El Camino de Santiago en invierno
León - Hospital de Órbigo
12-1-2000
17a etapa
32 km.
Carlos se prepara y se va pronto, antes de que los demás, excepto Frank, nos levantemos.
Desde hace unos días tenía las orejas hinchadas y me dolían (deben ser sabañones), pero ya empiezan a volver a la normalidad.
Durante las últimas etapas el palo lo llevo poco menos que de adorno, pero dice el mallorquín que en Galicia me será muy útil. Nos despedimos de él.
La salida de León se hace larga, aunque la primera parte, a lo largo de un paseo junto al río, está muy bien. Nos cruzamos con un grupo de escolares y una de las últimas nos pregunta si vamos a Santiago y nos desea suerte. Pues muchas gracias, maja.
Vemos por fuera el antiguo hospital de peregrinos de San Marcos, cruzamos el puente y empieza la parte más fea de la salida de la ciudad.
Una mujer me dice si no hace mucho frío en estas fechas como para hacer el Camino. Yo pensaba que esta gente, que vive en ciudades frías en invierno, estaría acostumbrada y lo vería como algo normal, pero se ve que hay de todo. Lo mismo le pasaba al que me guió por Burgos, que decía que era friolero.
Frank y Héctor no se veían desde hace unos meses, en Londres, y van recordando batallitas de allí, lo caras que son la vivienda, la comida y el transporte; lo fácil que es encontrar algún trabajo, la gente que conocieron, etc.
Llegamos al punto en el que hay que decidir si ir por Villar de Mazarife o por Villadangos del Páramo. Cuando preparé las notas sobre el recorrido en casa pensé ir por Villar de Mazarife, pero acabamos por elegir el otro itinerario, por ser más corto.
No sé cómo será por Villar, pero por Villadangos es un continuo ver y oír coches, aunque se vaya por un andadero y no por el arcén, como pone en la guía. Además, parece que Frank se encuentra recuperado y va algo acelerado, y nosotros detrás.
Paramos largo rato en Villadangos y nos lo tomamos con más calma después, porque hasta allí ha sido una de las peores etapas.
Unos kilómetros más adelante, tras un pueblo pequeño, nos encontramos con la posibilidad de seguir por un camino que se aparta de la carretera, pero no vemos suficientes señales y acabamos de nuevo en el andadero por el que veníamos.
Se me hace algo largo hasta Hospital de Órbigo porque se me ha metido en la cabeza que faltaban 8 km. desde Villadangos y son 12 ó 13.
En el andadero están sustituyendo los árboles que se han secado. Preguntamos a los operarios por las especies que están poniendo: acacias. Lo que quitan son arces y plátanos, además de otras dos especies que no recuerdo.
Nos gusta mucho el puente de Hospital de Órbigo. Recordamos la historia de Don Suero de Quiñones, grabada en uno de los monolitos que hay en el centro del puente.
Compramos pan en la panadería Alonso. Al preguntar si el pan lo hacen allí nos enseñan el obrador, que está al lado mismo. La señora, muy maja, nos regala unos bollos.
Al salir de allí nos cruzamos con dos chicas que resultan ser unas peregrinas alemanas de las que teníamos referencias por los libros que suele haber en los refugios.
El refugio es un tanto original. Tiene un patio muy bonito. En verano tiene que estar muy bien. Aunque no tiene calefacción hay una estufa de leña bastante efectiva.
Los hospitaleros son un matrimonio (alemán él, venezolana ella), que hicieron el Camino desde Holanda, además de recorrer también la Ruta de la Plata (desde Sevilla). Dejaron todo para irse a vivir allí, donde forman una especie de mini comunidad con un cura al que no llegamos a conocer.
Se mantienen gracias a la huerta, los donativos de los peregrinos y lo que de vez en cuando les da la gente del pueblo.
Nos dan referencias de las etapas que tenemos por delante (nos aconsejan hacer un par de etapas cortas antes de afrontar la Cruz de Ferro) y de unos brasileños de los que también teníamos noticias por los libros de los albergues. Según la mujer, los brasileños hacen etapas largas, caminan concentrados, van a lo que van.
Frank y Héctor van con las alemanas a cenar a un bar. Yo me arreglo con la cocina de gas que hay en el patio, al aire libre. Es un tanto surrealista cocinar en esas circunstancias, pero a todo hay que adaptarse.
Según estoy cenando, el hospitalero viene un momento, empieza a toser y explica que lleva varios días con catarro. Dice: "Es la vida que hemos elegido". Llevan allí desde mayo.
Cuando vuelve el cuarteto Frank me cuenta que la más joven de las alemanas, Karina, de 13 años, es delincuente y está haciendo el Camino como forma de rehabilitarse y como condición previa para poder regresar a Alemania.
La otra chica, Veronika, es una asistenta que acompaña a Karina.
El cielo está despejado y se ven muchas estrellas.
(León, 10,01; bifurcación hacia Villadangos o hacia Villar de Mazarife, 11,53; Villadangos del Páramo, 14,20/15,12; Hospital de Órbigo, 17,30)
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Hospital de Órbigo - Astorga
13-1-2000
18a etapa
16 km.
Por la mañana, Karina le da la pelmada a Héctor para que se levante. Es como un osito de peluche con vida. A pesar de su edad, se nota que ha pasado por muchas experiencias y no todas buenas, precisamente.
Salimos más tarde que nunca. A fin de cuentas, la etapa de hoy es corta.
Hoy también toca elegir recorrido nada más salir del pueblo. Después de lo de ayer tengo más que claro que voy a ir por donde pensé cuando preparé las notas: por Villares de Órbigo, Santibáñez, etc. Al final, vamos todos por ahí.
Frank me cuenta interesantes batallitas de la "mili".
Empieza a llover, pero sólo lo justo para que despliegue el plástico, me lo ponga y se moje algo. Pues mejor.
Encontramos algo de barro al principio, pero me parece un recorrido muy bonito, con algo de niebla que le da un toque misterioso.
Igual es sólo por el contraste con la lamentable etapa de la víspera, pero me gusta mucho. Me paro cada dos por tres para contemplar el paisaje.
Como no tengo ni idea de inglés no tengo mucho que hablar con las alemanas, a pesar de que Karina se pone a decirme no sé qué.
Nos vamos desperdigando y disfruto con la soledad de estos parajes. A ratos no se oye nada, como en los Montes de Oca.
En un corral que figura en la guía y que surge entre la niebla hay un perro que parece bastante asustado. El mallorquín de León ya nos comentó que, en varios casos, se encontró con perros que literalmente huían al ver peregrinos, como consecuencia de las "caricias" recibidas de manos de la turba estival.
Ahora sí que se oye, a la izquierda, ruido de tráfico; pero con la niebla no se ve ningún coche y se hace raro.
Nos juntamos poco antes de San Justo de la Vega.
Llegando a Astorga empieza a llover. Es un sirimiri persistente.
Localizamos el refugio, que parece cerrado. Voy a buscar al hospitalero, holandés, al centro social Las Cinco Llagas, que queda cerca.
Cuando vuelvo con él los demás ya están dentro: les ha abierto un peregrino estadounidense, James, de Chicago, que llegó ayer con los brasileños de los que nos hablaron en Hospital de Órbigo y que se ha quedado un día más para recuperarse. Los brasileños le esperarán en Rabanal del Camino.
El refugio tiene calefacción. No hay cocina.
Me ducho después de hacerlo Frank y no queda suficiente agua caliente, así que termino con agua fría.
Un artículo de prensa fotocopiado habla de la gran afluencia de peregrinos que ha habido este verano y de los problemas que eso generaba y cita el caso de una peregrina local que decidió dejarlo al llegar allí, cansada de que cada etapa fuera algo así como una angustiosa contrarreloj para conseguir sitio en los refugios.
Tengo ganas de ver Astorga, pero también bastante pereza, y eso que la etapa ha sido como un paseo. Al final, salgo. Está lloviendo, pero no voy a dar la nota con el plástico y lo dejo en el refugio.
La catedral está en obras. Rodeo el Palacio Episcopal, obra de Gaudí.
Según un plano que me han dado en Turismo hay en la ciudad un Museo del Chocolate y voy a verlo. El encargado del mismo ha sido presidente de la Asociación de Amigos del Camino de allí durante 10 años, hasta hace poco. Está preparando un libro (el segundo que escribe sobre el tema) sobre el chocolate. Resulta que Astorga fue pionera en la fabricación del chocolate en España. Compro una tableta de 250 grs. (300 ptas.) que contiene un 50% de cacao. Dice el encargado que aunque en otras marcas ponga que tienen más porcentaje de cacao seguro que no es tan puro como el de las que se venden ahí.
Lo que antes era lluvia ahora es nieve, que cae con fuerza.
Quiero comprar unos tomates, pero lo único que encuentro son carnicerías y charcuterías, charcuterías y carnicerías. Qué exageración.
Vuelvo al refugio por la zona de las murallas. Ya ha oscurecido y la nieve ha cuajado enseguida.
Compro unas postales para enviar a la familia en las que se ve el paisaje que rodea a Astorga y que no hemos podido ver por el mal tiempo.
Cuando digo al llegar que está nevando fuerte al principio no se lo creen. Más bien no se lo quieren creer, sobre todo las alemanas, hasta que se asoman a la puerta de la calle y lo comprueban.
Ha llegado una pareja (alemán y húngara), de vuelta de Finisterre. Confirman lo que nos dijo el mallorquín acerca del seminario menor de Santiago. El alemán dice que son unos arrogantes y que no les gustan los peregrinos. Además, el pabellón destinado a los inocentes peregrinos que por allí se aventuran es poco acogedor.
Me quedo con estos dos en el refugio mientras los demás se van a una pizzería.
Resulta ser uno de los ratos más tranquilos de estas semanas. Ceno con toda la calma del mundo, escribo las postales y preparo unas sujeciones para el plástico-poncho para que no se mueva al caminar, en previsión de lo que nos podemos encontrar mañana.
(Hospital de Órbigo, 11,10; San Justo de la Vega, 14,12/14,26; Astorga, 15,15)
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Astorga - Rabanal del Camino
14-1-2000
19a etapa
20.5 km.
Antes de salir pongo sebo a las botas. James se pone en marcha el primero. Ya nos veremos en Rabanal.
Héctor ya anunció ayer que nos deja. Vino para unos días y no le acaba de atraer mucho la dinámica de caminar un día sí y otro también para llegar a un lugar y de allí a otro y a otro.
Nos hacemos una foto los 5 juntos en una plaza antes de que se vaya a la estación de autobuses y me despido de él (hasta cuando sea) y de los demás (hasta luego), porque voy a Correos a poner sellos y algún código postal que me falta a las postales. Hecho lo cual, me pongo el plástico y a caminar.
Voy atento al suelo, para evitar resbalones y no meterme mucho en la nieve, no vaya a ser que calen las botas, porque... ¡¡Peregrino!!
La voz viene de una gasolinera. Tanto mirar al suelo y me he saltado una señal. Menos mal que el operario se ha dado cuenta. Pues muchas gracias.
Desde luego, no me puedo quejar en lo que respecta a los despistes que he tenido hasta ahora. Que dure la suerte.
En algún momento veo a lo lejos a Frank y a las alemanas. Nieva con relativa intensidad. Lo peor es cuando a la nieve se le une el viento. Hoy no voy muy fino.
Hay un tramo, antes de Murias de Rechivaldo, en el que parece haber dos andaderos paralelos. Pero, al estar cubiertos por la nieve, no se sabe a ciencia cierta qué es cada cosa.
Al salir de Murias, me doy cuenta de que han desaparecido las huellas del trío y sólo se ven las de una persona. No sé qué les habrá podido pasar. Imagino que las huellas que quedan son las de Frank.
Caminar sobre nieve es más cansado que hacerlo sobre tierra o asfalto y casi empiezo a sudar, en parte porque el terreno es ascendente, así que, para evitarlo, voy un poco más suave y me encuentro mejor.
Me empieza a doler un hombro. A ver si voy a empezar como en las primeras etapas...
Tras cruzar una carretera desaparecen también las huellas del que me precede: ha sido más listo y se ha pasado a la carretera para seguir las rodadas de los pocos coches que habrán pasado por ella. Hago lo mismo y la cosa va mucho mejor.
La llegada a Santa Catalina de Somoza se convierte en una de las imágenes del Camino, gracias a la nieve, las casas y la espadaña de la iglesia como fondo y el pasillo de árboles que hay entre la carretera y el pueblo.
Si no estuviera nevando haría una foto, aunque es sabido que las fotografías no suelen reflejar ni la mitad de lo que son los paisajes bonitos.
Nada más entrar en El Ganso, uno que anda llevando unas vacas me dice que más me valdría dar media vuelta. Como no añade lo de "forastero" entiendo que es un comentario sobre el tiempo. Dice que antes ya ha pasado otro peregrino.
Al poco, una señora mayor que está haciendo un camino en la nieve con una pala me dice que vaya tiempo más malo para hacer el Camino; pero que, claro, cuando se ha hecho una promesa... Como la veo tan convencida de los motivos que me llevan a Santiago no le aclaro que no es ésa exactamente la razón.
Pienso en sentarme en algún sitio y descansar un poco, pero no me siento muy cansado y no quiero arriesgarme a quedarme frío, así que continúo.
Poco después de El Ganso me cruzo con un peregrino francés, jovencillo, con una mochila que me parece pequeña. También éste va de vuelta. Dice que ya ha visto al de Chicago.
Vaya, me había olvidado de James, así que son suyas y no de Frank las huellas que sigo.
Como me temía, llevo uno de los pies mojado. A ver si en Rabanal puedo secar la bota.
Llegando allí me reciben un par de perros, pero no parecen agresivos. De hecho, uno de ellos me acompaña casi hasta las casas.
