El Camino de Santiago en invierno
Prólogo
Septiembre-diciembre 1999
Tenía intención de hacer el Camino desde hace mucho, pero se estaba convirtiendo en una de tantas cosas que están en proyecto y pasa el tiempo y no se hacen.
El pasado año empecé a tomármelo en serio, pero era mal momento por ser Año Xacobeo (multitudes) y tampoco me hacía gracia hacerlo en verano porque no aguanto bien el calor.
Al final, se dieron las circunstancias para poder hacerlo en invierno.
Aunque tuve suficiente tiempo como para hacer sin prisa los preparativos llegó la víspera de ir a casa (en un pueblo de Guipúzcoa) por Navidades y andaba con el tiempo justo para preparar las notas que iba a llevar como guía. Lo que hice fue resumir el contenido de la guía de El País-Aguilar (distancias, referencias, cosas para ver...) y preparar un folio por etapa. Aparte, llevé la guía Consumer con información sobre los albergues.
El invento me resultó de lo más útil, por poder consultar lo que necesitaba con más facilidad que si hubiera llevado la susodicha guía de El País-Aguilar.
La credencial me la dieron en la Asociación de Amigos del Camino de Vitoria, donde vivo.
Lo que no hice (craso error) fue entrenarme con la mochila a cuestas. Y tampoco terminé de concretar lo que iba a llevar y lo que no hasta la víspera de salir hacia el punto de partida. La mochila pesaba demasiado, las cosas no entraban...
Para la lluvia llevé un plástico grande (de un colchón) en forma de poncho.
Al final, llevé unos 12-13 kg. de peso.
26-12-1999
Decidí empezar en St. Jean Pied de Port a pesar de que un amigo (que lleva varios años haciendo el Camino desde Vitoria en verano) me dijo que le habían contado que esa etapa "es un engaño". No me aclaró si se lo dijeron en referencia al recorrido que pasa por Valcarlos o al que va por la montaña.
Para ir allí utilicé el tren. Primero hasta Irún desde mi pueblo y después desde Hendaya hasta St. Jean.
De Irún a Hendaya fui a pie (está cerca), más que nada para empezar a experimentar el peso de la mochila.
El servicio es diario y cuesta 78 francos. Hay que hacer transbordo en Bayona. Hasta allí se va en TGV (tren de alta velocidad, sale a las 14 h.) y desde Bayona en una especie de expreso pequeño (2 vagones) por un recorrido muy bonito (todo el País Vasco francés lo es).
Conviene llegar con tiempo para ver la ciudad (yo ya la conocía).
Tal y como dice la guía, Madame Debril parece un tanto harta de la cantidad de gente que, sin ser peregrinos, pasa por su albergue (lo que es el albergue propiamente dicho está cerrado en invierno) echándole cara para dormir gratis. Dice que los canónigos de Roncesvalles controlan incluso más que ella si la gente que pasa por allí son realmente peregrinos o no. Resulta bastante seria, pero correcta.
Me enseña fotografías de las montañas por las que pasaré mañana para que me sirvan de orientación si hace mal tiempo. Las fotos, en blanco y negro, son más o menos de cuando se hicieron los Pirineos. Le digo que hay carretera hasta cerca del collado de Bentartea. No se lo cree. Se lo repito, al tiempo que le muestro las notas tomadas de la guía, pero sigue sin convencerse.
Me insiste en que mañana vaya por Valcarlos porque en invierno es fácil que haya niebla en la montaña. Incluso me acompaña hasta la puerta y, señalando al cielo cubierto, me dice que me acordaré de ella y de su recomendación en caso de ir finalmente por la montaña.
Siguiendo las indicaciones de Mme. Debril, me dirijo al albergue (gite d'etape) de Mme. Etchegoin, cerca de la carretera que va a Valcarlos. El francés que aprendí en la escuela lo tengo casi olvidado, pero nos entendemos en euskera.
Cuesta 1.250 ptas. (no tiene mayor problema en cobrar en pesetas) y está bastante bien, aunque no tiene calefacción. Seguramente por el frío no se han quedado algunos (no peregrinos) que han venido después.
Según venía para aquí ha empezado a llover y sigue haciéndolo durante la noche.
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St. Jean Pied-de-Port - Roncesvalles
27-12-1999
1a etapa
25 km.
Anoche tardé mucho en dormirme, me he despertado bastantes veces durante la noche y espabilo antes de que suene el despertador. Deben ser los nervios de los comienzos.
Cuando salgo sigue lloviendo, así que estreno el sombrero impermeable y el plástico-poncho.
Decido ir por la montaña, tal y como tenía previsto, porque parece evidente que si abajo está tan cerrado arriba estará despejado.
Llueve durante la primera hora y luego escampa.
El paisaje es una maravilla (aunque ya lo he dicho antes... todo el País Vasco francés es muy bonito).
La subida es constante y, tal y como esperaba, la lluvia y las nubes van quedando abajo.
Lo que no imaginaba es lo que aparece después: el viento. Más que viento, un vendaval, exagerado. Dos horas irreales en las que un par de veces el viento me impide avanzar, otras tantas me hace retroceder y en incontables ocasiones me desplaza como un pelele del borde derecho de la carretera al centro de la misma o de ésta a la cuneta izquierda.
Se va por una carretera estrecha hasta las cercanías del collado de Bentartea, así que no es mucho el terreno en el que la niebla puede crear problemas (o, al menos, eso parece viéndolo en un día despejado).
Me cuesta tres intentos vencer la resistencia del viento y dejar la carretera para seguir el difuso camino. A partir de Bentartea el viento ya no molesta (sólo un momento, en el collado de Lepoeder, donde hace su aparición en el camino la nieve).
El viento me ha dejado bastante cansado y el descenso a Roncesvalles por el hayedo tiene bastante pendiente, así que hago una parada, hasta que empiezo a quedarme frío y sigo hasta el final de etapa.
No han abierto aún el refugio y me quedo esperando por allí, hasta que unas mujeres que pasan comentan entre ellas que mejor estaría (un servidor) en la iglesia, por el frío.
Pues allá voy. Dentro hace una temperatura muy buena y hay mucha tranquilidad, porque no hay casi nadie.
Me sella la credencial uno de los canónigos. El hombre comenta que este año aquello ha sido bastante caótico, hasta que fueron los del Ejército a instalar la base de acampada para peregrinos.
Antes de que me acompañe a la parte del refugio que tienen abierta en invierno llegan otros dos peregrinos. Son de Benicarló. Uno de ellos ya hizo el Camino desde Burgos y quería conocer esta zona (quieren hacer 3 etapas, hasta Pamplona). También han empezado en St. Jean Pied de Port. En el albergue al que fueron (al que les llevó el del taxi desde Roncesvalles) pretendían cobrarles 2.000 ptas. a cada uno, protestaron y se lo dejaron en 1.500 ptas. por cabeza.
El viento le ha perdido a uno de ellos el sombrero y al otro lo ha tirado una vez al suelo.
En la guía pone que en el refugio no hay calefacción, pero hay unas placas eléctricas que calientan lo suficiente. En cambio, en las duchas hace bastante frío.
Lavo algo de ropa y pronto me doy cuenta de que no voy a hacerlo muy a menudo, porque a ver cuándo se seca esto.
Llegan otros dos peregrinos, de Gandía. También en este caso uno de ellos ya conoce un tramo del Camino. Tienen intención de llegar a Estella, en principio para Nochevieja.
Se me ha pasado la hora y me pierdo la visita al museo (claustro, sepulcro de Sancho III, cadenas de la batalla de las Navas de Tolosa...). Lo vi una vez, pero ya hace bastantes años.
Vamos a la misa de las 20 h. y recibimos la bendición de peregrinos. Aparte de nosotros 5 sólo hay una mujer y un hombre (y los 3 canónigos).
A los de Benicarló les han dicho en el bar que el viento ha tirado árboles y ha obligado a cerrar aeropuertos (durante el día ha habido rachas de 160 km/h). El que ya hizo el Camino me habla de la posibilidad de ir desde Larrasoaña hasta Puente la Reina, porque hasta Pamplona es etapa corta.
El ambiente entre los 5 es muy bueno. Frank, uno de los de Gandía, dice varias veces: "Esto es un cachondeo".
No sabemos si mañana habrá viento, pero lo que sí parece que tendremos es nieve. De hecho, cuando hemos ido a la iglesia ya empezaba a cuajar.
(Saint Jean Pied de Port, 8,30; Honto, 9,38; cruce con la carretera a Arneguy, 11,45; collado de Bentartea, 12,37; collado de Lepoeder, 13,32; parada en el descenso, 13,45/14,02; Roncesvalles, 14,51)
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Roncesvalles - Larrasoaña
28-12-1999
2a etapa
27 km.
Anoche me costó mucho dormirme y me he despertado muchas veces.
Amanece nevado y nevando. Los de Benicarló son los primeros en salir.
Tardo bastante en preparar la mochila y salgo con Eddy y Frank (los de Gandía). Se definen como taoístas.
El paisaje, como es habitual cuando nieva, es muy bonito y vamos muy animados.
Frank, que en realidad ha venido a acompañar a Eddy (hasta Estella), a los 10 minutos de salir dice que va hasta Santiago. El hombre está todo entusiasmado. Habrá que ver si sigue con la misma idea después de unos días.
Les llama la atención unas instalaciones ganaderas junto a las que pasamos y estamos un rato allí, comentando con las vacas las últimas incidencias.
En Espinal, en cuyo bar encontramos a los de Benicarló, salgo un momento para comprar algo en la tienda del pueblo en un momento en que parece que no nieva. Pronto me arrepiento de haber dejado en el bar el sombrero y el poncho de plástico. Se pone a nevar fuerte, la tienda queda algo alejada y acabo como "Copito de Nieve".
En la panadería del pueblo venden pan hecho in situ, muy bueno.
La nieve se va alternando con la lluvia. En las zonas más bajas, donde no hay nieve, los caminos llevan bastante agua y no es plan, como nos sucede tras el cementerio de Viscarret: pasamos del camino, intransitable, a un pastizal y éste está inundado. Salimos como podemos.
Tras lo que la guía define como "trocha descarnada", después de Lintzoain, nos despistamos y estamos un rato dando vueltas por una zona bastante embarrada hasta que Eddy retrocede y encuentra el desvío que nos hemos saltado.
La subida a Erro, nevando, ofrece el ambiente evocador que promete la guía.
El descenso hacia Zubiri se hace algo peligroso, por el agua y el barro que campan a sus anchas y, además de haber logrado calar ya las botas, amenazan con provocar algún resbalón.
Eddy y Frank se quedan en Zubiri, donde dicen tener alguna cita, y continúo solo hacia Larrasoaña.
En las cercanías de una fábrica de piensos me salen al paso un par de perros grandes, pero bastante tranquilos. Al dejar atrás la fábrica veo un cartel (colocado para que lo vean los que van hacia la fábrica): "Cuidado con los perros".
En Larrasoaña encuentro a los de Benicarló, que ya se han duchado. El hospitalero y alcalde del pueblo, Santiago Zubiri, nos muestra su credencial de cuando hizo el Camino y comenta cosas del mismo con el de Benicarló que también lo hizo. Yo me he quedado más bien frío y no me entero de la fiesta.
El alcalde trae periódicos para ayudar a secar las botas por dentro.
Los castellonenses comentan al rato que han decidido dejarlo sin hacer la etapa hasta Pamplona porque tienen la ropa mojada y ya han visto prácticamente lo que querían, así que suben a Roncesvalles en La Montañesa para recoger el coche y salir por la mañana hacia su tierra. Cuando vuelven, cuentan que arriba hay mucha nieve, que han visto algún coche en la cuneta y que ellos han bajado muy despacio, con mucho cuidado.
Entretanto, he descubierto mi salvación en la pequeña cocina del albergue. Aprovechando el mismo quemador (cocina de gas) que he utilizado para preparar la cena voy secando la ropa con relativa rapidez y, de paso, recupero el ánimo.
Me entero de que el refugio de Pamplona está cerrado (ya lo ponía en la guía Consumer, pero no me había fijado) y, aunque está abierto el de Zizur Menor, decido (a falta de ver cómo amanece mañana) seguir la sugerencia del de Benicarló y juntar la etapa de Pamplona, que es corta, con la siguiente, hasta Puente la Reina.
(Roncesvalles, 9,46; Espinal, 10,13; Alto de Erro, 14,47; Zubiri, 15,35/15,45; Larrasoaña, 16,55)
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Larrasoaña - Puente la Reina
29-12-1999
3a etapa
38.5 km.
Hoy tampoco he dormido gran cosa.
Después de sacar anoche todas las cosas de la mochila y extenderlas para que se fueran secando, ahora toca irlas recogiendo por aquí y por allá.
Los de Benicarló se despiden. Dicen que seguramente volverán en otra época.
Salgo poco después de marcharse ellos. Cierro la puerta y echo la llave en el buzón de una casa cercana, como nos dijo anoche el alcalde.
El día amanece con algo de niebla. Pronto hacen acto de presencia el barro y el agua. Menos mal que al borde del camino hay piedras grandes, colocadas evidentemente para caminar sobre ellas cuando se forma tanto barro como hay ahora. Sólo que en un tramo esas piedras grandes están desplazadas de su sitio (¿por alguna razón de fundamento o para fastidiar?) y el barro es inevitable.
Un dedo de un pie empieza a dar señales de avería. En algún momento se echa de menos algo más de señalización. Como el dedo no deja de incordiar, miro a ver qué le pasa: aparentemente poca cosa, pero el calcetín está ensangrentado (lección: si hay síntomas de avería hay que parar lo antes posible, para evitar males mayores).
Más y más barro, desesperante por momentos (es que hay mucho y de una consistencia tal que se agarra con una facilidad pasmosa a las suelas).
El paso por las poblaciones más importantes (Burlada y Villava) no resulta muy agradable, pero se ve compensado por la espectacular entrada en Pamplona.
El tránsito por sus calles se convierte en un slalom entre gente y más gente que anda de compras. La c/ Mayor está levantada, por obras, y la sensación (entre el gentío y la maquinaria) es un tanto caótica. Igual resulta que no había tanta gente y todo es cuestión de contraste entre la calma de los pueblos y la actividad de la ciudad.
Camino del alto del Perdón, lo que la guía menciona como rodadas por las que hay que desviarse desde un camino son, más bien, el enésimo barrizal de la jornada. Paciencia.
Los generadores de energía eólica los había visto muchas veces, pero nunca de tan cerca. Parecen gigantes. De hecho, al coronar el alto se ve a la derecha a un grupo de desafortunados peregrinos que quedaron petrificados (más exactamente, metalizados) tras ser alcanzados por sus aspas.
