Sonia

 
 
  por David Mardaras    
 

En el pinar, infinidad de agujas desprendidas de los árboles estan entre la arena. Llevo un bocadillo en una bolsa que es parte fundamental de la niñez, una camisa y un traje de baño rojo, de nadador. Ando descalzo, y ni siquiera tengo que ocuparme de mis propias alpargatas. Sonia las ha metido en su gran bolso de playa. Jamás había estado con una mujer entre los pinos. Presiento gozos y aventuras sugestionado por el lugar. ¿Es ella una adulta? A mí me parece que sí. Hemos ascendido por un camino de arena que va a dar a un claro rodeado de frondosidades. Tengo un palo y una piña. Sonia dice que allí nos quedaremos y deja su bolso en el suelo. Yo dejo la bolsa con mi bocadillo en el mismo lugar y lanzo hacia los árboles el palo y la piña que había recogido en el camino. "Estupendo, podemos comer aquí", dice Sonia. Se agacha sobre su bolso, saca de él una toalla de algodón blanco y muy brillante y la extiende sobre la arena con un ademán enérgico. "'¿Te gusta la sandía?". Ha colocado una hermosa sandía sobre la toalla y yo le responda que sí. Ella se ha quitado los pantalones. Son unos pantalones vaqueros cortados a medio muslo. Al agacharse para sacárselos, he visto sus pechos despendolados por encima del arco de la camiseta. Me han impresionado. Hacía tiempo que los imaginaba, y el verlos de repente así, tan... brutos, me ha dejado aturdido; pero conservo la visión en la memoria y los reconstruyo a través de su camiseta. - Poder disfrutar así del sol y de la tierra no es algo frecuente - dice Sonia.

- Estás muy moreno, chaval. Qué barbaridad. Seguro que tienes el culo blanco. El sol debe darte en todo el cuerpo. Aquí puedes quitarte el traje de baño y tomar el sol de verdad.

- Es que me da vergüenza.

- Pero si aquí no nos ve nadie, hombre. Yo me lo voy a quitar también. Me quito el traje de baño rojo y después la camisa. - Mira - dice ella retirándose un poco la braga - yo también estoy más blanca por aquí. Y tras despojarse de la camiseta, se baja las bragas. Mete todo en el bolso, rebusca a la vez en él y saca una navaja con el mango nacarado. Sus pechos se balancean al rajar la sandía. Yo miro su cuerpo, sigo ensoñado, aturdido, con los párpados pesados. Una gran fortaleza emana del penacho de su pubis. Nos comemos media sandía sentados el uno frente al otro, sobre la arena, rampantes y silenciosos, mas allá del tiempo.

   

 

foto: Raoul Hausmann

         
 
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