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"Pedaleando con el peregrino tropical"


Jesús Robres Zardoya

(I)





A Cheché, por su paciencia tolerante y serena.
A Ramiro, Quico y Jesús por ser los paladines
de una peregrinación insólita y afortunada.
Al Camino.

(El peregrino tropical)



"Venían de todas las tierras del mundo, por todos los caminos. Llegaban cristianos maronitas de tierras púnicas, cristianos de rito caldeo, mesopotámicos, nestorianos de Oriente, coptos de las orillas del Nilo, etíopes, y una multitud de griegos, germánicos del otro lado del Rhin, eslavos, húngaros, gentes de países que ni en los mapas venían. El Calixtino nos dejó, en latín, la letanía de estos hiperbóreos: "Scoti, Hiri, Galli, Tehutonici,...Gothi, Provinciales, Garasqui, Lotharingi, Gauti, Angli, Britones,..." podían ser cientos de nombres, tribus llegadas de fronteras remotas, de tierras donde el milagro es un hecho cotidiano, como la vida y la muerte, hallaban gentes de todos los pueblos del mundo, de todos los climas, y un historiador mahometano, con la palabra hiperbólica de los islamitas dice que era tanta la muchedumbre de los que venían, que no dejaba paso a los que volvían a sus tierras de origen."

(Basilio Losada)



0.a.- Prólogo
0.b.- La gestación
1.0.- Camino de Santiago 1997 (introducción)
1.1.- Roncesvalles - Puente la Reina
1.2.- Puente la Reina - Logroño






Prólogo


El Camino que nosotros emprendimos surgió de la casualidad. No éramos conscientes de que tal decisión se materializaría a la postre en tanta abundancia de buenos momentos.

Con el paso del tiempo y sin percatarnos de ello, la magia del Camino nos ha embriagado hasta tal extremo, que éste se ha convertido numerosas veces en temas de conversación entre amigos, lectura de libros, y de un sentimiento especial de defensa y humildad hacia el mismo. Hasta tal punto que como continuación y complemento de nuestra aventura nos sumergimos en la elaboración de una completa página web sobre el Camino de Santiago cuya dirección de internet es la siguiente: http://www.geocities.com/yosemite/geyser/3245

Cuando comenzamos su diseño y desarrollamos sus contenidos, allá por el final del noventa y ocho, éramos unos totales inexpertos en esto de la telaraña mundial, y aunque ahora lo seguimos siendo ya que la tecnología avanza más rápido que nuestro aprendizaje, hemos recibido infinidad de correos de apoyo y de agradecimiento a nuestra labor como peregrinos virtuales.

No quedó ahí la cosa, y como colofón final perpetuamos en este libro, la evocación palpable, material y tangible de lo que fue nuestro Camino. Un libro para perdurar en el tiempo, para adornar la estantería de nuestros hogares, para leer durante una tarde de lluvia de invierno,..., y quién sabe si algún día para su publicación.

Este volumen resume las vivencias, anécdotas, aventuras y desventuras que el recorrido de esta histórica ruta nos ha regalado. En el fondo, es nuestro íntimo "diario de viaje", y como tal, algo muy particular. Es nuestra visión personal, fruto de nuestra experiencia, escrita para ser compartida con todos los que como nosotros se sienten peregrinos, con todos los futuros peregrinos que se adentran en un viaje sin retorno, con todos los amantes del Camino, ...

Ya lo dijo Dante, el viajero que va a la tumba de Santiago se transforma en peregrino. Y a propósito, el camino hacia Roma lo siguen los "romeros", hacia Jerusalén los "palmeros", y hacia Santo Toribio de Liébana los "cruceros", pero eso es otra historia.



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La gestación


Hoy en día no recordamos las razones que nos llevaron a iniciar esta aventura pero ahí estábamos, preparados para iniciar una ruta milenaria, una senda trazada por la fe firme y profunda de una humanidad creyente que, amparada en el descubrimiento en el siglo IX de los restos del Apóstol Santiago, caminaba hacia al tercer vértice del triángulo de la Cristiandad -Compostela-, con más ímpetu que hacia la mismísima Roma o Jerusalén, una vía que acabó convirtiéndose en el auténtico cordón umbilical de Europa.

¡Aventura!, ¿por qué lo hemos llamado aventura? se preguntarán. Somos conscientes de que en ningún momento nos hemos sentido aventureros, sino peregrinos hacia Santiago de Compostela. Pero ..., cierto. Aventura. ¡Qué alguien busque en un diccionario! SUCESO EXTRAORDINARIO. Indudable nuevamente, fue la sensación que nos embargó durante muchos instantes en el recorrido del Camino, que se convirtió en una procesión interior de sucesos extraordinarios.

El mes de San Fermín de 1.997 transcurría tórridamente, inusual en tierras galaicas, pero esperanzador para los espíritus alicaídos por la humedad del riguroso invierno celta. Con la bonanza climática estival como baluarte de nuestro ánimo, toda nuestra pandilla nos disponíamos a organizar una agitada y apretada agenda de días de asueto, diversión, recreo y descanso. Así, durante ese mes de julio habíamos disfrutado desde un fin de semana de camping en las Rías Bajas gallegas, pasando por una dura jornada deportiva descendiendo el asturiano Sella en piragua, hasta una ruta de senderismo por la Reserva Natural de Muniellos en Asturias. Un preludio perfecto para alcanzar las tan ansiadas vacaciones de agosto, que ese año, consistían en una semana de viaje por el Norte para visitar toda la belleza de Cantabria, los Picos de Europa, Potes, Fuente Dé, Santander, Santillana del Mar, etc.

Pero antes había por medio unos días, tediosos para unos que trabajaban, y anodinos para otros, afortunados, que podíamos estrenar el anhelado ciclo de ausencia de la rutina laboral.

- ¿Qué os parece hacer el Camino de Santiago en bicicleta?- planteó Jesús. Era final de julio, y estábamos en el fragor de una cena en el Mesón La Penela, un conocido restaurante en la Plaza de María Pita de La Coruña.

- ¡El Camino de Santiago,..., no es una mala idea!- comentaron Ramiro y Quico en medio de una gran algarabía, y mientras el resto de la panda de amigos devoraba una sabrosa tortilla de Betanzos haciendo caso omiso a la idea recién alumbrada.

La salva se había disparado pero todavía no había tomado cuerpo.

Sábado 2 de agosto de 1997, día de senderismo por Muniellos. Se avecinaba una sofocante jornada por la reserva asturiana. El calor era tan extremo que ni las lagartijas asomaban por entre las piedras.

- ¡Hace exactamente siete años, los iraquíes invadieron Kuwait!- manifestó Jesús en alto. Aunque los demás no pensaban así, el comentario no se debió a un aturdimiento neuronal consecuencia del bochorno, simplemente era una muestra real del patrón patético de conducta de su paquidérmica memoria.

- Fue gracioso porque por entonces yo tenía acciones de Minero Siderúrgica Ponferrada- prosiguió Jesús- y su cotización subió como la espuma. Los mercados pensaban que nos quedaríamos sin petróleo y que volveríamos al carbón.

Jesús podía aburrir a propios y a extraños hablando de bolsa o economía, al fin y al cabo estudió empresariales y era su tema. Deportista nato, al menos en su adolescencia, trataba de mantenerse en forma y evitar el inminente crecimiento de la curva de la felicidad tras su reciente matrimonio. Para él, hacer el Camino en bicicleta representaban unas vacaciones sanas y deportivas. Aunque por nacimiento era natural de Navarra, su vida había transcurrido siempre por tierras de Compostela, y aunque siempre le gustaba decir que era navarro, el paso del tiempo lo había convertido en un gallego más. Pero algo en su carácter le debía a su tierra natal, Jesús podía tener un ejército de personas gritándole que por ahí no, que no era así, que lo dejase ya; pero él iría por donde querría, lo haría a su manera, y seguiría hasta que quisiera, un genuino cabezota, cabezón de la ribera Navarra. Era un buen chaval, de esos que en los que puedes confiar, de los que siempre puedes buscar como apoyo, aunque a veces pecaba de ser demasiado transigente con la gente evitando siempre los enfrentamientos. Su vida gira en torno a los viajes, aficción descubierta en cuanto tuvo alguien con quien compartirlos, su eterna amiga y ahora esposa Cheché.

