ESPAÑA CADA VEZ MÁS A LA COLA DE LA CULTURA EUROPEA

Por Carlos Etxeba


El desarrollo cultural de una nación va siempre emparejado al conocimiento de la importancia que tiene el enriquecimiento intelectual de los habitantes de la nación. Eso formará un núcleo central de pensamiento que como un muro infranqueable contra la barbarie y el empobrecimiento intelectual, permita la subsistencia de un sustrato intelectual que no pueda degenerar con el tiempo en situaciones sociales despreciables. Este sustrato intelectual serían las flores del gran jardín de la sociedad; el resto serían las raíces, los troncos, las ramas y las hojas.

Si los dirigentes de la nación española creen que lo primero que se debe hacer para fortalecer el desarrollo de la cultura es el football o la tauromaquia, entonces darán paso a una nación de deportistas y toreros, pero no de intelectuales que hagan de la reflexión intelectiva un progreso de investigación cultural. Es decir habrán tirado por los suelos todo el caudal intelectivo de todos los habitantes de esa nación. No se pueden vender en el mercado las hojas de los tomates, diciendo que son más nutritivas que los propios tomates. El engaño es manifiesto.

¿Cuáles serían sus consecuencias? Sus consecuencias serían que en España no habría escritores, ni investigadores, ni dramaturgos, ni poetas, ni filósofos, solamente habría mucha gente con fuertes bíceps en las piernas y mucho coraje para matar toros en las plazas, pero ningún pensador. Los campos de football con sus insultos serían el foro dialéctico de intervención de los intelectuales del país. Como siempre los intelectuales españoles seguirán emigrando en largas colas al extranjero.

A estas alturas de la civilización los malos gobernantes españoles no podrían matar la cultura. La cultura ya está lo suficientemente fortalecida en el mundo como para no poder abusar de ella. Lo único que podrían hacer es falsificarla.

La verdadera cultura como el amor, no se puede falsificar. No se puede decir yo amo a la cultura, mientras clavo puñales en el pecho a los intelectuales que la practican.

La cultura exige un desarrollo entre la gente que constituye ese pueblo español. Para conseguirlo se requiere que el Estado Español dedique esfuerzos importantes en formación y remuneración, para poder valorar bien los resultados. Sin admiración por los resultados obtenibles, no puede haber una verdadera retribución, sólo se podrá engañar al pueblo español.

No se puede dar gato por liebre a la gente diciendo que la tauromaquia o el football es lo más grande que existe. Habría gente en España que se diera cuanta del engaño y clamarían amargamente; pero sí se puede crear una ley que vaya desanimando más a los creadores españoles.

Los malos gobernantes españoles podrían falsificar los resultados, aplicar el dinero para otros fines, acallar los fracasos escolares y ostentar como en bandeja los cuatro intelectuales de pacotilla, los de siempre, que sirvan de excusa para acallar las mentes de los críticos severos del sistema. Estamos en el siglo XXI y no basta con señalar a los verdaderos intelectuales del siglo XIX como fundamento de la cultura española actual.

Los datos del informe Pisa no engañan a nadie y no se pueden ocultar:

“Los escolares españoles suspenden en el informe PISA 2006, ya que no alcanzan la media en conocimientos científicos, lingüísticos y matemáticos. Finlandia es la envidia del resto de países al obtener los mejores resultados en dos de las tres categorías. El informe analiza el rendimiento de alumnos de 15 años en 57 países.”

Todavía la situación española se puede deteriorar más. Hay un núcleo de parlamentarios en el Parlamento Español que abogan para que a los intelectuales españoles se les quite la remuneración por copia privada. Sus argumentos son de lo más variopinto, desde que supone un enriquecimiento indebido para los autores, cosa para ellos anacrónica, hasta que está cercano al diezmo medieval.

Si estos argumentos me los plantea un futbolista o un torero (supongo que no todos porque habrá también futbolistas y toreros cultísimos) supondría yo que las tareas de sus oficios les impiden ver el panorama intelectual en su verdadera dimensión general.

Pero si estos argumentos me los plantea un parlamentario español del siglo XXI, entonces tengo que sonrojarme, tengo que avergonzarme, tengo que llorar amargamente a escondidas para que no me vean y tengo que exclamar para mis adentros desde lo más profundo de mi corazón: ¡Pobre España, a dónde vas a ir a parar con estos parlamentarios que desearían quitar la ilusión de vivir a los pocos intelectuales españoles, denostados, vilipendiados que casi a escondidas tienen que ejercer sus admirables trabajos de investigación, sin que nadie les anime y admire! ¡Ya sólo faltaba que mandasen azotarlos en la plaza pública! Como ven, esto va para largo.