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Las
huellas del viajero
Mikel Iriondo
Fue a principios del siglo IX cuando se descubrió el sepulcro del
apóstol Santiago. Desde entonces se convirtió en lugar de
peregrinación, de viaje, de todo el continente Europeo. Se levantaron
puentes, iglesias, monasterios, se construyeron hospitales y hospederías
y fueron surgiendo núcleos de población en las proximidades
de la ruta. Las pestes y guerras condujeron a que entre el siglo XIV y
finales del XVI el Camino perdiese su influencia y cayera casi en el olvido.
Sin embargo, aunque pueda parecer extraño dada la popularidad actual
del viaje jacobeo, lo cierto es que el resurgimiento del Camino de Santiago,
la llamada segunda edad de oro del Camino, se produce a finales del siglo
XX, habiéndole proporcionado un impulso decisivo la visita del
actual Papa Juan Pablo II en el año 1982 y la posterior declaración
del Camino como Patrimonio de la Humanidad.
Los motivos del viajero desde tan lejanas fechas son múltiples,
pero es evidente que la religiosidad de antaño ha sido sustituída
hoy en día, en muchos casos, por otros criterios más ligados
al afán de nuevas experiencias, al reto de un esfuerzo físico
prolongado y a una cierta dosis de aventura. Componentes casi todos ellos,
y muchos más que podríamos añadir, ligados a una
especie de revival romántico. Se trata de vivir circunstancias
distintas a las habituales de nuestra vida ciudadana, del taller, de la
oficina, del comercio, de la sociedad de consumo. Viaje que nos permite
encontrarnos con nosotros mismos en ese cotidiano caminar enfrentado a
nuestros pensamientos.
Aventurarse al Camino es sencillamente una apuesta por lo lento, por el
tránsito pausado que permite gozar de los mínimos y a veces
nimios detalles y solazarse también con la compañía
elegida de antemano o esporádica: el encuentro inesperado de aquellos
que nos prometemos no olvidar y que también han suspendido el frenesí
de sus ocupaciones cotidianas en pos de alcanzar unos días de sosiego
acompañados del cansancio cotidiano. En la medida en que el viajero
avanza, afloran por doquier los detalles de la naturaleza, agradables
y desagradables, los monumentos, las anécdotas entreveradas de
sorpresas y hallazgos variados. Si además viajamos como Antón
Hurtado, provistos de papel y lápiz, de acuarelas y, lo que es
más importante, de ánimo escrutador, todo quedará
transfigurado por esa sed de experiencias que desean constituirse en una
obra creativa personal, en un viaje único, pero también
en testimonio. (...)
Texto completo de Mikel Iriondo
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