimos a todos los que coincidían con nosotros en el Camino. Tocaba dormir en el suelo y la hospedera nos aconsejó avanzar hasta Herrerías de Valcárcel, tres kilómetros más adelante, hacia O Cebreiro. Allí tendríamos que preguntar por doña Adelita, la dueña de un supermercado, que nos daría hospedaje muy gustosamente. Y así fue que realmente haríamos turismo rural sin quererlo.

Llegar a Herrerías del Valcárcel era como abandonar el perdido mundo y sumergirse en un remanso de paz. Eran pocos los vecinos aquí, y Adelita tenía una casa desocupada encima de la tienda que hacía a la vez de bar y locutorio telefónico en la aldea. Era una señora muy agradable, que al llegar nos ofreció unas claras para saciar nuestra sed. Guardamos las bicicletas junto con las gallinas, y nos enseñó la casa, nuestra casa.

Toda la planta de arriba era para nosotros, y teníamos una habitación para cada uno. Qué decir que todo era muy rústico, el suelo inclinado rechinaba hasta hacerte temer su hundimiento, los interruptores de luz en forma de pera como en la casa de nuestras abuelas, y el baño o la ducha sin agua caliente. Las ventanas medio rotas, por las que entraba un frío tremendo, daban a la huerta donde cultivaba Adelita sus repollos. Estábamos encantados, y tras ducharnos salimos a dar una vuelta por el campo.

Eramos el espectáculo del pueblo. Todos nos miraban cuando paseábamos por el valle con la vestimenta a conjunto, pantalón y camiseta estampada. Deambulamos por la diminuta aldea, y algo escuchamos a unos niños sobre el parto de una vaca y de otra que tenía los cuernos hacia abajo, los mismos niños que enloquecían a los pobres animales por el campo. Disfrutábamos viendo como el sol se escondía entre las montañas escuchando el suave ruido del río Valcárcel que sorteaba las localidades de la vega.

También conocimos a un tal Serafín, un lugareño de estrambótica personalidad que durante casi una hora nos resumió su vida, nos contó unas extrañas historias de su perro, de una hermana medio loca que tenía y que se murió, y de su inusitado amor por estas tierras. Ya se hacía tarde y nos fuimos a cenar.

El bar de Adelita era pequeño, tenía unas seis o siete mesas, y con toda la confianza de las buenas gentes del lugar, disfrutamos de una cena casera a base de huevos fritos con patatas, chorizo y ensalada. Un excelente remate para una jornada épica. A las once y media estábamos en cama pero un ruido espantoso bajo nuestros pies procedente del bar no nos dejaba dormir. Aún así conseguimos caer sumidos en un profundo sueño sin problemas.

Otra etapa más, a cada cual mejor, todas distintas, todas con algo que contar, que sufrir, que gozar. Habíamos recolectado un increíble cúmulo de buenos momentos, y éramos conscientes de ello. Sabíamos que el segundo año del Camino nos iba a dejar un sabor excelente.



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Herrerías de Valcárcel - O Cebreiro


"El sueño inacabado"
22/8/98

La ducha matinal no fue hábito en esa mañana de agosto, pero el frío del alba y la inexistencia de agua caliente en Casa Adelita podrían perdonarnos un último voto a la cochambre. Listos para salir enseguida Adelita nos sirvió un ligero desayuno a base de magdalenas, para estar a poco más de las ocho y media de la mañana en marcha.

Otro día más teníamos la sensación de que siempre salíamos los últimos, de hecho cuando sacamos las bicicletas para montar las alforjas, pasaban peregrinos a pie y en bici. Nuestro camino ciertamente no era el de los madrugadores.

Nos llevó poco más de hora y media subir hasta O Cebreiro, pasando por un par de aldeas con rasgos más gallegos que leoneses como La Faba y Laguna de Castilla. La etapa del día era muy corta, unos nueve kilómetros, pero realmente dura. Quizás podríamos haberlos terminado por inercia en la etapa anterior, pero habíamos previsto terminar de esta forma, llegar pronto a O Cebreiro y tomar un bus de vuelta a casa a mediodía.