No está muy clara la señalización que hay a la entrada, porque parece indicar que para ir al refugio que está abierto en invierno (el de la Virgen del Pilar) hay que seguir hacia la izquierda una carretera a la que se llega en ese punto. Lo hago durante un rato, hasta que veo que no puede ser, y retrocedo y sigo después derecho hasta el pueblo.
No veo ninguna señal del albergue ni nadie que me pueda decir dónde está hasta que aparece un chaval y me lo dice.
Hay bastante nieve acumulada. Es un refugio privado. Hay otros dos, a pesar de que es un pueblo pequeño, pero cierran en invierno. La hospitalera, Isabel, es maja y acogedora.
En verano suelen utilizar otra parte del refugio, pero en invierno, como pasa menos gente, es suficiente con una habitación con 10 literas que hay junto a una sala en la que están la cocina y una chimenea moderna.
Me ducho nada más dejar las cosas y pongo a secar la ropa y las botas.
En ese momento no hay nadie allí porque los brasileños y James han ido a comer fuera. Vuelven al poco.
También aparece con ellos un gallego, de Santiago precisamente, que ya hizo el Camino a pie en el 94 y ahora lo está haciendo en bicicleta. Llegó ayer y hoy no ha podido salir por culpa de la nieve. Dice que es bastante distinto hacerlo en bicicleta.
También habla de Manjarín, cuyo hospitalero sale a veces por el campo con una túnica templaria y una espada. Al parecer, en verano su refugio se convierte en cualquier cosa, con el ambiente templario entendido quién sabe cómo...
Llega un conocido (¿o pariente?) de la hospitalera trayendo las mochilas de Frank y las alemanas. Viniendo en coche los ha visto, ya cerca del pueblo, y se ha ofrecido a ayudarles ahorrándoles ese peso.
Al poco, llega el trío. Frank habría preferido venir más rápido, pero lo ha hecho al paso de las alemanas para no dejarlas solas. Sus huellas desaparecieron en Murias de Rechivaldo porque habían entrado en un bar de dicho pueblo. Pues no se me había ocurrido esa explicación, a pesar de ser bastante normal.
Karina viene como una rosa, pero Veronika tiene problemas con ampollas. Ya tenía alguna o algunas en Astorga y le ha salido otra, bastante hermosa por cierto.
Isabel nos dice que no nos hagamos ilusiones de cara a mañana. Los de Protección Civil le han dicho que si no pasa el quitanieves esta noche o mañana no salga nadie de allí. Pues vaya.
Por la tarde llegan dos belgas. No son peregrinos, van a una comuna que hay por los alrededores. Total, que ya está llena la habitación. Es el día que más gente nos hemos juntado en un refugio.
El que ha traído las mochilas del trío viene más tarde con unos juegos, tipo solitario, de ingenio. Y allí estamos un rato entretenidos. Sólo que la cabeza está a medias en el solitario y a medias en lo que haremos o podremos hacer mañana.
Los belgas ponen al calor de la chimenea una hogaza grande de pan y se dedican a hacer unos objetos pequeños con hilos que venden después en los lugares a los que van.
Frank me cuenta que Veronika le ha dicho que se está preguntando qué hace ella allí, en medio de la nieve, con ampollas, acompañando a una pequeña delincuente. Pobre Veronika.
Los americanos y el gallego se van a cenar al único bar del pueblo ("el mesón").
El más joven de los belgas se lía a dentelladas con la pobre hogaza que habían puesto al calor de la chimenea y luego también se va con su compañero al mesón.
Y lo mismo hago yo, a ver si tienen algo de pan. Una chica muy maja me vende 1/4 de hogaza.
Frank y yo preparamos espaguetis y entonces me doy cuenta de que una lata de sardinas que llevaba en la mochila se ha abierto (es de las de "abrefácil") y ha llenado de aceite el compartimento en el que la llevaba. Paciencia.
Según estamos cenando, nos da por hacer comentarios chistosos y no hacemos más que reírnos.
La hospitalera nos había dicho al poco de llegar que en el pueblo hay tres monjes benedictinos y que se puede ir a oírles rezar a la iglesia del pueblo. Son de los de Silos y han decidido ir a vivir allí (les han cedido una casa junto a la iglesia) para asistir a los peregrinos. Así que acabamos de cenar y vamos a la iglesia.
Al salir del refugio, vemos al quitanieves en la plaza. Buena señal, aunque no para de nevar y de soplar viento.
En la iglesia nos juntamos con James, los brasileños y la hospitalera.
Los monjes cantan, en un tono muy agudo, los rezos de Completas, nos dan la Bendición del Peregrino (según Isabel, ayer los brasileños se emocionaron al recibirla) y luego se quedan allí, rezando. Es otra de las imágenes del día.
Tiene algo de surrealista la escena (seguramente en otra época del año, con más gente, parecerá más normal), como la que protagonizamos de vuelta al refugio, de noche, en medio de la ventisca, poco menos que dando saltos entre la nieve.
El que ya no está es el quitanieves. De todas formas, Isabel nos advierte que, aunque el quitanieves limpie la carretera ahora, si sigue nevando durante la noche por la mañana estará otra vez igual y no podremos salir. No es cuestión de que los de Protección Civil tengan que salir en busca de unos irresponsables.
Frank saca su colchón de la habitación y se pone a dormir en el salón-cocina. Lo mismo hace Karina.
(Astorga, 10,48; Santa Catalina de Somoza, 12,46; El Ganso, 13,34; Rabanal del Camino, 14,55)
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Rabanal del Camino - Ponferrada
15-1-2000
20a etapa
32.5 km.
Los brasileños y James salen a las 9, aunque antes que ellos ya lo ha hecho el gallego.
Con un par de bolsas de plástico preparo una rudimentaria protección para las botas para que no se meta nieve en las mismas.
Frank y yo nos despedimos de las alemanas, que saldrán más tarde y no tienen intención de llegar, como nosotros, hasta Ponferrada.
No nieva y la carretera está limpia de nieve.
A medida que vamos ascendiendo hace más frío. Pasamos de los 0ºC de la salida a -1,7ºC. A eso se le añade la niebla, con lo que el panorama se asemeja a la pantalla de un cine antes de que empiece la película.
Al menos, se nota por dónde va la carretera, a pesar de que cada vez aparece más cubierta de nieve.
El viento sopla fuerte pero de espalda, así que ayuda bastante. Si llega a soplar de cara habría sido bien distinto.
Me pongo las gafas de sol porque tengo más difícil coger otras que llevo que son transparentes, de plástico, y quiero sacar lo menos posible las manos de los bolsillos del pantalón.
A la altura de Foncebadón nos cruzamos con dos todoterrenos que bajan por la carretera. Hay que tener ganas para conducir en esas condiciones.
Por las huellas, vemos que el gallego ha tenido que echar pie a tierra unas cuantas veces, tanto subiendo como bajando. Se ve que es hombre prudente y no se arriesga innecesariamente.
La carretera deja de subir y empieza a descender.
Vemos un desvío que sale por la derecha con palos a los lados, de esos que sirven para saber la altura de la nieve, y deducimos que conduce a la Cruz de Ferro, que imaginamos perdida entre la niebla. Sin grandes ceremonias lanzamos en esa dirección las piedras que llevábamos para dejar al pie de la susodicha cruz.
Más tarde, resulta que la carretera vuelve a ascender.
En un momento dado, me fijo en una forma redondeada a la derecha de la carretera, de la que sale un poste. Vuelvo a mirar, sigo con la mirada el poste en cuestión y, no sin dificultad, descubro una cruz en la punta: ¡¡la Cruz de Ferro!! Así que estaba al lado de la carretera.
Le doy una voz a Frank, que ha pasado de largo sin verla.
Aunque durante ese tramo vemos algunas más, ésa es la que coincide con la fotografía que aparecía en la guía; además, la forma redondeada que se adivina al pie debe ser el montón de piedras que los peregrinos han ido dejando.
Y, algo apartada, vemos la silueta de lo que bien puede ser una ermita que la guía sitúa por esa zona.
Bueno, hemos tirado las piedras que llevábamos donde no era, pero lo que importa es la intención, y al final hemos visto la Cruz, que, por cierto, hace bastante impresión en esas circunstancias.
Aparece otro todoterreno, que para al llegar a nuestra altura. Van en él el hospitalero de Molinaseca y otro. Han salido a ver en qué condiciones está el Camino y si había peregrinos en tránsito. Han visto al trío de americanos y les decimos que por detrás deberían venir las alemanas.
Comentamos entre nosotros que ojalá recojan a las alemanas y se las lleven en coche a Molinaseca.
La carretera comienza a descender definitivamente y empieza a aparecer el hielo y, con él, los resbalones. Tengo la impresión de que, tarde o temprano, nos la vamos a pegar; pero tenemos suerte y no llegamos a caernos, aunque es una tensión añadida.
Si uno piensa que basta un mal paso, un esguince, cualquier avería que impida caminar...
Mejor no pensarlo.
La niebla va disminuyendo, pero todavía hay bastante cuando llegamos a Manjarín. Parece un pueblo fantasma, además de abandonado (que es lo que es, aunque una casa esté habitada por el célebre Tomás). Coincide que sale una chica de uno de los edificios y nos dice que dentro están James y los brasileños y que si queremos entrar a tomar un café. Frank está por entrar, pero a mí no me convence mucho la idea, porque no tomo café, no sabemos el tiempo que vamos a estar allí si nos enrollamos y quiero salir de la niebla, la nieve y el hielo cuanto antes para ver las cosas más claras, aunque parece que lo peor ya ha pasado.
Suena una campana un par de veces (debe ser la que toca el hospitalero los días de niebla para guiar a los peregrinos). Mientras hacemos unas fotos aparece el tal Tomás (hoy viste normal, sin túnica). Majo el hombre. Nos recomienda no dejar la carretera en ningún momento, ni siquiera en la parte baja, porque el camino estará mal.
Como también hemos visto unos perros por allí, bastante amistosos, le digo a Frank que se trata de peregrinos que aceptaron una invitación como la que nos han hecho para tomar café y que acabaron hechizados por Tomás y la chica que hemos visto y convertidos en perros, tal y como les sucederá también a los brasileños y a James.
Según se lo cuento, casi acabo por creérmelo yo mismo.
Por dos veces el viento me tira el sombrero y tengo que meterme en la cuneta, con nieve hasta la rodilla, para recuperarlo.
Otras dos veces me lo tiró en la primera etapa y también pude recuperarlo.
Vuelve a pasar el todoterreno de los de Molinaseca y, tal y como queríamos, llevan con ellos a las alemanas. "Adiooós, adiooós". Nos alegramos de verlas a salvo.
Una vez que dejamos atrás la niebla disfrutamos con el amplio paisaje montañoso que divisamos.
El Acebo es muy bonito.
Entre la pendiente que hay en algunos tramos y el hielo casi se va más seguro a pie que en todoterreno.
Frank lo está pasando mal, cada vez peor, con el largo y, por momentos, pronunciado descenso.
Comentamos la conveniencia de hacer alguna parada, por ejemplo en Riego de Ambrós; pero, al llegar allí, nos encontramos con que la carretera no pasa por en medio del pueblo y que, para entrar en el mismo, tenemos que meternos por alguna que otra escalera con nieve y hielo, así que seguimos bajando.
Pasa el quitanieves, cuesta abajo. Tiene su cosa verlo pasar, por el ruido que hace y por la actitud del conductor, atento al borde de la carretera.
En los últimos kilómetros antes de Molinaseca la carretera traza unos amplios zig-zag para salvar el desnivel. Esos metros de más son el precio que hay que pagar a cambio de la seguridad que no ofrecería hoy el camino normal.
Frank empieza a insinuar que se quedará en Molinaseca. El pueblo en cuestión nos gusta desde la misma entrada, con un puente sobre el río. Tiene un montón de bares, tabernas, cantinas, mesones...
A pesar de que le he dicho a Frank que el refugio (según pone en la guía) está algo alejado, el hombre se desespera porque se está acabando el pueblo y aún no aparece.
Por fin llegamos y allí están las alemanas, que salen a recibirnos bastante animadas.
El refugio es muy bonito y tiene cocina y chimenea. La presencia de las alemanas termina por convencer a Frank y decide quedarse allí. Dice que tiene las rodillas fatal.
Me encarga que le compre "Bálsamo de Tigre" y "Ungüento del Peregrino" en Ponferrada. De lo primero ha ido usando desde el principio y quiere probar también el otro, a ver si obra algún milagro en sus rodillas.
Después de descansar un rato y volver a despedirme, por segunda vez este día, de Karina y Veronika sigo hacia Ponferrada.
Al poco, un matrimonio me llama desde la otra acera y me recomienda que cambie de lado porque por donde voy, al estar más en sombra, puedo encontrar hielo. Les agradezco el consejo, porque estoy bastante harto de resbalones y de los consiguientes sustos.
Además, me dan otra información muy buena: la acera llega hasta Ponferrada. De cine.
Es sábado y hay gente paseando por las afueras de Ponferrada. No me dan muy buena impresión, parece gente muy seria.
Como contraste con lo que ha sido la mañana luce el sol y tengo calor. Las que también brillan, pero por su ausencia, son las señales amarillas. Pregunto a un matrimonio por la dirección del castillo (dice la guía que el refugio está cerca del mismo): el hombre me dice por dónde tengo que seguir y me lo repite y luego hace lo propio la mujer. Pues gracias, gracias y gracias.
Las indicaciones (o, al menos, el tono) me han parecido algo artificiales, pero gracias a ellas vuelvo a ver flechas y, tras lo que me ha parecido un recorrido urbano inacabable, veo por fin el castillo y su imponente entrada.
El mallorquín de León nos dijo que estaba en obras (y lo sigue estando, según unos paneles), pero anda gente entrando y saliendo. A ver si va a estar abierto...