Las provisiones de agua, deficientemente calculadas, se terminaron a mitad del día, y la ausencia de manantiales claramente libres de amebas durante varios kilómetros nos obligó a caminar con el único objetivo de llegar. Muniellos se convirtió en algo más duro que un paseo, y algunos lo pasamos realmente mal durante los dieciocho kilómetros de subidas y bajadas por los montes, sufriendo por los mosquitos, el calor, las piedras y la deshidratación. Como contrapartida, tras una reconfortante ducha nos esperaba una suculenta cena, auténtica reverberación en forma de celebración gastronómica astur que aplacaba nuestra hambre leonina.

Naturalmente que no vimos osos, ni tampoco otro tipo de avifauna, pero lo que siempre recordamos es que aquí se fraguó definitivamente el proyecto del Camino de Santiago. Dicho y hecho, decidimos que podíamos hacer la ruta en bici comenzando en Roncesvalles y hacer tres etapas hasta Burgos.

Llegamos de Muniellos el domingo día 3 casi de madrugada, y el lunes día 4 nos reunimos los tres futuros peregrinos: Ramiro, Quico y Jesús, para organizar la partida.

Ese lunes resultó un día muy estresante. Nuestra idea era tomar un tren desde La Coruña a la mañana del día siguiente, y en ese lunes tuvimos que hacer multitud de cosas como llevar las bicicletas a un taller para ponerlas a punto; comprar alforjas y portaalforjas, que estaban casi agotados por la ciudad; comprar ropa de ciclista, culottes y maillot, e incluso para después de la bici, como la camiseta estampada marca "Mito To The Limit" y el pantalón de "guiri" que era nuestra indumentaria oficial; enviar las bicicletas a Roncesvalles a través de una empresa llamada Nacex, subcontrata del sistema ferroviario estatal de nuestro país, RENFE, que presta este servicio de transporte a los peregrinos; hablar con el albergue de peregrinos para que nos recibieran las bicicletas, cosa que fue imposible, y tuvimos que usar como recepción en un hostal en el que nos quedamos a dormir; comprar los billetes de tren de ida y vuelta para martes y viernes respectivamente; preparar el equipaje; conseguir documentación sobre el Camino y las credenciales del peregrino para sellarlas en los lugares de paso; ... y otras tantas cosas más.

Aún no sabemos cómo, pero fuimos capaces de hacerlo todo ese lunes, que quedó grabado en nuestra vida como un día de ajetreo y angustia supremos.



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Camino de Santiago 1997


A las siete y media de la mañana de un martes cinco de agosto subíamos en el tren hacia Pamplona. ¿Por cierto, hace cuánto tiempo que no subes al tren? A excepción de Quico, llevábamos sin hacerlo muchos años, y las primeras horas en el vagón nos hicieron reflexionar hacia donde íbamos. Recorríamos los lugares que luego esperábamos ver plácidamente montados en nuestras bicicletas. Resultó un viaje de lo más placentero, sólo alterado por algún que otro altercado con un hombre de avanzada edad que estaba fumando puros en nuestro vagón de no fumadores. Cualquier cosa era posible en un tren, y no es necesario parafrasear a Paul Theroux, escritor seducido por los ferrocarriles, amante de los silbidos embrujadores en las estaciones.

- Oiga señor- gritó Quico exasperado- aquí no se puede fumar esos puros. ¿No ve que es un vagón de no fumadores?.

- Oye chaval, no te enseñaron educación en el colegio- respondió de forma colérica el hombre que se estaban ganando la enemistad de todo el vagón.

Sí, se formó un tremendo altercado, y por un momento pensamos que iban a llegar a las manos. Seguramente si en el vagón viajasen sólo Ramiro y Jesús no hubiese pasado nada, incluso sabiendo que Jesús odia a muerte el tabaco, pero las reacciones de Quico eran imprevisibles. Una amalgama de caracteres en una sola persona, era preciso convivir con Quico en diferentes facetas de la vida para conocerlo bien, y de eso Jesús podía hablar bien porque se conocían desde pequeñitos. Era el auténtico santiagués del trío, nacido y criado en Compostela, un legítimo "picheleiro" cautivado por la medicina, su verdadera pasión a la que le dedica prácticamente las veinticuatro horas del día entre guardia sí y guardia no. Quico es un personaje entrañable muy querido por todos, allá donde va deja amigos, espontáneo y capaz de entrar en un quirófano en plena operación con una peluca azul, asombrando con su corpulencia y estatura a cualquiera. El límite de su vergüenza está por debajo de la media, y a su demostrada sociabilidad se le contrapone un gusto y un deseo por la vida casera, por ese momento de placer tirado en un sillón viendo un partido de baloncesto sin que nadie le moleste, ni siquiera su mujer. Seguramente comenzaba el Camino por la insistencia y ánimo de Jesús que es el que suele tirar a la hora de organizar este tipo de actividades.

Llegamos a Pamplona sobre las cinco de la tarde, cogimos las alforjas, o sea, el equipaje, y un taxi nos acercó hasta la estación de autobuses de la ciudad. El recinto y las instalaciones rayaban casi en lo tercermundista, o al menos esa fue nuestra impresión, ya que podía ser desde más limpio hasta más acogedor. Multitud de autobuses y compañías, con nombres muy característicos, como La Burundesa, La Roncalesa, La Tafallesa, ... y varias "...esas" más, pero la nuestra, la que nos llevaría hasta el punto inicial de nuestra ruta, era la mítica Montañesa.

El autobús iba plagado de jóvenes y no tan jóvenes que subían al Pirineo, unos para hacer rutas de montaña, y otros para comenzar la ruta jacobea. El viaje duró casi hora y media, y sobre las siete de la tarde ya estábamos allí, en Roncesvalles. Nos imaginábamos encontrar un pequeño pueblo, pero realmente, lo que hay es un conjunto de edificios aislados al borde la carretera que sube hacia Francia.

No quedamos indiferentes ante la belleza sin par de este enclave legendario, pero la triste realidad de nuestra ignorancia no provocó emociones especiales por aquel lugar fundado en el siglo XII para dar cobijo a los peregrinos tras el duro paso de los Pirineos. Quizás era el cansancio del largo viaje en tren y autobús, o probablemente la ligera llovizna que comenzó a caer cuando llegamos, pero, impropio de un enamorado del Camino, no fuimos conscientes de que los doscientos veinte centímetros yacientes del propio Sancho El Fuerte, bramaban por un ápice de consideración hacia la magna obra que habían legado nuestros antepasados. Quizás, el héroe navarro debió erguirse de su sepulcro, para tomar las cadenas arrebatadas a los moros en la batalla de las Navas de Tolosa, y perseguirnos hasta expulsarnos hacia Francia. En realidad, nuestra preocupación era conocer el estado de nuestras máquinas, las bicicletas.

Así, lo primero que hicimos fue asegurarnos que nuestro caballo para la batalla había llegado hasta aquí en perfecto estado. Acto seguido, nos dirigimos hacia el único lugar de pago para hospedarse donde dejamos las alforjas. Aún teníamos cosas que organizar ese día, y rápidamente nos encaminamos hacia el refugio de peregrinos donde nos darían finalmente la Credencial del Peregrino, que nos serviría para poder alojarnos casi gratuitamente en los numerosos albergues del Camino. Además, habría que ir sellándola todos los días por los diferentes lugares de paso: albergues e iglesias, para, una vez llegado a Santiago, obtener la Compostela.

Cuántas veces habíamos oído hablar de la Compostela, y ahora emprendíamos el Camino para conseguirla, después de miles de peregrinos que desde el siglo XIII ya la han obtenido.

- Escuchad, voy a leer algo referente a la Compostela, es muy interesante- dijo Jesús mientras cruzaban la explanada desde el Hostal. "A lo largo de los siglos IX y X, la peregrinación a la Tumba de Santiago se institucionalizó adquiriendo determinadas consideraciones sociales y religiosas, así fue necesario acreditar haberla cumplido. Primero, se utilizaron insignias que se adquirían únicamente en Santiago consistentes en la venera o concha de vieira, y se convirtió en algo que podía significar haber estado en Santiago, y poderlo probar. Ante la facilidad de falsificar esta rudimentaria certificación, hecho que sucedió efectivamente, los prelados de Compostela y el mismísimo Papa se vieron obligados en el siglo XIII a instituir las cartas probatorias, y que son el origen directo de La Compostela, la actual acreditación que te otorgan en la oficina del peregrino en Santiago al recorrer al menos los últimos cien kilómetros pie o doscientos en bicicleta."

