23-LA GUERRA CIVIL EN EUSKAL HERRIA
El panorama internacional
La década de los años treinta de nuestro siglo fue época de grave crisis económica y, por tanto, de fuertes convulsiones políticas en toda Europa. Fruto de ello fue la desaparición de algunos regímenes democráticos y su sustitución por sistemas de poder de carácter totalitario. Italia (ya desde los años veinte), Alemania, Austria, Rumania, Bulgaria, Grecia, Estonia, Letonia, Lituania y también España se fueron sumando, en esos años, a la triste lista de países gobernados por partidos únicos. Además, la actitud agresiva del Tercer Reich alemán, en permanente discusión de las para ellos inaceptables resoluciones de la Paz de Versalles que había sellado el fin de la I Guerra Mundial, colocó al continente en un permanente estado de crispación en el que el enfrentamiento entre las potencias democráticas y los defensores del fascismo parecía siempre inminente, y de hecho fue inevitable a finales de esa década con el estallido de la II Guerra Mundial, en 1939.
En España, la desaparición del sistema parlamentario y democrático que había sido recuperado tan sólo unos años antes, en 1931, con la implantación de la II República vino provocado por una sublevación militar, apoyada por algunos partidos de la derecha, cuyo fracaso parcial fue el origen de una larga guerra civil que, desde julio de 1936 a abril de 1939, asoló el país, hasta la derrota definitiva de los republicanos.
Se trató, de hecho, del primer enfrentamiento armado entre los defensores de un sistema parlamentario y sus detractores, en lo que muchos han considerado un claro preludio de lo que más tarde sería la Guerra Mundial. Las circunstancias, sin embargo, fueron entonces muy distintas. Un análisis del mapa europeo, en 1936 pudiera hacer pensar que las grandes potencias democráticas Inglaterra y Francia estarían muy interesadas en la defensa de la República española, para evitar la aparición de un posible aliado de la Alemania nazi y de Italia al otro lado de los Pirineos.
Sin embargo la desconfianza de los conservadores ingleses ante la situación interna de la República española en peligro de bolchevización temores que aumentaron ante los intentos revolucionarios que se produjeron en España con ocasión de la guerra llevaron a éstos a intentar una política de neutralidad.
Fruto de ello fue el Tratado de No intervención, firmado en agosto de 1936 y al que se adhirieron casi todos los países europeos, por el que se comprometían a no intervenir ni facilitar suministros a ninguno de los bandos contendientes en España. El flagrante incumplimiento por parte de Alemania e Italia de dicho acuerdo otorgó al bando sublevado una gran superioridad fundamentalmente en aviación, que no fue compensada por la menor aportación Rusa o de las llamadas Brigadas Internacionales a la República, marcando significativamente el desarrollo y resultado de la guerra.
El tenso clima de la relaciones internacionales en 1936 jugó, en definitiva, en contra de la II República española, cuyo régimen parlamentario sucumbió, tras la larga agonía bélica, en manos del ejército sublevado, a cuya dirección pronto accedería el general Franco.
Los preparativos del alzamiento militar venían gestándose, en realidad, casi desde la proclamación de la República en 1931, aunque fue la victoria electoral del Frente Popular, en las elecciones de febrero del 36, la que aceleró los planes. Pamplona, donde estaba destinado el principal organizador del movimiento, el general Mola, jugó un papel destacado en la conspiración.
El estallido de la guerra
Todo estaba preparado para, en el menor plazo posible, ocupar los puntos vitales de poder y sustituir el Gobierno del Frente Popular por un mando militar. Sin embargo, y pese a la amplitud del movimiento, la resistencia fue mayor de la esperada, lo que impidió culminar el golpe en todo su objetivo. El mapa de la situación de la Península tras los primeros días del alzamiento permite ver la división del país en dos zonas, con una superficie similar aunque más rica y poblada la que quedó bajo control republicano. La guerra civil era ya inevitable.
En Euskal Herria, la situación, después del 18 de julio, resultó bastante compleja. El golpe, tal como estaba previsto, triunfó sin apenas resistencia de Navarra y Alava, donde la total implicación de los mandos militares en el alzamiento y la fuerte base social de los partidos de la derecha partícipes de la conspiración sobre todo carlista, les permitió un rápido control. Una feroz y sangrienta represión (entre 1500 y 3000 ejecutados en Navarra) acalló en pocos días los tímidos intentos de una posible oposición.
Euskal Herria quedaba por tanto dividido también en dos zonas, una bajo control de los rebeldes y otra de los republicanos, con la particularidad de que ésta última, el litoral cantábrico prolongándose por Cantabria y Asturias.
La importancia estratégica de la zona con sus yacimientos minerales e industria pesada y la necesidad de acabar con esa franja costera republicana primaron el interés del mando rebelde por la ocupación de Euskal Herria. La campaña del Norte fue una de las más importantes y decisivas, no sólo por sus resultados sino también por su desarrollo y por los medios y estrategias militares que en ella se emplearon.
No hay que olvidar, además, que esos meses de guerra coincidieron con la proclamación del primer Estatuto de Autonomía para Euskal Herria y, por tanto, de la formación del primer Gobierno Vasco que, presidido por el lehendakari Aguirre, fue el que se hizo cargo tanto de la defensa militar contra los rebeldes como de la administración del territorio autónomo, reducido tan sólo a Bizkaia a causa de la propia guerra.
Para entonces era ya el Gobierno autónomo el encargado de la defensa de Euskal Herria, para lo que se creó un ejército vasco, que incluso intentó, sin éxito una acción de contrataque en Villarreal. En abril de año siguiente, las tropas de Mola iniciaron la campaña del Norte, que se prolongó hasta que en junio Bilbao fue ocupado por las tropas franquistas. Dos meses después, el ejército vasco se rindió en Santoña a las tropas italianas, dándose fin a la guerra en Euskal Herria.