Camino del refugio, paso junto a una oficina de turismo. Pido un plano y pregunto por las visitas al castillo: está abierto y se puede visitar hasta las 18 h. Fenomenal. Son las 17 h. Con un poco de suerte podré verlo con calma.
El refugio está cerrado y tiene mal aspecto (ya nos lo advirtió el mallorquín de marras). En un papel que hay en la puerta pone que las llaves se pueden pedir bien en la Oficina del Peregrino, bien en la parroquia.
En el despacho parroquial de la iglesia cercana (digo yo que será ahí) no hay nadie. La que sí está, también esperando al cura, es una monja con un par de chicos con guitarras. La monja echa pestes contra el cura por no tener fundamento. Asegura que es la última vez que va allí con sus chicos. Mal panorama.
La Oficina del Peregrino está también por allí, pero también está cerrada. Unos lugareños me dicen que, como es sábado a la tarde, seguramente no abrirán el refugio. No fastidies...
Aparece un chico con acento portugués y me dice que espere al cura, el cual me llevará al refugio nuevo.
El tiempo va pasando y empiezo a pensar en ir a ver el castillo con la mochila a cuestas.
Vuelve a pasar el portugués y me dice de nuevo que espere. Y yo espero, pero me estoy quedando frío y cada vez más nervioso.
Finalmente, llega un cura joven y majo, palotino (es una congregación italiana, explica), que estuvo estudiando en Vitoria durante 10 años. Tenemos a algún conocido común. Qué cosas.
Se llama Benito, hace pocos meses que ha vuelto de Sudamérica y aún no ha aterrizado psicológicamente en España (aunque es español).
Me lleva al albergue viejo, el que he visto por fuera, porque el nuevo aún no está en uso. No importa, la cuestión es que lo del alojamiento ya está arreglado.
Como me había hecho a la idea de que estaría en muy mal estado (así nos lo pintó el mallorquín), al verlo por dentro no me lo parece tanto. Además, tiene una estufa de gas. Algo es algo, porque la guía ya ponía que no tiene calefacción.
Benito se marcha, aunque dice que luego volverá. Me deja la llave del refugio. Más tarde recuerdo lo que nos dijo el mallorquín acerca del cura de Ponferrada y sus impredecibles decisiones a la hora de abrir el refugio a unos y no a otros. Evidentemente, no se trata de Benito.
Salgo pitando hacia el castillo y tengo tiempo de verlo sin demasiada precipitación. La entrada cuesta 250 ptas. Fue de los Templarios, como la iglesia de Villalcázar de Sirga. Aunque está mayormente en ruinas me hace mucha ilusión estar allí. Lo mejor: la torre, desde la que se divisa la ciudad y todos los alrededores. De paso, controlo desde allí la entrada del refugio, por si aparecen los brasileños y James.
De vuelta al refugio, pongo mis datos en el libro de registro, echo el sello (enorme) en la credencial y el donativo en la hucha y, visto que estos no llegan todavía, salgo a comprar algo de comida.
Una vez más me cargo con bastante peso. No espabilo.
Lo que no consigo comprar es lo que me ha pedido Frank porque las tiendas donde podría encontrarlo están cerradas (es sábado a la tarde).
Recordando la incertidumbre que teníamos anoche, sin saber si podríamos salir de Rabanal, me parece mentira estar en Ponferrada y haber podido ver el castillo.
Las duchas del refugio son lo más parecido a una cámara de gas. A la escasa luz que llega a las duchas propiamente dichas descubro una hermosa ampolla donde días atrás tuve una rozadura. Notaba cierta molestia, pero tampoco pensé que fuera gran cosa.
Apenas he terminado de secarme y empiezo a vestirme cuando llaman a la puerta (a golpes, como en Logroño, porque no funciona el timbre). Bajo y me encuentro a los brasileños y a James. Hace rato que ha anochecido (son casi las 19,30). Se ve que no les han hecho efecto los conjuros de Tomás, el de Manjarín.
Más tarde aún, vuelven a llamar a la puerta: se trata de una peregrina alemana, a la que ha acompañado hasta la puerta del albergue un lugareño. La moza sube y se mete en una de las habitaciones pequeñas como si conociera el terreno. También ésta viene de vuelta y seguramente pasó por este refugio a la ida.
Hago cena fría porque por falta de bombonas de gas hay que optar entre usar el gas para cocinar o emplearlo para ducharse con agua caliente. Luego, resulta que sólo se ducha uno de los brasileños, pero ya no voy a ponerme a preparar los recurrentes pero muy recomendables espaguetis.
Cenando, el frío me recuerda las peripecias vividas en Frómista. Al volver a la sala se agradece el calorcillo de la estufa.
La alemana ha firmado como Sybille y es de Fegernau.
James decide dormir en la sala, con el colchón en el suelo, porque dice que está teniendo molestias en la espalda y que le vendrá bien dormir así. El hombre se defiende bastante bien en castellano.
(Rabanal del Camino, 9,45; Cruz de Ferro, 11,33; El Acebo, 13,29; Molinaseca, refugio, 15,28/16,01; Ponferrada, 17,05)
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Ponferrada - Villafranca del Bierzo
16-1-2000
21a etapa
22 km.
Uno de los brasileños ronca ligeramente, pero no molesta mucho.
Se llaman Dinael y Joao Batista. Dinael ya hizo el Camino desde Sevilla (la Ruta de la Plata) hace unos años.
Les hablé anoche del castillo templario y han pensado ir a verlo esta mañana.
Como la ampolla me molesta bastante termino por pincharla. No lo hice anoche, con la esperanza de que mejorara durante la noche y no tuviera necesidad de pasar por el ritual de la aguja y el hilo.
Eddy, el amigo con el que empezó Frank en Roncesvalles, me dijo que, si es posible, no hay que pinchar las ampollas. Con otra que me salió hace ya unos días no tuve que hacerlo porque la causa era una uña y, recortada ésta, ya no molestaba y ahí la dejé.
Al ir a salir del albergue, me quedo un rato atascado en la puerta porque la mochila no puede pasar (tiene unos bolsillos laterales). Me ayuda Sybille.
Después de la etapa de ayer, ésta viene a ser de transición entre dos de los puntos míticos del Camino: la Cruz de Ferro y la subida al Cebreiro. La empiezo con calma, algo preocupado por la posibilidad de encontrar barro, pero no es el caso.
En las afueras de Ponferrada las flechas llevan al peregrino hacia un poblado de Fenosa, bastante bonito, con zonas ajardinadas y tal. Lo que no parece tener mucho sentido es una flecha que apunta directamente a una de las casas. Resulta que hay que atravesarla por unos soportales.
Después de lo de ayer y con el incordio de la ampolla (después del ejemplo dado por el chamo no me puedo quejar ni mucho ni poco) se agradece el terreno por el que discurre la etapa, bastante fácil.
Esto es El Bierzo y en bastantes casas se pueden ver los típicos tejados de pizarra.
El sol empieza a calentar y yo a sudar. Me quito algo de ropa y, entretanto, pasan unos cuantos a caballo.
No puede faltar un tramo embarrado, para no olvidar las "buenas costumbres".
En Cacabelos, pretendo pasar sin entrar en la famosa Casa Prada porque me temo que inviten, como dicen, a vino (que no tomo) y que alguien se empeñe en poner el sello del establecimiento en la credencial, con lo que se repetiría lo sucedido con la señora Felisa, de Logroño. Así que, como tampoco es cuestión de decir que no a todo, mejor evitar la ocasión; aunque sí me habría gustado conocer al dueño del local porque dicen que es muy majo.
Con quien sí entablo conversación es con un hombre que parece ilustrado. Vamos caminando por la calle principal, que me gusta mucho, y, llegando a una iglesia de ábside románico, explica que "el hijoputa del cura" mandó tirar el resto para construir otra más moderna. De la original sólo quedó dicho ábside y una imagen pequeña de la Virgen que está sobre la puerta de entrada.
Majo hombre también éste.
Después de Cacabelos hay que continuar durante unos kilómetros por asfalto, por el estrecho arcén de una carretera que, tal vez por ser domingo, no está muy transitada. Mejor así.
Hoy le ha dado al sol por calentar y sigo sudando. El asunto me molesta bastante. A eso se suma, poco después de abandonar la carretera, un tramo embarrado y, sobre todo, una zona de hierba que está literalmente inundada. No se ve hasta estar metido en ella.
En parte por no retroceder y en parte porque espero que sólo sea una parte del hierbal la que esté así, lo atravieso en su totalidad, renegando de mala manera. Menos mal que llevo el palo porque, si no, todavía estaría allí.
El mal trago me ha hecho sudar aún más y llego a Villafranca del Bierzo de no muy buen humor.
Lo primero que veo al llegar al refugio del Jato, antes de entrar incluso, es al propio Jato.
A partir de ese momento entro en un túnel de irrealidad del que no saldré hasta varias horas después.
Yo quería ducharme lo antes posible, pero el Jato me pregunta que si quiero sardinas.
- ¿Eh?
Es que, según dice, ha comido de más y le andan dando vueltas en el estómago las sardinas que ha comido por gula.
Al poco, me veo sentado a la mesa junto a uno que resulta ser el hospitalero de Ruitelán comiendo sardinas, una especie de caldo (de hecho, lo llaman "caldo") con alubias con un sabor algo raro y compota de peras. Nos lo sirve la hija del Jato.
Yo ya no sé ni quién soy ni qué pinto allí.
La hija del Jato le explica al de Ruitelán lo del sabor de las alubias: echan en la olla un poco de "unto" (no sé si tiene hache), que es grasa de cerdo que al hacer la matanza no sirve ni para manteca, por lo que se hace una bola con ella, se deja que se rancie durante un año y ya está lista para utilizarla como condimento.
Casi mejor si no me hubiera enterado.
Dicen que hacía ya unos días que no pasaban peregrinos.
Aparece Frank, que también acaba comiendo caldo y compota (el de Ruitelán y yo hemos acabado con las famosas sardinas).
También anda por allí una chica brasileña. Según parece, pasó por allí hace algún tiempo como peregrina y ya lleva en el refugio una temporada.
El Jato nos acompaña a la habitación, en la que también él tiene la cama. Y, aparte de la suya, están varias más ocupadas: una es de la brasileña; otra, de un peregrino que va de vuelta y que estaba abajo, aunque no sabíamos de quién se trataba; en otra, hay unos libros sobre los chacras, sobre la energía lunar, etc. Deben ser de la brasileña.
Aquí sería de aplicación eso de "Aquí, el que no corre vuela", referido al personal que frecuenta el Camino en esta época. Lo típico del verano parece ser gente "normal" que trabaja o estudia el resto del año y que dedica las vacaciones a peregrinar a Santiago.
En cambio, en invierno (por lo que oímos y por lo que se ve) lo típico es el peregrino que en verano sería atípico, gente que está metida en grupos de la más diversa orientación, o que va por libre pero siguiendo ideas un tanto especiales, o individuos desarraigados que a saber qué problemas tienen en sus casas, o qué sé yo.
En la mayoría de los refugios (salvo, por ahora, en éste y en el de Rabanal) hemos podido dejar la mochila (y esparcer su contenido) en la litera superior a aquélla en la que hemos dormido. Son las ventajas de hacer el Camino en invierno.
Ya se me han pasado las prisas por ducharme. Nos quedamos solos en la habitación Frank y yo y coincidimos en que nos sentimos en otro mundo y que lo mejor sería acostarse ya mismo y despertar al día siguiente.
Dice que ha ido a pie de Molinaseca a Ponferrada y que allí ha cogido el autobús porque no estaba en condiciones de caminar. Como tampoco tiene ya posibilidad de parar un día en un sitio para descansar y recuperarse ha recurrido a eso.
Entra en la habitación el peregrino que va de vuelta y empezamos a hablar. Ha hecho el Camino varias veces. En esta ocasión, había quedado con un sobrino para que le recogiera en Santiago, pero, al llegar allí, no estaba esperándole el sobrino, "así que" está volviendo a pie. Claro, claro...
Al llegar a este refugio, como el Jato está ampliándolo y ya se conocen, se ha quedado unos días para ayudarle.
El nuevo refugio municipal está construido en el lugar donde antiguamente se ajusticiaba a los condenados a muerte (se pasa al lado antes de llegar al del Jato). En invierno está cerrado.
También ha hecho los tramos gallegos de la Ruta de la Plata y el Camino Portugués, así como el Camino por Asturias. Dice que en esos itinerarios sí hay albergues, lo que no hay es gente recorriéndolos.
Este verano ha estado de hospitalero en varios refugios.
Se ofrece a informarnos sobre los refugios que nos quedan hasta el final y lo que nos dice resulta ser más positivo que la versión del mallorquín.
Confirma que hay refugios con cocina pero sin cacharros y alguna hospitalera amargada por gentuza infiltrada entre la marabunta de peregrinos veraniegos y que se dedicaba a fastidiar por gusto a los encargados de los refugios.
Dice que eso de que en el Hostal de los Reyes Católicos de Santiago dan de comer gratis es tan cierto como que él lo ha experimentado ya varias veces. Hay que hablar con el de la entrada del garaje y él dice por dónde hay que entrar. Se tiene derecho a desayuno (a las 9), comida (a las 12) y cena (a las 19 h.). Se come lo mismo que los empleados del Hostal, bueno y abundante. Tienen un pequeño comedor para peregrinos. Ese servicio lo reservan para los 10 primeros peregrinos que se presenten con la fotocopia de la compostela, aunque si uno no ha cumplimentado todavía ese trámite la puede llevar después. De todas formas, esto último parece claro que sólo será de aplicación en temporadas como ésta, en las que llega poca gente allí y no hay que pegarse por ser uno de los 10 primeros. Habrá que imaginarse lo que pasa en verano.