- ¿Hay que poner el motivo de la peregrinación?- preguntó Ramiro al hombre que regentaba el refugio y que nos acababa de entregar tres credenciales de peregrino.

- Sí, pero para obtener la Compostela hay que peregrinar por motivos religiosos- afirmó contundentemente aquel bigotudo personaje.

- ¿Se puede poner más de un motivo?- inquirió Jesús, que obtuvo una respuesta afirmativa pero con tono de haberle mostrado importunio. Podíamos elegir los culturales, los deportivos, los espirituales, los religiosos, y marcamos casi todos.

- ¿Vais a dormir en el refugio?- preguntó el buen hombre, a lo que negamos con vergüenza.- ¡Ah, dormís en el Hostal!. Seguro que lleváis tarjeta de crédito, teléfono móvil,... sois peregrinos pijos- continuó con aire despectivo e irónico. Un sentimiento inicial de culpabilidad invadió nuestro escaso espíritu de peregrinos.

- ¿A qué hora es la Misa del Peregrino?- preguntamos, en lugar de contestar al tan poco agradable comentario anterior.

- Pero, ... si vosotros no vais a asistir a la Misa- prosiguió de forma claramente calumniadora, en un arrebato, pensamos, típico de persona resentida con su trabajo.

Ramiro se enfadó mucho con ese comentario porque él sí que quería asistir a la Misa con la devoción de un cristiano. A fin de cuentas había estudiado con los Jesuitas en San Sebastián, su tierra natal, y seguro que marcó el motivo religioso con más seguridad que Jesús. A este donostiarra afincado en La Coruña ya se le había pegado el acento gallego tras seis años de estancia por motivos laborales. Era el segundo economista del grupo, y el más joven de los tres aunque sólo por un año. Ramiro es la perfección personificada, el hombre que toda mujer desearía tener como marido. Su casa siempre arreglada y limpia, impecable en la vestimenta, correctísimo en el trato con la gente, y lo mejor, en la cocina siempre le hemos llamado Chef Ramiro. Seguro que el día que se harte de su estresante trabajo como ejecutivo se montará un restaurante de categoría como sus compatriotas Arzak, Arguiñano o Subijana. Su voluble carácter hace que pase de una felicidad absoluta a la irritación total manteniéndose siempre radical en sus comportamientos, siempre se dice a sí mismo que cuanto mayor se hace más insociable se vuelve y le echa la culpa a vivir solo. Como Ramiro se apunta a todo lo que organicen los demás ha tomado la idea del Camino con mucha ilusión.

Definitivamente, el primer contacto con personas relacionadas con el Camino fue nefasto. Injustamente, nos habían adjetivado, calificado negativamente, y ese individuo no era quién para juzgarnos, ni cómo lo hizo.

Eran casi las ocho, y tras haber contemplado y fotografiado la Colegiata, excelente muestra del más fino gótico francés del siglo XIII, y la Capilla de Santiago del siglo XII, asistimos a la Misa del Peregrino en la Capilla del Sancti Spiritus o Silo de Carlomagno también de la misma época. Dentro había unas cien personas, y allí escuchamos la Misa oficiada por varios sacerdotes. Al término, todos nos acercamos hacia el altar para recibir, en un emocionante acto, la Bendición del Peregrino en varios idiomas.

Lo recordamos como la primera aventura, el primer suceso extraordinario, y sentimos que estábamos ante algo más que una simple ruta en bicicleta. Roncesvalles, tras el duro paso de los Pirineos, se ha convertido a lo largo de la historia en uno de los principales puntos de partida de los que inician el Camino de Santiago, y nosotros nos hallábamos ahí para iniciarlo. No fue algo premeditado, quizás una casualidad, pero el destino quiso que El Camino invadiese nuestro interior con una fuerza desmedida, que iría creciendo conforme Santiago se acercaba.

Ya instalados en el Hostal La Posada, el resto de la tarde, por necesidad, tuvimos que dedicarlo a instalar los portaalforjas de Ramiro y arreglar la correa del freno de su bici. La cena en el mismo hostal resultó suculenta y el trato de los camareros ejemplar. Mantuvimos una agradable conversación con Ana, la chica que nos atendió durante el deleite de la gastronomía navarra.

Le comentamos nuestro pequeño incidente con el tipo del albergue, al cual justificó, ya que al parecer, los que viven alrededor del Camino, sufren bastante por los conocidos "peregrinos basura". Nos habíamos dado cuenta que los peregrinos tenían sus clasificaciones, así los "basura" eran gentuza que hacía el camino (con minúsculas) y que pretendían que el Camino les sirviera sólo por el hecho de recorrerlo. Gentuza que iba en su coche y que al llegar a un refugio, recorría los últimos metros andando para apropiarse de una cama gratis en un albergue de peregrinos, o gentuza que no pagaba en los mesones porque exigían hospitalidad al creerse peregrinos.

A nosotros, esto nos pareció muy triste, pero era parte de la realidad. Hay mucha gente volcada en todo esto que recibe malos tratos y agradecimiento nulo.

- ¿Qué tipo de peregrinos somos nosotros entonces?- le preguntamos a Ana entre plato y plato- ¿Acaso somos unos peregrinos "pijos", por lo que nos dijo el del albergue?.

- La verdad es que todavía no sé qué tipo de peregrinos sois, pero realmente sois distintos- respondió Ana tratando de seguirnos la corriente, pero a la vez hurgando en nuestras mentes y comparándolas con las de cientos de peregrinos con los que se habría tropezado anteriormente.

Ana y sus compañeros se habían sorprendido mucho con nuestra forma de comportarnos, incluso se reían, sobre todo cuando incorporamos a nuestra cena, ya en el postre, a un chiquillo que, huyendo de sus padres, como hacíamos todos en nuestra infancia cuando nos aburríamos de las conversaciones de adultos y curioseábamos las actitudes de otra gente, había fijado su vista en una sabrosa tarta de queso que había pedido Quico. La mente del pequeño cavilaba entre las advertencias paternas sobre lo que le ofrezcan los extraños, la glotonería infantil o que en el fondo estos señores no parecían extraños. Es parte del aprendizaje humano.

Al final de la cena, la sencillez y cordialidad en el trato con Ana y el resto del personal del Hostal nos permitió establecer un trato de confianza y libertad improcedente según los estándares de servicio al cliente de cualquier restaurante. Cierto que el carácter gallego que tenemos impregnado no estaba acostumbrado a la afabilidad y llaneza de los navarros.

Nos despedimos de Ana, porque a la mañana siguiente ya no la veríamos, y nos quedamos con la duda del tipo de peregrinos que éramos. Al menos, nos confirmó que pertenecíamos a una clase especial de peregrinos simplemente diferentes. Era su forma de decirnos que le habíamos caído bien. Faltaban dos días para conocer realmente nuestro definitivo adjetivo, que aún por entonces ni lo sabíamos, ni lo podíamos imaginar, pero sería el nuestro.

Subimos a descansar. La habitación, pintada de blanco, tenía dos alturas; la de arriba, donde durmió Quico, era abuhardillada, y se accedía mediante una escalera con barandilla de madera. Resaltaba la decoración basada en muebles rústicos, y con ventanas, también de madera, inclinadas con el tejado. Era un habitáculo perfecto que nos permitiría disfrutar de un tranquilo letargo en esta primera noche del viaje. Además, al acogedor ambiente de la habitación, se le añadía la esotérica estampa de un pueblo a merced de las tormentas pirenaicas. Esta peculiaridad a priori embriagadora se transformaría en una pesadilla infernal, primero por el ruido que originaba sobre el tejado que nos impedía adormecernos, y segundo, por la expectativa de una mañana lluviosa y con caminos embarrados.

Tumbados en cama en silencio y con la luz apagada, el rugir de los truenos se hacía aún más sonoro. Poco a poco, nos mecimos en un profundo sueño, un sueño en el que los tres aparecimos ante el Apóstol Santiago como sus discípulos. En la fantasía ensoñadora nos encontrábamos con nuestro querido juez calificador, que nos negaba el refugio en Roncesvalles.