El descenso es bastante incómodo, por las muchas piedras sueltas. Los pies protestan, los hombros amenazan con dejarlo (lección: la mejor forma de acostumbrarse al peso de la mochila no es, como de hecho estoy haciendo, llevarla mucho tiempo seguido sin quitarla, sino descansar de vez en cuando para que los hombros se recuperen).
Me gustan los pueblos por los que se va pasando (Uterga, Muruzabal, Obanos...; también Zariquiegui, antes), aunque sólo sea por lo tranquilos que parecen.
No me desvío para ver la iglesia de Eunate porque ya la vi en otra ocasión y porque se me haría de noche si voy allí.
En Puente la Reina se ve luz en el refugio, pero parece cerrado. Voy al edificio de los Padres Reparadores para sellar y pagar (300 ptas.) y me dicen que el refugio está abierto, que hay otros dos peregrinos, que empuje fuerte la puerta.
Pues es verdad, estaba abierto. Al entrar, la primera impresión es de suciedad; la segunda, de preocupación: al dejar la mochila no puedo levantar los brazos, los hombros me duelen bastante. Saludo sin mucho entusiasmo a los 2 peregrinos, un gaditano (José Antonio) y un venezolano, aunque afincado en Brasil (Carlos).
Me quedo un rato sentado, sin ganas de hablar ni de hacer nada, pensando que mañana estaré mejor, que no volveré a hacer etapas tan largas y que, si el tiempo se mantiene como hoy, el barro irá desapareciendo. No me acabo de convencer.
En esto, el venezolano habla con el gaditano de ir al pueblo a comprar cosas para hacer una ensalada y le pregunta: "¿Te provoca?". El gaditano no parece comprender el sentido profundo de la pregunta (yo tampoco). Carlos repite la pregunta y José Antonio entiende (yo también) que equivale a "¿Te parece bien?".
Al comentar de dónde venimos cada uno y dónde hemos empezado el Camino, el venezolano (que también lo empezó en St. Jean Pied de Port y que coincidió con José Antonio en Roncesvalles) dice que Mme. Debril no le quiso dar la credencial (no la había conseguido antes de venir a España) porque no se creyó que realmente fuera a hacer el Camino. En cambio, en Roncesvalles (donde Mme. Debril decía que tenían mucho más control sobre los intereses reales de los que por allí pasan) se la dieron sin más.
Le pregunto por el albergue de Zizur: "Excelente" (suena algo así como "ecseleeente").
El agua caliente de la ducha parece tener un efecto balsámico en los hombros, que hasta empiezan a dar señales de movilidad.
Tras volver ellos de hacer compras, me acerco a ver la iglesia del Crucifijo (frente a los Reparadores) y leo su historia en un folleto.
Doy un breve (por el frío y porque no estoy para muchos trotes) paseo por el pueblo, hago las pertinentes compras y vuelvo al refugio.
Preparo unos espaguetis en una cocina que está a tono con el resto: tiene el aspecto de no haber visto pasar por allí una escoba desde hace semanas.
Carlos y José Antonio se empeñan en encender fuego en la chimenea (el refugio no tiene calefacción), a pesar de que no hay mucho material aprovechable. Tras varios intentos esperanzadores acaban por dejarlo.
Un papel en la pared avisa del cierre del albergue de Estella en Nochevieja y Año Nuevo. Como llegaremos mañana, día 30, no hay problema.
Otro más recuerda los servicios que ofrece el albergue de Torres del Río (ya vimos un anuncio similar en Larrasoaña) y añade que está abierto, "aunque en Los Arcos os digan lo contrario".
(Larrasoaña, 8,44; Zuriain, 9,45; Villava, puente, 11,17; Pamplona, arco de entrada, 12,09; Zariquiegui, 14,43; Alto del Perdón, 15,19; Uterga, 16,13; Puente la Reina, 17,37)
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Puente la Reina - Estella
30-12-1999
4a etapa
22 km.
Después de dormir bastante bien, voy amaneciendo poco a poco.
El gaditano (José Antonio) y el venezolano (Carlos) se ponen en marcha. Como no tengo ninguna prisa por volver a cargar con la mochila y hoy no hay muchos kilómetros por delante, me dedico a barrer el refugio para suavizar así la impresión que uno se lleva al entrar. Con sólo eso (y pasar la fregona por las duchas) aquello parece otra cosa.
El dedo que se me averió ayer está hinchado, pero no molesta mucho.
Me tomo la caminata con calma. Hay algunas zonas con bastante barro, pero van quedando atrás.
Como se me ha olvidado poner vaselina en los pies, paro en Mañeru para hacerlo. No sé si este tipo de pueblos son muy bonitos pero a mí me gustan.
Más aún me gusta Cirauqui.
Hago una parada en Lorca y una mujer me pregunta si quiero café. Explica que lo ha preparado esta mañana para dos peregrinas a las que el cura ha acabado llevando en coche hasta Estella porque una estaba mal. Imagino que serán dos hermanas catalanas que empezaron el Camino en Roncesvalles (leí alguna cosa que escribieron en el cuaderno de los peregrinos de allí).
En Villatuerta me fijo en una estatua, junto a la iglesia, que resulta ser reciente y en la que está representado San Veremundo, nacido en 1020, "Patrón del Camino de Santiago en Navarra".
La parte del Camino que sigue el trazado del GR es, como dice la guía, muy agradable. En un momento dado, unas señales amarillas de plástico inducen al error, pues tiran, como la cabra, al monte. Me quedo dudando y espero a que baje hasta donde estoy un hombre que viene cargado con un saco. Me aclara que esas señales son de una carrera que hubo días atrás y que no las quitaron cuando terminó. Lo que lleva en el saco son aceitunas negras, para hacer aceite (de oliva, claro).
El albergue de Estella está muy bien y la ducha, tal y como dice la guía, también. José Antonio le otorga (a la ducha) el título de "zuhtancioza", por lo bien que sale el agua.
Las que no están son las catalanas, por la sencilla razón de que no son ellas las que andaban con problemas (de hecho, han salido de allí esta mañana), sino un par de chicas jovencillas, de pelo semi rapado y que dan la impresión de cargar con muchas cosas innecesarias.
Salimos (José Antonio, Carlos y yo) a comprar algunas cosas y acabamos separándonos, por entrar uno en una tienda, el otro va a ver una cosa en otro comercio, etc.
Al rato, coincido con José Antonio y damos una vuelta por la zona más céntrica, para ver el ambiente. Hay bastante animación, se nota que estamos en vísperas de nochevieja.
Durante la cena comentamos cosas varias con la familia que lleva el albergue. Viven allí y están entretenidos con Iago, su segundo hijo, de 4 meses. Majo el chaval.
Carlos me toma el pelo diciendo que, por lo visto, ayer me dolía hasta la cara, porque no era capaz de sonreír. Como ahora me encuentro bastante bien no me parece que ayer estuviera tan mal como me pinta.
Resulta que el vendaval del día 27 fue, según dicen, generalizado e, incluso, provocó varios muertos por caída de árboles. Pues vaya...
Me entero también de que el famoso santuario del Puy (de Estella) es de origen medieval. Lo creía más reciente.
(Puente la Reina, 11,00; Mañeru, 12,05/12,15; Cirauqui, 12,48; Lorca, 14,06/14,14; Villatuerta, 15,16; Estella, 16,20)
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Estella - Torres del Río
31-12-1999
5a etapa
29 km.
Mientras desayunamos, Carlos (el hospitalero) nos dice que somos unos privilegiados por poder hacer el Camino en invierno. Y cuenta (y nos reímos bastante con algunas de las escenas que describe) lo que ha sido este verano de multitudes.
Dice que la gente llega nerviosa, por el calor y por la incertidumbre de no saber si han llegado a tiempo para coger sitio o si ya está todo completo. Algunos, tras la buena noticia de que quedan plazas para ellos, suben y, al poco, bajan para protestar por la cola que hay en las duchas, porque alguna cosa está sucia o por lo que sea.
Por las mañanas temprano, como el cuadro de control de las luces está fuera del alcance de la soldadesca, la cocina parece una mina, por los peregrinos que deambulan por ella con linternas frontales para desayunar lo antes posible y salir pitando en cuanto se abren las puertas del albergue. Alguno ha debido haber (al parecer, un francés) que, incapaz de esperar a la hora de apertura, abrió la puerta (a pesar de estar cerrada con llave) tras soltar los anclajes de la misma y se marchó al galope en busca del siguiente refugio.
Le comento lo del aviso que hemos visto en Puente la Reina, según el cual el albergue de Torres del Río está abierto, "aunque en Los Arcos os digan lo contrario". Su versión es que, como tanto el de Torres como el de Los Arcos son refugios privados, en Los Arcos igual dicen que el otro está cerrado para que la clientela se quede allí.
La extraña pareja (de peregrinas) sale antes que nosotros, pero nos las encontramos sentadas junto a un crucero, antes de Iratxe, fumando. Anoche, viendo la serie "Los Simpson", se reían como locas. Además de las mochilas, llevan alguna que otra bolsa de plástico con las compras que hicieron ayer en Estella. "Hasta luegooo..."
Yo no llevo bolsas de plástico suplementarias, pero me parece que también me he cargado con bastante peso tras las compras (comida, fundamentalmente) que hice ayer.
José Antonio se anima a probar el vino de la fuente de Iratxe, pero sólo obtiene unas gotas.
Poco después, comenzamos a disgregarnos y a marchar cada cual a su aire.
Nos reunimos junto a lo que la guía define como una fuente medieval que hay poco antes de Villamayor. Nos gusta mucho. José Antonio dice que es un aljibe y que en Andalucía se construyen mucho para utilizarlos como piscinas y burlar así la normativa (donde la haya) que prohibe la construcción de piscinas propiamente dichas.
Carlos camina a buen paso y se adelanta. Y eso que anoche andaba pinchando ampollas y cosiendo agujeros en los calcetines.
José Antonio se salta una señal y camina hacia quién sabe dónde. Como voy detrás de él, lo veo y le grito, pero no me oye porque está algo alejado y sopla algo de viento en contra. Menos mal que Carlos, que está sentado un poco más allá, en el camino correcto, también ha visto la jugada, le silba fuerte y lo devuelve al redil.
Se paran a descansar y comer algo y yo sigo adelante, porque tengo intención de llegar hoy a Torres del Río (ellos han decidido hacer noche en Los Arcos).
En Los Arcos paro un rato junto al refugio privado (el otro está cerrado) y, de paso, espero un poco por si llegan José Antonio y Carlos.
En esto, aparece en un balcón la del refugio y me pregunta que a ver si es que he llamado y no me ha oído. Le digo que no, porque no me voy a quedar, que los que tienen intención de dormir allí son dos que están a punto de llegar. Me dice que bien, que cuando quiera entrar que llame al timbre.
Más tarde, vuelve a asomarse y se repite el malentendido. Se ve que no me he explicado.
Al final, como estos no aparecen, continúo hacia Torres del Río.
El recorrido hasta allí resulta fácil, aunque hay un punto algo confuso (o así me lo parece) tras dejar la pista agrícola por la que se viene desde Los Arcos (donde la guía dice "desvío por senda").
En Torres del Río, tras pasar junto a la famosa iglesia octogonal (que pretendo ver después), encuentro cerrado el refugio.
Llamo al número que figura en la guía Consumer y se produce un desvío de llamada que me parece que pago yo (cosa rara). Se oye a un contestador automático, con acento estadounidense, que dice lo que suelen decir casi todos los contestadores automáticos.
Pasa por allí una vecina y comenta que ya tenía idea de que estaba cerrado, que igual es que no están (por lo visto son un matrimonio) en el pueblo. Me sugiere que vaya a la casa donde viven a confirmarlo.
Dejo la mochila junto al refugio y voy para allá. La casa en cuestión está más cerca de Sansol que de Torres. Al menos, lo que veo según me acerco invita a la esperanza: humo por la chimenea, ropa tendida y un coche delante de la puerta.
El timbre no funciona (así lo indica un papel). Doy unos golpes en la puerta. Nada. Segundo intento. Nada. Y, sin embargo, hay humo, ropa, coche... Por tercera vez llamo a la puerta. Nada.
Estoy por dejarlo, pero lo intento una vez más. En esta ocasión, se asoma una cabeza de hombre por una ventana del primer piso:
- ¿Qué quieres?
- Que a ver si me puede abrir el refugio.
- Hoy está cerrado. Estamos esperando a... mira la fecha que es...
- Pues vaya.
- Tienes un autobús a las 6 para Viana y Logroño.
Se ve que expresiones como "perdona" o "lo siento" no figuran entre su vocabulario.
La impresión que me causa el individuo y su trato es peor que mala.
Vuelvo junto al refugio. Me entero de que en el pueblo no hay hostal, sólo bar. Doy una vuelta por la parte alta y localizo la iglesia. En una zona del pórtico no sopla casi viento...
A ver si, al menos, veo la iglesia octogonal. Carlos, el hospitalero de Estella, nos ha dicho por la mañana que en la casa que queda frente a la puerta de la iglesia tienen la llave, pero también veo una especie de cartel que indica que para ver la iglesia hay que preguntar por... (el nombre de una vecina). Pregunto dónde vive y llego a la casa: cerrada. Me dicen que está en Bilbao. Pregunto si, en ese caso, hay alguna posibilidad de visitar la iglesia y me dicen que pregunte, precisamente, en la casa que nos había indicado Carlos.
Al rato, baja una mujer y me abre la iglesia: una maravilla, no todas las impresiones que me llevo en este pueblo son malas.
Entre la información que recojo de unas y otras vecinas figuran comentarios sobre los del refugio, en el sentido de que "son muy especiales". Al parecer, eso de cerrar sin previo aviso cuando les viene en gana o no les interesa porque, como ahora en invierno, no hacen mucho negocio (es un refugio privado) "lo hacen muchas veces".
Por lo visto (por lo oído, mejor dicho) él es de Madrid y ella de Milán.
Recojo la mochila y subo a la iglesia.
Intento dar una pequeña vuelta por la parte alta del pueblo y me meto por una calle en cuyo final diviso lo que, en un primer momento, me parece un perro grande. Pero luego lo pienso mejor y digo que no, que no puede ser un perro tan grande y sigo adelante.
Pues lo es y, al acercarme, se pone de pie. Es muy grande. Con la mayor naturalidad, doy media vuelta...
Monto una especie de improvisado campamento y ceno por última vez en este año. Como mi saco de dormir no es precisamente de invierno llevo en la mochila un plástico (también de envolver colchones, como el que llevo para la lluvia) para "por si acaso" y con él envuelvo el saco. Me pongo bastante ropa y trato de dormir. El caso es que lo consigo.