Estos peregrinos que, después de ir a Santiago, vuelven también a pie deberían estar catalogados como especie protegida. Ya nos hemos encontrado unos cuantos, chicos y chicas, solos y acompañados.
Alguno (el recurrente mallorquín) ya comentaba que no es nada fácil orientarse al llegar a algunos cruces y desvíos, porque la señalización no está pensada para los que van en sentido contrario y tampoco se acuerda uno de todos los lugares.
De todas formas, parece lógico pensar que estos especímenes únicamente se aventuran a caminar en sentido contrario al habitual en épocas como la presente. Es fácil imaginar lo que sería de ellos en caso de osar hacerlo en verano: acabarían pisoteados por la masa, aplastados, como en los dibujos animados.
Cuando se va, Frank pasa a contarme cómo le ha ido en Molinaseca. Dice que se creó buen ambiente entre las alemanas, él y Alfredo, el hospitalero.
Por lo que le ha contado el tal Alfredo, el de Arroyo San Bol es el que, junto con uno de Burgos, prepara el "Ungüento del Peregrino" cuya publicidad hemos visto en diversos albergues.
El que iba con él en el todoterreno de ayer era el alcalde de Molinaseca.
También le ha dicho que en Manjarín no hay agua corriente y que tienen que ir a por ella a una fuente que está a varios cientos de metros del refugio y luego la almacenan en un depósito del que van cogiendo para todo tipo de usos. Cuando él va allí les dice que no le preparen nada con esa agua.
Acerca de Victorino, el de Hontanas, su versión es la de que es buena persona y que le gustan las chicas, y piensa que lo que le sentó mal el día que pasamos por allí fue el que no nos alojáramos en su hostal.
En cambio, lo de los monjes de Rabanal le parece algo artificial.
Aparte de las opiniones e informaciones que le ha transmitido Alfredo, Frank tiene una anécdota para contar: Alfredo se puso a tomarle el pelo a Karina, Frank le dijo a ésta que es una niña y Karina le agredió en el hombro con un cuchillo pequeño, de esos de punta redondeada que se usan para la mantequilla, al tiempo que le amenazaba de muerte. Lo del cuchillo le ha dejado, efectivamente, una marca.
Cualquiera sabe si lo de la amenaza iba en serio, pero el caso es que, aprovechando que Karina estaba en el aseo, Veronika cogió todos los cuchillos de la cocina y se los dio a Alfredo para que los escondiera.
Frank dice que no ha dormido muy tranquilo y se imagina a Karina en el papel de Freddy Krugger yendo en su busca por la noche.
Echamos cuentas y, salvo imprevistos indeseables, vemos que podemos llegar a Santiago el sábado o el domingo, con lo que Frank tendría solucionado su problema de fechas sin necesidad de hacer de aquí al final ninguna etapa excesivamente larga.
Para cuando, finalmente, me ducho, aparecen James, Dinael y Joao.
Doy un paseo por el pueblo. Las dos etapas cortas (la de Astorga y la que terminó en Rabanal) hicieron maravillas y tengo los pies bastante bien.
Ceno en el refugio, al igual que Frank (cobran 800 ptas. tal y como pone en la guía). También está por allí la mujer del Jato.
Comentan que, como la capital autonómica de Castilla-León está en Valladolid, es una historia tener que ir hasta allí para hacer papeleos. Les parece una unión rara la de León con esa parte de Castilla y creen que León tiene suficientes recursos, historia y arte como para independizarse de Castilla.
El Jato nos recomienda ir mañana por el monte, en vez de hacerlo por la carretera nacional. Él fue quien señalizó esa parte del recorrido. Afirma que no suele haber barro y que más se suelen mojar cuando llueve los que van por la carretera. Además, están desdoblando la nacional y anda mucho camión.
De todas formas, dice que el itinerario original no es ni uno ni otro, sino otro más que va también por monte, pero por otro lado, y que es más largo.
Estamos decididos a ir por el monte mañana.
(Ponferrada, 10,49; Fuentes Nuevas, 12,19; Cacabelos, iglesia, 13,51; Villafranca del Bierzo, 15,27)
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Villafranca del Bierzo - O Cebreiro
17-1-2000
22a etapa
30 km.
Los americanos salen pronto. Van a desayunar a algún bar.
Apenas hemos empezado a andar Frank y yo, aparece una furgoneta que va hacia el refugio: es El Jato. Cuando se fija en un puñal que lleva Frank cerca del hombro (enfundado, pero bien visible) le echa una especie de bronca. Le dice que le rompa la punta, que adónde va con eso.
Frank lo lleva como precaución por si aparecen perros agresivos, porque su amigo Eddy pasó por varios momentos difíciles en ese sentido cuando hizo el Camino hace años y le dijo que fuera prevenido.
El Jato repite lo que ya hemos oído otras veces: que los perros no atacan salvo si se les provoca, que los que tienen que tener cuidado son ellos, los perros, con los peregrinos que les atacan porque sí; que si se acerca un perro con intenciones sospechosas basta levantar el palo a distancia para que dé media vuelta, etc.
Le vuelve a decir que le rompa la punta al puñal o que lo tire en el monte ("Hazte con él para el monte y tíralo") y termina con un "¡Sé peregrino!" de lo más auténtico.
Total, que Frank guarda en la mochila el puñal (desde luego, con él a la vista más parecía un legionario que un peregrino) y nos despedimos del célebre Jato.
No exagera la guía cuando afirma que se trata de uno de los personajes más paradigmáticos del Camino.
Al cruzar el río, a la salida del pueblo, vemos a pocos metros al trío. Ayer comentaron que ellos también irían por el monte, pero, para nuestra sorpresa, vemos que siguen por abajo.
Comenzamos la subida y confirmamos lo que habíamos oído: es bastante dura durante un buen rato. No apta para hacerla a pleno sol o con unos cuantos kilómetros encima.
A medida que vamos cogiendo altura el paisaje se va agrandando y disfrutamos con lo que vemos. Por un momento vemos al trío allá abajo, en la carretera.
Una vez superado lo más duro el terreno se suaviza y va llaneando o sube sin excesos.
He empezado la etapa sin ganas de hablar, no sé por qué. Igual es por el respeto que impone la subida que nos espera hoy. En cambio, Frank está hablador y me empieza a contar un montón de cosas. Al principio, como no se trata de dialogar sino de escuchar, le oigo sin más, pero inesperadamente saca unos cuantos temas muy interesantes, de personas que conoce, y la marcha se hace de lo más entretenida.
Llegamos a una zona de castaños que se convierte en otra de las imágenes para recordar: no se ve la carretera, sino sólo montañas y prados, árboles y algunas zonas con nieve. Muy bonito.
Acertamos con las señales, porque El Jato nos advirtió de que algunas de ellas inducen a bajar hacia la derecha, de manera que el peregrino da un rodeo innecesario y acaba pasando por uno de los pueblos de la zona. Cosas de su alcalde, para aumentar el turismo local.
En la parte más alta caminamos sobre nieve, pero sin mayores problemas.
Tal y como dijo El Jato, prácticamente nada de barro.
Lo peor es descender todo lo ascendido hasta el momento. La cuesta tiene bastante pendiente. En su mayor parte está asfaltada.
Hay que bajar hasta la carretera nacional y nos reencontramos con la civilización en forma de intenso tráfico y zonas en obras, por lo del desdoble, con camiones llevando tierra y operarios levantando diversas estructuras.
En La Portela decimos adiós a esa carretera, porque desde ahí se sigue la antigua nacional.
Aprovechamos para hacer una parada. En ello estamos cuando aparece el trío. Ellos ya han parado en otro pueblo y continúan adelante.
James está blanco, como si no se encontrara bien (luego caeremos en la cuenta de que se trata de crema para el sol).
Hace muy buen tiempo y no sentimos frío.
Frank dice que ayer el hospitalero de Ruitelán le lanzó unas cuantas miradas insinuantes. Pues nada, habrá que pasar por ese pueblo a todo correr.
Como lo más significativo, a priori al menos, de la etapa de hoy es lo de O Cebreiro, se me ha metido en la cabeza que toda la etapa es de subida, a pesar de que sé, por las notas que llevo, que el ascenso propiamente dicho no empieza hasta llegar a Las Herrerías. Así que se me hace larga la aproximación hasta allí.
Como sigue haciendo bueno y prevemos sudada hay que quitar ropa. Este pueblo (Las Herrerías) nos gusta mucho.
Pues ya estamos subiendo.
Lo hacemos dignamente, sin arrastrarnos ni acelerarnos. No nos hace mucha gracia tener que descender durante un tramo (la alternativa es seguir subiendo por asfalto) y menos aún meternos en una zona que parece que va a estar llena de barro; pero no es así y retomamos la subida por un bosque un tanto sombrío, con bastantes tramos cubiertos de nieve algo dura.
El recorrido responde a lo que esperábamos y cada vez nos gusta más.
Cuando salimos del bosque y seguimos ganando altura el paisaje se hace cada vez más y más grandioso.
En La Faba (también bonito pueblo) encontramos a James, que está sentado, descansando. Dice que los brasileños están a poca distancia.
Así es. Los alcanzamos en una bifurcación en la que no está nada clara la dirección que hay que seguir. Dinael, que ya pasó por allí hace años, no recuerda cuál es el camino correcto.
Al rato, encontramos una flecha en una piedra removida de su sitio; pero es que ni colocándola donde parece que debería estar aclara nada, porque apunta al centro de la bifurcación (algo así como el día en que pasamos por Sahagún, poco antes de la Ermita de la Virgen del Puente). ¿Cómo es posible?
Será que hay alguna otra señal oculta por la nieve.
Los brasileños siguen por la izquierda, llaneando, y nosotros lo hacemos por la derecha, subiendo (ya habrá tiempo de bajar si nos hemos equivocado). Al poco, los brasileños suben al camino por el que vamos y, al rato, por fin, aparecen más señales.
En esto, oímos como unos gritos o chillidos que atribuyo a alguna rapaz. Pero Frank dice: "Es James". Debe ser que ha llegado a la bifurcación y ha visto huellas en la nieve que continúan por los dos lados y no se aclara. Normal.
Le devolvemos los gritos para que se oriente.
Dinael dice que, cuando pasó por allí hace años, había mucha más nieve.
En realidad, ésta sólo está en el camino, que queda algo hundido en el terreno, por lo que no le da el sol.
Vamos los 4 más o menos juntos hasta Laguna de Castilla. Unos cientos de metros antes la nieve acaba por echarnos del camino y llegamos al pueblo por un prado. Frank desafía a los elementos durante un rato, hasta que pronto ve que no hay manera y se pasa al prado. Es un espectáculo verlo metido en la nieve hasta más arriba de las rodillas. Dinael le hace una foto.
Laguna de Castilla bien podría ser un pueblo de novela, colocado allí, donde parece que no tiene que haber nada, por la imaginación de un escritor. Pero es real y vemos, incluso, a varias personas.
Dinael y Joao se quedan esperando a James.
Al salir de Laguna se le ofrece al peregrino la alternativa de continuar por carretera o por camino. No lo pensamos dos veces y seguimos por el asfalto, a la vista de cómo está el camino.
Parece que O Cebreiro tiene que aparecer en cualquier momento, pero hay algo más de 2 km. desde Laguna de Castilla y la carretera tiene una considerable pendiente, así que se me hace algo largo el final.
Entramos en Galicia.
O Cebreiro está literalmente helado y su única calle está en cuesta, así que hay que andar con cuidado para no irse al suelo.
En los alrededores del refugio, que está abierto, hay mucha nieve.
Eso de que los albergues gallegos (salvo alguna excepción, creo) dependan de la Xunta y tengan un horario común nos da la tranquilidad de saber que en adelante no tendremos que andar buscando a quien sea para que nos abra.
La impresión que nos causa el interior es muy buena y nos anima mucho.
Por una nota que hay junto al libro de registro nos enteramos de que la hospitalera fue por allí por última vez hace unos días, después de no haberlo hecho durante varios más debido al temporal.
Salimos para ver la iglesia e informarnos de horarios y precios para el viaje de regreso en una oficina de información que nos han dicho que hay en el pueblo. Y, de paso, a ver si conseguimos alguna herramienta con la que romper una capa de hielo por la que hay que pasar se quiera o no para entrar en el refugio.
Es que entre la nieve y la pared del refugio no hay más que un pasillo de medio metro de ancho y está completamente helado.
Antes de llegar a la iglesia pedimos una herramienta a unos albañiles que están arreglando una casa, explicándoles para qué la queremos. Mirando al tendido, nos dicen que echemos sal. Pues es verdad, mira que no ocurrírsenos...
La iglesia, cerrada. Una pena, porque debe ser antiquísima.
Una furgoneta de reparto no puede salir porque las ruedas le patinan en el hielo. Intentamos empujar, pero no hay manera de afirmar los pies en el suelo para hacer fuerza sin que patinen. El chico pide ayuda a los albañiles "salerosos" y le dejan algo parecido a una azada. El hombre quita el hielo y consigue salir de allí.
Animados por la exhibición de generosidad que han tenido con el de la furgoneta, hacemos un segundo intento para que nos dejen esa misma herramienta o lo que sea. En este caso, la respuesta es: "Si es igual, aunque quitéis hoy el hielo mañana estará otra vez igual". Tienen razón, qué ingenuos somos.
La oficina de información, como la iglesia, cerrada. Cierra a las 18 h., en invierno al menos. De haberlo sabido, habríamos ido allí nada más llegar al pueblo.
Al menos, conseguimos un hacha en uno de los últimos mesones, según se va al refugio. La chica que nos la deja no tiene acento gallego. En este pueblo hay muchos mesones y tabernas.
A base de golpes (con el lado opuesto al filo, claro) conseguimos romper el hielo (nunca mejor dicho), que tiene varios centímetros de grosor.