- Santiago, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y lo consuma?- clamamos de forma apasionada.

- Boanerges, hijos del trueno- pensó Santiago y luego dijo- Esta noche no dormiréis en el refugio. Lo haréis en el hostal como los peregrinos pijos, y el cielo rugirá para que recordéis que yo Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, recibí fuertes reprimendas de mi Señor por mi carácter impetuoso, me llamó Boanerges, Hijo del Trueno, igual que a mi hermano Juan el Evangelista.

Avanzada la madrugada, los truenos cesaron y los sueños también.



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Roncesvalles - Puente la Reina


"El descubrimiento"
6/8/97

El despertador sonó temprano, sobre las siete y media de la mañana, pero el cansancio y el estrépito impenitente de la lluvia contra el tejado, provocaron que la decisión de continuar en cama fuera unánime y, sobre todo, telepática porque no nos dijimos ni una palabra. Finalmente, nos levantamos sobre las ocho y media y con calma nos fuimos a desayunar y a preparar las cosas. Nuestra habilidad para vestirnos con la indumentaria ciclista y para montar las alforjas podría haber hecho reír a muchos, y debía mejorar muchos enteros.

Seguía lloviendo, aunque la intensa lluvia había cesado y daba paso al clásico "chirimiri", "orballo" o "calabobos" al que nuestra Galicia nos tiene tan acostumbrados.

- ¿Qué hacemos? ¿Salimos con esta lluvia?- nos preguntábamos, pensando que en nuestro ideal de viaje no figuraba la posibilidad de semejantes lluvias en agosto.

- ¡Venga, vámonos ya!- fue la espontánea respuesta- Se hace tarde y son las diez de la mañana. Poneos los chubasqueros y carretera.

Sobre las diez y media y en dirección a Burguete comenzó nuestra aventura, que bien podría escribirse:

"Bajo la lluvia, que se filtra entre los árboles que cubren a ambos lados el primer kilómetro de carretera, tres peregrinos ignoran la magia que irradia el Camino en todo aquel que lo emprende con humildad. Una magia que provoca un deseo, un anhelo, una esperanza de repetir esta magnífica experiencia cuando todavía está inacabada.

Sabíamos que el Camino estaba ahí a nuestra vera, desde hacía siglos, imperturbable. Sabíamos que el hombre no había hecho el Camino, sino que el Camino estaba ahí para ser recorrido. Sabíamos que la mano del hombre modificó sus trayectos, pero era imborrable. Y sabíamos lo más importante, no teníamos a Santiago como la meta del Camino, sino al mismo Camino, El Camino de las Estrellas."

Nuestros enturbiados pensamientos se dirimían entre comenzar por su senda originaria o por la carretera. La idea de iniciar el Camino de aquella forma hubiera llevado a nuestras bicis a hundirse irremisiblemente en el fango, y hubimos de tomar el asfalto como medio principal para nuestra ruta. Hasta los peregrinos que iban a pie optaban por caminar por la carretera. Demasiada agua para una noche, y no era la primera en la semana. Las tormentas de verano, frecuentes por estos lugares, habían dejado prácticamente intransitables los caminos y senderos.

Los chubasqueros de propaganda que vestíamos impedían mostrar nuestro maillot. Días atrás habíamos elegido en El Corte Inglés la maglia rosa de líder del Giro de Italia como maillot común para identificarnos en el Camino, y sobre todo por el color llamativo que nos protegería del tráfico.

- Por favor, ¡resérveme toda la sección de deportes!- exclamábamos entusiasmados el ajetreado lunes ante el temor que se agotasen las existencias como había sucedido con las alforjas. La elección no atendió a más razones que el escaso surtido de prendas ciclistas en la sección de deportes por la ya muy avanzada temporada de verano.

En el primer kilómetro se halla un gran símbolo del Camino: la Cruz de los Peregrinos. Construida en piedra, se yergue inmune al paso de la historia, desde el siglo XI muchos peregrinos le han pedido suerte. La emoción del inicio del Camino, o el destino, no quiso que reparásemos en su presencia, y tanto Quico como Ramiro, pasaron ante ella como una exhalación propiciada por el suave descenso, la lluvia, y el fervor del comienzo. Jesús se percató de su presencia, a su mano izquierda en la carretera, pero sólo le regaló un fugaz vistazo, mas ni tocó el freno al ver que sus amigos se embalaban en la bajada.

Es ahora, cuando escribimos, que nos damos cuenta que el sabor de El Camino no se obtiene en su primer recorrido, sino que al repetir, el peregrino obtendrá nuevas vivencias y sucesos extraordinarios.

En Burguete tuvimos que hacer nuestra primera parada. Sólo dos kilómetros, y el equipaje ya estaba algo descolocado. A Jesús se le torcían continuamente el saco de dormir y la esterilla, y le golpeaba en las piernas en cada pedalada. Ramiro no había conseguido tensar bien su freno, y Quico tenía el pedal de su bici desajustado, y en cada movimiento se le salía. Nuestra experiencia en estas lides era realmente nula, era la primera vez que salíamos en bicicleta, nunca habíamos hecho más de veinte kilómetros seguidos y siempre sin salir de los carriles bici de nuestra ciudad.

Seguía lloviendo. El aspecto de esta primera población, imagen de típico pueblo pirenaico, con sus grandes y cuidadas casonas blasonadas le impactó mucho a Jesús. Incluso se enorgullecía, por su origen navarro, pues es natural de Tudela, ante la belleza de estas tierras. Hasta el siguiente pueblo, Espinal, de similares características, el Camino seguía el trazado de la carretera C-135. En ese pueblo, hicimos un alto en un taller, donde nos arreglaron el pedal y el freno de las bicis de Quico y Ramiro.

- ¿Qué pensaran los mecánicos del taller? Seguro, que cuando nos hemos marchado se reían de nosotros y de nuestros escasos conocimientos de mecánica de bicis- comentamos con vergüenza una vez subsanados los problemas técnicos.

El Camino se desviaba a la izquierda atravesando campos y pistas de tierra, y sin dudarlo continuamos nuestro trayecto por el asfalto. Nos habían recomendado que lo hiciéramos así, y no nos planteamos otra alternativa. Desde aquí ya se iniciaba un tramo de subida hasta el Alto del Mezquiriz, y eso que en el plano la etapa es un descenso desde los Pirineos. No era una subida muy difícil, pero para unos pobres ciclistas como nosotros, si podemos llamarnos ciclistas por el hecho de poseer una bici, ya era un buen puerto.

Había dejado de llover y el sol resplandecía, por lo que la situación climática nos motivaba. Se llegaba a unos 922 metros de altura, y durante el escaso trecho de subida y por el maldito peso de las alforjas, al que todavía no estábamos acostumbrados, ya íbamos "haciendo la goma" como se dice en el argot ciclista cuando alguien no sigue el compás de sus compañeros. Cada uno a su ritmo. Era la ley que sin darnos cuenta habíamos tomado, ya que era la mejor forma de dosificarse para lo que nos quedaba. Jesús, en sus tierras navarras, se sentía como Induráin, pero la dureza de la primera subida nos hacía presagiar una ruta plagada de crueldades físicas para nuestros bisoños cuerpos.

Coronar el Mezquiriz fue nuestro primer hito. Estratégicamente, hicimos una parada para celebrarlo y descansar. Las nubes se habían disipado por completo y lucía un sol veraniego, por lo que aprovechamos para hacer unas fotos en el alto. El sudor ya nos había empapado y para no enfriarnos continuamos enseguida, esta vez cuesta abajo. ¡Qué gozada avanzar kilómetros sin esfuerzo! Zigzagueando por la carretera y entre los bosques que dan fin al frondoso verdor pirenaico cruzamos el pueblo de Viscarret, aquel que Aymeric Picaud calificó como pueblo bárbaro, innoble, perverso, malvado,... y muchos más descalificativos. Realmente, Picaud se ensañó con este pueblo fin de la primera etapa del "Códice Calixtino". El famoso clérigo francés se puede considerar el autor de la primera guía turística del mundo, incluida hacia el año 1.140 como libro quinto de su Liber Sancti Jacobi, o Codex Calixtinus. Ahí se describe pormenorizadamente la Ruta jacobea en trece etapas.