A medianoche espabilo con las primeras campanadas y me como las 12 uvas (pasas, pero uvas al fin y al cabo) que he dejado preparadas previamente. Eso sí, me he enterado de las campanadas de fin de año mejor que nadie (hasta las 9 de la noche, creo, las campanadas se repiten en esa iglesia; a partir de esa hora sólo suenan una vez).
Pues ya estamos en el famoso 2000.
Después de tan histórico momento y de oír en la lejanía algunos fuegos artificiales tardo en volver a dormirme.
A partir de las 4 (más o menos) ya no hay manera, por el frío (que ya se mete por todas partes) y por la dureza del "colchón".
(Estella, 9,48; Ázqueta, 11,23; Los Arcos, albergue, 14,50/15,10; Torres del Río, 16,43)
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Torres del Río - Logroño
1-1-2000
6a etapa
20 km.
La espera hasta las 7 y cuarto, hora en que me levanto, se hace bastante larga.
En cuanto hay suficiente luz pongo rumbo a Navarrete.
En uno de los momentos en los que el Camino atraviesa la carretera veo a uno que va caminando cuesta arriba, empujando una bicicleta. Parece peregrino. Me ve, parece ponerse nervioso y acelera el paso.
Me tomo con calma las sucesivas y anunciadas subidas y bajadas.
Descanso un rato donde, según un cartel, hubo antiguamente un poblado llamado Cornava. Hace bueno y quito algo de ropa.
Llego a Viana con la intención de ver la tumba de César Borgia, pero en ese momento hay misa en la iglesia y me quedo sin verla. Cojo agua en una fuente cercana.
A eso de las 11 y cuarto el paisaje es el típico de las mañanas de Año Nuevo: poca gente por la calle y alguno que otro que aún no se ha acostado, como tres que vienen por la calle principal. Lo de "vienen" es un decir, más bien van dando bandazos de un lado a otro de la calle.
Se acaba Navarra y empieza La Rioja.
Un tramo bastante pedregoso hace sufrir a las plantas de los pies, que ya habían empezado el día un tanto tocadas.
Al llegar a un pinar (indicado en la guía), cerca de la carretera nacional, las señales no parecen muy claras. Acabo atravesando una parte del pinar y aterrizo en la carretera. Las flechas siguen por el otro lado de la misma, de nuevo por pinar. Me gusta, pero llevo los pies cada vez peor.
En las cercanías de Logroño, oigo: "¡Madre, un peregrino!", y sale con bastante ímpetu de una casa una señora mayor que resulta ser la célebre señora Felisa ("Higos, agua y amor").
Me dice que le dé la credencial para sellarla y que ponga mis datos en un libro que tiene allí. Le doy la credencial, aunque la idea que tenía cuando empecé era la de poner únicamente los sellos de los refugios en los que hiciera final de etapa. En todo caso, le digo que no lo ponga en el primer hueco que se ve libre (porque quiero reservarlo para cuando vuelva a pasar por Torres del Río, donde al final me quedé sin sello). Dice que ella me lo pone donde yo quiera, pero acaba poniéndolo precisamente "ahí".
En el libro de registro que tiene veo que en los días anteriores han pasado algunos extranjeros de los que no teníamos noticia.
La mujer tiene un montón de perros y gatos, bastante bonitos.
Dice que el refugio de Navarrete está cerrado, con lo que me rompe los esquemas de ese día. Será cuestión de terminar la etapa en Logroño.
Al llegar allí, el refugio está cerrado. Tras localizar una cabina telefónica llamo al número que alguien ha puesto en la puerta del albergue: el hospitalero dice que en ese momento está fuera de Logroño y pregunta si tenía pensado ir en ese momento a comer. Le digo que pensaba hacerlo en el refugio y contesta que, en ese caso, espere un cuarto de hora, para darle tiempo a llegar. Aprovecho ese margen de tiempo para llamar a casa y felicitar el nuevo año: la mitad está con gripe.
La gente está saliendo de misa, toda endomingada, y me siento en fuera de juego.
De vuelta a la puerta del refugio, me sorprende la cantidad de gitanos que pasan por allí.
El hospitalero aparece en el tiempo previsto. Majo hombre. Dice que hay otro peregrino allí, enfermo desde ayer, y que él volverá a la tarde para tomar los datos y demás. Me deja una llave del refugio y me insiste en que no abra a nadie. Si viene algún otro que le llame por teléfono como he hecho yo.
Le digo que, probablemente, llegarán más tarde otros dos a los que conozco. Dice que siendo así, que les conozco y que son de confianza, que les abra; pero sólo a esos dos. Pues bueno.
El refugio está muy bien y la ducha, tras dos días sin probarla, sienta de maravilla.
Hay dos cocinas eléctricas, de las que sólo funciona una. La otra fue víctima de las hordas estivales, que la inutilizaron a base de emplearla para secar ropa (ponían encima uno de los tendederos plegables que hay por allí).
Por primera vez, como en un albergue (hasta ahora todo habían sido cenas).
Hasta lavo algo de ropa. Lo de lavar no es problema, la historia es secarla.
Llegan Carlos y José Antonio y bajo a abrirles al oír sus golpes en la puerta (el timbre no funciona).
Intercambiamos batallitas. Les cuento lo que me pasó en Torres del Río y ellos hablan de Viana: esta mañana han llegado allí con ganas de comer algo (en la mochila no llevaban nada) y en los bares donde han preguntado no les han servido comida y les han dicho que no tenían pan. Lo único que hacía la gente era beber y beber.
Salgo con ellos a ver si encontramos un bar abierto para que coman, pero todo está cerrado en esa zona.
Según volvemos al refugio, mira por dónde hay una pequeña tienda abierta muy cerca del mismo, en la otra acera. José Antonio dice: "¡¡¡Una tienda!!!", como el vigía que divisa tierra tras varios meses de travesía marítima. Nos reímos. Es que llevaban sin comer nada desde ayer a las 7 de la tarde.
Además de las típicas chucherías para chavales hay verduras, fruta, conservas, algo de pan (de ayer, claro), etc. Y no resulta caro. Increíble.
Tal y como me había dicho, el hospitalero regresa a la tarde. Al ver que la credencial la obtuve en Vitoria dice que él también pertenece a la Asociación de Amigos del Camino de Álava. Pero es que también es miembro de la de Valencia (creo).
Le preguntamos que cómo es que pertenece a varias Asociaciones. Resulta que, aparte de ser eso posible, él es el vicepresidente del invento a nivel nacional y este año ha hecho unos 70.000 km. por cosas relacionadas con el Camino (conferencias, etc.). Él lo ha hecho ya 9 veces como peregrino.
Entre otras cosas, comenta que este año han muerto unos 7 peregrinos (infartos, accidentes...). A uno de ellos, tras llegar a Finisterre y agacharse para coger agua del mar con la concha, se lo llevó una ola.
En el libro donde la gente escribe sus impresiones hay una con fecha de hoy cuyo autor anuncia que lo deja, que ha pasado muy mala noche y que, además, tampoco podía continuar por problema de fechas. Imagino que es el que está enfermo allí, pero no. El que ha escrito eso ya se ha marchado y el otro, que acaba por levantarse, más o menos recuperado, es mallorquín y mañana continuará caminando.
José Antonio comienza su comentario escrito con un "Hoy he pasado mucha, mucha, mucha hambre" de lo más expresivo. También ha otorgado, poco antes, el título de "zuhtancioza" a la ducha de este refugio, como ya hizo con la de Estella.
Por el libro de marras nos enteramos de que las hermanas catalanas también lo tienen que dejar dentro de un par de días porque se les acaban los días disponibles.
Nos vamos quedando sin referencias cercanas en lo que a peregrinos que van por delante se refiere.
A la noche, como no sé si el Camino pasa por él y lo podremos ver mañana, me acerco a ver el Juego de la Oca, en el suelo de una plaza. Estoy un rato allí, recorriéndolo despacio.
De vuelta al refugio, me acuerdo de lo del timbre, que no funciona. Como los otros están en la cocina (en el 1º piso del refugio) empiezo a tirar piedras pequeñas contra el cristal de la misma. Allí no se asoma nadie. Me quedo sin piedras (sólo había encontrado dos y acabo perdiéndolas).
Voy a la Policía Municipal, que está al lado mismo, a ver si tienen algún palo largo o alguna cosa con la que poder golpear en el cristal, pero no parecen prestar mucho interés y me sugieren que trepe por el enrejado de la ventana de la planta baja.
Dicho y hecho (tras esperar un poco a que no pase nadie por allí). Esta vez consigo que se asome José Antonio y baje a abrirme. Dice que sí que oían los golpes en el cristal, pero pensaban que serían chavales.
Hacia las 22,30, tras oír varias veces un ruido como de una puerta corrediza que atribuyo a algún almacén, aparece José Antonio diciendo que son golpes en la puerta del refugio: se trata de un individuo con aspecto de inmigrante de procedencia incierta. No habla castellano y no hay manera de que entienda (o que quiera entender) que allí no puede entrar. El tío aporrea la puerta con fuerza cada poco tiempo.
José Antonio llama por el teléfono móvil a los municipales, que no aparecen. Subimos a la habitación, desde donde se ve lo que ocurre abajo. El hombre sigue sacudiendo la pobre puerta cada dos por tres hasta que una mujer que sale de un portal cercano le dice algo, el otro le contesta y la mujer le indica la dirección de la Policía Municipal. Nuestro hombre, tras mirar a la ventana en la que nos encontramos y hacer un gesto despectivo, desaparece en el edificio municipal.
Al rato vuelve a asomar, esta vez en compañía de un par de policías que le indican (según deducimos) por gestos la dirección del albergue de transeúntes. El sujeto en cuestión parece entender, se marcha y fin del episodio.
Por algo insistía el hospitalero en que no se abra la puerta a nadie que no haya hablado previamente con él.
(Torres del Río, 8,34; Cornava, 10,07/10,24; Viana, 11,15; ermita de la Virgen de Cuevas, 11,55/12,05; señora Felisa, 13,20; Logroño, 13,40)
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Logroño - Nájera
2-1-2000
7a etapa
29 km.
Para variar, tardo bastante en preparar la mochila y en estar listo. Carlos y José Antonio salen antes.
Cuando yo lo hago todavía no se ha levantado el mallorquín convaleciente. Ayer nos explicó que no tiene ninguna prisa por terminar el Camino. Prácticamente, sus etapas transcurren de un refugio al siguiente más próximo.
José Antonio se ha dejado olvidado el palo y lo recojo.
Al cruzar una calle en la larga salida de la ciudad un coche me da un buen susto al desviarse en dirección a mí al acercarse. El caso es que toca la bocina, para y me hace signos para que me acerque.
- ¿Peregrino?
- Sí
Y me da la mano efusivamente. Dice que es ¿? (no recuerdo el nombre), "el amigo de los peregrinos", y que suele recibir cartas de peregrinos de todo el mundo. Hace unos días, por ejemplo, le ha llegado una desde Japón.
Le comento que por delante van un gaditano y un venezolano. Añade que tiene una bodega según se sale de Logroño, que es donde suele tratar con los peregrinos que pasan.
Y se despide con un "¡Machotes, cojonudos!". Un auténtico entusiasta del Camino.
Cuando alcanzo a José Antonio y Carlos les cuento lo sucedido y pasamos un buen rato, sobre todo les hace gracia lo de la despedida.
Caminamos juntos hasta el parque de La Grajera. La gente que anda paseando por allí (es domingo) es simpática y saluda más de lo que estamos acostumbrados a ver hasta ahora.
A partir del parque me adelanto. Carlos parece que tiene problemas con los pies.
La etapa resulta de lo más tranquila, con una temperatura muy buena para caminar (está nublado y hace fresco). Además, los supuestos tramos de asfalto han sido sustituidos por andaderos.
Se repite aquí y allá la escena de gente trabajando cortando los sarmientos de las vides, aunque se les ve bastante relajados, a fin de cuentas es domingo.
Subiendo el alto de San Antón se ven muchos pequeños montones de piedras en equilibrio, obra (presumiblemente) de muchos peregrinos constructivos.
En Nájera ("Peregrino, en Nájera najerino"), el refugio está cerrado. En el bar que indica la guía para esos casos me dicen que el hospitalero vive enfrente mismo del refugio y, efectivamente, al poco baja y lo abre.
Al entrar, hay que quitarse las botas y dejarlas en unas estanterías, y utilizar otro calzado.
Como he llegado poco antes de las 16, tengo tiempo de ducharme sin prisa e ir a ver Santa María la Real (para visitarlo, el horario de invierno es hasta las 18). La entrada cuesta 200 ptas. (cobran algo más, no recuerdo si 300 ó 400 ptas., y dan una guía del monasterio junto con la entrada; si, acabada la visita, uno no quiere llevarse la guía la devuelve y recupera esas 100 ó 200 ptas. que le han cobrado antes "de más").
A mí me parece que la visita vale la pena. Además, según estoy viendo la iglesia, aparece una guía avisando que va a explicar lo del coro. Pues allá vamos todos los que andamos por allí, detrás de ella. La mujer tiene bastante salero y hace entretenida la visita. Aquello es una maravilla, hay que ver el trabajo que tiene (como tantas y tantas otras obras de arte que hay en este país).
Y todavía queda tiempo para ver con calma las tumbas de diversos reyes y reinas y la cueva que dio origen a todo aquello.
Cuando salgo (tras hora y media de visita), el hospitalero está en la calle y nos ponemos a hablar. Vista la hora que es, las seis menos cuarto, cree que José Antonio y Carlos (le he dicho que venían por detrás) se habrán quedado en Navarrete. Yo más bien creo que llegarán hasta aquí.
Aparecen al poco, junto con otro peregrino, un señor de Barcelona que ha venido en autobús para reemprender desde aquí el Camino, pues tuvo que interrumpirlo en otra ocasión por problemas físicos. El hospitalero se acuerda de él.
Al que no esperábamos y también hace acto de presencia es el mallorquín. El hombre pensaba quedarse en Navarrete, en un hostal, pero estaba cerrado, así que ha tenido que pegarse una paliza para llegar a Nájera antes de que oscureciera.
El albergue es bonito, por la combinación entre piedra y madera, aunque hace algo de frío porque no hay calefacción.
A la noche, hablando sobre cosas del Camino con José Antonio y el hospitalero (es hombre serio, pero con el trato se va abriendo), éste nos dice que el de Logroño no es el vice sino el presidente a nivel nacional.