Mientras nosotros tratábamos de confraternizar con los albañiles, de ver la iglesia y de informarnos ha llegado al refugio la hospitalera, Edita, una chica joven. Ha venido en tractor, claro.
Maja la mujer. Nos deja unas cuantas mantas, por si acaso, aunque en cada habitación (de 8 literas cada una) y en los pasillos hay radiadores eléctricos.
Coincide con lo que ya nos han dicho otros, incluido El Jato: las distancias reales son algo más cortas que lo que dicen las guías.
Como en El Burgo Ranero, nos instalamos cada uno en una habitación diferente. Hay 4 en ese primer piso y los dos brasileños se meten en una.
Edita dice que ha habido peregrinos casi todos los días. Nos informa de los refugios que están cerrados en Galicia en estas fechas (sólo 2 y en ninguno de ellos teníamos previsto alojarnos).
El trío se va a cenar fuera, como siempre.
Frank y yo nos organizamos en la amplia cocina del refugio. Frank está eufórico, más bien acelerado. A la noche hace varias llamadas a los refugios por los que hemos pasado los últimos días, tratando de localizar a las alemanas, pero no las han visto por ninguna parte. Qué raro. En Molinaseca ha contestado al teléfono Sybille.
Me insiste en que salga fuera porque dice que lo que se ve parece un belén, con las luces de los pueblos de los alrededores entre la nieve. No tengo ganas de salir con ese frío y encima para pisar nieve otra vez, pero me convence y el resultado vale la pena.
(Villafranca del Bierzo, 9,15; La Portela, iglesia, 12,38/13,15; Las Herrerías, puente, 14,38; La Faba, 15,27; Laguna de Castilla, 16,09; O Cebreiro, 16,46)
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O Cebreiro - Triacastela
18-1-2000
23a etapa
20.5 km.
Los americanos sale antes, para variar, y se despiden, porque van a Samos y los días siguientes no será fácil que coincidamos.
Antes de dejar el pueblo vamos a la iglesia (cerrada) y a la oficina de información (también cerrada, no abre hasta las 11).
Hoy tenemos etapa corta, hasta Triacastela. El peregrino de Villafranca del Bierzo nos dijo que el final del descenso hasta allí es malísimo, por el tipo de piedras que hay en el camino; pero nos quedaremos sin comprobarlo porque tendremos que hacer la etapa en su totalidad por carretera, como el día de la Cruz de Ferro.
Hay algo de hielo, pero menos que aquel día.
Me empiezan a doler los hombros.
Tras una curva nos encontramos a una mujer joven sentada en el asfalto (es que el arcén está cubierto de nieve). Está poniendo una tirita en una rozadura que se acaba de hacer. Es de Bilbao, aunque vive en Denia. Va con zapatillas de deporte y ha empezado en O Cebreiro (no la vimos ayer porque se hospedó en el mesón donde nos dejaron el hacha, cuya dueña también es de Bilbao, por eso no tenía acento gallego).
Dice que ha seguido al pie de la letra los consejos de las guías y ha conseguido que la mochila no pese más de 10 kg. Tiene 3 hijos.
Me voy adelantando, mientras Frank va hablando con ella. Al rato, Frank me alcanza. Como tiene que caminar de una forma no del todo natural debido a sus problemas, pisa con fuerza y hace más ruido del normal, además del que produce el roce de unos pantalones de plástico que lleva por si llueve.
Me quedo algo atrás, hasta no oír esos sonidos, y veo que voy mucho más a gusto.
La etapa, una vez superados los altos de San Roque y do Poio, es un constante bajar y bajar, que se hace bastante pesado.
La nieve va desapareciendo hasta no quedar ni rastro.
El que se mantiene al acecho es el hielo, que está a punto de tirarme junto a las últimas casas antes de ver el refugio. Éste está en un prado, cerca de un río. Es bonito el lugar.
Inspeccionamos el refugio y encontramos una mochila en una de las habitaciones de la planta baja. "Aquí hay alguien", comentamos perspicazmente.
En el libro de registro vemos el nombre de la bilbaína. Aparece al rato: ha venido en coche porque le dolía la ingle.
Según lo previsto, el refugio no tiene calefacción, pero sí ratones (también nos lo dijo el mallorquín). El primero que diviso anda correteando por el otro edificio (son dos construcciones iguales), pero a lo largo de la tarde y la noche van apareciendo, sin mucho disimulo ni diplomacia, los que han hecho del edificio en el que estamos su lugar de residencia.
Llegan también dos chicas gallegas. Apuntan sus datos en el libro, se ponen el sello en la credencial y esperan un poco a que una de ellas se recupere de unas molestias. No muestran mucho entusiasmo y parecen bastante cansadas. Cuando la otra vuelve a estar en condiciones se marchan, como almas en pena.
La bilbaína sale con ellas, dice que tiene que llegar hoy hasta no sé dónde; pero regresa al poco, porque no puede casi andar, y termina yéndose a un hostal cercano.
La ducha es de pulsadores y el agua sale o muy fría o muy caliente, según cuál de ellos se apriete. Vaya plan.
Hacen su aparición los brasileños. Es que hoy han intentado venir por el camino (no especifican si desde el principio o sólo algún tramo) y Joao se ha lesionado. Normal.
En cuanto ven que no hay calefacción se van al hostal. Esta gente, acostumbrada a temperaturas más cálidas, no tiene que pasarlo nada bien con el frío y la nieve.
El que sí se queda en el refugio es James, que llega más tarde.
Viene también el hospitalero, Jesús, hombre majo y servicial. Nos da mantas ("¿Dos me pides? Te doy tres". "¿Una me pides? Te doy dos". Y así).
Dice que el nombre del pueblo (que ya existía hacia el siglo X) deriva de los tres castillos de vigilancia que sobrevivieron a unas inundaciones que acabaron con el pueblo original, que estaba a lo largo del río.
Hace mucho, mucho tiempo, hubo allí un monasterio más antiguo aún que el de Samos (que es del s. VI). De hecho, para construir este último utilizaron piedras del de Triacastela, que ya estaba en ruinas para entonces.
En una casa cercana, en la que hubo 3 curas hermanos, él llegó a ver unos libros de piel de cabra y placenta de mujer, muy antiguos. Esos libros cayeron en manos de uno que bebía que, al final, se los vendió por poco dinero unos que vinieron en un coche con matrícula de La Coruña.
También nos cuenta que en verano hubo un grupo de hospitaleros voluntarios canarios que iban llegando desde su tierra por turnos y, a medida que terminaba cada cual el suyo, continuaban hasta Santiago como peregrinos.
Salgo con Frank a dar una vuelta por el pueblo y comprar algo. Hace frío, sobre todo porque sopla viento.
En la panadería del pueblo, de lo más auténtica, conseguimos un pan de los de toda la vida.
Se me ocurre comprar una caja de coquitos de 1 kg. en un supermercado. Me parece que me he pasado, pero bueno.
Jesús, el hospitalero, sigue en el refugio y nos cuenta cosas interesantes de gente que ha pasado por allí, ya sea como peregrinos o como voluntarios. Según dice, es habitual que, después de encontrar sitio en el refugio, se le presente la gente diciendo que dejan libre su plaza para otro peregrino porque prefieren dormir al aire libre en el prado que rodea el albergue.
A él le gusta que la gente vuelva por allí, aunque sólo sea para saludar. Nos cae muy bien el hombre.
Frank y James se van a cenar al hostal, donde coinciden con los brasileños y la bilbaína. Por lo visto, ésta les ha dicho que mañana vuelve a O Cebreiro y que tiene idea de quedarse allí a vivir porque le gustó mucho el pueblo cuando lo vio ayer.
Cenando, recuerdo que es la última vez que nos encontramos un refugio sin calefacción, porque los que nos faltan hasta Santiago sí tienen.
Mientras estoy escribiendo el resumen de lo que ha sido el día, James está escribiendo también algo. Le digo que coja unos coquitos y dice que sí, que luego cogerá 3 para mañana.
Frank vuelve a la carga tratando de localizar por teléfono a las alemanas, sin éxito. Al rato, me dice que cómo es que he tirado coquitos a la basura.
¡¡??
Pues es verdad, en una papelera hay 4 pobres coquitos que el cada vez más extraño James ha tirado.
Como las puertas de las habitaciones (sobra decir que tenemos cada uno la nuestra) son como las de esos "saloones" del viejo Oeste que salen en las películas, los ratones pueden entrar y salir a su antojo. Así que, como precaución, pongo todas las cosas en la litera superior o en lugares alejados del suelo.
(O Cebreiro, 10,38; Alto de San Roque, monumento al peregrino, 11,27; parada poco antes de Filloval, 14,30/15,05; Triacastela, 15,40)
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Triacastela - Ferreiros
19-1-2000
24a etapa
31.5 km.
Frank sospecha, por los "rastros" que ha encontrado, que un ratoncillo se ha colado en su mochila a la noche.
Como nos falló el intento de informarnos en O Cebreiro de los horarios y precios para ir preparando la vuelta, queremos llegar hoy a Sarria antes de que cierren las tiendas a mediodía para preguntar en alguna agencia de viajes.
Amanezco con tendinitis en la pierna derecha. Ya empecé a notar algo ayer.
Salimos en cuanto hay suficiente luz para no tener el tiempo muy justo después.
Hace bastante frío. Me pongo la capucha del chubasquero y la bufanda tapando las orejas.
Vamos por el camino que pasa por San Xil, por ser más corto y bonito (eso creemos) que el de Samos, aunque no sabemos en qué estado estará.
Tras un comienzo suave, por una zona de bosque, pronto encontramos nieve dura y hielo en un tramo en sombra y nos atascamos algo. El ambiente es rural. Del balcón de una casa cuelgan un montón de calcetines puestos a secar.
A partir de San Xil se acaba la nieve y disfrutamos con el paisaje, que responde a lo que anuncia la guía. Se suceden los pequeños núcleos de población.
En el Alto de Riocabo optamos por seguir por la derecha, por camino, porque dice la guía que es mucho más agradable que seguir por carretera. No sabemos cómo es el otro recorrido, pero el que hemos elegido nos gusta.
En Montán, un perro nos sale al paso y una vez más tenemos suerte: es un samoyedo joven y simpático. No huele muy bien, pero es muy majo. Nos acompaña un rato.
El hielo aparece cada dos por tres y resulta peligroso.
En Pintín, coincidimos con un señor mayor que nos habla en gallego, pero nos entendemos.
Llegamos a Sarria y nos entran prisas por localizar una agencia de viajes antes de que cierren a mediodía. Preguntamos a un hombre mayor y, tras unos segundos que se hacen interminables y nos hacen pensar que igual no es muy normal, nos dice que no sabe. Sugiere que preguntemos en Protección Civil, que está en la parte vieja del pueblo.
Allá vamos, escaleras arriba, aunque ya nos damos cuenta de que en esa zona no hay muchos comercios ni nada y que tendremos que volver a bajar al poco.
En Protección Civil el chico que nos atiende es tan lento o más que el primer señor al que hemos preguntado. Desesperante. Cada vez nos aceleramos y agobiamos más. Nos señala en un plano muy simple la ubicación de un par de agencias de viajes. Dice que no podemos dejar allí las mochilas, así que se nos ocurre acercarnos al refugio, que queda cerca, con la esperanza de que la hospitalera sea puntual y lo abra, como es norma allí, a las 13 h., que están a punto de dar.
Así es. Dejamos allí las cosas y salimos zumbando en busca de la agencia de viajes más cercana. Una vez en ella, nos encontramos con la tercera parte de una misma historia de parsimonia y aparente falta de reflejos. Y eso que la mujer es amable y busca los datos que le pedimos.
Para colmo, los horarios que nos da no nos vienen nada bien. Lo más factible va a ser el avión, aprovechando el descuento que hace Iberia a los peregrinos, de alrededor de un 50%.
Ya hemos "aclarado" lo que queríamos, pero salimos de allí con muchas dudas.
Al menos, los comercios cierran a las 14 h. y tenemos tiempo para comprar algunas cosas. Menos mal, porque en Ferreiros no debe haber nada.
Ya más tranquilos, dice Frank que esta gente necesita tiempo para que le suba la información al cerebro. El caso es que parece buena gente.
Volvemos al refugio y la hospitalera, que sólo lleva 3 días en el puesto, se ofrece a enseñárnoslo. Está muy bien: madera, piedra, cristal... Dice que una sobrina suya es la hospitalera de Calvor y que ese refugio está muy bien, mejor incluso que éste de Sarria.
Por lo que tenemos entendido, mucha gente empieza el Camino aquí porque hasta Santiago hay poco más de 100 km. y eso les permite tener derecho a la compostela. Incluso hay quienes lo empiezan en Barbadelo, desde donde hay casi 100 justos.
Pues en marcha otra vez. Vemos la fachada del convento de La Magdalena, famoso en otros tiempos, según parece.
Me siento bastante cansado y aprovecho que bajamos a un puente medieval para sentarme y descansar, al tiempo que sustituyo el par de calcetines "exteriores" por otros que he comprado en Sarria.
Hace muy buen tiempo, el puente y su entorno están muy bien y dan ganas de quedarse allí.
Frank también ha parado después de pasar el puente y lo veo por delante cuando reemprendo la caminata. Se ha saltado una señal, pero está a tiro de grito y no tiene que desandar mucho.
Lo que viene a continuación es una sucesión de paisajes idílicos, empezando por el bosque autóctono que anuncia la guía y continuando por caseríos diseminados por los que parece mentira que haya pasado todo el gentío que ha habido en verano.
Para que me dure lo más posible el disfrute voy bastante tranquilo pero sin dormirme.
Tras pasar junto al refugio de Barbadelo, se me ocurre mirar los apuntes y veo que he dejado atrás una iglesia románica que parece tener su interés. Frank no está muy lejos, pero no le grito para decirle que me quedo un rato por ahí.