Poco antes de Linzoain había un desvío en la carretera para tomar el Camino, pero nuevamente optamos por la carretera para dirigirnos a Erro, donde teníamos el comienzo de nuestra segunda subida.

El Alto del Erro es más duro que el Mezquiriz, sin embargo se nos hizo más llevadero. Fue una lástima no haber disfrutado de los bosques de robles y hayas que se atraviesan en la dura subida por el Camino real, quedará para otra ocasión. Continuamos todo el Camino por carretera pasando por Zubiri, el pueblo del puente según la traducción del topónimo en euskera, con su famoso Puente de la Rabia; y por Larrasoaña, antigua sede de las Cortes de Navarra y donde hay un albergue de peregrinos. A partir de aquí el Camino se hizo algo incómodo. La razón es que habíamos perdido por completo la senda originaria del Camino. El barro que nos hizo ir por la carretera nos privó de un comienzo más memorable. De momento, nuestra orientación se basaba en la señalización vertical de las carreteras forales navarras que indicaban hacia Pamplona.

Restaban veinte kilómetros hasta la ciudad de los Sanfermines, pero el denso tráfico propio de la entrada en la capital, el ruido de los camiones, el jaleo de los barrios periféricos residenciales, y sobre todo el calor de estas tierras de interior, nos hacían pedalear sin más entusiasmo que el de llegar a Pamplona para comer. De repente, una indicación cambió nuestro rumbo. El letrero de "Olatz 2 km." en la carretera hizo que Jesús convenciese primero a Quico y luego a Ramiro para desviarse un par de kilómetros, bajo el sol del mediodía de agosto, hasta esta pequeña población residencial vecina de Pamplona. La pasión inusitada que despertaba la figura del mítico Miguel Induráin sobre Jesús era tan fuerte que había que ir allí por encima de todo. Llegamos, aunque creemos que más bien fueron 4 kilómetros, y preguntando a los del pueblo nos presentamos en casa de Miguel Induráin, un sencillo chalet para un tipo sencillo que ha ganado cinco Tours de Francia. Llamamos al timbre pero... ¿quién va a estar en verano en Navarra con el calor que hace? Fue un sueño que no se culminó, queríamos que Induráin nos diese suerte en nuestra andadura ciclista.

Pedaleamos de vuelta hasta el desvío para dirigirnos hacia Pamplona y descansar. La llegada al centro histórico de la ciudad discurre por una empinada avenida que nos dejó noqueados. El calor del asfalto a las dos de la tarde, los kilómetros acumulados, el peso de las alforjas y la falta de comida nos obligó a parar varias veces. Hicimos una foto. No porque el paisaje fuese merecedor de ello, sino porque mostraba de forma realista nuestro estado en ese instante de esfuerzo.

Entramos en Pamplona por el Camino real, bordeando la muralla y llegamos a una fuente que sació nuestra sed tras el esfuerzo. El pequeño parón alivió nuestro cansancio. Durante un buen rato pedaleamos suavemente por el casco histórico de la ciudad. Aprovechando el fresquito de las sombras que caracterizan a muchas zonas viejas de España, y entre un silencio en el que sólo se percibía el eco armónico de la bicicleta al dejarnos llevar sin pedalear, contemplamos la Catedral, el edificio del Ayuntamiento, la calle de la Estafeta y la Plaza del Castillo. Continuamos poco a poco por las calles de la ciudad, que está marcada por flechas amarillas que facilitan la tarea de orientación al peregrino. Allá por los años 80, el párroco Elías Valiña en un esfuerzo de recuperación de la tradición, y con ayuda de las Asociaciones de Amigos del Camino, cubrieron todo el trazado de la ruta con flechas amarillas. Es casi imposible que el peregrino se pierda, ya que están pintadas en piedras, árboles, cruces, casas,...

Pensamos en parar en algún sitio a comer, pero finalmente entramos en un supermercado e hicimos unas compras para el momento. Como no íbamos bien de tiempo, nos sentamos en un banco en la acera próximo al supermercado, y comimos unas chocolatinas, dulces, y barritas energéticas varias, también bebimos Isostar y cosas de esas que habíamos comprado. Todo muy rápido, mal y arrastro para seguir pedaleando. ¡Craso error!.

Justo cuando retomábamos el Camino se nos acercó un cura con sotana para charlar con nosotros.

- ¡Qué espectáculo más lamentable!- pensamos todos tras un rato de conversación.

El señor cura nos echó un rollo rarísimo que no entendimos. Al hablar se le trababa la lengua y se le escapaba la saliva, además desprendía un desagradable efluvio a alcohol y todo él olía que apestaba. ¡Increíble! Nosotros que pensábamos que el cura nos iba a contar cosas sobre la fe cristiana en el Camino de Santiago, y se dedicó a reírse como un borracho, a escupirnos y vitorear las hazañas del ciclista navarro Induráin. ¡Cómo está la Iglesia!.

Salimos de Pamplona sobre las cuatro de la tarde, con unos ardientes treinta y un grados centígrados. Dejando la urbe atrás el Camino retornaba a las sendas entre campos apareciendo por primera vez la tierra seca. La ausencia de charcos y barro a primera vista nos animó a seguir la ruta verdadera, la única en realidad, y aquélla en la que las vivencias son más intensas y memorables. Y no era para menos, ya que tras dejar atrás Cizur Menor, se levantaba con gallardía a nuestra izquierda la estampa de Genduleain, un pequeño pueblo en una loma entre campos de trigo recién cosechado. A lo lejos, se divisaban los montes de la Sierra del Perdón, flanqueados por una hilera de más de cincuenta generadores de energía en forma de molinos de viento. Es discutible, pero en este caso la mano del hombre engrandece todavía más el paisaje.

Nuestro primer contacto con las piedras, la tierra y los desniveles del Camino fue frustrante. A pesar de la belleza singular de Genduleain, del Perdón y de la iglesia de Zariquiegui, el Camino hasta este último pueblo nos destrozó. Más bien debió ser que a estas alturas de la jornada ya teníamos muchos kilómetros en las piernas, que poco a poco dejaban de responder. La parada en Zariquiegui nos mostró la imagen dura de la ruta. La fuente frente a la iglesia no saciaba nuestra sed, y aunque nos remojamos la cabeza y el cuerpo, solamente el hecho de mirar hacia arriba, hacia el Perdón y ver lo que nos esperaba, nos cansaba todavía más. La guía que llevábamos decía que el Alto del Perdón no se podía subir en bici por la cantidad de piedras que había en el Camino. ¡Qué fácil nos lo ponía!. El cansancio, nuestras ganas de llegar a Puente La Reina y la tarde ya muy avanzada hizo el resto, nos dirigimos hacia la carretera para completar la jornada rodando por el liso y ardiente asfalto.

Ahora que escribimos nos damos cuenta de la desdicha de no recorrer el verdadero Camino, no hay que marcarse metas sino caminar o andar en bici hasta donde se llegue. En fin, que la carretera nos llevó hasta el alto, que tampoco fue fácil, claro que no, yo diría que resultó la puntilla para rematar al animal que llevábamos dentro. Cada uno a su ritmo, fuimos llegando. Primero Jesús. En uno de sus arrebatos de esfuerzo, y pese a perder el buen ritmo que llevaba tras caérsele el saco de dormir, llegó no muy agotado, eso sí con calambres en las piernas. Quico llegó poco después; y Ramiro, definitivamente, estaba tocado de la rodilla. Desde el alto, ya sólo nos importaba llegar al albergue cuanto antes, y la bajada nos animaba a ello. Por fin, ya no habría más subidas.

Y tuvimos suerte porque tanto en el descenso como incluso en el llano ni tuvimos que dar pedales. Una brisa imperceptible nos llevó en la silla de la reina hasta el Puente de la misma. En las afueras del pueblo había un hotel.

- ¡Mirad tíos, yo me paro aquí, soy un peregrino con Visa y me da igual todo!, ¡quiero descansar ya!- exclamaba Ramiro exhausto. Quico y Jesús tuvieron que convencerlo para que no se parase ya allí. Eran ya ochenta y cinco kilómetros para un primer día en las piernas de unos novatos como nosotros en las artes del pedaleo.