Sudamos en abundancia durante la subida, y en su parte inicial, más sombría, el frío se apoderaba de nuestros cuerpos y nos impedía pedalear a gusto. Teníamos que echar pie a tierra de vez en cuando para descansar, y como no teníamos prisa no nos importaba ir caminando y disfrutando del soleado día, como alargando una etapa predestinada para placeres o padecimientos efímeros. No hubo ni un falso llano, ni unos metros de tregua para aliviar el respiro, era una ascensión implacable entre las típicas corredoiras gallegas, aunque aún estábamos administrativamente en tierras leonesas. Casi recorrimos siete kilómetros a pie, y difícilmente hubiéramos aventajado en mucho a la gente que subía caminando.

El Camino era impracticable para las bicicletas y había tramos en que era difícil tirar de la bici para que avanzase entre las piedras. Sin embargo, los paisajes bien merecían la pena, y en esa mañana despejada todavía más. Esta etapa de montaña era distinta a la anterior de la Cruz de Hierro, porque aquí el Camino se desviaba totalmente de la carretera, y ésta no era alternativa para el autoengaño del que a veces pecamos. Vimos mucha gente subir por la carretera nacional y era un error absoluto, hasta nos dieron pena porque pese a que el asfalto pueda ser más liso, no tenía sentido evitar la belleza del Camino, del barro, de las piedras, de los pueblos, del silencio y de los paisajes de estas tierras casi ya gallegas.

El último kilómetro fue el más fácil, la pendiente rebajaba sus porcentajes y la ansiada meta nos daba bríos ostensiblemente renovados. Ausentes de prisa, nos inmortalizamos junto a la piedra que simboliza la entrada a Galicia, nuestra tierra. Para unos gallegos como nosotros, bien natales o de adopción, representaba un verdadero símbolo del encuentro del Camino con su próximo fin.

Encontramos bastante gente a la llegada a O Cebreiro, numerosos grupos de turistas y de peregrinos en un bonito sábado de agosto. Una señora francesa nos hizo una foto en el crucero que captó toda la esencia del momento. Aquí nos encontramos descansando a muchos de nuestros compañeros de viaje.

La segunda parte del Camino había terminado.

- ¡Hola, que tal!, ¡vaya subida, eh!- nos decían alegres- ¿Hasta dónde vais?, nosotros pararemos en Sarria.
- Bueno, nosotros..., ejem..., no sabemos..., quizás avancemos un poco más- contestábamos con tanta falsedad como pesadumbre en nuestras palabras.

Un despiadado sentimiento de desazón y amargura se desató en nuestro interior mientras los veíamos marchar, pues sabíamos que nosotros ya no avanzaríamos más. Nos dio mucha pena tener que abandonar así el Camino, y en cierto modo, sin quererlo, criticábamos nuestra idea inicial de hacer el Camino en tres años. Estaba claro que en este segundo año y durante ocho días seguidos habíamos conseguido desconectar totalmente de nuestra vida rutinaria y habíamos sucumbido a la magia del Camino.

Nos hallábamos inmersos en un fuerte deseo de llegar a Santiago y tener que dejarlo nos supuso una triste decepción. Seguro que hubiéramos llegado ese día hasta Portomarín y con un poco de esfuerzo en otro día más a Santiago, nos encontrábamos en la forma física idónea para cumplir ese objetivo sin dificultad, pero no podía ser. Teníamos que pensar de forma optimista ya que nuestra idea inicial era llegar más o menos a León y eso lo habíamos sobrepasado con creces. Así que tocaba regresar tras una semana de libertad con nuestros compromisos maritales.

Como ya no había más que hacer, nos escondimos de nuestros compañeros para evitar las explicaciones, y con rostro pusilánime entramos en la Posada de Aurillac para almorzar antes de partir de vuelta a casa.

El desenlace final de la etapa fue de impresión sólo en el aspecto gastronómico. El sensacional tarugo de mantequilla que preparan aquí, untado en unas tostadas como platos, puede recomendarse a cualquiera. Y tras lo dulce, atacamos al salado, a unas impresionantes lonchas de jamón con pan en aceite.