La guerra en Gipuzkoa
Las tropas procedentes de Navarra habían iniciado ya su asalto a Gipuzkoa. Era necesaria organizar la lucha y para ello, ante la debilidad de las autoridades civiles, se formaron las Juntas de Defensa, en las que estaban representados todos los partidos políticos frentepopulistas, junto a los anarquistas y a los nacionalistas vascos. La postura de éstos últimos tuvo especial relevancia. Su conocida oposición a los partidos de la izquierda podía dificultar su alianza con los defensores de la República. De hecho, algunos de sus militantes sobre todo en Alava tuvieron una actitud cuando menos ambigua ante el alzamiento. En Gipuzkoa y Bizkaia, sin embargo, su rechazo a la conspiración militar fue enérgico desde el primer momento, tomando una postura de defensa del legítimo Gobierno republicano.
Pese a la inferioridad logística y la inevitable desorganización de las milicias republicanas cuyo único mando militar profesional de prestigio, Pérez Garmendia, murió en los primeros días del combate en el frente de Oiartzun la resistencia que ofrecieron a las columnas Navarras fue heroica.
En Alzibar, sin embargo, se produjeron fuertes combates que frenaron el avance e impidieron que se materializara la ayuda a los cuarteles. En las semanas siguientes se vivieron los más duros choques, en torno a las cumbres de Pikoeta, Erlaiz, Peñas de Aia, Zubelzu y San Marcial.
Con la toma de Irún, la capital provincial quedaba prácticamente sitiada. Su caída se produjo apenas una semana más tarde, el 13 de septiembre, tras el éxodo de buena parte de su población.
El gobierno vasco
Se entró entonces en una nueva fase de la guerra. El 7 de octubre se aprobó el Estatuto vasco, y con él la formación de un Gobierno autónomo presidido por el PNV, que tomó desde entonces el principal protagonismo de la guerra. Asumió, inmediatamente, la tarea de organización de la defensa, creando el ejército vasco, mucho más coherente y efectivo pese a mantenerse batallones de los distintos partidos políticos y mejor dotado de armas y municiones.
Además, el inicio de la batalla por la toma de Madrid, que se prolongaría durante todo el otoño e invierno del 36-37, distrajo la presión sobre el frente vasco, lo que permitió al recién formado Gobierno consolidar la organización de su ejército y mejorar sus posiciones, con la construcción de trincheras y fortificaciones, sobre todo en torno a Bilbao, con su conocido Cinturón de Hierro.
La guerra en Bizkaia
A finales de marzo del 37, el ejército rebelde inició la campaña del Norte, cuyo primer paso será la toma de Bizkaia. Toda la fuerza artillera y aérea incluyendo la Legión Condor alemana y un gran número de fuerzas de infantería con una brigada italiana fueron destinadas a esa operación. En total, entre 40000 y 60000 hombres (cuando en la campaña de Gipuzkoa habían participado, por el bando rebelde, una cifra cercana a los 7000 hombres), unas doscientas piezas de artillería y unos cien aviones. Contra ellos el ejército vasco pudo oponer unos 40000 hombres (93 batallones, contando las ayudas que llegaron de Asturias y Cantabria), algo menos de cien piezas de artillería y apenas dos escuadrillas de aviación de escasa operatividad.
En esa inferioridad aérea que no se supo o no se pudo remediar por las dificultades impuestas por el bloqueo marítimo y el aislamiento territorial con respecto a la zona bajo control republicano se explica claramente la relativa rapidez de la derrota vasca en la campaña. En ella, los franquistas pusieron en práctica, por primera vez, una nueva forma de hacer la guerra, con especial protagonismo de artillería y aviación, encargadas de batir durante horas o días las posiciones enemigas antes de la penetración de la infantería. Con ello la guerra alcanzaba una intensidad que hasta entonces no había tenido y, además, dejaba al ejército vasco en clara inferioridad, al no poder responderles.
También se puso en práctica, durante esa campaña, otra nueva técnica de la guerra moderna: el bombardeo masivo de poblaciones civiles con el fin de aterrorizar a la población y desmoralizar al ejército enemigo para minar su resistencia. Durango y, sobre todo, Gernika fueron algunas de las villas que soportaron y sufrieron la visita de la aviación. El caso de Gernika, por su significado, su intensidad, el gran número de bajas causado y la polémica internacional que suscitó incluyendo la pretensión de hacer recaer su destrucción al propio ejército vasco, mantenida por Franco y alguno de sus hagiógrafos es, sin duda, el más conocido. El día 26 de abril, día de mercado, la Legión Cóndor alemana bombardeó repetidamente la villa sin apenas interés militar, que quedó destruida en sus dos terceras partes, causando centenares de bajas entre la población civil.
El 17 de junio, el Gobierno vasco acordó la evacuación de Bilbao, que dos días después, era conquistada por el ejército franquista. La orden del Gobierno republicano de destrucción de instalaciones industriales y otros edificios estratégicos antes de su ocupación por el enemigo no fue atendida a instancias del PNV, que prefirió dejar intacta toda la infraestructura civil de Bilbao y su comarca.
La guerra todavía duraría casi dos años más, lejos de las fronteras vascas, hasta que, finalmente, en abril de 1939, los últimos refugiados republicanos entre los que se encontraba el lehendakari Agirre y parte de su gobierno cruzaron la frontera francesa por Cataluña rumbo al exilio.
Buena parte de los estados fascistas europeos, no impidieron a Franco mantener su dominio totalitario, que se prolongaría durante las décadas siguientes.