Oigo mi propio silencio,

que ni mi latir escucho

en esta noche sin tiempo,

sin voz, sin odio, sin envidia,

porque los oculta el sueño.

El amor ha enmudecido

que no he oído siquiera

el suave roce de un beso

quizás porque al fin se esconde

entre nubes blancas

más íntimo y más intenso.

Luego, un llanto, sin razón,

y del bronce ese lamento

que se arrastra, suplicante,

desde la torre más alta

a lo alto del firmamento,

su triste son ruega un orto

con sus resplandores nuevos

sin saber que alumbrará

el lodo, el barro, y el cieno.

Da a otros tu amanecer

y deja oscuro un sendero

para mí

donde tu y yo estemos solos,

noche limpia,

solos con mi pensamiento:

íMira que negra es la luz!

íMira que claro un lucero!

 Por: FERSAL

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