Al poco rato y con el estómago lleno, bajamos hacia Piedrafita do Cebreiro por cinco kilómetros de sinuosa pero amplia carretera. Los últimos kilómetros acomodados en nuestras fieles monturas, ya domesticadas tras largas horas de convivencia mutua, que obedecían dócilmente cargadas con las alforjas en la espectacular bajada a más de cincuenta por hora. Allí esperaríamos el autobús de línea que nos devolvería a la cruda realidad. El tráfico era intenso, todavía algunos tramos de la autovía que uniría Galicia con la Meseta eran sólo planos en despachos de ingenieros. En la espera tuvimos tiempo para pinchar una rueda, esta vez la de Ramiro, pero ya no había ganas para arreglarla, una eventualidad adicional que acentuaba la confirmación del remate de la aventura.

Y sin saberlo, nos esperaba otro lance más con el conductor del autobús. El buen hombre venía con retraso desde Ponferrada y la parada para recogernos en Piedrafita no sería instantánea al tener que meter las bicicletas en el maletero del ómnibus.

- Las bicicletas van sin embalar, no podéis subirlas- sentenció con autoridad el chófer al vernos.
- Pero, ¿qué dice usted?- contestamos airadamente los tres- Tenemos los billetes comprados desde ayer, con la reserva hecha para transporte de tres bicicletas, y nos han asegurado que no es necesario embalarlas.

Al final, tras una larga discusión en la que se inmiscuyó hasta el dueño del bar de enfrente de la parada tomando partido por el conductor, éste entró en razón. No hubo más problemas, pero definitivamente las sensaciones e instantes de felicidad que nos daba el Camino se habían desvanecido, nos tropezábamos con la tensión del día a día, con la inmoralidad de una persona capaz de dejarnos tirados en la carretera.

El autobús venía casi lleno y hacía mucho calor en su interior. Era la una de la tarde, y poco tardamos en quedarnos dormidos por el sopor. De hecho, el único trayecto que recordamos fue la bajada desde el puerto de Piedrafita hasta el pueblo lucense de As Nogais. El descenso en la vertiente gallega estaba plagado de continuas curvas que nos mecían en un letargo profundo y placentero que desembocó en un sueño, el último sueño de ese segundo año.

Aparecimos los tres veinte años atrás, sentados en un modesto pupitre de las escuelas de los setenta, donde un maestro despótico, rayando casi en lo feudal, con enorme gafas cuadradas de pasta negra, y una regla de metal desgastada por el roce continuo de sus manos y las de sus alumnos en forma de correctivo, entonaba la lección del día con la voz modulada de un militar de rango supremo.

- Señores alumnos- prosiguió el maestro al concluir la lección- les informo que en este fin de semana deberán preparar una redacción de máximo dos folios, en el que deberán describir un pueblo o ciudad que ustedes conozcan.
- ¡Qué rollo!, nunca se me ocurre nada- le comentó Jesús a Quico y a Ramiro, mientras metía los libros en la mochila.
- Si queréis quedamos en mi casa, mañana sábado- contestó Quico- y la hacemos juntos, ¿os parece?.

Al siguiente lunes, el azar y la fortuna hizo que el maestro no nos escogiese para leer nuestra redacción. Le tocó a otro compañero de clase. El muchacho cogió un par de folios, se levantó de su pupitre, salió a la palestra, y leyó:

"El milagro de O Cebreiro

Fatigado, el peregrino se aproxima a O Cebreiro. Muchos vienen desde Roncesvalles y exclaman con júbilo: ¡por fin, tierras de Galicia!; otros inician aquí su camino, y otros vienen sólo a conocer el lugar, pero para todos O Cebreiro representa un mito, un lugar único digno de conocer.

O Cebreiro es una diminuta aldea situada en una serranía entre los Ancares y el Caurel. Auténtico mirador geográfico a 1.300 metros de altura que descubre la verdadera esencia paisajística gallega. Curiosamente, de las entrañas de estas montañas brotan los manantiales que alimentan las aguas del río Navia, el único en el Camino que arroja sus aguas al Cantábrico.