Finalmente, llegamos al albergue sobre las ocho de la tarde. ¡Genial,...! No. Estaba lleno, pero podíamos dormir en el suelo. Había mucha gente haciéndose sitio en los pasillos para dormir, y no había agua caliente. Después de todo el día de esfuerzo era lo que había, aunque nos dieron a elegir otro lugar que nos gustó más y allá fuimos. Era el pabellón polideportivo o frontón municipal del pueblo, y podíamos usar las duchas de los vestuarios y dormir en los graderíos. El ambiente del albergue nos gustó tan poco que optamos por echar nuestros cuerpos en el frío suelo de cemento de las gradas. Teníamos todo el pabellón para nosotros, y por tanto la elección del lugar exacto para colocarnos fue difícil, nos reímos bastante con el hecho, probando el suelo, limpiando las gradas de colillas y polvo, evitando las goteras, y huyendo de las corrientes de las ventanas que no cerraban. Al menos, las duchas tenían agua caliente y estuvimos media hora relajándonos bajo el reconfortante fluido vital.

Una vez aseados y vestidos con nuestra vestimenta original a conjunto, pantalón flojo estampado de "guiri", camiseta "Mito To The Limit" y sandalias, dimos un pequeño paseo por el pueblo antes de cenar. Ya era de noche y comenzaba a llover, así que nos dispusimos a reponer las energías gastadas en el día en un mesón de la villa. Había más peregrinos en ese local, una mesa con dos chicos y dos chicas, ellos eran del país, y ellas de la vecina Francia.

- ¡Oye!, ¿qué tipo de peregrinos serán esos cuatro?- preguntó Jesús en el fragor de la cena.

- Pues por lo que hablan, es evidente que se acaban de conocer. Y por su aspecto, lo que llevan bebido de vino, y su comportamiento deduzco que son el arquetipo de peregrino "follador"- contestó Ramiro.

- Peregrino "pijo", peregrino "follador", peregrino "basura", ¡ja, ja, ja,...!- reía Quico- ¿Y nosotros qué tipo de peregrinos somos, eh?.

Ciertamente, las risas salían solas. Estábamos felices por haber llegado hasta Puente La Reina, donde se unen el Camino Aragonés y el francés. Este pueblo de Navarra nacido por el fenómeno de las peregrinaciones, cuenta con un bello símbolo del Camino, su puente, el Puente de los Peregrinos. No lo habíamos visto aún, nos lo reservábamos para el día siguiente.

Eran casi las once de la noche y teníamos que volver ya al frontón. Terminaban los partidos y lo iban a cerrar toda la noche, pero surgió un contratiempo. El agosto en Navarra es un mes de tormentas, y la que había empezado poco antes de cenar era de las buenas. Los truenos sonaban como si partiesen un árbol a tus espaldas, y la lluvia arreciaba de tal forma que las calles empedradas de la villa estaban cubiertas con un palmo de agua. No paraba y teníamos que tomar una decisión porque se hacía tarde.

Fue la guinda para culminar una jornada esplendorosa en nuestro primer día en el Camino de Santiago. Nos remangamos los pantalones y hundimos los pies en el agua, que nos pasaba los tobillos. Así anduvimos unos trescientos metros, con los pies empapados y calándonos el resto del cuerpo por la intensa lluvia. Ya en el frontón nos secamos un poco y para entrar en calor pedimos unos batidos calientes de leche y cacao en la cafetería, que afortunadamente aún no había cerrado, ante el asombro de los paisanos del lugar que se remojaban el gaznate con algo de más graduación.

No éramos los únicos en el frontón, habían llegado dos peregrinas extranjeras que dormían en una esquina, no muy lejos de nosotros. Era hora de dormir. Nos metimos en el saco y tras unas vueltas para acostumbrar el cuerpo al duro cemento, caímos dormidos por el cansancio. No fue fácil alcanzar la fase de somnolencia profunda, porque de vez en cuando la tormenta arremetía contra la uralita del techo, y el ruido de la lluvia se hacía ensordecedor.

- ¿Quién sería el culpable de todo esto?- nos preguntábamos- ¿Sería Júpiter, el dios romano del trueno?, ¿sería Santiago, el mismísimo Hijo del Trueno?, ¿tantos pecados teníamos que redimir?. Seguro que había alguna explicación adicional a la científica y meteorológica que nunca llegaríamos a comprender.

¡Bárbaro! Cada uno de nosotros en ese oscuro lugar y en silencio, meditaba en medio del ruido sobre la razón que nos había llevado hasta ahí. Tras recorrer casi noventa kilómetros subiendo y bajando montes, pasando frío por el remojón tras la cena, acostándonos en un "colchón" ocho en la escala de dureza de Mohs y con expectativas de poco sueño, y a sabiendas que al día siguiente nos tocaba otra dura jornada. Quizás pensábamos en que eran vacaciones alternativas, pero ahora tenemos unos recuerdos imborrables de ese primer día, el día del descubrimiento, el del encuentro con el Camino de Santiago.



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Puente la Reina - Logroño


"La penitencia"
7/8/97

Durante esa noche tormentosa nos despertamos varias veces, tanto por el estrépito del agua sobre el tejado del pabellón, como por la rigidez de nuestro colchón. No sabíamos si era mejor levantarse cuanto antes y dormir menos, o romper nuestra espalda definitivamente hasta la hora señalada de las siete.

- ¡Qué diablos hacíamos ahí!- nos preguntamos cuando nuestras cabezas asomaron de los sacos de dormir. Las risas matutinas se confundían con el asombro de tal peripecia.

- Pero, ¿cómo le explico yo a mi abuela que después de bregar todo el año me tomo una semana de vacaciones para pedalear como un animalito y dormir en el suelo?- se reía Ramiro mientras nos desperezábamos- Me dirá, pero ¿es que no tienes dinero para dormir en un hotel?.

Habíamos sido más rápidos en la preparación de la segunda salida pero todavía se podía mejorar. Nuestras compañeras de alojamiento ya se habían marchado. Logramos salir del pabellón poco más tarde de las ocho, y nos fuimos a desayunar a un bar cercano. Antes de partir, compramos en un ultramarinos un poco de fruta y bebida para el camino. Teníamos las bicis apoyadas en la pared de la tienda, y un hombre amargado nos echó una bronca tremenda. ¡Qué manera de empezar el día! Creíamos que todo eran sonrisas para el peregrino pero desgraciadamente no. Sin inmutarnos, y sin darle importancia le deseamos al señor un feliz día y le dijimos con tono sincero que se alegrara, pero a pesar de nuestra predisposición positiva todavía se puso más violento.

El comienzo del pedaleo nos hizo olvidar el ligero altercado, y al final del pueblo nos encontramos con uno de los símbolos del Camino: el Puente de los Peregrinos, de estilo románico, construido en el siglo XI sobre el río Arga. Estuvimos un cuarto de hora disfrutando de aquel momento, recreándonos ante el histórico fenómeno de las peregrinaciones, y pensando en la cantidad de mortales que habrían cruzado este pedazo de piedra. No todo era perfecto, porque las aguas del río Arga daban realmente asco, imaginamos que por los vertidos de alguna empresa no respetuosa con el medio ambiente.

No llovía, pero por si acaso nos vestimos con los impermeables para también protegernos del fresco matinal. Dejando atrás Puente La Reina, comenzamos a rodar de forma continua en esta segunda etapa ya pasadas las nueve de la mañana. El Camino discurría prácticamente paralelo a la carretera, y con lo que había llovido, no nos remordió demasiado la conciencia el optar por el cómodo asfalto. En verdad, el agua había hecho de las suyas y el barro inundaba también hasta la carretera, lo que obligó a la policía foral de Navarra a regular y ralentizar el tráfico. El día seguía gris y amenazando lluvia, pero afortunadamente pasamos secos los primeros pueblos.

Mañeru, localidad de la Orden de San Juan; Cirauqui, famoso porque conserva los restos de unos quinientos metros de calzada romana; Urbe, ya desaparecido en los mapas actuales; Lorca y Villatuerta, ambos antaño con hospitales de peregrinos; así hasta llegar a Estella, la antigua Lizarra. Al llegar a esta gran villa, nacida también gracias a la ruta jacobea y que era reconocida como de muy buena acogida por Aymeric Picaud en su Códice, ya habíamos hecho veintidós kilómetros. El bueno de Aymerico no fue tan condescendiente con los pueblos navarros como lo fue con Estella. Así, tildó a los navarros con todos los adjetivos descalificativos que pueden encontrarse en un diccionario: pérfidos, lujuriosos, crueles, pendencieros, borrachos, agresivos,...