Dejo la mochila en el refugio (no hay nadie) y voy a ver la iglesia. Está cerrada.
Me llama la atención, aparte del pórtico, lo que parece ser una tumba pequeña enfrente mismo de la puerta de entrada (parece que por aquí lo habitual es que la iglesia esté rodeada por el cementerio).
Cuando vuelvo a por la mochila coincido con la hospitalera, que llega en ese momento. Ha visto a Frank según venía. Me dice que, si quiero llegar a Ferreiros con luz, tengo que espabilar. Agradezco el consejo, aunque me parece que voy bien de tiempo.
A partir de allí, se suceden las subidas y bajadas y los rincones bucólicos. Cada vez estoy más convencido de que por allí no ha podido pasar la turba.
Algunas corredoiras resultan espectaculares, porque se camina sobre hileras de piedra rodeadas de agua.
Lo malo es que cada vez hay más agua en el camino, y barro, y restos de nieve... y entonces ya no voy bien de tiempo. Me acuerdo del mallorquín y de su comentario sobre lo útil que resulta el palo en tierras gallegas.
Paso por el mojón que indica que faltan 100 km. a Santiago con más pena que gloria, mirando más al suelo para no llenarme las botas de agua que a las pintadas con que algunos supuestos peregrinos han "adornado" los mojones.
"Fulanito, te espero en tal refugio", "Ánimo, Menganita"... Mensajes (casi todos ellos) de tan efímera utilidad como prolongado es su negativo impacto visual.
El sol se está marchando, no acabo de dejar atrás el barro y Ferreiros que no aparece.
Lo de la última corredoira es excesivo: aquello no es un camino sino un arroyo por el que baja toda el agua que quiere y en el que apenas sobresalen las puntas de unas pocas piedras. No es plan ponerse a esas horas a hacer equilibrios y busco alguna alternativa.
La hay. Probablemente sea una de las pocas corredoiras que se pueden evitar por un camino paralelo y no me extraña nada, como tampoco me sorprende ver en la hierba del prado por el que voy un ligero trazo, como si no fuera precisamente el primero que no ha querido llegar nadando a un final de etapa.
Al pasar una alambrada, no me acuerdo de que la ropa que me he quitado a la tarde la he puesto en la parte alta de la mochila y me quedo enganchado, como una mosca en una telaraña. Menos mal que no me ve nadie...
Aunque el sol se ha metido ya, llego con luz a Ferreiros.
No hay señales que indiquen dónde está el refugio. En realidad, no parece que allí, en un lugar perdido por las montañas de Galicia, pueda haberlo; pero pregunto a unos lugareños y me dicen que lo tengo a 100 m. saliendo del pueblo. Y allí está, sí señor.
A diferencia de la mayoría de los refugios éste sólo consta de una planta.
Frank ha hecho todo el recorrido por el camino (es decir, ha pasado por la corredoira-pantano) y, claro, se queja incluso más que yo. Dice que la hospitalera le ha dicho que volverá más tarde, pero no lo hace.
Hay calefacción, pero no calienta mucho. Buscamos mantas y no las hay.
Por lo demás, el refugio está bien, aunque en las duchas hace bastante frío y el agua caliente de las mismas no sale de forma continuada sino que se alterna con momentos de agua fría.
Cuando termino de ducharme, Frank me dice que entretanto han venido 2 chicos, no peregrinos, fumando; han entrado un momento y se han marchado sin decir nada.
En la cocina, como nos dijo el peregrino de Villafranca, no hay más que una cacerola bastante baja, un par de sartenes, 1 tenedor, 1 cuchillo y algo parecido a un vaso.
Como es la última vez que vamos a poder cocinar, preparo los espaguetis que me quedan. Lo hago de mala manera, porque la cacerola es pequeña, salen más bien mal (menos mal que Frank no protesta), como de más por aquello de acabarlos y termino con molestias de estómago. Pues qué bien.
En un periódico (El Progreso de Lugo) veo fotografías de un grupo de peregrinos japoneses que hicieron el Camino desde O Cebreiro y estuvieron en la iglesia de Barbadelo. Así me entero de cómo es dicha iglesia por dentro.
Ese periódico está formado en buena parte por noticias de crónica social: que si la comida de los trabajadores de una fábrica, que si el bautizo de no sé quién, las bodas de plata de un matrimonio cualquiera, etc.
Llamo a José Antonio, el gaditano, desde la cabina que hay junto a todos los albergues de la Xunta: está en Triacastela, ya recuperado de sus dolencias.
(Triacastela, 8,38; Alto de Riocabo, 9,56; Pintín, 11,27; Sarria, 12,50/14,45; Barbadelo, 16,04/16,26; Ferreiros, 18,25)
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Ferreiros - Palas de Rei
20-1-2000
25a etapa
33 km.
Durante la noche me despierto varias veces, medio sudando y con molestias.
Antes de abandonar el refugio tomo nota de una página web sobre el Camino que alguien ha apuntado en el tablón de anuncios de la entrada.
Salimos con bastante calma y enseguida nos encontramos con que la helada nuestra de cada día ha dispuesto una hermosa alfombra de hielo en la primera cuesta abajo.
Hoy también parece que va a hacer buen tiempo y el paisaje se presenta similar al de los días pasados, así que muy bien.
En el descenso a Portomarín Frank vuelve a pasarlo mal con sus rodillas. Me quedo con ganas de ver, aunque sea a distancia, el lugar donde estaba el monasterio de Loio.
Cruzando el puente de Portomarín nos acordamos del mallorquín y nos lo imaginamos agarrado a la barandilla, sacudido por el viento. Tratándose de un lugar así, encima de un embalse, debió pasarlo mal.
Subimos hasta la iglesia que desmontaron piedra a piedra en su lugar original para reconstruirla donde está ahora y salvarla de quedar bajo las aguas. Está abierta y no hay nadie. Nos quedamos un rato allí, en silencio, hasta que suenan las campanadas de las 12.
Tras volver a cruzar el embalse por una pasarela, retomar el camino y cruzar un bosque, continuamos por un andadero que va paralelo a la carretera.
Nos alcanza un peregrino de Teruel que va en bicicleta. Majo hombre. Frank le pregunta si tiene noticias de las alemanas y dice que, estando en Villafranca del Bierzo, llamó por teléfono al refugio una alemana bastante preocupada preguntando por otra alemana.
Así que Karina se ha escapado. Puede que sea porque ha vuelto con ella la asistenta con la que empezó el Camino y que se fue de vacaciones a Alemania porque no aguantaba a Karina. Por eso vino Veronika, con la que parecía llevarse muy bien.
Hoy tenemos bastantes tramos de asfalto y algunos andaderos.
En Castromaior, unas mujeres están haciendo la matanza y tienen sobre una mesa un montón de trozos grandes de carne. Para hacer más llevadera la faena tienen puesta a todo volumen la radio: esquelas.
Tras pasar junto al refugio de Hospital de la Cruz el problema de falta de señalización que menciona la guía ha sido subsanado, seguramente de cara al pasado verano. Para evitar el peligro de una carretera que hay que cruzar cerca de una curva, ahora hay que desviarse unos metros a la derecha para cruzarla por un paso elevado.
No vemos el crucero de Lameiros: decepción. Pero es que tampoco vemos el cementerio de peregrinos que, al parecer, hay en Ligonde.
Al menos, en Eirexe nos acercamos a ver su iglesia románica.
Antes de llegar a dicho pueblo, hemos visto algo adelante a las dos gallegas que pasaron por Triacastela cuando estábamos allí. Iban sin mochila. Al pasar cerca del refugio, vemos que están dentro y deducimos que se van a quedar allí.
Llevamos ya unos cuantos kilómetros de asfalto y todavía quedan más. Pasan bastantes tractores con remolques con no sabemos qué (¿tal vez estiércol?). Alguno pasa varias veces, como uno conducido por una chica que, en una de las ocasiones, pasa a bastante velocidad muy cerca de Frank.
Y a Frank no le hace mucha gracia, claro.
Aparte de eso, hay poco tráfico en esa carretera.
Desde Avenostre, vamos un rato junto a la carretera hasta que un andadero se aparta de ella y llega hasta Palas de Rei.
Cerca ya del pueblo me encuentro con un hombre que vivió 41 años en Sestao (Vizcaya).
Empieza a describir lo que era ese mismo lugar en el que estamos durante el verano. Gente y más gente, en sucesivas oleadas sin solución de continuidad: la turba en su más genuina expresión. El refugio, lleno; el campo de fútbol, lleno de tiendas de campaña; el polideportivo, lleno; la gente del pueblo, algunos, acogiendo en sus casas a peregrinos que no encontraban sitio en otro lugar... (él mismo tuvo a algún peregrino en su casa). Y las ambulancias que pasaban cada dos por tres llevando a peregrinos averiados o desfallecidos al cercano centro de salud. Apocalíptico.
Eso sí, dice que en verano aquello está muy bonito, hay flores... y señala al muro que va paralelo al andadero, ahora bastante apagado.
En el refugio, me fijo en el libro de registro y veo 4 nombres bajo la fecha de hoy. Entre ellos, los de los brasileños. Como en la habitación sólo está Frank, llegamos a la conclusión de que han salido todos esta mañana.
Pues no. Los brasileños han llegado, han firmado y se han ido a un hostal (se los encuentra Frank cuando sale a cenar). Los otros dos que figuran allí son un matrimonio argentino que han salido un momento y vuelven pronto.
La ducha es una prueba para desarrollar la imaginación y la paciencia. Es de pulsador único (de agua caliente, a temperatura bastante adecuada), pero hay que estar apretándolo continuamente para que salga agua; en cuanto dejas de apretar, automáticamente deja de salir.
Por la ventana de los aseos veo que vienen más peregrinos: ¡son las dos gallegas! Vaya, vaya. Parecían tener menos aguante y aquí están, a pesar de que el otro día parecían ir mal.
Y, por lo que dicen, siguen bastante tocadas, pero continúan al pie del cañón.
Salgo a comprar algo para la cena. Hace frío y sopla bastante viento.
En una tienda, la tendera, una chica jovencilla, está medio acurrucada tras el mostrador y no la veo al entrar. Dice que coja yo mismo lo que quiera, que allí tengo bolsas. Lo dice con el típico acento que se suele poner a los gallegos cuando se les imita, sólo que esto es de verdad. Me hace gracia.
De vuelta al refugio, llega la hospitalera, saluda un momento, pregunta que a qué hora pensamos salir mañana, porque tienen una reunión allí (no hay problema, saldremos antes), recoge el libro y el sello y se va.
Me pongo a cenar junto al matrimonio argentino. Son majos. Hacen etapas medianas.
Les comento detalles como los que nos dio el peregrino de Villafranca sobre el Hostal de los Reyes Católicos y otros y me piden la "virome" para apuntarlos. Así me entero de que el bolígrafo lo inventó un tal Viró (o como se escriba), de Europa del Este, y de ahí ha quedado lo de virome, que usan por allí.
Él habla alargando la vocal de la antepenúltima sílaba en las palabras llanas. Por ejemplo: "Estuvimos prepaaarando la etapa...". Me quedo con la duda de si es típico de su región o es cosa suya.
Éste es uno de los refugios que tienen estropeada la cocina.
Como ya va siendo hora de concretar lo del viaje de vuelta, llamo a RENFE y me confirman el horario que me dio la de Sarria: sólo un tren, a las 9 de la mañana. Lo mismo pasa con el autobús: sólo uno y también a las 9.
Eso supondría hacer noche en el seminario menor de Santiago (qué miedo), salvo que fuéramos a otro sitio.
En Iberia las noticias son mejores. Hay un vuelo a Bilbao a la tarde (el horario no coincide con el que me dio la de Sarria) y confirman que se mantiene lo de la tarifa especial para peregrinos, aunque el Xacobeo haya finalizado.
A Frank le ocurre lo mismo: la mejor solución es el avión. Sale algo más caro, pero no mucho más, gracias al descuento, y es mucho más rápido. Él está decidido y reserva su billete por teléfono.
La cuestión va a ser dormir el sábado en el Monte do Gozo, llegar por la mañana a Santiago y volver a nuestros puntos de origen el mismo domingo por la tarde.
En la cena, los brasileños le han dicho que ayer fueron de Triacastela a Portomarín, 40 km. (salieron a las 9,30 y llegaron a las 19,30, de noche). No nos salen las cuentas, sobre todo porque Joao sigue medio lesionado, pero tampoco tenemos motivos para dudar de ellos.
El que ya no sabemos por dónde para es James.
(Ferreiros, 9,50; Portomarín, iglesia, 11,52/12,07; Gonzar, refugio, 13,59; Ventas de Narón, 15,05/15,33; Eirexe, 16,22; Palas de Rei, 18,00)
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Palas de Rei - Arzúa
21-1-2000
26a etapa
28.5 km.
Tardo en dormirme y no paso muy buena noche.
Preparo pronto la mochila y estoy un rato hablando con las gallegas. Resulta que así, descansadas y sin bártulos encima, son bastante más guapas de lo que nos parecieron en Triacastela. Son majas.
No quiero marcharme de Galicia sin probar el pulpo y la empanada. Me recomiendan una pulpería en Melide, Ezequiel. Ellas también pasarán por allí cuando lleguen.
Comiendo una naranja me acuerdo (como muchos otros días desde que lo conocimos) de Román, el de Buenos Aires, y su consejo acerca de la conveniencia de tomar cítricos.
Otra cosa que he venido haciendo todos los días es cantar el "Canto de Ultreia", una de las muchas canciones que crearon los peregrinos medievales y que es la que más fama ha obtenido. Aprendí la música gracias a un disco en el que la encontré. No localicé la letra de las estrofas, pero la del estribillo aparece en muchos sitios.