También nos cita el caso de uno que hace el Camino con cierta frecuencia y que, en vez de recurrir a los albergues, pasa las noches en pórticos de iglesias, al raso, etc. ("peregrino-peregrino"); y el de otro (no recuerdo si ése mismo) que, cuando llega, deja las cosas y sale otra vez al Camino a ofrecerse a cargar hasta el albergue con la mochila de algún peregrino que venga cansado.
Afirma que es mejor caminar solo que ir de cháchara con otros. Dice que hay que sentir el Camino.
Se ve que el hombre lo vive
(Logroño, 9,33; Alto de La Grajera, 11,31; escaleras, tras alto de San Antón, 14,29; albergue, 15,55)
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Nájera - Grañón
3-1-2000
8a etapa
27 km.
El día amanece frío y con niebla.
Ya desde antes de salir nos desperdigamos. El barcelonés se pone en marcha, mientras Carlos y José Antonio van a un supermercado y yo a otro distinto. El mallorquín saldrá más tarde.
La guapa cajera de la tienda, Blanca, me encarga que le dé recuerdos al Apóstol Santiago. Tomo nota.
La niebla desaparece pronto, en cuanto se empieza a subir saliendo de Nájera, pero el día sigue nublado.
En Azofra, me acerco al refugio para ver la piedra procedente de la catedral de Colonia que hay junto a su entrada.
Aprovecho para descansar junto a la iglesia y ver qué le pasa a un pie que protesta algo: se me ha hecho una rozadura en la articulación de un dedo. Una tirita y a correr.
En Cirueña vuelvo a parar y espero a ver si llega José Antonio, pues me ha parecido que era él quien venía a no mucha distancia un rato antes. Un gato, entre mimoso y pesado, hace entretenida la parada.
Como no aparece nadie y ya me he quedado frío, continúo.
El recorrido es cada vez más llano.
En Santo Domingo de la Calzada voy al refugio con intención de dejar la mochila mientras voy a ver la catedral. Está cerrado y allí está el barcelonés, esperando al hospitalero a quien ha llamado por teléfono. Éste llega al poco y enseguida se marcha. Se hace un poco raro subir un par de pisos hasta lo que es el refugio en sí.
En la catedral, una de las entradas conduce a la tumba del santo y es gratuita. Como es lo que quería ver, por allí entro. La otra entrada es de pago y es para visitar la catedral en su conjunto.
Espero ilusionado que el gallo diga algo, pero parece que está echando la siesta.
De vuelta al refugio, recojo la mochila y me despido del catalán. Dice que quiere hacer algún día el Camino en su totalidad; pero, mientras tanto, aprovecha cuando tiene varios días libres para escapar de la vida rutinaria y venirse al Camino.
Tras algunas dudas a la salida de Santo Domingo, por la deficiente señalización y las obras en el puente, hay un tramo de asfalto que deja paso más adelante a otro andadero.
La guía recomienda seguir por el arcén y no dejarse engañar por el efecto óptico de una pista que parece acortar distancias hasta Grañón, pero el andadero continúa por esa pista y prefiero seguirlo a probar el sabor del tráfico.
Tras una última parada en algo así como una mini área de descanso, amenizada por el canto de numerosos pájaros, llego a Grañón con una sensación no muy agradable porque el día insiste en seguir nublado y no sé si tengo algo de fiebre. Sin embargo, nada más llegar al pueblo la gente se muestra acogedora y las malas sensaciones desaparecen.
El refugio está cerrado. Un grupo de chavales que juega por allí me acompaña a casa del cura, que es el que tiene la llave, pero está en Santo Domingo, según una nota que hay en la puerta.
Mientras espero (esperamos, porque los chavales se quedan haciendo compañía al forastero), llega José Antonio. Dice que en Santo Domingo se ha perdido, en parte por la mala señalización y en parte porque se ha despistado, y le parece incomprensible que, precisamente en una ciudad tan importante en el Camino, no esté todo mejor indicado.
Otro grupo, en este caso de chavalas, se acerca a casa del cura y espera por allí. Como el cura sigue sin aparecer, nos dicen que vayamos con ellas al salón parroquial, donde estaremos más calientes. Lo agradecemos, porque el frío no es lo más saludable cuando se está parado al final de una etapa.
Un rato más tarde, alguna de las chavalas se ha encontrado con el cura y vuelve con la llave del refugio, al que se entra por una puerta que está al lado mismo de la sala donde estábamos esperando.
Total, que nos abren, entran embaladas y desaparecen por una puerta que no sabemos adónde conduce.
El aspecto del refugio es bastante atípico. Aquello parece más bien una vivienda habitada y bien cuidada.
Nos gusta mucho. Además, tiene calefacción.
Vamos a ver qué hay tras la puerta por la que han desaparecido nuestras anfitrionas y resulta ser el acceso al campanario por una escalera de caracol. Al parecer, el cura no les deja subir por allí, así que aprovechan ocasiones como la actual para hacerlo.
Acabo por estrenar mi linterna frontal ("soy minerooo...") y nos fotografiamos mutuamente José Antonio y yo bajo una de las campanas.
La linterna sirve después para alumbrar mientras las mozas intentan pegar con pegamento instantáneo la manilla metálica de una puerta que han roto los mozos al intentar entrar en el salón parroquial, valientemente defendido por ellas.
En la panadería de la calle Mayor, en el mismo obrador, compro pastas de avellana que hacen allí mismo. Todo muy auténtico. Están dando forma a la masa para hacer los roscos de Reyes.
Cenamos felices. José Antonio, como ya hiciera en Puente la Reina, se anima a encender la chimenea, con bastante éxito. Incluso asa unas castañas.
En el frigorífico hay bastantes tarros con mermelada casera de higos, además de muchas más cosas. Increíble.
Según le ha dicho la de un supermercado al que ha ido, el refugio lo han hecho entre la gente del pueblo, de forma desinteresada, aportando cada cual lo que podía, bien en mano de obra o materialmente.
En ese refugio se duerme en el suelo (de madera), sobre colchonetas, y, si se quiere, mirando al cielo a través de alguna de las claraboyas.
(Nájera, 9,28; Azofra, 10,38/11,00; Cirueña, 12,53/13,10; Santo Domingo, 14,23/14,57; Grañón, 16,32)
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Grañón - Villafranca Montes de Oca
4-1-2000
9a etapa
28 km.
Dormimos muy bien. José Antonio amanece a la voz de: "¡¡Uaaah!! ¡Qué bien he dormido!"
Barremos el refugio, desayunamos y nos marchamos sin sellar. Ya dice en un dibujo el "ángel vacilador" que allí no tienen sello. Anoche pensábamos que sería broma y que ya aparecería el cura o quien fuera a sellar, pero parece que va en serio.
Compramos pan en la panadería de ayer. Dicen que lo hacen como se ha hecho siempre, sin echarle cosas raras.
En el Ayuntamiento no hay nadie, así que recurrimos al estanco para que nos pongan un sello.
Casualidad, cuando salimos del estanco nos encontramos con el cura, que va a abrir la iglesia. El hombre anda con lumbago. Nos confirma que no tiene sello, porque dice que en verano es un engorro el continuo goteo de peregrinos que únicamente pasan por allí para que se les ponga el sello y después continúan.
Le decimos que nos ha gustado mucho el refugio, que más parece una casa habitada, y nos dice que así es.
Acompaño a José Antonio al bar, donde quiere tomarse un café. Volvemos a sacar el tema del buen estado del refugio y la mujer nos dice que la parte de albañilería la hicieron unos señores mayores de San Sebastián que venían cuando tenían tiempo libre.
Hoy también hace frío y hay niebla, pero salimos muy animados después de una de las mejores experiencias que hemos tenido desde el inicio.
Entramos en Castilla-León.
En Viloria, preguntamos a la de Correos (va en moto repartiendo las cartas) por si sabe a quién le tenemos que preguntar para ver la iglesia del pueblo: vive al lado mismo de donde estamos.
En ese momento estaba almorzando, pero baja al poco. Es un señor de 71 años.
Nos enseña (en la iglesia) la pila bautismal en que fue bautizado Santo Domingo. Nos cuenta cosas sobre la labor del santo por aquellas tierras, los milagros que ha hecho y que sigue haciendo, y nos hace ver las reliquias del mismo y la calefacción de gasoil que han instalado y cuyo consumo absorbe la mayor parte del presupuesto de la parroquia.
Sin pedírselo nosotros, prepara el sello y nos lo pone en la credencial. A diferencia del día de la señora Felisa (Logroño) y aunque prefiero limitarme a los sellos de los refugios en los que acabe las etapas, en este caso no me importa nada y se lo agradecemos.
El hombre lleva haciendo esa labor desde hace muchos años de forma desinteresada, "por amor al santo".
Cuando salimos de la iglesia ya luce el sol.
Como le preguntamos si se conserva la casa natal del santo, nos la muestra (está cerca de la iglesia). Está en ruinas y es de un particular que pide demasiado dinero por ella, así que, de momento, no hay restauración.
Al pasar por Villamayor, una chica está tendiendo ropa junto a un club de carretera vestida con un camisón corto. Una propaganda de lo más gráfica.
En el andadero, que sigue obedientemente paralelo a la carretera, hacemos una parada y José Antonio comparte conmigo algo de fruta, que entra muy bien. Aprovechamos para hacer algo que habíamos comentado ya varias veces: sopeso su mochila, la mía, otra vez la suya y otra vez la mía. A pesar de que me parecía (y me sigue pareciendo) que la mía pesa bastante, la suya es aún más pesada; pero no se lo digo, porque es lo que habíamos acordado.
Según José Antonio, durante el Año Xacobeo diversos medios de transporte hacían descuento a los peregrinos en el viaje de vuelta. Cree que Iberia continúa haciéndolo, a pesar de que el Xacobeo ha terminado. Habrá que informarse.
En Belorado, entramos en una panadería porque José Antonio quiere comprar alguna cosa que sea típica de este pueblo.
Antes de nosotros, uno pide una barra y la dependienta le dice que ya no quedan, que sólo hay medias (o pequeñas, no recuerdo). El cliente se lleva lo que hay, que resulta ser una pedazo barra de considerable tamaño.
Le preguntamos a la chica a ver, entonces, cómo son las normales: "Pues el doble". Lástima, nos hemos perdido el espectáculo.
A partir de Belorado me adelanto porque José Antonio tiene algún problema muscular y va con calma.
En Tosantos, de una de las últimas casas del pueblo, justo antes de coger un desvío a la izquierda, sale un perro pequeño que se acerca, se sigue acercando, enseña los dientes y empieza a gruñir insinuando lo que parecen ser malas intenciones. Le apunto con el palo y el bicho sigue en sus trece y no se aleja. Tras un buen rato (a mí se me hace largo), me deja en paz.
Vuelve a nublarse y vuelve a hacer frío. Espero a José Antonio en Villambistia y me quedo algo frío. Le pregunto que qué tal con el perro de Tosantos y dice que sí, que ha visto al perro pequeño que le describo, pero que a él no le ha molestado. Dice que será que ha gastado todas sus energías conmigo.
Tenía interés en ver Espinosa del Camino, por la descripción que hace de dicho pueblo la guía. Es una pena el estado en que se encuentran muchas de sus casas, pero el hecho de encontrar gente tanto al llegar como al salir de allí suaviza la impresión.
Vuelvo a esperar a José Antonio en las cercanías de las ruinas del monasterio de San Felices y hacemos juntos el último kilómetro.
Como nos hemos acostumbrado a los caminos y andaderos el contacto con la carretera, aunque sólo sean unos cientos de metros, resulta algo violento, sobre todo por los camiones que pasan a toda velocidad y levantan bastante polvo.
En Villafranca-Montes de Oca sorprende lo peligroso del primer tramo del pueblo que es atravesado por la carretera.
Pasamos por delante del antiguo hospital de peregrinos, que sigue cerrado a pesar de su rehabilitación, y vemos que las flechas siguen monte arriba. No hemos visto ninguna señal que haga referencia al refugio actual, pero no tardamos en encontrarlo.
Está junto a una especie de parada de autobús muy bien diseñada para resguardarse del frío viento que, como en el momento en que llegamos, sopla; sólo que no es una parada de autobús. La hospitalera (a quien encontramos en su casa) dice que no saben para qué lo han hecho.
Según nos va abriendo las puertas, la mujer ya nos advierte de que los aseos no están en muy buen estado. Tampoco hay cocina, lo que es una decepción, pues no coincide con lo que anunciaba la guía Consumer.
Eso sí, la calefacción nos reanima mucho. Parece ser que el mérito de que haya calefacción en ese refugio tan austero lo tiene el hecho de que encima del mismo esté el Club de Jubilados.
Como no me resigno a cenar frío, propongo a José Antonio ir a comprar una tortilla de patatas a algún bar y acompañarla con las cosas que llevamos en la mochila.
Vamos a un bar que queda a la entrada del pueblo (según se llega, de los dos que hay en esa zona, el más alejado de la carretera).
Nos atiende una chica joven. Le pedimos para llevar la mitad de una tortilla que ya está hecha. Se la lleva y tarda un rato en volver. Es que por propia iniciativa la ha calentado y envuelto en papel de aluminio. José Antonio se empeña en pagar él y le dice a la chica que es guapa. Ella se lo toma con bastante naturalidad y simpatía.
La moza nos ha causado buena impresión y, aunque ella no lo sepa, según vamos de regreso al refugio José Antonio le otorga merecidamente el título de "hacendoza".
Al poco de empezar a cenar, aparece un lugareño que ha venido al refugio acompañando a un peregrino: ¡es Carlos! El hombre ha hecho por carretera un buen tramo, una vez que ha oscurecido.
Hoy habrá hecho unos 32 km. Para acortar distancias no ha pasado por Viloria, porque ya había decidido llegar hasta Villafranca. Le contamos lo que hemos visto allí.
Tenemos buen ambiente. Carlos no para de decir "chamo" cada vez que inicia una frase (equivalente al "tío" ibérico), y no para de repetir que qué buena decisión la de llegar hoy hasta aquí. A veces, dice sólo "chamo", sin más palabras de acompañamiento.
Nos acostamos con la tranquilidad que da saber que al día siguiente espera una etapa corta (iremos hasta Olmos de Atapuerca).
(Grañón, 10,05; Viloria, 11,36/12,05; Belorado, 13,49/14; Tosantos, 15,05; Villafranca-Montes de Oca, 16,48)
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Villafranca Montes de Oca - Burgos
5-1-2000
10a etapa
39.5 km.
José Antonio y Carlos van a desayunar al bar de anoche y quedamos en juntarnos allí, pero el bar está cerrado y los encuentro en el otro, el más cercano a la carretera.