Estella, tierras húmedas y fértiles, de excelentes uvas y caldos, revive el floreciente fluir de peregrinos de la Edad Media, cuando la ciudad se convertía en último estandarte del reino de Navarra que se resignaba a sucumbir a las órdenes de Castilla. Nuestra llegada coincidía con el fin de las fiestas. Se veía a los habitantes deambular por las calles sin haberse acostado todavía. El olor a zurracapote, una mezcla local de vino y frutas, emanaba de las alegres gentes que nos íbamos cruzando. Recorrimos el pueblo tranquilamente con las bicis y compramos unos carretes de fotos. Antes de abandonar la antigua Lizarra, cruzando el puente sobre el río Ega, vimos también el desfile de los gigantes y cabezudos típico en muchas fiestas de los pueblos de Navarra.

- ¡Buen Camino!- exclamó un hombre que estaba en la puerta de su casa.

- ¡Gracias!- contestamos nosotros contentos cuando la gente nos animaba en nuestro peregrinar.

No era la primera vez que nos saludaban, en el poco tiempo que llevábamos en la ruta jacobea, nos habíamos dado cuenta que habían un sentimiento de apoyo y solidaridad hacia los peregrinos, incluso entre los peregrinos había siempre un momento para el saludo y el ánimo. Al principio y por nuestra parte era siempre un simple hasta la vista, hasta luego, nos vemos o adiós, pero existía un saludo oficial que aprendimos. Desde entonces, saludaríamos con el efusivo ¡Buen Camino! como señal de comprensión y aceptación de la simbología jacobea.

Reemprendimos la ruta. Nuestros músculos ya se habían enfriado, pero cuando vimos que la carretera se empinaba fuertemente y perfilaba a lo lejos continuos toboganes, ese frío recorrió también nuestras venas. Con mal gusto y pesar decidimos aplazar sine die la visita al Monasterio visigótico de Irache, que dejamos a nuestra izquierda en la falda carlista de Montejurra, donde los episodios sangrientos se han mantenido hasta nuestros días, en plena transición española hacia la democracia.

Seguimos pedaleando hasta Azqueta mientras comenzaba a salir el sol, pero las nubes de tormenta seguían ahí e incluso habían descargado algunas gotas. La luz engrandecía un paisaje plagado de viñedos, de terrenos fecundos lindantes con La Rioja.

A partir de Azqueta, casi en el kilómetro treinta de etapa, no había muchos pueblos y tras estudiar la guía decidimos seguir hasta Sansol, unos veintidós kilómetros más adelante, para comer algo. Seguimos por la carretera, rodando en fila india y hartos hasta las narices de los coches y de los continuos repechos. La etapa no estaba resultando dura en cuanto a desniveles pero el cansancio del día anterior se notaba en las piernas. Pasando el pueblo de Los Arcos, donde un estudioso del arte enajenaría al ver en su iglesia parroquial elementos distintos del románico, gótico, gótico-flamígero, barroco, plateresco, manierista, renacentista y tardogótico, comenzó un calvario para todos, aunque más para unos que para otros. Pudo haber sido un accidente, pudo convertirse en noticia para la hoja parroquial y el pregonero del pueblo podría haber anunciado la tragedia. La descripción de una imagen de nosotros en aquel instante bien podría ser:

"Una carretera solitaria hacia un pueblo solitario que se yergue allá arriba. Dos del mediodía, sol abrasador. Planean a quinientos metros de altura tres parejas de buitres leonados con su nítida envergadura bajo el cielo azul. Tres errantes ruedan sobre el asfalto de la carretera, distanciados unos doscientos metros entre sí, sudando, sudando, sudando. Al límite. La glucosa bajando sus niveles de forma frenética, y los pensamientos revueltos, muy revueltos. Hemos llegado a Sansol."

- ¡Llama a una camioneta de Seur!, que yo facturo la bici y me voy con él de vuelta, no puedo más- exclamaba Ramiro, con la seguridad en sus palabras de que todo había acabado. Estaba literalmente extenuado.

- Venga hombre, vamos a comer, te ha dado un pajarón, no ves que nos hace falta comer- respondió Jesús, al que las fuerzas si no le flaqueaban eran ya muy escasas. Quico se abstuvo de hacer comentarios, ahorrando cualquier tipo de esfuerzo para poder recuperarse un poco.

Sansol, kilómetro cincuenta de la segunda etapa. Este pequeño pueblo navarro había marcado lo que no son las pautas a seguir como peregrino. Decididamente no se deben realizar concesiones alegres a unos cuerpos poco preparados, el sol del mediodía es traicionero, y como bien aprendimos, hay que comer cuando no hay hambre, beber cuando no hay sed y descansar cuando no se está cansado. Era el día de la penitencia.

Comer, esa era la cuestión. En Sansol había un bar, pero no había bocadillos. Había una farmacia que nos vendió crema para el sol, también teníamos quemaduras leves en las partes de mayor exposición: brazos y rostro.

- ¿Será negocio aquí la farmacia?- sentenció Jesús desde su mente economicista. Quico se rió mientras Ramiro se untaba de crema con la mente todavía ausente. Al fin y al cabo era una chica joven que había apostado allí su suerte y no había más farmacias en varios kilómetros a la redonda.

Cerca había un lugar donde le vendieron el pan a Jesús.

- Buenos días, ¿puede darme una barra de pan de ésas?- pidió el navarrico al ver que con su tamaño podrían prepararse tres bocadillos- ¿Cuánto es?.

- Quédese la vuelta- respondió Jesús tras darle setenta y cinco pesetas al hombre que le había dicho que costaba setenta pesetas.

¡Cómo es la gente de los pueblos!, Jesús tuvo que aceptar el duro de vuelta porque el señor no lo quiso al considerarlo mucho con relación al precio de la barra. ¡Qué contraste con la ciudad!.

Nos habían dicho en el bar que el pan se compraba en Sansol, y ya lo teníamos, pero que el fiambre lo vendían en Torres del Río dos kilómetros abajo. Increíble pero cierto, para meter algo al cuerpo aún tuvimos que esperar un rato más y Ramiro desfallecía. Cogimos otra vez las bicis y pedaleamos hacia el siguiente pueblo que se veía desde lo alto. Afortunadamente, era todo bajada en medio de barrancos. Fuimos disparados a buscar la tienda, que estaba en una casa particular. Compramos salchichón, queso, aguas, fruta,... ¡COMIDA!.

Aparcamos las bicis al sol, tendimos los maillots del día anterior para que se secasen, y nos preparamos unos tremendos bocadillos. Fue un verdadero placer hincar el diente de forma leonina y saciar nuestro voraz apetito. La sombra que nos proporcionaban las viejas casas del pueblo nos permitió descansar hasta recuperar totalmente el aliento perdido.

En Torres del Río se levanta una iglesia del siglo XII de planta octogonal con influencias mudéjares y bizantinas, algo insólito pero bello en este Camino románico. Antes de recrearnos con la visita a la iglesia era obligado hacer una digna digestión, y mientras Ramiro y Jesús descansaban sentados a resguardo del sol, Quico incluso fue capaz de echar una siesta acostado en los peldaños de unas escaleras de piedra.

¡Qué paz se respiraba en Torres del Río!. De vez en cuando cruzaba la plazoleta un peregrino despistado. Fueron momentos de reflexión pero a la vez instantes de felicidad al sentirnos otra vez vivos y listos para seguir. Quedó demostrado que los avatares del Camino nos llevarían a atravesar una y otra vez la frontera entre el cielo y el infierno, y que una vez alcanzado el ardiente averno había que sufrir lo indecible para regresar de nuevo a la gloria del firmamento. Rara era la vez que el espíritu se sentía impasible ante dicha dualidad, pero esto era uno de los retos del Camino, un camino lleno de pasiones y padecimientos, de júbilo e infortunio, de amistad, solidaridad y concordia, y a veces de reprobación, calumnias y falsedades.

Poco antes de retomar el Camino nos pasó por delante un coche negro viejo, el típico coche que se asocia con algún desaprensivo, y los ocupantes de su interior tenían pinta de delincuentes. No nos dijimos nada pero todos pensamos que en este lugar perdido cualquier cosa podía pasar.