La aldea alcanza su máxima belleza en invierno, cuando las nieves obstaculizan las puertas de las casas de turismo rural que pueblan O Cebreiro. El adverso elemento blanco permite disfrutar de la tranquilidad de este paraje, que se convierte en lugar turístico en el resto del año.

Aquí son características las "pallozas", un tipo de construcción de piedra en planta elíptica con techo recubierto de paja, donde el hombre y su ganado compartían el espacio vital desde antes de que a los romanos se les ocurriese venir a buscar oro a Galicia. Se pueden visitar algunas en su estado original a modo de museo. O Cebreiro vive actualmente del turismo, y las construcciones se han multiplicado, conservando el estilo autóctono, para dar servicio al denodado viajero.

La Iglesia de Santa María de O Cebreiro, santuario prerrománico del siglo IX y X, conserva un relicario donado por los Reyes Católicos. Junto a la iglesia se encuentra la Hospedería de Aurillac, donde el visitante todavía puede rememorar los tiempos en que los reyes católicos Isabel y Fernando pernoctaron en septiembre de 1486 en el antiguo hospital, así como degustar un apetitoso desayuno a base de mantequilla casera, queso de O Cebreiro,... y demás viandas caseras.

O Cebreiro ha sido y es un enclave histórico en el Camino de Santiago. Hoy en día dispone de una buena capacidad de acogida para los visitantes, y dispone de un moderno y amplio albergue oficial para peregrinos.

No puedo dejar de mencionar un suceso vital, leyenda o mito para unos, realidad para otros. El milagro del Santo Grial sucedió, allá por el 1300, durante una misa celebrada por un sacerdote de poca fe. La Hostia se transformó en carne y el vino en sangre. El visitante puede contemplar en el santuario el cáliz milagroso, la copa del carpintero donde se produjo la divina intervención.

Sin embargo, el milagro de O Cebreiro lo viven día tras día los miles de visitantes, turistas y peregrinos, que se maravillan de su entorno, que disfrutan de una jornada rebosante de instantes de felicidad, y que sin duda ocupará una página principal en su álbum de viajes."

El muchacho acabó su lectura y se quedó de pie, esperando disciplinado las órdenes de su tutor. El resto de los alumnos aprovechaban la coyuntura para jugar a los submarinos, o leer algún que otro tebeo bajo los libros. El maestro no se inmutó, quedó en silencio durante varios minutos, como petrificado, con la vista clavada en los folios que colgaban de la mano del chico, y de repente, el autobús frenó ante un semáforo ya en la ciudad de La Coruña y lo despertó de un gran instante de felicidad.

- ¡Ya hemos llegado!- exclamó Quico- Hemos estado durmiendo todo el trayecto.
- Sí, ha sido un sueño reconfortante, ¿verdad?- apuntó Jesús- Aunque soñé con el colegio y los deberes... y un maestro alelado.
- Ahí tenéis a Cheché y Susana- dijo Ramiro señalando por la ventana del autobús que entraba lentamente en la estación- Os están esperando a ver si llegáis sanos y salvos.
- ¡Caray, estáis negros!- exclamó Susana- Os ha cogido el sol una barbaridad y tenéis la marca de las gafas. ¡Qué gracia!.
- Pero, ¿no os veo muy cansados?- preguntó extrañada Cheché- ¿Qué habéis estado haciendo, gamberros? Seguro no habéis pedaleado nada.

Todo fueron sonrisas, sensación de júbilo y euforia, deseábamos contar los variados episodios y anécdotas de nuestra aventura, pero eran tantos, que nos atropellábamos en el orden natural o cronológico de los hechos.

Al hacer recapitulación de este segundo año, es difícil saber qué escribir. ¿Qué fue lo más llamativo?. Quizás que estas siete etapas y medio millar de kilómetros han alimentado las charlas de cafés de las que no han podido librarse nuestros amigos, y han sido motivo de ilusión para comenzar un gran proyecto que nos llena de satisfacción, un dominio en internet dedicado al Camino de Santiago, la página web del peregrino tropical.



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1.- Roncesvalles - Logroño
2.- Logroño - O Cebreiro
3.- O Cebreiro - Santiago
(1997) 67 kb.
(1998) 125 kb.
(1999) 64 kb.