La etapa comienza en subida constante. No tenemos ninguna prisa. Aunque voy a ritmo suave pronto me adelanto.
Disfruto mucho con estos Montes de Oca, por su soledad y sus historias de bandidos.
El único cuidado que hay que tener hoy es vadear los grandes charcos congelados, por si acaso. El barro, afortunadamente, está bastante duro gracias al frío.
Lástima que más adelante se oiga el ruido del tráfico, aunque en muy pocos momentos se llega a ver la carretera.
Llego a San Juan de Ortega de un tirón y feliz por la tranquilidad de la etapa y la suavidad del recorrido (exceptuando el principio, claro).
Me llama la atención el contraste entre este lugar (más bien aislado, con pocas casas, donde ahora mismo no se ve a nadie) y Santo Domingo de la Calzada, aunque los méritos de los santos que dieron lugar a ambos lugares sean similares.
La iglesia está abierta. Es impresionante el silencio en su interior, donde la luz que entra por un ventanal ilumina el mausoleo.
Bajo a la cripta y, como no encuentro el interruptor de la luz, espero a que los ojos se acostumbren a la oscuridad. Finalmente, surge como de la nada un sarcófago de piedra. Tremendo.
Cuando llega José Antonio me sugiere que busquemos el interruptor con la linterna. Así lo hacemos y lo encontramos (según se baja por las escaleras de la izquierda al primer rellano, está a la izquierda, arriba).
Una vez que nos hemos juntado los tres, le pedimos a un chico que está por allí trabajando que nos haga una foto. Resulta que es colombiano. Tiene las manos bastante estropeadas por el trabajo.
Carlos le insiste en que reúna (ahorre) para volver a su tierra con suficiente dinero para vivir bien.
José Antonio dice que él ha pasado sobre los charlos helados del camino.
Según las notas que llevo sobre la etapa, el refugio de Olmos de Atapuerca está ligeramente desviado del Camino y empezamos a especular sobre la conveniencia de ir allí, a pesar de que hoy hemos caminado poco y parece que es también poco lo que hay que desviarse. De todas formas, tampoco tenemos mucha alternativa.
En el bar, el chico nos dice que en ese momento no está su madre, así que no hay mucha cosa disponible. Tampoco es que a nosotros nos quede gran cosa en la mochila.
Según estamos sentados al sol, medio vegetando, medio comiendo algo, hace su aparición Frank, el de Gandía con el que coincidí en mi 2ª etapa (la 1ª para él).
Viene como una moto. Lo primero que dice es que tiene la rodilla izquierda destrozada, pero que sigue con su decisión (tomada a los 10' de salir de Roncesvalles) de llegar a Santiago. Y, como tiene que estar de vuelta en Gandía para el 24 (para sellar la tarjeta del INEM), no tiene más remedio que hacer etapas largas.
Lleva ya varios días caminando mucho (eso le ha dañado la rodilla). Dice que en Estella estuvieron 2 días. Hoy viene de Belorado y piensa llegar a Burgos.
Se sienta un rato con nosotros a comer algo y nos quedamos todos más bien en silencio, dándole vueltas a la cabeza. Se nota cierto nerviosismo...
Se me ocurre decir que yo también voy a Burgos, y Carlos y José Antonio también han tomado la misma decisión.
Total, que a las 2 de la tarde salimos zumbando hacia allí. Ya sabemos que llegaremos de noche, la cuestión es llegar a Villafría (desde donde se sigue la N-1, lo que significa que habrá iluminación) antes de que oscurezca.
Me pongo a rueda de Frank, intentando seguir su marcha. Mal que peor le sigo. José Antonio y Carlos se lo toman con más filosofía.
Encontramos algo de barro.
Es la primera vez desde el principio que camino con cierto agobio y no es nada agradable esa presión del tiempo. Empezamos a calcular la velocidad a la que vamos para asegurarnos de que vamos bien. Por momentos, caminamos a 6 km/h., bastante forzados.
Tras subir un alto que hay después de Atapuerca lo vemos con más tranquilidad y damos por hecho que llegaremos a Villafría con luz. Mejor, porque caminar acelerados es bastante desagradable y tiene poco que ver con lo que debería ser el Camino.
Descansamos un poco, lo que nos deja el frío viento que sopla en ese momento.
La guía insiste en continuar de frente a partir del alto, aunque parece como si el camino tuviera que continuar hacia la derecha; pero no, hay que seguir la recomendación y no alejarse mucho de la alambrada de la izquierda.
Nos gusta el paisaje amplio que se divisa camino de Villalval.
El contacto con el asfalto empieza a castigar la planta de los pies. Durante un buen rato, tras Cardeñuela-Riopico, dudamos sobre si vamos por el camino correcto porque no se ve ninguna señal.
Frank coincidió con las chavalillas que encontramos en el albergue de Estella. Se refiere a una de ellas como "la hindú". Un día, poco después de llegar él a un albergue, se las encontró allí, a pesar de que horas antes venían a bastante distancia. Le dijeron que "habían cogido un atajo".
De todas formas, a él le parecieron bastante inteligentes, por lo menos "la hindú", que quiere ser astronauta o algo así.
Llegando a Villafría, una zona en obras nos despista porque hay una piedra con una flecha que está desplazada de su sitio. Dejamos en un hierro una cinta amarilla señalizadora (llevaba un par de ellas desde Larrasoaña, donde nos las dio su alcalde y hospitalero).
Al llegar a la N-1, Frank, tal y como había comentado de camino, se queda a esperar el autobús que une Burgos con Villafría porque su amigo Eddy así se lo aconsejó para evitar la supuesta peligrosidad de la carretera y porque está bastante averiado físicamente.
El tramo hasta la ciudad se me hace realmente duro. Pronto oscurece, experimento el primer contacto serio con el frío (entre 0ºC y -1ºC), el entorno industrial y el tráfico no animan mucho y las plantas de los pies arden, pero no dan calor.
Al llegar a los primeros bloques de casas no veo ninguna señal y empiezo a preguntar por la c/ Juan Ramón Jiménez, que cita la guía en el mapa de la etapa. No se me ocurre preguntar directamente por el refugio, que debe quedar todavía bastante lejos.
Como esa tarde va a tener lugar la Cabalgata de Reyes se ve movimiento de gente hacia lo que supongo debe ser el centro.
Para evitar el gentío sigo lo que creo que son calles paralelas a las que la guía cita.
Tengo la sensación de estar bastante perdido.
Paso junto a un supermercado y entro a comprar provisiones.
Nada más salir, oigo detrás de mí: "¿Vas al albergue?".
Es mi Ángel de la Guarda en la figura de un hombre que ha sido hospitalero allí y que ha hecho el Camino desde Burgos el pasado verano. Ha salido a ver la Cabalgata, pero se ofrece a acompañarme hasta el centro. Dice que ya la verá pasar desde cualquier otro sitio.
Pronto nos topamos con la susodicha y atravesamos la calle delante de las mismísimas barbas del Rey Gaspar (¿o era Melchor?). A paso ligero recorremos calles y más calles. Menos mal que tengo la ayuda de este hombre porque la travesía urbana de Burgos parece bastante larga.
Le pregunto cómo le fue de peregrino y por las etapas que vienen a continuación. Entre otras cosas, dice que la gente estaba bastante formal en los refugios mientras estaban los encargados de los mismos por allí; pero a las mañanas, como éstos no solían aparecer, aquello era un sálvese quien pueda por salir cuanto antes y nadie se molestaba en limpiar lo que ensuciaba en la cocina, así que ésta quedaba hecha una guarrada.
Mi providencial guía se despide en las cercanías de la catedral y me dice que tome como referencia el río y que pregunte, si tengo que preguntar a alguien, por "El Parral", que es el parque en el que se encuentra el refugio.
Entro un momento a ver la catedral, que está en obras. En su interior no hay nadie, salvo las personas que se encuentran en misa en una capilla.
Un monumento al peregrino que se halla en el exterior me recuerda a la de un torero, también sentado, que hay en Vitoria.
Desde la catedral hasta el refugio no sé cuánto hay, pero se me hace eterno por el frío que hace en el parque junto al río, el cansancio... todo.
Por fin, llego a El Parral; pero no se ve ningún edificio. Pues nada, a andar hacia donde sea. A la escasa luz de las farolas se distingue alguna que otra flecha amarilla.
Por fin, ahora sí, aparecen las luces del refugio. Son las 20,15. Allí están el hospitalero y Frank, que ha llegado poco antes. Comentamos lo duro que se nos ha hecho llegar hasta allí desde el centro.
El hospitalero nos indica unas anotaciones en el libro de peregrinos efectuadas por una peregrina este verano, según las cuales el hospitalero de Olmos de Atapuerca se propasó con ella verbal y físicamente. A continuación, un peregrino que iba con ella certifica la veracidad de los hechos descritos por la chica. Así que, de haber ido hoy allí, nos habríamos encontrado con ese elemento.
Según el hospitalero, la chica y el otro peregrino fueron a casa de la alcaldesa (que, en principio, es la hospitalera), pero ésta no quiso saber nada. Parece ser que es pariente del sujeto en cuestión.
El refugio es bonito, todo de madera, pero hace mucho frío. El hospitalero saca de un cuarto un calefactor que, dice, es de su propiedad, como otro que tiene puesto en la entrada. Como una peregrina que los utilizó para secar ropa estuvo a punto de provocar un incendio, los suele retirar a una determinada hora. El de la entrada hace su efecto (en parte, porque lleva ya un rato en funcionamiento), pero el que pone en la habitación tiene un efecto puramente psicológico.
El hombre dice que suele preparar desayunos si la gente así se lo pide y Frank le dice que bien, que a él sí le interesa.
En las duchas hace aún más frío y hay que echarle algo de valor. Las ventanas (traslúcidas) dan al parque, pero es bastante improbable que a estas horas y con esta temperatura haya algún voyeur contemplando cómo se ducha la silueta de turno.
Cerca de las 10 de la noche llegan Carlos y José Antonio. Los perros del hospitalero ladran al verlos llegar. Como a mí no me han ladrado ni me he enterado de su presencia.
El hospitalero, que se había ido a su casa (vive justo enfrente del refugio), oye a los perros y viene otra vez. Pero los recién llegados están más preocupados por si queda agua caliente en la ducha (Frank se está duchando en ese momento) que de prestarle mucha atención. El hospitalero trata de tranquilizarles diciendo que hay dos termos, así que pueden utilizar el de las duchas de las chicas; pero ni así consigue que le presten mucha atención.
De pronto, su actitud (la del hospitalero) cambia y se vuelve más seco.
Es que todo depende del punto de vista. Un peregrino que llega a las tantas al refugio, cansado, es comprensible que no esté como para hacer muchas reverencias a nadie. Y si el encargado de turno está acostumbrado a que la gente le diga lo simpático que es y estos no se lo dicen pues no le hace gracia.
Tampoco el gaditano se pone a dar saltos de alegría cuando se entera de que Frank se ha dejado olvidado su palo (se lo prestó en San Juan de Ortega) en la parada del autobús. Dice que era de su padre, quien lo tenía desde hace tiempo.
Me acuesto pasada la medianoche. A la luz de una vela que tiene encendida Frank mientras se pone una pomada veo el vaho del aliento. Estando ya en la cama se hace raro. Menos mal que hay suficientes mantas.
(Villafranca-Montes de Oca, 9,45; San Juan de Ortega, 12,26/14,02; Atapuerca, 15,10; Collado, cruz de madera, 15,36/15,44; N-1, 17,38; Burgos, albergue, 20,15)
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Burgos - Hontanas
6-1-2000
11a etapa
29 km.
Por la mañana no hay muchas ganas de salir de entre el saco y las mantas, pero hay que hacerlo.
Viene el encargado, con una actitud intermedia entre el incordio y la simpatía, y dice que no va a preparar desayunos, a pesar de lo que dijo anoche.
También dice que a medianoche vio que aún había alguna luz encendida en el refugio (era yo, escribiendo esto) y que hay que acostarse antes.
Carlos, José Antonio y Frank quieren tomar un café y buscamos un bar abierto entre los que hay en las cercanías del parque. Sólo uno va a abrir en ese momento.
En la calle hace frío, pero parece que el sol va a lucir durante el día.
Nos tomamos la etapa con mucha calma. Menos mal que es bastante llana.
A las afueras de Burgos, pasamos por una zona de bosque que me gusta.
En Tardajos hacemos una breve parada y aprovecho para curarme una rozadura que me ha salido en la articulación de un dedo del pie.
Una mujer que vuelve de misa y que vive en la casa junto a la cual estamos sentados nos ofrece café y dice que los peregrinos que pasan por el refugio de allí (cerrado en estas fechas) suelen quedar muy contentos con el trato de la hospitalera, una chica joven.
Saliendo de Rabé, un hombre con el que nos cruzamos le pregunta a Frank que si piensa llegar así a Santiago. No es que camine de una forma muy aparatosa, pero se nota que está fastidiado.
Nos topamos con unos cuantos tramos con mucho barro, del que se agarra enseguida a las suelas.
Paramos junto a una fuente que figura en la guía. El agua hay que sacarla dándole a una palanca. Sale algo turbia y preferimos no arriesgarnos. Lo malo es que estamos casi sin agua.
En Hornillos no vemos a nadie, aunque se oye alguna voz procedente del interior de algunas casas. Lo que sí hay es fuente, junto al refugio.
Frank se queja bastante de dolor en las rodillas.
Llegando a las cercanías de Arroyo San Bol caemos en la cuenta de que andamos justos de tiempo para llegar a Hontanas, a pesar de que íbamos muy bien, sin prisas ni agobios. Pues vaya sorpresa.
Aceleramos y nos encontramos, por enésima vez, con el barro. Hay que fastidiarse.
Tras una ligera subida y atravesar una carretera tenemos por delante una amplia meseta. El sol, un día más (y van...) nos ha ganado la partida y empieza a retirarse de la escena.
Gracias a los apuntes que llevo sobre la etapa sabemos que todavía tenemos que caminar un buen rato y no nos desesperamos al ver que la meseta no se acaba y que no aparece el pueblo.
En varios momentos salimos del camino y avanzamos por encima de un pequeño e irregular muro de piedras paralelo al mismo porque el barro nos frena de mala manera. Como nos vea alguien haciendo equilibrios a estas horas sin saber el motivo...
Llegamos a Hontanas todavía con luz, aunque el sol ya se ha metido. La última cuesta descendente hasta el pueblo le hace ver las estrellas a Frank.
Al llegar al refugio, unas mujeres nos sugieren que vayamos al bar del pueblo porque también hospeda a peregrinos y, al menos, no pasaremos frío.