De nuevo al pedal. Ya sólo quedaban unos dieciocho kilómetros hasta Logroño. El comienzo era un duro repecho, pero para asombro de los tres, la facilidad de manejo de los piñones y platos nos aupó airadamente hacia arriba. Seguía cayendo el sol a plomo y sudábamos la gota gorda pero esta vez nuestro cuerpo estaba quemando la leña fresca del reciente ágape. En la subida, nos adelantó el coche de los "quinquis", y otra vez pensamos que nos podían estar esperando más adelante para robarnos. Por suerte, no era esta su intención y no les volvimos a ver el pelo.

Todavía transitábamos por tierras de Navarra y hasta Logroño no había más pueblos que Viana, el último pueblo navarro en el Camino, población con privilegios monárquicos en la época, ya que el heredero de la Corona Navarra, era el Príncipe de Viana. La carretera que seguimos era tranquila y con poca circulación lo que nos permitía pedalear en paralelo charlando. El cielo estaba completamente azul hacia poniente, pero lo que llevábamos a nuestras espaldas era una tormenta en ciernes. Continuaba el calor infernal que se alternaba con la presencia de algunos goterones que hacían salir humo del asfalto, y avivaban el olor a tierra mojada allí por donde pasábamos. Sin embargo, nuestras piernas avanzaban más rápidas que el viento que empujaba los nubarrones y nos salvamos de una ducha de espanto. La etapa estaba próxima a su fin, que resultó menos traumático que la jornada anterior.

Llegamos a Logroño sobre las cuatro de la tarde, cruzando el río Ebro por el histórico Puente de Piedra, y poco después nos topamos con el albergue de peregrinos. Allí estaban, comiendo melón y descansando, una pareja que había salido a la vez que nosotros de Puente La Reina. Recordamos el albergue como muy acogedor pero estaba lleno y no pudimos quedarnos a dormir. Seguimos la ruta jacobea hasta llegar a la Plaza del Mercado donde está la Catedral de Santa María La Redonda, y ahí marcamos punto y final de nuestra segunda etapa, y de nuestra primera parte del Camino hasta Santiago.

Nuestra idea inicial había sido pedalear un día más y llegar hasta Burgos, pero visto lo visto era mejor dejar las cosas así. Parar en Logroño a una hora prudente, descansar y disfrutar de la ciudad. A la postre resultó lo mejor, aprendimos que no deben marcarse metas y que se debe dejar que discurran las cosas a su manera.

Con este cambio de planes y las consecuentes alteraciones en el viaje, lo primero fue ir a la estación de tren para modificar los billetes comprados en La Coruña. Como siempre, el monopolio ferroviario estatal mostró lo mejor de sí mismo, y después de estar hasta en el despacho del jefe de estación nos cambiaron los billetes para tomar el tren desde Burgos e ir en bus desde Logroño por la mañana del día siguiente. El empleado de ventanilla estuvo más de tres cuartos de hora para cambiar todavía no sabemos qué en nuestros billetes.

El siguiente paso era buscar alojamiento. Ya estábamos más contentos porque habíamos llegado, y el resto era disfrutar de la tarde. Tras recorrer las calles de la capital riojana nos encontramos con el Hotel Ciudad de Logroño, un buen hotel de tres estrellas que nos merecíamos tras el esfuerzo de los dos días. ¡Viva el peregrino con Visa!. A partir de aquí todo fue sobre ruedas. Nos dieron una habitación triple, embalamos los trastos de la bici en cajas de cartón que cogimos de un supermercado, llamamos a una empresa de transporte, facturamos a La Coruña las bicicletas y las cajas con todo lo que nos sobraba y nos refrescamos con una soberana ducha.

¡Qué cambio! Ayer en el suelo de un frontón, y hoy en un hotel moderno y funcional. Fue nuestro homenaje a nosotros mismos por haber llegado al fin de la primera parte de nuestro Camino. No quedó ahí la cosa, y la celebración continuó poco más tarde

- Bueno, y ahora que estamos duchados, y los asuntos logísticos arreglados, ¿qué hacemos?- preguntó uno de nosotros.

- Pues nada tíos, está claro, damos una vuelta, tomamos algo, cenamos tranquilamente y a dormir para mañana salir temprano para La Coruña.

Nada fue cierto, pues no sabíamos que Logroño nos iba a rendir su propio homenaje a nuestra proeza, y bajo la protección del dios Baco, recorrimos la calle Laurel y la calle del Peso una y otra vez, pidiendo primero unos cortos de cerveza por equivocación y luego demandando cosecheros (vinos del año), y "cojoncillos", champiñones y demás delicias de los bares. Con nuestra indumentaria uniforme a conjunto todo el mundo se nos quedaba mirando, y nosotros, con una felicidad implícita al riego del tintorro y como colofón de dos días de pedaleo por la ruta milenaria, disfrutando como nunca.

Ya no cenamos, pues con tantos pinchitos y tapas en los bares se nos había pasado el apetito. Nos fuimos sobre las once de la noche a tomar unos cafés a una terraza de la plaza junto a la Catedral. Era la Cafetería La Fama, regentada por José Antonio, de Ponteareas, la famosa villa pontevedresa conocida por sus alfombras florales. Nos atendió amablemente y luego nos invitó a unos chupitos. La noche estaba templada y se estaba genial allí sentados en manga corta. Como era casi la una de la madrugada fuimos a buscar un pub de copas, no había mucho donde elegir nos dijeron, porque al ser un jueves no había mucha gente. Finalmente nos metimos en un pub próximo a La Fama llamado el Anticuario.

¿Quién nos iba a decir que aquí íbamos por fin a saber qué tipo de peregrinos éramos? Sólo sabemos que estuvimos en el mismo pub El Anticuario hasta las cuatro de la mañana. Esa noche había una promoción de una marca de ron, y a nosotros nos dieron una camiseta, unas maracas, un gorro de paja y compacto de música merengue.

Había nacido el PEREGRINO TROPICAL, ahí en Logroño, bailando con un grupo de reclutas al son de la canción "Re-sis-ten-cia, Re-sis-ten-cia", agitando las maracas y con el gorro de paja puesto mientras rociábamos el gaznate con copas de cubata de ron. ¿Patético? ¡No!. Fue la consecuencia natural de dos días en el Camino, llevando nuestros cuerpos al límite, comiendo mal, y descansando poco.

Nos lo habíamos pasado de miedo esa noche, bailamos y saltamos a pesar de los setenta kilómetros de pedaleo de ese día. Nos hicimos fotos de las que tenemos unos mágicos recuerdos. Era el peregrino tropical, nuestra forma de ser era esa, una conjunción perfecta de pasión por el Camino, duro esfuerzo en la bici, solidaridad y compañerismo en la ruta y diversión. Logroño definitivamente nos había regalado un homenaje y al fin nos habíamos encontrado. Casualmente, en un libro sobre el Camino escrito por un famoso escritor brasileño, el peregrino sucumbe a los aromas etílicos y pasa una noche de fiesta en Logroño.

Pocas horas después y con una ligera resaca, nos levantamos sobre las siete de la mañana, fuimos directamente a la estación de autobuses a desayunar, y allí tomamos el bus de las ocho y media hacia Burgos. Solamente Quico se mantuvo despierto observando el puerto de La Pedraja, y dibujando el perfil de esa futura etapa que iba a ser plato fuerte para el año siguiente en el Camino. Por fin en Burgos, caminamos hacia la estación de tren con nuestro equipaje, que sorprendentemente lo componía una pequeña bolsa de plástico con el neceser y una muda, todo lo habíamos facturado el día anterior.

En el tren estuvimos en un típico vagón de segunda de toda la vida con más gente, y nos reímos durante todo el trayecto recordando los hechos recién vividos. Al llegar a La Coruña estaban Cheché y Susana esperándonos, la primera parte del Camino de Santiago había concluido. El aprendizaje había sido útil para el siguiente año, y ya teníamos ganas de emprender de nuevo las aventuras del peregrino tropical.



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1.- Roncesvalles - Logroño
2.- Logroño - O Cebreiro
3.- O Cebreiro - Santiago
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(1998) 125 kb.
(1999) 64 kb.