Hay que ver el ambiente que da una cosa tan simple.
Nos despedimos de los argentinos y las gallegas.
Pronto vemos a cierta distancia a Dinael y Joao, que han debido salir poco antes.
No quiero adelantarles porque prefiero ir solo, siguiendo el consejo del hospitalero de Nájera, el cual decía que hay que sentir el Camino y que lo mejor es ir cada cual a lo suyo, aunque sea a poca distancia unos de otros y luego se coincida en los refugios y en las paradas intermedias, en vez de ir de cháchara.
Frank les alcanza y continúa con ellos. No es que vayan lentos, pero parece que Joao no se ha recuperado de la lesión que se hizo el día de Triacastela. Tiene una forma de andar que recuerda a la de un visitante de un museo (es una expresión sin mucha conexión con la realidad, que se me ocurrió un día viéndole caminar).
Un día más, y ya van bastantes, tenemos buen tiempo y un paisaje que es una maravilla. Una vez pasan los efectos de la habitual helada todo se presta para disfrutar del recorrido.
En las etapas anteriores por territorio gallego ya hemos visto lugares muy bonitos, pero la etapa de hoy parece diseñada para superar todo lo anterior.
En Casanova, una mujer sale a la puerta de su casa y me dice que si quiero comprar queso. Le compro un trozo. Dice que en verano ha vendido bastante a los peregrinos que pasaban.
En Leboreiro, me sorprende ver a las mujeres con unos panes enormes, redondos, bajo el brazo. Serán para toda la semana.
Veo también el cabeceiro que hay allí: una especie de gran cesto que tiene la misma función que los muchos hórreos que hay por la zona.
Me reúno con Frank en un área de descanso, poco antes de Melide, donde ha parado con los brasileños y, al verme llegar, me ha esperado. Le digo que pararé en Melide para comer pulpo y se apunta a la maniobra.
Estamos a punto de pasar de largo, pero en el último momento nos damos cuenta de que estamos junto a la pulpería recomendada por las gallegas.
El interior es de lo más auténtico. La jefa es bastante extrovertida. Un chico que está atendiendo a las mesas, muy majo, nos dice que el cruceiro que está casi enfrente de la pulpería, junto a una iglesia, está considerado como el más antiguo de Galicia. No lo tenía en mis apuntes, aunque luego compruebo que sí lo pone en la guía Consumer.
Está troceando unos panes grandes, con forma de rosco.
Yo pido media ración, porque la única vez que comí pulpo anteriormente no me hizo mucha gracia. La mujer dice que me pone algo más de media ración. El caso es que está muy bueno (se come con palillos, en platos de madera) y el pan también.
Frank, que además está tomando vino, dice que le parece un vino muy bueno, le pregunta al chico que de dónde lo traen y le contesta que lo compran en las aldeas de la zona.
Empieza a entrar más y más gente y llegan también las gallegas. Dicen que son de un pueblo que está a 8 km. de allí y que no conocían esa zona, que también les ha gustado mucho. Empezaron en Piedrafita con intención de llegar a Santiago en una semana, pero no van a poder, porque el cansancio y la gripe no les han permitido hacer las etapas previstas y hoy tienen que dejarlo por no tener más días disponibles. Pues es una pena.
Empezaron con mucho peso y tuvieron que dejar parte de lo que llevaban en uno de los refugios.
Entra en la pulpería la madre de una de ellas y les paga la consumición.
Dicen que al periódico "El Progreso" lo llaman "El Retroceso", porque es como la hoja parroquial.
Nos volvemos a despedir de las mozas, pagamos (600 ptas. lo mío y 900 lo de Frank, por ser ración entera la suya y tomar vino) y nos acercamos a ver el cruceiro, que está junto a una palmera.
Las flechas no pasan (al menos las que vemos) por la rúa San Antonio, en contra de lo que dice la guía. Nos damos cuenta cuando vemos que estamos saliendo del pueblo. Así que no vemos el convento y el hospital de peregrinos que debe haber allí.
No me ha hecho ninguna gracia la jugada, como tampoco ayer el hecho de no ver el cruceiro de Lameiros y el cementerio de peregrinos de Ligonde, y me propongo ver como sea, por fuera y por dentro, una iglesia románica que debe estar cerca y que tiene pinturas en su interior.
Como quiero verla ya, leo a la ligera los apuntes e identifico un cementerio cercano con el que la guía sitúa junto a la iglesia en cuestión. Así que ya está: la iglesia que está junto a ese cementerio es la de las pinturas.
Está cerrada. Le digo a Frank que me quedo, que voy a buscar a quien tenga las llaves. Pregunto y me dicen cuál es la casa del que tiene la llave: está cerrada y no contesta nadie. Pues ya es mala racha.
En esto, "aterrizo" y me doy cuenta de que la iglesia por cuya llave estoy preguntando no es ni románica ni nada que se le parezca. Releo los apuntes y caigo en la cuenta de que está más adelante. Pues menos mal que no he encontrado al de la llave.
Efectivamente, unos minutos más tarde llego a la que, sin género de dudas, es la iglesia que quiero ver.
Se repite la historia: está cerrada, pregunto y me dicen cuál es la casa en la que tienen la llave, voy allí y me encuentro a un matrimonio mayor. Me dicen que espere unos minutos, porque están esperando una llamada telefónica.
Aprovecho para ir escribiendo el resumen de la etapa hasta ese momento.
Llega un autobús y descarga a unos cuantos escolares. Se ve que los gallegos tienen costumbre de despedirse con un "Chao" (igual que el "ciao" de los italianos).
Suena el teléfono en el interior de la casa y poco después sale el hombre y le sigo a la iglesia.
La espera ha valido la pena. Si todas las iglesias románicas son una maravilla, ésta tiene, además, unas pinturas del s. XV y una verja (en lo que parece la sacristía) de hierro del XII, sin soldaduras ni nada, claro.
El hombre me señala una de las piedras, algo desgastada, en la que parece ser que la gente afilaba las herramientas durante una época en que aquello estuvo abandonado.
Le agradezco el favor de abrirme y enseñarme la iglesia y pongo rumbo a Arzúa.
Los bosques de eucaliptos, por los que antes no tenía mucha simpatía al no ser un árbol autóctono y por el destrozo que hace en la tierra, a fuerza de verlos me están gustando y ya los asociaré al Camino.
Hago una fotografía en el enésimo rincón bonito, con arroyo, puentecito, etc.
Llego a Ribadiso da Baixo. El refugio está abierto y entro a verlo. No hay nadie. Ando bien de tiempo y hace muy buena temperatura.
El cuarto de hora que paso allí es lo más parecido a la felicidad. Aquello es bucólico, idílico, paradisíaco. Está dividido en varios edificios y voy mirando qué hay en cada uno. Todo me gusta.
Como decía el mallorquín, las duchas están un poco alejadas y si hace frío debe hacer falta algo más que valor para ducharse, pero en esas circunstancias de atardecer placentero todo parece estar bien y en su sitio.
Las fotografías alusivas al Camino, del mismo tipo que otras que hemos visto en otros refugios, me gustan mucho. Es que el estado de ánimo tiene mucho que ver.
En verano ese lugar tiene que ser el no-va-más, con el río al lado... Ahora bien, será poco menos que imposible que haya tanta paz como hay ahora.
Cumplo el trámite de llegar a Arzúa. Parece un pueblo relativamente importante.
Llegando al refugio, me cruzo con los brasileños, que salen del mismo en ese momento. Dicen que está muy bien y así es. Tiene calefacción por el sistema de suelo radiante.
Hay un grupo de jóvenes a la entrada tomando nota en el libro de registro de los datos de los peregrinos que llegan.
Hay, además de los conocidos, otro peregrino: Miguel, de Cáceres. Empezó unos días antes en Portomarín (sabe que no podrá obtener la compostela, pero no tenía más días libres para haber empezado más lejos).
Después de la pulpería de la mañana, encuentro también raciones de empanada en una panadería-pastelería (300 ptas. una cuarta parte) y me la llevo al refugio.
Ya es de noche y hace frío.
Me dispongo a cenar y me doy cuenta de que una lata de sardinas que he comprado no tiene "abrefácil". Me peleo con ella un rato y consigo abrirla lo suficiente con los accesorios de una navaja.
Mientras ceno, aparece por allí una mujer enseñando a otras dos las instalaciones del refugio. Pues bueno.
Me acuesto con la preocupación, compartida por Frank, de si mañana acertaremos a llegar al aeropuerto de camino hacia el Monte do Gozo, sin perdernos y sin perder mucho tiempo. Según Dinael, no queda muy lejos del Camino.
(Palas de Rei, 9,25; Leboreiro, 11,33; Melide, pulpería, 12,51/13,50; iglesia de Sta. Mª de Melide, 14,10/14,42; Ribadiso da Baixo, refugio, 16,53/17,10; Arzúa, 17,49)
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Arzúa - Monte do Gozo
22-1-2000
27a etapa
34.5 km.
Esta mañana hace menos frío que otros días.
El monumento a un peregrino extranjero muerto en el 93, poco después de Salceda, hace impresión, sobre todo por la botas que se han utilizado como motivo del mismo.
Ese monumento ya lo cita la guía. En cambio, no menciona el de un peregrino español, fallecido el mismo año, que se encuentra al final de la subida junto a la que está el primer monumento. Y tampoco el segundo tiene tantas piedras (no tiene casi ninguna) como las que han ido dejando otros peregrinos en el primero. Igual es que el segundo lo han puesto hace poco, pero parece raro.
En el alto de Santa Irene, según los apuntes que tengo habría que seguir por asfalto, pero los coches van bastante rápidos y no es plan. No veo señales. A la izquierda sigue una pista y me aventuro por ella.
Llego a Santa Irene sin mayor novedad.
Había quedado con Frank en reunirnos por allí, para tratar de buscar juntos el aeropuerto cuando nos acercáramos al mismo, pero no está. No importa.
Unos cuantos bosques de eucaliptos después y tras haber dejado atrás el último de los mojones kilométricos del Camino, empiezan a oírse aviones y yo empiezo a ponerme nervioso.
Me reencuentro con Frank, que está más alterado aún. Es que ha intentado preguntar a alguien de un pequeño pueblo que hay por allí, pero una mujer hacia la que se dirigía se ha metido en casa antes de llegar él. Ha dado unas cuantas vueltas más y no sabe por dónde seguir buscando.
Propongo seguir por la carretera por la que veníamos, dejando de lado el desvío que señala una flecha amarilla.
Llegamos a una curva y no vemos nada. Frank empieza a desanimarse. Ya que estamos allí, decido seguir un poco más, a ver si se ve algo.
Tenemos suerte y aparece una señal que indica la dirección del aeropuerto.
La suerte continúa, porque aquello está relativamente cerca. Según nos vamos acercando vemos flechas amarillas en el suelo que parecen venir del aeropuerto. Frank dice que serán para los peregrinos que vienen de allí o que, como nosotros, se acercan a sacar el billete. No me convence mucho la explicación.
En el aeropuerto no hay mucha gente. El empleado que nos atiende en las taquillas no es nada amable y parece de mal genio. Afortunadamente, se pone otro más a vender billetes y le prepara el suyo a Frank, que lo reservó por teléfono desde Palas de Rei, a pesar de que aún no tiene la compostela (en principio, es el principal requisito para acceder al descuento de Iberia). El empleado hace una fotocopia de su credencial y ya está.
Animado por semejante éxito, pido otro para mí y también me lo da, con el mismo procedimiento de fotocopiar la compostela. Santiago-Bilbao por 9.940 ptas. Algo más del 50% de descuento.
Me quedo extrañado de la suerte que hemos tenido, no parece normal que nos haya salido todo tan bien.
Preguntamos por los horarios de autobuses desde Santiago: los tienen en un papel plastificado, encima de la mesa de un conserje (o algo así), y hay que copiarlos a mano. El hombre aprovecha para comentarnos la cantidad de gente que pasó por allí en verano y el enorme gentío que se congregó en la catedral de Santiago en nochevieja, con motivo del cierre de la Puerta Santa.
Por algún periódico nos habíamos enterado del escándalo que se montó aquel día cuando, tras entrar en la catedral las autoridades y el obispo, se clausuró dicha puerta sin esperar a que llegara la medianoche. El argumento fue el de que "después del obispo ya no entra nadie por aquí", y los peregrinos que llegaron con posterioridad a ese momento y no pudieron entrar por allí armaron jaleo durante la celebración.
Resulta que Frank tenía razón: las flechas amarillas que hemos visto viniendo son para guiar a los peregrinos hasta el camino que hemos dejado antes. Así que lo retomamos sin necesidad de volver al punto donde lo habíamos dejado.
Justo cuando llegamos a él aparecen por allí Dinael y Joao. Cada vez sintonizamos más con ellos y ya es evidente que llegaremos juntos a Santiago. Les contamos lo bien que nos ha ido todo. Ellos, después de llegar a Santiago, irán en autobús a Finisterre y harán algo de turismo por Portugal.
Vamos un rato los cuatro juntos y volvemos a desperdigarnos. Frank por delante, los brasileños en medio y yo por detrás.
Después de lo del aeropuerto, vuelvo a pensar en cosas que me esperan a la vuelta del Camino y que me están distrayendo últimamente.
Por si fuera poco, me llevo una desagradable sorpresa: he perdido la concha que llevaba desde el principio. La tenía sujeta en el exterior de la mochila y no me fijé ayer si seguía allí. El disgusto es grande.
A ver si consigo otra esta tarde o mañana. Quién sabe.
Sin pretenderlo, alcanzo a los brasileños y ya seguimos juntos hasta el final. Fieles al tópico, no parecen alterarse gran cosa por nada. Por lo visto, son empresarios en su país.