La primera impresión que tengo es la de que no tienen muchas ganas de abrirnos el refugio.
No nos hace ni mucha ni poca gracia desandar unas decenas de metros hasta el bar, que está cerrado, y otras tantas para volver al refugio y decírselo a las mujeres. Parece mentira que nos siente tan mal caminar unos pocos metros más.
Además, a modo de lección para aprender, resulta que la sugerencia de ir al bar era de lo más bienintencionada, porque el refugio es muy frío.
En verano tiene que estar muy bien porque no hace mucho que rehabilitaron el edificio, antiguo hospital de peregrinos, y ha quedado de maravilla.
La hospitalera es maja. Lo de atender el refugio funciona por turnos y ahora le toca a ella. Todavía estoy arrepintiéndome de haber pensado mal al principio cuando le comenta a su hermano que nos traiga algo de leña para encender la chimenea. Le acompaño (viven al lado) y el hombre se muestra de lo más generoso cogiendo madera de unos montones que tiene bien organizados. Y se toma la molestia de encender él mismo la chimenea.
Resulta que el pueblo y sus alrededores estaban hace años llenos de olmos. Comentan que el pueblo ni se veía a cierta distancia, por la cantidad de árboles.
Dicen también que este verano no hacía más que pasar gente, peregrinos, por la calle del pueblo. Ahora, en invierno, no hay vida allí. Pero, por lo que dicen, lo ideal no es ninguno de los dos extremos.
Lo que ya nos preocupa más es el comentario de que, seguramente, el refugio de Arroyo San Bol estará cerrado. Es que dábamos por hecho que se habrían quedado allí Carlos y José Antonio.
Por lo visto, en el verano se dio algún caso un poco raro, como el de un peregrino que llegó a Hontanas llorando porque el de Arroyo San Bol poco menos que le echó sin dar explicaciones y llegó de noche a Hontanas.
Así como otros días he dado por hecho que Carlos y José Antonio llegarían, aunque fuera tarde, aunque fuera quemados, pero que llegarían, esta vez no estoy tan seguro porque aquí no hay farolas como en la N-1. Mal asunto.
Me acerco al bar a ver si ya ha abierto (así es) y le digo al dueño, Victorino, de parte de Frank (que no ha llegado muy bien) que luego irá un peregrino a cenar. Dice que no hay problema, que hay de todo y que cuando vaya ya le preparará de cenar.
En la cocina del refugio hay pocos cacharros, pero los suficientes para preparar espaguetis. Me pongo a la tarea y hete aquí que llegan José Antonio y Carlos. Dicen que han venido por carretera (la que cruza el camino después de Arroyo San Bol), iluminándose a ratos con un mechero. Qué tíos.
José Antonio se promete no volver a llegar de noche ningún otro día. Dice que un día (Burgos) puede ocurrir, dos días (Hontanas) ya no es muy normal y que sería de muy tontos que la historia se repitiera una vez más.
Se van los tres al bar y al poco vuelven Carlos y José Antonio. Según cuentan, nada más entrar en el bar el tal Victorino ha empezado a soltar palabrotas dirigidas a "los del albergue" por haber ido tarde a cenar. Debe haber sido un recital de barbaridades.
Ellos dos no lo han aguantado, "por dignidad", y han preferido marcharse. Frank no vuelve. Según José Antonio, "tendrá mucha hambre".
Por algún detalle de lo que ha debido decir el diplomático hostelero deducimos que lo que menos le ha gustado ha sido el que no nos alojemos en su establecimiento.
Todo ha sido cuestión de unos minutos: cuando hemos ido allí al llegar estaba cerrado y él ha debido de regresar al poco.
Cuando vuelve Frank dice que el cabreo se le ha pasado relativamente pronto y que le ha atendido muy bien. Se ve que suele preparar cena para varios hombres del pueblo también. Le ha cobrado 1.000 ptas.
Así que el tal Victorino debe ser hasta majo, todo es cuestión de pillarle de buenas.
Cuando Frank le dice al hermano de la hospitalera que es de Gandía le contesta que el "Gordo" del sorteo del Niño ha caído allí. A ver si estamos ante un nuevo millonario... (pero no, aunque su madre suele jugar a la lotería no ha tenido suerte).
(Burgos, 11,01; Tardajos, 12,50/13,07; Hornillos del Camino, 15,25/15,47; Arroyo San Bol, 17,10; Hontanas, 18,15)
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Hontanas - Frómista
7-1-2000
12a etapa
34.5 km.
Antes de salir, Frank prepara una infusión de hierbas que sienta muy bien.
Como anoche el hermano de la hospitalera cerró con llave la puerta del refugio la abrimos soltando los anclajes de la mitad que normalmente no se abre.
Ha helado con ganas. Estamos a -2,6ºC (Frank lleva un reloj con termómetro. Lo lleva sujeto a una correa de la mochila, para que el calor del cuerpo no falsee la temperatura). El paisaje, con algo de niebla y con los árboles y plantas blancos por la helada, tiene algo de mágico y enigmático. Para no desentonar, se nos han puesto blancos algunos pelos de la cabeza.
En semejante contexto, las ruinas del convento de San Antón hacen impresión.
Carlos empieza a preguntarme cosas (que por qué hago el Camino, que si estoy metido en algún grupo, etc.) y luego me dice que si quiero que me diga "mi cuento".
Total, que, a partir de los datos que le he dado, hace un esbozo de lo que ha podido ser mi vida. No es que le quede mal, pero como le he contado lo que le he contado y no le he contado lo que no le he contado, la cosa queda algo coja.
Parece que cada vez hace más frío, aunque los carámbanos que cuelgan de una señal de tráfico bastante maltrecha parecen exagerados.
Un día más, José Antonio y Carlos se quedan atrás. José Antonio se queja de que le duele la corva. Lo de Carlos es una historia de ampollas que no se curan.
Voy por delante al llegar a Castrojeriz. Me parece que hemos llegado muy pronto. También es verdad que es un pueblo muy largo, aunque lo creía más grande.
En esto, un perro que está en medio de la calle a cierta distancia me ve y echa a correr hacia mí. Es un pastor alemán. Me asusto. Una de las preocupaciones que tenía de cara al Camino era el tema de los perros. Tal y como había leído en los consejos de un médico-peregrino, le apunto al morro con el palo, pero el bicho termina por acercarse como si nada. Parece amistoso. Menos mal.
Pocos metros detrás viene Frank y tampoco a él le hace nada.
Frank va a buscar una farmacia para comprar una tobillera (es que ha ido acumulando averías y ahora le molesta un tobillo) y quedamos en reunirnos junto a la iglesia de San Juan, que cita la guía y que debe estar algo más adelante.
La iglesia en cuestión está cerrada. Me llama la atención una estrella de cinco puntas invertida.
Mientras espero a Frank veo que el perro que nos ha salido al encuentro es el amo del lugar. Aparece por allí otro perro y, sin tocarlo, le amenaza hasta que el otro se pone patas arriba. Menos mal que no hace lo mismo con las personas.
Como Frank tarda en aparecer, se me ocurre rodear la iglesia y, claro, entretanto pasa Frank y sigue adelante, pensando que no le he esperado.
Lo veo a distancia y voy tras él. Y lo mismo hace el perro. Pues bueno.
Veo señales que indican la presencia de un castillo, pero con la niebla no se ve si está lejos o cerca.
Subiendo el alto de Mostelares disminuye el frío (parece que tendría que ser al revés). Se nos hace largo el ascenso porque no vemos cuánto nos queda por delante. La pendiente es bastante fuerte.
Una vez arriba, parece que va a asomar el sol, pero no hay manera. El que sí hace acto de presencia es el barro. Qué raro.
El descenso nos sorprende por ser bastante más pronunciado de lo que esperábamos y Frank vuelve a pasarlo mal. Le dejo el palo para que las rodillas no sufran tanto.
A todo esto, el perro sigue acompañándonos. Se lo ve ágil. Frank le da algo de comida y agua y el animal se muestra todo agradecido y cariñoso. Vemos que en la placa que lleva al cuello pone un nombre: "Berni". Ya sabemos cómo llamarle.
El tío no para. Tan pronto desaparece entre la niebla por la derecha del camino como reaparece por la izquierda cuando le llamamos. También se mete alguna vez en un canal de agua que va paralelo al camino. ¿Pero éste no tiene frío?
Paramos junto a la Fuente del Piojo, pero a los árboles del área de descanso les ha dado por el deshielo y no es plan.
Llegamos a Puente Fitero, frontera entre Burgos y Palencia. Sabemos que lo cita el Codex Calixtinus. Cruzarlo entre la niebla resulta impresionante, más incluso que la imagen del convento de San Antón.
Cada vez estamos más a gusto con el perro, pero ¿qué hacemos si sigue con nosotros hasta Frómista?
Todo tiene explicación...
En Boadilla del Camino interpretamos mal una flecha y seguimos de frente en vez de girar a la derecha.
Al poco, nos encontramos con la escena de un individuo junto a un caballo que está pastando. Al pasar junto a él nos pregunta si ése no es el perro de Castro (Castrojeriz). Le decimos que, efectivamente, viene acompañándonos desde allí.
Mira por dónde, es el perro del hospitalero de Castrojeriz, Resti (el refugio de allí está cerrado estos días, al parecer por obras). El animal tiene por costumbre acompañar a los peregrinos. Nos recomienda que le riñamos al salir de Boadilla para que regrese a su casa.
Aparte de aclararnos el misterio del perro nos dice que nos hemos equivocado de dirección y nos señala la zona hacia la que nos dirigíamos: aquello tiene muy mala pinta, hay unos cuantos perros que no parecen ni mucho menos tan amistosos como el bueno de Berni.
Añade que él pertenece a varias Asociaciones de Amigos del Camino, entre ellas la de Álava. Es más, con su hermano (son Mario y Pepe, no sabemos cuál de los dos es éste) ha hecho un refugio para atender a los peregrinos que lo necesiten en caso de no tener sitio en el otro que hay en el pueblo, aparte del refugio municipal (del que dice que está tan mal como indica la guía).
Puesto a informar, nos saca de dudas respecto al albergue de Frómista. La guía El País-Aguilar lo pone bastante bien ("muy completo"); pero la de Consumer le da un "regular". Resulta que el que está en funcionamiento es el refugio viejo, que está bastante mal, según nuestro hombre; hay otro, nuevo, pero no tiene permiso de apertura porque la inclinación del tejado no es la correcta.
Decidimos llamar al refugio de Población de Campos cuando lleguemos a Frómista, para ir allí en caso de que esté abierto.
Tal y como nos ha aconsejado el más que amable Mario o Pepe (hemos tenido mucha suerte encontrándonoslo), poco después le "decimos" a Berni que es hora de que vuelva a casa, pero ni caso. Es de esos animales a los que sólo les falta hablar, así que no lamentamos que siga con nosotros, aunque lo suyo sería que regresara a Castrojeriz.
Comentamos la suerte que estamos teniendo hasta ahora con los perros, teniendo en cuenta que es uno de los problemas que más preocupan, aparte de los de carácter físico. Le cuento a Frank lo del perro pequeño de Tosantos y dice que su amigo Eddy (con el que empezó en Roncesvalles) también le comentó que tuvo problemas con un perro que, por las características que le dijo, bien podría ser el mismo.
Así, llegamos al Canal de Castilla y, casualidades de la vida (o causalidades), pasa por allí una furgoneta (casi no hemos visto vehículos en todo el día) cuyos ocupantes, faltaría más, también conocen al celebérrimo Berni y su afición a acompañar a los peregrinos. Y así nos despedimos, tras 20 km. juntos, de nuestro inesperado y simpático acompañante, que se va en la furgoneta. "Adiooós, Berniii".
Nos hemos hecho a la idea de que acabaremos en Población de Campos, así que empezamos a caminar algo más rápido, para no tener que hacerlo mucho tiempo a oscuras después.
Las esclusas del Canal, a la entrada de Frómista, son de lo más espectacular.
Como ya nos ha ocurrido alguna otra vez en un final de etapa, nada más empezar a ver casas nos entran prisas por ver ya mismo indicaciones, flechas y señales que le aclaren todo al peregrino.
Pero las prisas se acaban en cuanto llamo al teléfono del refugio de Población de Campos mientras Frank ha ido a comprar una tobillera (no la encontró en Castrojeriz): está cerrado.
Bueno, por lo menos ya sabemos lo que nos espera en el de Frómista.
La iglesia de San Martín es una maravilla. La vemos por fuera.
La impresión que nos causa el refugio es mala, claro. Encontramos a un peregrino francés, ya de cierta edad, que va de vuelta.
Hay humedad. Buscamos mantas y hay pocas. Según el termómetro del reloj de Frank, en el interior estamos a 2ºC, lo que concuerda admirablemente con la sensación que tenemos.
Salimos a comprar algo y nos encontramos con Carlos y José Antonio, que llegan en ese momento al pueblo. Por tercer día consecutivo acaban la etapa de noche, aunque hoy ya estaban en el casco urbano para cuando ha oscurecido del todo. Les ponemos al corriente del estado del albergue y acabamos llamando (por el teléfono móvil de José Antonio) de nuevo a Población de Campos, donde vuelven a decir que está cerrado, y a un hostal del pueblo cuyo teléfono figura en la guía El País-Aguilar (José Antonio la lleva), preguntando lo que nos costaría pasar la noche en una habitación para cuatro. El precio que nos dan (9.000 ptas.) nos parece excesivo y acordamos dormir en el refugio.
No sé cómo nos las habríamos visto camino de Población de Campos a esas horas.
Aunque no solucionamos nada, utilizamos el recurso al pataleo quejándonos entre nosotros por la absurda realidad de un refugio nuevo con un tejado insuficientemente (o excesivamente, no sabemos) inclinado.
El trío se va a cenar a un bar y yo hago lo propio en lo que debió ser una cocina normal (sólo queda el fregadero y el calentador) y ahora es un recinto pequeño, cutre y frío, muy frío.
A la hora de ducharnos no hay problemas de esperas. Es que el agua sólo sale templada y el cuerpo no está para muchas alegrías. En vez de terminar una etapa y descansar y recuperarnos para la siguiente lo que hacemos es quemar energías luchando contra el frío.
El único valiente que pasa por el trago es el "chamo" Carlos. Y sobrevive.
Hacemos el recuento de las mantas que hay y de las que necesita cada uno: están justas, ni una más ni una menos.
Hoy también tiene lugar el milagro del saco: frío ambiental, saco de dormir frío, pero a los pocos minutos se entra en calor (las 3 mantas tendrán algo que ver, digo yo).
(Hontanas, 9,10; ruinas de San Antón, 10,20; Castrojeriz, 11,10/11,20; alto de Mostelares, 12,03; Puente Fitero, 13,36; Boadilla del Camino, 16,04/16,20; Frómista, 17,42)
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Frómista - Carrión de los Condes
8-1-2000
13a etapa
19 km.
Después de haber dormido bien (cosa importante) me animo a ducharme nada más levantarme. En todo caso, nada que ver con el arrojo y valentía del "chamo" anoche, que era cuando tenía mérito la cosa.
Carlos y José Antonio salen un poco antes porque quieren tomar algo en un bar.
Frank y yo buscamos a alguien que nos selle la credencial. Preguntamos a un guardia civil que anda por allí y nos señala al cura, que viene por la calle en ese momento. Nos pone el sello y tan contentos.
Nos acercamos a la iglesia de San Martín, pero está cerrada, a pesar de que, según el horario que pone allí, debería estar abierta.
Pues ya que no podemos verla por dentro nos hacemos recíprocamente una foto ante ella. Frank se ha agenciado una de esas cámaras fotográficas desechables. Parece un buen invento. La que llevo yo es ligera y tiene flash, pero le falta algo tan útil como es el disparador automático.
Al igual que ayer, salimos con niebla y frío. En el andadero, la mayoría de las conchas de cerámica que adornan la entrada a los caminos de parcelaria están arrancadas o rotas. Sin comentarios.
Muy de vez en cuando, surge de la intensa niebla algún coche, despacio, como si se tratara del buque fantasma.
En Revenga de Campos paramos un rato y nos cuesta encontrar un lugar medianamente seco porque la niebla lo humedece todo.
Entramos en Villalcázar de Sirga, aunque sólo sea por la mención que hace la guía de la iglesia de dicho pueblo. El caso es que es imponente, sobre todo la entrada. Pero está cerrada. Voy al bar de enfrente a ver si saben quién puede abrirnos y encuentro allí al cura. Dice que enseguida viene.
Como la situación se presta para tomarse las cosas con calma, el cura nos explica unas cuantas cosas. Allí se encuentra una talla de la Virgen a la que Alfonso X dedicó varias cantigas; también, está enterrado el último Gran Maestre del Temple, Juan Pérez, junto a las tumbas de unos Infantes; el retablo es de estilo flamenco y es de mucha categoría (el cura tiene el detalle de echar una moneda para encender la iluminación del mismo).
Nos fijamos en unos capiteles que se apartan del estilo general de los del resto de la iglesia y el cura explica que, según unas investigaciones que hicieron, ésa es la zona de mayor concentración de energía de toda la iglesia.
Nos cuenta que en verano suele poner música de fondo y que la gente que entra a ver la iglesia suele respetar el ambiente de silencio.
En esas circunstancias se hace bastante raro imaginar ese lugar con mucha gente, turistas, peregrinos, etc.
Le comentamos lo mucho que nos ha gustado la iglesia de Frómista y dice que sí, que llama la atención, pero es porque la han restaurado no hace mucho y, además, su aspecto actual no es el original, porque modificaron algunos elementos para levantar algo más las dos pequeñas torres de la fachada.
En cambio, esta iglesia (la de Villalcázar) fue restaurada respetando al máximo su apariencia original. Por eso se ven todavía, por ejemplo, los agujeros en los que se supone que sujetaban los Templarios sus estandartes.
Tengo interés por coger alguna postal de la Virgen de las Cantigas y el cura nos regala una a cada uno. Pues muchas gracias, por la postal y por las explicaciones.
En Carrión, el albergue está cerrado. Llamo al timbre de la casa del cura, que está al lado, y no abre nadie.
En esto, pasa por allí uno que hizo el Camino en bicicleta. Va con su familia: la mujer y las dos hijas. Los cuatro tienen ojos grandes y parecen muy majos. Al hombre se le ocurre llamar también a la puerta donde ya lo he hecho yo sin éxito y se ve que él tiene más arte que yo para esas cosas porque al poco le abre la hermana del cura. Menos mal, porque ya nos estábamos quedando bastante fríos.
El refugio no tiene cocina ni calefacción, pero resulta (faltaría más) mucho más acogedor que el de Frómista.
Llega el chamo. En cambio, José Antonio no aparece hasta más tarde: ha preferido quedarse en el albergue de las Clarisas y viene de visita.
Un breve paseo por el pueblo me permite contemplar el pórtico de la iglesia de Santiago y una placa en la casa en la que nació el primer Marqués de Santillana, informando de tal hecho.
Llega al refugio un peregrino en bicicleta. Es argentino (de Buenos Aires) y se llama Román. Tiene familia en Galicia e irá a verles.
Todavía aparece alguien más. No parece peregrino y tiene pinta de vivir de modo errante. De todas formas, la hermana del cura le abre también, aunque luego nos dice que andemos con ojo con él. Román dice: "También allá tenemos gente poco instruida. 'Gauchos' les llamamos".
Le cuento a Román el chiste sobre cómo ladran los perros argentinos ("Esto... ¡guau!") y dice que no ve los subtítulos.
Como suele ser habitual en estos casos, nos hace gracia su forma de hablar, más que nada por las expresiones que utiliza. Dice que estos días se le enfriaban mucho las manos. Mañana tiene previsto llegar a Sahagún. Pronuncia "Sahaún", aspirando la hache. Ante el inminente riesgo de asfixia le aclaramos la pronunciación correcta.
Como otros días, Frank comprueba con la brújula la orientación de las camas, para dormir (si es posible) orientados hacia el Norte o hacia el Este.
Llamamos varias veces al teléfono del refugio de Terradillos de Templarios, pero no contesta nadie.
(Frómista, 10,25; Revenga de Campos, 12,00/12,25; Villalcázar de Sirga, 13,50/14,39; Carrión de los Condes, 15,50)
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Carrión de los Condes - Terradillos de los Templarios
9-1-2000
14a etapa
26 km.
Desayunando, Román me da un consejo: "Tomen sítricoh". No le entiendo y me lo repite, señalando una naranja.
Viene el cura, un señor mayor, majo. Tengo la impresión de que su hermana es un tanto entrometida.
Lo que no es una mera impresión sino la pura realidad es que la mochila pesa mucho. Ayer hice compras en un supermercado del pueblo (a pesar de ser sábado, estaban abiertas las tiendas) y eso se nota.
Román se despide, pero, antes de salir, el chamo le empieza a tomar el pelo utilizando expresiones típicas argentinas. Román dice: "Éste ya me está cargando...".
Salimos los 4 juntos (tal como quedamos anoche, le hemos llamado a José António al móvil para avisarle de que estábamos listos) y así seguimos, hablando de los Templarios y de temas afines, casi hasta el inicio del andadero que sigue el trazado de la antigua calzada romana Burdeos-Astorga.
Por fin, tras dos días de niebla aparece el sol y podemos contemplar la extensa llanura palentina. Había oído hablar de ella y tenía muchas ganas de verla.
Entre que hace algo de calor (al menos eso parece al ir andando) y que quiero ir solo para disfrutar de tanto espacio y tanto silencio, me voy quedando atrás y pronto José Antonio y el chamo (Frank se ha adelantado) no son más que unos puntos pequeños en la distancia.
Es una de las ventajas de caminar en invierno. Imagino que en verano tiene que ser bastante distinto y que, así como en esa época está garantizado de sobra el contacto con otros peregrinos, no parece que tiene que ser fácil encontrar las condiciones para la reflexión, el encuentro con uno mismo y demás experiencias para las que el Camino parece estar hecho a propósito.
También es verdad que, con relativa frecuencia y aparte de reflexiones propiamente dichas y del itinerario en sí, suelo hacer largas excursiones a Babia y, cuando vuelvo y pasa el rato y no veo señales ni peregrinos en lontananza, me entran dudas ("a que me he saltado un desvío sin darme cuenta...").
Nos reunimos en Calzadilla de la Cueza, donde paramos un rato. Esto de las paradas tiene el inconveniente de que, al reemprender la marcha, son inevitables varios minutos de dolores en los pies hasta que éstos entran en calor.
Al salir del pueblo, vemos unas señales que proponen diversos itinerarios para ir a Lédigos. Ninguno de ellos tiene la denominación "Camino de Santiago", pero uno sí está marcado con flechas amarillas, así que pensamos que será ése, aunque la dirección que toma no parezca la más breve. Lo seguimos Carlos, Frank y yo. José Antonio sigue por el que va junto a la carretera.
El chamo no parece ir muy bien. Lo de sus ampollas es una historia sin final a la vista.
El camino no parece tener más lógica que la de recorrer un bosque en su primera parte y poco más. Poco a poco, a medida que se suceden los cruces sin señalización o aquéllos en los que la flecha de marras apunta hacia donde menos parece que debería hacerlo, me voy enfadando. Y, encima, cada vez hace más calor.
En un momento dado, me parece ver a José Antonio en la distancia. Si es él no va en dirección a Lédigos.
Tras el enésimo rodeo, en el que decido continuar lo que señala la flecha, aunque parezca absurdo lo que indica, veo que Carlos ha tirado derecho hacia lo que parece ser ya Lédigos. Pues ha acertado.
El enfado inicial es ya un considerable cabreo. Si proponen recorridos alternativos y los bautizan con distintos nombres no parece que sea pedir mucho que se especifique cuál es el que sigue el Camino. Y lo que clama al cielo es que uno de ellos, que va dando vueltas por aquí y por allá, lo señalicen con flechas amarillas.
¿De quién habrá sido la idea, de uno solo o de varios? ¿Dónde viven?
Según voy llegando a la carretera que va de Lédigos a Terradillos, veo a un lugareño de esos que se quedan plantados viendo pasar al forastero de turno. No tengo ganas de hablar precisamente y espero que se limite a cruzar un "buenas tardes".
Pues no. Va y se pone a hablar.
Pero, mira por dónde, cuenta detalles interesantes. El hombre dice que en Lédigos sólo hay una tienda y este verano ha habido sus más y sus menos entre el dueño (o dueña) y diversos peregrinos a los que pretendía cobrar precios abusivos. Añade que en Terradillos también hay tienda, pero en este caso es de la misma que regenta el albergue de peregrinos.
Llega Frank y barbarizamos a cuenta de los rodeos que hemos dado para llegar allí. El chamo, que ha alcanzado la carretera más cerca de Lédigos que nosotros, en vez de dirigirse al pueblo viene hacia donde estamos. No le encuentra sentido a nuestras quejas porque, según dice, ya se veía en el último cruce cuál era el camino que conducía derecho a Lédigos y le ha extrañado que hubiéramos seguido por el que indicaba la flecha. Como lo repite, le contesto que, ya que estaba tan claro, por qué no lo vio así a la salida de Calzadilla en vez de esperar al último cruce.
Total, que se crea algo de tensión. Lo que nos faltaba.
El chamo dice que se va a Terradillos, que cree que estará abierto el refugio de allí, que es una cuestión de "feeling".
Frank y yo no nos sentimos tan inspirados y decidimos ir a Lédigos y hacer un último intento llamando al teléfono de Terradillos. Si no contestan o nos dicen que está cerrado nos quedaremos en Lédigos. No estamos para aventuras.
José Antonio no aparece por ninguna parte. ¿Será que era él el que he visto a lo lejos antes?
En Lédigos hay un solo teléfono público y está en un bar que, casualidad, están cerrando cuando llegamos. Les decimos que queremos llamar a Terradillos y contestan que dicho refugio está abierto ("con toda certeza"). Pues una buena noticia.
Para cuando aparecemos por Terradillos, Carlos ya ha localizado a la hospitalera (es refugio privado) y ésta se lo ha abierto. La chica (parece cansada, tiene ojeras) dice que quiere cerrarlo durante una temporada para hacer limpieza, pero sigue pasando gente. No contesta al teléfono porque éste está dentro del refugio y ella no suele estar allí en invierno.
Pagamos religiosamente las 1.000 ptas. por dormir en camas con sábanas (qué raro se hace). La posibilidad de hacerlo en el suelo por 500 ptas., como indica la guía Consumer, queda reservada para el verano, cuando aquello se llena.
La chica dice que de aquí a El Burgo Ranero hay algo menos que los 31 km. que indica la guía. Lo mismo debe suceder con lo que dice respecto a la etapa El Burgo-León.
El refugio nos gusta mucho. Tiene radiadores, pero la calefacción está apagada, cosa comprensible al pasar poca gente y no todos los días. De todas formas, no hace mucho frío porque hoy ha hecho buen tiempo.
Este lugar tiene que ser una gozada en verano, del mismo modo que el recorrido de la etapa de hoy tiene que ser un infierno a pleno sol. No deja de tener su mérito la marabunta veraniega.
Carlos y Frank hacen algunas compras en la tienda del refugio, que lo es también del pueblo. A la noche, al tiempo que preparamos la cena, intentan encender una vieja estufa que hay junto a la cocina, pero sin mucho éxito. Al anochecer ha enfriado mucho.
Nos entretenemos un rato mirando en un mapa grande que hay allí lo que nos falta hasta Santiago. Parece mucho.
Inesperadamente, hace su entrada en la cocina un perro enorme. El puñetero tiene ganas de jugar. Imaginamos que ha entrado abriendo la puerta con una de sus patazas. Qué pieza.
(Carrión de los Condes, 9,55; Abadía de Benevívere, 11,01; parada en área de descanso 12,02/12,26; Calzadilla de la Cueza, 14,02/14,23; Lédigos, 16,01; Terradillos de Templarios, 17,04)
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Terradillos de los Templarios - El Burgo Ranero
10-1-2000
15a etapa
31 km.
Por la mañana, como no hemos tenido que deshacer la mochila la víspera para sacar el saco de dormir, estamos pronto listos para salir.
Lo de tener que rehacer la mochila cada mañana tiene sus pegas, pero también puede servir para hacer un repaso de las cosas que se llevan. Para eso es fundamental, obviamente, llevar cada cosa siempre en el mismo sitio, así no hay que volverse loco cada día pensando cómo meter todo dentro.
Hoy, al no tener que repetir el proceso habitual, no he echado en falta nada y me he dejado olvidada la toalla.
Salimos con -1ºC, así que se agradece cuando la temperatura empieza a subir.
Carlos camina de forma extraña, forzada. Se ve que lo hace así para evitar la molestia de las ampollas, pero eso mismo provoca que le salgan otras en lugares donde antes no las tenía. Se va quedando atrás.
Tiene algo especial el chamo, un punto de estoicismo. Se ve que lo está pasando mal, un día sí y otro también; pero no se queja. En ese sentido, es casi el extremo opuesto a Frank, aunque tampoco es que éste esté llorando todo el día.