En el Monte do Gozo, pasamos las casas y el feo monumento que recuerda la visita del Papa y empezamos a bajar. Yo no veo por ninguna parte los pabellones que dicen que hay allí. Dinael va tan tranquilo. Le pregunto si vamos bien (no se ven señales) y dice que sí. Pronto aparece el complejo de pabellones. Más bien parecen nichos de cementerio, sobre todo a distancia.
Localizamos el número 12, que es el que hace de albergue de peregrinos en estas fechas. No hay nadie, pero está abierto.
Nos tumbamos en las literas. Aunque aún no hemos llegado a Santiago, tenemos la sensación de que aquello se acaba.
Llega Manuel, el hospitalero, chico activo, de buen humor. Nos abre otra habitación (en cada una hay 8 literas) para que tengamos más espacio.
Al comentarle lo que hemos oído sobre el seminario menor de Santiago contesta que el albergue oficial de Santiago es éste en el que nos encontramos.
En el Monte do Gozo hay, además, una residencia de estudiantes (con muchos portugueses, sobre todo chicas) y un hotel. Dice Manuel que entre semana aquello se suele empezar a animar a la noche.
En la habitación, con Frank y los brasileños, nos da por reírnos y pasamos un buen rato.
Llega otro peregrino: Emilio, de Badajoz. Se ve que es hombre enérgico (es que es militar). Está haciendo el Camino en bicicleta. Tiene varias conchas de sobra y me da una. Pues ya estoy contento, aunque habría preferido no perder la que tenía desde el inicio.
Emilio coincidió con Sybille, la alemana a la que conocí en Ponferrada. La susodicha, que venía de vuelta de Santiago, va ahora a Roma y de Roma irá a Jerusalem.
Sin comentarios.
Salgo a dar una vuelta, pero hace bastante frío y viento y no tardo en volver al refugio.
Como ayer, empiezo a pelearme con otra lata de sardinas sin abrefácil, hasta que Miguel, el cacereño, me deja su navaja de la "mili" y con uno de sus accesorios la abro enseguida.
(Arzúa, 8,41; Santa Irene, refugio de la Xunta, 11,58; Cimadevilla, 13,09; aeropuerto, 14,15; Monte do Gozo, 16,41)
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Monte do Gozo - Santiago de Compostela
23-1-2000
28a etapa
4.5 km.
Yo no me he enterado, pero parece ser que ha andado gente por el refugio a la noche. Dicen que han oído voces de chicas.
Sea quien sea, a Frank le han comido parte de lo que había dejado preparado para desayunar.
Los brasileños salen antes, como casi siempre, y quedamos con ellos en un bar a la entrada de Santiago que conoce Dinael de la otra vez que hizo el Camino: "... y el bar fica ben acá".
Voy con Frank y Miguel en plan tranquilo.
No encontramos a los brasileños donde nos habían dicho porque ese bar está cerrado. Tampoco los vemos en otros bares de la zona, así que continuamos.
Da la impresión de que hay algo más que los 4,5 km. que indica la guía entre el Monte do Gozo y Santiago, al menos por donde nos llevan las señales. Tal vez modificaron algo el recorrido de cara al pasado verano.
Ya en la parte vieja de la ciudad nos cruzamos con Emilio, el de Badajoz, que vuelve al albergue con la compostela, a ver si encuentra cartones para embalar la bicicleta y enviarla por tren.
No sabemos cómo vamos a reaccionar al llegar a la catedral. Hay quien se queda indiferente.
Las dudas se despejan en cuanto nos aproximamos a la Plaza de Quintana y vemos la fachada de ese lado de la catedral: impresionante. Nos quedamos algo atontados.
Desde un bar cercano suena una música muy agradable, como de la Nueva Era, y nos sentimos muy bien.
Cuando llegamos a la Plaza de las Platerías vemos a los brasileños, que acaban de tramitar la compostela y ya la han plastificado. Nosotros ya lo haremos después de ver la catedral desde la Plaza del Obradoiro.
Cumplimos con el ritual de las fotografías y entono para mis adentros por última vez el Canto de Ultreia.
Ha sido un buen invento esto de llegar por la mañana, porque no hay casi nadie en la Plaza del Obradoiro.
Como están en misa (es domingo), la puerta principal está cerrada y hay que entrar por una de las laterales para contemplar el Pórtico de la Gloria.
El guía de un grupo de mexicanos me llama y me informa de la posibilidad de obtener la compostela, de que con ella se puede entrar gratis en varios museos y de que se puede comer gratis en el Hostal de los Reyes Católicos, además de poder obtener descuentos en diversos medios de transporte.
El hombre es muy majo y le agradezco la información, aunque le digo que ya sabía todo eso. Dice que seré uno de los pocos que lo sabe antes de llegar allí.
En realidad, antes de empezar sólo sabía lo de la compostela y que con ella se pueden visitar gratis varios museos (lo del Hostal de los Reyes Católicos no acababa de creérmelo).
Pero me deja sorprendido cuando añade que hoy sacarán el botafumeiro. Como eso sí que no lo sabía y me haría mucha ilusión prefiero no creérmelo del todo hasta verlo.
Voy con Frank a por la compostela y nos acompaña Miguel. Es una pena que por unos pocos kilómetros no pueda volver a casa con ella, aunque tampoco es que eso sea lo principal a la hora de hacer el Camino.
Se repite el tema de los excesos de este verano. En esa oficina han tenido mucho trabajo y han tenido que indagar en ocasiones para averiguar si toda la gente que asomaba por allí había hecho realmente los 100 km. preceptivos (o más) a pie (o los correspondientes para los ciclistas) y no en coche, por ejemplo.
El pasado año tramitaron unas 155.000 compostelas, lo que viene a ser unas 6 ó 7 veces más que el número de peregrinos que pasaron por refugios de Navarra o La Rioja. Se ve que la mayoría empiezan a caminar en la misma Galicia o desde Ponferrada o León.
Tras comprar unas postales y recuerdos acompaño al cuarteto a una cafetería.
Volvemos a la catedral justo a tiempo para el inicio de la misa de 12, la Misa del Peregrino. Nada más empezar, el cura lee la relación de peregrinos que han llegado desde la víspera y que han pasado por la Oficina del Peregrino antes de las 11 de la mañana. Dice el lugar en el que se ha iniciado la peregrinación, el modo en que se ha realizado y el lugar de residencia del peregrino, empezando por los que han empezado más lejos.
Aparte de los que hemos coincidido estas semanas o días, hay bastantes más que han llegado hoy o ayer por la tarde y de los que no teníamos noticia. El grupo de mexicanos cuyo guía me ha dado las explicaciones figura también entre los peregrinos citados (aunque hayan venido en avión).
En el sermón, el cura hace bastantes referencias al Camino, lo que se agradece, y dice que "ultreia" significa "más lejos" y "sus eia" (o "esuseia" o como sea) quiere decir "y más arriba". Eran gritos de ánimo entre los peregrinos.
Cuando la misa parece que se acaba sin botafumeiro, allí aparecen los canónigos con él a cuestas. La gente se acerca al crucero, para verlo mejor.
El cura recuerda que se saca "en honor a los peregrinos" y explica las razones (desodorantes) de su utilización original.
Yo lo había visto en televisión, pero no es lo mismo, ni mucho menos.
Termina la misa y, casi de inmediato, empieza otra. Estamos recogiendo las mochilas cuando llega... ¡¡¡José Antonio!!!
Se ha pegado una buena paliza estos últimos días y allí está. Increíble. Está eufórico.
Me había fijado en un chico que andaba de aquí para allá, como buscando a alguien: se trata de su hermano, Agustín, que esperaba encontrarlo entre nosotros cuando hemos entrado.
Estoy terminando de asimilar el hecho de que José Antonio esté allí cuando me vuelve a descolocar:
- ¿Perdiste tu concha?
Y va y me la da.
La encontró en Ferreiros, el refugio desde el que le llamé a mediados de semana. A partir de allí, no durmió en ningún otro refugio de los que habíamos utilizado nosotros. La reconoció gracias a las etapas en las que habíamos coincidido.
Sin palabras.
El bueno de Agustín se queda vigilando las mochilas mientras vamos a dar el abrazo al Apóstol. Luego vemos su tumba y damos toda la vuelta a la catedral, deteniéndonos una vez más en el Pórtico de la Gloria y repitiendo los gestos y ritos que han hecho miles de peregrinos antes y harán otros muchos después.
También me acuerdo de los que me encargaron que diera recuerdos de su parte al Santo.
Unas cuantas fotos más y vamos en procesión a Casa Manolo, cerca de la Plaza de Cervantes. Nos recomendó ese lugar el peregrino de Villafranca del Bierzo.
Tal y como nos dijo, el menú (con unos 12 platos a elegir tanto para el primero como para el segundo plato; más el postre) cuesta 750 ptas., sin incluir bebidas que no sean agua.
Tenemos que esperar un rato, porque está lleno.
Dinael recuerda que ya estuvo allí la otra vez que hizo el Camino.
Me temo que damos las mismas voces y repetimos los mismos comentarios y chistes que ya habrán oído por estos lares a multitud de peregrinos satisfechos por haber llegado.
Según José Antonio, en estos últimos días él sí que ha tenido problemas con los perros, al menos dos veces.
De Casa Manolo vamos a otro local, invitados por Frank, que mañana cumple 25 años.
Y, al salir de allí, empiezan las despedidas. Primero son los brasileños. No sé cuándo volveremos a vernos, pero que les vaya bien.
Como Agustín ha traído la furgoneta del hotel familiar que tienen en la provincia de Cádiz, los dos hermanos nos llevan a la estación de autobuses, donde dejamos a Miguel, y al aeropuerto, donde nos despedimos de ellos Frank y yo.
Un operario nos comenta la posibilidad de plastificar las mochilas para evitar que se enganchen las correas en algún sitio mientras las manipulan (cuesta 500 ptas.). Como tenemos tiempo, recogemos las correas antes de facturarlas y ya está.
La mochila pesa 11 kg. Pongo además un momento una bolsa con cosas más o menos frágiles que llevaré en la mano y el peso aumenta hasta los 13 kg. Mucho me temo que he llevado unos cuantos kilos de más durante este mes. Pero he utilizado prácticamente todo lo que metí en la mochila.
Como consuelo, la mochila de José Antonio (y también la de Frank) pesaba aún más.
El vuelo de Frank sale antes (va a Madrid y de allí continuará en tren) y nos despedimos.
Hago tiempo escribiendo unas postales, que echo allí mismo al buzón, y en un avión de hélices, que parece de juguete, inicio el regreso a casa.
(Monte do Gozo, 9,10; Catedral, pza. Platerías, 10,25)
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Epílogo
Año 2000
[Posteriormente, he vuelto a pasar por Torres del Río. Fui, principalmente, a que me pusieran algún sello en un hueco que dejé para ello en la credencial. En el bar me dijeron que es más bonito el que ponen en la iglesia octogonal. Pues mejor, porque así podría verla con más calma que en nochevieja (el caso es que en aquella ocasión ni vi que allí hubiera sello ni me lo comentó la que me abrió). Lo de tener la llave de la iglesia y enseñarla a los visitantes funciona por turnos y esta vez le tocaba a una vecina con la que no tuve ocasión de tratar entonces.
Al decirle que junto al sello me pusiera la fecha de nochevieja le expliqué lo que me ocurrió. Me dijo que "ella no es así", refiriéndose a la milanesa, en el sentido de que, en el trato al menos, habría visto una actitud diferente a la dispensada por el madrileño.
También trató de explicar o justificar el que no me abrieran al tratarse de un único peregrino ("abrir el refugio por uno solo..."). Y me dijo que en el pueblo hay dos actitudes respecto a esa pareja: la de los que les ponen pegas por cualquier motivo (como a la hora de habilitar el refugio o hacer arreglos en el mismo), y en la que se integran los del Ayuntamiento y, obviamente, las que me hablaron de ellos en tono crítico; y la de los que, como esta mujer, les defienden.
De todas formas, lo que parece claro es que a esta mujer en concreto lo que realmente le preocupa no es si abren o no el refugio a los peregrinos sino el hecho de que no vaya gente a vivir a Torres del Río, a diferencia de lo que ocurre en otros pueblos del entorno. Se quejaba (repite el argumento varias veces) de que el pueblo no tiene mucho futuro si no se revitaliza y, en ese sentido, veía positiva la existencia del refugio como forma de que pase y pare gente.
Pues para eso que lo abran todo el año (tal y como anuncian en los carteles que han puesto en diversos refugios) o, ya que es privado y lo tienen como negocio, que lo hagan sólo en la "temporada alta" y así lo adviertan. Y que sean más amables.]
De Frank tuve noticias por carta (intercambiamos algunas fotografías) y, más recientemente, por teléfono. Le han quedado secuelas físicas, por caminar tantos días estando lesionado. Va a intentar arreglarlo con acupuntura. Si no resulta, tendrá que pasar por el quirófano.
Mantiene algún contacto con Dinael.
Estuvo con Karina, la alemana, en el centro de rehabilitación que tiene el organismo que se ocupa de ella en Girona. Dice que le pareció curioso el tipo de vida que llevan allí. Posteriormente, Karina volvió a escaparse con menos de 1.000 ptas. en el bolsillo.
A Héctor (fue con nosotros desde León hasta Astorga) le he visto hace unas semanas y está bien.
Ni de Carlos ni de José Antonio he vuelto a tener noticias.
No sé si volveré a hacer el Camino, porque lo veía como algo que se hace una vez en la vida (aunque nunca se sabe), pero me ha quedado un buen recuerdo de esta experiencia.
Un abrazo a todos los peregrinos y hospitaleros. Ultreia.
Javier
javierserrano@euskalnet.net
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Primera parte
Segunda parte
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(Saint Jean Pied-de-Port - León) 122 kb.
(León - Santiago de Compostela) 115 kb.
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