No paramos hasta Sahagún (o "Sahaún", como repetimos, recordando a Román).
Antes de cruzar la carretera para llegar a la Ermita de la Virgen del Puente, una gran piedra muestra una flamante flecha amarilla que nos recuerda a las de la víspera. Para mayor similitud, tal y como está colocada no aclara nada respecto a la dirección a tomar en la bifurcación a la que se llega (hay que tirar a la derecha).
En Sahagún, Frank sigue adelante mientras yo me quedo para hacer algunas compras y ver algo de la ciudad y las iglesias del "románico pobre" (por estar hechas con ladrillo, en vez de con piedra).
Poco antes de salir de allí me encuentro a Carlos en un banco de un pequeño parque. Está tratando de arreglar sus averías en los pies. No tiene tiritas y le doy las que me quedan.
Tras Sahagún el andadero va paralelo a la carretera durante unos kilómetros. Después se separa de la misma.
Hago una parada, a ver si se recuperan las plantas de los pies, que me molestan bastante.
Cerca de Bercianos del Camino Francés un pequeño monumento recuerda a un peregrino muerto. En el pueblo, un autobús escolar descargando chavales recuerda que se han acabado las vacaciones de Navidad.
No voy nada bien y paro otro rato al salir de Bercianos. Hoy también hace buen tiempo, pero sopla un viento más bien frío que no invita a estar mucho tiempo parado.
Alcanzo a Frank, que también va tocado. Se nos hace inacabable el final de etapa.
Ya en El Burgo Ranero, a la entrada, una flecha señala la dirección del refugio; pero yo, que soy muy listo, digo que no puede ser, que en la guía pone que el refugio está junto a la plaza, y la plaza, lógicamente, tiene que estar en el centro del pueblo y éste tiene que estar junto a la Calle Real por la que vamos y tal y tal... Así que caminamos varios cientos de metros de propina.
Al menos, la tontería sirve para apreciar lo larga que es la calle en cuestión y lo bien que vendría para hacer un duelo de pistoleros en plan viejo Oeste.
El refugio parece cerrado, pero un señor mayor dice que está abierto, que lo que pasa es que la puerta roza algo (o sea, como en Puente la Reina). Efectivamente, el buen hombre la empuja con fuerza y la abre. Nos da conversación un rato y se va. A Frank le recuerda a su difunto abuelo.
La impresión que nos causa el refugio es muy buena. Además, al haber todavía sol todo parece más agradable.
El chamo llega algo así como 3/4 h. después. No está nada bien.
Entretanto, ha venido el hospitalero. Le preguntamos por el origen del nombre del pueblo y dice que puede tener que ver con las ranas.
También sale el comentario de los muchos árboles que se plantan al borde del Camino y que, al parecer, se secan de un año a otro. Será que no son de las especies más adecuadas para que aguanten.
El refugio tiene ya unos cuantos años, pero se conserva muy bien. Tiene chimenea, pero no hay leña. El hospitalero dice que el otro día vio un tronco en el frontón del pueblo y nos sugiere que lo cojamos.
Salgo con Frank en busca de leña. Carlos se ha quedado tumbado en la cama, tratando de recuperarse. Hace mucho frío y, además, sopla viento. No se me ha ocurrido coger los guantes y se me están quedando las manos de lo más "suaves".
Acabamos en el frontón y localizamos el tronco famoso, además de unas ramas cortas que pueden venir bien para poner en marcha el invento.
Volvemos en procesión al refugio con el tronco a cuestas, con gran solemnidad. Empieza a oscurecer.
Aparece por allí otro lugareño que nos sugiere cómo trocear el tronco, al menos en sus partes más delgadas. Pues nada, otra vez el tronco al hombro para meterlo entre las ramas de un árbol y hacer palanca entre ellas. La cosa funciona hasta donde es posible.
El proceso continúa partiendo los trozos que hemos obtenido a base de apoyar uno de sus extremos en el borde de la acera y arrojar contra ellos una piedra grande que hay por allí. Todo muy primitivo pero efectivo.
Frank trae periódicos de un bar cercano y conseguimos hacer fuego, sólo que no calienta mucho.
Tras ducharme me seco con una camiseta y con el ligero calor que sale de la chimenea. Ya compraré una toalla mañana, en León.
En el interior del refugio hay una cabina telefónica igual que la que había en Carrión de los Condes y que, según nos ha dicho el hospitalero, consume bastante.
Hago una llamada desde otra cabina que hay en la calle, muy cerca del refugio. Hace mucho frío.
El chamo baja de la habitación y trata de reanimar el fuego. Tras lograrlo durante un rato allí se queda el tronco, con una punta chamuscada dentro de la chimenea.
En las habitaciones, en vez de ponerles techo, han dejado a la vista el tejado. Queda más auténtico, más todo, pero hace más frío.
Por lo menos, hay bastantes mantas y son buenas. El hospitalero nos ha dicho que en verano se han llevado unas cuantas. Es que los hay tan listos que van con coche de apoyo para llevar no sólo las mochilas sino también las mantas (y quién sabe qué más) que cogen de los refugios.
Como somos así de chulos, cada uno nos instalamos en una habitación diferente de las 3 que hay.
(Terradillos, 9,25; Ermita de la Virgen del Puente, 11,40; Sahagún, 12,10/12,50; Bercianos, 14,52; El Burgo Ranero, 16,44)
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El Burgo Ranero - León
11-1-2000
16a etapa
37 km.
Queremos salir en cuanto amanezca para no caminar con prisas, porque es etapa larga y porque estaría muy bien llegar a León con tiempo para ver la catedral con luz natural.
Por una vez, Frank y yo salimos antes que Carlos. Es que éste no tiene muy claro hasta dónde llegará hoy. Mala señal.
Hace mucho frío. Saliendo del pueblo hay una charca grande y está helada. El termómetro de Frank marca -4,7ºC. Un rato más tarde, cuando el sol ya ha salido y empieza a subir a nuestras espaldas, tengo la sensación de que hace aún más frío. Así es: -6ºC.
A lo largo de la etapa vamos viendo pintadas que reivindican la independencia de León respecto a Castilla ("Lleon solu, sein Castiella").
En Reliegos dejo de ver a Frank, que va por delante. ¿Dónde se habrá metido? ¿Y dónde están las señales? Me he despistado y hago un poco de turismo rural hasta que un camionero me indica por señas a distancia por dónde sigue el Camino.
Voy alternando entre el camino (porque carretera como tal no es) y el andadero, tratando de evitar las piedras pequeñas que paso a paso me están fastidiando.
Un par de lugareños, primero uno y después otro, me dan un susto al aparecer por detrás en bicicleta por el andadero y no oírles hasta que están cerca y dan unas voces. "Adiós, adiós".
En Mansilla de las Mulas es día de mercado y la plaza está bastante animada.
Hace buen tiempo y hasta ha empezado a calentar. Poco después de Mansilla paramos en un área de descanso y resulta que de calor nada, pero tampoco sopla mucho viento. Vemos pasar a gente mayor en bicicleta, con toda la tranquilidad del mundo. Se ve que van al mercado o vuelven de él. Es una tranquilidad contagiosa.
Hemos llegado de un tirón, siguiendo la teoría de Frank según la cual es preferible hacer la mayor parte de la etapa en las primeras horas, descansar y que quede ya poco para después.
A medida que nos acercamos al puente sobre el río Porma aumenta el interés y también la inquietud porque la guía lo señala como un punto muy peligroso. Una vez allí, no parece exagerada la advertencia, sobre todo por lo que se refiere al último tramo, en el que desaparece la estrecha acera.
Poco después, el Camino se aleja de la carretera. Empiezo a sudar y a renegar, por el calor y por las piedrecillas que me están incordiando.
Paramos en Arcahueja. Luce el sol y hace muy buena temperatura. Es la primera vez desde que empezamos que estamos parados sin miedo a enfriarnos. Qué bien. Un abuelo nos cuenta que ha conocido varias ciudades de España.
Estamos tan a gusto (y tan cansados) que podríamos quedarnos allí mucho más tiempo, pero aún quedan 8 km. hasta León.
El camino continúa algo apartado de la carretera, con lo que se evita el corredor industrial que anuncia la guía hasta que, cerca del Alto del Portillo, hay que seguir por el arcén de la carretera. Hay mucho tráfico.
Ya en León, vemos un plano de la ciudad en una oficina de turismo que está cerrada. Por un aviso que había en El Burgo Ranero sabemos que el refugio de las Carbajalas está cerrado y por el plano nos enteramos de que el refugio municipal queda cerca de donde estamos.
Unas mujeres nos dicen que si vamos a Santiago y preguntan si eso no se había terminado ya a fin de año.
El refugio tiene calefacción, lo que no nos ocurría desde hace una semana. Eso permite ducharse con agua fría sin mayores problemas. Debe haber agua caliente, pero tarda muchísimo en salir.
En la habitación hay una mochila de otro peregrino, pero él no está por allí en ese momento.
Frank ha quedado con un amigo suyo, que hará varias etapas con nosotros a partir de aquí, así que me voy a ver la ciudad.
Se me ocurre ponerme las zapatillas de deporte. Craso error. Son lo mejor para descansar en el refugio, pero no para seguir andando, aunque sea sin mochila.
El reencuentro con la vida de la ciudad, como en otros casos, es desagradable.
Llego a la catedral todavía con luz. Hacía años que quería verla y allí estoy, por fin. Tal y como sucedía con la de Burgos, está en obras.
Cuando voy a entrar veo a otro que lo está haciendo en ese momento: ¡es José Antonio! Vemos juntos la catedral. No se aprecian muy bien las vidrieras porque está atardeciendo.
José Antonio dice que el día de Terradillos llegó hasta Sahagún y ayer terminó en Mansilla de las Mulas. Se ha alojado en un hostal cercano al monasterio de las Carbajalas. Sus problemas con la corva no han mejorado y mañana se quedará en León, a ver si el médico le arregla algo.
Quedamos en que le llamaré al móvil dentro de unos días para saber por dónde andamos cada uno y nos despedimos.
Consigo un plano de León en la oficina de turismo, que está frente a la catedral. Veo una exposición en un museo cercano que tiene como tema "Ultreia" y trata sobre el Camino.
Voy a San Isidoro a ver el panteón real, pero han cerrado pocos minutos antes. Al menos, veo la iglesia románica.
Doy unas cuantas vueltas por el Barrio Húmedo. Hace frío, pero me gustan esas calles. La Plaza Mayor está en obras. Para no volver por el mismo camino acabo saliendo de la zona antigua por una calle que está medio a oscuras, entre murallas, hasta reencontrarme con la civilización.
Hago algunas compras y me encuentro con el chamo en la calle. Ha dejado la mochila en el refugio y ha salido a comprar cosas. Esta mañana ha llegado a pie hasta Mansilla y ha cogido allí el autobús hasta León.
Lo deja. Dice que ya ha encontrado las respuestas que buscaba cuando decidió hacer el Camino y que se va a visitar a su familia en Venezuela, a la que no ve desde hace tiempo (vive en Brasil).
Así que nos quedamos sin el chamo, después de sufrir día tras día con sus averías físicas sin quejarse.
En el edificio en el que se encuentra el albergue hay diversas asociaciones y clubes deportivos y se nota bastante movimiento a esa hora.
En la guía pone que el albergue cuenta con un microondas y preguntamos por él, aunque nos imaginamos la respuesta. Acertamos: la masa se lo cargó durante el verano.
Conocemos al peregrino cuya mochila vimos en la habitación. Es mallorquín, de edad indefinida. Viene de vuelta de Santiago. A la ida, pasó varios días en este albergue por un problema en la rodilla. Dice que los hospitaleros (son objetores de conciencia) se acuerdan de él porque estuvieron cuidándole aquellos días.
El día del vendaval (27 de diciembre) le tocó atravesar el puente de Portomarín con otros peregrinos. Según cuenta, tardaron 3/4 h. en cruzarlo porque la mayor parte del tiempo tuvieron que estar agarrados a la barandilla para que no se los llevara el viento.
Tiene previsto reiniciar el Camino dentro de unos meses. A saber a qué se dedica.
Nos informa de detalles que pueden ser interesantes, sobre todo por lo que se refiere al estado de los refugios que tenemos por delante.
Por lo que conoce, en Galicia pasaremos bastante frío, porque en esta época pasan cada vez menos peregrinos y van quitando la calefacción incluso en los refugios que la tienen.
Encontraremos cientos de perros, a los que es mejor no hacer caso y seguir adelante. Media Galicia huele a caca de vaca.
Hay hospitaleros y hospitaleras que están quemados tras el aluvión veraniego y se muestran poco amables; alguno de ellos no saca mantas aunque las haya en el refugio.
En varios de los refugios que cuentan con cocina no hay cacharros o la cocina está estropeada.
En Ponferrada, el hospitalero es un cura que, según el día que tenga, te abre o no. En ese sentido, dice que hemos tenido suerte en Carrión de los Condes, porque la que nos abrió, la hermana del cura, es un poco rara y ha habido casos de peregrinos a los que no les ha dejado entrar. Dice que la llaman "la jesucrista", por lo que manda.
Que no se nos ocurra quedarnos en el refugio de Ribadiso da Baixo (la guía lo pone muy bien), porque nos congelaremos, tiene las duchas poco menos que al aire libre.
El albergue de Santiago no es recomendable porque tratan mal al peregrino y ha habido robos de mochilas.
Pues eso: desolador.
El caso es que León era algo así como una meta intermedia, como si llegando aquí ya estuviera hecho lo peor (el ecuador kilométrico ya lo hemos pasado) y la cercanía de Galicia fuera a suponer un estímulo definitivo y no sé cuántas cosas más. Y va el mallorquín y nos enfría los ánimos.
Conozco también a Héctor, el amigo de Frank. Dice que no nos acompañará muchos días. Parece majo.
Hablando y hablando se nos ha hecho tarde (medianoche) y apagan las luces. Las vuelven a encender y las vuelven a apagar, y así varias veces. Captamos el mensaje y nos vamos a dormir.
Antes, miro a ver si se ha secado la ropa que he lavado a la tarde: aún no. Pues a ver si por la mañana está lista, con ayuda de los radiadores.
Me parece que tengo algo de fiebre, pero igual es sólo una mezcla de cansancio y el calor de la calefacción.
(El Burgo Ranero, 8,45; Reliegos, 11,10; Mansilla de las Mulas, 12,21; área de descanso, 12,32/13,00; Arcahueja, 14,47/15,02; León, refugio, 16,27)
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Primera parte
Segunda parte
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(Saint Jean Pied-de-Port - León) 122 kb.
(León - Santiago de Compostela) 115 kb.
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